CARTA CUARTA DE EL PENSADOR AL PAPISTA,
Y QUINTO OCURSO AL SOBERANO CONGRESO(1)
Pues sí, señor Papista:(2) como íbamos diciendo, ahora tres meses, que tanto tiempo se ha pasado sin que usted conteste a ninguna de mis Cartas.(3) Ni yo he querido mover mi asunto, esperando que pasaran estos días de júbilo y alborozo por la coronación del augusto emperador de México;(4) pues ciertamente, con el estruendo de la artillería y el repique de campanas, no se habrían oído mis razones. Mas ahora que ha calmado la grita y el bullicio, responderé a su carta quinta y será por la cola, porque así me conviene.
Dice usted en posdata de dicha carta, fecha en seis de mayo de este año, lo que sigue: "Yo traté a usted de pobre no por injuriarlo... sino por decir a usted que siendo un escritor mercenario, tiene vendida su pluma al interés de comer."(5)¡Santo Dios!, y qué bello modo tiene usted de enmendar la palabrada. ¿Conque no me dijo usted pobre por injuriarme, sino por decirme mercenario? Muchas gracias por tan cumplida satisfacción. Si yo le dijese a alguno: no crea usted que le llamé cucharero(6) por injuriarlo, ni porque se crea que hace cucharas, sino por decirle ladrón, ¿no le parece que quedaría bien satisfecho? Así he quedado yo.
Sin embargo, cuáles son las pruebas que usted tiene de que vendo mi pluma al interés. ¿Quién me pagó por defender al clero el año de [18]12?(7) ¿Quién por reclamar en favor de los presbíteros San Martín y Lequerica?,(8) ¿quién por proclamar la justicia de la independencia de nuestra nación desde marzo del año pasado?(9) En una palabra, ¿quién me ha pagado por los pequeños servicios que ha recibido la patria por mi pluma? Yo no conozco a nadie, usted diga quién es mi amo, quién es mi pagador; y así que no lo pueda señalar, el pueblo advertirá que usted habla sin verdad en esta parte.
Si dijese usted que quien me paga es el público, le diré que ésa es buena señal, pues lo es de que no desprecia mis producciones. Pero usted dígame: ¿de qué se ha mantenido hasta hoy?, ¿ha sido usted un haragán, pancista y come de balde, a sombra del traje que viste, o ha sido un hombre útil a la sociedad? Si lo primero, es usted más dañoso que todos los escritores mercenarios del mundo; y si lo segundo, ¿cuáles son las pruebas?, ¿en dónde están los servicios que ha hecho usted a la patria? Si señala usted algunos, luego le señalaré la recompensa recibida, y lo sacaré mercenario, famélico, egoísta e interesable como todos los hombres del mundo. No se canse usted doctor, todos los hombres tienen su panza y trabajan por llenarla.
Dice usted que "yo no puedo dar a luz sino lo que el vulgo ignorante aprecia, que siempre es lo malo",(10) con cuyas expresiones injuria a todo el pueblo sensato de esta capital, que ha recibido mis Cartas con aprecio, y se lleva usted de encuentro con la generalidad a todos los aprobantes de mis obras, en los tiempos en que no había libertad de imprenta; pues en el concepto de usted, todos ellos serán ignorantes, entrando en esta cuenta el padre Sartorio y el reverendo Mercadillo.(11)¿Qué dice usted?
En lo que no hay duda es que mis Cartas, siendo tan malas, se han vendido muy bien, y ya no se hallan; cuando usted creo que ha tenido que regalar sus dos últimas, porque siendo tan buenas nadie quiere comprarlas. A lo menos, y la maldición me alcance, quiero amanecer todos los días con tanto cuanto ha perdido usted en su impresión.
Lo peor es que ya se va ordinariando este pleito; y es muy regular que usted no se dé por vencido, por más argumentos que le haga y por más desaires que reciba del público, sino que seguirá escribiendo más que el Tostado,(12) y de aquí a cuatro meses ya habrá perdido quinientos pesos(13) más en cartearse conmigo públicamente. Por lo que pienso que sería mejor que me diera usted trescientos pesos, y nos carteáramos en secreto. Así ahorra usted dinero y no se expone a quedar tan mal como ha quedado en el público.
En la posdata dicha me dice usted: "Si tan justa es la causa de usted, ¿por qué no interpone su recurso de fuerza en tribunal competente, como se ha estado vociferando dos meses hace por sus colegas y apasionados? ¿Por qué ha importunado usted tres ocasiones(a) al Soberano Congreso, con instancias cuya discusión no es de las atribuciones del poder legislativo?"(14) Señor Papista: ocurrí cinco meses hace al Congreso, implorando su protección para que hiciese que se levantase la censura por el término del derecho, y que la Audiencia territorial conociese del asunto, nombrándome un letrado que interpusiese a mi nombre el recurso de fuerza,(15) pues yo no puedo (porque no es uso) relatar en estrados, ni podía llevar a un abogado del cogote a que informara por mí. En aquellos días vi algunos amigos, y se me excusaron, o porque no querrían comprometerse con el señor provisor, o porque serían muy escrupulosos y no se atrevían a defender a un excomulgado tan perverso como yo. Para que la Audiencia obligara a un letrado, ocurrí al Congreso: pasó mi negocio a la Comisión de Libertad de Imprenta, y ya van tres comisiones variadas, con mi asunto, sin hacer nada. Yo no tengo la culpa de que se haya desentendido, hasta el extremo de que usted y los ignorantes fanáticos faroleros de Puebla(16) la hayan acusado sin querer esta morosidad. Si yo hubiera tenido autoridad, habría decretado que se diese cuenta con mi negocio lo más pronto, pues era de los más ejecutivos, de los más graves, y cuyas resultas pudieron y aún pueden traer funestas consecuencias.
Yo me alegro que vea el Soberano Congreso la reconvención de usted, pero desde luego, al paso que esto va, lo más acertado será, como usted dice, ocurrir a Dios nuestro Señor a ver si por medio de una superior ilustración, por medio de un milagro o "unas palmitas",(b) me da a entender mi gravísimo y escandalosísimo pecado, que no conozco. En cuyo caso le prometo que iré humilde y devotamente a pedir la absolución,(17) pues estoy tan persuadido de que mi Defensa de los francmasones(18)es un papel inocente, y la excomunión injusta y nula en todas sus partes,(19) que es menester que el cielo haga un milagro patente para que me disuada de esta opinión.
