CAPÍTULO XIV ÚLTIMO
Duelo de la familia del coronel y gran trato de su viuda.
Noticia de Pomposita y su muerte

Como mi tutor fue tan bueno, al tanto lo sintieron todos, particularmente y con justicia su familia. Ésta lo lloró largo tiempo, haciendo en sufragio de su alma y por su memoria muchas obras de caridad cristiana. Don Modesto, Pudenciana y sus hijos redoblaron su amor y cuidado hacía doña Matilde, y recibía ésta tantas demostraciones de todos, que decía a sus amigos: —Ya no tengo fuerzas para soportar y agradecer el cúmulo de bienes que hacen llover sobre mí mis hijos. ¡Ojalá estuviera en su poder resucitarme a mi amadísimo esposo! Don Modesto trató de llenar su deber de albacea sólo por cumplir y nunca por pensar en la división; pero doña Matilde no quiso que hiciera inventario de los bienes, sino que todo lo dejó en manos de sus hijos, diciéndoles que eran dueños de todo; éstos la cuidaban y contemplaban al pensamiento, sin dejarle desear nada ni un momento, y haciendo que todo el mundo la tratara y respetara como la madre y cabeza de toda la familia.
De este modo había vivido largos cuatro años aquella virtuosa familia, llena de felicidad, sólo suspirando por don Rodrigo y deseando saber de Eufrosina y Pomposita, de quienes no había la más ligera noticia, cuando una mañana que estaban almorzando, el criado avisó que afuera estaba una que decía llevaba un recado importante, y diciéndole que entrase, vieron una mujer vieja, cuyo semblante, [y](1) andrajoso y sucio vestido representaba la misma miseria, y(2) [la que](3) sin detenerse dijo: —Señoritas, las vengo avisar; allá'n casa asi ocho días que está muy mala, y yo como probe no tengo para los remedios, nomás tantito atole le doy a ña Tontosita. No acabaron de oír este disparate, sin conocer que se trataba de Pomposa, y concibiendo el estado infeliz en que estaría, en el momento se dejó lo que faltaba del almuerzo y, parándose don Modesto como distraído, gritó: —Que saquen el coche y vamos por mi hermana Pomposita. Las señoras preguntaron a la mujer si estaba también con ella la madre de la enferma, y ella contestó: —Conque croque dicen que ya se morió.(4) Salido el coche montamos a él(5) don Modesto, las dos señoras y yo, pues aunque se hizo instancia a la mujer para que subiera, no se pudo conseguir, y se fue a pie guiando al cochero porque no sabía dar las señas de su casa, y nos condujo a una accesoria del callejón de la Chiquihuitera,(6) en donde sin más ajuar que el tlecuili(7) y tres tepalcates,(8)encontramos a la desventurada Pomposita en una cama, que formaban dos petates de tule rotos, en el suelo, cubierta con asquerosísimos andrajos y hecha un esqueleto, de manera que no la habríamos conocido si ella no hubiera rompido en un fuerte llanto luego que nos vio, llamando con voz dolorida y penetrante a todos y cada uno, pidiendo por amor de Dios que olvidásemos su conducta y le tuviésemos compasión. Doña Matilde y Pudenciana, sin asco a su deplorable estado ni temor a la enfermedad, se arrojaron a aquel miserable lecho y, llenándola de abrazos, le manifestaron que nunca podían olvidar lo que las pertenecía y que procurarían tratarla según su deber, y que de su conducta no se acordase más que para arrepentirse de ella y pedirle a Dios perdón.
