CAPÍTULO VIII

 

En el que se concluye la historia de Jacobo y de Carlota



 


 

—No hay que esperar firmeza en esta vida. Todos los hombres son variables; pero más que los hombres, las mujeres. Ellas son el depósito del fingimiento y la superchería. Sus ternezas son adulaciones, y sus más firmes juramentos no pasan de unas mentiras estudiadas. Malhaya el que se cree de unos entes tan débiles y miserables que abusan de los dotes de la naturaleza y de la ternura de su sexo para engañar un corazón sensible y generoso. Mas ¿quién no se creerá de una mujer hermosa cuando jura y promete ser firme hasta la muerte, y más si llama el llanto para que sostenga su mentira? Las lágrimas y los suspiros son unos arbitrios eficaces, que tienen a mano esta viles criaturas intrigantes para alucinar a los incautos.

De esta o de peor manera pensaba Welstér dentro del templo, creyéndose agraviado de su amable(1) Carlota; pero no pensaba con razón, porque hay mujeres fieles que conocen las leyes del honor y saben cumplir firmemente su palabra; mas Welstér no entendía de eso. En aquellos instantes no pensaba sino en tomar satisfacción de la inconstante Carlota, que tal concepto le merecía.

Se entró por fin al templo y se acomodó cerca del coro; comenzó la misa y siguió el sermón según se acostumbra.(2) El orador ponderó las virtudes de la novicia con arreglo a las instrucciones de su padre, y entre otras cosas decía: —Cui comparabo te, vel cui asimilabo te, filia Jerusalén?(3) ¿A quién te compararé, a quien te asemejaré, feliz Carlota, hija de Dios y destinada para la celestial Jerusalén? Tú, en la tierna edad de diez y seis años,(a) supiste despreciar la vanidad, y con pie firme hollaste un(4) mundo falaz que te seducía con sus placeres y pompas lisonjeras, para seguir con tu cruz a Jesucristo, tu esposo predilecto.

Jacobo oía el sermón, y cada palabra del orador hería su espíritu vivamente, renovando el mal juicio que se había formado de Carlota.

Concluída la misa, el preste y los ministros del altar se dirigieron al coro para solemnizar la profesión. Las religiosas se ordenaron en dos filas con vela en mano, la abadesa tomó el lugar que le correspondía, y entonces Welstér, que estaba muy inmediato a la reja, pudo ver bien a su amada Carlota. Ésta tenía los ojos bajos, y su macilento semblante manifestaba su estragada salud. Jacobo la veía de hito en hito, observaba las ceremonias religiosas, y escuchaba(5) los cánticos sagrados con una atención imperturbable. Amaba tiernamente a Carlota, y su vista renovó su cariño; pero como(6) al mismo tiempo se creía abandonado de ella sin motivo, en un instante convertía en un odio mortal aquel afecto, que volvía a desechar para quererla. De modo que su atribulado corazón batallaba a un tiempo con dos pasiones opuestas entre sí, el aborrecimiento y el amor, y sintiéndose agitado de las dos, no tenía libertad para decidirse por ninguna.

Entre estos amargos momentos llegó el de la profesión de Carlota. El sacerdote le hizo una exhortación breve y patética acerca de la vida religiosa, durante la cual, ella no alzaba los ojos de la tierra que estaba regando con sus lágrimas. Así que el sacerdote concluyó, pasó la novicia a hacer la profesión en sus manos. Cada movimiento, cada palabra de ella era un puñal con que atravesaba el corazón de Jacobo sin saberlo. Éste la contemplaba sin moverse; pero cuando la oyó decir, aunque con débil vez: —Yo, soror(7) Carlota de Jesús, hago votos y prometo. No pudo contenerse, perdió el juicio, se olvidó de la prudencia, y sin atender al lugar en donde estaba, con una voz fuerte e indignada(8) le dijo: —¿Qué prometes... perjura?... ¿Me conoces?

El formidable grito de Jacobo penetró los oídos de Carlota. Levantó sus ojos abatidos y los dirigió hacia donde oía el eco pavoroso; conoció a su amante, y con una voz desfallecida dijo: —¡Ay Welstér.! La fuerza... No pudo articular otra palabra. Un sudor frío bañó su hermoso rostro; su vista se eclipsó; la convulsión sacudió sus miembros fuertemente, y hubiera caído en tierra desmayada, si no la hubieran sostenido las monjas.

