CAPÍTULO XV
CONCLUSIÓN
Hecha por el practicante
Ya no pudo seguir dictando el triste don Catrín; la disolución de sus humores llegó a su último grado; el pulmón se llenó de serosidades; no pudo respirar y se murió.
Se le hicieron las exequias correspondientes, según los estatutos del hospital, bajando su cadáver caliente de la cama, llevándolo al depósito y a poco rato al camposanto.
¡Pobre joven! Yo me condolí de su desgracia, y quisiera no haberlo conocido. Él manifestó con su pluma haber sido de unos principios regulares y decentes, aunque dirigido por unos padres demasiado complacedores, y por esta razón muy perniciosos.
Ellos le enseñaron a salirse con lo que quería; ellos no cultivaron su talento desde sus tiernos años; ellos fomentaron su altivez y vanidad; ellos no lo instruyeron en los principios de nuestra santa(1) religión; ellos criaron un hijo ingrato, un ciudadano inútil, un hombre pernicioso y tal vez a esta hora un infeliz precito; pero ellos también habrán pagado su indolencia donde estará don Catrín pagando su relajación escandalosa. ¡Pobres de los padres de familia! A muchos cuánto mejor les estuviera no tener hijos, si han de ser malos, según dice la verdad infalible.
Luego que leí los cuadernos del pobre don Catrín, y oí sus conversaciones y me hice cargo de su modo de pensar y del estado de su conciencia, le tuve lástima; hice lo que pude por reducirlo al conocimiento de la verdad eterna; mas era tarde: su corazón estaba endurecido como el de Faraón.(2)
Me comprometí a concluir la historia de su vida; pero ¿cómo he de cumplir(3) con las obligaciones de un fiel historiador sino diciendo la verdad sin embozo? Y la verdad es que vivió mal, murió lo mismo y nos dejó con harto desconsuelo y ninguna esperanza de su felicidad futura.
Aun en este mundo percibió el fruto de su desarreglada conducta. Él, a título de bien nacido, quiso aparentar decencia y proporciones que no tenía, ni pudo jamás lograr, porque era acérrimo enemigo del trabajo. La holgazanería le redujo a la última miseria, y esto le prostituyó a cometer los crímenes más vergonzosos.
Se hizo amigo de los libertinos y fue uno de ellos. Su cabeza era el receptáculo del error y de la vanidad: adornado con estas bellas cualidades fue siempre un impío, ignorante y soberbio, haciéndose mil veces insufrible y no pocas ridículo.
Sus hechos son el testimonio más seguro de su gran talento, fina educación y arreglada conducta.
Toda su vida fue un continuado círculo de disgustos, miserias, enfermedades, afrentas y desprecios; y la muerte, en la flor de sus años, arrebató su infeliz espíritu en medio de los remordimientos más atroces. Expiró entre la incredulidad, el terror y la desesperación. ¡Pobre Catrín! ¡Ojalá no tenga imitadores!
Sobre su sepulcro se grabó el siguiente epitafio.
SONETO
Aquí yace el mejor de los Catrines,
el noble y esforzado caballero,
el que buscaba honores y dinero
en los cafés, tabernas y festines.
Jamás sus pensamientos fueron ruines,
ni quiso trabajar, ni ser portero;
mas fue vago, ladrón y limosnero:
¡bellos principios! ¡Excelentes fines!
Esta vez nos la echó sin despedida,
dejándonos dudosos de su suerte;
Él mismo se mató, fue su homicida
con su mal proceder... Lector, advierte:
que el que como catrín pasa la vida,
también como catrín tiene la muerte.
FIN
(2) Faraón. Puede aludir a Ramsés II, el faráon de la opresión, en cuyo reinado nació Moisés, o a Faón, el batelero de Mitilene, en la isla de Lesbos, por quien se peleaban las mujeres de Mitilene, y él era frío a todas. Safo siempre sufrió sus desprecios hasta que se suicidó por él.