CAPÍTULO XII

 

El coronel cumple pronta y fielmente su encargo de albacea. Eufrosina
y [la]
(1) Quijotita continúan sus desbaratos. Pudenciana y su marido,
con esta constante
(2) buena conducta, van progresando. 
El coronel cuenta la historia de una viuda



Luego que pasaron los nueve días del duelo de don Dionisio, mi tutor consultó con Eufrosina y Pomposita si querían que los inventarios fuesen extrajudiciales, ya porque entre dos sólo(3) interesadas y de su clase no debían esperarse diferencias, y ya para economizar el enorme gasto de las costas que importarían un dinero,(4)pues siempre los primeros herederos del que muere son: el juez, el asesor, el escribano y todos los arlequines(5) de éstos que, aparentando a los herederos el sentimiento de su desgracia, procuran alargar los días, comen en ellos medio lado,(6) y luego el tasador de costas,(7) interesado en el tanto por ciento del importe de las costas,(8) las hace subir inmensamente. Algo resistieron la viuda e hija esa opinión, porque querían las muy necias entrar en relaciones con esas gentes y que viera el mundo que todo se hacía con lujo y ostentación; pero, por último, cedieron a las prudentes presuaciones del coronel, que inmediatamente pasó a ver a un abogado que conocía de juicio, e hizo y presentó un escrito al alcalde ordinario de primer voto, pidiéndole licencia para: hacer los inventarios extrajudicialmente, que se notificase a Pomposita nombrara curador ad item, porque sólo tenía veinte y tres años larguitos de edad, y que hecho por ella este nombramiento, se sirviera discernirlo en forma, previa la fianza de la ley. El juez proveyó como lo pide, y notificada Pomposita salió con la quijotada de nombrar por su curador al conde de..., y aunque mi tutor le manifestó que esa clase de sujetos por su rango se excusaban de hacer esos servicios, que cuando los aceptaban eran por cumplimiento, y nunca llenaban su deber, ella y la madre insistieron en su nombramiento diciendo que a una señorita de su representación no le correspondía nombrar a un cualesquiera,(9)y que en el momento iban a ver al conde, como fueron de facto, y volvieron asegurando que estaba pronto a aceptar, por lo que asentadas las diligencias necesarias, quedó discernido el cargo de curador al señor conde.

Inmediatamente se procedió a todo lo demás pedido en el escrito, y los inventarios a que nunca asistió el señor curador quedaron concluidos en cinco días; en seguida mi tutor los presentó con un escrito pidiendo que los ratificasen los peritos con juramento y que, si hecho(10) saber a las partes, no contradecían, se aprobasen y elevasen a la esfera de inventarios jurídicos, obligando a las partes a estar y pasar por ellos en todo tiempo; así se hizo todo, previa la deferencia de la viuda y del curador de la Quijotita más quijote que ella, y quien de nada tenía menos cuidado que de la pupila y sus intereses. En este estado, se pidió el nombramiento de contador que recayó, de acuerdo de los interesados, en el licenciado Tercrañoasta,(11) que aceptó, y, recibidos los autos, formó la cuenta divisoria que presentó y fue aprobada de consentimiento de las partes de ella:(12)deducido el quinto, de que se rebajaron los gastos de entierro y mandas forzosas, [y] distribuido el resto en limosnas de misas, la cuarta parte, [se distribuyó] como debe ser, en la parroquia a que correspondió el testador, y las demás en San Cosme,(13) San Fernando(14) San Diego(15) y a algunos clérigos de buena conducta y necesitados que mi tutor buscó, todas [sic] según [la] intención de don Dionisio, y recogiendo recibos de todo. Resultó, por último, que no habiendo de gananciales, en el poco tiempo que a su vuelta sobrevivió don Dionisio, más que dos mil cien pesos, tocó(16) a la viuda Eufrosina la gran cantidad de un mil cincuenta y a Pomposita por su total herencia, la de treinta y siete mil y cincuenta pesos.

No puede ponderarse la pesadumbre que recibió Eufrosina al verse tan pobre, cuando se imaginaba dueña absoluta de todo el caudal, y el orgullo que adquirió nuestra Quijotita que, mirándose dueña de todo, reconoció toda(17) la superioridad que iba a tener sobre su madre.

