CAPÍTULO XI

 

Noticia de dónde está(1) don Dionisio, y(2) su nueva fortuna, 

su llegada a México;nueva(3) conducta que entabló. 

Por su mujer e hija cae en una cama y muere. Ingratísimo modo

de obrar de Eufrosina en ese lance



Como me levanté tarde, no(4) pude o tuve ocasión de decir nada hasta el mediodía en la mesa, a que casualmente asistieron ese día Pudenciana y su marido, e impuestos todos de cuanto desorden había visto en casa de doña Eufrosina el día anterior, se lamentaron todos(5) de las desgracias que eran consiguientes a esa conducta, y mi tutor tomando oportunamente la palabra dijo: —Toda(6) la conducta de esas miserables me parte el alma, y más porque veo que no tiene remedio; pero ya que me dan ocasión, diré a ustedes lo que he observado muchas veces con respecto a la odiosa y criminal pasión del juego. A instancias de algún concurrente se permite por una sola vez, y después de muchas instancias, un rato de monte.(7)Este rato se prolonga mucho más de lo que se creyó al principio, y ya está hecho el daño y abierto el camino a uno de los mayores azotes que pueden sobrevenir a una familia. Un solo hecho de esta especie basta para contraer una afición que crece con los años, nunca se extingue y que conduce al crimen, a la ignorancia, a la pérdida del reposo y a un fin trágico y deplorable. Si se hubiera tratado de inventar el medio más eficaz de despojar a la mujer de sus gracias naturales, no hubiera podido hallarse uno más a propósito que el juego. La mujer que le cobra afición está en un frenesí habitual, en la más(8) ansiosa inquietud, en un anhelo continuo que la priva para siempre de la aptitud de(9) ocupaciones serias y útiles. Ni siquiera le queda el derecho de exigir las consideraciones y preferencias que se disfrutan(10) en toda sociedad a las señoras, porque el juego requiere una completa igualdad, y los jugadores de profesión la miran como su víctima si pierde, como su enemiga si gana y en todos casos como su cómplice. Cuando esta perversa propensión se ha hecho dominante, no sé cómo se pueda [o]poner esto(11) a la inmoralidad y al desorden, ni creo que pueda(12) haber sombra de estabilidad en las relaciones públicas y privadas. Las inclinaciones más depravadas, el embrutecimiento, la chocarrería, las libertades más groseras e indecentes, deben ser y siempre son las compañeras inseparables del juego. La degradación que imprime al(13) alma, aletarga sus(14)facultades, la condena a ejercitar su comprensión en la más despreciable de las futilidades, y dándole el convencimiento de su propia bajeza, le quita los medios y el deseo de salir de ella y de emprender la menor reforma. Se me figura que este vicio es propio y el más eficaz instrumento para ejercer sobre el hombre el más absoluto despotismo, porque interesado éste en convertir al hombre en máquina, ¿puede inventarse un medio más seguro que el que lo reduce a fijar toda su atención en las vicisitudes del azar y en los movimientos de unos cartones pintados? Hablo sólo con mi familia, y creo ninguno de ella es capaz de venderme, por decir con franqueza mis sentimientos, y con tal seguro diré que en mi juventud vi que el juego llegó a ser una de las horribles calamidades con que los agentes de la tiranía habían inficionado mi patria; pero ésta, si no en la presente lucha, aunque más tarde, ha de ser libre a costa de cualquiera sacrificio, y esta consideración sólo es bastante para imprimir el sello de la proscripción y de la ignominia a un pasatiempo más destructor que la guerra más(15) desoladora y dejarnos el tiempo expedito para educar a nuestras familias y formar buenos ciudadanos que ya serán nuestros hijos, y muy particularmente las mujeres, que son las encargadas de hacer(16) las primeras impresiones a la infancia.

