CAPÍTULO VI
En el que luce mucho la instrucción
y edificante conducta de la madre de Pomposita
Muy resentida quedó Pomposita con el cruel tratamiento de su madre, y tanto más cuanto que estaba acostumbrada desde muy tierna a verse aislada entre los(1)mimos, contemplaciones y melindres(2) [tanto](3) de sus padres, parientes, criados y visitas de la casa. El espíritu de ira que se apoderó de su corazón fue tan vehemente que se negó a comer aquel día y se resistió a tomar chocolate por la tarde, a pesar de las caricias paternales, de los ruegos de todos los concurrentes y de las súplicas y humillaciones de su madre.
Ésta era muy altiva para sufrir el orgullo de su hija mucho tiempo; y así, enfadada de él, la dejó, diciéndola de paso mil boberas, y se entró a la habitación de Matilde, quien viéndola tan colérica, le preguntó la causa, y ella dijo: —¿Qué(4) ha de ser? Esa maldita muchacha tan malcriada como soberbia. ¿Ya viste lo que pasó esta mañana?, pues no ha querido comer, ni ha probado bocado a la hora de ésta, y ya nos hemos cansado de rogarle. Poco ha faltado para hincarme delante de ella ahora, rogándole tomase el chocolate; pero todo ha sido en balde; mientras más le rogaba, más dengues(5) me hacía el demonio de la muchacha, hasta que me enfadé, y la dejé diciéndole: mas que nunca comas en toda la vida, ¡ojalá te acabara de llevar el diablo!, y créeme que por no deshacerla a patadas la he dejado y me he venido acá.
Ya se ve, ella no tiene la culpa: halló tan buen defensor en mi hermano, y por eso está tan cargada de razón. Lo que se quieren los muchachos es eso, hallar quien apoye sus picardías, y entonces no hay diablo que se [las](6) averigüe con ellos; pero que se atenga Pomposita a su tío y que siga chupando, que yo le juro que no me llamara Eufrosina, si no le hiciera escupir a bofetadas cuantos dientes tiene en la boca.
El coronel que había escuchado sus honras en tan pocas palabras, no pudo menos que incomodarse justamente y decirle: —Oiga usted hermana, no hay que engañarnos, siempre buscamos a quién echar la culpa de nuestras malas acciones, cuando no tenemos la sinceridad suficiente para confesarlas por nuestras. La obstinación con que la niña se niega a tomar el alimento proviene de su resentimiento o enojo, a que dio ocasión el imprudente castigo de usted, y perdone que se lo diga tan(7) claro; pero usted ha tenido la culpa, y no yo que sólo hice unas justas y sencillas reflexiones en su presencia.
En toda educación bien dirigida se deben economizar los castigos cuanto se pueda, y cuando sean inexcusables, deben ser correspondientes a los defectos de los niños, y según esta regla, yo no encuentro proporción entre el defectillo que ha cometido mi sobrina y el grave castigo que usted le impuso; pues en un niño no es tan gran delito chupar un cigarro para sufrir una bofetada tan cruel. Jamás las preocupaciones dejarán de acarrear funestos resultados. El caballero Ragliff(8) que fue el que introdujo el tabaco en Inglaterra, en tiempo de Jacobo I, se concilió(9) con esto el odio general en tales términos que, levantándole muchos crímenes falsos, añadieron entre ellos que había llevado una yerba con cuyas delicias se entretenían todos y se distraían del trabajo. El Parlamento, preocupado a favor de los deponentes, lo sentenció a la última pena, que sufrió en un cadalso este hombre de bien y benéfico a su patria; puntualmente por haberles enseñado a sus paisanos el uso de una yerba, de que después han sacado tantos provechos. ¡Tal es la fuerza de la preocupación!
Lo que más noto yo en muchas madres es que se irritan, se enfurecen contra sus hijos y los suelen castigar cruelmente por una friolera, al tiempo mismo que les dejan pasar culpas bastante graves, que les acarrean después mil consecuencias funestas.
—Yo no sé qué le dejo pasar a mi hija, decía Eufrosina, porque la que críe bien a sus hijos ha de ser como yo, aunque me tome la mano. Ya ve usted que en esa edad sabe leer y escribir, sabe todo el Catecismo; está aprendiendo a bordar y a hacer trencitas de chaquira, a coser no, porque, gracias a Dios, tiene su padre y no ha de ser costurera; estas cositas se le enseñan porque no esté ociosa, y algún día sepa lo que está bueno y lo que está malo.
