En el que se refiere la disputa que trabó el coronel
con el licenciado Narices, y la defensa
que hizo de las mujeres
Cuando nuestro coronel entró con su familia, ya estaban en disposición de hacer lo mismo todas los de la casa de don Dionisio, quienes, luego que lo vieron, lo saludaron cortésmente y nos sentamos todos a comer.
Entre las visitas que había estaba un señor joven y de narices abultadas, a quien conoceremos con el nombre de el licenciado Narices, pues así le puso doña Eufrosina, que era diestrísima en esto de poner nombres.
Luego que ella tuvo lugar de hablar, dijo el coronel: —¡Ay hermano, gracias a Dios que ha venido usted para que vuelva por nosotras!, porque este maldito Nariguetas nos ha puesto como un suelo, y como no podemos responder a sus argumentos y latines, con que nos aturde, está creyendo que nos ha convencido; pero yo confiada en usted le he dicho que nos ha de defender completamente.
—¿Pues qué ha sucedido, hermana, que tan empeñada está usted en que la defiendan? —¿Cómo qué, decía Eufrosina, le parece a usted poco que nos haya puesto de vuelta y media?(2) Pues oiga usted: dice que las mujeres somos locas, vanas, orgullosas, soberbias, falsas, supersticiosas, malagradecidas, inconstantes, vengativas, tontas, presumidas, y que sé yo qué más. ¡Vaya, si quita de las piedras para poner en nosotras!, y esto no sólo lo dice, sino que asegura que lo probará con evidencia. Le decimos(3) que eso lo dirá por chanza,(4) y él nos jura que lo dice con todo su corazón, y sin que le quede nada dentro. Ya verá usted que esto no puede sufrirse; y así le suplico yo y todas estas niñas, que por lo que tiene de caballero, nos defienda y haga que se confunda este maldito deslenguado.(5)
—Sí, sí, señor, por vida de usted, decían casi a un tiempo todas las señoritas que allí estaban, es menester que usted nos defienda, y así se lo suplicamos todas.
—Ya ve usted hermano, que no se debe usted excusar de darme este gusto, continuaba Eufrosina; ya que no por mí, siquiera por todas estas señoritas que se lo ruegan. Responda usted, sí, responda y confunda a este buen señor, que nos ha colmado de favores. ¿No lo ve usted qué socarrón(6) es y sinvergüenza? Todo se le va en engullir(7) la sopa, y ya no puede con la risa el condenado.
—Pues no me he de reír, mi señora doña Escotofina o doña Eufrosina o como se llama, dijo riyendo(8) a carcajada suelta el licenciado; ¿no me he de reír, repito, de que quieran ustedes empeñar al señor coronel en que las defienda, cuando si no están confesas, están convictas de los cargos de que se hallan acusadas, no sólo por mi boca, sino a todo(9) orbe terrarum [por todo el mundo.](10)
Cuando el señor coronel, por no faltar a las leyes caballerescas, admita el ímprobo cargo(11) de defender a ustedes lo hará por tratar de(12) divertirse; pero sabiendo muy bien que sus clientes llevan el pleito perdido en el mismo tribunal de Pilatos.
Así solemos los abogados defender algunos reos, cuyos delitos son tan claros que no los defendiera el mismo Cicerón; y sin embargo, resolvemos, interpretamos leyes, acomodamos textos, buscamos excepciones y peroramos en estrados únicamente por consuelo de las partes, no porque en derecho tengan defensa alguna; así como el médico que le manda al moribundo agua de la palata,(13) por consuelo de sus dolientes, pero él sabe de cierto que no tiene remedio.
Tal vez el señor coronel se encargará de defender a ustedes de ese modo; mas también saldrá diciendo después de la sentencia: yo defendí a las mujeres. Lo mismo nos sucede a nosotros, hablamos más que diez cotorras(14) por un reo de éstos de remate. Los jueces nos oyen con bastante paciencia; pero no nos hacen caso. Atienden a la justicia, y según ella condenan a muerte a nuestro cliente, y el día que lo llevan a la horca, se dice por la calle: el licenciado Fulano defendió a este hombre.