Todos se sorprendieron con tan inesperada novedad. Un sordo mormullo(9) se extendió por el templo; Labín, que había ido con el cura don Jaime para cerciorarse de la profesión, y estaba cerca del coro, luego que oyó a su amigo Welstér, corrió adonde estaba y le dijo: —Ya es menester que te sostengas. El escándalo es mucho. —Hazlo tú, por mí, le respondió Welstér; porque yo no estoy para hacer ni decir cosa a derechas. El oficial Labín que acababa de dar el consejo, luego que se halló comisionado por su amigo, se embarazó, y no se atrevía a hablar una palabra; pero el cura lo sacó del cuidado. Se acercó a la silla del preste, y le dijo: —Me consta que esta profesión, en caso de ser, será violenta; sírvase usted hacer que se suspenda, mientras vamos a dar parte del caso a su ilustrísima. Acuérdele a la abadesa la excomunión del Concilio, por si quisiere hacer una violencia. Dicho esto, llamó a Labín y a Welstér, y entrando en un coche partieron al palacio arzobispal.

En un momento llegaron e informaron al señor arzobispo, quien mandó que fuera el secretario, que llamase a la novicia a un confesionario para que libremente le dijese si era su gusto profesar o no, y que en caso de que no quisiera, inmediatamente notificara a la abadesa en su nombre que le diese su ropa de secular, y se la entregara; lo cual verificado, pasara a aquella señora a la casa del conde de la Roca, en la que se mantendría en clase de depositada, hasta que el señor virrey determinase si podía o no casarse.

Entre tanto que esto pasaba en Palacio,(10) volvió en sí Carlota, y creyéndose ligada con los votos, y desunida para siempre de su amante, prorrumpió en tan amargo llanto y en tan lastimosas exclamaciones, que enterneció a todos los circunstantes. Sólo su padre estaba inflexible, y como le dijeron que había ido a consultar al arzobispo, temía se le frustraran sus intentos, y agitaba a la abadesa para que recibiera la profesión de su hija; pero el sacerdote que presidía aquel acto, lo embarazó cuanto pudo, hasta que volvieron Labín, el cura, Welstér y el secretario.

Sin pérdida de tiempo practicó este último las órdenes del prelado; y habiendo Carlota protestado la fuerza con que iba a profesar, porque su intención era ser esposa de Welstér, notificó a la abadesa se la entregara, pena de excomunión mayor reservada al arzobispo. La abadesca obedeció al punto. Llevaron a Carlota para adentro, la vistieron de secular, y después la bajaron a la portería donde la esperaba Welstér y sus amigos.

Luego que se la entregaron al secretario y se vio libre de las monjas, corrió hacia Jacobo y lo abrazó sin hablar una palabra, porque las lágrimas se lo impedían. Ella no tuvo ni miramiento ni vergüenza en aquel acto. ¡Qué cierto es que una pasión vehemente no deja reflexionar en nada! Don Tadeo, que todos estos lances presenciaba, hubiera querido matar a su hija y a Welstér cuando los vio abrazarse; pero sus amigos le impidieron acercarse a ellos.

Sin embargo, ya que no podía usar de su mano contra ella, usaba de su(11)lengua, llenándola de oprobios, y confundiéndola entre sus acostumbradas maldiciones, que no atendió Carlota, embriagada con el gusto de haber visto a su esposo, y de haberse escapado de ser monja; bien que el secretario y los demás señores hicieron mucho por no dar lugar a que oyera a su padre, apresurando la despedida de las monjas; y luego que esta ceremonia se concluyó, la subieron al coche y la condujeron a la casa del conde.

Naturalmente nos interesa el bien de nuestros semejantes, y así toda la gente que había presenciado este raro suceso, y se había informado de la causa y circunstancias de él, felicitaban a Carlota. "¡Pobrecita!", decían; "¡gracias a Dios que ya no fue monja a fuerza! ¡Maldito sea el viejo codicioso de su padre!".

Ya se sabe cuánta es la desvergüenza de un pueblo conmovido. Estas palabras no las decían en voz baja, sino muy recio para que las oyera don Tadeo, que se quedó pateando y blasfemando en la portería. Sus amigos lo(12) fueron dejando(13)uno por uno, hasta que lo dejaron todos, y él se quedó solo repitiendo: "Ya no es monja, ya no es monja,(14) maldito sea su padre." El cochero y el paje, temiendo que las gentes rabiosas no hicieran con él alguna tropelía, y conociendo al mismo tiempo que no tenía el juicio en su lugar, cargaron con él, y lo metieron en el coche, acompañándolo el paje para que fuera más seguro. De esta suerte lo condujeron a su casa.