Es regular que ni los ángeles ni los santos quieran atravesar su palabra con los excomulgados; y así, ruéguele usted a Dios con una oracioncita de las que acostumbra; que si conviene, me envíe un diablo o muerto en forma visible que me convenza a pescozones, y me lleve de una oreja a implorar misericordia. Semejantes prodigios necesita mi pertinacia para convencerse, después que veo que usted, a fuer de excomulgador, ha querido sostener la justicia pretendida de esta excomunión; y no lo puede conseguir, pues por más que escriba, ni convence, ni responde las dificultades que le propongo, ni las preguntas que le hago. Pero seguiré sobre su carta quinta.
Que san Marcelino papa no fue "segundo",(20) como yo equivocadamente dije en mi Representación,(21) es verdad; pero tampoco fue "primero", como usted lo llama, pues no tuvo segundo en el nombre, y así ni fue primero ni segundo, sino san Marcelino "único" papa, hasta ahora, de ese nombre; y tiene usted empatado el juego en esta parte.
Sobre si idolatró o no, está en opiniones. San Agustín, usted y otros lo niegan; pero lo afirman las actas del Concilio de Sinuesa,(22) los más clásicos escritores modernos: Natal Alejandro, (23) Lupo,(24) Papebroquio,(25) Pagi(26) y otros; aunque también estas actas y escritos se tendrán por supositicios. Yo no tengo empeño en sacar idólatra a san Marcelino; mas esto no convence ni que lo fue, ni que no lo fue. El mismísimo san Pedro negó tres veces, con juramento, no conocer a su divino Maestro, y no por esto dejó de ser papa ni santo, conque ¿qué maravilla fuera que hubiese idolatrado san Marcelino?
Sobre lo del papa san Gregorio, diga que fue el séptimo de este nombre,(27) y habiendo algún papa Gregorio canonizado a todos sus antecesores y sucesores, eso me basta para probar contra la pretendida infalibilidad del pontífice. Yo no tengo proporción de tener famosa biblioteca ni librazos de a dos en carga: leo lo que puedo cuando tengo ocasión; y me aprovecho, cuando ha lugar, de lo que leo. Este error de un papa Gregorio y santo lo he leído en el tomo IX del Semanario erudito,página 210. Sus dictados se leen en el libro once, después de su capítulo 55. Lea usted el tomo dicho del señor Valladares(28) y hallará noticias peregrinas, y argumentos invencibles contra la infalibilidad del papa,(29) como tratamos.
Por lo que toca a que usted no cree que en esto errase Gregorio VII, pues era "casto, humilde, modesto, templado, sobrio, misericordioso y clemente." Digo que así sería; pero con toda esa humildad y misericordia, unido con los normandos, auxiliado de la princesa Matilde, su hija de confesión, destronó al infeliz emperador Enrique IV, haciéndolo antes sacrificarse a su arbitrio, metiéndose solo y en traje de penitente, entre sus manos, en el castillo de Canosa, donde por tres días lo trataron como al más vil de la república; y al fin, el papa puso en su trono a Rodolfo de Suavia. Yo no sé cómo se concilia la humildad con el orgullo, ni la templanza con la ambición (Semanario, idem). Este santo fue acérrimo defensor de la autoridad pontificia, por lo que padeció muchos trabajos hasta ser arrastrado en Roma, y preso en una torre.(30) Benedicto XIII extendió su rezo a toda la Iglesia; pero algunos reinos católicos no han querido admitirlo. He leído esto en un librito que se llama Manual histórico por don Eugenio Larruga, impreso en Madrid en 1788.(31) Ya he dicho a usted que no tengo proporción pata tener librazos de a dos en carga; los cuatro libritos que componen mi biblioteca son de faldriquera, pero algo atajan.
Sigue Honorio I, no III,(32) como pusieron en la imprenta;(c) sí, señor Honorio I de Campania,(33) religioso agustino, a quien favorecieron mucho los "monothelitas", asegurando ser de su partido. Se declaró a su favor, aunque usted no quiera. Que no lo hiciera en su corazón, yo no lo sé; pero las sospechas están en su contra. Una de ellas es el honor que le tributaban los herejes "monothelitas", cuyo jefe fue un obispo de Arabia llamado Teodoro...(34) Vea usted cómo sé algo de estos amigos de Honorio. No admitían en Cristo "una voluntad compuesta de dos, o perdida la humana en la divina", como usted dice, sino sólo "una voluntad", según la etimología de la voz griega "thelima", que significa voluntad, y "monos", que significa "uno".(d) La disculpa con que usted lo quiere defender, es el mayor cargo. Dios me libre de que usted me defienda en ningún litis; me echaba usted de cabeza con buena intención. Dice usted (página 9 de su Carta V) "que Honorio, sin convenir con la doctrina de los monothelitas, ni creerla, ni predicarla, sólo permitió por calmar alborotos (como quien dice, por no chocar con los herejes), que no se dijesen expresamente dos operaciones o voluntades en Cristo, contentándose con que se creyese y confesase el dogma católico, bajo la expresión capciosa de que usaban ellos, y que Honorio interpretaba en buen sentido, llamando 'Deiviril' la voluntad de Cristo."(35) Quiere decir: la voluntad de Diez hombre, esto es: una sola voluntad. En esto estaba la herejía, y eso permitió el dicho papa. ¿Qué tal?, ¿no está divina la defensa que hace usted de Honorio I? Véala usted descifrada. Mandó que no se dijese que había dos voluntades en Cristo. Eso puntualmente querían los herejes. Se contentó con que se creyese; pero que se confesase en el dogma bajo la expresión que usaban ellos. ¿Y el condescender con sus ideas y mandarlo así a la iglesia católica, no era declararse a favor de los monothelitas? ¿Y el declararse a favor de los herejes contra un dogma de fe no es errar? ¿Y errar un papa en tales materias, no convence que no son infalibles?; responda a esto la beata más ilusa. Erró y muy erró contra la fe Honorio I; y primero había de haber sido en dejarse descuartizar, que en contemporizar con los herejes contra su creencia misma.
Si esta disculpa sirviera para Honorio, serviría también para "Sergio III, amante de Marozia", introducido por la fuerza de las armas a gobernar la Iglesia; serviría a Juan X, galán de "Teodora", sentado por diligencias de ésta en la silla de san Pedro, quien por adular al duque de Aquitania, hizo a su hijo "de edad de cinco años" arzobispo de Re[i]ms.(e) Serviría... pero no quiero que oiga usted más, señor papista... Bien sabe usted todo lo que pasó con algunos papas en el siglo X, en que se llegaron a casar los canónigos con públicas amonestationes.(36) Mas, ¡qué bien defenderá usted a estos y otros pontífices, diciendo que cometieron sus simonías y excesos por no disgustar a los príncipes seculares y damas, cuyos eran [h]echuras, contentándose con que los clérigos concubinarios y canónigos casados creyesen que no era eso lo que los cánones les prescribían!