¿Qué les parece a ustedes? Lo mismo decía aquel médico que iba de duelo tras el cadáver, que él había despachado: yo curé a éste. ¿No son graciosas semejantes curaciones y defensas? Pues así ha de ser la del señor coronel respecto de ustedes. Vaya, no hay que engañarse. Ustedes están convictas y no hay ley que las defienda. Han caído de remate, y cualquier buen médico las ha de desahuciar al punto que conozca su enfermedad mortal.
—¿Ya usted lo oye, hermano?, decía Eufrosina, ¿ya ve usted quién es el señor, y cuánto da por medio, pues considere usted qué hará con nosotras? Vaya, defiéndanos usted.
—Pues hermana, señoritas, dijo el coronel, yo apreciara tener luces y capacidad para desempeñar con aire la comisión que ustedes me confían, pues en efecto me honra demasiado su elección, prefiriéndome a los señores que nos acompañan; bien que esto es sólo efecto de la confianza con que usted debe tratarme, y de la sencillez con que estas niñas siguen la opinión de usted; pero debo confesar que no tengo mérito para tanto, ni menos fuerzas para cargarme de semejante peso.
No obstante, si ustedes ponen su pleito en mis manos, yo haré cuanto pueda en su obsequio. En esta virtud repita usted lo que dijo el señor licenciado contra ustedes para hacerme cargo.
—¿Pues ya no le dije a usted, contestó Eufrosina, que dice que somos tontas, locas, supersticiosas, altivas, vanas, ingratas, orgullosas y treinta mil perradas(15) a este modo?
—Muy bien, dijo el coronel, siendo eso así, debo decir en obsequio de ustedes y de la verdad, que es lo que más importa, que las señoras mujeres, exceptuando las que lo merecen, son todo cuanto ha dicho el señor licenciado y un poquito más, que yo me sé.
—¡Viva, viva!, dijo a este tiempo el licenciado dando de palmadas en la mesa, ¡viva el defensor de las mujeres! Es menester brindar por su salud. En efecto, se echó un buen vaso de vino a pechos, y prosiguió comiendo con la mayor satisfacción, la que aumentó la risa general de don Dionisio y sus camaradas.
Fácil de concebir cuánta sería la indignación de las señoritas, principalmente de Eufrosina, al verse tan mal defendidas. Es verdad que con una risa fingida procuraban disimular su chasco; pero lo colorado de las orejas manifestaba de a legua su coraje.
Qué tal sería éste, pues le tocó una buena parte a la candorosa Matilde, quien al ver a su hermana y a las demás señoras tan avergonzadas por su marido, no pudo contenerse, y le dijo: -¡Jesús, hombre, qué pesado eres! Aunque fuera ya...
El coronel no le hizo aprecio, siguió tomando la sopa, y doña Eufrosina, reventando de enojo, dijo a las señoritas: —Amigas, ¿qué dirán ustedes? ¿No les sobra razón para echarme a pasear(16) por la especial elección que he tenido? ¿Qué tal? ¿No es cierto que mi hermano tiene gracia particular para hacerme quedar bien y sacarme lucida de un empeño? Vaya, digan la verdad. Sí, no hay remedio: la peor cuña es la del propio palo.(17) Otro día, hermanito, por amor de Dios, por nuestra señora de Guadalupe y por vida de Pudencianita, que no se vuelva a tomar el trabajo de defender ni a mí, ni a mis amigas, más que nos digan herejes, diablos y demonios, y más que nos harten a injurias, pues, según lo que yo acabo de ver, menos daño nos hará nuestro mayor enemigo con sus agravios que usted con sus defensas.
Lo ridículo de esta súplica, y el tono tan colérico con que la hizo Eufrosina, provocó de nuevo la risa de los concurrentes, y esta risa acabó de rematar a Eufrosina, quien estuvo por levantarse de la silla, y lo hubiera hecho si el coronel, conociendo la terrible bola(18) que tenía, no la hubiera sosegado, diciéndole con mucha cachaza:(19) —Ni el señor licenciado tiene por qué llenarse de satisfacción, ni usted ni las señoritas, que están presentes, tienen motivo por qué quejarse de mí, en virtud de que no ha(20) comenzado la defensa.
—¿Cómo no?, dijo el licenciado, pues a mí me parece que no puede haber sido más concisa, elegante y verdadera. —Pues no, señor, se ha equivocado usted [y](21) voy a comenzar.
