CENSURA DEL PRESBÍTERO DON MANUEL SARTORIO
A LA COMEDIA HECHA POR EL PENSADOR MEXICANO BAJO
EL TITULO DE LAS VIEJAS Y EL FRA[N]CMASÓN, Y DEFENSA
IMPUGNANDO LA CENSURA POR EL MISMO PENSADOR(1)

 

Censura del Padre Sartorio(2)



"Señor don Andrés Quintana, querido amigo y concesasor [sic]:(3) La comedia Las viejas y el fra[n]cmasón,(4) considerada en calidad de drama, no desmerece la aprobación; en ella las unidades están guardadas, los caracteres no se desmienten, el estilo es bueno.

"¿La merecerá si la consideramos con relación a la moral y a nuestra santa religión?

"Ella tiene por fanatismo consultar con frailes, rezar novenas, entrar en tanda de ejercicios. A un eclesiástico siempre se pinta malo y se le tira fuertemente, ridiculizándolo por opuesto a los fra[n]cmasones. Se hace juramento de echarlo por una ventana. Se le amenaza sacarle las tripas con la punta de un sable. Ojos y oídos cristianos se sienten heridos al ver que se falta al respeto a un ministro de Dios, protegido con el égida del canon. Las ideas de abrazos y de besos con lengua ofrecen al teatro especies lúbricas y escandalosas. Las palabras kirieleisón, la imagen de san Ignacio, el bonete, el acetre, la agua bendita, la palma bendita, todo traído para un conjuro ridículo y burlesco, es una mezcla de lo sagrado con lo profano y, consiguientemente, una profanación. Lo del bacín, y éste tan limpio que se puede comer en él, es un rasgo nada decente, e indigno de un público que se debe tratar con urbanidad y respeto.

"Una lima del hábil autor podría raer estas puntas y estas asperezas chocantes. ¿Mas podrá cohonestarse una defensa del masonismo? Tal me parece que es el espíritu del drama.

"Véase cómo se defiende esta secta. Ella encubre sus iniquidades con dos capas de muy buen viso. Finge que no abomina la verdadera religión, y que sólo detesta el fanatismo y las supersticiones en ella introducidas por la ignorancia y la piedad falsa. He aquí la primera capa.

"Protesta que es una sociedad de hombres enteramente dedicada a la beneficiencia y caridad para con los prójimos. He aquí la segunda. ¿No son ambas con las que se cubre la secta?

"¿Y qué otra cosa hace este drama? Propone unas viejas gazmoñas, amigas de novenas, de calvarios, de comuniones; pero muy faltas de lo que es piedad verdadera. Esto es lo que se satiriza en la boca de don Jacinto.

"Se proponen unas necesidades muy graves y urgentísimas, que están exigiendo remedio. Ahí sale don Urbano y ocurre a su socorro con una generosidad la más admirable y pasmosa.

"Parece está diciendo el drama: mitad lo que son los masones, contra quienes tanto se dice: son unos hombres adoradores de la religión verdadera; sólo detestan el fanatismo y supersticiones introducidas por la ignorancia. Son unos hombres aplicados de todo punto a la beneficencia y a la evangélica caridad. ¿Y qué, tales hombres serán dignos de ser mal vistos? Ved, pues, el masonismo cubierto aquí con sus dos capas. Vedlo santificado.

"Tal me parece que es el espíritu del drama. Por tanto, distantísimo yo de querer cooperar a la apología de esta secta, no puedo darle mi aprobación.

"Es cuanto juzgo. Casa y septiembre 26 de 1822.

"Besa la mano de usted su afectísimo amigo y capellán.


José Manuel Sartorio
."

 

 


Anotaciones de El Pensador


Haciendo la debida salva a los talentos y literatura del autor de la Censura antecedente, procederé a hacer sobre ella unas ligeras reflexiones, dejando al juicio del prudente lector la calificación en el asunto.

 

 

Primera


Dice don Jacinto, hablando del fanatismo y ridiculeza de su tía, que antes de dar el consentimiento para que se case su hija, "querrá consultarlo con veinte frailes, andar cien novenas y darle diez tandas de ejercicios a la muchacha." Muy fácilmente se conoce la enorme diferencia que hay de esta locución de don Jacinto a la del señor censor, pues éste dice qua "la comedia tiene por fanatismo consultar con frailes, rezar novenas y entrar en tanda de ejercicios." Claro es que si así se expresara don Jacinto, atacaría la religión, ridiculizando el culto y las consultas, muchas veces necesarias, con los eclesiásticos clérigos o frailes. Pero muy distante de hablar con semejante generalidad, se contrae al asunto del casamiento de su prima, para lo que ciertamente eran innecesarias las consultas, novenas ni ejercicios.

