CAPÍTULO XI

 

En el que se cuenta una conversación que tuvo el coronel con

su sobrina Pomposa,y la gran cólera que hizo ésta 

cuando supoque le habían puesto Quijotita

 

Al día siguiente fue Pomposa, alias la Quijotita, a visitar a Pudenciana, para que le hiciera un cordón de chaquira(1) de que colgar un retrato suyo. Estaban las dos muy divertidas mirando la miniatura, cuando entró el coronel a su cuarto, y le dijo Pudenciana: —Mira papá, qué bonito está el retrato de Pomposa. —Sí está, en efecto, y ya quisiera tu prima parecerse en todo al retrato. —¿Pues qué, el retrato no se parece a mí?, dijo Pomposa. —Él se parece a ti, le respondió su tío; pero tú no te pareces a él, porque el retrato tiene dos ventajas que tú no tienes.  La primera es que está muy bien asegurado con el cerco y no le da ni el polvo, por estar debajo de vidrios; y tú no tienes mucha seguridad. ¿Con quién veniste? —Con la recamarera. —¿Y tu madre por qué no vino contigo? —Porque estaba ocupada. —Cualquiera ocupación importa menos que acompañarte, y no dejarte andar sola en la calle. —¿Pues no le digo a usted que no vine sola, sino con la recamarera? —¡Grande persona para que te cuide! —¡A Dios, tío!,(2) ¿pues qué me ha de suceder? —¿Cómo qué?, darte un tropezón. —¿Qué tropezón me he de dar? Si ya soy grande. —Por lo mismo. Las niñas grandes son las que tienen más riesgo de tropezar, y cuando en uno de esos tropiezos caen de espaldas, no sanan del golpe en su vida. —Pues yo tendré cuidado de no caerme, tío. —Dios lo quiera. —¿Y no me dice usted cuál es la otra ventaja del retrato?

—¿Por qué no?, mira: el retrato, guardadito como está, puede durar cuarenta o cincuenta años sin que se le bajen los colores, ni se le entristezcan los ojos. De aquí a ese tiempo estará tan bonito como ahora; pero tú, si vives entonces, ya serás una vieja arrugada y regañona. ¿Dime si no quieres parecerte al retrato en la conservación de tu hermosura?

—Es verdad, tío; pero yo he oído decir, que la que es buena moza es buena vieja. —Eso has oído decir tú; mas yo no he visto ninguna vieja que sea buena moza. Todas las viejas son viejas, y ninguna es bonita. La belleza de las mujeres tiene tres enemigos, y ninguna se escapa de caer en manos de alguno de ellos. O la enfermedad, o la vejez o la muerte dan cuenta de ese frágil don de la naturaleza. Una fiebre, unas viruelas mal asistidas u otro accidente, dejan de la noche a la mañana(3) fea a la muchacha más bonita; si no es esto, y viven sanas las hermosas, los años les arrancan los dientes, le emblanquecen el pelo, les pliegan y manchan el cutis y las desfiguran de modo que ni ellas mismas se conocen al verse en el espejo. Sólo una muerte temprana las libra de caer en la fealdad.

—¡Ay, tío!, pues mas que me muera yo muchacha, como no me ponga fea. —Ésa es mucha presunción, hija mía; estás muy pagada de tu hermosura, pero no te engañes. Mejor es que conserves la belleza de tu espíritu que la de tu cuerpo. Ésta es una prenda de la naturaleza que debes apreciar, y darle por ella infinitas gracias a su Autor; pero no debes de ninguna manera fiar tu felicidad de tu carita.

La belleza de las mujeres puede ser el origen de sus dichas o de sus desgracias temporales, según el uso que hicieren de ella; pero como por lo común hacen mal uso, se sigue que apenas hay bonita que no sea desgraciada, especialmente entre las pobres.