Hasta aquí no habían ido tan mal las cosas del albaceazgo; pero como mi tutor tenía obligación de asegurar el interés de la menor, y no dejar el libre manejo de esos bienes a dos locas, propuso para el efecto los medios más prudentes, que no admitían, porque para ellas todo era bueno menos el sujetarse a que otro ordenamiento les manejase y distribuyese aquello, pues lo que querían era libertad para disponer a su arbitrio, y(18) de esto resultó que se indispusiera mi tutor, hasta que la viuda le dijo que mientras pensaba lo que debía hacerse, se suspendiese aquello, como se suspendió, sin que restara otra cosa de parte del albacea, que en mes y medio había hecho todo. ¡Ojalá y hubiera muchos albaceas como éste! Pero apenas se halla uno en cada cien mil.

Entretanto, Eufrosina y su digna hija comenzaron a disipar su dolor con algunos paseos y días de campo entre sus amistades antiguas y más análogas a sus ideas, pues aunque mi tutor les iba a la mano, nada conseguía ni logró quitarles de la cabeza que pusieran coche. Aunque éste les instaba sobre que se resolviera lo que debía hacerse con los bienes de la menor, porque quería terminar eso, no le contestaban más de que habían consultado y esperaban la respuesta.

La consulta la habían hecho de facto; pero a personas tan fatuas y tan calaveras(19) como ellas, y el consejo que acordaron en una concurrencia tenida para ello fue que se determinara Pomposita a casarse, que no faltaría hombre de su gusto y de franqueza, y entonces podrían quitarse ya de la fiscalización e intervención de un albacea tan miserable y mentecato; y he aquí ya a nuestra Quijotita fija en casarse y en buscar para ello un marqués o conde, como tenía de antigua manía.

Al mismo tiempo que Eufrosina y Pomposa continuaban labrando el edificio que las había de envolver en su ruina, don Modesto y Pudenciana iban progresando a gran prisa, de manera que, haciendo su balance en [a]quellos días, se encontraron con un capital de sesenta mil pesos, que no se echaba de ver por el grande arreglo que había en los gastos. La casa, que tenía las piezas necesarias sin ninguna de sobra, les ganaba veinte pesos; no había más criados que el portero, cocinera, costurera y una joven pobre de familia decente y religiosa con muy buenas costumbres que ayudaba a Pudenciana en el cuidado y educación de los niños.

En estas circunstancias se anunció en la Gaceta(20) el remate de una casa en la calle del Reloj,(21) y por consejo de mi tutor, que manifestó a sus hijos (como llamaba a ambos) las ventajas de tener uno su casa sin esperar al casero todos los meses, y con la libertad de ponerla según que le conviniera o fuera de su gusto, don Modesto se determinó a hacerle postura; pero con la condición que él y Pudenciana exigieron de sus padres de que se irían a vivir con ellos, a lo que condescendieron, en fuerza de instancias y ruegos, y también porque no podían sufrir su corazón(22)el separarse algo de tan buenos hijos.

Llegó el día del remate, al que se presentó don Modesto con papel de abono del conde de Ágreda y, rivalizando con moderación con otros dos postores, fincó en él el remate de la casa, en cantidad de treinta y dos mil pesos, dando al contado diez y ocho y reconociendo catorce de unas capellanías que reportaba la finca, con libertad de redimir cada año el capital que le fuera conveniente.

Tan luego como recibieron la casa, le hicieron las composturas necesarias. Y se mudaron padres, hijos y nietos, que desde entonces formaron una familia, la más armoniosa y llena de placer, pues que a todo cooperaba la dulzura de aquellos genios y su muy buena educación, añadiéndose a esta felicidad la de que el coronel para tener una ocupación útil a la familia, se encargó de la educación de sus nietos los(23) varones, que lo amaban tiernamente y observaban como inviolables preceptos los consejos que les daba.

Un día que don Rodrigo habló de lo inquieto que estaba por no acabar de asegurar los bienes de Pomposita, a causa de las entretengas(24) de ella y de la madre, se promovió conversación entre todos sobre la suerte de aquellas señoras y del modo como podría evitarse el mal que por sí debían hacerse. Cada uno propuso lo que creyó conveniente, y don Modesto expuso que creía útil que Pomposita casara con un hombre de juicio y madurez que supiera sujetarla, pues que ya en ese estado, la madre que por sí nada tenía casi,(25) se vería estrechada a estar quieta.

