CAPÍTULO VIII

 

Refiere la disputa que tuvo con un viejo
acerca de los catrines y la riña que por esto se ofreció



Para excusar introitos: un día estaba yo en un café esperando algún caritativo conocido que me convidara a almorzar, y cierto que tenía bastantes ganas, porque no me había desayunado ni cenado la noche anterior; pero por mi mala estrella no se le antojó a ninguno de mis amigos ir allá.

Estaba por salirme, cuando entró un clérigo con un viejo como de sesenta años. Se sentaron en la mesa donde yo estaba; me saludaron con atención y yo les correspondí con la misma; hicieron llevar almuerzo, me brindaron, admití y almorzamos alegres.

Por postre platicaron acerca de la corrupción de las costumbres del siglo. —He oído, dijo el eclesiástico, que estos catrines tienen mucha parte en el abandono que vemos.

—Los catrines, respondí yo, no puede ser, padre mío; porque los catrines son hombres de bien, hombres decentes y, sobre todo, nobles y caballeros. Ellos honran las sociedades con su presencia, alegran las mesas con sus dichos, divierten las tertulias con sus gracias, edifican a las niñas con su doctrina, enseñan a los idiotas con su erudición, hacen circular el dinero de los avaros con su viveza, aumentan la población en cuanto pueden, sostienen el lustre de sus ascendientes con su conducta y, por último, donde ellos están no hay tristeza, superstición ni fanatismo, porque son marciales, corrientes y despreocupados.

Delante de un catrín verdadero nada es criminal, nada escandaloso, nada culpable; y en realidad, padre mío, ya ve usted el provecho que debe inducir en cualquier concurrencia un joven de éstos (y más si tiene buena figura) bien presentado, alegre, sabio y nada escrupuloso. Él no se admira de la trampa que hizo Pedro, de lo usurero que es Juan, de lo embustero que es Antonio, ni de ninguna cosa de esta vida.

Lleno siempre el legítimo catrín de amor hacia sus semejantes, a todos los disculpa, y aun condesciende con su modo de pensar. Al que roba, lo defiende con su necesidad; a la coquetilla, con la miseria humana; al que descredita a todo el mundo, con que es su genio; al ebrio con que es alegría; al provocativo, con que es valor, y aun al hereje lo sostiene, alegando la diferencia de opiniones que cada día se aplauden y desprecian. De manera que el catrín verdadero, el que depende de esta noble raza, ni es tan interesable que se dé mala vida por el cielo, ni tan cobarde que se prive de darse buena vida por temor de un infierno que no ha visto; y así sigue las máximas de sus compañeros y satisface sus pasiones según y como le parece, o como puede, sin espantarse con los sermones de los frailes, que tiene buen cuidado de no oír nunca, ni con los librajos tristes que no lee.

Así es que el catrín se hace un hombre amable donde quiera. Las muchachas le aprecian, los jóvenes le estiman, los viejos le temen y los hipócritas le huyen.

Vea usted, padre mío, cuán útiles son los señores catrines, de quienes tan mal concepto tiene el señor.

Acabé mi arenga, que a mí me pareció divina, y su argumento incontrastable. El clérigo movió la cabeza como quien dice que no; me echó una mirada de furioso, tomó su sombrero, y ya iba a levantarse, cuando el perro viejo le tomó de un brazo, le hizo sentar, y dijo: —Compadre, días ha que deseaba yo una ocasión como ésta para sacar a usted de la equivocación en que está de creer que todo joven alegre, que todo el que viste al uso del día es catrín. No, señor; ni son todos los que están, ni están todos los que son. El hábito no hace al monje. Ya usted sabe que yo soy viejo; pero no viejo ridículo. Cada cual puede vestirse según su gusto y proporciones, sin merecer por su traje el título de honrado ni de pícaro.

Mozos hay currísimos o pesadísimos a la moda del día, y no por eso son catrines; y otros hay que llama el vulgo rotos(1) o modistas pobretes y sin blanca,(2) que son legítimos catrines. Aprenda usted a distinguirlos y no hará favor ni agravio a quien no lo merezca.

Las costumbres, compadre, la conducta es la única regla por donde debemos conocer y calificar a los hombres. Yo soy capaz de apostar una botella de vino a que el señor es catrín legítimo y que tiene vanidad en serlo.

—Es verdad, dije; y no me arrepiento de haber descendido de tan noble linaje.

—Amiguito, contestó el viejo, la nobleza verdadera consiste en la virtud, y la aparente en el dinero. ¿Cuántos miles tiene usted? —Yo ningunos. —¡Oh!, pues ríase usted de su nobleza. Ni tiene virtud con que acreditarla, ni pesos con que fingirla; pero vamos al caso.

—Compadre, ya conoció usted un catrín verdadero: ya oyó su erudición, se edificó con el régimen de su conducta y conocerá que erraba cuando creía que todo el que vestía de moda era catrín. Pero no, amigo mío, no se equivoque usted, oiga lo que son los catrines; mas primero su régimen de vida, poco más o menos.

