CAPÍTULO VII

 

Emprende ser jugador,
y lances que se le ofrecen en la carrera



Ya sabéis, queridos compañeros, que en esta triste vida se encadenan los bienes y los males de modo que los unos relevan a los otros, y no hay quien sea constantemente feliz ni constantemente desgraciado.

En esta época advertí por mi propio esta nueva, útil y apretada máxima, o lo que sea. Resolví ser jugador; pero, aquí de Dios, ¿con qué principal, si no tenía un real(1)ni quien me fiara un saco de alacranes? Sin embargo, no me desanimé; fuíme a la primer casa de juego que se me proporcionó; me paré tras de la silla del montero, que no era muy vivo; de cuando en cuando me agachaba, como que me iba a poner bien las botas, y en una de éstas le vi a la puerta(2) el rey del albur.

Entonces avisé o di codazo a uno que estaba cerca de mí; tuve la fortuna de que me creyera; puso todo el dinero que tenía y todo el que le prestaron y le llevó al pobre montero como doscientos pesos; me dio con disimulo seis; me ingenié con ellos y tuve la felicidad de juntarme esa tarde con sesenta pesos. Es verdad que esto fue con su pedazo de diligencia y algo de buena regla que se asentó.

Inmediatamente me fui al Parián(3) y compré dos camisas de coco, un frac muy razonable y todo lo necesario para el adorno de mi persona, sin olvidárseme el reloj, la varita, el tocador, los peines, la pomada,(4) el anteojo y los guantes, pues todo esto hace gran falta a los caballeros de mi clase. Le di una galita(5) a un corredor para que me los llevara a casa; y en la tarde me vestí, peiné y perfumé como debía, y con quince pesos que me sobraron, salí para la calle. Entré a tomar café, y el primero a quien encontré fue a Simplicio que, admirado de mi repentina decencia, no solamente no me reconvino sobre lo pasado, sino que con mucho agrado me preguntó cuál había sido el origen de mi felicidad.

Se ha ganado el pleito de mi hermana, le constesté bastante serio. —¿De tu hermana? Sí señor, de mi hermana, de aquella mujer infeliz que tuvo la desgracia de haberte amado... —Pero si Sagaz... —Sí, Sagaz es un gran pícaro; se vio despreciado de ella y se vengó llenando tu cabeza de chismes... No hablemos más de esto, que me electrizo.

Entonces Simplicio me dio mil satisfacciones, me preguntó dónde vivía, y yo le dije que en su hacienda mientras se disponían sus bodas.

—¿Cómo sus bodas?, preguntó Simplicio muy espantado; y yo le seguí engañando muy bien, hasta que lo creyó redondamente. —Maldito sea Sagaz!, decía lleno de rabia; él me ha robado mi felicidad para siempre. Por poco suelto la carcajada al ver la facilidad con que me había burlado de aquel simple a quien obsequié con café; y al pagar hice cuanto ruido pude con mis quince pesos. Finalmente nos despedimos; él se fue al Coliseo(6) y yo al juego.

Algunos días la pasé bien a favor de Birján(7) y de sus libros, pues como me veían decente, pensaban que tenía mucho que perder, y por esta honestísima razón me daban el mejor lugar en cualquiera mesa; pero yo no pasaba de lo que llaman amanezquero:(8) apenas afianzaba dos o tres pesos, los rehundía, sacaba mi puro y me lo iba a chupar a la calle.

Ya se sabe que la fortuna se cansa de sernos favorable largo tiempo, y así a nadie le hará fuerza saber que a los quince días se me arrancó y volvieron mis trabajos con más fuerza.

Como ya me conocían que era un pobre, disminuyeron los tahúres sus aprecios. La miseria me obligó a hacer algunas drogas(9) y en algunos lances de éstos tuve que sufrir y dar algunos golpes por sostener el honor de mi palabra; y así anduve de malas algún tiempo, hasta que para coronar la obra me sorprendió la justicia una noche y tuve el honor de ir a la cárcel por primera vez.

Como no tenía dinero para pagar la multa, fue preciso tolerar la prisión, en la que por comer me quedé casi desnudo y no muy sano de salud.

Salí por fin y tuve la dicha de encontrar un amigo a quien había yo servido en sus amores, y al verme en tal estado, se compadeció de mí y me proporcionó que fuera yo su gurupié(10) ganando dos pesos diarios.

El cielo vi abierto, pues bien sabía cuán excelentes conveniencias son éstas; y yo la hubiera servido no digo por dos pesos, sino por dos reales, pues en no siendo tonto el gurupié, gana lo que quiere, como yo lo ganaba. Un día con otro no me bajaba mi sueldo de diez pesos: porque con la mayor gracia del mundo hacía que me componía la mascada, que se sonaba, que sacaba el reloj, y en cada diligencia de éstas me rehundía un peso o dos. Ello es que yo me planté como un marqués; me daba un trato de un príncipe, y no había letrado, oficinista ni militar que no envidiase mi destino. Si en los días que me duró esta bonanza no hubiera yo jugado, otro gallo me cantara a la hora de ésta; pero la mitad del dinero utilicé, y la otra mitad perdí.