Las madres de familia no deben consultar con sus confesores los casamientos de sus hijas, sino con éstas, con sus inclinaciones, con sus naturales, con la conducta y proporciones de subsistir de los novios, y, antes que todo, con la voluntad de los contrayentes. Pero elegirles novios a las hijas, no conformes a su gusto sino al de los directores de las madres, es el mayor error y que ha traído funestas consecuencias a la sociedad, embarazando los mejores enlaces y haciendo mil familias desgraciadas. Andar novenas y hacer que una niña entre a ejercicios con el objeto de que se case con quien la quieren casar, y no con quien ella quiere, es el mayor fanatismo, es ultrajar la religión y atropellar los derechos de la naturaleza. Esto es lo que teme Jacinto, y lo que justamente ridiculiza, ponderando el fanatismo de su tía en el número de veinte frailes, con quienes supone que querría consultar, de cien novenas que andaría y de diez tandas de ejercicios que daría a su hija. Si hacer semejantes cosas inoportunas y con tal exceso no es fanatismo, superstición y ridiculeza, yo jamás le daré otro nombre, ni menos la llamaré devoción verdadera.

¿Y qué será si las consultas son con sacerdotes ignorantes y preocupados?, ¿qué si las novenas son lánguidas, sin unción, sin fuego, sino, tal vez, llenas de disparates, de que no nos faltan ejemplares?, ¿y qué, por último, si al fin de todo se rezan por costumbre y sin devoción ni respeto a Dios y sus santos? Que tal era el consultar de doña Elvira, se manifiesta en el efecto. Don Urbano no era masón: la vieja lo tenía por tal sin otro fundamento que verlo vestido de negro; por esto lo aborrecía de muerte y se oponía al enlace de su hija. Su director le apoyaba su adisparatado modo de pensar, y ésta de consultas critican Jacinto y Urbano con razón.

El primero ridiculiza los disparates de muchas novenas y de su modo de rezarlas. Muy claro se lo dice a su tía: "yo no hago burla de las novenas, sino de los disparates de las más y de su modo de rezarlas." De hecho las viejas quieren ponerse a rezar, y a cada uno de la familia lo destina doña Elvira. Esto es lo que critica Jacinto, y dice: "tía, por Dios, trabajen o recen; pero rezar y coser, peinarse, hacer cigarros y pelar el pollo es imposible. Si esta oración es grata a Dios, quiero que me la claven en la frente." He aquí las consultas y rezo de novenas de que se burlaba Jacinto, y qué ¿no tenía razón?, ¿así se debe consultar y rezar?, ya lo decidirá el lector imparcial.

 

 

Segunda


"A un eclesiástico siempre se [le] pinta malo", dice el señor censor; y yo digo: a un eclesiástico malo, hipócrita, fanático, ignorante, supersticioso, provocativo, adulador, chismoso y petardista, como don Celestino, no se puede pintar bueno. Yo merecería la más severa crítica si hiciera la apología de don Celestino sólo por ser eclesiástico. Los vicios siempre son censurables, hállense en quien se hallaren, y aun lo son más en los que deben ser más moderados y ejemplares.

Si se me preguntara que con qué fin pongo en el teatro un eclesiástico vicioso, diría que con el mismo con que se ponen los seculares viciosos, sin perdonar los mismos reyes. Este fin no es otro que ridiculizar el vicio en todas las clases del Estado, haciéndolo odioso en personajes fingidos para que lo detesten los verdaderos y saque la sociedad ventajas reales de las ficciones cómicas.

