CARTA DE JUANILLO AL TÍO TORIBIO
Lunes 6 de diciembre de 1813(1)
Tiripitío, noviembre 30 de 1813
Estimado tío de todo mi cariño:
En cumplimiento de la palabra que di a usted cuando me partí de esa ciudad, escribo a usted ésta, que recibirá por el conducto del señor mi padre, y habrá de saber lo que yo sé de por allá primero, y después toda la serie de mis sucesos.
Por acá se dice que el excelentísimo señor virrey, persuadido de la máxima política inconclusa de que el monopolio no tiene mayor enemigo que la libertad, se sirvió mandar, por Bando de 28 del pasado noviembre, que el carbón (de que tanto han carecido los mexicanos) entre con libertad; que sus dueños lo vendan en las calles o plazas que les acomoden y al precio que ellos quieran, sea el que fuere; que no paguen ninguna contribución ni se les embarguen ni detengan las acémilas en que lo acarreen, y, por último, que no se ponga a los introductores la más mínima traba. Al mismo tiempo, se manda en el referido Bando que nadie abarrote ni resgatee carbón, dentro ni fuera de la ciudad, pena del comiso y la multa por el duplo, y que ninguna persona compre más carbón de una vez que el que necesite para el consumo de su casa.
Esto hemos sabido por acá, y el señor cura dice que no puede menos que ser de cacumen el señor virrey, porque sapienti est mutare consilium. Usted sabrá qué quiere decir eso, porque yo me quedé en quis vel qui.
Dice también, que al otro día ya se veía pasar el carbón libremente por las calles, y en algunas con decencia. El domingo en la tarde pasó en coche por la del Puesto Nuevo, el lunes siguiente, 29 de noviembre, se vendió en la calle del Hospicio a tres pesos la carga; el martes a 18 reales (no me vaya a coger la droga de las fechas, porque yo tengo un amigo brujo que me cuenta las cosas luego que suceden); y en fin, dicen también que las gentes están muy contentas con esa providencia y esperan que dentro de poco se vuelva a vender el carbón a sus antiguos precios.
La verdad, tío, es menester darle las gracias al excelentísimo señor virrey por el acierto de esta determinación a nombre de todo el pueblo. Yo cuando oí la acertada disposición del citado Bando, dije:
¡Bien haya la providencia
que nos libertó el carbón
de manos del resgatón
y bien haya su excelencia!
Ciertamente que, como la providencia sobre los resgatones de dentro y fuera de la capital se haga efectiva por parte del pueblo y de los jueces subalternos, a cuyo celo está encomendado este cuidado, puede pronosticarse con seguridad que dentro de dos meses, a más tardar, se verá el carbón como antes. Los primeros días tendrá su precio fijo y alto, pero después la abundancia lo hará bajar.
Dije que debe hacerse efectiva la providencia de parte del pueblo, porque éste es el principal celador de los resgatones y cada individuo está obligado a denunciar los que conozca a los jueces inferiores, para que éstos procedan a aplicarles la pena prescrita por el Bando. De este modo, bien se cuidarán de no hacer sus encierros con tanta desvergüenza como hasta hoy. Este género de denuncias no induce la más mínima vileza, porque a los denunciados no se les sigue mayor perjuicio y al público le resulta mucho bien.
Si los mexicanos se mantienen en su acostumbrada indolencia en este punto; si se callan la boca, por más que sepan que fulano y zutano tienen bodegas de carbón; que lo envían a comprar fuera de garita, y que hacen las felonías que saben; si se callan, digo, porque el resgatón tiene dinero, porque tiene empleo visible, porque viste casaca con galones, etcétera, ellos serán, a su pesar, los legítimos alcahuetes de los monopolistas, y en justa recompensa de su desidia y cobardía sufrirán la ley que aquéllos les impongan, comprarán el carbón siempre caro, padecerá el pueblo y el gobierno quedará exento de toda responsabilidad, pues ya no puede dictar mejores providencias que las que protegen al introductor, dejándole toda libertad para vender y estrechando al resgatón a no serlo en virtud de los comisos y multas que les imponen.
Así pues, querido tío, no hay más sino constituirse todos espiones de estos cuervos de la república; acusarlos ante los jueces, cuya providencia no tiene para qué descubrirlos, sino que, asegurándose en la verdad de la denuncia, procederá contra ellos (prescindiendo de todo respeto, interés, adulación, colusión y otros vicios que no se deben esperar de su integridad y celo por el bien general).