La carita hermosa es el imán de infinitos seductores; éstos cercan al dueño y tratan de poner todos los medios para rendir su honestidad y su recato. Si entre estos medios se cuentan las dádivas y las promesas de parte de los hombres y la necesidad de parte de las mujeres, será casi un milagro hallar entre mil de éstas una siquiera que tenga la firmeza necesaria para resistir tan poderosa tentación.

Por lo regular estas bonitas se rinden [muy](4) fácilmente, y rendidas a uno, después son el estropajo de todos. Andan de mano en mano como en el juego de los dados; y éste es el modo más corriente con que se labran su desgracia.

Las hermosas ricas no están muy libres de estos peligros. También se ven acosadas de enemigos que las seducen incesantemente, aunque el maldito interés no influye en ellas tanto.  Este medio inicuo, tan poderoso cuando se encuentra con la necesidad de la mujer, no tiene fuerza ninguna o, a lo menos, se debilita mucho cuando ésta no conoce la pobreza; por eso pienso yo que hay menos ricas infelices que pobres.

¿No has oído decir que la fortuna de la fea la bonita la desea? (5) Pues esto no significa otra cosa sino que hay algunas mujeres que, no habiendo logrado de la naturaleza unos rostros hermosos, se dedicaron a cultivar su espíritu con la virtud y la instrucción para hacerse amables de los hombres; y como éstos, cuando son prudentes, solicitan mejor para casarse una mujer que no una miniatura, de ahí es que muchas de éstas no bellas encuentran algunas veces unos hombres de bien que las estimen, conociendo el mérito que tienen, y de esta suerte puede una fea(a)a labrarse su fortuna; fortuna que deseará tal vez una bonita que, no teniendo más atractivo que su cara, pasa mala vida, o(6) porque habiéndose concluido los días de su belleza, la aborreció el marido, que sólo se casó con ella por bonita, o porque, aun cuando le dure el palmito,(7) el marido satisfecho, y aun cansado de placeres, comienza a ver los defectos que no vio cuando la pasión lo tenía ciego, y entonces la riñe; ella se resiente, como no acostumbrada sino a caricias. De estas riñas y continuas incomodidades se engendra el recíproco desprecio, precursor, casi siempre, de un aborrecimiento eterno.

Y en efecto, después de cuatro o cinco meses de casados, ¿de qué le sirven al marido los bellos ojos de su esposa, que ni saben ver por sus intereses, ni aun ven lo que pasa dentro de su propia familia? ¿Con qué gusto oirá este hombre porfías, retobos y tal vez amenazas de una boca hermosa y encarnada? ¿Para qué querrá unas manos torneaditas y bien hechas que no saben hacer otra cosa sino gastar en lujos y desperdicios lo que él adquiere con tarea, y acaso con peligro y responsabilidad? ¿Qué complacencia tendrá en que su mujer tenga un pie pequeño, si no para en su casa en todo el día? ¿Para qué quiere tener un cielo en la cara de su mujer, si no lo ve alegre ni sereno, sino siempre obscuro y tempestuoso por razón de sus malos modos y disgustos? ¿Y por último, el marido que pasa una vida tan amarga, se la dará muy dulce a su mujer?

De todo lo dicho debes sacar dos consecuencias, y asentar un principio que te será muy útil en el discurso de tu vida. Primera: que siendo la belleza de la mujer un bien tan fugaz y(8) tan frágil, que se pierde con cualquiera grave enfermedad, e infaliblemente con la vejez, será harta imprudencia fiar en ella una felicidad constante. Segunda: que los defectos del cuerpo se hacen muy tolerables, compensados con las perfecciones del espíritu; pero los defectos de una alma grosera o(9) corrompida con los vicios, jamás pueden hacerse tolerables, aunque se escondan bajo de un rostro hermoso. Conque, según eso, será prudencia y conveniencia propia (éste es el principio que no debes olvidar) de la mujer trabajar por ilustrar su entendimiento con la instrucción y adornar su alma con las virtudes morales, cuyos medios son más eficaces que la belleza de la cara para hacerla amable de los hombres sensatos y conducirla a una felicidad sólida y permanente.

