CAPÍTULO X

 

El que está lleno de aventuras



Dios nos libre de una mala hora, como dicen las viejas. Estábamos almorzando con la bonita muchacha, cuando se nos presentó un hombre con el sable desnudo, hecho una furia, quien, con una voz terrible como el trueno del rayo, dijo: —Esto quería ver yo,(1) tal; y diciendo y haciendo comenzó a tirarnos a los tres tantos cintarazos y cuchilladas, que no nos la podíamos acabar. La mujer cayó en el suelo al primer golpe, mi compañero acudió a defenderse con un puñal; yo sin armas agarré un plato de mole,(2) y lo derramé en la cabeza del valiente; éste se enfureció más de lo que estaba y me tiró un tajo, con tanto acierto y ganas, que por poco no me deja en el puesto, esto es, difunto; pero me dejó privado y con la cabeza como una granada.

Yo desperté en el hospital, y supe que quien me había hecho tan buena obra era no menos que [el] marido de la cusca(3) que llevó mi amigo; que éste fue a la cárcel, ella a un depósito, el marido a pasearse y yo al hospital en calidad de preso.

Allí pasé lo que sólo Dios sabe con los cirujanos, practicantes y enfermeros; puedo jurar que me maltrataron más con la curación que el celoso con las heridas que me hizo. Ya se ve que lo hacían por caridad.(a)

Por fin me dieron por sano, aunque yo no lo aseguraba, según me sentía; pero quise que no, fue preciso salir del hospital para ir a la cárcel, donde me levantaron mil testimonios, pues lo menos que decía el marido era que yo sería el al... alcalde, o qué sé yo qué cosa de su mujer.

El escribano quería dinero para defenderme, yo no tenía un real, ni mi amigo tampoco, por lo que se dilató la causa como un mes; pero, como es verdad que al salvo Dios lo salva, a instancias del marido se continuó el proceso, y resultó en sentencia definitiva que la mujer fuera al convento de San Lucas(4) por cuatro años, a pedimento de parte; el amigo mío y de ella a un presidio, y yo a la calle, amonestado de no volverme a meter en pendencias que nada me interesaban.

Salí por fortuna del mesón de la pita;(5) fui a mi casa o pedazo de casa que tenía, y me hallé más pobre, y tanto que no tenía ni para sostener la cascarita(6) o decencia aparente de un catrín.

Antes de esto era infeliz, no lo puedo negar; todos los días tenía que untar mis botas con tinta de zapatero y darles bola con clara de huevo, limón o cebolla; tenía mi fraquecito viejo a quien hacer mil caricias con el cepillo; tenía mi camisa que lavar, tender y planchar con un hueso de mamey;(7) tenía un pantaloncillo de punto, o de puntos que zurcía con curiosidad con una aguja; tenía una cadena pendiente de un eslabón, que me acreditaba de sujeto de reloj; tenía una tira de muselina que bien lavada pasaba por un fino pañuelo; tenía un chaleco verdaderamente acolchado de remiendos tan bien pegados, que hacían una labor graciosa y exquisita; tenía una cañita ordinaria, pero tan bien manejada por mí, que parecía un fino bejuco de la China; tenía un sombrero muy atento por su naturaleza, pues hacía cortesías a todo el mundo; pero con aguacola le daba yo tal altivez, que no se doblaría al monarca mayor del mundo todo, pues estaba más tieso que pobre recién enriquecido; tenía en fin mis guantes, viejos es verdad, pero me cubrían las manos; mi anteojo, mis peines, escobetas,(8) pomadas,(9) espejo, tocador, limpiadientes y otras semejantes chucherías,(10) y cuando salí de la cárcel, como lo más vendí para comer, no tenía nada.

Ya, amigos catrines, me tenéis reducido a la última miseria. No conocía camisa ni cosas superfluas, y era preciso andar decente para comer de balde, ¿cómo sería esto? Un frac y un pantalón quedó en mi baúl de tanto lujo, que no se pudo empeñar ni vender. A esto poco..., ¡lo que es la industria de un sabio!, le di tantos millares de puntadas, tantas teñidas y limpiadas, que el baratillo más diestro lo hubiera calificado por nuevo. Mis botas viejas quedaron, a merced del fierro y de la clara de huevo, tan lustrosas sicut erant in principio, el sombrero y chaleco lo mismo; pero para suplir la camisa no había cosa que lo valiera.