Así discurrió el coronel sobre el maldito juego, y seguimos hablando del estado de angustia en que estarían las señoras Langarutos, cuando al terminar la mesa metieron a don Rodrigo dos cartas que conducía el cartero, y vio una grande que venía de Chihuahua(17) y tan abultada que su porte eran cinco reales,(18) y la otra de Puebla(19) por el porte de dos reales; pagó ambos, y llamándole la atención la primera por lo abultado y por ser de un punto en donde no tenía ninguna relación, la rompió, y con admiración dio un grito de sorpresa. —Don Dionisio, don Dionisio. Todos nos sorprendimos e interesados en saber cuál era la suerte de aquel hombre, y el coronel apartando una carta que venía para doña Eufrosina, otra para Pomposita y otra para un comerciante, leyó la que a él se dirigía, y decía así:

"Señor coronel don Rodrigo Linarte. Chihuahua, etcétera. Mi muy amado hermano y mejor amigo: cuando la triste situación a que me redujeron mis pasados desórdenes, me hicieron separar de mi casa y familia, el volver a ella era de lo que menos esperanza tenía; el despecho me conducía errante y sin destino, y era inevitable perderme; pero la Providencia divina, que ha escuchado seguramente las oraciones de usted, mi hermana y sobrinos,(20) me preparó el remedio de mis males. Yo con el carácter de soltero y con el nombre de Pedro Murguía me destiné a Durango(21) en una tienda por el mezquino sueldo de cien pesos anuales, con el que sufrí un año, y concluido me subió mi amo cincuenta pesos más; pero habiéndole escrito un comerciante de Chihuahua que un amigo suyo necesitaba un cajero de confianza y que daría 250 pesos, me lo propuso, y yo, que deseaba alejarme todo lo más posible, acepté y marché a los tres días. Llegué a mi destino y me encontré con que mi nuevo amo era un español solterón, viejo de 60 años, que tenía una tienda con cosa de ocho mil pesos, una casa propia y una haciendita que valía treinta y cinco mil; pero me enfrié cuando oí que se llamaba don Ambrosio de(22) Langaruto. Sin embargo, resuelto a ocultar mi nombre, comencé mis trabajos como hombre que no desconoce los negocios, de que resultó que a pocos meses me dijera mi amo: —Don Pedro, yo estoy viejo, no tengo aquí pariente alguno que vea por mí, y usted ha simpatizado conmigo, a más que le veo amor al trabajo; desde hoy se encarga usted del cuidado y administración de todos mis intereses; véame usted como un amigo, que yo quiero serlo de usted y no le ha de pesar. Yo le ofrecí cuanto me exigía, y desde entonces comencé a manejarlo todo con la exactitud y fidelidad que debía. En las conversaciones familiares que después tuvimos, descubrí que mi amo era hermano menor de mi padre, que vinieron juntos de España y que por una riña que tuvieron se separaron, mi padre quedó en esa ciudad y don Ambrosio se vino a ésta, sin que jamás volvieran a comunicarse de ningún modo. Conciba usted cómo quedaría con tal noticia, y la incertidumbre en que entré de si me descubría o no; pero me resolví a lo segundo, y así me mantuve hasta ahora hace dos meses, que mirando que mi amo se agravaba de sus achaques habituales, y concibiendo alguna esperanza, me determiné a descubrirme, valiéndome de poner con disimulo encima de sus(23) papelera mi partida de bautismo, que tuve cuidado de traerme en mi fuga, para que en caso de morir ella dijese quién yo era y avisaran(24) a mi familia. Tan pronto como la leyó comenzó a gritar: —Dionisio, Dionisio; y yo temblando y anegado en llanto acudí a verlo; ya lo encontré parado y(25) que iba a buscarme, me eché a sus pies, se los besé, porque veía en él la imagen de mi padre, [y](26) me alzó, nos abrazamos, y cuando estuvimos desahogados, le conté mi historia: él me previno dispusiera mandar por mi familia a toda costa, y así lo habría yo hecho si mi tío no cayera gravemente malo a los tres días; se fue poniendo peor cada día, hizo su testamento, en [el] que me dejó de su único y universal heredero, y murió hace [un] mes y ocho días. Hice sus funerales como correspondía lo mismo que sus honras, y determinado luego a(27) volver al seno de mi familia, he traspasado la tienda, de lo que mando a usted la adjunta libranza de tres mil pesos que me hará favor de poner en manos de mi Eufrosina, para que ella y mi hija lo reciban como una prueba de mi amor y de la mejora de nuestra suerte. Sólo aguardo a que me den el valor de la casa y hacienda en el mes que he dado de plazo, e inmediatamente salgo para ésa, en donde tendré el gusto de acabar de pagar a mis acreedores, y de abrazar a usted, a mi hermana y sobrinos,(28) y manifestarles de mil modos mi reconocimiento y cariño. Y(29)entretanto, mande usted como guste a su apasionado y agradecido hermano que ansía por verlo y atento beso su mano.