Entretanto, el secretario y sus compañeros entregaron la noble depositada al conde y a su esposa, con recomendación del arzobispo, y estos señores la recibieron con las más sinceras demostraciones de cariño y [de](15) ternura, luego que supieron sus desgracias, asegurando a Welstér que descansara en su cuidado, pues ellos no sólo se dedicarían a complacerla, sino que se valdrían de la estimación que merecían al virrey para que, informado de la ninguna justicia que tenía don Tadeo, le dispensara la edad y concediera su permiso para que se casasen cuanto antes.

Se despidió Welstér y los demás señores de los condes, y suplicando al secretario que los acompañase, fueron a palacio en la misma hora, e informaron a su excelencia de lo acaecido. El virrey dijo a Welstér que pusiera su pretensión por escrito, y que resultando cierto cuanto exponía, podía esperar un decreto favorable en justicia. Con esto se retiraron todos muy consolados. Dejaron al señor secretario en el Arzobispado, después de haber dado las debidas gracias a su ilustrísima. Luego el señor Labín llevó a Welstér a su mesón, y él con el cura fue a casa de don Tadeo, para consolarlo y persuadirlo a que desistiera de la tenaz resistencia que oponía para el casamiento de su hija.

 

 

 

 

 

Trabajo costó al cochero poner el coche frente de la puerta de don Tadeo, porque la gente plebeya se había agolpado allí, y casi no dejaban pasar a nadie por la calle. La causa era que don Tadeo les estaba arrojando por el balcón los dulces, bizcochos y licores prevenidos para el refresco. Subieron Labín y el cura, y lo encontraron solo en su sala y en la más ridícula figura, porque estaba sin casaca, con el chaleco desatacado, la camisa rota hasta la cintura, con la barriga y la calva al aire, porque había tirado la peluca, y todo él hecho un asco, lleno de dulce, empapado en vino, pero muy afanado en tirar a la calle hasta los vasos, repitiendo sin cesar: "Ya no es monja, ¡maldito sea su padre!".

El señor Labín y el cura se compadecieron del miserable viejo, procuraron consolarlo y hacerlo sosegar, pero todo era en vano. Por momentos se ponía más furioso.

A este tiempo entró su hija Adelaida, y apenas la vio el demente anciano,(16)cuando creyendo quizá que era Carlota, lleno de la furia más infernal, le dijo: —No hay herencia, maldita, no la esperes, y diciendo esto, le tiró con un frasco de cristal con tanta fuerza y tal tino, que se lo hizo pedazos en la cara. Cayó en tierra Adelaida bañada en sangre, y su padre sobre ella dándole furiosas puñadas, y aun la hubiera ahorcado con sus manos, si no entraran el cochero y el paje, con cuyo auxilio pudieron librarla el señor Labín y el padre cura.

Lo ataron como era regular, lo metieron a su recámara; pusieron en otra a la desventurada Adelaida; llamaron un médico; se encargó el cura de cuidar la casa en compañía del escribiente, que por casualidad llegó a ese tiempo, y el señor Labín pasó a informar a su excelencia, quien, como que conocía su honrada conducta, le previno por orden escrita que recogiese todos sus papeles, las llaves de las arcas y se hiciese cargo de todos los intereses, inventariándolos con noticia del cajero mayor, y reteniéndolos en custodia, cuidando al mismo tiempo de la salud de don Tadeo.

Todo se hizo como el virrey determinó. A Adelaida la pasaron a su casa en una camilla, porque podía perjudicarla más el movimiento del coche. Alguna terrible puñada recibió en el pecho, porque echaba sangre por la boca. Luego que entró a su casa y la vieron en tal estado su marido y sus hijos, comenzaron a llorar amargamente; pero ya no era tiempo sino de asistirla con cuidado.

El señor Labín, de acuerdo con el coronel y el cura, procuró que se anduviera cuanto antes el negocio de Carlota y de(17) Welstér, sin que ella trascendiera nada de las desgracias de los suyos. Con el favor del conde, y mucho más sabiendo el virrey que su padre estaba loco de remate, concedió su superior permiso para que se casara con Welstér, lo que se hizo secretamente en la misma casa de los condes, que se ofrecieron por padrinos.

A pocos días se agravó don Tadeo, habiendo tenido la felicidad de que se le despejase el cerebro perfectamente dos días antes de morir. Él no era idiota, [y](18)aprovechó estos preciosos momentos: conoció sus yerros, se reconcilió con la Iglesia, se dispuso cristianamente, otorgó su testamento, mejorando en gran parte a Carlota, mandó que entrase su escribiente y, después que le dictó una carta reservada, la cerró con su sello, se la entregó al señor Labín, suplicándole que después de su muerte y funerales, la pusiese en manos de su hija, a la que no se atrevía a ver, confundido de su inicua conducta. Recibió los santos Sacramentos, y al día siguiente murió como cristiano quien había vivido como idólatra de su dinero.