A más de esto, ya usted ha visto que baila un campestre,(10) unas boleras,(11) un alemandado,(12) un vals,(13) y todo con primor. El diantre(14) de la muchacha es habilísima, y como tiene buena voz, ya está aprendiendo a tocar y a cantar por arte, ello poco a poco; pero el maestro dice que la niña da muchas esperanzas porque es muy viva.
Por lo que mira al estilo, a la decencia, al aire de taco,(15) al tono, y a todas aquellas cosas que debe saber una señorita de su clase, que algún día ha de hacer su papel, ya usted ha visto también que me he despulsado(16) por enseñárselas. Ella será una perra malagradecida si olvidare lo que yo he echo por ella. Si sabe bailar yo la he enseñado; si sabe comer con limpieza, tratar a todo el mundo según su clase, vestirse con arreglo a las últimas modas, llevar el cuerpo con aire, manejar con garbo el abanico y todas estas cosas tan necesarias en una señorita ¿a quién lo debe sino a mí? Y después de esto, ¿habrá quién diga que yo he criado mal a mi hija?
—Reprender a una persona sus defectos sin tener autoridad para ello, decía el coronel, es una impolítica en que yo no deseo incurrir; pero también el condescender con cualquiera persona, apoyándola sus faltas, sólo por lisonjearla, es una bajeza que no se conforma con mi genio. En esta inteligencia, yo no me determino a responder por ahora a la pregunta que usted acaba de hacer; pero le aconsejo que por modo de diversión lea, a ratos perdidos, el tratado de educación de monsieur el abate Blanchard,(17) que está en el tomo cuarto de su(18) Escuela de las costumbres. Este autor tiene bastante aceptación entre los sensatos, y el trozo que digo de educación, a más de ser cortito, tiene mucha naturalidad y sencillez de estilo, por lo que no es fastidiosa su lectura. Conque léalo usted con atención, y después, si gustare, podrá repetirme su pregunta.
—Estaba yo bien fresca, decía Eufrosina, si me comprometiera a leer ese Blancar o Blandar o lo que es. Vaya, que no faltaba más sino meterme a beata fuera de tiempo.(19) ¿Qué piensa usted que yo soy como la zonza(20) de mi hermana que parece una criada de la casa o una vieja camandulera?(21) Todo el día se está la muy bobona o en la cocina, o con la almohadilla, o con el libro en la mano, que no parece sino novicia recoleta. Ya se ve, ella se hizo al modo de usted, y le parecerá que tiene una vida de ángeles; pero yo, ¿cuándo, cuándo me había de sujetar a esa vida? No digo teniendo proporciones; pero aunque fuera más pobre que Amán,(22)me sabría dar mis ratos para desahogarme y cumplir con las atenciones de mis amigas, y no mi hermana que parece una india de pueblo. Ella ni sabe bailar, ni cantar bien, ni nada; ya se ve que(23) ¿cómo ha de saber, si se niega a las tertulias, a los bailes y concurrencias de la gente lucida, donde se aprenden estas cosas tan necesarias a toda gente fina? Para ama de llaves, maestra de niñas, pretendienta de brígida o capuchina, no tiene precio mi Matilde. ¿No es verdad hermana?
—Será lo que tú quieras, dijo Matilde; pero lo cierto es que, como yo ya me acostumbré a esta vida, no se me hace pesada; antes cuando tengo que concurrir a alguna parte donde hay bulla, lo hago por mero cumplimiento y porque no digan; pero te aseguro que estoy violenta, temiendo no suceda algo mientras falto de mi casa y deseando volverme a ella lo más pronto.