Dionisio Langaruto."

Todos nos llenamos de alegría, y mi tutor me mandó que inmediatamente lo llevase a casa de doña Eufrosina y Pomposita, a quienes encontramos llorando porque no tenían, ya esperanzas algunas para remediar sus necesidades: luego que vieron a don Rodrigo, procuraron disimular su estado lo mejor posible, y después de saludarle entre humillación y orgullo que disimuló el coronel, les dijo que ya estaba instruido de la situación en que se hallaban, y que para ellas era conductor de un gran consuelo que les enviaba la Providencia, como lo verían por las cartas que les entregaba, así como les entregaría al día siguiente tres mil pesos que esperaba le darían de la libranza porque era para(30) buena casa.

En el momento que leyeron sus cartas comenzaron las alharacas y privaciones, etcétera. Se les auxilió [con](31) lo necesario, y dejándoles mi tutor veinte pesos, nos retiramos después de recibir muchos agradecimientos y abrazos. Al día siguiente se cobró la libranza y yo fui comisionado para entregarles el dinero que recibieron con cuanto gusto se puede imaginar, e inmediatamente mandaron por un coche y me estrecharon a que las acompañase metiendo al coche dos mil pesos.  Yo les preguntaba que(32) qué iban a hacer, [advirtiéndolas](33) que era menester meditar cualquier cosa, y se(34) fueran con tiento en gastar porque no sabíamos si la Providencia dispondría que fuera el último socorro. A todo esto contestaron con(35) que siendo otra vez ricas, no les correspondía la casa que tenían ni todo lo demás, y marchamos previniendo ellas al cochero fuera a andar por las calles principales y que donde viera cédulas de casa vacía, allí parase. Por más que yo les decía en el camino, nada bastó a disuadirlas, antes me dijeron que era un necio, que había formádome por las ranciedades de mi tutor a quien le atribuían ser un miserable. Quise distinguirles la miseria y mezquindad de la economía que usaba mi tutor, que justamente huía de la prodigalidad y despilfarro. Todo lo escuchaban como quien oye llover y no tiene a qué salir, y en éstas y las otras paró el coche en la calle de Vergara(36) y entramos a una casa que estaba de traspaso, porque la familia que la ocupaba se iba fuera, por cuya razón también vendían algunos muebles de lujo. En dos por tres aquellas cabezas volcánicas ajustaron el traspaso de la casa en cuatrocientos pesos, y en ochocientos los muebles, y me encargaron hiciese al cochero subir el dinero; de él se pagó lo tratado, se recogió recibo, se convinieron que al día siguiente recogían todo, y hasta el portero de la misma casa quedó ajustado de cuenta de las [mismas](37) Langarutos, y nos volvimos al coche con los ochocientos pesos restantes que se quedaron dentro de hora y media en distintos cajones de ropa de que fue el coche bien habilitado.

Tal principio tuvo la nueva fortuna de aquella familia. Al otro día fueron a recibir la casa y se mudaron en el momento, mandaron imprimir papeletas y las repartieron a todas las personas particulares de sus antiguas relaciones y amistades. De que resultó que el síndico del concurso(38) de don Dionisio, tan luego como supo todo esto, solicitó se embargase lo que tenía la familia, y fueron al efecto a la calle de Vergara, porque(39) Eufrosina, queriendo o no, mandó llamar a mi tutor, quien fue a ver al síndico y, manifestándole la carta del deudor, le persuadió que dentro de poco estaría aquí y pagaría lo que restaba, pues que no lo había olvidado. Con esto se contuvo el embargo, y como este servicio del coronel obligaba las consideraciones de Eufrosina y Pomposita, esa tarde mandaron por un coche y fueron a visitarlos lo mismo que a Pudenciana y su marido. En ambas casas recibieron los mejores consejos para su posterior conducta; mas ellas era lo menos en que(40) fijaban la atención. Al siguiente día, mi tutor, doña Matilde, don Modesto y Pudenciana fueron a pagar la visita, aunque con repugnancia del primero, pero venciéndose(41) porque don Dionisio [no](42) los encontrase desavenidos y entendiese todo lo ocurrido con su familia, pues que esto serían un gran pesar para un pobre hombre que venía de nuevo a comenzar su vida después de algunos padecimientos. Con aquella visita quedaron ya corrientes en su amistad.