Con esto se serenó Eufrosina y todas sus amigas, y el coronel prosiguió diciendo al licenciado: —Supongo que(22) usted está de acuerdo en que las señoras(23)mujeres son inferiores a los hombres solamente en cuanto a su constitución física, que las hace más débiles que nosotros; pero en cuanto a sus espíritus, no tendrá usted embarazo para confesar que son iguales.
En esta inteligencia... pero asentaremos tres principios para que nos entendamos con más orden.
Primero. Las pasiones son las semillas de los vicios o de las virtudes, según el uso que se hace de ellas, y éstas reconocen su origen en el alma.
Segundo. El alma de la mujer es una substancia espiritual, inmortal e inteligente, igual en todo a la del hombre.
Tercero. La disposición natural o accidental del cuerpo influye particularmente sobre el espíritu, y esta disposición puede hacernos propender a esta o aquella pasión determinada; pero no obligarnos a hacer mal uso de ella y convertirla en vicio, pues contra las malas inclinaciones tenemos el socorro de la razón y el favor de la gracia auxiliante, que a nadie falta.
Sentados estos principios digo que si las mujeres incurren en ciertos defectos con más frecuencia que los hombres, no incurren por ser mujeres, sino porque no están acostumbradas a vencerse, por no saber hacer buen uso de su razón, y de no saber esto, muchas veces o las más, no tienen ellas la culpa.
—¿Pues quién la tiene?, dijo el licenciado. —Los hombres, respondió prontamente el coronel; sí, señor, no se escandalice usted: los hombres que educan mal a las mujeres, o que las seducen y pervierten tienen la mayor parte de la culpa de los defectos en que ellas incurren.
Para probar esto con evidencia es menester sentar este principio: que el hombre recibe sólo una educación que es la de sus padres, y la mujer casi siempre dos, la de sus padres y la de su marido, y ésta, ayudada del amor, influye sobre su corazón más poderosamente que aquélla.
El hombre, si quiere, puede siempre conducirse conforme las máximas que le inspiraron sus padres, la mujer mil veces se ve obligada a olvidarse de estas máximas... He dicho poco, muchas veces se ve obligada a abandonar con dolor a los mismos instrumentos de su existencia por contemporizar con los caprichos del marido.
Cuando las mujeres han logrado la fortuna de tener unos padres virtuosos, que les han inspirado sentimientos de honor y religión y después unos maridos juiciosos y prudentes que las saben conservar en ellos, ordinariamente son felices y jamás son notadas de los defectos de que se acusa al común de su sexo; ¡pero qué pocas veces se ven estas dichosas(24) combinaciones!
Frecuentemente se verifica el refrán que dice que estados mudan costumbres.(25)Apenas varía el estado de una mujer, cuando varían su educación y sus modales. La joven que tuvo unos padres virtuosos y arreglados, es un milagro que no se corrompa casándose con un hombre vicioso y libertino. La que tuvo padres indolentes, o tal vez extraviados, lejos de reformarse al lado de un marido prudente, las más veces se empeora y va a servirle de martirio, y la que tuvo padres perversos y se casa con otro perverso, se convierte en una furia del infierno.
De manera que entre los padres y los maridos se nos pervierten las mujeres. No es esta ficción de una acalorada fantasía; es una verdad que se hace perceptible a la más ligera observación. Una niña criada en la pobre o moderada fortuna de sus padres, se casa con un hombre de algunas proporciones, y a los ocho días no se conoce. Los zapatos de cordobán(26) la lastiman, se cansa de andar a pie, se avergüenza de ver la comedia(27) en la cazuela,(28) necesita de más criadas que la sirvan, no se presenta en los paseos ni en las visitas, si no puede competir con las demás en lujo, y finalmente, de la noche a la mañana se vuelve una marquesa la que se crió en un estado humilde.
Otra joven que se crió en el mayor recogimiento, que no salía de su casa sino a la iglesia, que frecuentaba los Sacramentos, que se escandalizaba de los zapatos de color, que rezaba todos los días una porción de novenas, y que era una muchacha enteramente virtuosa, se casa con un señorito alegre, y dentro de cuatro días se olvida de todas las buenas máximas y entran en su lugar las que le enseña su marido, y ya la tenemos modista,(29) paseadora, altanera, indevota, descuidada, corriente, marcial y [...](30) qué sé yo.
