CARTA A EL PENSADOR MEXICANO
DEL CIUDADANO AMANTE DEL BIEN PÚBLICO,
INTERESADO AHORA POR GUANAJUATO[1][2]
SEÑOR PENSADOR
De ciudadanos oficios
nacen mis solicitudes,
y quiero siete virtudes
que remedien siete vicios.
Ahora cuatro años, sí, sin duda alguna
Que estuve en esa Corte mexicana,
Tuve el honor (¡oh, Pensador amigo!)
De conocer vuestra persona grata.
Ya de vuestra instrucción y vuestro ingenio
Tenía conocimiento por la fama,
Que siempre emplea su vocinglera trompa
Del mérito real en la alabanza.
La devoción de leer vuestros papeles
Que en mí seguramente nunca falta,
Me obliga a comprobar vuestro talento
Y el amor que tenéis a vuestra patria.
Yo soy un hombre honrado y distinguido
Por el alto carácter que me halaga;
Y aunque hacia mí fortuna con sus dones
No se ha manifestado tan escasa;
Una vida padezco muy penosa,
En vista, amigo mío, de las desgracias
Que en el país malhadado donde vivo
A los cuitados habitantes plagan;
Y en la especulación trabajo siempre
De conocer los males que los dañan:
Pero ¿qué frutos, Pensador discreto,
Saco de conocer del mal la causa,
Si busco por mil rumbos el remedio
Y no puede encontrarlo mi eficacia?
Siete son capitales enemigos.
Que a Guanajuato mísero lo matan,
Y aunque sus hijos lloran la cruel ruina
De una madre robusta, hermosa y sana,
Cuya opulencia en otro tiempo asombro
Fue hasta de las naciones ignorada:
Inútilmente lanzan sus gemidos
Y dolorosas lágrimas derraman,
Porque en su triste estado permanece,
Sin encontrar ni alivio en la esperanza.
Y yo, con otros muchos que piadosos
En mi pena y angustia me acompañan,
Vemos con amargura las ponzoñas
De aquestos siete monstruos de la rabia.
Cabeza principal el Despotismo
Que pone en cada boca una mordaza,
Para que no se vierta queja alguna,
Aunque lo exija la razón sagrada.
En segundo lugar el Egoísmo
Que reina comúnmente en bajas almas
Y pospone del pueblo el beneficio
A su satisfacción siempre tirana.
Tiene el punto tercero la Soberbia,
Que despreciando quejas humilladas
Gusta del general abatimiento,
Porque su autoridad más sobresalga.
Es el cuarto enemigo el Abandono
Que echado en perezosa inútil cama,
En la perpetua tumba del olvido
Encierra repetidas las instancias.
El quinto grado toca a la Indolencia,
Con que se ven gemir deterioradas
Las artes, que conducen sin remedio
A la conservación de la paz sana.
El sexto es propio de la Indiferencia
Con que se ve del todo derribada
Esta pobre ciudad en sus recintos,
Sin que ya se procure repararla.
El séptimo enemigo y el primero
Diremos que se llevan o se hermanan,
Pues la Arbitrariedad del Despotismo
La juzgo consecuencia necesaria.
Éstos son, pues, los daños o los vicios,
Que virtudes contrarias remediaran.
Que vos las discurráis, os lo suplico,
Porque mi estupidez no las alcanza.
De la Constitución[3] el sabio libro
Los bienes nos ofrece en abundancia.
Yo conozco muy bien que no es posible
De un golpe disfrutar todas sus gracias.
Mas, amigo, los males son violentos,
Y si la curación no les iguala,
Presto seremos del fatal descuido
Víctimas plenamente desdichadas.
Tal vez ignora el superior gobierno
La gravedad en que este suelo se halla
Que ya sale de madre su miseria,
No tiene fuerza ya para llevarla.
Su estado decadente no se oculta;
Su deplorable situación es clara;
Con todo no se extinguen las pensiones,
Las gabelas y sisas no se acaban;
Prosigue duro, sin variar de aspecto
El tremendo rigor en abrumarla.
