CAPÍTULO XI

Que trata de la primera educación de los niños,
y de otras cosas que no disgustarán al lector


Como me dilaté en la vivienda de Eufrosina, me extrañó el coronel y me(1) preguntó el motivo. Le contesté que me había estado divertido oyendo platicar a la señora doña Eufrosina y(2) sus visitas. Esto excitó su curiosidad y quiso saber las materias que se trataron en la conversación y yo lo satisfice, contándole lo que no lo podía agraviar, como fue lo de los imposibles de Luisillo.

Reían grandemente los señores con este cuento, especialmente Matilde, que apenas lo quería creer, hasta que su marido le dijo: —No te haga fuerza, hija mía, la tal impertinencia de ese niño, porque todos los consentidos son lo mismo. El abate Blanchard(3) trae otro caso igual. Tenía una señora un niño de éstos, enseñado a que le habían de dar cuanto quería. Los criados estaban impuestos a obedecer su gusto, porque el niño no había de llorar sin que se le complaciese. Engreído con esta costumbre, un día comenzó a llorar y más llorar con tal tenacidad que lo oyó su madre, y llena de cólera reconvino al criado que lo cuidaba, diciéndole que ¿por qué no le daba al niño lo que quería? El criado respondió: "Señora, es imposible que yo le dé lo que quiere, pues me pide que le baje la luna y la ponga en un vaso de agua. Bien puede, pues, estar llorando hasta el fin del mundo, que yo no le bajaré la luna". La señora quedó convencida de la impertinencia de su hijo; pero el autor no dice si quedó corregida.

Ninguna cosa contribuye tanto a corromper las costumbres de los niños, y a hacerlos orgullosos y malcriados, sino(4) la indiscreta condescendencia de las madres. Conducidas por un amor excesivo y por un imprudente cariño, contemporizan con ellos en cuanto quieren. Por tal de que el niño no llore, le dan todo lo que apetece, en el momento que insinúa su voluntad con las lágrimas. De aquí nace que se crían indóciles, orgullosos e impertinentes; pierden a sus padres el respeto(5) y el amor al(6) mismo tiempo y enseñados a hacerse obedecer con el llanto, no agradecen los mismos agasajos, creyendo que se les deben de justicia.

"Como estamos convencidos, dice Blanchard, de que de los(7) llantos de un hijo bien o mal comprendidos, o bien o mal dirigidos por la ternura de las madres, nace(8) casi todo el arte de la primera educación, añadiremos algunas reflexiones juiciosas que hace a este asunto monsieur Rousseau en su Emilio, en donde entre tan gran número de errores muy perniciosos, se hayan verdades útiles. Los primeros llantos de los niños, dice, son ruegos; si no se cuidan(9) de ellos, en breve llegan a ser órdenes: comienzan por hacerse asistir y acaban haciéndose obedecer.(10)

"Los largos llantos de un niño que no está atado ni enfermo, y que(11) no le falta nada, no son sino llantos de hábito y obstinación: no son obra de la naturaleza, sino de la que los cría, que por no saber tolerar la importunidad, la multiplica, sin advertir que haciendo callar hoy al niño, lo excita a llorar mañana mucha más. El único medio de curar o precaver esta costumbre es no hacer aprecio de sus llantos; pues nadie quiere tomarse un trabajo inútil, ni aun los niños. Lloran porque conocen que llorando consiguen lo que quieren; pero si se tiene tanta constancia para negarles, como ellos porfía[n](12) para pedir, fácilmente ceden, se disgustan de sus llantos, y no vuelven a llorar más. De este modo se les ahorran las lágrimas y se les acostumbra a no derramarlas, sino cuando el dolor les fuerza a ello.

" 'No necesitan los niños para llorar todo un día, sino percibir que no se quiere que lloren. Lo peor es que la obstinación que contraen sigue por consecuencia en su mayor edad. La misma causa que los hace llorones a los tres años, los hace sediciosos a los doce, díscolos a los veinte, imperiosos a los treinta e insoportables toda su vida'.

"Luego que un niño manifiesta las primeras señales de conocimiento, continúa el abate citado, es necesario precaver en él toda obstinación e indocilidad. La porfía es el defecto de la mayor parte de los niños; pero se puede decir que lo deben, casi siempre, a la primera educación, pues se condesciende a todas sus fantasías. Lo que se les(13) ha negado a sus ruegos, se les(14) concede a su importunidad, a sus llantos y a sus violencias; y aun los dejan vengarse y dar golpes. 'Yo he visto, dice el autor del Emilio, ayas y madres imprudentes animar la porfía de un niño, excitarlo a pegar, dejarse pegar ellas mismas y reír de sus febles golpes, sin pensar que eran otros tantos homicidios en la intención del niño furioso, y que aquel que quiere pegar siendo chico, querrá matar siendo grande' ".

Éstas son, querida Matilde, unas verdades tan evidentes que no necesitaríamos que nos las acordaran(15) los autores, si atendiéramos con reflexión a la experiencia. No son los niños más consentidos los menos llorones; lo contrario, ellos(16) son los más impertinentes y enfadosos.

Yo convengo en que es muy tierno y natural el amor a nuestros hijos, que causa pena el verlos afligidos y llorando, y soy de parecer que se les debe dar gusto en cuanto sea inocente y razonable; pero no generalmente en todo sólo porque no lloren y por excusarles un ligero sentimiento. Aquí está todo el daño de la imprudencia. Es lo mismo que querer curar un mal pequeño con un[o](17) grave.