Si buscamos de éstos y semejantes ejemplares en casadas, no nos será difícil hallar bastantes; pero examínese quién ha sido el origen, quién ha tenido la culpa de que se perviertan tales mujeres y de que se pierda en ellas la semilla de la virtud que sus padres cultivaron, y hallaremos que la imprudencia, o la nimia condescendencia o el mal ejemplo de sus maridos.
No es menester, las más veces, que las mujeres pasen de un estado a otro para pervertirse. Dentro de sus casas y al lado de sus padres tienen sobradas ocasiones, cuando éstos carecen de la firmeza y juicio necesario para educarlas, especialmente si ellas tienen una carita razonable, un poquito de despejo y algunas habilidades apreciables en su sexo como son las de tocar, bailar, cantar, representar, etcétera.
Entonces, sin cesar se ven rodeadas de un enjambre de tunantes, de los cuales cada uno aspira a la conquista no de su corazón, sino de su persona, y para lograrla no perdonan ningún medio por opuesto que sea a las leyes del honor y la moral cristiana.
Adulaciones, rendimientos, ofertas, juramentos, palabras, dádivas, requiebros, finezas, súplicas, humillaciones, suspiros, lágrimas, intrigas, y hasta los despechos y bravatas son los obuses y culebrinas(31) con que los soldados de Venus(32)asestan(33) decididamente aun a(34) las más inexpugnables fortalezas.
Todos confesamos(35) que la mujer es débil, tímida y sensible, y por lo mismo está muy expuesta a ser sorprendida por la artificiosa seducción; pero no nos acordamos de esto cuando exageramos sus defectos, ni queremos cantar la palinodia(36)confesando de buena fe que somos sus seductores y sus originales en la maldad. Éste, a la verdad, es un procedimiento muy(37) injusto.
En faltando a la mujer una buena educación moral desde el principio, un juicio bien formado, y algún conocimiento del mundo, aunque sea de oídas, es imposible que deje de corromperse con semejantes maestros, de adherir a sus máximas, de seguir sus ejemplos y de rendirse a sus artificiosos ardides.
Si fueran pocas las mujeres que pueden con justicia atribuir a los hombres los extravíos de sus conciencias, y quizá de sus personas, yo me guardaría de confundir las excepciones con las reglas; pero por desgracia, no hay reino, provincia, ciudad, aldea y quién sabe si calle [y aun casa],(38) donde no haya algunas o muchas de estas adoloridas desgraciadas, que testifiquen mi verdad.
Dícese que las mujeres son vanas, necias y soberbias. ¿No lo han de ser si sus padres desde chiquitas les fomentan el orgullo y vanidad, y les embotan su talento dedicándolas a fruslerías? Dícese que son altivas, presumidas y altaneras; pero ¿qué han de ser, cuando, desde que comienzan a descollar en los estrados, ven que los hombres les doblan la[s] rodilla[s],(39) les rinden homenaje a su belleza, a cada paso les hacen su apotesis llamándolas divinas, y no dejan de la mano el maldito incensario de la lisonja? Dícese que son falsas, inconstantes y mentirosas; pero ¿cómo no lo serán, cuando no tratan sino con [hombres](40) falsos, variables y embusteros? Dícese que son ingratas; y ¿cómo no lo serán con el que abusa de sus ternezas, y olvida sus más costosos sacrificios? Dícese que son interesables; pero ¿cómo no lo serán cuando el interés es la primera red que se les tiende y el primer cebo con que se provoca su apetito? Dícese que son locas; pero ¿cómo no lo serán cuando jamás han tratado con cuerdos? Dícese... pero se dice tanto y tan sin orden, que yo me espanto, no de que las mujeres sean lo que son, sino de que no sean peores.
—Ya ve usted, señor licenciado, que yo confieso que en(41) el común de las mujeres se hallan, y en un grado sobresaliente, los defectos de que las acusan los hombres y al mismo tiempo estoy muy lejos de pretender justificarlas; pero no puedo llevar a bien que se crea o que se diga que las mujeres son peores que los hombres y extremadamente viciosas sólo porque son mujeres, desentendiéndose los que así las insultan de los principios que dejo establecidos.