 

 

Tercera


"Se le tira fuertemente (dice el señor censor) ridiculizando[lo] por opuesto a los fra[n]cmasones." Respondo que, no siendo fra[n]cmasones don Jacinto ni don Urbano, ningún interés tenían en ridiculizarlo por esa razón. Antes Jacinto, en su intentona de hacer pasar a su amigo por masón, se vale de la ignorancia del abate para persuadírselo así a su tía, y hace de los masones la pintura más odiosa y terrible, lo que ocasionó el ridículo conjuro. (Acto 2°)

 

 

Cuarta


"Se hace juramento de echarlo por una ventana." Es verdad; pero al mismo tiempo se da una oportuna lección para no ser chismosos, provocativos ni groseros. Don Celestino acababa de acusar a la futura esposa de don Urbano. Esto irritó mucho a su amante, procuró disculpar a su querida negando el aserto del abate, y éste, lejos de usar la prudencia, lo insulta, llamándolo públicamente hereje y masón. Un hombre decente, apasionado y tan feamente injuriado, que veía destruir su pretensión por un clérigo hipócrita, chismoso y malcriado, era preciso se cegara de cólera, en cuyo estado nada tiene de violenta la amenaza. Si el menorista hubiera sido hombre de bien y moderado en sus palabras, se habría ahorrado de este insulto. El que obra mal con otros, no puede esperar que obren bien con él.

 

 

Quinta


"Se le amenaza con sacarle las tripas con la punta del sable." A más de que don Jacinto era parte adolorida por el desaguisado que don Celestino había hecho a su prima y a su amigo, sus amenazas eran de boca, y el único expediente que halló para sacarlos bien fue intimidar al clérigo, hasta el punto de hacerlo desmentirse, con cuyo arbitrio dejó en su lugar el honor de su amigo y de su deuda, evitando mayores desgracias.

 

 

Sexta


"Ojos y oídos cristianos se sienten heridos al ver que se falta al respeto a un ministro de Dios, protegido con la égida del canon." Yo no sé si un menorista se puede llamar ministro de Dios sólo porque pertenece a la Iglesia, y porque lo protege la égida del canon. Lo que sé es que si el eclesiástico se expone con su mal proceder a que le falten al respeto los seglares, él se tiene la culpa, y no se escandalizarán los sensatos de ver que siempre sigue el respeto a la virtud y el menosprecio al vicio. Nadie se escandaliza de que se nombren con los más denigrativos epítetos a los Arrios, Calvinos, Luteros y otros mil sacerdotes heresiarcas; nadie se espanta de ver un sacerdote, un obispo y un apóstol hecho el objeto de la mofa de los muchachos cada año. Si se me dijere que están muertos, yo diré que siempre son sacerdotes, que es lo que importa para probar que los malos se hacen acreedores al desprecio, así como los buenos lo son de nuestra mayor veneración.

 

 

Séptima


"Las ideas de abrazos y besos con lengua ofrecen al teatro especies lúbricas y escandalosas." Otras muchas ideas ofrecen las mismas especies en el propio lugar, donde no se oyen ideas, sino que se ven hechos como abrazos, efectos de celos, adulterios, lenocinios, etcétera, etcétera. ¿Y esto sólo? No, también se ven las piernas de las bailarinas, y a fe que esto incita más que el oír las palabras besos. Sin embargo, esto es corregible para aquietar el escrúpulo del señor censor.

 

 

Octava


"Las palabras kirieleisón, la imagen de san Ignacio, etcétera, es una mezcla de lo sagrado y profano, y, de consiguiente, una profanación." Muy bien. ¿Y qué será un diablo vestido de fraile Francisco, y haciendo alarde de un celo apostólico con que a fuerza predica caridad?, ¿qué será el lego de san Antonio Abad en su comedia, en que hace mofa de sus oraciones, penitencia y milagros, hasta el punto de ridiculizarlos?, y ¿qué será... para decirlo de una vez, ver en los teatros un tunante representando la persona de señor san José; otro, la de Cristo; y una coquetilla la de la Madre de la Pureza? En estas representaciones, por lo común llenas de absurdos y aun blasfemias, no son los actores sino jóvenes arriscados y muchachas nada escrupulosas. Adagio conocido es el que dice que en los coloquios se lleva el diablo a la Virgen. Ésta sí es profanación, no de un bonete, de un acetre, ni de una palma, sino de las mismas personas de Jesucristo y su divina madre. A lo menos de su memoria respetable.

Ni se me diga que esto no se ha representado en el Coliseo(5) ni en tiempo de este señor censor; porque a más de que no es fácil probarlo, lo ha permitido la autoridad eclesiástica, pues se le presentan las piezas, cuando se solicita la licencia. Además de que con las comedias del Diluvio,(6) del Nazareno Sansón(7), del Monstruo de Babilonia,(8) de la Genoveva,(9) del Diablo predicador,(10) de Santa Bárbara,(11) delConvidado de piedra,(12) de San Antonio Abad(13) y de otras de esta clase, tengo sobradísima materia para elogiar la delicadeza del señor Sartorio en sólo mi caso, delicadeza que no se ha tenido ni se tiene con esos comediones indecentes, llenos de supersticiones, falsos milagros, errores contra la fe, y cuya representación, lejos de destruir el fanatismo y de honrar la religión católica, fomentan aquél, deshonran ésta, la ridiculizan, la hacen abominable, y, al fin, desacreditan la cultura e ilustración de nuestro naciente Imperio.

