CAPÍTULO VI

 

En el que se verá cómo empezó a perseguirlo la fortuna,
y los arbitrios que se dio para burlarse de ella



Apenas me quedé en el aire, sin ser letrado, militar, comerciante, labrador, artesano ni cosa que lo valiera, sino un paisano mondo y lirondo, cuando me volvieron la espalda mis antiguos camaradas los oficiales.

Ninguno de ellos me hacía el menor aprecio, y aun se desdeñaban de saludarme; tal vez sería porque estaba sin blanca,(1) pues en esos días mi traje no era indecente, porque con lo que saqué de mi uniforme que vendí, compré en el Parián(2) un fraquecillo azul, un sombrero redondo, un par de botas remontadas, un reloj en veinte reales, una cadena de la última moda en seis pesos, una cañita y un pañuelo.

Aún tenía un par de camisas, dos pantalones, dos chalecos y dos pañuelos blancos, con lo que me presentaba con decencia.

Mi camarada Tarabilla me despidió políticamente de su casa, diciéndome que no era honor suyo tenerme a su lado después de lo que se hablaba de mí, y hemos de estar en que él era quien hablaba más que nadie; pero añadió: —Ya ves, hermano, que el coronel te tienen en mal concepto, y si sabe que vives conmigo, dirá que yo soy lo mismo que tú; me traerá entre ojos y se me dificultarán mis ascensos. Conque múdate, tata,(3) y múdate de hoy a mañana.

Yo, que tengo bastante talento para conocer todas las cosas, conocí que él temía perder la poca gracia que tenía con el coronel; juzgué que le sobraba la razón y tomé un cuartito que me ganaba doce reales en la calle de Mesones.(4) Mudé en un viaje todos mis muebles y me despedí de Tarabilla.

Solo yo en mi casa, con suficiente ropa y decencia, estaba muy contento, cuando me acordé que no tenía ni para desayunarme al día siguiente. En esta consternación recurrí a mis antiguos arbitrios; me fui a un café, me senté en una silla, llegó un mozo a preguntarme qué tomaba, le dije que nada hasta que llegara un amigo que estaba esperando.

En efecto, el primero que llegó fue mi amigo, porque lo comencé a adular tan seguido y con tanta gracia que él, pagado de ella, me ofertó(5) café, y yo admití sin hacerme del rogar.

A seguida(6) le conté mil mentiras, asegurándole que entre mis trabajos lo más que sentía era tener una hermana joven y bien parecida, a la que estaba en obligación de sostener mientras se ganaba cierta herencia que le pertenecía, pues a más de ser su hermano era su apoderado; pero que por fortuna ya el negocio presentaba buen semblante, según decía nuestro abogado, y sería cosa de que dentro de dos meses nos entregarían lo menos seis mil pesos. En este caso, decía yo al nuevo amigo, pagaré algunos piquillos que debo y procuraré casar a mi hermana con algún hombre de bien, aunque sea pobre, con tal que su sangre sea tan buena como la mía, porque ya usted sabe que la generación de los catrines es tan numerosa como ilustre.

—Y cómo que sí es, contestó el amigo; yo por dicha mía soy de la misma raza, y me glorío tanto de serlo que no me cambio por el más noble señor del mundo entero.

Entonces yo, levantándome de la silla y dándole un estrechísimo abrazo, le dije: —Celebro esta ocasión que me ha proporcionado conocer un nuevo pariente. —Yo soy quien gano en ello, señor mío, me respondió, y me dio mil parabienes, ofreciéndome todos sus arbitrios y persona; me juró que su amistad sería eterna; pero que me rogaba que lo tratara con toda satisfacción, pues él la tenía en ser un legítimo catrín, deudo, amigo y compañero mío.

No contento con prodigarme tantas expresiones cariñosas, hizo llevar aguardiente, y no poco. Bebimos alegremente; y luego que el áspero licor envió sus ligeros espíritus a la cabeza, comenzó a contarme la historia de su vida, con tanta ingenuidad y sencillez, que en breve conocí que era un caballero ilustre, rico, útil a la sociedad, de una conducta irreprensible... En fin, ni más ni menos como yo; y comopaces cum paribus facile congregantur, o cada oveja con su pareja, para que ustedes lo entiendan, luego que yo supe quién era y tan a raíz, lo confirmé en mi amistad y le dije que pondría en sus manos todos mis asuntos.

El manifestó su gratitud con otro medio cuartillo del rebajado, y desde el primer nuevo brindis nos tratamos de tú, con lo que se acabó de asegurar nuestra amistad.