Mirando que por(9) lo que parecía, no estaba en disposición de moverla,(10) se mandó al cochero fuera violentamente por el doctor G., y como entretanto, deseosos de saber de Eufrosina, preguntaron por ella a la enferma, dando ésta un profundo suspiro y como ahogándose en su pecho un acerbo dolor, exclamó: —¡Ah, mi madre infeliz, causa primaria de nuestros males, ya no existe! ¡Ella ha dado cuenta de sus días y de los míos en el Tremendo Tribunal de la Divina Justicia! Murió hace dos meses en el hospital de San Andrés.(11) Todos estábamos anegados en llanto, y cuando algo nos serenábamos,(12) Pomposa prosiguió: —Aunque ustedes no pueden apreciar la historia de nuestros últimos días, y sin embargo de que ella no es honrosa ni agradable, para que sirva de ejemplo y escarmiento a los padres de familia sin prudencia ni juicio, y a los jóvenes que con tiempo no aprovechan lo poco bueno(13) que se les enseña y las lecciones que da el mundo, pido a Dios me dé aliento para poderla relatar aunque en breve, y a ustedes sufrimiento para escuchar procederes lamentables y vergonzosos. Ya saben hasta el casamiento que mi inconsiderada ligereza y vil interés de mi madre me hicieron celebrar con el perverso que hizo toda mi ruina; pues pasado esto, como nos encontramos sin recurso, abandonadas de los buenos amigos, notoria y enormemente infamadas, ya no dimos ningún lugar a la reflexión, y despechadas, yo me prostituí con el apoyo de mi madre, y si los primeros días pudimos vivir por medio tan inicuo y criminal, bien pronto fue menos útil, porque yo desmerecía diariamente, y atacadas de hambre, nos relacionamos con públicas rameras, con quienes concurrí a toda clase de lupanares, descendiendo a proporción hasta los más miserables; en uno de éstos me comuniqué y trabé ilícita amistad con un soldado de Guanajuato,(14) que desertó a poco tiempo con la mira de que nos fuéramos a su tierra, según él decía; pero antes de esto combinado con un tal M. R. y otros tan malvados como él hicieron un robo de consideración, que mi madre y yo ocultábamos en la parte que tocaba al desertor; y como no tardara en descubrirse, nos prendieron y llevaron a la Cárcel de Corte, donde negamos nuestros nombres poniéndonos otros. Mi madre sobre su edad y anteriores padecimientos, ya no pudo sufrir como yo en la prisión las hambres, miserias, hediondez y demás plagas de la cárcel; ya no pudo resistir y, cayendo a los seis meses muy mala [en una cama](15) de fiebre, tuve el dolor de verla salir para el hospital y saber después que había muerto. Yo continué en la prisión, donde me fui enfermando más de lo que estaba, hasta [que](16) habrá quince días que me mandaron poner en libertad dándome por compurgada de la complicidad en el robo. Yo salí sin saber a dónde iba, echando [de] menos la compañía de mi madre, cuya falta me hizo conocer más lo horrible de mi situación, y sin discurrir el modo de remediarla, por no tener ni a quién volver mis ojos, pues que la vergüenza no me dejaba buscar a ustedes ni quería volver a la prostitución, y andando maquinalmente, al pasar por esta casa vi en la puerta a su dueña, e inspirándome alguna confianza su exterior, la rogué me diera posada que con generosidad me franqueó al momento; y(17) como por esta franqueza y caridad con que en medio de su pobreza me socorría con algún alimento, se hiciera acreedora a mi confianza, le conté algo de mi vida, la muerte de mi madre y la familia a que pertenecía, pero rogándole secreto, pues que [me](18) moriría de vergüenza a la vista de ustedes; mas ella que me ha visto más enferma cada día a resulta de mi conducta y padecimientos, habría(19) solicitado a ustedes y avisándoles por caridad. Dios sabe cómo y por qué ordena todos los acontecimientos del mundo. A mí no me toca más que pedir a su Majestad me perdone mis innumerables culpas, y a ustedes los disgustos y pesares que les he dado... ¡Oh muerte!, ¡qué terrible es tu aspecto para quien acibaró su vida con las vanidades e indigestos placeres del mundo y que jamás levantó sinceramente el corazón a su Criador! ¡Oh si mis días...!