Al derecho sujeta de los quintos[4]
La que produce hoy mezquina plata,
Al derecho de guerra y de convoyes,
Y al de tres pesos[5] más por cada barra,
A fuer del dos por ciento que le cobran
El día que se introduce ya sellada.[6]
Son, Pensador amigo, golpes fuertes
Que no puede sufrir el que rescata
para beneficiar, ni el que elabora [sic]
De la tierra las sólidas entrañas;
Porque el uno y el otro, sin disputa,
Su propia ruina en sus afanes labran.
La agricultura consiguientemente
Entorpecida ya, y abandonada
Ni remotos contempla sus progresos
Si el opulento mineral le falta,
Y serán estos daños trascendentes
Desde este reino hasta la antigua España.
Esta Diputación[7] siempre celosa
En sus justos deberes empeñada,
En vano ha levantado sus clamores
Impetrando la ayuda necesaria,
Que sin apoyo sus solicitudes
El viento se ha llevado las palabras.
¡Oh fortuna fatal!, ¡oh, suerte adversa!,
¡Qué cúmulo de penas nos preparas!
¡Oh, cuántos infortunios nos anuncias!
¡Oh, con cuántos rigores nos amagas!
¡Oh, Pensador!, si vuestro pensamiento
Encontrará virtudes tan deseadas;
Si veremos el fin a las congojas:
Si acabarán aquí nuestras desgracias.
El comerciante miraría más cierta
La venta de su efecto y la ganancia,
Si viese la extinción de las gabelas,
Y el diez y seis por ciento de alcabala.[8]
El hombre honrado lleno de familia
Que observa una pereza involuntaria,
Y en el abismo de sus aflicciones
Se confunde, se rinde, se desmaya:
Al ver el puerto franco en los recursos
En medio del contento respirara
Y no temiera influjos de desdicha.
La viuda pobre y la doncella casta,
Y en fin generalmente el beneficio
Sería de una extensión muy dilatada.
Mas ¡qué distante!, qué distante miro
El reparo de penas tan porfiadas;
¡Oh, si vuestro profundo pensamiento
Algún seguro arbitrio nos dictara,
proponiendo algún medio con que logre
Acudirse al sustento de la patria!
Ya expira Guanajuato, ya fenece,
Ya el esqueleto solamente para,
Desnudo en lo absoluto, sí, ya pide
expirante o difunto su mortaja;
Y nos veremos en el duro estrecho
viendo su enfermedad tan obstinada,
Si no se corta el cáncer a este influjo
De ofrecer ya la víctima en cruel ara.
Porque no hay duda, Pensador, no hay duda
En que ha de ser Sequita la Chanfaina[9]
Como dice el Irónico[10] en el cuento
Cuando de aquellos dos guardianes trata,
Chanfaina antes comimos caldocita,
Y hoy comemos sequita la chanfaina.
De la Constitución diversos puntos
En lo que llevo dicho se quebrantan,
Y yo no puedo creer aquestas obras
Hijas de la justicia de Apodaca:[11]
Él ignora en mi juicio los conflictos
Que tanto nos lastiman y maltratan,
Que si él supiera lo que padecemos
Él nuestras desventuras remediara.
Mas ya os habrán cansado mis gemidos,
A Dios, y disculpad esta confianza,
Pues conocéis el peso de mis quejas,
Y así satisfaréis mis grandes ansias.
J. T. I.
[1] México: Imprenta de Ontiveros, 1820, 8 pp.
[2] Guanajuato. Cf. nota 2 a Advertencias a varias observaciones..., en este volumen.
[3] Constitución. Cf. nota 4 a El Irónico Hablador..., en este volumen.
[4] quinto real. Correspondía al 20% de la producción total, fue el importe principal sobre la extracción de oro y plata. En 1548 se hizo la distinción entre plata extraída por mineros y plata de pepena o “rescate”, otorgando a los primeros una rebaja de 10%. Así se conoció como plata de diezmo la producida por mineros propietarios, y como plata de quinto, la beneficiada por comerciantes o rescatadores. En 1723, la Corona abolió esta distinción y estableció derecho del 10% para todos. Entonces quedó claro que casi toda la plata se registraba a nombre de mineros. Cf. Carmen Yuste, “Las autoridades locales como agentes del fisco”, en Woodrow Borah (coord.), El gobierno provincial..., pp. 117-118.
[5] peso. Cf. nota 13 a Todos pensamos..., en este volumen.