Ve usted, pues, que su disculpa nada vale en favor de Honorio. Pero sobre todo esto, resulta declarado reo en el Concilio 6 de Constantinopla. Dígame usted ahora: ¿este Concilio erró en su condenación?, ¿lo precedió el Espíritu Santo? Cuidado con la respuesta, porque fue Concilio general. Dirá usted que acertó; pero que a Sergio, Pablo y Pirro los condenó como herejes, y a Honorio como a "fautor" de ellos. Así expresamente lo dice usted en la página 10 de su Carta V; y lo que dice es, que el Concilio condenó a los tres primeros como herejes, y a Honorio como a su "fautor" o favorecedor.(37) Ha quedado usted fresco(38) con su defensa. Hasta los muchachos saben que tanto peca el que mata la vaca, como el que le tiene la pata. Los primeros fueron los inventores del error, y Honorio "su encubridor". Esto es una friolera, ya se ve.
Síguese Bonifacio VIII, de quien yo dije haber dogmatizado, "que era necesario creer y confesar por necesidad de nuestra salvación que los papas son dueños de todas las monarquías del mundo." A esto dice usted que "no", aunque canta mi verdad paladinamente, cuando dice: "yo confesaré de buena fe, que en esta decretal (en la que comienza: Unam sanctam de majoritate et obedientia),(39) hay sentencias y razones que persuaden que Bonifacio VIII era de esa opinión." Éstas son palabras de usted, y ésas me bastan para que todos conozcan que dije bien; y si no, ¿a que no da usted al público la decretal de la Cruz a la fecha, en latín y traducida fielmente al castellano, y veremos quién de usted y yo desempeña mejor su papel; yo de fiscal, o usted de "papista"; esto es, de defensor de los errores de los papas. Si va usted defendiendo a todos como a san Marcelino y a Honorio I, ¡pobre de Bonifacio VIII y los que faltan!
No sea usted, mi doctor, tan preocupado que me tenga por un niño en estas materias. Sé muy bien cuál ha sido la ambición de la curia romana, que ha encontrado la piedra filosofal, pues ha sabido convertir su plomo (sus bulas) en oro. Sé quién fue san Pedro, y quiénes muchos de sus sucesores; sé que el despotismo y soberanía papal ha llegado al más alto punto, hasta que los mismos reyes, sus protectores, se vieron en la necesidad de contener a Roma en sus linderos, reduciendo la soberanía pontificia a su círculo, que es puramente espiritual; pues de otro modo, los obispos de Roma se habrían alzado con todos los imperios del mundo. Sé que daban y quitaban reyes y emperadores a su antojo; rescindiendo el juramento de fidelidad a los pueblos, cuando su monarca les era temible, o tenían interés en variarlo. Sé que no se paraban en tomar las armas ellos mismos y salir a campaña contra los reyes, como Julio II, que, viéndose apurado en una de éstas, arrojó al Tíber las llaves y empuñó la espada, diciendo: si no valen las llaves de san Pedro, que valga la espada de san Pablo; y comandó la acción sangrienta.(40) Sé que el fanatismo cegó a los emperadores, de modo que no se creían seguros en sus tronos si el papa no los coronaba. Este temor los sometía a este ceremonial, sin el que habían reinado tranquilos sus antecesores. Tal sumisión autorizó más el despotismo pontificio, y tanto que hasta los reyes ansiaban por ser coronados por los papas; haciendo en cambio de esta ceremonia, tributarios a sus pueblos de Roma, con gravísimos perjuicios, como hizo a España el rey don Pedro de Aragón, sin ningún fruto, pues avanzó a tanto el orgullo de los papas, que Inocencio III, teniendo a mucho coronar a los reyes con las manos, trató de coronarlos con los pies... ¿Se espanta usted? ¿No quiere creer esta altanería en los sucesores de Pedro pobre, pescador y descalzo? ¿De aquel primer papa, tan miserable y humilde, que no teniendo una pequeña moneda que darle al tullido que le pidió limosna, le dijo: yo no tengo plata, te daré lo que tengo, levántate y anda, y al momento echó a correr el baldado? Pues la historia le asegura la verdad de estos hechos. Bien que estos remedios no los han hecho ni los Sergios, ni los Bonifacios, ni los Julios, ni los Alejandros, ni los Gregorios Séptimos santos, ni mil otros. Seguiré: el rey español don Pedro no quiso sujetarse a este ceremonial, y mandó que hicieran la corona de pan sin levadura, para que el papa, considerando que tal materia sirve para la eucaristía, la respetase, tomándola con las manos, y no honrase con sus santísimos pies su real cabeza. Si la historia, traslada a nosotros por las plumas de sabios y de católicos, no nos testificara estas verdades, apenas podríamos creer semejantes excesos. Lea usted el tomo IX que le he citado de Valladares, y verá esto y más: advirtiendo que el editor del Semanario erudito fue don Antonio Valladares, famoso critico, sabio afamado y curioso rastreador de la verdad. Quien pasó a nuestra memoria esto que le digo, fue el ilustrísimo señor don Francisco Solís, obispo de Córdoba y vir[r]ey de Aragón, en el año de 1709.
¿Conque qué tenemos que admirarnos de que Bonifacio VIII hubiera dogmatizado el crasísimo error de que, para salvarnos, era necesario creer que los papas eran dueños del universo? Esto es nada, comparado con lo que hemos referido.
Sigamos con Alejandro VI, último papa español de cuatro que ha habido. A saber: dos portugueses, un Dámaso y Juan XXI, y dos de la familia de Borja, Calixto III y Alejandro VI. (Lea usted el Elenchus notitiae romanorum pontificum de Gilielmo Buhito,(41) página 346). Este autor dice que Alejandro VI fundó la Inquisición en España; y usted dice que antes que él, la pidió san Raimundo de Peñafort.(42) Me dice usted que estoy muy atrasado en la historia de España... y usted, señor mío, lo está más, y más en la crítica, porque el pedir no es establecer, ni fundar, ni autorizar.