Asimismo, es menester acordar a algunos soldados que con ellos también habla el Bando, y que a título de tales ni de asistentes tienen facultad para detener a los carboneros en las calles, echando mano a los ronzales de las mulas para llevar el carbón a las casas de sus jefes (como he visto mil veces). Mucha menos libertad tienen éstos para maltratar a los indios de palabra u obra, ni obligarlos a vender el carbón al precio que les imponen, ni que se lo entreguen al rigor de la espada para surtir algunas accesorias o carbonerías.
Deben acordarse de que sus jefes no les ordenan ejecutar estas tropelías. Ellos les mandan que busquen el carbón, no que por flojos y ahorrarse de andar, arrebaten el carbón primero que pase por sus puertas (aunque esté ajustado y vendido, como también he visto).
Deben acordarse que el excelentísimo virrey, por el Bando de 25 de octubre, en el artículo 3, dice:
Todo individuo militar que insulte de obra, hiriendo, maltratando o robando a cualquiera persona, o armase pendencia o riña en la calle con otros militares o paisanos, será preso en el acto y conducido a su cuartel, sufrirá dos meses de calabozo y será destinado por el tiempo que le falte para cumplir su empeño al regimiento fijo de Veracruz; pero si resultare muerte, etcétera, será irremisiblemente pasado por las armas...
En el artículo 4 dice:
Si el agravio fuere de palabra con expresiones ofensivas, se le impondrán dos meses de grilletes...
De todo esto deben acordarse los soldados antes de maltratar a los carboneros, advirtiendo que ningún fuero patrocina el robo ni la inmoralidad y que el soldado, por serlo, no se descara de las obligaciones del ciudadano honrado. Antes bien, deben ser los más religioso observantes de ellas, para mantener la tranquilidad y el buen orden entre los paisanos, como lo insinúa el señor general en el citado Bando, para que en esta confianza se mantenga la mejor armonía entre el pueblo y la tropa tan necesaria siempre, y mucho más en los tiempos de disensión.
Esto he hablado, tío, con relación a lo que he sabido de esa ciudad. Ahora va usted a saber lo que me ha pasado a mí, que es bien interesante.
Salí de esa capital con recomendación y destino a una de las haciendas sita en jurisdicción del gobierno de México, acompañado de un solo mozo y sin más armas que las que llaman de agua, siendo las mías unos cueros de chivo pelados, ¡qué tales estarían las de mi escudero! El haber salido desarmado a esta aventura (cosa que no hizo el memorable Manchego) fue porque me hice el cargo que a un hombre desarmado nadie lo había de reputar por enemigo; más no fue así, porque más delante de Cuernavaca, al doblar una lomita, nos avistaron diez o doce hombres (que a mí se me figuraron diez mil), vestidos con sus chaquetas azules, con collarines encarnados y vueltas amarillas, montados y equipados al modo de los dragones de Querétaro. No bien los había visto, cuando, ¡tío de mi alma!, me pegaron el grito ¿quién vive? Yo me quedé frío, porque como desde antes de salir tenía noticia de que los insurgentes no se distinguen en el vestido de esas tropas, me entró luego la duda: ¿de qué gente sería aquélla? Y lleno de miedo le dije a mi mozo: "Responde", pero éste, tan aturdido como yo estaba, me contestó: "¿Y qué respondo, señor?" "Responde lo que quieras", le iba a decir, cuando esforzando la voz los gritones volvieron a repetir: "¿Quién vive?" "Anda, hombre, responde", dije otra vez a mi mozo y éste me decía: "No me hablan a mí, sino a su mercé..." "¿Quién vive?" Dijeron ya con cólera y enristrando las carabinas. Yo no tuve otra cosa que hacer sino apearme de mi mula y decirles: "¿Quien ustedes quieran, vive y viva por los siglos de los siglos, amén." Fuérase mi genialidad faceta en los lances de más apuración, fuérase mi ángel custodio o lo que usted quisiere, hizo que no dispararan, sino que cercándonos inmediatamente nos comenzaron a examinar: ¿Quiénes éramos? ¿A dónde caminábamos? ¿De qué parte? ¿A qué? ¿Por qué y para qué? Yo contesté con sinceridad a todas sus preguntas, y hasta entonces ignoraba quiénes eran; pero cuando me