CAPÍTULO VII

 

Descubre Adelaida los amores de Carlota a su padre;
se indigna éste y la hace hacer recibir por fuerza el hábito de monja;
pasa el año del noviciado, y llega Welstér la víspera de la profesión



 



 

¡Qué cierto es que el interés es la piedra de toque de la virtud y la amistad! Muchos afectan muy bien la probidad y la amistad más constante; pero apenas media el más ligero choque por causa de intereses, cuando se quita el oro aparente del honor y la constancia, y se descubre el vil metal del vicio y de la falsedad. Esto mismo experimentó Carlota con su hermana.

Un mes hacía que se había embarcado Welstér, cuando un día de repente llegó a casa de Carlota una criada con un papelito de su hermana, por el que ésta le pedía prestado el cintillo que le había dado Jacobo.

No era mezquina Carlota: varias cosillas le había dado a su hermana en clase de prestadas, y ni habían vuelto, ni ella se las cobraba nunca; pero no fue tan generosa con el cintillo de su amante. Redondamente se lo negó, diciéndole que ya sabía que podía mandar en todo cuanto tenía, menos en el cintillo de Welstér, porque llegar a nada(1) suyo era llegar a las niñas de sus ojos. Adelaida, como no acostumbrada a semejantes negativas, se enfureció y propuso vengarse de su hermana.

Dejó pasar como ocho días, y al cabo de ellos fue a visitarla, y la halló cosiendo con doña Ana, que era una señora viuda, ya vieja, y tía de las dos, que tenía don Tadeo en su casa para que acompañara a Carlotita. Esta señora quería mucho a su sobrina y era depositaria de sus secretos, motivo porque no receló de ella Adelaida.

Luego que entró, abrazó a su hermana con mucho cariño y comenzaron a parlar. Le preguntó que(2) cómo le iba de ausencia, a lo que Carlota contestó con sencillez que cada día extrañaba más a su Jacobo. —Ya te considero, mi alma, cómo estarás, decía la pérfida hermana, y tienes mil razones de estar triste; no es para menos el lance, porque ciertamente que Welstér tiene mil prendas: yo no he visto joven más fino ni más amable. Sobre que yo no tengo las relaciones que tú con él, y lo quiero tanto que ya no veo las horas de que venga y que se case para poder decirlehermano. Y no, no pienses que éstas(3) son poblanadas(4) mías. Mira: aquí te traigo esta purera para que cuando venga se la regales en mi nombre. Ella no tiene nada de particular sino haberla yo hecho con mis manos.

Diciendo esto, le dio una purera de chaquira(5) muy bien hecha, con un letrero que la ceñía por enmedio, y decía: Carlota a su amado Welstér. Loca de contenta quedó la cándida Carlota con el regalo de su hermana. Le dio las gracias y unas argollas de oro, con lo que quedó la purerita bien pagada.

Preparada la intriga, la consumó Adelaida diciendo: —Anda, niña, que me negaras tu cintillo el otro día. —Hermanita, respondió Carlota, no te enojes; pero ya ves que el cintillo... —Sí, sí, tienes razón, Carlotita,(6) y si no lo hicieras así, no fueras gente; pero yo no quería el cintillo más que para cotejarlo con uno que me venden. Aquí te(7) lo traigo: míralo y préstame el tuyo a ver si se parecen.

Entonces sacó Carlota el cintillo de uno de los secretos de la almohadilla, donde también estaban la palabra de Welstér y algunas cartas. Adelaida lo observó todo, vio el cintillo y se lo volvió diciéndole: —Ahí puedes guardar la purerita. Carlota recibió el consejo y platicaron de otras cosas. Le sacó a su hermana vino, queso y bizcochos, y dentro de breve rato se despidió.

¿Quién había de esperar de una hermana una(8) villanía, y menos no habiendo dado motivo? Ello es que sucedió porque es mucha la malicia de los hombres, y no se queda atrás la de las mujeres. A los cuatro o cinco días espió Adelaida la hora en que su hermana salió a misa con la tía doña Ana, y cuando la vio en la calle, se entró en su casa, donde halló al viejo don Tadeo contando dinero. Lo saludó con mucho cariño, le besó la mano, se sentó y comenzó a hacer su negocio de este modo: —Papá, ¿qué está usted haciendo balance para darle su parte a Carlotita? —¿Y para qué quiere dinero Carlotita?, dijo su padre. —¿Cómo para qué? ¿Pues no está para casarse? —¿Para casarse Carlota? —Sí, señor, ¿ahora está usted en eso? Días hace que está prendada y palabrada(9) con don Agustín Jacobo Welstér, ese inglés que se bautizó el otro día en el Sagrario,(10) y que visitaba tanto a Eufrosinita. —¡Vaya, tú has venido de gorja!,(11) decía el viejo; ¿cuándo la pobre de mi hija piensa en eso, y mucho menos con un(12) extranjero a quien apenas habrá visto tres veces?