En mi comedia se ve ridiculizado el fanatismo y superstición con el mismo ridículo conjuro de la vieja fanática y del ignorante abate. Nada, nada se desprecia de cuanto pertenece al culto de nuestra santa religión. El bonete, ni el acetre, ni cosa alguna de cuantas sacan, hacen otro papel en la escena que el que harían en un caso real y semejante. Esto es, se manifiestan con respeto y unas necias mujeres, falsas devotas, confían en estos signos ver milagros patentes, y tentar a Dios. ¿Y qué otra cosa vemos cada día? El toreador que se expone al precipicio va prevenido, de mano de su amiga, de una estampita o relicario; el espadachín se pone una oración apócrifa en el sombrero; el tramposo enciende su vela a santa Eduvige, y los más abandonados se entregan a sus excesos, confiados en esta reliquia, aquel santo y la otra exterioridad. Todos los fanáticos confían salir bien con sus empresas, buenas o malas, mediante algunos piadosos amuletos, siendo esto tan cierto que vulgarmente se dice que no hay puta ni ladrón que no tenga su devoción.(14) Ésta es falsa piedad, superstición, fanatismo y vana confianza, y esto es lo que se ridiculiza en el conjuro extravagante de una vieja devota, ignorante y soberbia como doña Elvira.

 

 

Novena


Lo del bacín, etcétera. Ésta es objeción de poco momento y fácil remedio. Aunque el espectador perdonaría la presencia del bacín por la cólera del escribano, que es a quien se lo manifiesta la criada, y no al público.

 

 

Décima


"Defender al masonismo (dice el señor censor que según su juicio) es el espíritu del drama." Éste es un juicio equivocado. Lo analizaremos. Llama secta a la masonería. No la tienen por tal ni sus mismos cófrades, sino por orden caballeresca. Dice que con dos capas encubre sus iniquidades. Ni Clemente XII, ni Benedicto XIV,(15) ni la zurda y maliciosa Inquisición,(16) ni nadie hasta hoy ha podido probarles a los masones ninguna iniquidad, y sería de mucho mérito al docto censor que nos las hiciera ver. Yo lo conozco, lo he tratado, me ha honrado con el nombre de amigo en escrito y de palabra muchas veces, y por lo mismo nada aventuro con disculpar su poca noticia del masonismo y el mal concepto que tiene de ellos con su misma escrupulosa virtud y religiosidad. Pero ciertamente a los fra[n]cmasones no se han convencido de delincuentes por ningún tribunal.

 

 

Undécima


Dice mi censor que mi drama "propone unas viejas gazmoñas, amigas de novenas, de calvarios, de comuniones; pero muy faltas de lo que es piedad verdadera. Esto es lo que se satiriza en la boca de don Jacinto." Y esto es, digo yo, lo que debe satirizarse. La comedia tiene dos objetos: ridiculizar el vicio y hacer amable la virtud. Esto que nota el señor censor es puntualmente el ridículo esencial de la comedia, y esto no es digno de censura sino de elogio.

 

 

Duodécima


Sigue diciendo: "Se proponen unas necesidades muy graves y urgentísimas, que están exigiendo remedio. Ahí sale don Urbano y ocurre a su socorro con una generosidad la más admirable y pasmosa." Éste es el otro objeto de la comedia: hacer amable la virtud. Yo me admiro de que el señor censor encuentre vicios en lo que son bellezas teatrales. Si halla ridiculizado el vicio y elogiada la virtud, ¿qué más necesita para aprobar el drama? Todo su equívoco consiste en creer que su espíritu es defender a los masones, y por eso supone gratis el apóstrofe siguiente, que le acomoda cuando escribe: "Parece que está diciendo el drama: mirad lo que son los masones", etcétera. En esta inteligencia niega su aprobación, concluyendo con estas notables palabras: "Tal me parece que es el espíritu del drama. Por tanto, distantísimo yo de querer cooperar a la apología de esta secta, no puedo darle mi aprobación." Permítame el señor censor que haga las reflexiones siguientes.