A este tiempo entraron cuatro o cinco caballeritos de fraques, esclavinas y ridículos; unos muy decentes, y otros decentes sin el(7) muy.

Saludaron todos a Simplicio, que así se llamaba mi nuevo amigo, y lo saludaron con bastante confianza y a mí con mucho cumplimiento; se sentaron con nosotros, bebieron de nuestros vasos, y en un momento supe que todos eran mis parientes.

Yo manifesté mi alegría al ver cuán dilatada era mi generación, pues en todas partes encontraba catrines tan buenos como yo.

En aquel momento quedamos todos amigos. Uno de ellos, sin ninguna ceremonia, dijo a Simplicio: —Vaya, hermano, haz que nos traigan de almorzar, pues tú estás de vuelta y nosotros arrancados. Hoy por mí, y mañana por ti.

Simplicio era franco, tenía dinero, y así no fue menester segunda instancia. Mandó llevar el almuerzo, y habilitamos nuestros estómagos a satisfacción, especialmente yo, que almorcé a lo desconfiado,(8) por si no hallaba dónde comer al mediodía.

Luego que se acabó el almuerzo, se despidieron los amigos, y Simplicio me dijo que quería conocer a mi hermana, que le llevara a casa, si es que lo había figurado hombre de bien y digno de ser su amigo.

Aquí fueron mis apuraciones, porque yo no tenía hermana ni cosa que se le pareciera. No tuve más arbitrio para excusarme sino decirle que me parecía muy bien su deseo, y desde luego lo cumpliera si no hubiera yo tomado tanto aguardiente, pues mi hermana vivía conmigo y una tía muy escrupulosa, que si me olía, me echaría tan gran regaño que me haría incomodar demasiado, y al mismo tiempo juzgaría que el nuevo amigo tenía la culpa y era un pícaro que se andaba embriagando por las calles, enseñando a borracho a su sobrino; y así que mejor sería que fuera a conocer a mi hermana al día siguiente. Simplicio se convino de buena gana, pues ya le parecía que mi hermana era muy bonita, que ganaba el pleito, se casaba con ella y tenía tres o cuatro mil pesos que tirar.

Yo advertí lo bien que me había salido mi arbitrio, traté de llevarlo adelante y aprovecharme de él.

Desde luego le dije que por haberme estado en su amable compañía había perdido la mañana y no tenía nada que llevar a mi casa, que me prestara un par de pesos sobre mi reloj. —Quita allá, me dijo; ¿yo había de recibir ninguna prenda a un amigo, a un deudo y compañero que tanto estimo? Toma los dos pesos, y mira si se te ofrece otra cosa.

Embolsé mis dos duros muy contento, lo cité para la mañana siguiente en el mismo café, y nos despedimos.

No quise comer por no descabalar(9) mis dos pesos; pero por pasar el rato me fui a un billar, donde por fortuna mía estaba un chanfla(10) con quien jugué y le gané cinco pesos.

A las cuatro de la tarde me salí a buscar entre mis antiguas conocidas alguna muchacha que quisiera ser mi hermana, y alguna vieja que desempeñara bien el papel de tía.

En vano recorrí mis guaridas: ninguna de mis amigas quiso hacerme el favor, por más que yo les pintaba pajaritos.(11) Todas temían que yo les quería jugar alguna burla.

Cansado de andar, y desesperado de salir con bien de la empresa, determiné irme a tomar chocolate, como lo hice.

Estaba yo tomándolo, cuando entró una muchacha, no indecente ni de malos bigotes,(12) acompañada de una vieja. Se sentaron en la mesita donde yo estaba; me saludaron con mucha cortesía; les mandé llevar cuanto pidieron, y de todo ello resultó lo que yo deseaba: la joven se comprometió a ser mi hermana y la viejecita mi tía.

Ya se deja entender que eran unas señoras timoratas y no podían sospechar de un caballero como yo que abusara de tan estrecho parentesco, y así no tuvieron embarazo para ofertarme su casa, y yo quise honrarme con su buena compañía.

Quisieron ir al Coliseo;(13) las llevé, y concluida la comedia fuimos a cenar y después a su casa.

Innumerables sujetos la saludaron en la calle, en el teatro y en la fonda con demasiada confianza, y yo me lisonjeaba de haberme encontrado con una hermana tan bonita y tan bien quista.

Llegamos al fin a su casa, y no me hizo fuerza que ésta fuera una triste accesoria, ni que los muebles se redujeran a un canapé destripado, a un medio petate, una memela(14) o colchoncillo sucio y un braserito de barro en el que estaba de medio lado una ollita de a tlaco(15) con frijoles quemados.

