CAPÍTULO XIII

 

En el que cuenta el fin de su bonanza y el motivo



¿Quién ha de creer que el regalo y el chiqueo(1) sean muchas veces los asesinos de los hombres? Extraño parece; pero es una verdad constante y muy experimentada, especialmente por los ricos.(2)

El trato que yo me daba, a excepción del traje de día, era como el que se puede dar el más acomodado y regalón. Por lo ordinario me levantaba de la cama entre las nueve y diez de la mañana, y este régimen contribuyó a destruir mi salud. No sabía yo la máxima de la escuela salernitana(3) que dice que siete horas de sueño bastan al joven y al viejo.

Septem horas dormire sat est juvenique, senique.(4)

Ignoraba yo esto, y lo que Salomón dice a los perezosos en sus Proverbios.(a)

Por otra parte, mi mesa era abundante para los tres, y muy exquisita para mí, porque Marcela era hija de una que había sido cocinera de un título y de muchos ricos y había aprendido perfectamente el arte de lisonjear los paladares, provocar el apetito y dañar el estómago; con esto, me hacía mil bocaditos diferentes y bien sazonados cada día. También este regalo me fue perjudicial al fin.

Yo no sabía en aquel tiempo que el gusto del paladar hace más homicidios que la espada, en frase de un escritor francés;(b) que Alejandro que salió victorioso de mil combates, fue vencido por la gula y los deleites, y murió a los treinta y dos años de su edad;(5) que la frugalidad alarga la vida tanto como la acorta la destemplanza; que Galeno, médico antiguo, pero sabio en su tiempo, decía: cuando veo una mesa llena de mil manjares delicados, me parece que veo en ella los cólicos, las hidropesías, los tenesmos,(6) insultos,(7) diarreas y todo género de enfermedades. Ignoraba que el sabio dice: "los excesos de la boca han muerto a muchos; pero el hombre sobrio vivirá más largo tiempo."(8)

El sabio inglés Juan Owen(9) escribió sobre esto un epigrama en latín, que en castellano se tradujo así:

 

"No muchos médicos
ni medicina;
ten pocas penas,
sobria cocina,
si largo tiempo
vivir aspiras."(10)

 

"La templanza y el trabajo —dice el filósofo de Ginebra (Rousseau)— son los dos verdaderos médicos del hombre: el trabajo excita su apetito, y la templanza le impide abusar de él."(11)

Un médico preguntó al padre Bourdaloue(12) qué régimen de vida seguía; y éste sabio respondió que no hacía sino una sola comida al día. No hagáis, le dijo el médico, no hagáis público vuestro secreto, porque nos quitará usted de oficio, pues no tendremos a quien curar.(13)

San Carlos Borromeo,(14) estando muy enfermo y advirtiendo las contradicciones de los médicos acerca de definir su enfermedad, los despidió, moderó su mesa, se privó del regalo, se sujetó a un régimen simple y uniforme; sanó y se mantuvo con tanto vigor que soportó los trabajos de su obispado a que se entregó con tanto celo.(15)

El autor del Eclesiástico dice: "Si estás sentado en una mesa, no te dejes llevar del apetito de tu boca." "No seas, dice en otra parte, de los últimos a levantarte de la mesa, y bendice al Señor que te ha criado y que te ha colmado de sus bienes."(16)

Estas y otras cosas ignoraba yo, cuya observancia conduce efectivamente a mantener la salud con vigor. El último amigo que tuve, y que pienso que fue el único, me instruyó en estas reglas, pero tarde, porque ya estaban mis fuerzas enervadas, gastada mi salud y consumidos mis espíritus.

Entre los matadores que tuve fue sin duda el mayor el uso excesivo de licores. Yo tenía la precaución de no embriagarme de día para no perder el crédito entre mis piadosos favorecedores; pero de noche me ponía unas chispas(17) inaguantables.

Este abuso no sólo perjudicó mi salud, sino que me exponía frecuentemente a mil burlas, desaires y pendencias. Yo conocía la causa de mi mal; pero no tenía la fortaleza necesaria para abandonarla.