Al mes y medio llegó don Dionisio Langaruto, parando en la casa de mi tutor, de donde pasó a la de Pudenciana y rogó que lo acompañásemos todos a la suya y, montando en el mismo coche de camino en que él había venido solo, obsequiamos su voluntad. Pomposita, que estaba en el balcón, luego que vio parar el coche, gritó a su mamá, y ambas bajaron hasta el patio donde ya nos encontraron. Madre e hija, sin hablar palabra y bañadas en llanto, se abrazaron de don Dionisio, que quedó hecho una estatua, y sus ojos rompieron en deliciosas lágrimas, gozando todos la más placentera felicidad en aquel momento, que creían el más dichoso de su vida. Mi tutor, su esposa, don Modesto y Pudenciana, con [los](43) ojos humedecidos y con la ternura que inspiraba la escena, los hicieron caminar y subir a la sala, donde poco a poco fueron respirando, y repitieron los abrazos y las mejores palabras de amor y sensibilidad. Los criados que traía don Dionisio, tan pronto como descargaron el coche, de cuya comisión me encargué, y que colocaron éste y las mulas en su lugar, subieron a ofrecerse a sus amas, a quienes los recomendó Langaruto, diciendo que habían muchos años servido a su tío con fidelidad, y reconocido se los había traído en su compañía.

Comimos allí aquel día y nos retiramos hasta las nueve de la noche con repeticiones de abrazos, lágrimas y ofertas. Al día siguiente, a la hora de almorzar, llegó don Dionisio, y a poco avisaron que estaban allí sus criados con unos caballos, y al momento nos suplicó bajásemos a verlos, y ya en el patio dijo al coronel que no creería que lo amaba como hermano y amigo si no recibía aquella pequeña demostración de su voluntad y reconocimiento, que un caballo retinto que allí estaba era para mi tutor, y(44) [el](45) tordillo redondo para don Modesto, un rosillo para doña Matilde, un colorado saíno para Pudenciana y un moro para mí. Todos resistimos lo posible este obsequio, aunque a mí se me iban los ojos tras el moro que era de la mejor estampa, aunque parecía el inferior entre los cinco y, por último, a las instancias, los recibimos dando muy expresivas gracias.

Subimos a almorzar, para lo que se convidó a Pudenciana y su marido, y en la mesa contó cuanto le había pasado desde que se separó de su casa, y concluyó dando gracias a Dios por todo, y diciendo: —La experiencia me ha dado a conocer cuánto mal me manejé en la primera época de mi fortuna, y hoy estoy resuelto a llevar nueva conducta, según me lo aconsejó y encargó en los últimos momentos de su vida mi tío y bienhechor; pero para celebrar mi nueva fortuna, quiero tengamos un día de campo entre los de nuestra familia, y al que no concurrirán más extraños que dos amigos de toda confianza. Hoy mismo he pasado a ver al síndico del concurso de mis bienes, y mirando la cuenta que tiene bien formada, vi que entre lo que se adeudaba a los acreedores y lo que se ha pagado de costas, debía yo once mil y pico de pesos, que en el acto le pagué en buenas libranzas, que aceptó luego a presencia del escribano, que fue a dar cuenta de todo al juez para que dé por concluido el concurso y se archive según pedimos en el escrito el síndico y yo. Todos lo felicitamos por su ventura y quedamos de asistir al día de campo, que tuvimos en una casa de la Orilla(46) con mucho placer, pues vimos que don Dionisio era completamente otro hombre.

En la siguiente semana(47) a su llegada, traspasó don Dionisio una tienda de ropa en el Parián,(48) cerca de una(49) que ya tenía don Modesto con buen capital, a que había subido por su continuo afán y(50) cuidado y economía de Pudenciana, que no olvidando las lecciones de su padre y ejemplo de Matilde, hacía la felicidad de su marido, al mismo tiempo que cuidaba atentamente de la educación de dos niños y una niña que ya tenían, y cuyas primeras impresiones estaba haciendo por sí, decidida a no mandarlos a las [a]migas, a donde más bien van a corromperse los niños que a aprender, porque las maestras no son capaces de nada y todo se les va en regañar, gritar, arremedar,(51) coscorronear,(52) azotar y nada de enseñar, porque o a ellas no las enseñaron, o no tienen genio, método ni empeño para el lleno de sus deberes.