No es menester mucha penetración para conocer los funestos resultados que trae a los hijos y a los padres la ciega condescendencia de éstos, ni es tan difícil el poderla reprimir en los principios. Mientras los padres o las madres amen a sus hijos como deben, les será fácil el desentenderse de sus llantos cuando convenga, y(18)para hacerlos sumisos y obedientes.

Si un niño llorara por coger con su manita un alacrán, seguro está que la madre más indolente [no] se lo diera, aunque llorara hasta no más, ¿y por qué? Porque conocería que aquella sabandija era venenosa, y que podía picarlo y acarrearle la muerte, o un gravísimo daño a su salud, ¿pues por qué no tienen igual cuidado en no permitirles que logren sus caprichos como que son siempre nocivos y bastantes a envenenarles el espíritu y a acarrearles unas enfermedades morales de por(19)vida?

Por desgracia, ordinariamente, los niños no se ven rodeados sino de un enjambre de mujeres ignorantes, que con muy buena intención conspiran a hacerlos malcriados e insufribles. Las madres, las nodrizas o chichiguas,(20) las ayas o pilmamas,(21) las maestras, las parientas, las amigas y hasta las criadas de las casas, ¿qué hacen sino pervertir el espíritu del niño desde los principios, fomentar sus caprichos, inspirarle errores sobre errores,(22) apoyar sus falsas ideas, defender sus extravagancias y adular sus inclinaciones a diestro y a siniestro?

La ira, la envidia, la venganza, la falsedad, la ambición, la soberbia, la vanidad,(23) el disimulo y otros defectos como éstos no se notaran tan temprano en las criaturas, si los que están encargados de su educación y asistencia fueran siempre, como debían ser, gentes de probidad e instrucción que sofocaran las malas semillas del vicio en sus principios;(a) pero sucede todo lo contrario. Quiere el niño alguna golosina, sea lo que fuere a cualquier hora, y aunque se conozca que le ha de hacer daño y que no tiene hambre porque acabó(24) de comer, se la dan porque no llore, y así lo enseñan a goloso. Ve un juguete en poder de otro niño, lo pide y llora por él, hasta que se lo dan, y así le fomentan la envidia. Se tropieza con el perro, se cae y llora, y al momento cogen al perro y se lo presentan para que lo golpee, y así le inspiran venganza. Llora otras veces por lo que se le antoja, y para callarlo le dicen: "No, mi alma, no llores; los niños lindos como tú no lloran; eso se queda para esos muchachos feos como el hijo de la cocinera", y éste es un propio modo(25) para inspirarles soberbia y vanidad, haciéndoles formar un alto concepto de sí mismos, y enseñándoles a abatir y despreciar al infeliz. Si con esta y otras diligencias semejantes aún no se calla, le hacen un ruido extraño o le señalan un cuarto oscuro, diciéndole que por allí ha de salir el viejo,(26) el coco(27) o la bruja,(28) que se lo ha de comer, y con tan terrible amenaza se logra que no llore; pero de paso se hace pusilánime y se dispone su fantasía para admitir en la mayor edad las más crasas supersticiones. Si quiebra un vaso o hace otra travesura y lo regañan, no falta quien lo defienda diciendo que no fue el niño, sino el gato, y así aprende a mentir y a disculparse a toda costa.

¿Pero para qué he de insistir en probar con ejemplares una verdad que se nos entra por los ojos? Ello es cierto que hay personas que si estudiaran por principios el arte de malear a los muchachos, no lo habían de hacer con tanta gracia como lo hacen sin ningunos estudios, sino por una mera afición al niño.

Lo peor es que mil veces los hijos se educan mal, contra las sanas intenciones de sus padres; o(29) ya porque no pueden encargarse de observarlos todo el día, o porque las madres son abandonadas y opuestas a su modo de pensar, y entonces tienen los padres que ceder, conociendo el perjuicio, por no chocarse y acaso perder la paz del matrimonio. ¡Felices los casados cuyas voluntades van acordes en un asunto de tanta gravedad; pero más felices los hijos a quienes cupo en suerte tener tales padres!

Así hablaba el coronel, cuando interrumpió su conversación una visita. Ésta fue la madre de la niña Gertrudis o Tulitas, como le decían: aquella ahijada del coronel, a quien confió el cuidado de Pudenciana siendo muy tierna. Tenía ya Tulitas como diez y seis o diez y siete años, y era no sólo bonita, sino muy hacendosa, humilde y granjeadora. Su madre... parece que la estoy mirando, era una señora como de cincuenta años: blanca, entrecana, de ojos azules, de una nariz muy afilada, de un cuerpo muy bien proporcionado; y aunque con muchas arrugas y pocos dientes, se conocía que no sería despreciable en sus quince.

Su traje era un túnico(30) azul de indiana(31) con holancito blanco, un rebozo de Sultepec(32) y un pañuelo con que se abrigaba la cabeza. Luego que entró, y pasaron las acostumbradas salutaciones, se sentó y, dirigiendo la palabra al coronel, le dijo: —¿Qué habrá usted dicho, compadrito, que cuánto ha que no parezco por acá? Pero ya ve usted los trabajos de una pobre mujer sola, que le aseguro a usted que no tengo lugar ni de rascarme la cabeza. Todo el día se me va en hacer la diligencia, y con todo eso(33) ¡sabe Dios los trabajos que he pasado!; pero ya su Majestad ha querido abrirme camino, y eso es lo que vengo a noticiarle a usted y a mi comadrita, que sé que se han de alegrar de mi bien.