Desvanecióse a estas palabras. Cayó privada y quedó inmóvil por algunos instantes y sin sentido alguno. Volvió a poco, pero la calentura se le había agravado notablemente y comenzaba a delirar, a tiempo que llegó el médico y, reconociéndola, dijo que era traerle la muerte más violenta el sacarla de allí como quería su familia; que sobre un gálico(20) irremediable, como lo decían bien claro las úlceras de boca y nariz [y] las(21) llagas de las piernas, tenía una fiebre voraz de que no podía escapar; que era necesario se asistiese allí y que luego que [se](22)serenara un poco, se dispusiera y sacramentara. Recetó y, por disposición de la familia, repitió durante la tarde y la noche otras cuatro visitas.
Tan luego como don Modesto y Pudenciana se enteraron del estado de gravedad de la enferma, montaron en el coche, quedándonos allí para lo que se ofreciera doña Matilde y yo; fueron a casa, y a poco volvieron trayendo en el mismo coche, colchón, ropa de cama y camisas para la enferma, y los trastes necesarios para su asistencia y servicio, y a poco rato llegó el mozo con cargadores que traían mesa, sillas, bancos de cama y lo que se creyó preciso. Todo el día y la noche lo pasamos allí, menos doña Matilde que, por instancias de sus hijos que querían librarla de un contagio, a pretexto de que les hiciera favor de ir a cuidar de la casa y los niños, la hicieron irse en la noche y volvió al día siguiente temprano. La enferma amaneció mejor y, aprovechando el tiempo se dispuso lo más(23) posible, se sacramentó y oleó; pero apenas acababa de recibir los auxilios espirituales, cuando se fue empeorando, y a las ocho de la noche, en medio de los más vehementes dolores y agitación, auxiliada por los padres camilos,(24) que se habían llamado, entregó su alma al Criador, dejando un patético y sensible ejemplo y escarmiento a las mujeres sin juicio que siguen las mismas ideas y conducta de la infeliz Pomposa.
Esa noche, dejando allí dos personas de confianza, fuimos todos a dormir a casa, y al día siguiente se dispuso el entierro como de una persona de la familia, al que asistió un capitán que nunca se pudo saber quién era, pues sólo concurrió y se fue sin despedida y muy triste. Se mandaron decir por su alma porción de misas y se sepultó en el Panteón de San Pablo,(25) y en su sepulcro se puso el siguiente
EPITAFIO
Detente y mira viajero,
esta ceniza asquerosa
que formaba de Pomposa
el atractivo hechicero.
Por él, formó ella(26) el sendero
que la llevó al precipicio,
desplomando un edificio
que más hubiera durado,
si no lo hubiera abreviado
su poco talento y juicio.(27)
Don Modesto, de acuerdo con madre y esposa, para compensar su caridad a la pobre vieja que había recogido y socorrido a Pomposa, le regalaron la cama y cuanto habían llevado para su asistencia, le dieron alguna ropa y la señalaron un socorro de doce pesos cada mes. Así obraba esta ejemplar familia, que con los muy buenos principios que tuvieron y supieron(28) aprovechar, y sus naturales generosos sentimientos, hicieron(29) su felicidad así como la de todas las personas que los(30) rodeaban.
A pocos días de la muerte de Pomposa me encontré casualmente con dos de los colegiales que le pusieron el sobrenombre de Quijotita, que eran cabalmente Sansón Carrasco, que ya era eclesiástico y cura de T., y el Zorro, que estaba recibido de abogado, e impuestos del fin triste de Pomposa y [de] lo que había ocasionado, con aquel su humor alegre y bufón que no había perdido, le compusieron un epitafio que decía así:
Quijota ¿de qué sirvieron
tus monadas y embelesos,
si al fin reducida a huesos
todas tus gracias, se vieron,
y(31) en polvo se convirtieron
tus formas tan exquisitas?
Desengaño, mujercitas;
pensad con más madurez,
en lograr buena vejez,
negada a las quijotitas.
El licenciado Narices, que había continuado conmigo su comunicación, haciéndole una visita e informándole de la lastimosa muerte de nuestra Quijotita, la hizo también un epitafio, que si mal no me acuerdo, decía así:
Nihil aliud est vita nisi fumus.