Si acerca de bulas a favor de Inquisición y jesuitas le voy citando a usted bulas y bulas, privilegios, inhibitorias, todas con excomuniones o maldiciones, se espanta usted; y si después de esto, vemos autorizada la abolición del tribunal quemador y de los jesuitas por los "sumos" no ha de tener usted qué decir. Conque dejémoslo así, porque peor es meneallo.
Lo más bonito de su Carta V de usted es querer defender a Alejandro VI, en cuanto a la cesión que hizo de mi patria a Carlos V, diciendo que "esta cesión, aun cuando fuese vituperable" (palabras de usted en dicha Carta, página 10), es decir, que usted lo duda. Ese adverbio "aun" allí eso significa. Pero sigue usted: "que aun cuando fuese vituperable, en nada perjudicaría a la sentencia de la infalibilidad del papa... porque con su cesión no enseñó una cosa contra el dogma de fe". ¡Cáspita, señor mío! ¿Y será usted moralista y doctor? Ettamen apellamini doctores? O tempora, o mores!,(43) le diré con el despreocupado, sabio español, Iriarte. Sí, señor: este papa dogmatizó prácticamente un error craso, enseñando con su autorizado ejemplo que es lícito el robo. No lo dijo, lo escribió; no sólo lo escribió, lo autorizó; no sólo lo autorizó, lo mandó creer así bajo excomunión mayor, amenazando a los cristianos con la maldición de Dios omnipotente y de los bienaventurados san Pedro y san Pablo, siempre que alguno osase desmembrar a la corona de Castilla, no digo este imperio, pero ni una pequeña parte de él. Lea usted su Bula, que comienza:Inter caetera Divinae Majestati beneplacita opera.
Conque hermano Papista: si el enseñar que robar es justo, y que Dios maldice al que reclama sus bienes del usurpador, no es herejía autorizada por un papa, ya no hay herejes en el mundo. Así se prodigan las excomuniones, como que no cuestan; pero también así se desprecian por los que saben pensar; pues al ver que se manda hacer, bajo excomunión, lo que la misma naturaleza repugna, ¿qué juicio quiere usted formemos de las excomuniones?
Más que usted se mate, no son los papas infalibles sin el Concilio general, y sin el consentimiento de la Iglesia universal. Esto es: acertarán con los votos generales de la Iglesia como presidentes suyos; y no de otra manera. Oiga usted atento: "el papa sin el Concilio puede enseñar un error contra la fe." Esto dijo un papa antes de ser pontífice, y lo confirmó después de serlo. Oiga usted sus palabras:
Certum est quod Pontifex posit errare etiam in hic, quae tangunt fidem, haeresim per suam determinationem, aut decretalem asserendo (libro 4, De sententiis, artículo 3, de ministro confirmationis).
Pudiera aquí concluir, pero no se me ha de quedar en el tintero san Cipriano, obispo de Cartago, que autorizó la herejía de los rebaptizantes. Yo no lo cité como papa infalible per se, lo que no creo, sino como un varón cristiano, católico, apostólico, romano, obispo y santo, que con todo esto enseñó un error contra la fe. Es verdad que no todos los obispos son papas; pero todos los papas son obispos. Tampoco sé con qué seguridad afirma usted que a san Cipriano "ni por mal pensamiento le pasó ser papa."(44) ¡Bravo, señor mío! Habló usted con el acierto de un oráculo. Un respetable cardenal de la iglesia romana ha dicho que sus compañeros, por ser "santísimos no son santos", y cierto que si así es, hubiera sido tal deseo un mal pensamiento en san Cipriano. Pero dígame usted, ¿de dónde sabe que no lo tuvo? Si el santo hubiera sido contemporáneo de usted, acaso creería que había usted sido su confesor, porque nomás los confesores, por una gracia especial, saben hasta los pensamientos escondidos de los hombres; mas faltando a usted esta circunstancia, ¿cómo pudo saber los pensamientos de san Cipriano?
Ya ve usted qué bien ha quedado y defendido los errores de los papas que acusé: confesando unos, y acriminando otros. También ve usted cómo, en cumplimiento de su advertencia, no llamo Marcelino a secas a san Marcelino; así yo prevengo a usted que otro día no me trate con tanta confianza a Hidalgo(45) como usted dice. Tárdese un poquito, y llámele el serenísimo señor don Miguel Hidalgo y Costilla,(46) primer generalísimo de América y primer héroe y defensor de su patria, en cuyas aras sacrificó su vida; a quien por primer agente debemos nuestra libertad, a quien la nación debe erigir estatuas, lo mismo que al valiente y político Iturbide, hoy nuestro primer emperador. A aquél porque zanjó con su sangre el edificio de nuestra libertad, y a éste porque levantó el edificio. ¡Honor, gloria eterna a estos héroes y a todos los otros héroes, que no son menos los que ayudaron a principiar y consumar nuestra regeneración política! ¿Pero usted hablará así?, como la mona.(47) Me parece que es usted tan insurgente o independiente como musulmán; mas esto no es del caso.
Hoy mismo presento al Soberano Congreso el ocurso que sigue. Puede ser que se extracte y se decrete de cajón que "se agregue a sus antecedentes", pero me quedará el consuelo de que el público lo lea.
Tenía mil cosas que decir a usted, pero esto ya va largo. Concluyo diciéndole: que estoy tan satisfecho de la justicia que me asiste, que a pesar de que no soy teólogo, ni canonista, ni cosa que lo valga; antes bien, tan ignorante que (como usted ha dicho) necesito que me enseñen la doctrina cristiana.(48) Sin embargo, lo cito y emplazo públicamente con la solemnidad debida, para un acto, asimismo público, en la Universidad de México,(49) en el que defenderé las dos conclusiones siguientes.
Primera: la excomunión fulminada contra mí es injusta, por no haber recaído sobre delito.
Segunda: es ilegal por haberse quebrantado en su fulminación los trámites prescritos por los Cánones.
Éstas son, señor Papista, las conclusiones que he de defender en castellano claro, que lo entienda Dios y todo el mundo. Aunque a usted directamente cito y emplazo, no por esto desairaré la réplica de ningún otro señor eclesiástico o secular que se digne honrarme con sus argumentos; pero usted debe ser el primero en el orden de ponerlos, como que fue el primero que quiso poner su cascabel al gato, con su papel titulado así, en el que pronosticó la censura(50) (como que sabía cómo andaba la cosa en el Arzobispado)(51) y el único tenaz que se ha empeñado, aunque con éxito infeliz, en sostener la injusticia con que se procedió contra mí.
