CAPÍTULO XI

 

Admite un mal consejo y va al Morro de La Habana(1)

 

 

¿Quién será capaz de negar la utilidad que nos proporcionan los amigos con sus saludables consejos? Este amigo, para ahorrar palabras, me persuadió a que le acompañara a robar cinco mil pesos a un viejo comerciante que pensaba que dormía solo.

Yo bien instruido en el precioso decálogo, y sabiendo que la necesidad no está sujeta a las leyes comunes, admití el consejo; emplazamos día y hora; fuimos a la tienda a las ocho de la noche, entramos para sorprender al dueño, y pensando hacer algo de provecho, cerramos la puerta con llave; pero nos echamos corral nosotros mismos, porque salieron a un grito del viejo cuatro mozos armados, nos pusieron las pistolas en los pechos, nos amarraron y nos llevaron a la cárcel. No pudimos negar las intenciones, y por sólo ésta nos condenaron a dos años de presidio en el Morro de La Habana, y los fuimos a cumplir contra toda nuestra voluntad.

En aquella ciudad fuimos de bastante provecho, porque compusimos los castillos de la Punta y del Príncipe;(2) servimos en los arsenales; cooperamos al mejor orden de la policía en la limpieza e hicimos otras cosas tan útiles como éstas.

Bastantes hambres, desnudeces y fatigas tuvimos que sufrir en este tiempo; pero lo más insoportable era el trato duro, soez y aun cruel que nos daba el cómitre(3)  maldito, bajo cuya custodia trabajábamos. Ya se ve, era un mulato, ruin y villano, poco acostumbrado a tratar a los caballeros de mi clase; y así cuando se le antojaba, o le parecía que no andábamos ligeros, nos sacudía las costillas con un látigo. Esto me hacía rabiar, y os aseguro que a no haber estado indefenso y atado con una cadena, a modo de diptongo, con mi amadísimo compañero, yo le hubiera hecho ver a aquel infame cómo debía portarse con los caballeros de mi rango.

No obstante, puse al gobernador un escrito quejándome de los malos tratamientos de aquel caribe, alegándole mi notoria nobleza y presentándole mis ejecutorias y papeles. Pero como la fortuna se complace en abatir a los ilustres y perseguir la inocencia, el señor gobernador no sólo no me hizo justicia, sino que me exasperó con el decreto siguiente:

La nobleza se acredita con buena conducta mejor que con papeles. Sufra esta parte sus trabajos como pueda, pues un ladrón ni es noble, ni merece ser tratado de mejor modo.

¿Qué os parece, queridos compañeros? ¿No fue ésta una injusticia declarada del gobernador? Sí, ciertamente; y yo me irrité tanto, que maldije a cuantos nobles hay; rompí los papeles, los masqué y los eché al mar hechos menudos pedazos, pues que de nada me servían.

Pasaron por fin los dos años, se me dio mi libertad, y me volví a México, mi patria; pero como ya había roto mis ejecutorias y abjurado de toda cosa que oliera a nobleza, me dediqué a divertirme y a buscar la vida sin vergüenza.

Degeneré de la ilustra familia de los catrines y me agregué a la entreverada de los pillos. Cuando tenía un pedazo de capote o una levita dada, me asociaba con los pillos de este traje, y cuando no, le sabía dar bastante aire a una frazada y acompañarme con los que las usaban, uniformando siempre mis ideas, palabras y acciones con aquellos de quienes dependía.

Entre las ventajas que conseguí en el presidio, cuento tres principales, que fueron: perder toda clase de vergüenza, beber mucho y reñir por cualquier cosa. Con esto la fui pasando así, así. Mis amigos eran todos como yo, mi ropa y alimento, según se proporcionaba; mi casa, donde me cogía la noche, mis tertulias, los cafés, billares, vinaterías, pulquerías(4) y bodegones.

Después de todo, por bien o por mal, yo no me quedaba sin comer, beber y andar las calles, y esto sin trabajar en nada; pues me dejó tan hostigado el trabajo de los dos años de La Habana, que juré solemnemente e hice voto de no volver a trabajar en nada en esta vida; juramento que he cumplido con la escrupulosidad propia de una conciencia tan ajustada y timorata como la mía.

En medio de las necesidades que persiguen a todo literato, hombre de bien como yo, solía verle la cara alegre a la fortuna algunas veces, y en éstas, si me habilitaba de algún punterillo(5) razonable, me vestía decente, y concurría con mis primeros amigos, pues así como la cabra se inclina al monte, así yo, quién sabe por qué causa,(a) me inclinaba a la catrinería aunque después de haber olvidado mi nobleza.