Ni una palabra se halla en el drama por donde se pueda inferir que su espíritu es defender el masonismo. Por el contrario; desde el principio comienza don Urbano quejándose con don Jacinto de que la vieja ignorante lo tenía por masón sólo por estar vestido de negro. Así se lo escribe su querida, y Jacinto critica el ningún fundamento de su tía. Después éste mismo, queriendo espantar a los padres de Ángela, con el objeto de que de miedo del masonismo permitieran el casamiento, finge que su amigo es fra[n]cmasón; pero esto lo hace no apologetizando el orden masónico, sino haciéndolo odioso con las mentiras que cuenta, cuya tentativa le salió tan mal que originó el ridículo conjuro.

La futura esposa de don Urbano se desespera con su primo y trata de despreocupar a su madre, haciéndola ver que éste la engaña, que aquel joven no es masón, y que todas son patrañas de don Jacinto. Éste, fiado en la ignorancia del clérigo, en el ascendiente que tenía sobre los viejos fanáticos y, más que todo, en el odio que profesaba a don Urbano, lo compromete a que autorice sus embustes, y en efecto el tal clérigo los apoya, y acaba de rematarse doña Elvira. Finalmente, en el desenlace de la comedia, claramente don Urbano protesta su religión diciendo: "Soy cristiano."

En vista, pues, de estas reflexiones que se deducen sin violencia del contexto de toda la comedia, ¿cómo se podrá asegurar que el espíritu de ésta es defender el masonismo?

Me admira ciertamente la escrupulosidad del señor censor que cree que en esta comedia se hace la apología del masonismo, no habiendo una palabra de que pueda inferirse; y por otra parte veo representarse la comedia de Los templarios(17) sin el menor escrúpulo, siendo así que estos caballeros fueron los primeros masones, o éstos, si se quiere, no son sino caballeros templarios.

Óigase la apología de los masones por la boca de su mayor enemigo, el abate Barruel,(18) y al tiempo mismo en que los hace templarios, y a unos y a otros les supone autores de crímenes tan horrendos como increíbles, y sólo probados en su destornillado cerebro. Dice pues: "Los fra[n]cmasones tienen por base de su secta la igualdad y la caridad, la libertad y los derechos del hombre."(19) En menos palabras no puede hacer mejor elogio de los masones el venerable más celoso, ni el gran maestre más entusiasmado por la orden.

Yo ya he dicho otras veces que no los conozco; pero si son tales como los pintan sus mismos enemigos, siempre los tendré por hombres de bien; así como por inocentes a sus fundadores, los templarios, a quienes exterminó la ambición de Felipe el Hermoso, rey de Francia, por apoderarse de sus bienes, imputándoles mil crímenes, y auxiliado por Clemente V, hechura suya que residía en Aviñón, que le estaba agradecido por haberlo exaltado al trono pontificio y deseaba complacerlo, y quien, por esta política razón, admitió la acusación de herejía contra su inmediato antecesor, Bonifacio VIII, a quien Felipe había odiado de muerte.

Por tanto, en asunto de masonismo, suspendo mi juicio, y sin hacer su apología, jamás me declararé su detractor, pues que para uno u otro se necesitan las pruebas convincentes de que carezco. Ni puede ser prueba para condenarlos la Bula del señor Clemente XII, que apoyó el señor Benedicto XIV, porque todo su fundamento es el rumor popular, que es lo mismo que la necia vulgaridad. Si todo lo que se ruge en el pueblo prestara motivo justificado para condenarse, ya habríamos juzgado masón al señor O'Donojú, de quien es rumor popular que era caballero 33,(20) de algún eclesiás[ti]co de dignidad, residente en México, de quien se dice que recibió patentes de masón en España,(21) y de nuestro mismo emperador se dijo que era masón en pasquines en Puebla, como nos lo aseguraron papeles impresos de aquella ciudad.

La voz del pueblo no es la de Dios, sino, casi siempre, la voz de la ignorancia. Todos los sabios de la Europa, que sin pasión han escrito sobre las Bulas citadas, especialmente en este siglo, concuerdan en que fue suma ligereza la del señor Clemente XII en condenar con anathema a unos hombres de quienes no tenía noticia alguna, y que los creyó malos sólo porque así se lo dijeron algunos hombres buenos, que con toda su bondad tampoco sabían lo que eran ni qué trataban en sus juntas. ¡Rarísimo modo de juzgar y sentenciar sin conocimiento de causa!