No se pudieron ocultar estas cosas al esposo de Adelaida, porque ésta lo enviaba diariamente a saber de la salud de su padre; pero tenía bastante prudencia, y así fue fácil que las hijas ignoraran la muerte de su padre, hasta que Adelaida se restableció. Ella padeció más de un mes y quedó con la cara señalada para siempre, lo que no fue poca fortuna.(19)

El señor Labín, el cura, el coronel(20) y Welstér mismo emplearon sus talentos para dar a las hijas la triste noticia del fallecimiento de su padre, y para inspirarles la debida conformidad con la voluntad divina, especialmente a Carlota, que como la mejor hija, lo sintió más; pero por fin, las dos se conformaron a la fuerza.

Entonces se vistieron los lutos de costumbre,(21) y cuando al señor Labín le pareció, las hizo estar juntas, y en su presencia abrió la carta de su padre, y a su ruego la leyó, y oyeron que decía de esta manera.

 

Carta de don Tadeo a su hija

Carlota

"Querida hija mía: a las orillas del sepulcro, hiere la luz de la verdad poderosamente nuestros ojos. Apasionado por la maldita codicia del dinero, creyéndome inmortal, y temiendo me faltara, te iba a precipitar en un abismo de miserias, te iba a hacer infeliz eternamente, haciéndote(22) abrazar un estado para el que no tenías vocación, sin considerar que no era mi autoridad ilimitada, y que el Dios de bondad y de justicia no exige de nosotros sacrificios violentos, ni aprecia los que se hacen a costa de su ley sacrosanta; mas yo, ciego por el vil interés, me desentendí de estas verdades, sofoqué el continuo clamor de mi conciencia, desprecié los avisos de los hombres de bien, y atropellé con las censuras del Concilio,(23) haciéndome a un tiempo odioso al Cielo y a la Tierra.

"Pero ya que el Dios de las misericordias ha querido derramarlas sobre mí con tanta liberalidad, concediéndome el uso de la razón que había perdido, quiero yo corresponder en algún modo a su bondad, y aprovechar estos pocos instantes que me restan.

"Conozco mi error, lo confieso, lo detesto, y con lágrimas de mis ojos te pido perdón, hija mía, de los agravios que te inferí. Perdóname, Carlota, perdóname hija de mi corazón: no te acuerdes que tuviste un padre cruel, ni ceses de rogar a Dios por él.

"Pídele también de mi parte perdón al joven Welstér, al coronel, al señor Labín y a cuantos escandalicé con mi mala conducta para contigo.

"Perdona asimismo a tu hermana, que fue causa de estas escenas desgraciadas.

"Tengo otorgado mi testamento, en el que te nombro por heredera de mis bienes. Distribuye el quinto de ellos por tu mano en beneficio de los pobres para que Dios perdone mis pecados.

"Únete en su santa gracia con Welstér, pues no te desmerece, y tú lo quieres. Procura vivir en paz toda tu vida, y si tuvieres hijos, jamás abuses de tu autoridad para violentarlos a que abracen el estado que repugnen.

"Dígnate, en fin, de admitir esta carta, como la única satisfacción que puede darte un padre que te ama, y apenas puede respirar. Yo quisiera estrecharte entre mis brazos por última vez; pero conozco tu corazón sensible, y temo que facilitarte este paso sería tal vez asesinarte con amor. Recibe desde aquí mi postrera bendición: Dios te prospere en tu nuevo estado; Dios dilate tus años en la más perfecta salud; Dios te llene de bienes y de gracia, y te haga feliz eternamente.

"A Dios, hija querida, a Dios, hija Carlota, para siempre;(24) recibe en tu corazón el de tu arrepentido padre

Tadeo."

 

 

Bien se deja entender la conmoción que causaría en todos la lectura de esta carta, especialmente en los interesados. Cada uno manifestaba su dolor, a proporción de la parte que tenía en él. Carlota y Adelaida levantaban sus ayes hasta el cielo; Welstér estaba sin moverse, apoyando la frente en sus dos manos; doña Matilde y las demás señoras no podían interrumpir sus sollozos cuando consolaban a Carlota; el coronel y el cura se paseaban en silencio por la sala, limpiándose los ojos cada rato; el señor Labín le dio la carta a Welstér humedecida toda con sus lágrimas, y se fue a sentar en un rincón. En una palabra, todos estaban penetrados de la ternura y el dolor.