—Sí lo creo, hermana, contestaba Eufrosina, sobre que todo es hacerse. Ya tú te has hecho a estar encerrada y a ser una criada de tu marido y de tu hija, y de ahí no habrá quien te saque; aunque no te hagas muy santurrona, quién sabe si tú no vas a los bailes porque no te gustan, o porque no te da licencia mi hermano. Vaya, que esto último me parece lo más cierto, y esto se llama hacer de la necesidad una virtud. A lo menos tú eres más chica que yo, y muy bien me acuerdo que de doncella eras muy alegre: ¡vaya, si eras una sonaja!(24) Todo el día andabas saltando y cantando en casa; ello lo hacías mal, pero a tu gusto, y también te agradaban mucho las fiestecitas, los bailes y cuantas diversiones se te proporcionaban, de modo que, si hubieras podido, hubieras sido apero de las tertulias, o como dicen, perrito de todas bodas.(25)
Esto es una verdad que tú no podrás negar; mira, pues, si yo tengo razón para extrañar tu recogimiento presente y para presumir que tu mudanza y tu gazmoñería(26) no provienen de virtud, ni de que no te gusten las bullas, como dices, sino de miedo que tienes a mi hermano, o de mucha barba que le quieres hacer.(27) Vamos, no te pongas colorada: confiésala y más que(28) no la pagues.
—Yo me pongo colorada, dijo Matilde, porque te produces(29) de esa manera delante de mi marido, quien tal vez pensará que estás hablando unas(30) verdades, y de ahí inferirá que yo de muchacha era una loca, andariega y amiga de fiestas, y de andar en la calle todo el día; y que si ahora me estoy en mi casa, no lo hago de buena gana, sino a fuerza y de miedo o por respeto suyo. Por esto me avergüenzo y me da cólera, y no por otra cosa.
—No, hija, no tienes por qué avergonzarte, dijo el coronel, estoy muy satisfecho, así de tu conducta anterior, como de la presente: sé que si de niña doncella salías a la calles y te presentabas en los bailes, era conducida por tu madre, por tu hermana y por otras personas a quienes te confiaban; pero no porque tú jamás(31) hacías empeño para ir. Por lo que toca a tu conducta presente, estoy mucho más satisfecho porque la observo más de cerca, y vivo muy contento al lado de una señora que, siendo joven, sabe desempeñar tan bien los títulos de madre, de esposa y de ama de casa. En esta virtud, nada te debe avergonzar cuando estás segura del ventajoso concepto que me debes, y en el que no te hago ningún favor, porque tú te lo tienes merecido.
—¿Qué no hay una escobita?, dijo la necia de Eufrosina, ¿no hay una escobita, señores, para recoger tan abundantes desperdicios? Vaya, vaya que ustedes se entienden la lengua lindamente. Yo me alegro mucho que usted esté tan satisfecho de Matilde, y de que ella esté tan contenta con usted. Dios los guarde así por muchos años. Yo, hermana, por lo que hace a mí, te digo que muy buen provecho te haga tu santa vida; pero yo no te la envidio ni te la envidiaré jamás. ¡Ay no!, ni pensarlo, Dios me libre de que yo me viera casada y hecha una vieja rezandera o una moza de a veinte reales.(32) Primero me den cien tabardillos(33) uno sobre otro y...
—Vamos hermana, no hay que afligirse, decía don Rodrigo, si aún no llega este caso. Lo que yo quisiera fuera que usted se dedicara a la lectura de algunos libros buenos, que debían serla muy útiles en su estado; verbigracia la educación de las hijas por el señor Fenelón;(34) La familia regulada, por el padre Arbiol;(35) La Eufemia o la mujer instruida por el alemán Campé;(36) Cartas de madama de Monteignon;(37)La mujer feliz,(38) y otros muchos que tratan del modo con que una mujer debe conducirse con Dios, consigo, con su esposo, con sus hijos, con sus criados y con su casa; pero ya que veo que usted no tiene paciencia para tanto, me contentaría conque leyese ese tratadito de Blanchard que le digo, pues, por modo de diversión.
—Estaba la diversión arrogante, decía Eufrosina; vamos, hermano, que usted me hace reír con sus candideces. Si supiera usted que no me gusta leer nada, ¿qué dijera?, y no sólo porque no me gusta, sino porque(39) me falta lugar para mis cosas. No piense usted: ahí tengo muy buenos libros, que me ha comprado Langaruto, muy bien empastados y muy bonitos, y dicen que son del bello gusto, y tengo algunos muy divertidos, según dicen: ¿pues, por qué he de mentir?, yo no los he leído, pero todos lo dicen, y yo lo creo. Vea usted: tengo las Novelas de doña María de Zayas,(40) las Obras jocosas de Quevedo,(41) las Aventuras de Gil Blas,(42)la Pamela,(43) el Eusebio,(44) Novelas sin las vocales,(45) la Clara,(46) la Diana enamorada,(47) la Atala,(48) Alejo en su casita,(49) Soledades de la vida y desengaños del mundo,(50) Don Quijote de la Mancha,(51) y otros que no me acuerdo; y a más de eso, un celemín(52) de comedias y sainetes, que más bien lee Pomposita que yo. Con que vea usted,(53) si no tengo lugar de leer esos libros, que son tan divertidos ¿cómo me había de poner a leer esas mistiquerías(54) que usted quiere?
