CAPÍTULO VII
Juiciosa conducta del novio que se presentó a Pudenciana,
y cordura con que ésta y sus padres se manejaron
hasta verificarse el casamiento
Entre cuantos aficionados tuvo Pudenciana logró la suerte de ser el preferido un don Modesto, natural de México, hombre noble, de arreglada conducta, bien empleado y verdaderamente bueno.
Este sujeto, por principio de su pretensión, escribió a Pudenciana una carta que por original conservo en la memoria. Decía así: "Señorita, las bellas cualidades que recomiendan el mérito de usted me obligan a amarla. Yo deseara lograrla para mi única y perpetua compañera. Mis deseos nada importan, si no agrado yo a usted como usted a mí. Para que me conozca y me trate, necesito visitarla, porque mi carácter(1) no se acomoda a solicitar su mano parándome en las zahuanes, rondando su calle, valiéndome de criadas ni de otros medios, igua[l]mente(2)indecorosos a usted y a mí. Por tanto, estoy resuelto a ver a su papá de usted, a informarle de quién soy y a descubrirle mis intenciones; mas no daré un paso, antes que usted me diga si tiene vocación de religiosa, si, en caso contrario, está comprometida con otro o si es de su gusto o no el que yo la visite con este fin. Espero la respuesta de usted entendida de que no me pesará que se la dicte su padre, pues me conformaré con ella sea cual fuere. Entre tanto, dé usted órdenes a su amante servidor que sus pies besa.
Modesto."
Al instante que Pudenciana recibió esta extraña carta, la puso en manos de su padre, quien no dejó de admirarse de su estilo; pero dijo a Pudenciana: —Hija, si el carácter de este hombre y sus demás cualidades corresponden a lo que manifiesta su papel, sin duda que es un hombre de bien y digno de ser marido de una mujer virtuosa.
En esta carta nada se lee que tenga visos de adulación, mentira ni malicia: la verdad la dictó y la escribió una mano firme y que no la ha dirigido la falsedad, la seducción ni la malicia. ¿Tú no lo conoces? —Yo no, papá. —¿Jamás lo has visto? —Jamás. —Ésta es otra nueva circunstancia. Tú no puedes decidirte ni en su favor ni en su contra, supuesto que no lo conoces. Nada te mando en el particular, sobre tu inclinación haz lo que quisieres, dile que venga o no; pero escríbele, pues una carta política no se debe dejar sin contestación por una niña, en siendo con permiso de sus padres.
Pudenciana, muchacha y(3) naturalmente curiosa, obedeció a su padre gustosísima, y contestó la carta en estos términos: "Muy señor mío: la política de usted exige que le diga que ésta es su casa y [que](4) puede visitar a mi papá, contando ya con su licencia, cuando guste. Beso la mano de usted su atenta servidora.
Pudenciana."
Luego que don Modesto recibió la carta, fue a visitar al coronel, quien lo recibió con agrado; porque ni su figura ni su conversación le parecieron despreciables. El joven se hizo ver quién era; le manifestó los comprobantes de su buen nacimiento, le dijo dónde vivía y cómo era absolutamente solo, y que el destino que tenía era de comerciante pobre, aunque su principal era bastante(5) para sostener a una niña decente.
A seguida le descubrió su corazón sin rodeos, significándole el amor que tenía a su hija, y pidiéndosela para esposa, siempre que ella condescendiera.
Esto lo dijo tan breve y con tanta gracia que el coronel no acertaba(6) a responderle en su estilo, sólo le dijo: —Me parece usted hombre de bien; visite mi casa cuando quiera; nos experimentaremos mutuamente, quedando usted asegurado en mi palabra de que si merece a mi hija y ella lo ama, será suya.
Con este pasaporte visitaba don Modesto la casa con frecuencia; a la frecuencia siguió la comunicación; a ésta, la amistad; y a la amistad, el más tierno amor de Modesto y Pudenciana.
Cuando ambos estuvieron satisfechos de su buena y amorosa correspondencia, a un tiempo se declararon con el coronel y doña Matilde; los dos condescendieron con mucho gusto, y se verificó el apetecido enlace, al que asistieron doña Eufrosina, su marido, Pomposita y otras muchas personas.