¡Ea, señor Papista!, ahora es tiempo de lucir el taco(52) dignamente, presentándose al público a convencerme. Yo he ofrecido sacar a usted al frente, aunque se esconda bajo la silla de san Pedro, y éste es el mejor modo que encuentro de cumplir mi palabra, porque si sale usted, quedo bien; y si no sale, quedo mejor.
¿Pero cómo no ha de salir usted? El compromiso es terrible. La ventaja está de parte de usted, quien seguramente es sabio, doctor y qué sé yo qué más; y su competidor un ignorante de primera, pues ni sabe la doctrina cristiana. Así es que usted debe admitir este duelo literario, pues de no, es dejarme el campo con deshonor, antes de entrar al combate.
Yo iré solo con un presidente de estatuto, y usted puede ir con cuantos auxiliares quiera, aunque dure el acto ocho días. Conque no hay más que admitir, hermano mío, en inteligencia que siempre he de salir ganancioso. Si concluyo a usted y a mis contrarios, me adquiero un triunfo tanto más glorioso, cuanto que voy a reñir con muchos y con armas desiguales, pues ustedes son sabios y yo no. Si ustedes me convencen, no podrá ser sino ilustrándome y sacándome de mil errores con que lucha mi entendimiento en materias tan delicadas como de religión. En este caso, ya ve usted que el convencto imen me va a proporcionar una ventaja inapreciable, cual es la tranquilidad de mi espíritu.
Tres días son suficientes para pensarlo; y así, el 16 del corriente esperamos el público y yo los rotulones fijados en el Portal,(53) y estampados en los papeles públicos, en los que deberá usted señalar el día y hora para el acto. Si usted admite, ya nos veremos; y si no, el público imparcial conocerá de parte de quién se halla la justicia.
Entretanto, soy de usted como Dios manda, su hermano, amigo y servidor, que besa su mano.
J[osé] Joaquín Fernández de Lizardi.
México, agosto 14 de 1822.
QUINTO OCURSO DE EL PENSADOR
AL SOBERANO CONGRESO(54)
MEMBRETE: El interesado suplica al señor secretario dé cuenta con este ocurso a la letra, porque no padezca el olvido que sus antecedentes.
SEÑOR
Con demasiado dolor he observado, y los sensatos del Imperio con mucho asombro, la indiferencia con que usted, Soberano, se ha manejado acerca de la pública excomunión fulminada contra mí injusta e ilegalmente por este señor provisor.
Cinco meses han pasado, y cuatro ocursos tengo hechos antes que éste a usted, Soberano, y aún no se resuelve nada sobre un negocio tan interesante y ejecutivo. Digo que es interesante no sólo a mí, sino a todos los habitantes del Imperio, si han de ser tratados como hombres libres, pues lo que conmigo se hizo, se hará impunemente con cualquier ciudadano, advertido por el tribunal eclesiástico el acatamiento o temor con que parece que usted, Soberano, respeta los más escandalosos excesos de su Curia.
Pero aun cuando el asunto fuera sólo interesante a mi persona, ¿en qué desmerezco la protección de usted, Soberano? ¿Acaso porque soy pobre, porque no tengo representación en el pueblo, porque carezco de resortes y dinero, se me abandona, se desoye mi justicia por este sabio Congreso y se arrinconan mis ocursos en negocios de tanta gravedad? ¿La escasa suerte, los desdenes de la ciega fortuna serán motivos justificados para negar la protección al desvalido que la implora contra el poderoso opresor?; o antes bien, ¿en esta misma desgracia debe apoyar su más segura recomendación y defensa?
Yo me acogí a usted, Soberano, creyendo hallar en ella la necesaria protección contra la injusticia que se me ha hecho. Si me he engañado no es mía la culpa. ¿A quién ha de solicitar el enfermo sino al médico?, ¿quién defenderá al pupilo sino el tutor?, ¿en dónde buscará agua el sediento sino en la fuente? Pero si el médico se niega, si el tutor dilapida, si la fuente se seca, el paciente perecerá, el pupilo sentirá el peso de la orfandad, y el sediento morirá de sed. He aquí, señor, el caso en que me hallo: yo me vi repentina y públicamente excomulgado sin delito, sin justicia y formalidad de juicio; me vi infamado delante del Imperio; me vi expuesto a ser víctima, con mi inocente familia, de un pueblo concitado contra mí, so pretexto de religión, que no ataqué; me acobardaba de que al ilustrísimo Fénelon, arzobispo de Cambray, excomulgado por el papa por su libro Máximas de los santos, amotinado el pueblo ilustrado de Francia le quemó media librería; ¿y qué podía yo sin representación esperar del pueblo de México en las circunstancias de la instalación de este Congreso? ¿Es decir, cuando el empeño era hacer herejes a los diputados y a cuantos como yo los defendían? Forzoso era temer un movimiento tumultuario de un pueblo que, por la mala educación que le han dado en trescientos años, tiene más de fanático que de instruído en materias de religión. A tanto me expuso la ligereza de este señor provisor.
En tan amargos momentos, sin dinero para irme a Orleáns o Nueva York, sin hallar letrado que quisiese encargarse de mi defensa, ni interponer el recurso de fuerza en la Audiencia territorial, ¿qué podía hacer para librarme de un poderoso que me oprimía, sino acogerme a otro más poderoso que me defendiera? Así lo hice. Acogíme al santuario de las leyes, imploré la justicia en su mismo trono, quise cubrirme con el manto de usted, Soberano, mas todo ha sido en vano. El público, convencido de mi inocencia, ha sentenciado a mi favor con el desprecio de la censura, mientras que usted, Soberano, me ha abandonado y se ha desentendido de mi asunto.
¿Y no habrá remedio a tanto mal? Sí: aún me queda el último recurso, que es quejarme a usted, Soberano, de este olvido, pues no hay tribunal superior de apelación. Así lo hago, augusto Congreso, sin temor de faltar un ápice al profundo respeto que se os debe. Ni yo puedo ser más inocente que Jesucristo, ni usted, Soberano, más justo que el Padre Eterno; y sin embargo, Jesucristo como hombre reclamó al Padre Eterno como a Dios, diciéndole en la Cruz que por qué lo había desamparado. Eso mismo digo a usted, Soberano: ¿Por qué me ha desamparado este Congreso? ¿Por qué se ha desentendido de un asunto de tanta gravedad, prefiriendo otros de imponderable menos importancia? ¿Por qué desoye el clamor de mi justicia? Ésta impetro. Ésta es la que necesito, y ella mediante. A usted, Soberano, suplico mande levantar la censura por el término del derecho, y que la Audiencia territorial, o el tribunal que deba, mande se me nombre un letrado a mi satisfacción que interponga legalmente el recurso de fuerza, en lo que administrará justicia usted, Soberano. Cuya vida guarde Dios muchos años.