Oído esto, mi tutor tomó la palabra y dijo: —La cosa, señores, era muy buena; pero es menester no pensar en lo que no ha de poder verificarse. Esas señoras no se comunican con personas donde(26) puedan proporcionarse un hombre de los tamaños y cualidades que necesitan para hacerlas entrar al orden, ni ellas son(27)las que han de presentar una transformación milagrosa, porque ya están mal habituadas a causa de [que] don Dionisio (que en paz descanse) no supo arreglar su casa, ni mi padre político (que Dios goce) había dado a sus hijas más educación que tenerlas absolutamente encerradas, rezando, sin tratar con nadie, sin salir más que a misa, a confesarse y comulgar, y sin proporcionarles conocimientos para saberse conducir en el mundo, y con estos principios y el otro extremo en que cayó la casa de don Dionisio, es imposible esperar ya nada bueno. Todo extremo es vicioso, y mucho más en la educación, que debe darse con mucha discreción para que no tenga con el tiempo funestos resultados.

Algo viene al caso una historia que sé de personas conocidas, y que me parece útil contar, por si mi Matilde o mi Pudenciana enviudaren, que por mí no es muy difícil, porque ya estoy muy cerca del sepulcro. No pudo proseguir porque todos nos enternecimos, y doña Matilde y Pudenciana, bañadas en lágrimas, corrieron a abrazarlo, sin quererlo dejar hasta que él las persuadió, las halagó y se las sentó una a cada lado, diciéndolas: —Hijas mías; la muerte debe ser esperada con tranquilidad. Obremos como verdaderos cristianos y no la temamos, que acaso Dios la manda para dar descanso al hambre y premiarle las pocas buenas obras que haya hecho; pero dejemos eso por ahora y vamos a mi historia.

En una ciudad, no muy distante de esta capital, hubo un padre de familias, que le habría estado mejor ser donado de mandadero de algún convento, pues que no supo educar a los hijos que tenía y crió siempre en un santo encierro y unavirtuosísima ingorancia, de que resultó que, a la muerte de aquel necio, ninguno de su familia supiera manejar lo que dejó, y que al mismo tiempo que no se ocupaban más que de rezar, se acabara el capital. Dejemos la suerte de los otros hijos, y hablemos sólo de la que hace el papel principal de la historia que he anunciado. Esta infeliz joven, después de algunas escaseces que padeció al lado de su madre, tuvo la chiripa(28) de casar con un hombre de bien muy trabajador; pero de edad ya algo avanzada y de ideas rancias [e](29) imprudentes, de manera que continuó nuestra joven la misma vida que cuando existía su padre. Así vivieron cosa de seis años, a cuyo tiempo murió el marido y quedó nuestra viuda con cuatro hijos; pero en la edad de veinte y dos años, con no malos bigotes, y con cosa de sesenta mil pesos. En estas circunstancias, se le presenta un militar del alma más negra que se [le](30) puede imaginar y de una verbosidad muy propia para enredar a aquella honradísima bestia; le hace setenta mil ofrecimientos, le promete una protección decidida, y por último se encarga de todos los negocios de la casa, ocultando maliciosamente el(31) que era casado; se hizo extender un poder amplísimo, que nuestra viuda firmó como quien firma en barbecho,(32) y ya desde entonces quedó constituida una pupila de aquel malvado, que poco a poco fue ganando el corazón de aquella miserable, que(33) en breve le hizo dueño de su honor y de cuanto poseía. Ese perverso, para cubrir las exterioridades, hizo se formalizase la testamentaría y, quiso que no [quiso],(34) como el curador de las menores no era como él, aseguraron las legítimas de esos pupilos, y nuestro militar fue tomando en pesos fuertes(35) y floridos(36) el haber de la viuda, con los que satisfacía sus vicios y muy particularmente el del juego, que es capaz de acabar con el caudal de Terreros(37) y mil Bordas;(38) y marchaba tan de prisa en su dilapidación, y de un modo tan público, que no faltó quien por caridad hablase a la viuda para que se resolviera a arrojar de sí y de su casa a aquel lagarto.(39)  La viuda, que a pesar de su tontera no dejaba de conocer lo mal que sus cosas caminaban, que ya se veía con más hijos, que ya estaba desengañada de que aquel pérfido era casado y que ya estaba hostigada del trato altanero, grosero y cruel que le daba, se resolvió a librarse de él, le intimó la separación de su casa, y se encuentra con que a aquel malvado a pocos días le presenta una cuenta en que hace parecer le debe cantidad considerable, demandándola ejecutivamente y jurándole había de procurar su ruina por cuantos medios alcanzara. Así fue que sucesivamente se le fueron presentando a la viuda varios acreedores con documentos otorgados por el tal militar con el carácter de su apoderado y obligando sus bienes. La viuda en tal congoja escoge, por dirección de la persona que la había dispertado,(40) un abogado, hombre de bien, y se entablan los pleitos con todos aquellos supuestos acreedores, que eran otros tantos zánganos coludidos con el zángano principal para sacar aquel dinero a la viuda y arruinarla. Los pleitos siguieron con orden y, aunque los ganó la viuda hasta con costas, como los que figuraban de acreedores eran unos tahures desnudos de bienes, ella lo perdió todo, y, como lo poco que le quedó no lo supo manejar por su suma tontera e ignorancia, a poco tiempo se vio reducida para todos sus gastos a sólo los réditos de los capitales de sus hijos, quienes ya crecidos, por el ejemplo pésimo que habían mamado, se prostituyeron, trataron a la madre con desprecio, y tan mal, que se separó con sus desgraciados segundos hijos, se redujo al extremo de mendigar con éstos el pan por las calles, y acabó su vida en la más espantosa miseria.

