CAPÍTULO XII

 

En el que da razón del motivo por qué perdió una pierna
y cómo se vio reducido al infeliz estado de mendigo



Tarabilla comió y bebió esta vez a mis costillas, como yo comía y bebía siempre a las de otros; al fin era de la ilustre raza de los catrines.

Despidióse, y a poco rato nos fuimos todos a recoger a nuestras casas o a las ajenas.

Pasé algún tiempo en la alternativa de pillo y de catrín, y una ocasión por cierta aventura amorosa, que no escribo por no ofender vuestros oídos castos, reñí con el marido de mi dama, y éste tuvo la suerte de darme tan feroz cuchillada en el muslo izquierdo, que casi me lo dividió.

A mis gritos acudió la gente... ¡qué gente tan desapiadada es la de México!... ¿Si será así la de todo el mundo? Se juntaron muchos a la curiosidad; nos vieron reñir, y nadie trató de apaciguarnos; me hirió mi enemigo; arrastró y maltrató a su mujer, y nadie se lo impidió; se la llevó donde quiso, y ninguno lo siguió; quedé yo desangrándome, todos me veían y decían: ¡pobrecito!, pero ni llevaban el confesor ni el médico, ni había uno siquiera que me contuviera la sangre.

A fuerza de juntarse muchos bobos insensibles, llegó un oficial, hombre bueno (que entre muchos malos y tontos es difícil que no se halle algún bueno y juicioso) que hizo llamar una patrulla, la que me llevó al juez; éste determinó se me condujese al hospital. Me tomaron declaración, dije lo que se me antojó, y por conclusión de todo salió que me cortaran la pierna, porque se me iba acancerando(1) a gran(2) prisa.

Me la cortaron en efecto, y por poco no me muero en la operación. Algunos días después me echaron a la calle, lo que tuve a gran felicidad, porque temía ir a la cárcel a responder de todo.

Como no podía tenerme en pie como las grullas, fue necesario habilitarme de un par de muletas, lo que no me costó poco trabajo.

Ya con estos muebles, y hechos mis trapos mil pedazos, salí según he dicho; pero ¿a dónde, y a qué? A las calles de Dios a pedir limosna, pues en un pie ya no estaba en disposición de ingeniarme, ni de andar ligero como cuando tenía cabales los miembros de mi cuerpo.

Aunque había dejado en La Habana toda la vergüenza, y nada se me daba del mundo, confieso que se me hizo duro a los principios el ejercicio de mendigo; mas era necesario pedir limosna o morir de hambre.

Los primeros días se me hacía el nuevo oficio muy pesado, porque no tenía estilo para humillarme mucho, para porfiar, ni para recibir un taco(3) con paciencia; pero poco a poco me fui haciendo, y dentro de dos meses ya era yo(4) maestro de pedigüeños y holgazanes.

Luego que tomé el sabor a este destino, y comprendí sus inmensas y jamás bien ponderadas ventajas, lo abracé con todo mi corazón, y dije para mi sayo: mendigo he de ser ex hoc nunc et usque in saeculum.

Conforme a este propósito me dediqué a aprender relaciones, a conocer las casas y personas piadosas, a saber el santo que era cada día, a modular la voz de modo que causaran compasión mis palabras y a otras diligencias tan precisas como éstas, lo que llegué a saber con tanta perfección que me llevaba las atenciones, y cuantos me oían tenían lástima de mí. ¡Pobrecito cojito!, decían algunos, ¡y tan mozo! No me bajaba el día de diez a doce reales, amén de lo que comía y me sobraba, y esto era tanto, que se me hacía cargo de conciencia tirarlo; y así busqué una pobre con quien partir mis felicidades y bonanzas.

En efecto, hallé una muchacha llamada Marcela, de bastante garbo y atractivo, a la que sostuve pobremente. Ella cuidaba de mí con harto esmero, y tuvo tanta gracia y economía, que en cuatro meses se vistió como la mejor y me vistió a mí también; de manera que de noche, después que acababa yo de recoger mi bendita,(5) me iba a casa, me ponía de catrín, me acomodaba mi pierna de palo y me iba a merendar con Marcela adonde yo sabía que no había quien me conociera.

Yo mismo me admiraba al advertir que lo que no pude hacer de colegial, de soldado, de tahúr, de catrín ni de pillo, hice de limosnero; quiero decir, mantuve una buena moza con su criada en una vivienda de tres piezas, muy decente como yo, y esto sin trabajar en nada ni contraer drogas, sino sólo a expensas de la fervorosa piedad de los fieles. ¡Oh santa caridad!, ¡oh limosna bendita!, ¡oh ejercicio ligero y socorrido! ¡Cuántos te siguieran si conocieran tus ventajas! ¡Cuántos abandonaran sus talleres! ¿No se comprometieran en los riesgos y pagaran a peso de oro el que les sacaran los ojos, les cortaran las patas y los llenaran de llagas y de landre(6)para ingerirse en nuestras despilfarradas pero bien provistas compañías?