—Es verdad que sí, dijo el coronel; no sabe usted cuánto me agrada esa noticia, pues según mis cortas facultades, siempre he procurado contribuir a sus alivios, lo que manifiesta que me ha debido bastante estimación. Pero cuénteme usted despacio ésa su nueva fortuna, a ver si puede participar de ella nuestra Tulitas.

—¡Ay y cómo que sí ha de participar la pobre muchacha!, decía la madre; pues vea usted, compadrito, que un señor que se llama don Gervasio es muy caritativo, Dios se lo pague, ha dado en visitarme de pocos días a esta parte, y como me ha visto tan sola en mi cuartito y tan pobre, me ha tenido lástima, y me ha preguntado que si no tengo nada seguro, que de qué me mantengo y otras cosas; y cuando le he dicho que no tengo sino tal cual costura, y la caridad que usted me suele hacer, se ha compadecido mucho de mí; pero desde el otro día que le dije que tenía una niña grande acá, se compadeció mucho y me dijo: "¡Válgame Dios!, ¡qué lástima!,(34)¡qué miserias se ven en este México! ¡Estar una madre separada de su hija, y una pobre niña arrimada en casa ajena y fuera del abrigo de su madre! ¡Jesús qué cosas! Pero usted señora, me decía, ¿por qué tiene a esa niña lejos de su lado? ¿No sabe usted que al ojo del amo engorda el caballo,(35) y al lado de la madre se hacen felices las hijas? Vaya, que usted no debe querer a esa pobre criatura". —"Sí la quiero, señor, le decía yo, de fuerza la he de querer", si es mi hija, no nació de las yerbas. ¡Sabe Dios lo que lloro cuando me acuerdo de ella!, sin embargo de que está como en su casa". Entonces me preguntó que dónde estaba y cómo se llamaba. Le dije que acá con su padrino, que ella se llamaba Tulitas, y le di sus señas. El señor se alegró mucho al oírme, y me dijo que ya la conocía, que era de mucho mérito, y era una lástima que careciera de su madre; que si la única causa de esta separación era la pobreza, que no tuviera yo cuidado, pues él era rico y solo, y no tenía en qué gastar su dinero sino en hacer obras de caridad; que sacara yo a mi niña para que me acompañara; que contara todos los días con dos pesos diarios; que buscara una casita de diez o doce pesos y una moza para que nos sirviera; que(36) por(37) lo que hace a la ropa, que él tendrá buen cuidado de que no nos falte nada, y para que yo no pensara que éstos eran ofrecimientos de boca, me dejaba(38) dos onzas de oro para(39) que buscara yo la casa, y que en cuanto la hallara, le avisara para que [me](40) comprara los trastos que me faltaran.

Ya ve usted, compadre, que de estas fortunas no se hallan todos los días, y quizá Dios le(41) ha tocado el corazón a este caballero para que nos remedie; y así vengo a darle a usted los agradecimientos por el tiempo que ha tenido a Tulitas en su casa, y a llevármela para que me acompañe, porque ya tengo yo tomada la casa, y está en ella la moza, que el mismo señor me la buscó. Tiene mil gracias. Ayer me llevó dos camas muy buenas, y un baulito con dos piezas de bretañas,(42) diez varas de indianilla(43) fina, cuatro pares de medias, dos tápalos,(44) uno de seda y otro de Trafalgar,(45) y otras muchas cositas, que sólo me enseñó, y cerró y se llevó la llave, porque dice que hasta que Tulitas esté en casa me la dará, y le regalará a ella una cajita de alhajas que era de su mujer y no tiene a quien dársela; y así, compadre, yo vengo por Tulitas, porque esta ocasión no es de perder.

Oyó el coronel todo el razonamiento de la vieja, y luego que acabó, le dijo: —En verdad, comadre, que ese caballero es demasiado bueno. ¿Conque conoce a Tulitas, la ha visto en el balcón y dice que tiene mucho mérito, y después de esto quiere hacerle a usted bien y buena obra? ¡Válgate Dios por caridades! Si usted fuera sola, o si la hija que tiene fuera fea, yo le apostara mis orejas a que no encontraba un caritativo semejante; pero es cosa muy común favorecer a las bonitas con exceso, cuando las feas no hallan ni quien les dé los buenos días.

No sea usted cándida, comadre, ésa no es caridad, es un anzuelo, una red que se tiende para que caiga el inocente pez. Quién sabe si yo juzgaré con temeridad. No conozco al tal señor. Acaso será un hombre muy virtuoso y su corazón estará limpio de malicia; pero dígale usted que les haga la caridad que quiera a las dos; pero a usted en su casa y a la muchacha en un convento, y en haciéndolo así, jure usted que es un hombre de bien y que hace perfectas caridades.