Mas no penséis que la fortuna se me mostraba alegre por sola su bondad o su inconstancia, sino porque yo hacía mis diligencias tan activas y honestas como la que os voy a referir.

Una vez que andaba vestido de catrín y sin medio real,(6) encontré a una mujer que vendía un hilo de perlas en el Parián,(7) y pedía por él ochenta pesos. Ajusté el dicho hilo en sesenta y ocho; la mujer convino en el ajuste; la llevé a un convento, diciéndole que lo vería mi tío el provincial, que era quien me lo había encargado para mi hermana su sobrina. La buena mujer me creyó sobre mi frac y mi varita; me dio el hilo; se fue conmigo al convento; la dejé esperando en la portería su dinero, y yo, como los cuentos, entré por un callejoncito y salí por otro; esto es, entré por la portería y salí por la puerta falsa. La zonza(8) aún me estará aguardando. Yo en la tarde vendí el hilo en treinta pesos a un pariente marcial, que al ver la barata lo compró sin pedirme fiador ni mosquearse(9) para nada, después que le advertí que no lo vendiera en México. Tales eran mis ingeniadas. ¿Y esto no prueba un talento desmedido, una conducta arreglada y un mérito sobresaliente? Que respondan los catrines y los pillos.

En una de estas vueltas de mi buena suerte, estando en un café, fue entrando el pobre Tarabilla, mi antiguo amigo y compañero de armas y de vivienda, de quien os hablé en el capítulo tercero; pero ¡cómo entró el infeliz!, con un uniforme viejo de teniente retirado y con dos muletas, porque estaba cojo de remate.

—Catrín, amigo, me dijo, ¿aquí estás? —Sí, viejo, aquí estoy, le respondí; ¿qué milagro que te veo? Mas ¿qué te ha sucedido? ¿Has perdido tus movimientos en algunas campañas? ¡Pobre de ti! Así habrá sido. Siéntate y pide lo que quieras.

Él pidió lo que más apetecía, y me dijo: —¡Ay hermano! Venus me ha maltratado, que no Marte. Cinco veces ha visitado Mercurio las médulas de mis huesos, haciéndome sufrir dolores inmensos; he jurado no volver a provocar al enemigo; pero apenas le he visto cuando me he olvidado del juramento: le he acometido y siempre he salido derrotado. En una de estas campañas, como se apoderó de mí, ya débil y mal herido, me redujo a la última miseria; me hizo su prisionero; me obligó a ejercitar el humilde oficio de picador, haciéndome sujetar dos brutos; mi habilidad no pudo domar su brío; ellos pudieron más que yo, y en una de las caídas que me dieron quedé tan mal parado como ves.

A seguida nos contó todas sus aventuras, señalando no sólo sus cómplices, sino sus nombres, señas, calles y casas donde vivían, con tanta puntualidad y tanta gracia, que todos nos reímos y nos admiramos de su memoria y de su chiste. Yo me burlé de su cojera grandemente.

¿Quién me había de decir que dentro de pocos días me había de ver en peor situación? Así fue, como lo vais a ver en el capítulo que sigue.

 


(1)  Morro de La Habana. Castillo a la entrada de este puerto. Su construcción fue iniciada en 1590. Fue destruido en parte por los ingleses en 1762 y reconstruido al año siguiente. Cf. Emilio Roig de Leuchsering. La Habana. Apuntes históricos, La Habana, 1939.

(2)  castillos de la Punta y del Príncipe. Fortalezas de La Habana. El segundo se inició en 1774 y se terminó en 1794.

(3)  cómitre. Persona que en las galeras tenía a su cargo la dirección de la barca, y el castigo de los remeros y galeotes.

(4)  pulquerías. Expendio de pulque.

(5)  punterillo. Puntero, puntual, "en el sentido de pequeño negocio que ayuda a vivir." Cf. Santamaría, Dic. mej.

(a)  El joven bien nacido, aunque no haya logrado una buena educación, o la haya desaprovechado, y aunque por desgracia se haya prostituido como nuestro héroe, se acuerda de cuando en cuando de su cuna, se avergüenza en su interior de su proceder y quisiera entonces volverse a ver en el paralelo de que se ha desviado.

(6)  real. Cf. nota 3 al cap. III.

(7)  Parián. Cf. nota 2 al cap. VI.

(8)  zonza. Zonza, insulsa, tonta.

(9)  mosquearse. Sin ponerse sobre aviso, sin desconfiar.