Yo debía comer al otro día, y para comer era menester salir a la calle a buscar a los amigos; de todo estaba prevenido; pero la falta de camisa me consternaba.

En medio de esta aflicción me acordé de que en otro tiempo tuve una camisa sola, y la apellidé camisola. Estaba tan perdida que no tenía sino el cuello y los vuelos u holanes pegados a un pedazo de trapo; mas como era preciso hacer de la necesidad virtud, los corté y compuse según pude. En esto y lo demás se pasó toda la noche.

Al día siguiente ya estaba yo en pelota(11) planchando mis vuelos, cuando se le antojó entrar al casero, y entró porque se le antojó, porque yo había vendido la llave de la puerta y no tenía con qué cerrarla sino con mi varita, que como era muy débil no pudo resistir el primer empujón del excomulgado casero; entró este maldito, me halló medio desnudo y planchando mi trapillo en un petate; me cobró con imperio de casero, a quien debía cinco pesos dos reales(12) de alquileres; con una mirada hizo balance de mis muebles; me cobró con resolución; yo saqué mis ejecutorias del baúl y le dije que a los caballeros de mi clase no se les cobraba de ese modo; que era un pícaro, malcriado e insolente; él se irritó con esto y me dijo que me sonara en mis papeles si no tenía dinero, que el pagar era justo, y que él no entendía de grajas;(13) y así o le daba su dinero o me mudara en el instante, pues cuando más me dejaría vestir, pero no sacar ni una hilacha, respecto a que con todo lo que veía no se cubría mi deuda.

—Es usted un plebeyo, le dije, un villano, un ruin, un ordinario; mis árboles genealógicos, los escudos de mi casa, mis ejecutorias y los méritos de mis mayores, que usted ve en estos papeles, valen más que usted y todas las casas de las monjas.

—Todo está muy bueno, respondió el casero; usted será muy caballero y muy noble, y tendrá infinitas pruebas de su lustre; pero las monjas no comen ejecutorias ni noblezas: ha de cubrir la renta, o se muda.

En éstas y las otras nos hicimos de razones; quise tomar una silla vieja para acabársela de romper en la cabeza; pero él cogió otra y nos dimos una aporreada de buen tamaño, hasta que entró la casera y nos contuvo; pero al fin el inicuo casero consiguió lo que quiso que fue lanzarme de la casa, quedándose con mi baúl y mi memela;(14) mas me dejó vestir, que en gentes de su clase fue una generosa heroicidad; pues si ha cabido en otros, ni aun eso me permiten.

Salíme avergonzado un poquillo; pero muy enojado, triste y con mis papeles debajo del brazo en solicitud de un amigo. Hallé un monigote alquilón que se compadeció de mí y me llevó a su casa.

Allí estuve algunos días; tenía una hermana bonita; me gustó, la enamoré, condescendió; fuimos amigos; el monigote lo supo; nos espió, nos cogió y me dio tal tarea de trancazos,(15) que volví a visitar el hospital.

Los jueces sentenciaron a su favor (¡desgracia de hombres buenos como yo!) y a buen librar salí del hospital desnudo.

No pude parecer entre mis amigos esta vez, y solicité el patrocinio de las hembras. Me llevó una buena vieja a su casa; tenía cinco doncellas a su cargo y en su casa, que era una accesoria; en la puerta negociaban su subsistencia; yo tenía que ver y callar para comer; pero también tenía que ir a traer pato, aguardiente, café y lo que querían mis señores.

Esta vileza no podía ser grata a un caballero de honor como yo era; y así determiné mudar de vida.

Consulté con mi talento y conforme el decálogo que había aprendido, y saqué que debía buscar mi comodidad a costa de todo el mundo.