—Ya se lo he dicho así, compadre; mas a eso me dice que él no es tonto para tirar su dinero en esas cosas; que los conventos y colegios no sirven sino para criar flojas y holgazanas, pues no se entran en ellos las muchachas sino por necesidad, o(46) por moda, para que les digan niñas de convento, que allí lo que aprenden son muchas monerías y ridiculeces, que salen más hipócritas que cristianas, pues acompañándose con muchas viejas supersticiosas, sirvientas necias y niñas forzadas, o que están allí a fuerza, y que tienen bastante malicia para enseñar sus malas mañas, las aprenden fácilmente sus amigas, y pierden en los conventos la sencillez que conservaban(47) en sus casas al lado de sus madres; y, por último, dice el señor que es bobería meter en convento o colegio(48) a una niña que no tenga vocación de ser monja, sino que piense en casarse, pues en una clausura con dificultad se proporcionan novios, y que supuesto que mi hija no ha de ser monja, porque o no tiene vocación o no tiene dote, que mejor es que se quede en la calle conmigo, pues así se consigue que me asista y acompañe, y que, tal vez, mañana u otro día se case con ventaja, lo que [no](49) sucederá si la metemos en conventos, porque santo que no es visto no es adorado.(50)

Todo esto me dice el señor, y ya ve usted compadre que dice muy bien, porque yo he visto mucho de lo que me ha dicho, y tengo muchísima experiencia, como que de muchacha estuve en convento, y allí supe muchas cosas y aprendí mil tonteras y malas mañas, porque lo que era bueno y lícito lo tenía por pecado y escrupulizaba de ello, y así se enfadaba el confesor conmigo cuando le decía: "Acúsome, padre, que dije delante de los hombres en reja que me dolían las piernas, que tenía un tumor en una nalga, o una roncha en el ombligo", que son partes del cuerpo, que yo llamaba con unos nombres que aun en los fandangos(51) hacen reír. Mi confesor, como dije, se incomodaba de esto y me regañaba muy seguido. Me acuerdo que un día, víspera por cierto de la Ascensión, me dijo: "Ya le he dicho..." Porque mi confesor era muy santo y muy seriote. A nadie hablaba de tú, ni platicaba, sino por mucha fuerza, fuera del confesonario, ni recibía ningún regalito de sus hijas, ni quería a unas más que a otras, ni admitía papelitos, ni escribía ningunos, ni servía de empeño, ni hablaba en el confesonario sino de asuntos de conciencia, ni apoyaba(52) virtudes, ni creía revelaciones, éxtasis ni arrobamientos,(b) ni... —Déjese usted de tantos "nis", comadre, decía el coronel, que yo no quiero saber la vida de su confesor, aunque por lo que me ha dicho, conozco que era un buen ministro de Dios; pero eso no viene al caso. Diga usted qué fue lo que le(53) dijo la víspera de la Ascención, y acabe su cuento antes de(54) que se me olvide lo que yo le he de contestar.

—Pues, compadre, decía la vieja, lo que me dijo mi padrecito... ni así quería que le dijéramos sus hijas, sino mi confesor o mi director. Vea usted que tal era de serio; pero en fin, me dijo:(55) "Era menester un diccionario particular para confesar a las necias de conventos como tú,(56) o una singular inteligencia para comprender sus fraudes y gazmoñerías. Ya te(57) he dicho que te(58) confieses(59) en castellano y no en esa jerigonza que no entiendo sino a costa de mil preguntas. También te(60)he dicho que te(61) confieses(62) sin rodeos y sin buscar frases con que ocultar o disimular tus faltas, porque este modo de confesarse es efecto de una muy refinada soberbia y tontería, pues crees(63) que Dios, cuyo lugar ocupo, se engañará con el artificio con que tratas(64) de disminuir tu(65) culpa y te(66) perdonará más fácilmente o, a lo menos, me quieres engañar para estar bien conceptuada conmigo, lo que es una simpleza, pues el concepto que yo debo formar de ti,(67) y el que tú(68) debes(69) querer que forme, es el que convenga a tu(70) salud espiritual, y no a fomentar tu(71) vanidad ni tu ignorancia.

—¿Qué te importará(72) engañar al confesor, ni que éste te tenga por una santa, si el que registra los rincones del corazón sabe que no eres virtuosa, como aparentas, sino una soberbia que vienes a la sagrada piscina de la penitencia, no a purificarte de tus culpas con corazón contrito y humillado, sino a revolcarte en tu mismo cieno, y a salir del baño saludable más manchada de lo que entraste.

—Te(73) he dicho que la verdadera virtud no está reñida con la sinceridad; que los escrúpulos son perjudicialísimos para adelantar en el camino de la perfección; que hay escrúpulos de almas timoratas, y escrúpulos de hipócritas, como los tuyos.(74)Te vienes a confesar de que le diste un palo al gato de tu nana,(c) y no te(75)confiesas(76) de que se lo diste(77) por vengarte(78) de ella, ni de que te(79)quisiste(80) vengar porque te regañó porque la desobedeciste(81) yéndote(82) al patio a platicar con esa moza que te(83) ha enseñado tantas cosas que nunca debías(84) saber, y porque te(85) ha evitado esa compañía que ha sido tan perjudicial a tu conciencia.

—¡Cuánto trabajo me ha costado sacarte(86) todas estas cosas, y hacerte(87)confesar las culpas mortales que tú(88) querías(89) ocultar o con malicia o con ignorancia culpable, pues tú,(90) seguramente, no querías(91) confesar otra cosa sino que le(92) diste(93) un palo al gato, lo cual no puede ser culpa grave". Ya verá usted qué tal sería mi confesor.