He contado la historia de la viuda; y cómo de éstas escenas, que el mundo nos presenta a cada paso, debemos sacar fruto, te encargo Pudenciana, que no olvidando [a] la viuda, y huyendo de su suerte, aproveches esa prudente franqueza de mi hijo Modesto, que quiere siempre estés impuesta de todos los negocios de tu casa, para que, si le sobrevives, no tengas la infeliz necesidad de ponerte en manos de un perverso que te arruine, sino que puedas manejarte sola y hacer la felicidad de tus hijos.

 


(1)  Añadido en 4ª.

(2)  4ª: "constantes en su".

(3)  4ª: "solas".

(4)  3ª y 4ª: "dineral".

(5)  arlequines. Persona informal y ridícula.

(6)  comen en ellos medio lado. Comer medio lado es una locución verbal que significa hacer gastar a un individuo más de lo que puede, explotarle, arruinarle.

(7)  tasador de costas. Quien establece el gasto que se hace en algo.

(8)  3ª y 4ª: "de ellas".

(9)  3ª y 4ª: "cualquiera".

(10)  4ª: "haciéndose".

(11)  4ª: "Toño Carretas".

(12)  4ª omite "de ella".

(13)  San Cosme. El convento de San Cosme fue terminado en 1675 y era de los franciscanos descalzos. Estaba en el extremo oeste de la ciudad. Todavía existe el templo en la calle de Serapio Rendón.

(14)  San Fernando. Convento franciscano de Propaganda Fide. Ubicado en la plazuela del mismo nombre. Al frente de esta plazuela está la Avenida Hidalgo, a un costado la calle de Guerrero y al otro el cementerio de San Fernando.

(15)  San Diego. En 1580 llegaron a México un grupo de religiosos descalzos que se hospedaron en San Cosme; tiempo después llegaron los religiosos del perdón. Varios de ellos fundaron el monasterio de San Diego, que se constituyó en custodia en 1593. Después se trasladaron a un lugar del tianguis de San Hipólito y levantaron una iglesia que, con la advocación de San Diego de Alcalá, fue dedicada en 1621. Esta iglesia, al costado poniente de la Alameda Central, es hoy el museo de arte denominado "Pinacoteca Virreinal".

(16)  2ª y 3ª decían "toca", corregimos de acuerdo con la 4ª.

(17)  3ª y 4ª omiten "toda".

(18)  4ª omite "y".

(19)  calaveras. Cf. nota 26 al cap. VII.

(20)  Gaceta del Gobierno de México. Cf. nota 60 al cap. V.

(21)  calle del Reloj. Actualmente Argentina.

(22)  3ª y 4ª: "sus corazones".

(23)  3ª y 4ª omiten "los".

(24)  entretengas. Tretas, argucias o artimañas para entretener a una persona, ganándole tiempo para ocasionarle perjuicio, abusando de mala fe o con dañada intención. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(25)  3ª y 4ª: "que casi nada tenía por sí".