Pasados los días de la boda, pensando Modesto que le sería tan sensible a su mujer separarse de sus padres, como [a](7) éstos desprenderse de ella, consultó con el coronel sobre que(8) si quería que las dos familias vivieran juntas, pues a él, a más de las ventajas económicas que le resultaban, le sería muy lisonjero que Pudencianita estuviese contenta al lado de sus padres como siempre.
Don Rodrigo agradeció mucho el buen afecto de su yerno; pero(9) le dijo [que],(10) siquiera(11) unos cuantos meses, era conveniente que(12) separara casa, para que su hija practicara como esposa y cabeza de familia las lecciones que le había enseñado acerca de esto; y que bien podía conciliarse la separación de las casas con la frecuencia con que debían o desearían tratarse madre e hija, pues, por fortuna, la casa de enfrente estaba desocupada, y si querían, podían tomarla, y así vivirían todos juntos y separados.
Modesto se conformó con el parecer de su suegro, y dentro de(13) tres días se mudaron, sin que Pudenciana ni su madre extrañaran la separación, por lo inmediatas que estaban.
Se deja entender que los dos nuevos esposos vivían muy contentos, pues no tenían encima suegros, cuñados(14) ni cosa alguna que los mortificara.
Entretanto, Pomposita estaba rodeada de cortejos; unos que efectivamente la pretendían para esposa, y otros que aspiraban a su conquista sin buen fin; pero Pomposa se reía de todos igualmente. Sus gracias, su atractivo y sobre todo el tal cual lujo que veían en su casa, aumentaba cada día el número de sus adoradores. Los regalos que la hacían éstos eran pocos; mas los elogios eran infinitos y desmedidos. Ella se sabía aprovechar de los primeros y reírse de los segundos.
Ninguna distinción hacía entre el tuno y el hombre de bien, y como que a nadie amaba, no advertía quién de sus amantes pensaba con honor y quién no: a todos los trataba por un estilo.
Su prima la casada, que no dejaba de visitarla, procuraba con modo corregir sus locuras, y aun inspirar la inclinación al matrimonio.
Una ocasión, tratando sobre esto, le dijo: —¿En qué piensas hermana con admitir tantas visitas en tu casa y en manejarte con cuantos hombres te cortejan con tanta familiaridad o llaneza? Ya entiendo que sólo tratarás de pasar el rato; pero, cuando esto sea, sabe que pierde mucho tu reputación, pues ningún hombre de juicio te ha de apreciar ni tener en lo que eres al ver que con todos bailas y con todos te chanceas y familiarizas demasiado por una parte, y por otra a ninguno te dedicas a agradar en lo particular, recibiendo además sin ninguna repugnancia los obsequios que te ofrecen. Yo he visto ya algunas como tú, y he oído las honras que hacen de ellas los hombres: lo menos que dicen es que son unas locas, estafadoras y chasqueras.(15) Conque mira lo que haces.
—Ya lo he visto, decía Pomposa; yo no llevo otro fin sino divertirme con los hombres, arrancándoles lo que pueda, hacerlos rabiar y echarlos noramala. —¡Cierto que llevas unos fines santos! —Si no son santos, a los menos no son tan maliciosos que no los lleven otras muchas(16) que hacen lo mismo que yo. Pero mira, Pudenciana, tú eres una tonta. ¿Habrá gusto como verse una muchacha rodeada de quince o veinte adoradores, de quienes es el centro, el objeto y el imán? ¿Hay satisfacción más placentera que verse una mujer idolatrada a un mismo tiempo por muchos hombres? ¿Podrán tener nuestros oídos rato más agradable que cuando oyen que nos llaman bellas, ángeles y deidades? ¿Alejandro, César, Pompeyo, ni mil otros guerreros podrán gloriarse de valientes delante de una hermosa que con solo un mirar de este o del otro modo alienta un corazón, rinde éste, desmaya aquél, desespera al otro y los humilla a todos? Y por último, ¿hay gloria, gusto, ni satisfacción igual al de una bella, ante cuyo acatamiento doblan la rodilla los jóvenes y los viejos, los pobres y los ricos, los plebeyos y nobles, y muchas veces los príncipes y [siempre](17) los vasallos?