—¿Tres veces?, dijo Adelaida, trescientas se han visto en cuatro días o cuatro meses que se conocen. ¡Vaya, no dude usted, ni lo quiera alucinar mi hermana! Registre usted su almohadilla y se convencerá de que no vine a engañarlo, sino a descubrirle la verdad, porque usted al fin es mi padre y me duele más que ella. Ya se ve que si usted quiere que se case, que se case norabuena.(13) Usted es también su padre y sabe lo que hace.

—¿Qué se case?, decía el viejo echando lumbre por los ojos; primero la vea yo(14)hecha pedazos. —Espérame aquí, voy a sacar su almohadilla. La sacó en efecto, y la traidora hermana puso en sus manos los papeles, el cintillo y la purera. Cuando el viejo vio las cartas y la palabra de Welstér, poco faltó para que no se echara por su balcón. Tal estaba de ciego de la cólera.

La pérfida Adelaida lo serenó diciéndole: —No es menester, señor, que usted se incomode tanto, ni que lo pague su salud: con modo se harán bien todas las cosas. Usted es su padre y si no quiere que se case, no se casará aunque el mundo se venga abajo. El caso es que sepa usted sostenerse para que otra vez no le pierda a usted el respeto. Castíguela usted; pero sin encolerizarse, y eso que sea el castigo moderado, pues porque es mi hermana, y es fuerza que me duela. Diciendo esto se despidió.

A poco rato volvió Carlota de misa, y la llamó su padre a una pieza retirada de la casa. Cuando entró en ella, cerró la puerta con llave, y le dijo que se sentara. La infeliz Carlota se sentó toda temblando, y él [le](15) dijo: —¿Sabes que eres mi hija? ¿Sabes lo que me debes?, y por último, ¿sabes la autoridad que tengo sobre ti? —Sí, señor. —¿Pues cómo tan sin honor, tan sin vergüenza te has atrevido a ofrecerte por mujer a un hombre vil, sin consultar conmigo? ¿No sabes que una hija de familia no debe tener más voluntad que la de su padre, y que no es dueña ni de sus pensamientos? Pues ¿cómo te has arrojado a amar a ese hombre sin mi licencia, hasta el extremo de recibirle papeles y regalos? ¡Ea, no te pongas descolorida, no(16) tiembles!, yo no hablo de memoria; estoy bien informado de tu conducta, y te voy a poner testigos que no te atreverás a desmentir. ¿Conoces esta purera? ¿Ves este cintillo? ¿Entiendes la letra de estos papeles? Vamos, hija ingrata, indecente, sinvergüenza, ¿no te confundes convencida de tus criminales procederes? Habla, responde, discúlpate si puedes.

La desdichada Carlota, no pudiendo negar lo que tantos documentos aseguraban, hecha un mar de lágrimas se arrojó a los pies de su padre y le dijo: —Es verdad, señor, que he tenido la debilidad de corresponder a los afectos de Welstér. Si es delito el amor,(17) yo he amado, lo confieso; pero ahora ya no tengo más remedio que pedirle a usted perdón de mi delito. Sí, amado papá, perdone usted a esta desdichada.

—Está bien, contestó don Tadeo con toda gravedad; pero me has de dar palabra de ser monja y de aborrecer para siempre a ese infame Welstér. ¿Qué dices?(18)—¡Ah, señor!, respondió Carlota, no merece Welstér que lo aborrezcan. Cuando el rayo se desprende de la nube no hace más estrago que el que hicieron estas palabras(19) en el corazón de aquel tirano padre, quien arrastrando a la infeliz Carlota y bañándola en sangre a bofetadas, le decía: —Hija vil, hija ingrata y atrevida; ¿así me faltas al respeto? Aún no estás contenta con proceder mal, sino que en mi propia cara haces alarde de tu inicua liviandad? Yo te pondré en unas recogidas(20) para siempre.

Así que se cansó de golpearla, se paseaba furioso por el cuarto, mientras la triste Carlota permanecía en un rincón hincada de rodillas, lavando la sangre de su rostro con las lágrimas que corrían de sus ojos.