Abierto el cajón de don Dionisio, que ya, si bien trataba con amor a su familia, no la permitía los anteriores despilfarros, presentaba las mejores esperanzas; pero fue el caso que allí mismo no faltaron imprudentes que so color de amistad le fueron imponiendo de la conducta toda que durante su ausencia observaron su mujer e hija, lo que no dejó de desazonarlo, e indisponiéndose más por las impertinentes solicitudes de una y otra que anhelaban por sus antiguas tertulias, teatro, etcétera, etcétera, a los tres meses de venido, por un baile que emprendieron ellas, y a que no quiso acceder, riñeron marido y mujer de tal modo, y dijo ella tantos insultos a él, que le ocasionó una gran cólera, se le derramó la bilis y en seguida le dio una fiebre que se le agravó en momentos.(53) Siete días estuvo en una terrible incertidumbre con la mayor(54) asistencia(55) de doña Matilde y Pudenciana, que acudieron a ese efecto y para el que ayudó(56) nuestra Quijotita, como una hija que ya conocía cuánta falta le hacía su padre. No así Eufrosina, que en los primeros días apenas entró alguna vez a la recámara, y no cuidó de verle más. Estaba sentada con una aparente melancolía; pero jamás le vieron echar una lágrima. [Una] vez se le dijo que su marido daba señales de conocimiento y se determinó a verle; le dijo dos palabras, salióse luego dando algunos suspiros y nada más. El coronel, aprovechando los momentos, hizo llamar un escribano, y don Dionisio hizo su testamento en que nombraba de heredera a su hija, mandó que el quinto de sus bienes se emplease en misas por su alma y la de su tío y bienhechor don Ambrosio Langaruto, y aunque mi tutor lo resistió bastante, quedó nombrado albacea, con el mayor sentimiento suyo, de su familia y mío, porque veíamos las incomodidades que esto le traería.

Finalmente, don Dionisio volvió a agravarse y, después de sacramentado, rodeado de sus amigos, parientes e hija, expiró. La ingrata Eufrosina no pasó de la pieza inmediata, y más presto(57) fue engaño que verdadero dolor, alguna lágrima que salió de sus ojos; asistió con entereza a todo cuanto pudo ocurrir para los funerales, y luego que estuvo enterrado [el cadáver],(58) se dedicó con el mayor escrúpulo a cuanto podía constituir más culto y perfecto su duelo. Toda la conducta de esa vil mujer estaba demostrando que nunca tuvo a su marido más que un amor interesado, que el gusto de su regreso fue porque esperaba volver con desahogo a su antigua vida, y que como esto se le alejó, porque el colmo de la desgracia había hecho cuerdo a su marido, le aborreció y acaso deseó su muerte para gozar a sus anchuras de aquel caudal.

Concurrieron a dar el pésame los parientes y amigos, y a la verdad, que al principio cada uno procuraba expresarse con tiento para no renovar una herida tan dolorosa; pero quedaban sorprendidos al ver la indiferencia de la viuda, y que ella misma suministraba argumentos consolatorios: —Me consuelo,(59) decía, que aún no soy muy(60) vieja. No tenía más que cincuenta y un año[s]. De allí a poco decía: —Me consuela que quedo con alguna cosa en el mundo.  Después de algún momento añadía: —Me consuelo con tener algunos parientes y amigos. No mucho después replicaba: —Me consuela que no tengo más de una hija ya grande y no feani sin gracias. Luego sucesivamente: —Me consuela que no tengo que estar sujeta a voluntad ajenasoy libre y sin sujeciónpodré hacer lo que quiera.

En suma, ella por sí misma andaba buscando y eligiendo motivos de consuelo, sin que alguno se fatigase en enjugar sus lágrimas, pues que no derramó alguna;(61)su amor era un amor interesado. Las mujeres de esta clase por su comodidad aman al marido. Cuando llegan a perderle, lloran su pérdida propia, sobre la que reflexionan; pero no la pérdida de un fiel compañero. Esto sucedió a Eufrosina: la pérdida del marido no le quitó las comodidades y abundancias, antes bien se las aumentó, porque quedaba absoluta e independiente; y por lo mismo en su imaginación no halló motivo de llorar y de lamentarse. Y así dijo con bastante energía una de sus amigas que fue a visitarla: —Esta señora tiene tantos consuelos,que se puede decir parece ha logrado muchas satisfacciones.

