Fábula XIX
CELIA, SU HIJO Y LAS GALLINAS
A la su quinta
se mudó Celia
a divertirse
la primavera;
pero su casa
a Marcia deja
a que la cuide
mientras su ausencia.
Por sus gallinas
mucho la ruega
que las asista,
que las atienda.
Maíz abundante
se le franquea,
por que alimento
que darlas tenga.
Confiada en esto,
Celia se ausenta,
y Marcia ingrata
bien se aprovecha
del maíz y todo
cuanto le queda,
que como logre
mejorar ella,
las gallinitas
aunque perezcan.
Así sucede,
y a consecuencia,
unas se mueren,
otras enferman;
cuál enflaquece
y cuál se enteca.
En este tiempo
Celia regresa;
ve sus gallinas
de hambre muertas.
A Marcia llama
de rabia llena;
pero esta infame
da media vuelta,
pues no tenía
qué responderla.
Celia, que ve esto,
se desespera,
grita, se enoja,
riñe, lamenta,
y su hijo el grande
por complacerla
su cuello abraza,
su cara besa;
y así la dice
con voz muy tierna:
—¿Ya ves lo que hizo,
mamá, la vieja
con las gallinas
que tú la entregas?
Pues lo mismo hacen
mil albaceas,
según me dice
doña Experiencia.
Por vida tuya,
cuando te mueras
ve a quién y cómo
nos encomiendas.