Un espectáculo semejante hubiera enternecido a un tigre; pero aquel viejo estaba empedernido. Se paseaba apresuradamente frotando una con otra mano; la barba le temblaba debajo de la barba;(21) sus ojos despedían sobre Carlota unas miradas de fuego, y con un tono de voz de condenado le decía: —¿Conque, maldita, no quieres darme gusto, no quieres aborrecer a ese vil ni ser monja? ¿Te has empeñado en llenar de amargura el corazón de este(22) tu pobre padre? ¿Quieres abreviar mis días y dar conmigo en el sepulcro? Pues anda, hija ingrata y desconocida, no seas monja, no; pero así el cielo derrame sobre ti sus maldiciones: confundida y arrastrada te veas en este mundo; jamás tu corazón pruebe los placeres de la paz; sea toda tu vida un círculo de afrentas, dolores y miserias, y en la hora inevitable de tu muerte, el Dios eterno que me escucha permita que no halles confesor que te absuelva para que, muriendo impenitente, recibas en los infiernos por toda la eternidad el premio de tu tenaz inobediencia.

No pudo la inocente Carlota soportar el temor que le infundieron estas impías execraciones,(a) y así, trémula, descolorida y palpitándole fuertemente el corazón, se abalanzó a los pies de su cruel padre, se los besó mil veces, los empapó con sus lágrimas, y apenas articulando las palabras le decía: —Ya está, papá de mi alma, ya está: yo seré monja y cuando usted quisiere, pero deje ya de maldecirme.

Entonces el cruel viejo, aparentando una alegre serenidad, la levantó a sus brazos, y estrechándola en ellos, le decía: —Ya no hay nada, Carlota; ya no hay nada. Tú eres mi hija y estás obligada a obedecerme, así como debo amarte por ser tu padre. Con tal de que me des gusto y me cumplas esa palabra, ya no te reñiré en mi vida; antes te recibiré a mi gracia, y te daré gusto como siempre.

Vamos, siéntate, serénate, no llores: si yo te quiero mucho, si eres mi hija, ¿no te he de amar? Ahora, ¿qué imposibles te pido? Que seas monja; mira tú cuál es el daño que te hago. ¿Acaso crees que en los conventos se pasa mala vida? No, hija, todo lo contrario; cuantas están allí están contentas, sin echar menos la calle para nada. ¿Qué te podrá faltar en el convento? Allí tendrás tu celda muy compuesta, tus macetas, tus pajaritos y cuantas golosinas apetezcas. No te faltará un peso que gastar con libertad, ni amigas con quienes amistarte. Tampoco carecerás de diversión, pues en los conventos tienen sus días de recreo, sus rejas, sus visitas y azoteas; hacen también sus máscaras y mojigangas, sus comedias, sus jamaicas.(23)  En fin, no extrañan la calle para nada.

A más de esto, ya sabes que mi hermana es la abadesa; con ella vivirás y te tratará como tu tía y como que te quiere y te ha querido tanto. Por esta misma razón, las monjas y las niñas te traerán en las palmas de las manos. Últimamente, tú vas a ser feliz toda tu vida; vas a asegurarte(24) de los peligros de este mundo, vas a llenarte de la gracia de Dios, a merecer la bienaventuranza con tus virtudes y a ser nada menos que esposa del mismo Jesucristo. ¿Quieres más dicha? ¿Quieres más satisfacción? ¿Quieres más gloria?

Conque ¿qué dices?, ¿te resuelves a aborrecer a Welstér y [a](25) ser monja? —¡Ay papá!, respondió Carlota sin poder interrumpir su llanto, ya le dije a usted que seré monja, pero aborrecer a Welstér es imposible. —Vaya, vaya; tú estás apasionada, te disculpo: al fin eres muchacha y no sabes lo que hablas ni lo que haces. Me contento con que seas monja. En el convento, después que no sepas de Welstér, cuando pasen dos años y no tengas ni esperanzas(26) de verlo, se apagará en tu pecho esa llama que ha encendido tu infame seductor, y ya no te volverás a acordar de él; pero es preciso acelerar este paso antes que se enfríe tu(27) vocación.

Mientras vuelvo, vístete y serénate. Te dejo encerrada, porque no quiero que tu tía ni las criadas te vengan a incomodar ni a informarse de lo que ha pasado. Ya vuelvo.