Yaces, mujer, reducida
en este sepulcro frío,
sin valerte ni tu brío
ni tu hermosura mentida.
En esto para una vida
inmoral, desarreglada,
que temprano fue enviciada
por caprichosos contentos,
en que olvidó los momentos
de reducirse a la nada.
He dado fin a la historia de la célebre Quijotita, de las que por desgracia hay muchas en todas partes. ¡Ojalá que lo que he dicho sea bastante para que reformen su conducta, para que hagan su felicidad, la de sus esposos y familia, y pareciéndome útil al intento, regalo a las señoras con unas máximas que, de puño y letra de mi finado tutor el señor coronel don Rodrigo Linarte, se encontraron entre sus papeles, y son las siguientes:
La mujer que obedece a su marido, ésa le manda.
Cuando la mujer asiste a su oficio, el marido la ama, la familia anda en concierto, aprenden virtud los hijos, reina la paz doméstica y la hacienda crece.
Una mujer puede estar segura del corazón de su marido, en tanto que ella lo esté(32) de su paciencia.
En los negocios de su familia, y no en los del Estado, es donde una mujer debe manifestar su talento y su prudencia.
Mujer, no quieras parecerte al hombre. Los dos sexos no deben tener nada de común en(33) sí.
La mujer casada guarde tal moderación y compostura, que sólo en su cintura se conozca que ya no es virgen.
No aspires a dominar a tu marido. Conténtate con tener una dulce influencia sobre su corazón. Sé para él aquella tierna luz, aquella pacífica claridad que luce en los Campos Elíseos.
Mujer recién casada, no abuses del ascendiente de tu sexo y edad sobre tu joven esposo. Tarde o temprano él volverá a tomar su carácter, y teme que al cesar de ver en ti su querida, no te halle ni aun digna de ser su compañera.
Si quieres que tu marido permanezca siempre a tu lado, haz de modo que no encuentre en otra parte(34) tantas gracias, modestia, dulzura y terneza como en tu casa.
Joven casada, si deseas vivir en paz, evita el querer tener siempre razón con tu marido.
Sea la esposa la hermana de su marido enfermo.
Esposa ofendida, no seas vengativa. El perdón de una injuria embellece a la misma Venus.
Yo que había visto en la familia de Pomposa tan sensibles desengaños de lo que es el mundo, no queriendo experimentarlo más, me di por muerto.
FIN DE LA OBRA
(6) callejón de la Chiquihuitera. La calle de Chiquihuiteras era la primera del Buen Tono. El callejón debió desembocar a esta calle.
(7) 3ª: "tlecuile". La segunda decía "trecuile", corregimos de acuerdo con la 4ª.Tlecuili. Cf. nota 30 al cap. V del t. IV.
(8) tepalcates. Fragmentos de vasija quebrada o tiesto. Cf. Santamaría, Dic.
mej.
(10) 4ª: "de que se pudiera mover".
(11) San Andrés. Cf. nota 9 al cap. V del t. IV.
(14) Guanajuato. Ciudad capital del actual Estado del mismo nombre.
(20) gálico. Cf. nota 26 al cap. I.
(24) camilos. Congregación fundada en Roma por san Camilo de Lelis para el servicio de los enfermos. También se llamaban padres de la Buena Muerte y Agonizantes. En 1755 el sacerdote Diego Marín Moya introdujo esta orden en Nueva España. El patrono y fundador en lo económico fue el regidor perpetuo del Ayuntamiento, Felipe Cayetano de Medina. La residencia de los padres camilos, en México, estaba en la hoy calle de Regina.
(25) Panteón de San Pablo. Posiblemente cementerio anexo a la iglesia del mismo nombre. La plazuela donde está la iglesia se halla frente al Hospital Juárez. Desembocan a ella las calles de José María Izazaga, Escuela Médico Militar, Correo Mayor y San Jerónimo.
(27) 4ª: "a no ser precipitado / por la falta de buen juicio".