—Era muy bueno, dijo el coronel; pero no sé si me admire más de la candidez de usted en confesar sus pecados o de la memoria con(94) que conserva la represión de su director, pues la sabe como una relación, porque ese estilo se echa de ver que no es el de usted, sino de su confesor.

Pero, después de todo, es necesario que usted advierta que ese señor no dice bien en todo lo que le(95) ha dicho. Es verdad que en los conventos y colegios de mujeres hay defectos, que sería de desear se corrigiesen; ¿más en qué parte no lo hay en esta vida mortal y miserable? Es también verdad que algunas se entran en los conventos o por moda, o por antojo, o por necesidad o por fuerza, y no son éstas, seguramente, las que cumplen mejor con sus obligaciones; pero no es menos cierto que tales cosas no se fundaron para ser hospicios de disipadas, frívolas ni holgazanas, sino para ser los planteles de la virtud y los asilos de la inocencia, como efectivamente lo son. Los confesonarios son crisoles donde ésta se prueba, y los púlpitos, teatros en que se publica y [se](96) panegiriza cada día. Y si no hubiera sido por los conventos, colegios y casas de enseñanza y clausura, establecidas para defender la virtud y honestidad de muchas, ¿cuántas, a esta hora, hubieran sido tristes víctimas sacrificadas a su indigencia y al libertinaje de una tropa de infames seductores?

La utilidad de semejantes piadosas fundaciones es innegable, por más que en ellas entren algunas personas díscolas, y no falten defectos que sería muy del caso corregir.

Llamo defectos a muchas preocupaciones, que no dejarán de parecer ridículas a los sensatos, por más que sus patronos las quieran vestir con el traje de la virtud.

Una de ellas es que las niñas que entren en este o en aquel convento o colegio no usen túnico, ni tápalo, ni el pelo abierto y caído sobre la frente, como lo usan todas las jóvenes decentes en sus casas, por más honestas y virtuosas que sean; y aquí tenemos una preocupación no sólo extravagante, sino que puede ser perjudicial en algún caso.

Nada difícil es probar lo ridículo de esta prohibición, si se advierte que el túnico y el pelo colocado sobre el casco o sobre la frente es ya en el día un uso muy común, y tan honesto en sí, que las señoras más(97) timoratas lo llevan sin el menor escrúpulo, y con razón, porque el túnico ni la basquiña,(98) el tápalo o el paño de rebozo(99) no harán ni a una sola mujer virtuosa o prostituida, y aquí se verifica que el hábito no hace al monje.(100)

Ahora se debía advertir, por las enemigas de los túnicos y trajes del siglo, que no todas las niñas que entran en los conventos llevan designio de quedarse en ellos, ya por falta de vocación o ya de dote. Muchas entran por aprender las labores, costuras y curiosidades que aprenden las mujeres hacendosas, muchas por necesidad, muchas por antojo y algunas por fuerza. Todas éstas van con la intención de salirse luego que aprendan lo que quieren, o cuando mude su suerte, o cuando ya no quieran estar, o no quieran que estén los que las mandan.

¿No es cosa bien extraña que se les prohíba a todas éstas su propio traje? Y por último, si el túnico, si el tápalo, si el pelo así o asado son escandalosos en los conventos, si se han de ver como retrayentes de la virtud, ¿por qué en muchos se permite? ¿Diremos que en éstos son las preladas más laxas o menos preocupadas?

Los perjuicios que acarrea esta preocupación contra los túnicos no son ni raros ni remotos. Hay muchachas pobres que desean recogerse en un convento; acaso hallan éste o el otro bienhechor que les ayuda para pagar su colegiatura, o piso,(101) como llaman vulgarmente, ¿y qué sucede?, que no entran y pierden esa coyuntura, y tal vez se extravían en la calle, porque no tuvieron o valor para dejar el traje con que las criaron, o proporciones para variarlo; y he aquí un daño para esa pobre, el que puede acaecer con demasiada frecuencia.

Si yo quisiera que dentro de los conventos o colegios se admitieran todos los trajes que usan las señoras en la calle, sería un temerario, porque esta permisión general abriría la puerta al lujo y a la profanidad, opuestos siempre(102) a la moderación y modestia que debe sobresalir en tales casas; pero, lejos de tal necedad, sólo deseara que se permitiera que se vistieran las niñas en las clausuras, según se visten fuera de ellas las jóvenes honestas y timoratas, pues de este modo, sin ofensa de la virtud, se corregía(103) esta preocupación, que mil veces he oído apellidar ignorancia y ridiculez.