Diciendo esto el viejo, la encerró y se salió para la calle. Fácil es concebir que Carlota, viéndose sola se desahogó a su satisfacción, se bañó en su llanto mil veces besando el retrato de Welstér, que no se le caía del pecho. Le decía como si hablara con él mismo: ¿dónde estás?, ¡ay, Jacobo de mi vida, hechizo de mis ojos, bien de mi corazón! ¿Para qué veniste a esta tierra que te había de ser tan azarosa?, ¿para qué me amaste tan deveras, y ya que me amaste, para qué te ausentaste de mis ojos? ¡Ah, Welstér desdichado! Ven, vuela en las alas del amor a socorrer a tu infeliz Calota; mira que te la arrebatan de los brazos. Sí, yo te voy a perder eternamente. Ya no volveré a ver ese semblante tan lleno de candor y de inocencia; ya no escucharé de tu boca aquellas tiernas expresiones, aquellos nobles sentimientos que me manifestaban tu amor puro; ya no tendré la gloria de volver a estrecharte entre mis brazos; ya huyó de mi corazón aquella lisonjera esperanza que me alentaba de poder alguna vez llamarte mío. ¡Ay, desdichada Carlota! Ya se acabaron para ti los días de la serenidad y la alegría. sepultada en una horrible prisión vas a perder a Jacobo para siempre.  Welstér...  amado Welstér...  esposo mío... ven, corre, favorece a esta mujer amante y desgraciada.

La fuerza del dolor oprimió el corazón de esta infelice, anudó su lengua, heló su sangre y la hizo sucumbir a su vehemencia. Cayó privada(28) al pie de un canapé sin soltar el retrato de su amante.

Así estuvo algún tiempo hasta que naturalmente volvió en sí, y advirtiendo que había pasado un(29) largo rato y que podía ya volver su padre, escondió el retrato, se limpió los ojos y se vistió.

Apenas había acabado, cuando entró don Tadeo y le mandó se pusiera el túnico negro y la mantilla. Obedeció al instante, y tomándola el padre de la mano la(30)bajó(31) la escalera, y entrando los dos en un coche, le llevó al convento, en cuya portería la estaba esperando la abadesa.

Ésta la recibió con mil cariños y la introdujo en su habitación. Como don Tadeo tenía dinero, facilitó todas las cosas de modo que al tercer día tomó el hábito de religiosa.

Esto fue con tal secreto que ni doña Eufrosina, ni ninguna de sus amigas, ni su hermana Adelaida, ni las mismas criadas de su casa lo percibieron, ni pudieron rastrear su paradero por más pesquisas que hacían.

El viejo se unió con la abadesa, y entre los dos tomaron todas las precauciones necesarias para impedir que Carlota avisara a nadie de la calle(32) dónde estaba. Continuamente tenía sobre sí los ojos de la tía o de una monja de su confianza; no le permit[í]a jamás bajar a la puerta, subir a la azotea ni tener reja; se le prohibió absolutamente toda amistad dentro del convento; se le quitó de la celda el tintero; se le impidió bajo de graves penas que hablara sino con la abadesa o con la monja su perpetua centinela, y para acabar de quitarle todo recurso, se la hacía dormir sola en un cuarto, bajo de llave.

La infeliz novicia cayó en la más negra melancolía. Siempre llorando, sola, y sin hablar con nadie del convento, se entregó a rienda suelta a la tristeza. A muchas instancias y regaños comía un bocado; el sueño se retiró de sus ojos, y con semejante vida en cuatro días se estragó su salud notablemente. Ella se puso flaca y descolorida en términos que infundía compasión a cuantos la miraban. Su confesor, con quien podía haber tenido algún desahogo, estaba coludido con su padre, y así en vez de consolarla, la reprendía ásperamente, tratándola de loca y de inconstante.

Tantos verdugos juntos dieron con ella en una cama, donde padeció más de seis meses. Cuando avisó la abadesa a su padre que estaba de peligro, y que no la aseguraban los médicos, respondió: "¡ojalá se muera!, más bien la quiero muerta que casada".

No se cumplieron sus indignos deseos, porque ya por la resistencia de su edad y su constitución, o por los auxilios de la medicina, se fue restableciendo poco a poco, hasta que logró ponerse en pie.

Cuando se levantó de la cama se halló con otra niña que tenía la abadesa, llamada Irene, con quien le permitieron amistarse, pero sin perderla de vista como siempre. Esta joven era muy amable y padecía la misma enfermedad que Carlota, esto es, estaba apasionada por un hombre de bien; pero era pobre, y los padres de ella para ver si lo olvidaba, la pusieron en el convento. Así que las dos se comunicaron sus penas, estrecharon más su amistad y se consolaban o lloraban mutuamente(33) con mucho disimulo, por temor de su imprudente vigilancia;(34)pero dejemos a Carlota cumpliendo su año de noviciado mientras nos dirigimos a La Habana para saber qué es lo que hacía Welstér.

Éste, luego que llegó, comenzó a realizar sus proyectos con la mayor eficacia para regresarse pronto a esta ciudad. Ya casi los había concluido felizmente, cuando una tarde andando de paseo, se quebró la calesa, cayó con él, y le lastimó una pierna tan malamente que los cirujanos temían que la perdiera.

Siete meses estuvo en una cama sin poderse levantar, hasta que por fin, a costa de sufrimiento y de dinero, logró quedar enteramente bueno.