Una noche (no estaba yo muy perdido) bebía con mis amigos nocturnos en una fonda y bebía más que todos. A uno de los concurrentes, no sé por qué razón le causé lástima, y con todo disimulo hizo que la conversación recayera sobre los perjuicios que causa el exceso de la bebida. ¡Oh y qué buen predicador nos encontramos! Él decía: —Señores, no hay remedio, Dios lo crió todo para el hombre, y no puede negarse que un buen trago de vino o de aguardiente reanima nuestras fuerzas, promueve la digestión, vivifica el espíritu, hace derramar la alegría en nuestra sangre y, distrayéndonos de los cuidados y pesares que nos rodean, nos concilia un sueño tranquilo y provechoso.

A mí me agrada bastante un trago de vino, especialmente cuando estoy en sociedad con mis amigos. No soy para esto escrupuloso; me acuerdo que el mismo Dios por el Eclesiástico dice: "el vino ha sido criado desde el principio para alegrar al hombre, y no para embriagarlo. Bebido con moderación es la alegría del alma y del corazón, y tomado con templanza es la salud del espíritu y del cuerpo. Así como bebido con exceso es la amargura del alma y causa riñas, displicencias y muchos males."(c)

A más del estrago que causa en la salud y en el espíritu, perturba la razón en el hombre y lo hace un objeto dignamente ridículo a cuantos observan sus descompasadas acciones, sus balbucientes palabras y sus desconcertados discursos.

No es menester que el bebedor esté incapaz de hablar ni de moverse; en este caso ya está narcotizado y no puede causar cólera ni risa. Cuando está, como dicen ustedes, a media bolina o medio borracho, entonces es cuando hacen reír o incomodar sus necedades. Aun de hombres distinguidos nos acuerda la historia hechos ridículos y extravagantes, que no dimanaron de otro principio sino de lo mucho que bebían.

¿Quién no se reirá de buena gana al oír que el famoso poeta Chapelle,(18)platicando y bebiendo una noche con un mariscal de Francia, resolvió ser mártir con su compañero, a quien dijo que ambos irían a la Turquía a predicar la fe cristiana? Entonces, decía Chapelle, nos prenderán, nos conducirán a cualquier bajá; yo responderé con constancia y vos también, señor mariscal; a mí me empalarán, a vos después de mí; y vednos luego luego(19) en el paraíso. El mariscal se enojó porque el poeta quisiera ponerse primero que él, y sobre esto armaron tal campaña que se tiraron uno al otro, haciendo rodar las sillas, mesas y bufetes. ¿Cuál sería la risa de los que acudieron a apaciguarlos al oír el motivo de su riña?(20)

Monsieur Blanchard tuvo cuidado de conservarnos esta anécdota, y al dicho abate le cae más en gracia que otra vez en casa del famoso Molière, este mismo Chapele, después de haber bebido con sus compañeros, disgustado de las miserias de la vida, los persuadió a que sería una grande heroicidad el matarse por no sufrirlas. Convencidos los camaradas con los discursos del poeta, resolvieron ir a ahogarse en un río que estaba cerca de la casa de Molière, En efecto, fueron y se arrojaron al agua. Algunos de la casa que los siguieron y otras gentes del lugar los sacaron. Ellos se irritaron y los querían matar por semejante agravio. Los pobres criados corrieron a refugiarse a la casa de Molière. Informado éste del motivo de la riña, les dijo que ¿por qué siendo su amigo querían excluirlo de la gloria de que participarían siguiendo su proyecto? Todos le concedieron la razón y lo convidaron a que se fuera al río para que se ahogara con ellos. —Poco a poco, contestó Molière; éste es un gran negocio y conviene que se trate con madurez. Dejémoslo para mañana, porque si nos ahogamos de noche dirán que estamos desesperados o borrachos; mejor es que lo hagamos de día y delante de todos; y así lucirá más nuestro valor. Los amigos quedaron persuadidos; se fueron a acostar, y al día siguiente, disipados los vapores del vino, ya todos pensaron en conservar sus vidas.(21)   

Hasta este cuento me acuerdo que le entendí al platicón; pero como mientras él predicaba yo bebía, me quedé dormido sobre la mesa y el fondero tuvo la bondad de acostarme en un banco.

A las cuatro de la mañana volví en mí o desperté, y azorado de verme con esclavina o chaqueta, me levanté, me refregué las manos, me lavé la cara, tomé café y me fui para mi casa muy fruncido a vestirme de gala para ir a buscar la vida como siempre.

Poco tiempo la pude conservar, porque esta hidropesía de que padezco cuando escribo estos renglones, se apoderó de mí, y me acarreó todos los males que leeréis en el capítulo catorce de esta legítima y verdadera historia.