Materia es ésta que franquea a la pluma un dilatado campo, hasta probar que la excomunión de Clemente XII a nadie liga ante Dios, porque es notoriamente injusta y diametralmente opuesta al Evangelio de Jesucristo, que nos manda amar y favorecer a nuestros semejantes, sean los que fueren, sin distinción del moro ni el cristiano, del judío ni el gentil, del fiel del hereje, del maliés ni masón, sino a todos los hombres del mundo, pues a todos comprehende rigorosamente este precepto: amarás a tu prójimo, no como quiera, no por política, no por interés, no por fuerza, sino como tú te amas a ti mismo, diliges proximum tuum sicut te ipsum;(22) precepto absoluto; muy llano, y que no pueden interpretar ni menos abolir los pontífices, por más excomuniones que fulminen, porque el vicegerente no puede torcer el sentido de la ley del Legislador, ni menos oponerse a su voluntad, tan repetida y públicamente manifestada por su boca y por sus obras.

Concluyo, pues, diciendo que los templarios y los fra[n]cmasones son, según se cree con mucho fundamento, una misma orden caballeresca, aunque acaso se distingan en sus ritualidades. Los templarios se denominaban tales porque su instituto era levantar un templo a la virtud, y los fra[n]cmasones, o libres albañiles, se llaman así porque pretenden lo mismo. Sus signos y oraciones lo manifiestan. Aquéllos son la escuadra, la regla, el compás, etcétera, etcétera; y éstas los Salmos u oraciones de David y Salomón relativas a la fábrica del templo. En todas las naciones y religiones del mundo se han valido y se valen de signos exteriores para imprimir fuertemente en sus sectarios la idea de sus misterios y sus dogmas, sin excluirse de esta regla el cristianismo. "¿Qué cosa son los Sacramentos?", pregunta el Catecismo de Ripalda(23) que los niños aprenden en la escuela, y responde: "Unos espirituales remedios que nos sanan y justifican". Prosigue: "¿de qué manera nos justifican?", y responde: "dándonos gracia interior por señales exteriores." Ya vemos cómo en nuestra misma religión tenemos como de necesidad Sine qua non o,para que todos lo entiendan, tenemos como necesarias las exterioridades de los Sacramentos para creer que recibimos la gracia. De manera que si no intermedian, entre Dios y nuestra voluntad, estas señales exteriores, no recibiremos tal gracia.

Conque siendo estas exterioridades comunes a toda creencia, nada tenemos que admirarnos de las de los templarios o masones, y si hablar bien de éstos es malo, lo será más hablar de sus fundadores. La comedia de Los templarios se sufre en el teatro de México, y la mía, que no defiende ni a los templarios ni a los masones, sino que sólo ataca el fanatismo y la hipocresía, se reprueba. El público ilustrado e imparcial decidirá entre el voto del señor Sartorio y el mío.

 

 


(1) La fecha aproximada de aparición de este folleto es noviembre 28 de 1822. Lo hemos tomado de la revista Hispania vol. 54, núm. 2, mayo de 1971, pp. 276-280 (Some recently discovered pamphlets by Fernández de Lizardi de James Mackegney.

(2) José Manuel Sartorio (1746-1829). Sacerdote y escritor mexicano. Ya en el gobierno virreinal fue censor de libros y periódicos. En la Independencia fue vocal de la Junta Provisional Gubernativa. Escribió Poesías sagradas y profanas, edición póstuma de 1832.

(3) Pensamos que se trata de una errata por consensador.

(4) Las viejas y el francmasón peleándose con Garay, México, Oficina de la Testamentaría de Ontiveros, 1826; es un folleto de Fernández de Lizardi. Las viejas y el francmasón es un drama que no se registró en las bibliografías del autor. Aparentemente ha desaparecido, ello quizás porque no fue publicado, aunque se abrió la suscripción, o quizás porque fue retirada de la circulación. En Hasta en el teatro hacen daño los gachupines con mando (México, Oficina de la Testamentaría de Ontiveros, 1827) Fernández de Lizardi habla de su enfermedad, de la conveniencia de que saliera de México para curarse. Para obtener dinero, dice, ha empeñado en una empresa teatral su comedia Las viejas y el francmasón a sabiendas que tiene un enemigo mortal en el administrador del Coliseo, don Cayetano Castañeda, quien en el año de 1826, cuando Fernández de Lizardi publicó el argumento de la obra, se empeñó en que no se representase. Al final de este folleto escribe que la suscripción a la comedia se abre en la librería del finado Ontiveros, al precio de cuatro reales.