No tanto lo desesperaba su mal, cuanto no tener noticia de Carlota. Tres veces le escribió, y otras tantas se quedó esperando la respuesta; ¿pero cómo la había de tener si en México no sabían sus conocidos dónde estaba? El señor Labín, a quien venían las cartas de Jacobo, se volvía loco por inquirir el paradero de Carlota; pero todas sus diligencias eran vanas. Mil veces llegó a pensar que la había matado su cruel padre. Como que era amigo verdadero de Jacobo tomaba el mayor interés en serenarlo, y así unas veces le decía que estaba en una hacienda al tiempo que salió el correo marítimo; otras, que estaba algo enferma, y otras, que se había extraviado la contestación en el camino.

Esto acongojaba demasiada al sensible Welstér, porque atribuía el silencio de Carlota a alguna inconstancia mujeril; y así apenas se alivió, cuando se embarcó para este reino sin dar noticia de su viaje a su íntimo Labín.

Ya se acercaba el tiempo en que estos dos amantes apuraran de una vez el amargo cáliz de su última separación. Las horas volaban para apresurar este(35)fatal momento. Jacobo desembarcó sin novedad en Veracruz,(36) y como su pasión era vehemente, no pudo sosegar; trató de acelerar su viaje a esta capital, y lo verificó a marchas dobles.

Dos días faltaban para la profesión de Carlota, y ella no había tenido un rato proporcionado para escribir al señor Labín, como deseaba, porque su vigilante cuidadora estaba en esos días más alerta que nunca por especial encargo de su padre.

Pero no todas han de ser desgracias en la vida. Un accidente, que pudo ser funesto, facilitó esta ocasión deseada. La antevíspera de la profesión, como a las doce de la noche, acometió a la abadesa un fuerte insulto apoplético.(37) Se alborotó el convento; llamaron al confesor y al médico, y en esas horas nadie pensaba sino en restablecer la salud a la prelada. Entraban y salían en su celda atropelladamente, y nadie se acordaba de Carlota, ni su perpetua guardavista.(38)Ella aprovechó estos preciosos instantes, y cogiendo una pluma y una poca de tinta en un vasito, se entró a escribir a(39) su recámara, quedándose Irene guardando la puerta con disimulo para que no la sorprendieran.

A las cinco de la mañana volvió en sí la abadesa, sin sentir ningunas resultas temibles del pasado ataque. Todas se retiraron, y la centinela de Carlota, no pudiendo ya resistir el sueño, se quedó dormida como una piedra, y esto sirvió para dar lugar a enviar el papel a Labín. El interés todo lo vence, y así no se dificultó encontrar una moza que desempeñara bien su encargo.

Todo salió como se había de menester. A las ocho del día ya había recibido el señor Labín el papel de Carlota, y luego que lo leyó, se penetró de compasión hacia ella, y de rabia contra su indigno padre. Despidió a la mandadera muy contenta porque le dio dos pesos, rogándole mucho que pusiera la respuesta con todo recato en manos de la misma que le había dado el papel primero.

No bien salió la mandadera de su casa, cuando el señor Labín se dirigió a la de su amigo el coronel, a quien dio parte del suceso.

A todos interesó la desgracia de Carlota, y le rogamos que nos leyese la carta de ésta a Welstér. Labín condescendió, y sacando el papel leyó de esta manera. "Jacobo: la suerte está echada en nuestro daño. Mañana profesaré contra mi voluntad. Te voy a perder para siempre, siendo un cruel padre la causa de mi separación. El sepulcro se abrirá debajo(40) de mis pies luego que me ligue con los votos. Voy a morir, porque no he de poder vivir sin ti. Sólo te ruego por aquellos momentos dichosos en que me asegurabas tu firmeza, que no me olvides, y si alguna vez, hostigado de mi debilidad, te consagrares a otra hermosura más dichosa, acuérdate, a lo menos, de tu infelicísima Carlota, en cuyo corazón vivirá tu memoria eternamente. ¡A Dios, a Dios Welstér, amado mío."

Todos nos enternecimos con la lastimosa despedida de Carlota, y cuando estábamos compadeciéndola, entró en la sala su padre el tirano don Tadeo. Su vista nos sorprendió, y al coronel lo llenó de tal cólera que apenas pudo disimularla. La sangre se replegó a su corazón, según lo dio a entender lo descolorido del semblante; pero como estaba dotado de bastante prudencia, recibió al impío viejo con su acostumbrada urbanidad. Éste, a pocos momentos, aparentando que le(41)hacía un gran favor en revelar el secreto, refirió que su hija era monja, que iba a profesar al día siguiente, y concluyó convidándolo y a todos sus amigos para la función prevenida.