No quisiera hablar de otros defectos que se notan en semejantes comunidades que si no son tan públicos como el que acabamos de refutar, no son menos frecuentes ni perjudiciales. Las predilecciones que las nanas(d) tienen con esta niña más que con aquélla, las amistades íntimas de unas niñas con otras, las confianzas mutuas entre unas y la indiferencia con otras, la estimación y aun distinciones que gozan las ricas sobre las pobres, la acepción(104) de chismes,(e) los cuentos que libremente se permiten, y aún se fomentan, de espantos, de visiones y aun de milagros apócrifos e imaginarios,(f) y otras cosillas a este modo, originan celos, envidias, rencillas, murmuraciones, escrúpulos necios, pensamientos temerarios, supersticiones y un enjambre detestable de vicios, y [aun](105) tanto más detestable cuanto que se provocan y ejercitan entre muchas personas, que tienen que vivir juntas y fiscalizarse muy de cerca. Si el santo rey David decía que era bueno y agradable el vivir los hermanos, enlazados por la caridad como si fueran todos uno solo; yo digo, y cualquiera dirá, que es malísimo y más que terrible vivir desunidos y entre chismes y alborotos los hermanos que viven juntos, y si son las hermanas, es peor que peor. ¿Y de qué frase nos valdríamos para ponderar la malicia y la gravedad de la culpa de aquellas que se aborrecen de muerte, que se procuran poner en mal con las superioras, que se hacen cuantos daños pueden, que se malquistan mutuamente y llegan hasta a negarse las comunes salutaciones, o lo que dicen quitarse la habla? Apenas se pudiera creer, si no se viera, que entre cristianos prevaleciera tanto el espíritu del odio y la venganza que llegará hasta a tener por agravio la vista y el eco de la voz del objeto que aborrecen. Teman estos infelices, teman la ira de Dios en el último día de los siglos. Él mismo dice en las Sagradas Letras: "Aquel que quiera vengarse, sentirá la venganza del Señor, y Dios no olvidará jamás sus pecados. El hombre se encona contra otro(106) hombre y conserva contra él su enojo; ¿y así se atreve a pedir a Dios misericordia? Él no la tiene con sus semejantes, ¿y así pide que(107) se le perdonen sus pecados? Acuérdate, miserable mortal, de tus novísimos, y déjate de enemistades.(g) Así habla un Dios en provecho del prójimo, y el hombre vengativo habla muy al contrario con ofensa de Dios.

¿Pero, acaso porque en algunos conventos y casa de comunidad se noten estas extravagantes,(108) ridículas y viciosas, habremos de hablar con impiedad de semejantes fundaciones? ¿Echaremos a sus institutos la culpa que tienen los vicios? ¿Nos escandalizaremos de ver en ellos lo que no falta en parte alguna? ¿Querremos que las comunidades de las mujeres sean perfectas y limpias de todo individuo díscolo y quizás(109) extraviado, cuando no hay una corporación exenta de esta plaga? ¿Olvidaremos que la congregación de Jesucristo se compuso de solos doce individuos, escogidos por la Suma Sabiduría; y sin embargo, entre solos doce se halló un Pedro infiel, y un Judas pérfido, traidor y criminal hasta el extremo? Pero, ¡qué mucho! La primera asociación que hubo en el mundo fue de dos individuos, Adán y Eva, y ya vemos lo que sucedió. El primer hombre acaso no hubiera prevaricado si la mujer primera no lo hubiera seducido; y así querrán los falsos virtuosos que en los conventos no haya defecto alguno, o lo que es lo mismo, que los frailes, monjas y niñas enclaustradas sean impecables. Así sería de desear, pero esto no es dado sino a los habitantes del paraíso celestial, que están confirmados en [la](110) gracia.

Mas por último, señora comadre, lo que no tiene duda es que cuando ese don Gervasio, su nuevo protector, repugna tanto que entre Tulitas en convento, no lo anima seguramente el espíritu de san Pablo, ni el de algún otro apóstol o santo padre, sino la concupiscencia de la carne. Bien claro me explico; pero si usted no lo entiende, sépase que no la quiere encerrada, porque no puede serle útil dentro de la clausura. Afecta compasión hacia la muchacha, y disuade a usted de que la asegure en un colegio, no por virtud, ni por amor que la tiene, sino porque en la calle tiene libertad para seducirla, y esperanza de satisfacer sus apetitos, la que no hallara tan franca(111) en un convento. ¡Malditas sean esas caridades! Oiga usted una fabulita que hice años pasados al asunto, quizá porque está en verso la retendrá usted en la memoria y servirá de provecho a la madre y a la hija. El apólogo trata de un lobo y un cordero, y dice así:

 

—¡Ay, infeliz de ti!, me compadeces

tan joven y metido entre esos palos,

que ni te dejan ver el mundo alegre,

ni gozar de las yerbas y los pastos.

 

Ven: sal por la rendija que te ofrece

la estaca que aquí falta. Yo no paso

a libertarte, amigo, porque tengo

un gran cuerpo, no quepo, estoy pesado;

pero tú, que eres chico, sal o brinca,

y ya verás qué vida nos pasamos.

Te llevaré a comer la dulce(112) grama,

te pasearé por todos los sembrados.

El tomillo y el maíz, alfalfa y trigo

te prevendrán un delicioso plato.

Un lobo malicioso y lleno de hambre,

así le hablaba a un corderillo incauto.

 

El tonto lo creyó; salió, y al punto

el compasivo lo hizo mil pedazos.

¡Oh, cuántas jovencillas infelices

víctimas son de un seductor tirano,

por creer, como el cordero, incautamente

su fingida promesa y falso halago!

 

¿Qué tal comadre? ¿Le gusta a usted la fabulita? Pues aprovéchese de ella en beneficio de Tulitas. En casa no le falta nada de lo preciso. Si no come en banquetes, no tiene hambre; si no viste con lujo, no está desnuda, y si no la tiene usted a su lado, vive segura de que está en una casa de honor.

Conque vea usted lo que hace y no la exponga a ser víctima de un lobo señor seductor: no sea que después tengan(113) usted y ella que llorar su ligereza y falta de consejo.

—¡Ay!, no compadre, decía la vieja, usted piensa muy temerariamente del señor don Gervasio. ¡Sobre que es tan bueno el pobrecito!, tan rezador, tan caritativo y, después de todo, ya es señor grande y no se ha de meter en esas cosas.