Sin embargo, aún durara mi dicha si un pícaro barbero de mi patrón no hubiera advertido mi habilidad y, envidioso sin duda, se lo avisó. Al principio, según me dijo, no lo quería creer; mas instándole el maldito hablador, fue al juego, y sin que yo lo viera, observó bien mis gracias. Se acabó el monte y me llevó a su casa; se encerró conmigo; me hizo desnudar; cayeron de entre la ropa veinte pesos, porque esa noche me tentó el diablo y me propasé. No pude negar mi diligencia; me quebró un bastón en las costillas y me echó a la calle en paños menores, pues hasta la ropa me quitó el muy mezquino. Como que no era caballero, no sabía respetar a los que lo son desde su cuna, y así me trató como a un villano y como si yo hubiera cometido algún delito en hacer mi necesaria diligencia.

En fin, yo salí en cueros(11) y con las costillas bien molidas. Ya en la esquina de la calle encontré una ronda; me cercaron, y al verme en aquellas trazas me juzgaron ladrón, y ya querían amarrarme; pero como el hombre de talento sabe valerse de él en cualquier caso, especialmente en los adversos, no me acobardé; antes me aproveché de la ronda, pues con aquella serenidad que inspira la inocencia, le dije al alcalde: —Sólo esto me falta para que me lleve el diablo de una vez. ¿Conque a un caballero como yo se juzga por ladrón, porque se ve desnudo, sin advertir que esta camisa es de estopilla y los calzoncillos de bretaña(12) superfina, géneros de que no se visten los ladrones, a los menos los rateros? Mejor fuera que usted y su ronda me acompañaran a mi casa, donde deseo llegar para curarme de los palos que me han dado los verdaderos ladrones que me acaban de dejar en el triste estado en que usted me ve. El alcalde y todos sus compañeros se compadecieron de mí; uno de ellos me prestó una capa, y todos me condujeron a mi casa.

Cuando la casera abrió, di las gracias a la ronda, se despidieron y me subí a acostar y a curarme con aguardiente.

Al día siguiente no pude levantarme; pero la pobre vieja casera me llevó una bebida y no sé qué menjurjes, con cuyos auxilios me fui aliviando hasta que pude ponerme en pie y salir a la calle; aunque ya no quería ir al juego, temeroso de que nadie ignoraba el lance; y si como fueron palos hubieran sido estocadas, no hubiera dejado de ver a mis amigos, porque las estocadas no afrentan a los caballeros, pero los palos sí.

En fin, restablecido de los golpes, y disminuida la vergüenza con el tiempo, sólo sentía que me había vuelto a quedar con un solo vestido, aunque no malo, pues para curarme, comer y pagar el cuarto, fue preciso vender unas cosas, empeñar otras y perderlas todas; pero ya no había de qué echar mano y comer era indispensable, y así volví a recurrir a mis antiguos asilos, esto es, a los cafés, vinaterías, garitos y billares, en pos de mis amigos y parientes, los que no dejaban de socorrerme algunos días.

En uno de éstos tuve un encuentro con un maldito viejo, y por poco me pierdo, como verá el que leyere lo que sigue.

 


(1)  real. Cf. nota 5 al cap. III.

(2)  a la puerta. Cf. nota 17 al cap. V.

(3)  Parián. Cf. nota 2 al cap. VI.

(4)  pomada. "Composición medicinal, que se hace de varios ingredientes, de los quales se forma una especie de manteca, mui util para ablandarse el cutis de rostro y manos, y para refrescar las partes encendidas del cuerpo... Llámase Pomáda, por ser el principal ingrediente de que se compone, las pomas ó manzánas." Cf. Dic. autoridades.

(5)  galita. Diminutivo de gala, propina.

(6)  Coliseo. Cf. nota 13 al cap. VI.

(7)  Birján. Inventor de los naipes.

(8)  amanezquero. En México, el que no tienen oficio ni beneficio, y saca lo necesario para pasar el día mediante malos arbitrios. Cf. Santamaría.

(9)  drogas. Deudas o embustes.

(10)  gurupié. El que en el juego del monte reproduce en otro lugar de la mesa, con cartas despuntadas, el albur que saca el tallador, para que le vean los apuntes distantes y hagan allí sus apuestas. Paga las que gana y suple las que pierde, y a veces suple al tallador. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(11)  en cueros. Cf. nota 23 al cap. VI.

(12)  bretaña. Piezas de lienzo fino fabricadas en Bretaña.