Entonces el coronel, no pudiendo encubrir su indignación, le dijo: —Temo mucho, señor don Tadeo, que esta niña va a profesar contra su voluntad una vida de que quisiera desprenderse en este instante. El secreto que usted ha guardado, ocultándonos por un año el lugar en donde se hallaba, por más preguntas que se le han hecho, me asegura de este temor. Si ella hubiera entrado con verdadera vocación, con pleno conocimiento de lo que hacía y con deliberada voluntad, no había un justo motivo para que usted negara la verdad. Lo cierto es que mi cuñada, sus amigas [y](42) su misma hermana doña Adelaida no han sacado de usted sino equívocos pueriles cuando le han preguntado por ella, luego nada más se necesita para inferir, y aun para asegurar que su ingreso al convento fue forzado, lo mismo que será su profesión.

Si así fuere, yo me admiro, me asombro, extraño esta violencia en el juicioso talento de usted y, considerándolo padre de esa niña desgraciada, me espanto de que en un padre quepa semejante crueldad. Acción menos tirana fuera que usted dividiese su corazón con un puñal, que no que la obligue a condenarse por su boca a una prisión eterna y sin delito.

No es usted ignorante, amigo don Tadeo: sabe usted muy bien que la autoridad de los padres no llega hasta el extremo de violentar a los hijos a que abracen un estado para el que no tienen vocación, esto es, para violentarlos sin justicia.

El mismo Autor de la naturaleza, aquel gran Dios que nos crió y nos conserva, y que es árbitro(43) de la vida y de la muerte de los hombres, no quiso apropiarse su albedrío, sino que los dejó en plena posesión absoluta(44) de su voluntad, para que obrasen en todo según les pareciese. Pues si el dueño de los hombres les deja esta inestimable libertad, ¿por qué los padres han de querer apropiarse unos derechos que el mismo Dios renunció en favor de los míseros mortales? Si este soberano(45)Monarca hubiera querido, nos habría quitado la libertad, y en este caso obedeceríamos su voluntad con el mismo mecanismo que el sol, la luna y las estrellas; pero no seríamos merecedores de(46) premio o de(47) castigo. La voluntad del hombre, bien o mal dirigida, hace que se haga digno del odio o del amor del Ser Supremo, y por lo mismo acreedor a unas penas o a unas felicidades eternas. Vea usted amigo, si podrán los padres forzar a sus hijos a abrazar un estado de cuya buena elección depende su felicidad temporal y eterna.

El santo y general Concilio de Trento,(48) inspirado por el Espíritu de Dios y en consideración a estas cosas, fulmina una terrible excomunión contra aquellos padres temerarios que tienen la sacrílega osadía de violentar a sus hijas para ser monjas. Pero acaso usted no me creería.(49) Voy a traerle el mismo texto del sagrado Concilio, para que se convenza por sus ojos. Vamos, aquí está el libro. Hágame usted favor de leer las propias palabras que dictó aquel sagrado Congreso, inspirado por el Espíritu de la verdad.

Tomó don Tadeo con harta repugnancia el libro, y leyó de esta manera. —"El santo Concilio excomulga a todas y cada una de las personas de cualquier calidad o condición que fueran, así clérigos como legos, seculares o regulares, aunque gocen de cualquier dignidad, si obligan de cualquier modo a alguna doncella o viuda, o a cualquier(50) otra mujer. a entrar contra su voluntad en monasterio, o a tomar el hábito de cualquiera religión, o a hacer la profesión; y la misma pena fulmina contra los que dieren consejo, auxilio o favor y contra los que, sabiendo que entra en el monasterio o toma el hábito o hace la profesión contra su voluntad, concurren de algún modo a estos actos, o con su presencia, o con su consentimiento, o con su autoridad"...

                                                                  

  (Sesión 25, capítulo 18)(51)

 

Todo esto está muy bueno, dijo él obstinada viejo; pero no habla conmigo, porque Carlota va a profesar con su voluntad, y ella misma me encargó que no publicara que era monja hasta este día, porque no quería tener visitas, y yo no he hecho más que condescender con su gusto.