Todos saben que los hombres son superiores a las mujeres, y que éstas nacen con una dependencia necesaria respecto de nosotros. Ésta es una verdad, pero en esta misma verdad se halla envuelta otra, de que resulta a ellas una disculpa, y a nosotros un cargo, y es que si las mujeres san malas, no puede ser por otra causa, sino porque los hombres, que son sus superiores, o les enseñan la maldad o se la(42) consienten; y siendo así, ¿no es una injusticia y una ridiculez el declamar tanto contra ellas, después que los hombres, por la mayor parte, como he dicho, o son sus seductores o sus maestros? ¿No es esto lo propio que introducirle leña a un horno y luego incomodarse porque ardiera?(43) En una palabra, señores, los hombres, por la mayor parte somos muy linces para notar los defectos de las mujeres; pero muy topos para conocer, confesar y corregir los nuestros. Convengamos de buena fe en que todos, así hombres como mujeres, tenemos vicios y virtudes, y que así unos como otros hacemos mal uso de las pasiones cuando nos desentendemos de la razón. Lo que importa es que cada uno se dedique a reformar el mundo, comenzando por sí y por los suyos, y entonces, habiendo muchos padres y maridos arreglados, veremos cómo resultan infinitas hijas y esposas ejemplares.
Los caballeritos que asistían(44) a la mesa, fuérase porque se penetraron de las razones que habían oído, o por adular a las señoras, que sería lo más cierto, luego que el coronel hizo punto en su discurso, comenzaron a repicar con los cubiertos en los vasos y platos, y a gritar muy alegres: ¡Vivan, vivan las señoras(45) mujeres y su juicioso defensor!
A seguida(46) brindaron por última vez a salud del bello sexo, y luego que calmó un poco la bulla, dijo el licenciado Narices: —Señor coronel, justamente merece usted estos aplausos, pues ha tomado con demasiado calor la defensa de las madamas(47) y la ha desempeñado con aire. Vamos, si todas las interesadas hubieran escuchado a usted, le tributarían mil elogios, y aun deberían erigir un monumento de gratitud a su memoria.
—No, lisonjearían mi vanidad, respondió el coronel, pues yo no he defendido a las mujeres, sino la razón, de cuya parte me pongo cuando se ofrece.
A más de que no sé si me habré equivocado en algo de lo que he dicho. Si así fuere, yo subscribiré gustoso a otra opinión mejor; pero mientras no se me haga ver, estaré por la que llevo expuesta ¿qué le parece a usted señor cura?
Asistía a la mesa un respetable eclesiástico, como de sesenta años, hombre de bastantes(48) luces, muy timorato y de un genio cortés, afable y jovial.
A éste fue a quien el coronel dirigió la palabra, y el dicho eclesiástico la contestó en estos términos.
—Ciertamente, señor coronel, que las opiniones de usted me parecen tan antiguas como seguras. Son de aquellas que por sabidas se callan; pero se callan tanto, que infinitos las ignoran, o afectan ignorarlas, especialmente por lo que toca a hablar mal de las mujeres sin son ni ton,(49) y mil veces después que los hombres han sido las causas originales de sus vicios.
Ordinariamente a cualquier hombre le gusta una mujer bien ataviada, o como dicen bien puesta,(50) cuando la pretende, pero así que la posee como suya, no la quisiera tan modista por lo que le importa. Entonces es el hablar contra el lujo y vanidad de las mujeres.
¿Más para qué hemos de corroborar con ejemplares una verdad tan común y visible? Cuando los hombres se desvelan por agradar a una mujer, sus defectos les parecen gracias; pero así que las consiguen, se cansan de ellas, y aun califican de vicios sus virtudes. Entonces, quiero decir, cuando la pretensión no la dirigió(51) un fin honesto, sino un capricho o un apetito puramente animal, entonces se disminuye a los ojos de tales hombres la hermosura de la mujer [y](52) se le notan defectos en que antes no se había reparado, pero ¿qué mucho si en tal caso, como dije, las mismas virtudes parecen vicios? Cuando llega esta época fatal, su recogimiento se apellida hipocondría; su economía, mezquindad; su prudencia, zoncera;(53) su cariño, falsedad; su fidelidad, falta de méritos; su alegría, locura; sus atenciones, liviandades; su devoción, hipocresía; sus generosidades, desperdicios; y en una palabra, en tan deplorable situación, cuanto hacen por agradar enfada. ¡Pobres mujeres! Nada les es más común que verse sujetas a tolerar los caprichos e imprudencias de un hombre sin talento y sin amor.