SEÑOR
J[osé] Joaquín Fernández de Lizardi.
México, agosto 14 de 1822.
(2) El Papista. Cf. nota 5 a El Pensador al público.
(3) Fernández de Lizardi escribió tres cartas anteriores al Papista en el año de 1822. Los folletos de El Papista fueron: Cascabeles al gato, Imprenta de Mariano Ontiveros, 1822 (Si el gato saca las uñas se desprende el cascabel, de Fernández de Lizardi, fue la contestación a Cascabeles...); Contestación del Papista a El Pensador Mexicano. Primera parte, misma editorial y año (25 de febrero); Carta III del Papista a El Pensador Mexicano, misma editorial, mismo año (marzo 4); Carta IV del Papista a El Pensador Mexicano, Imprenta Imperial de D. Alejandro Valdés (marzo 22) y una posdata fechada el 4 de abril; y Carta V del Papista a El Pensador Mexicano, misma editorial y año que la anterior (abril 6) y una posdata fechada en 6 de mayo.
(4) Cf. nota 7 a De don Servilio al clamor...
(5) Es una reproducción textual de la p. 14 de la Carta V del Papista a El Pensador.
(6) cucharero. Cf. nota 12 a El cucharero y su compadre...
(7) Cf. nota 42 al Segundo sueño...
(8) En Tentativa de El Pensador en favor del canónigo San Martín y Carta a El Pensador Tapatío, que se publicó junto con Satisfacción al público acerca de lar imputaciones del padre Soto, México, Oficina de D. J. M. Benavente y Socios, 1821. Ahí escribe que San Martín sigue preso por haber sido insurgente, lo que viola la Constitución. También en El Conductor Eléctrico número 15 (1820), subtitulado "Paño de lágrimas para un doliente de la Inquisición y afecto de la obra del duelo", aparece una carta que le remitió Ignacio Lequerica desde la prisión de Santo Domingo (fechada el 19 de julio de 1820). Fernández de Lizardi, diciendo no conocerlo ni defenderlo (como también dijo no conocer a San Martín) escribe varias diatribas en contra de la Inquisición, y le dice al arzobispo: "Acaso el ilustrísimo prelado ignorará (y no será mucho) los trabajos del padre Lequerica, y la publicación de este papel se los aliviará. ¡Ojalá y nuestra pluma fuera tan eficaz que aliviara a este sacerdote desgraciado! Si ha delinquido y está reconciliado, ya ha purgado bastante su delito con la prisión de diez y seis años que ha sufrido." Obras IV, op. cit., p. 361. Reemprende el tema en El Conductor Eléctrico número 17, a raíz de la publicación del folleto de fray Mariano Soto Verdadera prisión y trabajos del padre Lequerica, donde pide que se juzgue públicamente a Lequerica: "y este mismo público reclama imperiosamente se cumpla la observancia de la ley y todo lo que sea infringirla es un gran crimen, es faltar al respeto al público y es jugar a Constitución." Ibid., p. 376.
(9) Chamorro y Dominiquín. Diálogo jocoserio sobre la independencia de la América, México, Oficina de D. J. M. Benavente y Socios, marzo 1° de 1821. Por esta edición fue encarcelado.
(10) Cita textual de la misma Carta V del Papista, p. 14.
(11) Mercadillo. Cf. nota 7 a El Pensador al público. José Manuel Sartorio (1746-1829). Presbítero, poeta y orador sagrado. En opinión de Luis G. Urbina (La vida literaria en México) fue un mal poeta. Su producción fue reunida en dos tomos titulados Poesías sagradas y profanas del presbítero José Manuel Sartorio, dálas a la luz un amigo suyo (Puebla, Imprenta del Hospital de San Pedro, 1832). Durante el gobierno virreinal fue censor de libros y periódicos.
(12) escribiendo más que el Tostado. En Colombia se dice "hablar como un Tostado": hablar mucho, Santamaría. La comparación alude a Alonso de Madrigal, quien nació en ese pueblo de la provincia de Ávila. Escribió en tiempo de Juan II de Castilla; fue catedrático de la Universidad de Salamanca y asistió al Concilio de Basilea. Obtuvo el obispado de Ávila y murió a los cuarenta y cinco años en 1454. Sobre su sepulcro se puso la siguiente inscripción: Hic stupor est mundi; qui scrile discutit omne. Sus obras en latín constan de veinticuatro tomos en folio, habiendo dejado otras muchas en castellano. Su epitafio actual, en verso, reza: "Aquí yace sepultado / quien virgen vivió y murió, / en ciencias más esmerado, / el nuestro obispo Tostado, / que nuestra nación honró. / Es muy cierto que escribió / en cada día tres pliegos / de los días que vivió; / su doctrina así alumbró / que hace ver a los ciegos." Rodríguez Marín en Quinientas comparaciones andaluzasdice que vivió cuarenta años y escribió 53,880 pliegos. Según Cejador y Frauca 70,225. Se le atribuía el prodigio de saber todas las ciencias que se enseñaban en la Universidad de Salamanca; que gracias a su portentosa memoria recitaba pasajes completas de la Biblia y toda la Summa theologica de santo Tomás. Sus obras más notables son:Comentarios sobre los libros históricos de la Biblia, Historia sagrada y Mitología pagana. José María Iribarren, El porqué de los dichos. Sentido, origen y anécdota de los dichos, modismos y frases proverbiales de España con otras muchas curiosidades, 4ª ed., Madrid, Aguilar, 1974 (Col. Obras de Consulta), pp. 338-339.
(13) pesos. Cf. nota 8 a El cucharero político...
(a) Cuatro representaciones tengo hechas antes que ésta, y la última produjo tan buen efecto como la primera: ninguno [la primera fue la Exposición del ciudadano don José Joaquín Fernández de Lizardi, op. cit. Cf. nota 4 a Satisfacción de El Pensador...].
(14) Cita textual de la Carta V, op. cit., pp. 14-15.
(15) El 7 de marzo se leyó en el Congreso la Exposición del ciudadano don José Joaquín Fernández de Lizardi...