¡Eh!, infaliblemente(10) ya les he dado un rato de conversación. Sigan ustedes ensartando su chaquira. Diciendo esto, se retiró el coronel y las dejó solas.

—¡Ah caramba, niña, y qué tieso es mi tío!, decía Pomposa; mira qué sermón tan largo nos ha echado en tanto que el aire.(11) ¿Qué siempre es así? —¡Siempre, contestaba Pudenciana; mi papá no deja ocasión en que no me instruya con buenos documentos y consejos. Dios se lo pague y me lo guarde muchos años. —¡Ay niña!, ¿pues qué te gusta que te estén sermoneando todo el día? —Como esos sermones se reducen a mi bien, no me enfadan; antes los agradezco como es justo. —Es verdad; pero lo harás tú, que ya está hecha. Yo como no estoy acostumbrada, no sé qué se me había de hacer que me estuvieran predicando sin cesar. —Pues hermana, si no te gusta oír a mi papá, no vengas a mi casa, porque yo no le he de decir que se calle la boca por no disgustarte.  A más, que la instrucción de ahora te la dijo a ti para que yo la entendiera. Le tengo bien comprendido su modo, así no creas que dirigió el sermón a ti.

—Pero, después de todo, proseguía Pomposa, mi tío es muy escrupuloso, muy tétrico y adusto; me parece que te tiene en un puño, y que te pasarás una vida de una monja recoleta. —Pues te engañas de medio a medio, porque mi papá me quiere mucho, y tiene un genio muy dulce y muy afable, y me da gusto en cuanto quiero. Si vieras cómo me acaricia, como si fuera una criatura de tres años, variaras(12) de concepto y aun te llenaras de envidia si lo vieras cuando estoy enferma. ¡Jesús si es mucho! De un dedo que me duela, ya no sabe el pobrecito de papá qué hacerse conmigo. Él me cura, me contempla y me chiquea(13) con la mayor ternura. Yo fuera la hija más ingrata del mundo si dejara de agradecer estas(14)finezas. No tengo con qué pagarlas sino con amarlo mucho, y dárselo a entender, obedeciéndolo en cuanto me manda, y esto lo haga tan de buena gana, como que conozco que nada me manda ni me aconseja que no sea por mi bien.

—Pues entonces yo me había engañado en pensar que te regañaba mucho y que te tenía muy oprimida; pero siendo como me dices, haces bien de quererlo tanto. Lo mismo será mi tía, ¿no es verdad? ¡Lo mismo! Sí, mi mamá es un terrón de amores. —Así son mis padres, niña. En todo me dan gusto, decía Pomposa. No hay baile, tertulia, paseo, comedia ni fiestecita a que no me lleven; no hay moda en que yo no entre, y de las primeras; no hay amiga que no me consientan; no hay visita adonde yo no vaya; no hago cosa que no me alaben,(15) y si hago algo malo, todo me lo sufren con prudencia. En fin, ellos me dan gusto en cuanto hay, y yo puedo decir que soy dueña de mi voluntad, porque hago cuanto se me da la gana, sin que jamás se me embarace; porque si alguna vez tienta el diablo a mis padres, y no quieren llevarme a algún bailecito, o dejarme ir a una visita, yo ya sé el remedio: pongo mal modo(16) y no como en todo el día; y si esto no vale, lloro, y si no me vale llorar, me finjo enferma, y entonces ya no saben qué hacer para consolarme; pero esto es muy de tarde en tarde, porque como les doy tanta guerra y les cuesta tanto trabajo contentarme, ya se guardan muy bien de incomodarme; y así yo los quiero mucho, como debo, pues tengo tanta confianza con ellos como tú con mis tíos, aunque es verdad que no les hablo de , porque dicen que eso(17) es mala crianza y que los hijos deben hablar a sus padres de usted para que siempre les conserven el respeto.