Cuando oigo declamar a la mayor parte de los hombres contra la facilidad de amar de las mujeres, y los veo tan constantes en seducirlas, me acuerdo de unos versos, que sobre esto escribió con tanto acierto nuestra paisana sor Juana de la Cruz,(54)monja del convento de San Jerónimo(55) de esta capital, en los que hace ver que los hombres, casi siempre, tienen la culpa de la liviandad que acusan a las mujeres, según ha dicho usted(56) señor coronel; porque, efectivamente, los hombres quisieran a las mujeres de mantequilla para sí, y de pedernal para los demás; y aun algo peor, luego que han logrado seducirlas con los artificios más vivos y con los más astutos fingimientos, se fastidian de ellas (como se fastidia cualquier miserable mortal de todo aquello que consigue temporal y perecedero) y entonces llaman liviandades y coqueterías lo que antes sacrificios y favores.
Tal es la suerte de las pobres mujeres entre los hombres necios y malvados. Toda mujer, y especialmente toda hija de familia, aun antes de llegar a la pubertad, debería estar impuesta de estas verdades, para no fiarse de los hombres y precaverse en cualquier(57) estado de sus torcidas calificaciones y desprecios.
Toda niña debería crecer en la firme creencia de estos cuatro principios.
1. Que en esta triste vida todo cansa, todo fastidia; si no es la posesión de Dios por la gracia.
2. Que los hombres, cuando más finos y rendidos dicen que adoran, que aman e idolatran a las mujeres, entonces es cuando ellos se aman más a sí mismos, y a lo que aspiran es a sus intereses particulares; de manera que no aprecian sino a las mujeres, en quienes ven o se presumen que hay alguna cosa que lisonjea su gusto.
3. Que según estos principios, es muy fácil que la mujer desagrade al hombre, luego que éste la considere como suya, lo que se verifica más pronto y casi siempre cuando la solicitud se ha entablado con medios inhonestos o con miras ilícitas. El antiguo poeta español Quevedo(58) dice: si quieres aborrecer a tu amiga, cásate con ella; y dice bien, porque en clase de dama tiene la mujer la libertad de ser o no ser de aquel hombre, y éste muchas veces se modera en maltratarla, temiendo perderla en virtud de aquella misma libertad; pero casándose, no tiene temor que lo refrene, y entonces la mujer sufre todo el yugo del despotismo.
4. Y último. Es prudencia, conforme a lo dicho, que las mujeres desconfíen de sus más constantes adoradores; que antes de decidirse examinen bien el corazón de aquel que las incline,(59) y cuando se miren suyas, traten de complacerlos(60)cuanto puedan, para que la posesión no vuelva en desagrado las anteriores finezas, y se conviertan los esclavos en tiranos.
Calló el cura, y el licenciado guiñándole el ojo le dijo: —No va mal, señor cura: uno deja la apología de las mujeres, y otro la toma. No hay qué hacer, con cinco pares de abogados como ustedes que ellas tuvieran: ¡infelices de los hombres!, ya no podríamos averiguarnos [las](61) con sus mercedes.(62) Si sin eso son tan endiantradas, ¿qué fuera si a cada paso encontraran quién les alzara por dos cartitas?(63) ¡Oh!, entonces quisieran ensillarnos.
—Cállese usted señor Narices, o señor Tronera,(64) dijo Eufrosina, mi hermano y el señor cura han dicho el Evangelio. Son ustedes muy falsos, muy maliciosos, muy malagradecidos, muy habladores y muy todo. Primero enredan a una pobre mujer y luego la dejan en la pelaza(65) y hablan de ella.
Quien los ve cuando están enamorando a una pobre muchacha, ¡qué finos son!, ¡qué atentos!, ¡qué rendidos!, ¡qué de promesas hacen!, ¡qué lágrimas derraman!, ¡con qué juramentos no aseguran que serán firmes hasta la muerte! Todo cuanto hacen y dicen parece la mera verdad. Son más dulces y derretidos que caramelos en boca de muchacho. ¡Vaya, si mienten con tanta viveza que aun ellos mismos lo creen!; pero ¡infelices de las tontas que tienen la desgracia de rendirse!, porque apenas lo hacen, cuando saben ustedes dar la vuelta y dejarlas, y a algunas quién sabe cómo; y esto es a buen componer, sino es que después de abandonarlas hablan de ellas las tres mil leyes,(66) cuentan cuanto ha pasado a sus amigos, dicen que fulana es una loca, una fea, una zonza y una coquetilla común, riéndose todos alegremente a costa de la desgraciada mujer, y mordiendo su honor públicamente en los paseos, tertulias y billares. Bienhaya la que no se fía de ustedes, como dice el señor cura, pues entre los hombres apenas habrá bueno uno entre ciento, y creo que me extiendo mucho.
