CAPÍTULO XIV
En el que da razón de su enfermedad, de los males
que le acompañaron, y se concluye por ajena mano
la narración del fin de la vida de nuestro famoso don Catrín
Queridos míos: cuando escribo este capítulo, que pienso será el último de mi vida, ya me siento con muchas ansias, el vientre se me ha elevado y las piernas..., digo la pierna, se me ha hinchado más de lo que yo quisiera, y por estas razones es regular que salga menos metódico, erudito y elegante que ninguno de los de mi admirable historia, porque ya sabéis que conturbatus animus non est aptus ad exequendum munus suum. El ánimo afligido no está a propósito para desempeñar sus funciones, según dijo Cicerón o Antonio de Nebrija, donde únicamente he leído esta sentencia. Alabad, alabad, amigos, mi erudición y mi modestia aun a las orillas del sepulcro. Ningún escritor haría otro tanto en el borde mismo de la cuna; pero dejémonos de prevenciones; continuemos la obra, y salga lo que saliere.
Una anasarca o general hidropesía se apoderó de mi precioso cuerpo; me redujo a no salir de casa; me tiró en la cama; Marcela llamó al médico, y entre él y el boticario me llevaron la mitad de lo que había rehundido, a los últimos me desahuciaron. Mi querida Marcela, luego que oyó tan funesto fallo, se mudó la noche que se le antojó, llevándose de camino todo lo que había quedado; pero me dejó recomendado a la casera, lo que no fue poco favor. La dicha casera, el mismo día de la desgracia, me consiguió una cama en el hospital, me condujo a él, y cátenme ustedes sin un real, sin alhaja que lo valiera, enfermo, abandonado de la que más quería, lleno de tristeza y entregado a discreción de los médicos, curanderos y practicantes de este bendito hospital en que me veo, y en donde no pensé verme según lo que tenía guardado y el amor que me profesaba Marcela.
Pero, ¡ah, mujeres ingratas, falsas e interesables! Maldito sea quien fía de vuestras mieles, juramentos, cariños y promesas. Amáis a los hombres y los aduláis mientras pueden seros de provecho; pero apenas los veis en la amargura, en el abandono, en la cárcel o en la cama, cuando, olvidando sus sacrificios y ternezas, los desamparáis y entregáis a un perdurable olvido.
Abrid los ojos, catrines, amigos, deudos y compañeros míos; abrid los ojos y no os fiéis de estas sirenas seductoras que fingen amar mientras consiguen esclavizar a sus amantes; de estas perras que menean la cola y hacen fiestas mientras que se comen vuestra substancia.
Hay muchas Marcelas, muchas viles, muchas interesables en el mundo. Digan los panegiristas del bello sexo que hay mujeres finas, leales y desinteresables; señálenmelas a pares en la historia; yo diré que será así, las habrá; pero no me tocó en suerte conocer a ninguna de ellas, sino a Marcela, mujer pérfida e ingrata que, apenas perdió las esperanzas de mi vida, cuando me robó, me dejó sin recurso para subsistir, y por una grande sería de su amor me encargó al cuidado de una vieja.
Mas en fin, Dios se lo pague a esta vieja; por su piedad aún vivo y tengo lugar para escribir estos pocos renglones.
La hidropesía, la agua, la pituita(1) o qué sé yo, que cada día me va engordando más, y yo no quisiera semejante robustez...
Voy escribiendo poco a poco, y sin orden, y así debéis leer.
El médico me dice que me muero, y que me disponga. ¡Terrible anuncio!
El capellán ha venido a confesarme; y yo, por quitármelo de encima, le he contado cuatro aventuras y catorce defectillos.
Él me absolvió y me aplicó las indulgencias de la Bula.
Se me ha traído el Viático y se me ha hecho una ceremonia muy extraña, pues si he comulgado dos veces, han sido muchas en mi vida.
El practicante, don Cándido, se ha dado por mi amigo; me chiquea(2) mucho y me predica; mas a veces me sirve de amanuense; tengo confianza en él y le he encargado que concluya mi historia; me lo ha ofrecido; es fanático y cumplirá su palabra, aunque borre esta expresión; pero es un buen hombre.
Me ven muy malo sin duda, porque me han puesto un Cristo a los pies; qué sé yo qué significan estas cosas: tengo un espíritu muy fuerte.
El practicante admira mi talento, compadece mi estado y me da consejos.
Ya me cansa; quiere que haga las protestas de la fe; que me arrepienta de mi vida pasada, como si no hubiera sido excelente; que pida perdón de mis escándalos, como si en un caballero de mi clase fuera bien visto semejante abatimiento; quiere que perdone a los que me han agraviado, eso se queda para la gente vil: el vengar los agravios personales es un punto de honor y no hay medio(a) entre tomar satisfacción de una injuria o pasar por un infame remitiéndola.
Quiere este mi amigo tantas cosas que yo no puedo concedérselas. Quiere que haga una confesión general ya boqueando.(3) ¿Habéis oído majadería(4)semejante?
Me espanta cada rato con la muerte, con el juicio, con la eternidad, con el infierno. Mi espíritu no es tan débil que se amedrente con estos espantajos. Yo no he visto jamás un condenado, ni tengo evidencia de esos premios y castigos eternos que me cuentan; pero si por mi desgracia fueren ciertos, si hay un Juez Supremo que recompense las acciones de los hombres según han sido, esto es, las buenas con una gloria y las malas con un eterno padecer, entonces yo me la he pegado, pues si me condeno, escapo en una tabla.
Aun cuando hago estas reflexiones, ni me acobardo, ni siento en mi corazón ningún extraño sentimiento: mi espíritu disfruta de una calma y de una paz imperturbable.(b)
Las ansias me agitan demasiado; el pecho se me levanta con el vientre... me ahogo... amigo practicante, seguid la obra...
(1) pituita. Mucosidad que segregan varios órganos del cuerpo animal, principalmente las mebranas de la nariz y los bronquios.
(2) chiquea. Cf. nota 17 al cap. VI.
(a) Así piensan los que no saben en qué consiste el verdadero honor.
(3) boqueando. Estando próximo a morir.
(4) majadería. Cf. nota 8 al cap. V.
(b) "La paz de los pecadores es pésima", dice el Espíritu Santo.