 


(1)  chiqueo. Cf. nota 17 al cap. VI.

(2)  Para este capítulo Fernández de Lizardi empleó las Máximas XXVIII y XXIX de Blanchard, op. cit., t. III.

(3)   escuela salernitana. Fundada en Salerno, Italia, en el siglo XI.

(4)  Máxima XIX. "Sed sobrios en el trabajar/ en el dormir y en el comer/ tendréis libres los sentidos,/ la salud sin padecer." En Blanchard, ibid, t. III, p. 339.

(a)  "No ames el sueño, no sea que caigas en la necesidad. Sé vigilante y vivirás en la abundancia. Tú dormirás un poco, dormitarás un rato, cruzarás otro poco las manos para descansar, y la pobreza vendrá sobre ti como hombre armado", Proverbios, 24. [Blanchard consigna que es el versículo 6. Las variaciones en la transcripción son las siguientes: "No ames el sueño, dice Salomón, no sea que caigas en la necesidad; sé vigilante y vivirás en la abundancia. Tú dormirás un poco, dormirás un rato, cruzarás un poco los brazos para dormir; y la indigencia vendrá a sorprenderte, como un hombre que camina a largo paso; y la pobreza se agarrará a ti como un hombre armado. Pero si eres laborioso tu mies será como un manantial abundante y la indigencia huirá lejos de ti. Yo he pasado, dice él, aún, por el campo del perezoso, y por la viña del hombre insensato: yo he encontrado que todo estaba lleno de ortigas, que las espinas cubrían toda su superficie, y que la muralla estaba caída. Al ver esto he hecho mis reflexiones, y me he instruido con el exemplo."Ibid., p. 340. Esta larga cita reúne los versículos Pr. 24, 6, 4, 10 y 11].

(b)  Blanchard. [Autor de La escuela de las costumbres].

(5)  "Alexandro, á quien tantos combates, trabajos, y fatigas no habían podido vencer, fue vencido por el vino y la disolución; y murió en Babilonia en medio de los placeres á los treinta y dos años de edad", Blanchard, ibid. p. 548.

(6)  tenesmos. Pujos.

(7)  insultos. Síncopes.

(8)  Blanchard, ibid. p. 354.

(9)  Juan Owen (1560-¿1622?). Poeta inglés llamado "El Marcial Británico". SusEpigrammata (en latín) influyeron en la poesía francesa, inglesa y española del siglo XVII, y fueron traducidos al español por Francisco de la Torre, publicándose bajo el título de Agudeza de Juan Owen, traducidas en metro castellano, ilustradas con adiciones y notas por Francisco de la Torre, Madrid, 1674.

(10)  Blanchard, ibid., p. 355.

(11)  Idem.

(12)  Luis Bourdaloue (1636-1704). Jesuita francés. Orador sagrado. Se decía que era el predicador del rey y el rey de los predicadores. Sus sermones se reunieron en 12 tomos.

(13)  "Guardaos le dijo el médico, y hacer público vuestro secreto, porque nos privarías de oficio", Blanchard, ibid. p. 356.

(14)  San Carlos Borromeo (1538-1584). Cardenal italiano y arzobispo de Milán. Fundó el Colegio Helvético de Milán y escribió Cathechismus Romanus. Fue uno de los paladines del Concilio de Trento. Canonizado en 1610. Su fiesta se celebra el 4 de noviembre.

(15)  Blanchard, idem.

(16)  Blanchard, ibid., p. 358. Eclesiastés, 31, 12 y 31, 17.

(17)  chispas. Cf. nota a al cap. XII.

(c) Ecclesiastés, 31, 35, etcétera. [Blanchard, ibid. p. 280. Ecl. 31, 27-29].

(18)  Claudio Manuel Lhuillier, llamado Chapelle (1626-1686). Escritor y poeta francés. Fue conocido por Chapelle debido al lugar de su nacimiento. Sus poesías se encuentran en las colecciones de Seraj y de Barbin, así como en la Ménagiana. En colaboración con Bachaumont escribió Voyages en Provence et Languedoc.

(19)  2ª: omite un "luego".

(20)  Máxima XXVII. "El amor, el vino, el juego/ evitaréis cuidadoso", Blanchard,ibid. pp. 283-284.

(21)  Blanchard, ibid. pp. 284-286.