(16) fanáticos faroleros de Puebla. Alude a El Farol. Periódico Semanario de la Puebla de los Ángeles en el Imperio Mejicano, periódico político publicado del 4 de octubre de 1821 al 4 de agosto de 1822. Hubo toda una polémica en contra de El Farol. En Ya no puede tolerarse tanta infamia (México, Imprenta de Betancourt, 1822) se objetan las ideas de los editores de aquel periódico acerca de la Constitución española y sobre la existencia de las logias masónicas; también en Para esto se hizo la libertad de imprenta, firmado por El que Cruzaba los Dedos (Puebla, Imprenta Liberal de Moreno Hermanos, 1821), se afirma que los editores de El Farol criticaban los impresos para concluir siempre que debía restringirse la libertad de imprenta.
(b) El reverendo padre doctor don Juan Díaz Calvillo, el mismísimo creyente y recomendador de las palmitas, con que en Cuautla presagió el cielo no la victoria, sino la pérdida vergonzosa de Calleja y la triunfante salida de Morelos, es, según malas lenguas, el que hoy se llama Papista. Ya yo lo presento al público; si no fuere, que se defienda. El caso es que tengo que buscarlo aunque sea en el infierno, como Orfeo a Eurídice.
(17) Fernández de Lizardi finalmente pidió la absolución. Cf. nota 2 a El Pensador al público.
(18) Defensa de los francmasones, México, Imprenta Americana de don José María Betancourt, 1822.
(19) Fernández de Lizardi inculpó al gobernador del Arzobispado de "haber procedido en virtud de una Bula, que no habiendo tenido pase por el Consejo de Indias, en tiempo que se necesitaba este requisito, no debia ser cumplida; de no haber observado los trámites del juicio, y de haberlo condenado sin oirlo, obrando por venganza. Alcocer defendió á la autoridad eclesiástica, y Marín manifesto que no correspondia al poder legislativo entender en este asunto, pues era propio de la Audiencia conocer de los recursos de fuerza, siendo este el paso que debia dar el interesado. Ibase á declarar así, pero á propuesta de otros diputados se acordó, que el negocio de que se trataba pasase á una comision especial de imprenta, por lo que á ella pudiese tocar, y que se pidiese al provisor el reglamento bajo que obrara la junta de censura eclesiástica, haciendo saber al 'Pensador', que entre tanto tuviese ocurso legal por el poder judicial, no podia el Congreso tomar conocimiento de su exposicion." Lucas Alamán, Historia de México, op. cit., t. V, p. 391.
(20) "Marcelino (primero de este nombre, no segundo como usted dice, y ademássanto, pues padeció martirio el 20 de marzo del año 304, bajo el imperio de Dioclesiano; lo que aviso a usted para que no me lo trate con tanta confianza, sino que otra vez que se le ofrezca citarlo diga san Marcelino)." Carta V, p. 3.
(21) Referencia a la Exposición, op. cit.
(22) En dos documentos apócrifos: El falso sínodo de Sinuesa (compilación poco posterior a 501) y la "Biografía de Marcelino" que aparece en el Liberpontificalis, se habla de su rehabilitación. "En el siglo IV los herejes donatistas quisieron infamar la memoria del papa Marcelino acusándole de haber entregado a los perseguidores los objetos de la Iglesia y haber quemado inciensos en los altares paganos, por miedo al martirio." Carlos Castiglioni, Historia de los papas, desde Bonifacio VIII a Pío XII, con un estudio del pontificado de Pío XII y 23 cuadros sincrónicos de historia eclesiástica por Bernardino Llorca, Barcelona, Labor, 1948, t. I, p. 56. En el Correo Semanario de Méxiconúm. 8, Fernández de Lizardi escribió: "Los emperadores Dioclesiano y Maximiano publicaron (año 302) edictos de persecución general contra los cristianos, sus templos y sus libros eclesiásticos. El papa Marcelino se acobardó, apostató de la religión cristiana, adoró a los ídolos, entregó los libros de la Sagrada Escritura para que los quemasen como impíos conforme al edicto de los emperadores. Después dicen que se arrepintió, que confesó su pecado en un Concilio congregado en Sinuesa y que los obispos le dejaron proseguir siendo papa porque la primera silla no podía ser juzgada por nadie. Esto último es mentira fraguada por los romanos en tiempos modernos, y la historia mostrará casos contrarios." Obras VI, op. cit., p. 121. Parece que, en Sinuesa, una asamblea de obispos comprobó la culpa y el arrepentimiento de Marcelino. Se abstuvo de condenarlo.
(23) Se trata del fraile dominico Natale Alessandro; "en 1758 salió la nueva edición del Índice, notablemente mejorada respecto a todas las anteriores y a muchas de las subsiguientes. Elimináronse muchas de las obras antes condenadas; por ejemplo, las que defendían el sistema copernicano, como también la Historia eclesiástica del dominico Natale Alessandro." C. Castiglioni, Historia de los papas, op. cit., t. II, p. 495.
(24) Lupo. Christian Wolf (1612-1681). Religioso agustino.
(25) Daniel Papebroch o Papebroeck (1628-1714). Escritor jesuita.
(26) Francisco Pagi (¿-1799). Escribió una historia comprendida de los papas:Breviarium historico-chronologico-criticum... 4 vols. (1717-1747), que concluyó su sobrino Antonio. También colaboró en la Crítica histórico cronológica de los anales eclesiásticos del cardenal Baronio.
(27) "Ahora digo yo: san Gregorio VII permaneció hasta su muerte en lo que sus enemigos han llamado exceso de cólera; luego esta clasificación es falsa; y yo debo creer que, sin haber perdido la paciencia ni la mansedumbre, aquel fue un santo celo por la gloria de Dios y bien de las almas. Yo no defenderé que acertó en esta su conducta personal, en la elección de los medios, porque eso Dios lo sabe; mas yo no me he de persuadir a que erró porque sus enemigos lo dicen; y si hubo tal yerro, no procedió de pasión, pues de lo contrario, la Iglesia hubiera cometido un torpísimo desacierto proponiendo a la veneración de los fieles un hombre casto por una parte,humilde en ciertas cosas, templado, sobrio, modesto, misericordioso, clemente, pero también déspota, iracundo, vengativo, taimado e injusto por otra." Carta V, p. 2.
(28) Valladares. Cf. nota 14 a Chamorro y Dominiquín...