No se conducía así nuestra Quijotita, que aunque malamente educada, tenía una alma algo sensible, y no las tenía muy cabales(62) cuando recordaba todo lo que le pasó en la ausencia de su padre. Ella, huyendo de la concurrencia, se iba a alguna pieza apartada a llorar con doña Matilde y Pudenciana, que estuvieron allí los nueve días del duelo, lo mismo que mi tutor y don Modesto, que sólo salían a cosas precisas y volvían a la casa mortuoria, mientras yo sólo iba a ratos y volvía a cuidar de las otras dos casas que me habían encargado.

 


(1)  4ª: "estaba".

(2)  4ª omite "y".

(3)  4ª: "y".

(4)  3ª y 4ª: "ni".

(5)  3ª y 4ª omiten "todos".

(6)  4ª omite "toda".

(7)  monte. Juego de invite y azar, en el cual la persona que talla saca de la baraja dos naipes por abajo y forma el albur, otros dos arriba con lo que hace el gallo, y apuntadas a estas cartas las cantidades que se juegan, se vuelve la baraja y se va descubriendo naipe por naipe hasta que sale alguno de número igual a otro de los que están apuntados, el cual de este modo gana sobre su pareja.

(8)  4ª: "una".

(9)  4ª: "para las".

(10)  3ª y 4ª: "tributan".

(11)  3ª y 4ª omiten "esto".

(12)  4ª: "puede".

(13)  4ª: "en el".

(14)  4ª: "las".

(15)  4ª omite "más".

(16)  4ª: "dar".

(17)  Chihuahua. Ciudad capital del actual Estado del mismo nombre.

(18)  reales. Cf. nota 35 al cap. IV del t. II.

(19)  Puebla. Cf. nota 19 al cap. III del t. III.

(20)  4ª: "sobrina".

(21)  Durango. Ciudad capital del actual Estado del mismo nombre.

(22)  4ª omite "de".

(23)  4ª omite "encima de su papelera".

(24)  4ª: "se avisara".

(25)  4ª omite "y".

(26)  Añadido en 4ª.

(27)  4ª omite "a".

(28)  4ª: "sobrina".

(29)  4ª omite "y".

(30)  4ª: "contra".

(31)  Añadido en 3ª y 4ª.

(32)  4ª omite "que".

(33)  Añadido en 4ª.

(34)  4ª: "de que".

(35)  4ª omite "con".

(36)  calle de Vergara. Primera y segunda de Bolívar.

(37)  Añadido en 4ª.

(38) síndico del concurso. Sujeto que en un concurso de acreedores o en una quiebra es el encargado de liquidar el activo y el pasivo del deudor.

(39)  3ª y 4ª omiten "porque".

(40)  4ª: "mas era lo menos en que ellas".

(41)  4ª: "vencióse".

(42)  Añadido en 3ª y 4ª.

(43)  Añadido en 3ª y 4ª.

(44)  4ª omite "y".

(45)  Añadido en 3ª.

(46)  Orilla. Cf. nota 108 al cap. X.

(47)  3ª y 4ª: "semana siguiente".

(48)  el Parián. Mercado que se estableció en la Plaza de Armas de México. Se terminó en 1696. Se incendió en 1829, pero siguió funcionando hasta que fue demolido por orden del presidente Antonio López de Santa-Anna en 1843.  Ocupaba un cuadrilátero en el ángulo suroeste de la Plaza citada.

(49)  4ª: "otra".

(50)  3ª y 4ª omiten "y".

(51)  4ª: "remedar".

(52)  coscorronear. Dar coscorrones o golpes en la cabeza.

(53)  4ª: "y le dijo ella tantos insultos, que de resultas de tan grande cólera y derramamiento de bilis, le dio una fiebre que se agravó en momentos".

(54)  4ª omite "con la mayor".

(55)  4ª: "asistido".

(56)  4ª: "ayudándolas".

(57)  3ª y 4ª omiten "presto".

(58)  Añadido en 4ª.

(59)  4ª: "consuela".

(60)  4ª: "una".

(61)  4ª: "no ha derramado ninguna".

(62)  cabales. Completas.