Éste se aumentó vivamente cuando Adelaida, hecha un mar de lágrimas, se arrojó a los pies de Carlota, y abrazándola por las rodillas, entre avergonzada y compungida le decía: —¡Ay hermana de mi alma! Yo he sido la causa de tus desgracias y de la muerte de mi padre. Soy una vil, una indigna, que, por un ratero interés, tomé de ti una venganza cruel; pero el cielo me castigó por la mano de nuestro mismo padre. Yo llevaré en mi cara toda la vida las señales de mi maldito proceder; pero las llevaré con gusto si logro volver a tu amistad. Perdóname, Carlotita, perdóname, hermana de mi vida...

Era muy sensible Carlota para dejarla proseguir, y así levantándola a sus brazos, la estrechó en ellos, la besó mil veces en la cara, y mezclando sus lágrimas con las suyas, le decía: —Cállate por Dios, Adelaida: ya basta, ya todo se acabó, yo jamás he tenido agravio contigo, siempre te he amado, y desde ahora te juro que te he de amar más que nunca...

Todos los concurrentes se interesaron en separarlas, y cuando a fuerza de llorar calmó un poco la congoja de las dos, dijo el coronel: —Ya basta, señoras, ya está bueno; seamos sensibles; pero no nos entreguemos a la pena sin prudencia y sin moderación. No se hable ya otra palabra sobre los pasados agravios. Don Tadeo y esta señora han borrado muy bien sus flaquezas con su sincera compunción, ni Dios nos pide más para perdonarnos, que un arrepentimiento verdadero.

Por lo que respecta a sentir la muerte de vuestro amado padre, es muy justo; pero ya se ha dado harto desahogo al sentimiento; ahora es menester sostenerse en los motivos que tenéis de consuelo. Advertid, que vuestro padre descansa en paz. Esa carta manifiesta una disposición cristiana, y ésta le abrió las puertas del paraíso.

Así lo debemos esperar de la misericordia del Señor.  Si no lo hubiera querido para sí, si su condenación hubiera estado decretada, la muerte lo habría sorprendido en uno de los(25) accesos de su locura; pero pues Dios le restituyó el juicio, y él se previno con tan cristiana disposición, señal es que fue para salvarlo, pues Dios nada hace por acaso. ¡Ojalá que cuantos padres lo imiten en la culpa, tengan el tiempo, los auxilios y la resolución necesaria para imitarlo también en la penitencia!

Así consoló el coronel un poco más a las dolientes, y doña Eufrosina, como tan obsequiosa, les sacó vino y soletas, que les obligaron a tomar.

Los demás señores procuraron variar la conversación con disimulo hasta que lograron serenarlas. Don Dionisio les instó para que aquel día lo acompañaran a comer las dos hermanas, Welstér y el señor Labín, a lo que condescendieron gustosos. El coronel no quiso quedarse, y así se despidió de todos, y se retiró con su familia y el señor cura para su casa.

 

 


(1)  2ª, 3ª y 4ª: "amante".

(2)  2ª: "acostumbraba".

(3)  3ª y 4ª omiten el texto en latín.

(a)  Sólo cumplidos los diez y seis años se debe admitir la profesión: haciéndose con menos edad es nula por disposición del citado Concilio [Cf. nota 48 al cap. VII del t. II], sesión 25, cap. 15.

(4)  4ª: "en".

(5)  4ª: "observaba".

(6)  2ª, 3ª y 4ª omiten "como".

(7)  3ª y 4ª: "sor".

(8)  4ª: "indignado".

(9)  3ª y 4ª: "murmullo".

(10)  Palacio del Arzobispado. Estuvo en la esquina de las calles de Seminario y Moneda.

(11)  2ª, 3ª y 4ª: "la".

(12)  4ª omite "lo".

(13)  4ª: "desfilando".

(14)  3ª y 4ª omiten la repetición de "ya no es monja".

(15)  Añadido en 3ª y 4ª.

(16)  2ª, 3ª y 4ª omiten "el demente anciano".

(17)  2ª, 3ª y 4ª omiten "de".

(18)  Añadido en 3ª y 4ª.

(19)  fortuna. Felicidad, buena suerte o ventura. Cf. Diccionario de autoridades.

(20)  4ª: "general".

(21)  En la 2ª no se lee la línea "Entonces se vistieron los lutos de costumbre".

(22)  4ª: "precisándote a".

(23)  4ª: "de la Iglesia".      

(24)  3ª y 4ª: "A Dios para siempre, hija Carlota".

(25)  2ª: "sus".