Tú, hermana mía, tienes talento y no negarás que es una verdad cuanto te digo; y supuesto que la conozcan y confieses, es menester que te violentes mucho para no concederme que obre(18) con juicio manejándome como hasta aquí. El espejo, Pudenciana, sí, el espejo(19) es mi cotidiano consultor y consejero. El me dice cada día que soy hermosa y me persuade a que aproveche los dones de la naturaleza y los ratos que el tiempo me concede. ¿Qué dices?
—¿Qué he de decir?, contestó Pudenciana, sino que a lo que entiendo tú equivocas las apariencias con las realidades y la verdad con la mentira. Cierto que una muchacha hermosa y con tantas gracias como tú parece que domina a cuantos la tratan; mas yo sé claramente que no es así. Los hombres, hermana, por lo común, quieren a las mujeres; pero no las aman. Esto es, las quieren como el que quiere un buen caballo para pasearse en él; pero no lo aman, pues pasado el rato del paseo, lo envían a la caballeriza y no se acuerdan de él hasta que lo necesitan, y cuando el caballo se enferma o se envejece, tratan de deshacerse de él a toda prisa. Tú bien me entiendes; pues así son los hombres. Ellos y las mujeres nos están pregonando esta verdad a gritos mudos. Ahora seis años, no mucho, doña Ignacita, la gallega, Tulitas, la que estuvo en casa, y otras, ¿cómo andaban? Acuérdate, muy bien vestidas, muy servidas y muy obsequiadas de todos, y ahora, ya has visto su paradero: las que no han muerto en mil miserias, andan ahí arrastrando la chancleta(20) o pidiendo limosna; y ¿por qué?, porque el tiempo, la enfermedad o la mala vida que se dieron abreviaron sus días, mancharon su tez, robaron su hermosura, y luego que sus amantes las vieron feas, olvidaron el que fueron bonitas algún día. A un tiempo las abandonaron todos, les volvieron las espaldas, no hubo relevo de pretendientes, y entonces ¿qué sucedió? La indiferencia, el odio y el desprecio ocuparon el lugar de los obsequios, el amor y los rendimientos.
Esto tú y yo lo hemos visto en la poca edad que tenemos: luego ¿qué esperanzas debes prometerte de mejor éxito, cuando ni eres más hermosa que muchas de las que has conocido, ni los hombres de hoy piensan de diferente modo que los de ayer, ni tienes otros principios que los que tuvieron otras, y(21) por consiguiente, no tendrás otros fines. Conque manéjate de diverso modo, si quieres lograr diversa suerte.
Yo no pretendo que no ames a ninguno: eso sería querer que fueras insensible; nuestro corazón es de carne, somos racionales, capaces de pasiones y por lo mismo sujetas al amor; pero si nos hemos de enamorar de algún hombre, sea de uno, y éste sea hombre de bien, y amémoslo con un fin noble, santo y seguro. Cásate, hermana, cásate con quien te ame deveras y puede hacerte feliz con permanencia. Piensa en esto, y cuando halles un hombre que te aprecie tanto como Modesto a mí, no dudes entregarle tu corazón y hacerlo tu marido.
—¿Yo casarme?, contestó Pomposa, ni pensarlo; tú estás recién casadita, aún comes el pan de la boda y por eso te parece tan bueno el estado del matrimonio; pero que pasen estos días, que saque las uñas tu marido, que comience a celarte, a reñirte y a faltar a sus obligaciones, y entonces yo te preguntaré cómo te va. —No tengo esperanzas de responderte que mal, porque antes de casarme lo pensé bien, examiné el carácter de mi esposo y el mío, y conozco que jamás le daré lugar a que me cele ni me riña, y por lo mismo me pasaré siempre buena vida. No te canses, Pomposa: las mujeres hacemos a los hombres buenos o malos. Tenga la mujer prudencia y consejo en la elección de marido, experiménte[n]se mutuamente los dos, consulten a la experiencia de los padres y del confesor,(a) conózcanse los genios y costumbres, aspiren a ser felices el uno con el otro toda la vida, dirijan sus fines no el interés, no la libertad, no el apetito, sino el buscar cada uno de los dos un compañero que lo alivie en las miserias de la vida, un otro corazón igual al suyo en que descanse con seguridad y un amigo inseparable hasta el sepulcro, y entonces la mujer no dará lugar a quejas, riñas ni celos a su marido, ni éste tendrá valor para maltratar ni abandonar a su mujer. Los dos mutuamente se disculparán sus imprudencias, tolerarán gustosos la escasez, gozarán en paz de la abundancia, y libres de recelos, asegurados en su amor y tranquilos en la calma de la buena conciencia, sobrellevarán del mismo modo las cargas y sinsabores del estado hasta que la muerte los separe, en cuyo caso el corazón del que viva se llenará de una amargura eterna que disipará difícilmente, pues la memoria del consorte llega más allá del sepulcro, como lo vemos, y esto no sucede nunca con los amantes del calibre de los que tienes; y así, hermana, si quieres ser feliz, examina a los hombres, y cuando halles uno bueno y fino, que es fortuna hallarlo breve en estos tiempos, cásate y déjate de tonteras.