(5) Coliseo. Cf. nota 3 a De don Servilio al clamor...

(6) El diluvio universal o segunda edad del mundo. En el número 6 del Correo Semanario de México, Fernández de Lizardi dice que esta obra fue, presentada en el Teatro Principal, calificándola como un "mamotreto" y un "diluvio de fábulas, impropiedades y disparates". Obras VI, op. cit., p. 103. En La Quijotita y su prima la llama "diluvio de disparates". Obras VII op. cit., p. 350. Finalmente en el tomo III deEl Pensador Mexicano escribe: "La tal comedia del Diluvio me dejó hostigado hasta el copete. No he visto porquería igual; lo único bueno que tuvo fue que desempeñó muy bien el título desde que comenzó hasta que acabó, porque toda ella fue un diluvio de mentiras, impropiedades y tonterías." Obrar III, op. cit., p. 520.

(7) El valiente Nazareno (Sansón), Madrid, Imprenta del Reino, 1638, de Juan Pérez de Montalbán, calificado como magnífico poeta y dramaturgo español. También autor de El Polifemo y Las Santísimas de Alcalá. Fue puesta en escena en el Coliseo el 16de febrero de 1786, en la temporada que empezó en 1785y terminó el 28 de febrero del año siguiente.

(8) Bruto de Babilonia. Nabucodonosor, de Juan Matos y Fragoso, Agustín Cáncer y Velasco y Agustín Moreto y Cabañas, Madrid, Domingo García Morras, impresor del estado eclesiástico, 1668.

(9) Genoveva, comedia en dos actos de Francisco Soria, poeta mexicano del siglo XVIII, que también escribió Guillermo, duque de Aquitania y La mágica mexicana,alabada por Guillermo Prieto en su Álbum mexicano (1849, t. I). O tal vez se trate de una traducción de Ma tante Genevieve, ou je l'ai échappé belle, firmada por Do... Y, editada en París en 1801. En La Quijotita y su prima Lizardi muestra su enojo por las tramoyas, vuelos y ficciones que implicó la puesta en escena de la Genoveva.

(10) El diablo predicador de Luis de Belmonte y Bermúdez (1587-1650?).Dramaturgo y poeta español considerado como un autor muy sobresaliente. La obra citada se inspira en Fray Diablo de Lope. En ella el protagonista, Luzbel, persigue a los franciscanos hasta hacerles pensar en el abandono de su convento; pero, finalmente, se ve obligado a servirles de limosnero y predicador. Tanto en el caso anterior como en éste, se muestra la animadversión lizardiana por lo sobrenatural y fantástico.

(11) Santa Bárbara del doctor Vicente García (1582-1623).Poeta y sacerdote catalán, que fue rector de la parroquia de Santa María de Vallfogona. Autor del volumen de poesías La armonía del Parnaso y de la obra La gloriosa virgen y mártir santa Bárbara, que escribió con motivo de la inauguración de la capilla de Santa Bárbara. Ha sido calificado de notable, imaginativo, con talento político y de tener una inspiración viva y sensual.

(12) El burlador de Sevilla o el Convidado de Piedra de Tirso de Molina.

(13) San Antonio Abad de Fernando de Zárate y Castronovo (1620-?). Poeta y autor dramático español que también escribió La Conquista de México. Su nombre figura en el catálogo de autoridades del idioma publicada por la Academia Española.

(14) No hay puta ni ladrón que no tenga su devoción. Más citado como "A putas y ladrones nunca faltan devociones."

(15) Clemente XIII y Benedicto XIV. Cf. nota 10 a Mas que se enojen...

(16) Inquisición. Cf. nota 4 a De don Servilio al clamor...

(17) Los templarios o Los caballeros templarios de Juan Pérez de Montalbán, editado en el tomo primero de sus Comedias, Valencia, Sonzoni editor, 1652, que tuvo, al parecer, una primera edición en 1635. Pérez de Montalbán, escritor madrileño, fue clérigo presbítero y notario del Santo Oficio.

(18) Agustín Barruel (1741-1820). Escritor y polemista francés. En sus Memorias para servir a la historia del jacobinismo (Londres, 1797 y Lyon, 1803) denuncia a Voltaire, D'Alembert y a Federico II de Prusia como jefes masones de varias conspiraciones dirigidas en contra de la religión (que continuaron después otras sociedades de francmasones).