El coronel, conociendo la malicia de don Tadeo, le dijo: —Está muy bien, amigo; la niña profesará como usted quiere; pero yo sé y muy bien que no profesará con su voluntad. En fin, usted es su padre, lo quiere así y basta; pero acaso en los infiernos se acordará del coronel Rodrigo, cuando maldiga su avaricia que es la causa de sacrificar al claustro la voluntad de Carlota, ofrecida por ella misma a Welstér. Todo lo sabemos, y ya no puedo disimular mi justa indignación. Es usted un hombre pérfido, un ciudadano inútil y un padre verdugo. Por no desmembrar su capital, dándole a su hija la legítima(52) que le corresponde, la va a entregar a la última desgracia, separándola de su inocente amante, y condenándola a una eterna desesperación. Pero vaya usted, señor don Tadeo: haga creer a su hija que tiene sobre su voluntad un poder que Dios no le concede; compre seductores a su antojo; válgase de medios reprobados y haga las infamias que pueda que algún día(53) se ha de acordar de mí en los infiernos, cuando sorprendido por la muerte, conozca la fuerza de estas verdades y maldiga en los abismos el poder de su maldito dinero.

No, no será usted el primer padre que gemirá en aquellos obscuros calabozos. ¡Cuántos están allá por la misma causa! Muchos, don Tadeo, muchos han ido a los infiernos por violentar el albedrío de sus hijas. Las han hecho ser monjas por reservar el dinero, el mismo dinero que no aprovecharon sus hijas, pero lo tiraron sus sobrinos en juegos, bureos(54) y diversiones.

En fin, señor don Tadeo, usted dispense si me he excedido en favor de la infelice Carlota, de quien presumo, o sé con evidencia, que va a profesar contra su voluntad y deme por excusado del convite.

Todos dijeron lo mismo, y don Tadeo se salió avergonzado, pero no arrepentido de su maldito proceder. Luego que llegó a su casa se le olvidó la seria reprensión del coronel, y se entretuvo en disponer las cosas para el siguiente día. Es mucho el poder de la avaricia.

Toda aquella mañana la ocupó en sus particulares negocios, y a la tarde. pero hagamos una visita en su convento a la desventurada Carlota. Hasta las tres no tuvo lugar Irene de darle la carta a Labín. Abrióla muy sobresaltada, y apenas vio la de su querido Welstér y reconoció la letra, cuando se enterneció su corazón sensible, y las lágrimas salieron a sus ojos. Besó el papel innumerables veces, lo humedeció con su copioso llanto, lo apretó contra su pecho y su mano trémula iba a romper la cubierta, cuando la llamó la abadesa para que le(55) leyera un libro devoto, y mandó a Irene que hiciera chocolate.

En ese mismo tiempo llegó Welstér a México, y se dirigió con su equipaje al mesón que llaman de la Herradura,(56) no habiendo ido desde luego a la casa de Labín, por excusar que lo incomodaran los mozos y las caballerías.

No bien anocheció, cuando tomó la capa y se fue para la casa de Carlota, deseoso de informarse por sí mismo de su salud y de su proceder. Se paró con disimulo en la puerta del zaguán para observar lo que pudiera. ¿Pero cuál fue su asombro cuando advirtió el alboroto que había? Entraban y salían muy alegres los mozos de servicio, metiendo cajones de dulces y bizcochos, fuentes, vasos, mesas, ramos de flores y otras cosas. No pudo contenerse, y acercándose al portero, poniéndole en la mano un peso para tabaco, le dijo: —Amigo, usted dispense; dígame usted ¿quién vive en esta casa, y por qué causa hay ahora tanta bulla? ¿Estos preparativos son para alguna boda, porque a lo menos así me lo parece? —Señor, dijo el portero, aquí vive mi amo el señor don Tadeo González de la Mora, y la bulla que usted ve es porque se está disponiendo el refresco para mañana que profesa de monja su niña la señorita doña Carlota en el convento de... —¿Quién, amigo, quién dice usted que profesa?, preguntó Welstér con mucha precipitación, y el portero le decía con igual flema: —Ya lo dije, señor, que la niña Carlotita. —¿La hermana de doña Adelaida? —Sí, señor. —¿Aquella joven muy hermosa que tiene un lunar debajo de la barba? —Sí, señor: ésa, esa mismísima es la que va a profesar. —Hombre, usted se engaña. Si eso no puede ser. Sobre que esa niña está para casarse. —Eso yo no lo sé; pero vaya usted mañana al convento y allí saldrá de la duda; y usted perdone que no le dé más contesta, porque me está gritando el amo. Con esto se despidió el portero, y Welstér se fue para el mesón, lleno de las ideas más tristes, y no queriendo creer lo que pasaba.

No pudo conciliar el sueño en esa noche, y así luego que vio la luz del día, se vistió y comenzó a pasearse por su cuarto, deseando que llegara la hora de ir a la iglesia para ver por sus ojos lo que le había dicho el portero, y haciendo contra la inocente Carlota los más injustos discursos.

Llegó por fin la hora funesta, tomó una taza de café, y entrándose en el templo vio e hizo lo que sabrá el lector, si quisiere(57) leer el capítulo que sigue.

 

 


(1) 4ª: "lo".

(2)  4ª omite "que".