El catrín se levanta de ocho a nueve; de esta hora hasta las doce va a los cafés a ver si topa otro compañero que le costée el desayuno, almuerzo o comida. De doce a tres de la tarde se va a los juegos a ingeniar del modo que puede, siquiera consiguiendo una peseta. Si la consigue, se da de santos, y a las oraciones vuelve a los cafés. De aquí, con la barriga llena o vacía, se va al juego a la misma diligencia. Si alguna peseta dada trepa, bueno; y si no, se atiene a su honestísimo trabajo para pasar el día siguiente.

Como estos arbitrios no alcanzan sino cuando más para pasar el día, y el todo de los catrines consiste en estar algo decentes, en bailar un valse,(3) en ser aduladores, facetos y necios, aprovechan estas habilidades para estafar a éste, engañar al otro y pegársela al que pueden; y así el santo Parián(4) los habilita de cáscara(5) con que alucinar a los tontos, o de trapos con que persuadir a los que creen que el que viste con alguna decencia es hombre de bien; pero, después de todo, el catrín es una paradoja indefinible, porque es caballero sin honor, rico sin renta, pobre sin hambre, enamorado sin dama, valiente sin enemigo, sabio sin libros, cristiano sin religión y tuno a toda prueba.

No pudiendo yo sufrir una definición tan injuriosa a nuestra clase, le disparé al insolente viejo una porción de desvergüenzas. El me correspondió con otras tantas. Quise deshacerle una silla en la cabeza; metióse de por medio el clérigo (como si yo fuera de estos alucinados que temen a los clérigos y frailes); yo enojado le tiré un silletazo al viejo y le di al padre; éste se enojó, halló un garrote a mano y me rompió la cabeza. Me volví una furia al ver mi noble sangre derramada por unas manos muertas; salté y arrebaté un sable de uno que estaba cerca de nosotros; pero entonces todos se conjuraron contra mí, apellidándome atrevido y sacrílego, y amenazando mi existencia si no me contenía. Yo, al verme rodeado de tanto idiota, cedí, callé y me senté donde estaba, con lo que se dio fin a la pendencia.

Algunos me aconsejaban que le pidiera perdón al padre, pues lo había injuriado en público y sin razón; pero yo me desentendí, bien satisfecho de que un caballero catrín no puede prostituirse a pedir perdón a nadie.

Así que todos se fueron, hice yo lo mismo, y continué algún tiempo pasando unas crujías intolerables y envidiando a otros compañeros y parientes que la pasaban mejor que yo.

Algunas noches al acostarme sentía no sé qué ruido en mi corazón que me asustaba. Parecióme en una de ellas que veía junto a mi mugrienta cama al venerable cura de Jalatlaco,(6) mi amado tío y predicador eterno, y que, mirándome ya con ojos compasivos, ya con una vista amenazadora, me decía: —Desventurado joven, ¿cuándo despertarás de tu letargo criminal? No hay nobleza donde falta la virtud, ni estimación donde no hay buena conducta.

Veinte y ocho años tienes de edad, todos mal empleados en la carrera de vicios. Inútil a ti mismo y perjudicial con tu mal ejemplo y pésimas costumbres a la sociedad en que vives, has aspirado siempre a subsistir con lujo y con regalo sin trabajar en nada, ni ser de modo alguno provechoso. ¡Infeliz!, ¿no sabes que por castigo del pecado nace el hombre sujeto a vivir del sudor de su rostro? ¿Ignoras que así como al buey que ara no se debe atar la boca, en frase del Espíritu de la verdad, así san Pablo escribe que el que no trabaje que no coma?(7)

Es cierto que tú y muchos holgazanes y viciosos como tú logran, sin trabajar, comer a expensas ajenas; pero ¿a qué no se exponen?, ¿qué no sufren?, y por último, ¿en qué paran? Ya has experimentado en ti mismo hambres, desnudeces, desprecios, golpes, cárcel y enfermedades. ¡Triste de ti si no te enmiendas! Aún te falta mucho que sufrir; y tu castigo no se limitará a la época presente, pues siendo tu vida desastrada, no puede ser tu muerte de otro modo. Teme esto sólo; y si no crees estos avisos, estos gritos de tu conciencia, prepárate a recibir en los infiernos el premio de tu escandaloso proceder.

Asustado con semejante visión, fui al día siguiente a consultar mi cuidado con un amigo de muchísimo talento y de una conducta arreglada, según y como la mía. Éste, luego que me oyó, se tendió de barriga para reírse y me consoló con los saludables consejos que leeréis en el capítulo que sigue.

 


(1)  rotos. Roto. En realidad es petimetre, pisaverde; individuo sin quehacer ni dinero que viste bien a fuerza de trampas y picardías. Rota es la señorita de clase media que vive o aparenta vivir como si fuera rica.

(2)  blanca. Moneda de vellón.

(3)  2ª: "wals".

(4)  Parián. Cf. nota 2 al cap. VI.

(5)  cáscara. Habilitarse de traje para tener apariencia o un aspecto exterior determinado.

(6)  Jalatlaco. Cf. nota 1 al cap. II.

(7)  2 Ts., 3, 10.