—Con iguales expresiones acaba sus versos la monjita que cité, dijo el cura, y Eufrosina le suplicó los repitiera, a lo que contestó: —Con mucho gusto lo haré, señorita; pero pues ya hemos concluido, y están alzando los manteles. Daremos gracias a Dios de que nos ha dado de comer sin merecerlo.
—Señor cura, dijo don Dionisio, usted está en su casa y hará lo que quisiere; pero ya días ha que prescribió esa costumbre. Tal vejestoria sólo se queda para la gente ordinaria, o cuando mucho, para los frailes y muchachos colegiales, que comen en refectorios; pero en las casas decentes no se estila semejante ceremonia.
—Pues yo conozco algunas casas decentes, dijo el cura, donde todavía está en moda dar gracias a Dios cuando se acaba de comer, y ciertamente me hace fuerza por qué no resucitará esta costumbre cristiana, cuando todos los días resucitan otras, acaso gentiles, que ya estaban hechas polvo en el olvido; y me hace más fuerza cuando considero lo liberales y francos que somos para dar gracias. Por el más(67) mínimo favor damos muchas [gracias];(68) pero ¿qué más, si hasta por las mentiras declaradas, que llaman cumplimientos, damos gracias(69) a montones?(70)
Nos ofrece alguno su casa o su empleo, aunque sea de boca, le damos muchas gracias; dicen que nos desean un bienestar o el alivio de nuestras enfermedades, y pagamos [el](71) que nos lo digan con muchas gracias; nos dan expresiones para algún deudo, y volvemos nosotros muchas gracias; nos convidan a alguna parte a donde no queremos o no podemos asistir, y nos excusamos con muchas gracias; nos ofertan(72) alguna cosa que perjudica nuestra salud o(73) nuestra bolsa y lo rehusamos dando muchas gracias al oferente. En fin, ya dije, somos liberalísimos para dar gracias por cuanto hay; y no como quiera, sino muchas, a miles, infinitas.
Sólo para con el Autor de la naturaleza somos en esta materia demasiado económicos. ¡Qué digo!, somos escasos, mezquinos, miserables. Para todo el mundo tenemos mil gracias en la boca; pero no quedan ningunas que tributar al Hacedor Supremo que cría los manjares que comemos, que nos facilita el tenerlos y nos conserva la salud y apetito para gustarlos. ¿Si tendrá Dios alguna obligación de darnos algo? ¿O si nosotros tendremos tan merecidos todos los beneficios que recibimos de su liberal mano? Porque sólo así pareceremos menos culpables ante sus ojos, aunque no le manifestemos nuestra gratitud ni con palabras.
Yo bien sé que en algunas casas se tiene por incivilidad o payada(74) esto de dar gracias a Dios después de comer, y algunos se abstienen de hacerlo, aun estando acostumbrados en sus casas; especialmente cuando se hallan en mesas de función, que llaman de cumplimiento, porque los demás no lo hacen, y les da vergüenza de parecer cristianos en lo público; pero por lo que toca a mí digo que más quiero pasar entre los muchos por incivil, rústico o payo, que no entre los sensatos por hugonote(75) o irreligioso cuando menos; y así procuro dar buen ejemplo por mi parte. De algo me han(76) de servir sesenta años de edad, y treinta y cuatro de ministro del Dios de los cristianos.
Diciendo esto el cura, [y](77) sin esperar respuesta, porque no la tenía lo que acababa de decir, comenzó a rezar la oración del Señor, dio gracias y todos lo acompañaron dócilmente, diciendo yo entre mí: si en todas las mesas donde asisten sacerdotes hubiera alguno tan celoso como este cura, que se encarga de dar a Dios gracias(78) y a los seculares buen ejemplo, pronto veríamos restablecida esta loable costumbre de nuestros padres.