—Vaya, comadre, decía el coronel, o usted es muy cándida o quiere parecerlo. Ese señor tan bueno, tan rezador, tan caritativo y tan viejo, es un hombre, y un hombre que quiere beneficiar a usted porque sabe que tiene una hija bonita que le gusta, y no se resuelve a hacer toda la gracia que ha ofrecido sino hasta que la muchacha esté fuera de mi casa. ¡Eh!, no sea usted ignorante: él quiere que le venda usted a su hija; satisfacer su apetito a costa de cuatro pesos, y después abandonar a las dos.

Deseche usted sus favores, desprecie sus promesas, deje a su hija en mi casa, confórmese con su suerte, sirva a Dios en su estado, y viva segura de que no le faltará qué comer, porque primero [le](114) faltará el sol, que deje de cumplirse su palabra divina. No se espante usted, señora, ni arrugue las cejas al oírme asegurar que no le faltará la subsistencia si teme a Dios, porque yo no lo digo, sino el mismo Señor, que no puede engañarse ni engañarnos porque es infalible en sus promesas. Atienda usted sus palabras: No padecen pobreza los que temen a Dios. Los ricos se vieron necesitados y con hambre; pero a los que buscan al Señor, no les faltará todo bien.(h)

¿Quiere usted mayor seguridad que la palabra del Todopoderoso? No es usted la primera madre que expone a sus hijas a la más vergonzosa prostitución, queriendo escudarse con la pobreza que padecen; mas usted y cualquiera que lo haga cargan con una terrible responsabilidad ante el Tribunal Supremo, y no tendrán allí la más mínima disculpa que les valga, porque estas prostituciones no se efectúan por la pobreza; no: es mentira. A nadie le falta qué comer, ni lo preciso, trabajando con honra en lo que pueda, y obrando según el designio de su Criador. Éste jamás falta a sus criaturas. Al pajarillo previno el alimento en lo elevado del árbol, al pez en lo profundo del mar y a la despreciable lombriz en el centro de la tierra. Vea usted y cómo le faltará(115) al hombre criado a su imagen, y que es mejor que los pájaros y los peces.

El ningún temor de Dios y la poca o ninguna confianza que se tiene en su alta Providencia, abren la puertas a las innumerables miserias de que se ven perseguidos los mortales. ¡Cuántas madres y niñas virtuosas conocemos que subsisten sin tocar el extremo de la indigencia, y contando con menos arbitrios que usted y Tulitas! Y ¡cuántas que se han atenido a los criminales auspicios de los hombres, vivieron alegres cuatro días, y casi subieron a la cumbre de la felicidad temporal, para ser precipitadas en su edad avanzada hasta el horrible abismo del deshonor y la miseria! Usted y yo conocemos muchas de una y otra clase, y nos sería fácil hacer un catálogo de sus nombres.

Conque no sea usted boba: conozca el mundo, conozca a los hombres, no fíe de sus promesas, cuídese a sí misma y deje a su hija en mi poder, que esto les importa y nada más.

Cuando yo esperaba que la buena vieja agradeciera los saludables consejos del coronel y el interés que tomaba por la felicidad de Tulitas, se levantó de la silla y con un aire de enfado, dijo: —Usted dice muy bien, compadre; pero yo he venido resuelta a llevarme(116) a mi hija, porque lo que no le doy, no se lo debo quitar, ni hemos(117) de echar esta fortuna a puerta ajena. A más de quién la ha de querer más que yo que soy su madre, y sabe Dios lo que me ha costado; y con todo eso, muy bien sé que va segura, porque el señor don Gervasio Protasio es muy hombre de bien y muy cristiano, y muy caritativo, y muy liberal, y muy honrado, y muy todo; y por fin, yo no debo juzgar vidas ajenas, ni Tules es chiquita: ya sabe bien dónde le aprieta el zapato, y si ella fuere tonta y se dejare engañar, allá se lo haya: su alma en su palma, y Cristo con todos; y así compadre, yo le agradezco a usted mucho, y a mi comadrita, los días que la ha tenido en su casa, y con su licencia me la llevo. Anda, niña, recoge tus trapitos y vámonos.

El coronel se incomodó, como era regular, con la terquedad de la vieja, y así se retiró diciéndole que hiciera lo que quisiera. La niña repugnaba el irse por el amor que tenía a los señores, y porque era naturalmente juiciosa; pero instando su madre más y más, tuvo que obedecer contra su gusto.

Recogió su ropa, y abrazando a doña Matilde y Pudenciana con la mayor ternura, sin poder articular una palabra porque el llanto no se lo permitía, se salió de aquella casa que justamente veía como un asilo.

Todos sentimos la ausencia de Tulitas, porque era una muchacha muy amable; pero más que todos, el coronel que preveía sus futuras desgracias.

A pocos días recibí orden de mi padre para que borrase colegiatura, y me retirara al pueblo en donde residía, porque estaba enfermo y le era necesario mi asistencia. Se hizo así, y dispuso el coronel mi marcha, la que verifiqué con no menos sentimiento que Tulitas.

Mil ocurrencias me impidieron volver a esta capital, como deseaba, dentro de breve tiempo. Apenas una u otra carta escribí a mi buen tutor, las que me contestó con su acostumbrada prudencia y atención; y por un largo viaje que tuve que hacer a las provincias internas, ya no volví a saber de su salud hasta pasados cinco años que vine a esta ciudad, y entonces supe lo que diremos en el tomo segundo.(118)

 


(1)  4ª omite "me".