(19) En "Secreto general de la mazoneria manifestado por los mismos mazones", parte segunda de las Memorias de Barruel se lee: "Hasta el día 12 de Agosto del año 1792 no habían los jacobinos franceses puesto la fecha de los fastos de su revolución, sino por los años de su pretendida libertad. En este día Luis XVI después de quarenta y ocho horas de haber declarado los rebeldes, que había perdido todos sus derechos al trono, fue llevado preso á las torres de Temple. En este mismo dia decretó la asamblea de los rebeldes que á la fecha de la libertad se añadiese en adelante en los actos públicos la fecha de su igualdad; y á ese mismo decreto se le puso la fecha: año quarto de la libertad, año primero y día primero de la igualdad. En ese mismo día estalló, en fin, por la primera vez, en público, aquel secreto tan querido de los franc-mazones, y prescrito en sus lógias, con toda la religión del juramento mas inviolable [...]. Yo mismo he sido testigo de estos arrebatos; he oído las preguntas y respuestas á las que estos dieron lugar. He visto á los mazones, los mas reservados hasta entonces, responder sin algun disimulo: Sí, al fin... he aquí cumplido el grande objeto de la francmazoneria. Igualdad y libertad; todos los hombres son iguales y hermanos; todos los hombres son libres; esta es toda la esencia de nuestro código, todo el objeto de nuestros deseos, y todo nuestro gran secreto."Memorias para servir a la historia del jacobinismo, Palma, Imprenta de Felipe Guasp, 1813-1814, t. II, pp. 173-174.

(20) Juan de O'Donojú. Efectivamente fue masón. Según informe de Lucas Alamán trató de crear una secta diferente de los Comuneros, que dirigía Rafael Riego. Cf. nota 22 a Oración de los criollos...

(21) La masonería del Rito Primitivo, constituida por los Enciclopedistas, tenía entre sus propósitos la emancipación de América. Francisco Miranda fue un promotor del movimiento independiente dentro de esta secta. En 1708 fundó en Londres la Logia Hispanoamericana, de la cual dependieron la Lautaro I, la de los Caballeros Racionales y la Unión Americana. En 1812 vino un delegado, Vicente Acuña, que fundó en Jalapa la logia de los Caballeros Racionales, presidida por Ramón Cardeña y Gallardo, canónigo de Guadalajara. Varios sacerdotes católicos fueron profesantes. El caso más sonado es fray Servando Teresa de Mier. Sus relaciones con la masonería en Cádiz quedaron consignadas en su declaración al Santo Oficio de 16 de noviembre de 1817. Othón Arróniz, Los Tratador de Córdoba, Xalapa, Universidad Veracruzana, 1986 (Biblioteca Universidad Veracruzana). "En 1772 algunos criollos y gran número de mexicanos netos acudían a exteriorizar sus comunes inquietudes y sus sentimientos liberales, en la residencia del venerable hermano Juan Esteban Laroche, de origen galo [...], habiéndose celebrado en 1791 con gran solemnidad la fiesta solsticial, ceremonia de carácter específicamente masónico. Más tarde, en 1806, fue fundada la logia 'Arquitectura Moral' en la calle de las Ratas [hoy séptima de Bolívar], en la que habitaba el regidor del Ayuntamiento don Manuel Luján. Allí vieron la luz masónica don Miguel Hidalgo y Costilla, Ignacio Allende, Galeana, Aldama y otros esforzados patriotas." Ramón Martínez Zaldúa,Historia de la masonería en Hispanoamérica, 3a ed., México, Costa-Amic editor, 1968, p. 56. En esta obra se ratifica que fray Servando se unió a las logias masónicas que había en Cádiz

(22) diliges proximum tuum sicut te ipusm. Mr. 12, 39; Mt. 22, 39.

(23) Jerónimo Martínez Ripalda (1536-1618). Sacerdote jesuita español que intentó explicar la doctrina a los niños. Su Catecismo y exposición breve de la doctrina cristiana, Burgos, 1591, fue empleado en las escuelas de América. En México fue adoptado por disposición del Concilio III Mexicano. Fernández de Lizardi lo impugnó con virulencia en sus "Dudas de El Pensador sobre el Catecismo del padre Ripalda."Obras VI, op. cit.