—¿Yo casarme?, repetía Pomposa; eso sí que no, ni pensarlo. Es verdad que me solicitan algunos para mujer propia; pero mira tú quiénes(22) [son los pretendientes]:(23) [me quieren](24) un comerciante que tendrá cuarenta años, un oficial segundo de secretaría, un hacendero payo, un minero viudo con una hija de seis años, un licenciado acabado de recibirse, un médico con tales cuales créditos y un corredor del número. ¿Qué te parece? ¿No son excelentes personajes para mí? ¿Deberé yo pensar en rendir mi hermosura a semejantes muebles? ¿Sería feliz al lado de cualquiera de ellos? ¿Qué dices?, pues éstos son mis novios.
—En verdad, hermana, que si te aman deveras, cualquiera de los que dices es bastante para hacerte feliz con tal que no quieras salirte de tu esfera, pues en queriendo exigir de tu marido más de lo que pueda darte, sin duda que será tu matrimonio desgraciado, porque si quieres contentar tus deseos a pura fuerza, o eres infiel a tu marido o lo exasperas y en ambos casos te labraras tu ruina.
—Por eso no me quiero casar con ningún hombre que no sea título y mayorazgo, decía Pomposa; no, en todo caso que sea mi novio rico y con seguridad; pues, que sea por lo menos marqués, y no de aquellos de quienes dice el refrán que: a las veces en casa(25) de los marqueses, más suele ser el ruido que las nueces.(26) No, yo quiero que el marqués que haya de ser mi marido sea rico, y que en su casa haya tantas nueces como ruido, tanto dinero como lujo y tanta seguridad como gusto; si no, hija mía, ¿para qué es casarme? Me quedaré así para lavar corporales o vestir imágenes;(27) pues bien sabes que la fruta bien vendida o podrida en el huacal.
—Pues yo temo que tu fruta se pudre, dijo Pudenciana, porque tú ya no eres muy rica, y los marqueses y mayorazgos no buscan, por lo ordinario, gracias ni hermosuras en las que elijen para esposas, sino dinero a(28) todo para sostener su ostentoso lujo. Ésta es una verdad dura; mas es una verdad que sólo puede contradecirla un loco. Si tal no fuera, no veríamos tantas marquesas feas, tontas y sin gracia, al mismo tiempo que vemos abandonadas innumerables muchachas bonitas y de recomendables circunstancias que no hallan un enlace regular.
—Sea lo que fuere, o me caso con marqués rico o con ninguno.
—Pues haz lo que quisieres.
En este punto quedó la amigable conferencia de Pudenciana y su prima. Cada una abrazó su sistema y percibieron el fruto a proporción, como verá el que lea lo que sigue.
(5) 4ª: "que se ejercitaba en el comercio, y aunque su capital era corto, bastaba".
(15) chasqueras. Que acostumbran a dar desengaños.
(19) 4ª omite "Pudenciana, sí, el espejo".
(20) chancleta. Zapato viejo que tiene doblado para adentro el talón.
(a) En la elección de confesor o director espiritual, debe ponerse mucho cuidado por los padres de familia, pues de una mala elección de éstas han venido y vienen muy malas resultas.
(22) 3ª omite "tú quienes"; 4ª: "qué tales".
(26) a las veces en casa de los marqueses, más suele ser el ruido que las nueces. EnEl Periquillo Sarniento se usa: "En casa de conde, muchas veces, más suele ser el ruido que las nueces": tener poca sustancia o ser insuficiente una cosa que aparece como grande y de cuidado.
(27) me quedaré para lavar corporales o vestir imágenes. También se dice: "quedarse para vestir santos y recoger las limosnas": quedarse soltero o soltera.