(2)  3ª y 4ª: "con".

(3)  Blanchard. Cf. nota 75 al cap. II. La cita está en Escuela de las costumbres, t. IV, p. 183. Blanchard cita a su vez a Rousseau.

(4)  4ª: "como".

(5)  4ª: "el respeto a sus padres".

(6)  3ª y 4ª: "a un".

(7)  3ª omite "de". 4ª omite "de los". Los siguientes párrafos están tomados casi textualmente de Blanchard. Fernández de Lizardi sólo entrecomilla las citas de Rousseau.

(8)  4ª: "hacen".

(9)  3ª y 4ª: "cuida".

(10)  Cf. Blanchard, op. cit., t. IV, p. 195.

(11)  4ª: "y a quien".

(12)  Añadido en 2ª.

(13)  4ª omite "les".

(14)  4ª omite "les".

(15)  3ª y 4ª: "recordar".

(16)  4ª omite "ellos".

(17)  Añadido en 3ª y 4ª.

(18)  4ª omite "y".

(19)  2ª: "su".

(20)  chichihuas. Cf. nota 22 al cap. I.

(21)  pilmamas. Cf. nota 1 al cap. II.

(22)  2ª y 4ª omiten "sobre errores".

(23)  2ª y 4ª omiten: "la ambición, la soberbia, la vanidad".

(a)  Todos los hombres nacemos con pasiones, y éstas son las semillas del vicio por la prevaricación del primer padre; pero con el auxilio de la razón, estas mismas pasiones pueden ser semillas de virtudes. El enseñar a los niños a sujetar sus pasiones a la razón sería el grande [3ª y 4ª: "gran"] arte de acostumbrarlos a sofocar la mala semilla del vicio en [2ª: "a"] sus principios.

(24)  3ª y 4ª: "acaba".

(25)  3ª y 4ª: "modo muy propio".

(26)  el viejo. Cf. nota 34 al cap. II.

(27)  el coco. Cf. nota 33 al cap. II.

(28)  la bruja. Cf. nota 35 al cap. II.

(29)  4ª omite "o".

(30)  túnico. Cf. nota 67 al cap. II.

(31)  azul de indiana. Tela de lino o algodón, o mezcla de uno y otro, pintada por un solo lado. Parece que hubo un tono azul típico de la indiana.

(32)  rebozo de Sultepec. Tira larga de tela que cubre los hombros, procedente de un municipio del Estado de México.

(33)  4ª omite "eso".

(34)  3ª y 4ª: "lástimas".

(35) al ojo del amo engorda el caballo. "Refrán que advierte cuánto conviene que uno cuide de su hacienda." Cf. Martín Alonso, op. cit.

(36)  4ª omite "que".

(37)  2ª: "porque".

(38)  4ª: "dejó encargándome".

(39)  4ª omite "dos onzas de oro para".

(40)  Añadido en 3ª. 4ª: "se compraran".

(41)  3ª y 4ª omiten "le".

(42)  3ª y 4ª: "bretaña". Bretañas son piezas de lienzo fino fabricados en Bretaña.

(43)  indianilla. Una tela de algodón de una clase más delgada que la llamada Indiana.

(44)  tápalos. Cf. nota 68 al cap. II.

(45)  de Trafalgar. Los tápalos de Trafalgar eran los pañolones que usaban las mujeres pobres. Cf. Santamaría, Dic.  mej.

(46)  3ª y 4ª: "y".

(47)  2ª, 3ª y 4ª: "conservan".

(48)  2ª, 3ª y 4ª: "en colegio o convento".

(49)  Añadido en 3ª.

(50)  santo que no es visto no es adorado. "Refrán con el cual se encarece la necesidad de nuestra presencia personal en todo aquello que nos interesa, o para que los afectos no se enfríen." Cf. Santamaría.

(51)  2ª y 4ª: "fandagos".

(52)  3ª y 4ª: "aprobaba".

(b)  La vieja no supo explicarse. El padre quiso decir que [4ª: "quiso decir que el padre"] no crea las visiones del sueño histérico, vanidad e hipocresía con que quieren engañar al confesor; pero sí creería [3ª: "creía", 4ª: "creer"] los efectos verdaderos y singulares de la gracia divina.

(53)  4ª omite "le".

(54)  2ª, 3ª y 4ª omiten "de".

(55)  4ª añade "que".

(56)  4ª omite "como tú".

(57)  4ª: "le".

(58)  4ª: "se".

(59)  4ª: "confiese".

(60)  4ª: "le".

(61)  4ª: "se".

(62)  4ª: "confiese".

(63)  4ª: "cree".

(64)  4ª: "trata".

(65)  4ª: "su".

(66) 4ª: "le".

(67)  4ª omite "de ti".

(68)  4ª omite "tú".

(69)  4ª: "debe".

(70)  4ª: "su".

(71)  4ª: "su".

(72)  2ª: "importa". 4ª: "le importa".

(73)  4ª: "le".

(74)  4ª: "suyos".

(c)  Así llaman las niñas a las monjas a cuyo cargo están.

(75)  4ª: "se".

(76)  4ª: "confiesa".

(77)  4ª: "dio".

(78)  4ª: "vengarse".

(79)  4ª: "se".

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