Luego que pasó esta religiosa sesión,(79) repitió Eufrosina al cura el encargo que le hizo de que dijera los versos, y el buen eclesiástico le(80) cumplió su palabra, como se verá en el capítulo que sigue.
(1) A partir de este número comienza el tomo II de la segunda edición. La portada dice así: "La Quijotita y su prima. Historia muy cierta con apariencia de novela. Escrita por El Pensador Mexicano. Segunda edición. Tomo II. México: 1831. Imprenta de Altamirano, a cargo de Daniel Barquera, calle de las Escalerillas [de Tacuba] número 11. Se expende en el despacho de esta oficina." También aparece el siguiente "Aviso. En esta Imprenta, calle de las Escalerillas número 11 se imprimen convites, avisos, tarjetas y toda clase de impresiones sueltas, con la mayor prontitud y comodidad, como verá la persona que se digne ocuparla."
(2) puesto de vuelta y media. Tratar mal de palabra, ofender.
(4) chanza. Dicho festivo y gracioso. Broma.
(5) deslenguado. Desvergonzado, descarado.
(6) socarrón. Astuto, disimulado.
(7) engullir. Tragar atropelladamente.
(9) 1ª: "toto". Corregimos de acuerdo con las ediciones.
(13) agua de la palata. Quizá sea una locución nominal: agua dada al moribundo a guisa de consuelo, por medio de un cucharón o paleta.
(14) cotorras. Cf. nota 8 al pról.
(15) perradas. Cf. nota 31 al cap. I.
(16) echarme a pasear. Equivale a mandarme a la porra.
(17) la peor cuña es la del propio palo. También se emplea la expresión "La cuña, para ser buena debe ser del mismo palo" o "La cuña para que apriete..." Equivale a "No hay peor cuña que la de la misma madera." Cf. Santamaría, Dic. mej.
(19) cachaza. Cf. nota 50 al cap. II.
(24) 2ª y 4ª omiten "dichosas".
(25) estados mudan costumbres. O sea, con la convivencia podemos cambiar totalmente.
(26) cordobán. Piel de macho cabrío curtida de manera especial. Los zapatos abotinados de cordobán también se llamaban boca de cántaro.
(27) 4ª: "comida". Error evidente.
(28) cazuela. Galería alta o paraíso en los teatros.
(29) modista. Se decía del que sigue con exceso las modas.
(30) Suspensivos añadidos en 4ª.
(31) obuses y culebrinas. Obús: pieza de artillería para disparar granadas. Culebrina: pieza de artillería larga y de poco calibre. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(32) soldados de Venus. Combatientes del amor.
(36) 4ª: "ni queremos confesar de buena fe". Cantar la palinodia. "Retractarse o desdecirse públicamente." Cf. Diccionario de autoridades.
(42) 1ª y 2ª apuntan "las". Corregimos de acuerdo con 3ª y 4ª.
(49) sin son ni ton. O sin ton ni son. Sin motivo, sin conocimiento de causa. Cf.Diccionario de autoridades.
(50) bien puesta. Bien arreglada, bien presentada. Hay un refrán que dice: "Mujer bien puesta, saca al hombre de otra puerta."
(51) 3ª y 4ª: "cuando no dirigió la pretensión".
(54) Los versos de sor Juana Inés de la Cruz a que se alude están transcritos en el capítulo siguiente.
(55) convento de San Jerónimo. Fundado por monjas concepcionistas en 1585. Estaba limitado por las calles de: San Jerónimo y Rejas de San Jerónimo, calle Verde y de Monserrate.
(58) Quevedo habla del tema en "Riesgo del matrimonio en los ruines casados", aunque la cita exacta no la hemos encontrado.
(59) 3ª y 4ª: "a quien tienen inclinación".
(62) mercedes. Cf. nota 1 al cap. V.
(63) alzar por dos cartitas. Guardara o defendiera.
(64) Tronera. Persona alocada.
(65) pelaza. Pendencia, riña o disputa.
(66) hablar de ellas las tres mil leyes. Locución verbal: decir pestes.
(69) 3ª y 4ª: "las damos". Omiten "gracias".
(70) montones. Cf. nota 20 al cap. VII.
(73) 4ª omite "nuestra salud o".
(74) payada. Acción propia de un payo o gente sin educación.
(75) hugonote. Se decía a los que seguían la secta de Calvino.