Ya sabía yo que esta clase de señoritas, por más lujosas que se presenten, no tienen, casi siempre, mejores casas ni ajuares.

Yo entré muy contento, y la buena de mi tía no permitió que durmiera en el canapé, porque tenía muchas chinches; y así, quise que no quise, acompañé a mi hermana porque no me tuvieran por grosero y poco civilizado.

En esa noche la instruí en el papel que debíamos todos representar con Simplicio, y al día siguiente las mudé a mi casa, después de haber pagado catorce reales(16)que adeudaban de arrendamiento de la que tenían.

Luego que las dejé en mi cuarto, marché a buscar a mi querido amigo, a quien hallé desesperado de mi tardanza.

Tomamos café y nos fuimos a casa, en donde fue Simplicio muy bien recibido de mi afligida hermana, quien le contó tantas bonanzas futuras y miserias presentes, que excitando su compasión y su avaricia, por primera visita le dejó cinco pesos, y se fue.

Ella quedó enamoradísima de la liberalidad de Simplicio, y éste lo mismo de la hermosura de Laura, que así se llamaba mi hermana.

A la tarde volvió Simplicio, y de bueno a bueno trataron de casarse luego que se ganara el pleito. Con esta confianza comenzaron a tratarse como marido y mujer, lo que no nos pareció mal ni a mí ni a la tía, pues no advertíamos la más mínima malicia en que retozaran, salieran a pasear y se divirtieran; al fin eran muchachos. Simplicio costeaba el gasto, y a todos nos granjeaba el pobrecito.

Dos meses, poco más, me pasé una vida que me la podía haber envidiado el rico más flojo y regalón, porque comía bien, dormía hasta las quinientas, no trabajaba en nada, que era lo mejor, tenía tía que me atendiera y hermana bonita que me chiqueara(17) al pensamiento.

A más de esto, iba al café, no me faltaban cuatro reales en la bolsa, y me aprovechaba de los casi nuevos desechos de Simplicio, porque éste, a más de que era liberal, y estaba muy apasionado por Laura, era hijo de una madre con algunas proporciones, y tan amante como la mía, y le daba gusto en todo.

Laura, ya se deja entender, que no se descuidaba en su negocio, ni tampoco la respetable tía. Todos estábamos contentos, y no muy mal habilitados de ropa; mas ¡oh, lenguas malditas y descomunales!, Simplicio contó cuanto le pasaba con su futura novia a Pedro Sagaz, amigo y pariente mío; y este malvado, deseoso de conocer a mi hermana, le rogó que le llevara a su casa, cuando yo no estuviera en ella.

Así lo hizo el tonto de Simplicio; pero apenas conoció Sagaz a Laura, cuando le dijo: —Hombre tonto, salvaje, majadero, ¿de qué te sirve ser catrín, o marcial, tuno, corriente y veterano? Ésta es una cusquilla(18) conocida y común, hija del difunto maestro Simón, que tenía su barbería o raspaduría en la plaza del Volador.(19) En su vida pensó en ser parienta de Catrín, y mucho menos de tener pleitos por dinero que no ha conocido sino ahora con sus comercios.

Catrín es un bribón y se ha valido de estas perras para estafarte, y si te descuidas, entre los tres te dejan sin camisa.

Al oír Simplicio semejante denuncia, que calificó de verdadero el silencio de Laura y de la vieja, se irritó tanto, que las arrebató, les dio una buena entrada de golpes, y no contento con esto salió a la calle amenazándolas con la cárcel.

Las pobres temieron las resultas; se mudaron en el instante, llevándose sus muebles, pero habiendo tenido la heroicidad de dejarme los míos; bien que estaban tales que ni para robados servían.

Me dejaron noticias de todo lo acaecido, la llave del cuarto, y se mudaron en un viaje.

Apenas se habían ido, entré yo, me hallé con la novedad, porque la casera me impuso(20) de todo muy bien; y yo temiendo no pagaran justos por pecadores, satisfice lo que debía de renta, llamé un cargador y me mudé también al primer cuarto que encontré.

De esta manera concluyeron nuestros felices días, y desde que me vi sin hermana, ni tía, ni amigo, comenzaron de nuevo mis trabajos.

Como la hambre me apretaba, cuando no hallaba dónde echarme de huérfano a beber chocolate, comer, etcétera, tenía que valerme de los trapillos que me había dado Simplicio. ¡Válgame Dios y lo que me hacían desesperar los tenderos con sus cicaterías(21) y mezquindades! Sobre lo que valía diez pesos me prestaban doce reales con mil pujidos,(22) y esto era cuando les daba la gana, que cuando no estaban para el paso, me quedaba con mi necesidad y con mi prenda.