vieron el pasaporte, ¡ay, tío de mi alma!, me comenzaron a hacer unos cargos terribles. Me dijeron: "¿Usted sabe entre quiénes ha caído?" Yo, respondí: "Creo que entre los señores insurgentes..." "No nos llamamos insurgentes, señor alcahuete", me dijo uno, acompañándome un cintarazo. "¿Pues cómo se llaman ustedes?", les dije con el credo en la boca. "Los americanos". "Pues bien está, señores americanos —respondí—, no haya enojo por eso, que ésa es cuestión de nombre; tampoco yo me llamo alcahuete, como ustedes me han dicho." "¿Pues cómo se llama?", dijo uno; a quien le dije: "Yo soy Juanillo, el sobrino del tío Toribio." "¡Lindas señas! —dijo el cabo, y continuó—. ¿Y a dónde camina?" "Señor —le dije— a buscar destino en qué servir para mantenerme." "¿Sabe escribir?", preguntó un sargento. "Sí, señor capitán —le dije—, y contar y cuanto quiera su mercé." "Pues bien —respondió—, véngase con nosotros y no le faltará qué comer". "Sea por amor de Dios", le dije. Montamos a caballo y me llevaron a una hacienda, después a otra y por último a este pueblo, porque luego que me tomaron algún cariño, me dijeron: "En estas haciendas no está usted seguro, porque entramos por semana." "¿Cómo por semana?", les dije. "Así como usted lo oye; aquí unas semanas entramos nosotros y otras las tropas, de modo que alternamos los destacamentos." Yo estaba y hasta hoy me hallo confundido: quién sabe dónde estoy ni cómo he venido. Lo que le puedo decir a usted es que soy escribiente a la hora de ésta, cuando ya pensaba ser coronel por lo menos.
Todavía no me sale el susto del cuerpo por el maldito quién vive. Sobre este modo de reconocerse dos gentes enemigas he cavilado mucho, porque me parece que a nada conduce sino a matarse los hombres como perros.
Yo bien sé que mi decisión en esta parte nada vale y que estoy muy lejos de querer introducir una novedad como la de mudar esta voz en los ejércitos, porque sé también que hay algunos usos que, en estando amparados de la apolillada autoridad de nuestros mayores, siempre la veneramos y no cederemos a ninguna demostración que se haga contra ellos.
Más así como todo el mundo está en posesión de adoptar o reprobar lo que le agrade o le desagrade, aunque para nada haya razón, así, también todos los hombres tenemos libertad para pensar con nuestras cabezas sobre esto o aquello del modo que nos parezca, no siendo contra la religión.
Así es que a mí me parece que esta voz, quién vive, pudiera en ciertas ocasiones substituirse mejor por esta otra: ¡Alto! Va la razón. Si un grupo de tropa encuentra a uno, dos o tres caminantes que ignoran a qué clase de gente pertenece aquel grupo que se le presenta, ¿no es regular que éstos se aturdan para responder al quién vive, hallándose comprometidos a responder y no sabiendo qué? ¿No es una cosa que horroriza el imaginar que en aquel improviso ha de jugar un infeliz (que acaso ni se mete ni se ha metido en nada) su vida con sólo una palabra, como mil veces ha sucedido, procediendo con un equívoco y fiabilidad casi forzosa? ¿No es cosa que estremece la humanidad el que se determine la muerte contra un hombre solo e indefenso por el gravísimo crimen de no haber adivinado qué casta de gente le preguntaba ¿quién vive? Pues estas muertes, tío, son muy comunes en toda guerra, pero más lamentables sin comparación en las intestinas, donde los amigos y los enemigos son de una misma tierra, y por lo propio usan un mismo idioma y, lo que es peor, unos mismos uniformes y divisas.
Es verdad que toda tropa, descubierta, guerrilla o avanzada, debe reconocer a cualquiera que encuentra porque no sea espía, correo, desertor, etcétera; pero esto ¿no se conseguiría muy bien y sin matar a ningún pobre usando la dicha palabra alto? Con ésta nadie tenía que hacer más que detenerse. Entonces se podía reconocer quién era y proceder conforme a justicia.
Éstas son las ciertas ocasiones en que me parece se debía variar la voz de quién vive, quedando en su fuerza y vigor para las centinelas.
Dé usted mis memorias a mi tía y las muchachas, y mande a su afectísimo sobrino Juanillo. —Señor don Toribio Cascarrón.