—Vaya, ese vestido me lo han cortado a mí tus padres, dijo Pudenciana. Mis tíos sabrán lo que dicen; pero, según papá, el respeto de los hijos a los padres consiste en la obedicencia, no en el tratamiento, pues éste puede ser en sí indiferente; y en caso de que sea lo mismo hablarles de tú que de usted, como en efecto lo es, mejor es hablarles de tú, porque(18) este tratamiento sin ser grosero inspira más confianza: virtud necesaria en los hijos para amar a sus padres y seguir sus consejos con firmeza.

Entre los antiguos nunca se usó el usted. Todos se hablaban de tú lisa y llanamente, sin que por eso dejasen de respetar el hijo al padre, el criado a su amo, el esclavo a su señor, el vasallo a su rey y todo súbdito a su respectivo superior.

La diferencia de tratamientos se ha introducido por la soberbia de los hombres; pero no por una necesidad, pues sin ellos sabían(19) hacerse respetar.

El tratamiento de tú ciertamente que inspira mucha confianza; ¿pero de qué confianza no es digno un padre y una madre? Nuestros padres nos engendraron, nuestras madres nos concibieron y alimentaron en sus vientres, y nos han nutrido con su sangre, la de ellos circula en nuestras venas, tenemos su misma substancia, somos unos con ellos mismos y, para decirlo de una vez, nuestro cuerpo es una parte del suyo. ¿Habrá cosa más conexa y de más íntima relación? No tienen tanta entre sí el marido y la mujer, y es corriente que se hablen y se traten de .

Todo esto dice mi papá y en efecto, yo conozco que es una preocupación ridícula el creer que es preciso que los hijos traten de usted a sus padres para que les conserven el respeto. Yo trato de tú a los míos, y a fe que no soy capaz de verlos disgustados un momento por mi causa.

Pero, por último, dime hermana, ¿a quién debemos tener más respeto a Dios o a nuestros padres? A Dios seguramente me has de responder;(20) ¿y quién fue el mejor maestro de los hombres en todo, Jesucristo o los, [mismos](21) hombres? Jesucristo dirás. Pues Jesucristo nos enseñó a llamarle de tú cuando llamamos a Dios como padre. Conque mira qué fuera de razón van los que se escandalizan de que los hijos traten de tú a sus padres.

—Dices muy bien, contestaba Pomposa; pero es fuerza que tú sigas la doctrina de tus padres, y yo la de los míos. Cada uno sabe lo que nos enseña, y a nosotros no nos toca sino seguir sus ejemplos y hacer lo que nos dicen que hagamos.

Estas conversaciones tuvieron mientras tejían un pedazo del cordoncito. A la hora regular comieron, durmieron la siesta, y a la tarde llegó el coche para llevar a su casa a Pomposa. Ésta le rogó a Pudenciana que no dejara de ir el jueves próximo; porque había frasca(22) y se iba a celebrar el jueves de compadres y quería que la acompañara. Quedaron en eso, y se despidió Pomposita de sus tíos.

Pero como no hay plazo que no se cumpla, llegó el jueves, y doña Eufrosina envió a convidar al coronel y su familia para que fueran a su casa.

En efecto, fueron todos el jueves, no a la hora señalada sino después de almorzar; pero ¿cuál fue la sorpresa del coronel, de Matilde y Pudenciana al hallarse con la sala llena de gente, y a Pomposa enmedio muy colorada, y hecha una víbora de rabia, con un papel en la mano diciendo:  —Los colegiales, sí, los malditos colegiales me han puesto por mal nombre Quijotita. ¿Qué me ven esos malditos de Quijota? ¿Soy yo acaso loca flaca, ni trigueña como don Quijote? ¿Soy hombre? ¿Tengo rocinante? ¿Tengo escudero? ¿Acometo molinos de viento, ni hago ninguna fechoría como dizque hacía ese buen señor, que en paz descanse? Pues, ¿por qué me han de llamar Quijotita? Maldito sea el que tal nombre me puso, y ojalá yo supiera quién fue, que me la había de pagar; le había de decir que era un grosero, indecente y malcriado, y se había de acordar de mí para todos los días de su vida; pero ya que no lo conozco, a lo menos les prometo que no ha de volver a pisar mi casa ni un(23) colegial.