(26)  3ª y 4ª: "entre quienes".

(27)  3ª y 4ª: "ni son ellas".

(28)  chiripa. Cf. nota 3 al cap. X del t. IV.

(29)  Añadido en 3ª y 4ª.

(30)  Añadido en 4ª.

(31)  4ª omite "el".

(32)  firma en barbecho. Firmar sin examinar lo que se firma.

(33)  3ª: "y".

(34)  Añadido en 3ª y 4ª.

(35)  pesos fuertes. Genéricamente, los que tienen más peso y título que los que le corresponden legalmente, en oposición al peso feble, que está por debajo del legal. El nombre es antiguo, pero (como expresión monetaria comenzó a generalizarse en la primera mitad del siglo XVIII para distinguir la moneda de plata de cordoncillo del tipo columnaria, con la macuquina anterior, reemplazada por la ordenanza de Felipe V, de 9 de junio de 1728, que impuso aquel tipo más perfecto.

"La reforma monetaria que trajo consigo la aplicación en España de la Real Cédula de 23 de diciembre de 1642, creó dos especies de monedas: las de plata vieja o antigua acuñada con anterioridad a la fecha dicha, y la posterior, denominada plata nueva, para diferenciarla de aquélla de menor peso y ley, con circulación en la Metrópoli y prohibición en América. Al 'peso de plata vieja o antigua' se le denominó por esa circunstancia 'peso fuerte'". Su valor de 8 Rs. pasó a ser de 10 Rs. De plata nueva y para distinguirlo en su nomenclatura se le denominó 'escudo de plata'.

"Al establecer Carlos II, con Pragmática de 14 de octubre de 1686, una nueva valuación del marco de plata en pasta y moneda, fijó al antiguo real de 8 al valor de 15 Rs. 2 mrs. de vellón (128 cuartos).

"El Real Decreto de 8 de febrero de 1726 aumentó al peso fuerte (escudo de plata) de 8 Rs. de plata antigua al de 9 ½ Rs. de plata, valor por el que debían ser considerados los acuñados en América. Un nuevo aumento le fue hecho por Real Decreto de 18 de septiembre de 1728, que en el reajuste del valor proporcional del oro con la plata, pasó a valer 10 Rs. de plata (provincial).

"Al ajustar Felipe V Pragmática de 16 de mayo de 1737 el valor de las monedas de Castilla con las corrientes e imaginarias en uso entonces, fijó para el peso fuerte (peso grueso; escudo de plata) el de 20 Rs. de vellón en vez de los 18 Rs. 28 mrs. que tenía después de la Pragmática de 18 de septiembre de 1728.

"Como hemos dicho, la denominación 'peso fuerte' se aplicó en forma definitiva a la moneda de plata columnaria de 8 Rs. mandada acuñar por la ordenanza de 9 de junio de 1728 y a la de busto de la reforma monetaria de Carlos II de 29 de mayo de 1772, del mismo valor, para diferenciarlas del macuquino de Potosí, conocido con el nombre de 'peso corriente' o 'peso sencillo', y del español de plata provincial". Cf. Humberto Burzio, Diccionario de la moneda hispanoamericana, Santiago de Chile, Fondo Histórico y Bibliográfico José Toribio Medina, 1958, t. II, p. 181. "De 1786 a 1825 Peso fuerte de busto = 8 Rs.; peso = 27.0642 grs. Título = 10 dineros 18 gramos (895,832 milésimos)", ibid., p. 181.

(36)  pesos. floridos. Dinero florido es el que se toma sin trabajo, sin fatiga ni embarazo.

(37)  Terreros. Usando sinécdoque alude a Pedro Romero de Terreros (1710-?), primer conde de Regla, quien heredó la fortuna de su abuelo y dirigió los negocios de su tío Juan Velásquez de Terreros. Tuvo las minas de Vizcaína y Santa Brígida en Mineral del Monte, Pachuca.

(38)  Bordas. Usando sinécdoque alude a José de la Borda (1700-1778). Minero francés que se hizo muy rico en la Nueva España. Costeó la Iglesia de Santa Prisca en Taxco. Su hijo Manuel costeó la iglesia de Guadalupe en Cuernavaca.

(39)  lagarto. Persona astuta y voraz que está condicionada por cualquier apetito.

(40)  3ª y 4ª: "despertado".