(29) Argumento base del periódico lizardiano Correo Semanario de México. Obras VI, op. cit. En las Conversaciones del Payo y el Sacristán, t. II, núm. 21, Fernández de Lizardi escribe: "Gregorio VII en uno de sus dictados obligó a los reyes a considerarse como vasallos feudatarios del sacerdocio. Constituido magistrado universal de toda la cristiandad ordenó que los monarcas se postrasen a sus pies y creyó que él sólo podría revestirse de los ornamentos imperiales y hacer nuevas leyes que debían obedecerse sin examen." Obras V, op. cit., pp. 478-479; "y desde entonces el sumo pontífice no solamente se llamó soberano temporal independiente,sino que aspiró a la supremacía temporal sobre todo[s] los príncipes de Europa, tratándolos como vasallos, pronunciando su deposición cuando le parecía, absolviendo a los súbditos del juramento de fidelidad, citando a unos ante su tribunal para que vinieran a comparecer y justificarse, y obligando a otros a pagarle tributo." Ibid., p. 495.
(30) "Nada es comparable con la temeridad orgullosa que manifestó Gregorio cuando se trató de reconciliar al emperador [...]. Entra el emperador en Canosa, y se le detiene tres días en el foso entre dos murallas, desnudo, descalzo, con una túnica de lana burda, sin comitiva ni señales de dignidad. Se le dice después que confiese en pública dieta imperial haber carecido de razón en todo y ser indigno de reinar. Enrique [IV] acepta tan humillantes condiciones y otras más duras: Gregorio le absuelve de la excomunión [...] y, sin embargo, a pocos días escribe a los alemanes sublevados que no le reconozcan por rey, pues él no le ha restituido al imperio, ni la dignidad real." Obras VI, op. cit., p. 282.
(31) Eugenio Larruga y Boneta, Manual histórico, cronológico y geográfico de los imperios, reinos, pontífices, emperadores y reyes que ha habido en Europa desde el nacimiento de Cristo hasta fin del año 1787, Madrid, Antonio Espinosa, 1788.
(32) "Honorio (primero de este nombre, no tercero, como usted lo llama)." Carta V, p. 3.
(c) No hay cosa como que haya impresores a quienes echar la culpa de nuestros descuidos.
(33) Honorio I, natural de Campania.
(34) Teodoro de Pharan, obispo de esta ciudad de Arabia durante el siglo VI. Creador de la secta de los monotelistas, secta que admitía en Cristo las naturalezas divina y humana, y una sola voluntad divina.
(d) No crea usted que precio de griego, no conozco la alfa. Esto lo he leído en autor de buena nota.
(35) "Sergio, obispo de Constantinopla, y algunos otros de Oriente dogmatizaron a principios del siglo VII que en Cristo no hay dos voluntades enteramente distintas, a saber, la divina y la humana, sino una sola, o compuesta de las dos, o confundida, y digámoslo así, perdida la humana en la divina [...]; se consultó por parte del mismo Sergio a Honorio I [...] y éste [...] sólo permitió [...] que no se dijese expresamente dos operaciones o voluntades en Cristo, contentándose con que se creyese y confesase el dogma católico bajo la expresión capciosa de que usaban ellos, y que Honorio interpretaba en buen sentido llamando Deiviril la operación o voluntad de Cristo." Carta V, p. 9.
(e) Este papa infeliz murió en un calabozo encerrado por Teodora.
(36) Este tema Fernández de Lizardi lo retoma en el Correo Semanario de Méxiconúmero 17. Obras VI, op. cit., pp. 263-264.
(37) "si el Concilio 6°, en el orden de los Generales, y 3° de los celebrados en Constantinopla, bajo un anatema condenó, en el año 680, a Sergio, Pablo, Pirro y Honorio, lo hizo con los primeros como herejes, con Honorio como fautor de ellos. No hizo, pues, este papa, una decisión dogmática sobre el asunto, y es calumnia la de usted, que le imputa falsamente este delito." Carta V, pp. 9-10.
(38) ha quedado usted fresco. Quedarse muy fresco o tan fresco es mantener la tranquilidad, la serenidad tras un acto reprensible que supone sonrojo o rubor. Santamaría, Dic. mej.
(39) "Bonifacio VIII en su famosa extravagante que comienza: Unam sanctam de majoritate et obedientia." Obras V, op. cit., p. 507. Este papa fue famoso por su intransigencia. Su Bula la publicó contra Federico el Hermoso. Éste lo apresó, y fue liberado por una sublevación. Dante sitúa a este papa en el infierno.
(40) "saliendo a guerra contra varios potentados de Italia, echó al río Tíber unas llaves, símbolos espirituales, diciendo: Pues no valen nada las llaves de san Pedro, las arrojo y tomo la espada de san Pedro." Obras VI, op. cit., p. 314.
(41) El alegato sobre la soberbia papal y la cita a Burio se encuentran en la nota edel número 23 del tomo II de las Conversaciones del Payo y el Sacristán: "Inocencio III, en un sermón de san Silvestre, dijo: 'El romano pontífice usa del reino, esto es, de la corona en señal de su imperio, y en señal de su pontificado usa la mitra'. En otra parte, hablando de sí mismo dice: 'La Iglesia me ha dado la mitra en señal de autoridad en las cosas temporales: por manera que tengo la mitra como sacerdote y la corona como rey. Estos distintivos me dio la Iglesia cuando me constituyó vicario de Aquel que tiene escrito en su vestido y en su muslo estas palabras: Yo soy el Rey de los Reyes y Señor de los Señores'. Advierta aquí el pueblo el extremo a que llegó la ambición y soberbia de los papas; y el lector que dude esta verdad y sepa el idioma latino que lea el Onomasticón y breve historia de los papas por Guillermo Burio (también conocido como Guillermo Burius, autor de Romanorum pontificum brevis notitia, ritus ecclesiasticos a singulos institutos praecipue declarans, Madrid, Regia Vulgo de la Gazeta, 1776), impreso en Patavia en 1726, en la Imprenta del Seminario." Obras V, op. cit., p. 508.
(42) "Está usted, señor mío, muy atrasado en la historia de la Inquisición en España, pues no fue Alejandro VI quien la introdujo. Ya desde el siglo XII la había propuesto san Raimundo de Peñafort al rey Jaime III de Aragón como un medio indispensable para conservar la pureza de la fe en toda la extensión de aquella corona." Carta V, p. 11.
(43) Cita de Cicerón, Catilinarias Di, 1 y Verrinas: De signis 25, 26.
(44) "pero por delante, es necesario que excluya usted de este<