De esta manera se explicaba Pomposita, hecha una furia, hasta que el coronel le dijo: —Vaya, vaya, ¿qué te han hecho los colegiales, que estás tan enojada con ellos? —Qué me ha de suceder, tío, respondió Pomposa; qué me ha de suceder. Esos pícaros, groseros, indecentes, me han puesto por mal nombre Quijotita, y me lo han dicho casi en mis bigotes.

Mire usted qué atrevimiento. Este papel me dejaron esos condenados dentro del clave. Quién sabe cómo diantres lo pusieron sin que yo lo viera, y luego luego se despidieron y se fueron.

Decir esto Pomposa, y poner el papel en manos de su tío, todo fue uno. Entonces el coronel se sentó, y como había muchas personas de visita, lo hubo de leer en alta voz, y todos oyeron que decía ni mas ni menos como sigue:

 

Pomposa, aunque seas bonita,
y aunque ves que te queremos,
no por eso dejaremos
de llamarte Quijotita;
y pues tu locura incita
a ponerte este renombre
ten paciencia y no te asombre
que ya sea en prosa, o [ya](24) en verso,
diga todo el universo
Quijotita sea tu nombre.

 

Acabó de leer el coronel, las visitas prudentes se sonreían, y las no prudentes soltaron las carcajadas, con lo que se puso de peor condición Pomposa, y echando espuma por la boca decía: —¿Qué dicen ustedes? ¿No son infamias las de estos perros, malcriados, indecentes? ¿Quijotita yo? ¿Yo Quijotita? ¡Voto a mis pecados! Esto no es sufrible. ¿Qué me habrán visto de quijotita(25) estos malditos? Peor como vuelvan, yo les prometo que les he de decir cuántas son cinco, y los he de echar muy mucho noramala de mi casa.

Así se explicaba la dolorida Pomposa, y por más que hacían sus padres y las visitas por consolarla, diciéndole que quién hacía caso de esas cosas [y](26) que todo ello no pasaba de un mero juguete de muchachos, ella no se aquietaba, sino que con lágrimas y gritos repetía el nombre de Quijotita, y tanto, que no quedó ni un criado que ignorara el chiste y el nuevo dictado o título de su ama, a la que después no conocían por otro nombre allá(27) entre ellos, a lo menos cuando ésta los reñía con aspereza.

El coronel procuró que Pudenciana llevara a su prima Pomposa a la recámara y cuando lo hizo, se levantó, fue adonde estaba y le dijo: —Mira, no seas tonta; con esos gritos y escándalos que has dado no has hecho otra cosa sino perfeccionar la obra de los colegiales. Ninguna necesidad había de que todos esos señores y señoras que están en la sala hubieran sabido que te habían puesto ese nombre. Si tú hubieras visto el papel sola, y lo hubieras ocultado con disimulo, habrías frustrado los maliciosos designios de ellos, y todo se quedaría oculto; pero con tus alharacas no ha quedado perro ni gato que no sepa que te han puesto por mal nombre Quijotita.

Aunque es una grosera y malvada costumbre el(28) poner nombres, y aunque es fuerza que se incomode aquel a quien se le[s] pone, es también cierto que nadie puede agraviarnos sino hasta donde nosotros querramos [sic] que nos agravie. Muchas veces es mayor nuestra cólera que la injuria que nos hacen, y hay injurias que ni merecerían este nombre si nosotros no las calificáramos de tales.

Es increíble el partido tan ventajoso que podemos sacar de tener tantita(29)prudencia y cachaza para disculpar a nuestros semejantes. Estas palabras:inadvertenciaequívocochanzatontera, etcétera, valen un potosí para ahorrarnos de un sinfín de cóleras y pesadumbres al cabo del año, cuando las sabemos acomodar a tiempo. Por ejemplo: si uno gasta conmigo una desatención, y yo no quiero incomodarme, la juzgaré por(30) una inadvertencia, de que todo hombre es capaz, y en este caso lo disculparé y ya no me daré por sentido.