Según estos principios, la noche que estaban todas más dormidas, hice un lío de su ropa y me marché para la calle.

Al día siguiente, antes que las buscaran, vendí todas sus prendas en el baratillo, me habilité de lo que me hacía falta y me retiré a un barrio muy distante del suyo.

Seguí como siempre, y era la fortuna que en todas partes encontraba catrines. Pasé, tal cual, algunos días; más al fin se me arrancó, y ya no hallaba almena de qué colgarme.

En medio de mi triste situación encontré un buen amigo que me animó, diciéndome que yo era para nada pues no sabía mantener un cuerpo solo; pero que me conocía talento muy propio para cómico, que solicitara una plaza de éstas y me acordaría de él.

Como lisonjeó mi vanidad, admití su consejo; fui al Coliseo;(16) pretendí una plaza, me dieron la de mite metemuertos(17) y yo por ver si era plaza de escala, la recibí con mucho gusto.

En poco tiempo quise a todas las cómicas, y no sólo a ellas, sino a cuantas podía; mi habilidad iba tomando crédito, y yo hubiera sido el primer galán si me [lo](18)hubieran permitido las damas, pero me encargué tan de veras a su obsequio, que en cinco meses dieron conmigo en el hospital de San Andrés(19)... ¡Válgame Dios!, ¡qué suerte fue la mía, siempre me he visto en cárceles y hospitales!

¿Qué padecería en San Andrés?, el que hubiera estado allí que lo diga. Por poco no me reducen al estado de Orígenes.(20) Salí medio hombre por una fortuna singular; pero salí flaco, descolorido y con una frazada en el hombro.

En medio de esta situación, me encontré uno que había sido criado de mi casa. Luego que me vio, me conoció y me dijo: —Válgame Dios, niño, y qué estado tan infeliz es el suyo! —Acabo de salir del hospital, le contesté, y a gran dicha tengo verme en pie. —¡Qué siento las desgracias de usted! No tendrá usted destino. —Ya se ve que no lo tengo. —Si quisiera usted una conveniencia de portero, yo sé que en casa del conde de Tebas lo solicitan; dan ocho pesos y la comida. —Pues más que dieran ochocientos, yo no he nacido para portero, y mucho menos para servir al conde de Tebas, que es mi padrino de brazos y allí me echaron la agua.(b) —Pues, señor, proseguía el mozo, ¿podía usted acomodarse en el estanco?,(21) siquiera ganara cinco reales diarios. Calla, bobo, ¿un caballero como yo se había de reducir a cigarrero? —Pues acomódese usted de escribiente. —Menos; mi letra es de rico, y estoy hecho a que los licenciados me sirvan de amanuenses. —Pues en una tienda. —¿Yo había de tiznarme con el carbón y la manteca? —Pues... —Déjate de pueses. ¿Has olvidado que soy el señor don Catrín de la Fachenda, nobilísimo, ilustrísimo y caballerísimo por todos mis cuatro costados? ¿Cómo quieres que un personaje de mis prendas se sujete a servir a nadie en esta vida, si no fuere al rey en persona? Vete, vete, y no aumentes mis pesadumbres con tus villanos pensamientos.

El criado se incomodó, y me dijo: —Pues señor don Catrín, quédese usted con su nobleza y caballería, y quédese también con su hambre y su frazada. Dicho esto se fue, y yo seguí andando sin saber a dónde ir.

Eran las tres de la tarde, y yo no había probado gota de alimento, ni aun tenía esperanza de probarlo; pero ni sabía en dónde recogerme aquella noche. No me había quedado más que una media camisa, pantalón, botas, sombrero y frazada; todo viejo, sucio y roto; asimismo conservaba mis ejecutorias y papeles de nobleza, que llevé al hospital y cargaba ese día debajo del brazo.

Viéndome muerto de hambre, me resolví a empeñar estas preseas en cualquier cosa; aunque con harto dolor de mi corazón. Entréme en una tienda y le dije al tendero mi atrevido pensamiento. Éste veía los papeles y me veía a la cara lleno de admiración; y al cabo de rato, casi con las lágrimas en los ojos, me dijo. —¿Es posible, Catrín, que tú eres mi ahijado y el hijo tan amado de mi compadre?