Gran vida me pasaba con mi oficio. Os aseguro, amigos, que no envidiaba el mejor destino, pues consideraba que en el más ventajoso se trabaja algo para tener dinero, y en éste se consigue la plata sin trabajar, que fue siempre el fin a que yo aspiré desde muchacho.

Después que experimenté las utilidades de mi empleo, ya no me admiro de que haya tantos hombres y mujeres decentes, tantos sanos y sanas, tantos muchachos y aun muchachas bonitas ejercitándose en la loable persecución de pordioseros.

Menos me admiro de que haya tantos hipócritas declamadores contra ellos. La virtud es siempre perseguida y la felicidad envidiada. Dejaos, crueles y mal intencionados escritores, dejaos de apellidar a los míseros mendigos sanguijuelas de las sociedades en que se permiten. No os fatiguéis en persuadir que es una piedad mal entendida el dar al que pide por Dios, sea quien fuere, sin examinar si es un vago, o un pobre legítimamente necesitado. Cesad de endurecer los corazones, asegurando que son más los ociosos que piden para sostener sus vicios, que los inválidos infelices que se acogen a este recurso para mantener su vida. Ya sabemos que toda vuestra crítica mordaz no se funda sino sobre vuestra malicia y envidia refinada; pero, ¡necios!, ¿no podéis disfrutar los beneficios que nosotros, al mismo precio y sin malquistarnos(7) con los corazones piadosos? ¿Tanto cuestan dos muletas y un tompeate?,(8) ¿tanta habilidad se necesita para fingirse ciegos, mancos o tullidos? ¿Es tan gran dolor el que se sufre con hacerse diez o doce llagas con otros tantos cáusticos? ¿Es menester cursar algunas universidades para aprender mil relaciones, aunque estén llenas de disparates? Y por último, ¿hay algún examen que sufrir, ni algunos vedores que regalar para incorporarse en nuestro sucio, asqueroso y socorrido gremio? ¿Pues qué hacéis, mentecatos? Venid, venid a nuestros brazos; abandonad vuestras plumas; echaos una mordaza; habilitaos de unos pingajos puercos; haced lo que nosotros y disfrutaréis iguales comodidades y ventajas.

Así hablara yo a nuestros enemigos, y si tuviera diez o doce hijos les enseñara este difícil oficio, los repartiera en varias ciudades y les jurara que con tantita economía que tuvieran a los principios, en breve se harían de principal.

Encantado con mi destino, en el que me hallé, como dicen, la bolita de oro, vivía muy contento con mi Marcela, que como estaba sobrada de todo, me quería mucho y nada le advertía que pudiera desagradarme. Todo era para mí abundancia, satisfacción y gusto. Es verdad que de cuando en cuando no faltaban sus incomodidades caseras y callejeras. Aquéllas eran originadas por mis imprudencias cuando se mezclaban con aguardiente; pero Marcela sabía terminarlas con felicidad; me daba un empujón sobre la cama cuando me veía más furioso y me quitaba las muletas, con lo que me quedaba yo hablando como un perico; pero sin poder moverme del colchón ni hacerle daño. Así que se me quitaba la chispa,(a) me hacía cuatro cariños y quedábamos tan amigos como siempre.

No eran así las incomodidades callejeras. Éstas las originaba la envidia de mis compañeros, otros pobres tan necesitados como yo que pensando que les quitaba el pan de la boca, no cesaban de ultrajarme diciendo unos con otros y en mi cara: —¡Qué cojo maldito tan vagabundo y mañoso! ¿Por qué no se irá al estanco(9) o se acomodará a servir de algo, y no que estando tan gordo y tan sin lacras, se finge más enfermo que nosotros, y con su maldita labia nos quita el medio de las manos?

Así se explicaban estos pobres; pero yo hacía oídos de mercader y seguía gritando más recio y recogiendo mis migajas; sin embargo, no dejaba de incomodarme por su envidia.

Un año, poco más, disfruté de las dulces satisfacciones que he dicho; pero como todo tiene fin en este mundo, llegó el de mi dicha, según veréis en el capítulo que sigue.

 


(1)  acancerando. Gangrenado. En el Diccionario de autoridades se consigna: "Cuide el Principe el sustento de sus vassallos, castigue los delitos con afecto de misericordia, y corte animosamente el miembro podrido ó cancerado, por salvar el todo como buen Médico."

(2)  2ª omite "gran".

(3)  taco. Tortilla enrollada con algún relleno.

(4)  2ª: "ya yo era".

(5)  bendita. Limosna.

(6)  landre. Tumor del tamaño de una bellota.

(7)  malquistarnos. Cf. nota 24 al cap. VI.

(8)  tompeate. O tompiate. De tompiatli, esportilla tejida de palma, cilíndrica y honda, a manera de bolsa o morral, usada para guardar granos y otras cosas semejantes. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(a)  "Ponerse la chispa" es una de las muchas frases con que aquí se diceembriagarse, y "quitarse la chispa" es decir que se alivió.

(9)  estanco. Cf. nota 21 al cap. X.