En éstas y las otras, como era fuerza comer por mis arbitrios, así que no hallaba donde me hicieran favor, me quedé en cueros(23) en dos por tres; y conozco que si yo mismo hubiera hecho mis diligencias de empeñar y vender mis cosillas, algo más hubiera aprovechado; pero esto no podía ser. ¿Cómo un don Catrín de la Fachenda había de empeñar ni vender nada suyo y por su propia mano? Semejante conducta habría ajado mi honor, y malquistádome(24) en todo mi linaje.

Forzoso era valerme de otras gentes ruines para estas diligencias; ¿y qué sucedió?, que por lo que daban seis, me decían que no pasaban de cuatro; otros se iban con el trapo para siempre; otros recargaban las prendas; otros empeñaban mi ropa, y yo no sabía dónde. Ello es que en pocos días, como he dicho, me quedé peor que cuando encontré a Simplicio; de la noche a la mañana no tuve necesidad de lavandera, porque no tenía camisa. ¡Éstas sí que fueron ansias para un caballero como yo!

Afligidísimo al verme con un fraquecillo raído y con los codos remendados, un pantalón de coleta(25) desteñida, un chaleco roto, pero de cotonia(26) acolchada, un sombrero mugriento(27) y achilaquilado,(28) unas botas remontadas, tan viejas que al andar se apartaban las suelas como las quijadas de un lagarto, y nada más; consternado, digo, por esto y por no tener qué comer, ni casa que visitar, pues los trapientos no caben en ninguna parte, me valí de mi talento: pensé en aprovecharme de los consejos y ejemplos de mis amigos y emprendí ser jugador, porque el asunto era hallar un medio de comer, beber, vestir, pasear y tener dinero sin trabajar en nada; pues eso de trabajar se queda para la gente ordinaria. El juego podía proporcionarme todo a un tiempo; y así no había sino abrazar este partido.

Lo puse por obra, y las resultas las he de decir; pero en capítulo separado.

 


(1)  sin blanca. Cf. nota 10 al cap. V.

(2)  Parián. Mercado en el costado suroeste de la Plaza de Armas, hoy Zócalo.

(3)  tata. Tratamiento cariñoso a gente de edad avanzada entre la gente del pueblo. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(4)  Mesones. La calle de Mesones conserva su antiguo nombre e incluye la antigua calle de El Puente de San Dimas.

(5)  ofertó. Ofreció, me hizo oferta. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(6)  a seguida. Forma dialectal de en seguida, acto continuo.

(7)  2ª: omite "el".

(8)  a lo confiado. Mucho.

(9)  descabalar. Hacer que una cosa deje de estar completa o cabal.

(10)  chanfla. O chanfle: jugador torpe.

(11)  pintaba pajaritos. Se presentaba algo como excelente.

(12)  ni de malos bigotes. Hermosa.

(13)  Coliseo. Teatro principal. Estaba en la calle de Coliseo Nuevo, ahora tercera de Bolívar.

(14)  memela. Arcaísmo. Actualmente significa tortilla de maíz, una especie de sope.

(15)  tlaco. Voz azteca que significa media mitad. Era la octava parte de un real en las monedas circulantes en 1824.

(16)  reales. Cf. nota 5 al cap. III.

(17)  chiqueara. Hiciera mimos o halagos.

(18)  cusquilla. Forma diminutiva de cusca, prostituta disimulada.

(19)  plaza del Volador. Estaba al sur del Palacio Nacional, en lo que hoy es la Suprema Corte de Justicia.

(20)  impuso. Me instruyó en.

(21)  cicaterías. Acciones propias de un cicatero: de un ruin, mezquino.

(22)  pujidos. Gesto o ademán como de hablar, que se hace sin prorrumpir en la elocución, o como quedándose con las palabras sin querer decirlas. Cf. Santamaría.

(23)  en cueros. Equivalente a estar o quedarse sin camisa.

(24)  malquistándome. Poniéndome a mal

(25)  coleta. Tela que en España se llamaba mahón. Después sirvió para designar el color amarillo propio de ella. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(26)  cotonia. "Cierta tela hecha de hilo de algodón ordinariamente blanca, con sus labores de realce ú gusanilo, de que se hacen colchas almillas y otras cosas." Cf. Dic. autroridades.

(27)  mugriento. Lleno de mugre o suciedad.

(28)  achilaquilado. Proviene del azteca chilaquil, tortilla en caldo de chile. De la deformación de la tortilla se extrae, por analogía, la acepción de sombrero descompuesto de modo que sus alas estén caídas o arrugadas.