Vamos, que si yo no lo viera, si no tuviera en mis manos tu fe de bautismo, creería que tratabas de engañarme.

Después de mil preguntas que me hizo, y de mil mentiras que le conté acerca del origen de mis desgracias, sacó un vestido de los suyos y veinte pesos que me dio, con lo que me despedí muy contento.

Con este socorro se alivió mi estómago, me habilité de lo que me faltaba, como varita, cadena de reloj y otros muebles tan necesarios como éstos. A la noche me fui a refugiar en casa de la vieja casera, y como aún tenía doce o catorce pesos, me hizo un buen hospedaje. Al día siguiente tomé un cuarto, saqué mi colchón y mi baúl, y cátenme otra vez hecho gente y ladeándome en los cafés con mis amigos.

Como ya la fortuna me había golpeado, temí verme otra vez en la última miseria; y así traté de prevenirme contra sus futuros asaltos. Para esto comuniqué mis cuidados con otro amigo que estaba peor que yo; pero tenía talento, valor y disposición para cualquier cosa, y éste me animó a hacer lo que leeréis más adelante.

 


(1)  2ª: "yo ver".

(2)  mole. Del azteca molli, salsa. El poblano se prepara con caldo, jitomate, cebolla, ajonjolí, chocolate, yerbas de olor, chile ancho y chile pasilla, azúcar y sal.

(3)  cusca. Cf. nota 18 al cap. VI.

(a)  Aquí venía muy bien el cuento del barbero y el loco.

(4)  convento de San Lucas. Casa de corrección para mujeres también conocida con el nombre de Recogidas. Estaba en la plaza de San Lucas. En tiempos de Fernández de Lizardi se hallaba cerca de la garita de San Antonio Abad, en el extremo sur de la ciudad.

(5)  mesón de la pita. La cárcel.

(6)  cascarita. Cf. nota 5 al cap. VIII

(7)  mamey. Fruto de un árbol de las gutíferas, cuya pulpa tiene un color especial (color mamey), comestible.

(8)  escobetas. O escobillas de raíz de zacatón, cortas y recias. También las hubo finas y adornadas en el tocador, usadas a manera de cepillo para desenredar o asentar el cabello. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(9)  pomadas. Cf. nota 4 al cap. VII.

(10)  chucherías. Cosa de poca importancia, pero pulida y delicada.

(11)  en pelota. En cueros. En el Diccionario etimológico de la lengua castellanaprecedido de unos rudimentos de etimología, escrito por Pedro Felipe Monlau, Madrid, Imprenta y Estereotipia de Aribau y Compañía, 1881, se apunta: "En la frase deja en pelota el primitivo es pelo."

(12)  reales. Cf. nota 5 al cap. III.

(13)  grajas. Existe grajo: charlatán; quizá, charlatanerías.

(14)  memela. Cf. nota 14 al cap. VI.

(15)  trancazos. Golpes que se dan con la tranca. Por extensión, golpe fuerte.

(16)  Coliseo. Cf. nota 13 al cap. VI.

(17)  metemuertos. En el teatro, persona que se ocupa de retirar los muebles en los cambios escénicos.

(18)  añadido en 2ª.

(19)  hospital de San Andrés. Estaba situado frente al Colegio de Minería.

(20)  Orígenes (185-254). Padre de la Iglesia católica. Ascético cristiano que se castró para evitar las tentaciones de la carne. Renombrado escritor de obras exegéticas.

(b)  Véase el cap. IX donde fue bautizado a lo pollo.

(21)  estanco. Se decía "estanco de tabaco", porque el tabaco no era producto de venta libre, sino que, desde la época de la Nueva España estaba legalmente "estancado" o monopolizado. Primero por la Corona, luego por el Estado, que daba concesiones exclusivas para la compra, elaboración y venta del tabaco. De allí que los establecimientos autorizados para venta al público se denominaron estanquillos, nombre que aún perdura.