(3)  4ª omite "éstas".

(4)  poblanadas. Falso afecto, carantoña, adulación. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(5)  chaquira. Cuentecillas menudas de vidrio de todos los colores que se emplean para hacer bordados y toda clase de objetos. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(6) 2ª, 3ª y 4ª: "Carlota".

(7)  3ª y 4ª omiten "te".

(8)  4ª: "tal".

(9)  palabrada. Apalabrada en su matrimonio.

(10)  Sagrario. Cf. nota 35 al cap. VI del t. II.

(11)  gorja. A embromar, a chancear.

(12)  4ª omite "un".

(13)  2ª, 3ª y 4ª: "enhorabuena".

(14)  4ª omite "yo".

(15)  Añadido en 3ª y 4ª.

(16)  4ª: "ni".

(17)  3ª y 4ª: "amar".

(18)  2ª: "decís".

(19)  2ª: "que estas palabras hicieron".

(20)  4ª: "las Recogidas". Cf. nota 81, cap. X.

(21)  4ª: "le temblaba debajo del pañuelo que tenía flojo y descompuesto".

(22)  4ª omite "este".

(a)  Es una vulgaridad creer que siempre se cumplen las maldiciones de los padres. Cuando son injustas no hay para qué tenerlas, porque, Dios no aflige a sus criaturas sólo por complacer un mal deseo; sin embargo, el maldecir es un vicio y una costumbre reprobada, aun cuando se maldiga con razón porque nunca hay razón para maldecir. Muchas veces Dios ha permitido que se cumplan las maldiciones de los padres para [2ª, 3ª y 4ª: "por"] castigo de ellos mismos. Así como sus bendiciones afirman la felicidad de los hijos, sus maldiciones destruyen hasta los cimientos de las casas. Esto lo dice el mismo Dios en las Divinas Escrituras, Ecclesiástico 3, versículo 11. No es mucho, pues, que haya tantas familias desgraciadas habiendo tantos padres maldicientes.

(23)  jamaicas. Término sustituido por el flamenquismo kermesse. Se ponen puestos de "antojitos", dulces, flores, etcétera. Las ganancias se entregan para un fin previsto que puede ser caritativo o para financiar festejos públicos.

(24)  2ª, 3ª y 4ª: "Últimamente tú vas a asegurarte, vas a ser feliz toda tu vida".

(25)  Añadido en 4ª.

(26)  3ª y 4ª: "esperanza".

(27)  2ª, 3ª y 4ª: "ésta".

(28)  privada. Sin sentido, inconsciente.

(29)  2ª, 3ª y 4ª omiten "un".

(30)  4ª omite "la".

(31)  4ª: "bajaron".

(32)  4ª omite "de la calle".

(33)  4ª: "y se consolaban mutuamente o lloraban".

(34)  4ª: "temor de alarmar con su imprudencia la vigilancia de las monjas".

(35)  2ª, 3ª y 4ª: "el".

(36)  Veracruz. Puerto del Golfo de México.

(37)  insulto apoplético. Accidente, síncope o apoplejía: suspensión súbita de la acción cerebral por derrame sanguíneo en el encéfalo o las meninges.

(38)  3ª y 4ª: "cuidadora".

(39)  3ª y 4ª: "en".

(40)  2ª, 3ª y 4ª: "bajo".

(41)  3ª y 4ª omiten "le".

(42)  Añadido en 4ª.

(43)  2ª: "arbitrio".

(44)  3ª y 4ª: "en plena y absoluta posesión".

(45)  4ª: "supremo".

(46)  3ª y 4ª: "del".

(47)  3ª y 4ª: "del".

(48)  El texto que Fernández de Lizardi cita es El sacrosanto y ecuménico Concilio de Trento, Trad. de Ignacio López Ayala. Agrégase el texto latino corregido según la edición auténtica de Roma, publicada en 1564, 2ª ed., Madrid, Imprenta Real, 1785.

(49)  3ª y 4ª: "cree".

(50)  3ª y 4ª: "cualquiera".

(51)  Lo que aparece en este paréntesis la 3ª y 4ª, lo consignan en la nota b.

(52)  legítima. Porción de la herencia que la ley otorgaba a determinados deudos del muerto.

(53)  2ª omite la repetición de "algún día".

(54)  bureos. Cf. nota 46 al cap. II.

(55)  2ª, 3ª y 4ª omiten "le".

(56)  Herradura. En El Periquillo Sarniento, t. IV, cap. IX (3ª ed.), Fernández de Lizardi apunta: "En eso avanzábamos leguas de terreno cada día, hasta que llegamos a la capital y pasamos todos en el mesón de la Herradura."

(57)  4ª: "quisiese".