Lo mismo te hubiera sucedido a ti, si hubieras reflexionado en que los colegiales son jóvenes, alegres, capaces de divertirse con un entierro y de chancear con un anacoreta. En este caso, tú te hubieras reído y hubieras tratado de vengarte de ellos ingeniosamente y con secreto; pero como pensaste que atropellaron tus respetos y los de tu casa, y atribuiste a una grosería imperdonable su travesura, te incomodaste mucho, creyéndote no menos que infamada sin razón por una gente soez.

Mas ya se acabó todo, hija; ya se acabó. Serénate, sal afuera, preséntate alegre, como siempre, en la tertulia, y no vuelvas a hablar sobre el asunto.

Algo se serenó Pomposa con los consejos del coronel; pero ya llegaron tarde. El daño estaba hecho, y desde entonces comenzó a ser conocida entre todos por la niña Quijotita, lo que no habría sido si ella hubiera sabido disimular. ¡Qué cierto es que la prudencia [lo](31) compone todo, mejor que los gritos y los escándalos!

En fin, aquella mañana se pasó en bullas, brindis y alegría a cuenta del bolsillo de don Dionisio; pero se festejaron los compadres. A la noche se dispuso el baile, y a las diez se retiró el coronel con su familia.

 


(1)  chaquira. Cf. nota 5 al cap. VII del t. II.

(2)  ¡A Dios tío! Frase generalmente interjectiva más o menos equivalente a ¡Vaya! ¡Por Dios! Aún se emplea en el norte de la República Mexicana.

(3)  4ª: "de la noche a la mañana dejan".

(4)  Añadido en 4ª.

(5)  la fortuna de la fea la bonita la desea. Según algunos, refrán que da a entender que la suerte favorece a quien menos podrá esperárselo. El texto la toma en sentido literal.

(a)  Se habla de una de aquellas feas que no espantan, no de una deforme espantosa. ¡Oh qué notita [4ª: "noticia"] tan consolatoria!

(6)  4ª omite el texto que va desde "o por que." hasta "se la dará muy dulce a su mujer".

(7) palmito. "Úsase hablando del rostro especialmente de las mugéres: y así se dice buen palmito." Cf. Diccionario de autoridades.

(8)  4ª omite "y".

(9)  2ª, 3ª y 4ª: "y".

(10)  3ª y 4ª: "insensiblemente".

(11)  en tanto que el aire. Equivalente a "como si nada". En el cap. VI del t. II de El Periquillo emplea: "En tanto que el aire, se hizo la hijuela y partición de bienes".

(12)  2ª, 3ª y 4ª: "variarías".

(13)  chiquea. Cf. nota a al cap. I.

(14)  2ª y 4ª: "sus".

(15)  1ª, 2ª y 3ª decía "alaban". Corregimos de acuerdo con la 4ª.

(16)  pongo mal modo. Equivale a pongo mala manera, mala maña, no uso ninguna cortesía, moderación o urbanidad.

(17)  2ª, 3ª y 4ª omiten "eso".

(18)  2ª, 3ª y 4ª omiten "porque".

(19)  4ª: "sabrían".

(20)  2ª, 3ª y 4ª: "Seguramente me respondes que a Dios".

(21)  Añadido en 4ª.

(22)  frasca. Cf. nota 45 al cap. VII.

(23)  2ª, 3ª y 4ª: "ningún".

(24)  Añadido en 4ª.

(25)  4ª: "quijotita".

(26)  Añadido en 4ª.

(27)  3ª y 4ª omite "allá".

(28)  2ª: "de".

(29)  4ª: "tanta".

(30)  2ª, 3ª y 4ª: "como".

(31)  Añadido en 4ª.