[6] plata sellada. El aumento de impuestos para financiar la guerra contra los insurgentes ocasionó una mayor evasión fiscal, el aumento del comercio ilegal de metales y, obviamente, el descontento de los mineros por la no exención de impuestos, que frenaba la rehabilitación de la economía minera. Los mineros se quejaron por el aumento al doble de los precios, por la falta de una casa de moneda y de circulante, “con el fin de cambiar en cualquier momento plata en barra por dinero. El no poder hacerlo al precio oficial les obligaba a vender la plata a particulares, quienes les daban doce reales menos por marco [230 gramos de plata] que el valor legal.[...] ya no aguantaban los impuestos, tanto viejos como recién inventados, “cuando más que nunca se debía dispensarle gracias y auxiliarle” a los mineros. Condescendientes con el gobierno, entendían que éste tuvo que subir los gravámenes a niveles excesivos, sin que pudiera evitarlo por las circunstancias de la rebelión, pero en 1820, en pleno tiempo de paz, ya era tiempo de regresar a las políticas borbónicas y reducir la carga fiscal. Cf. Anne Staples, “Mineros, militares y el mito de la distribución” en Virginia Guedea (coord.), La Independencia de México y el proceso autonomista novohispano 1808-1824, pp. 245-246. El ayuntamiento de Guanajuato impuso un impuesto de cuatro reales semanarios sobre cada arrastre o maquina para triturar metales, lo que aumento los costos en un dos por ciento.
[7] Diputación de Minería de Guanajuato. Las Ordenanzas de Minería de 1783 dieron a las diputaciones una extensa jurisdicción sobre las denuncias de minas, “sobre la demarcación correcta de los límites entre minas vecinas, sobre los registros múltiples de tiros abandonados, sobre las luchas subterráneas entre los trabajadores de empresas colindantes, y sobre las relaciones obrero–patronales entre mineros”. Por todo esto, David A. Brading señala que un decreto condenatorio de la diputación podía arruinar a un minero. Fue común que las elecciones a la diputación se convirtieran en “motivo de oscuras intrigas. Esto fue así especialmente en Guanajuato porque allí una junta de siete electores nombraba a los diputados y esta junta, elegida mediante el libre voto de todos los mineros registrados, permanecía en funciones durante un periodo de cuatro años. Era este organismo, y no los diputados, el que gobernaba la minería de la ciudad. Por ello, a todos les interesaba ser elegidos miembros de dicha junta. En muchos aspectos, era la institución más poderosa de Guanajuato”. Después de 1793 el Tribunal de Minería obtuvo la facultad de revocar las sentencias de los tribunales locales (las diputaciones), con lo que se convirtió en la verdadera cabeza del gremio minero. Cf. David A. Brading, Mineros y comerciantes…, pp. 230, 435 y 436.
[8] alcabala. Era el impuesto de 6% que gravaba todas las ventas. Hacia 1776 sólo en lugares muy distantes o aislados seguía cobrándose la alcabala, por particulares y no por funcionarios reales.
[9] Véanse La chanfaina sequita. Carta a El Pensador Mexicano, números 1 y 2 que publicamos en el tomo 1 de esta Antología.
[10] El Irónico. Juan Francisco Azcárate y Lezama. Abogado, historiador y literato nacido en la ciudad de México. Conciliario de la Pontificia Universidad. Ejerció como fiscal y vicepresidente de la Academia de Jurisprudencia Teórico-Práctica. En 1808 fue nombrado regidor honorario del Ayuntamiento de México. Con motivo de la invasión de Napoleón, a nombre del Ayuntamiento declaró nulas las renuncias de Carlos IV y Fernando VII. A la caída del virrey Iturrigaray, junto con el licenciado Verdad, otro representante del partido americano, fue reducido a prisión. Durante la etapa iturbidista fue miembro de la Junta Provisional. En administraciones sucesivas fue ministro del Supremo Tribunal de la Guerra, síndico del Ayuntamiento y secretario del Hospicio de Pobres. En su contra se escribió No más chanfaina o Carta a El Irónico, México: Imprenta de Alejandro Valdés, agosto 2 de 1820, que ha sido atribuido erróneamente a Fernández de Lizardi.
[11] Juan Ruiz de Apodaca. Cf. nota 5 a Verdadera prisión y trabajos del padre Lequerica, en este volumen.