—En verdad, hermana, contestó el coronel, que tiene usted un gran surtido de libros y comedias. Entre los que usted me ha señalado, unos son buenos, otros razonables y otros perniciosos y de pésimo gusto; pero yo, sin tratar de deprimir el mérito de los que tienen, digo que para aprender a ser buena casada, es mejor cualquiera de los que yo cité, que todos cuantos usted tiene, y por eso me empeñaba en que leyera lo más conciso; pero desisto de mi empeño en vista de que usted me asegura que no le gusta leer y que no tiene lugar, bien que yo creo mejor lo primero que lo segundo; porque ciertamente me hace fuerza que una señorita como usted no tenga lugar para dedicarse a leer un libro poco a poco.
Si no pareciera demasiado curiosidad, yo quisiera saber la distribución que hace usted del tiempo; porque no puedo creer que sea éste tan corto, ni sus quehaceres tantos, que no le dejen lugar para una cosa tan útil, y en que se podía emplear pocos minutos cada día.
—Usted hermano, [a](55) la verdad, se está haciendo de la casa de la virgen,(56)decía Eufrosina, ¿conque no sabe usted cuáles son mis quehaceres? ¡Pobrecito de usted! ¡Ya se ve!, como vive tan lejos de mi casa y nos vemos tan de tarde en tarde ¿cómo ha de saber lo que yo hago? No obstante, oiga usted en qué se va el día, para que vea si tengo o no qué hacer.
Me levanto a las ocho u ocho y media por lo regular; de esta hora a las nueve me desayuno; la de las nueve a las diez me visto y me aseo para salir; a las diez tomo el coche y me voy a la Alameda(57) a hacer ejercicio, o al Parián(58) a comprar algunas cosas o a casa de alguna amiga. En éstas y las otras dan las doce y me vengo a almorzar; después en tomar la lección de baile y recibir algunas visitas se va el tiempo hasta las dos o dos y media que viene mi marido y nos ponemos a comer; después de esto, a las tres y media o las cuatro me acuesto a dormir hasta las seis; a las seis me levanto, tomo chocolate, me voy al paseo, o me entretengo en vestirme hasta las siete,(59) hora en que me voy a algún baile o al Coliseo;(60)acabada la comida o el baile, que es bien tarde, me retiro a casa, ceno y me acuesto. Rara vez se invierte este orden, que es el ordinario, y eso por algunas visitas que vienen a casa, o por alguna indisposición que padezca, o porque se arma acá la tertulia de repente, o por otro motivo semejante, y entonces estoy más ocupada con la atención que exigen estas cosas. Vea usted si tengo o no tengo harto quehacer, y si tendré lugar no digo para leer, pero ni para rascarme la cabeza.
—Anda niña, dijo Matilde, no me admira que te pases una vida tan floja y holgazana, sino que tengas cara para contarla y te quedes tan fresca.
—¿Y por qué no?, respondía Eufrosina, ¿pues qué, hago mal en esto? ¿No soy muy dueña de mi voluntad? ¿No tengo proporciones para pagar mis criadas que me sirvan? Y a más de esto, ¿no soy una señora decente, y es preciso que me trate como quien soy? Ya bien veo yo que mi régimen de vida es enteramente opuesto al tuyo. Algo he observado; pero para que veas la diferencia que hay de trato a trato, dime: ¿en qué gastas el día por lo ordinario?
—No tendré embarazo, dijo Matilde, mira: no soy madrugadora; me levanto, por lo regular, a las siete de la mañana, visto a Pudenciana y nos vamos a misa, venimos y nos desayunamos; después envío a la niña a la amiga(61) y le dispongo el almuerzo a Linarte; el resto de la mañana se va en ir a la cocina, en las costura, en asear la casa, o mil cosas que se ofrecen(62) porque a ninguna mujer le falta qué hacer en su casa, cuando es mujer y quiere estar ocupada; a las doce envío por la niña, me pongo mi delantal para no ensuciarme y voy a la cocina a sazonar el plato de mi esposo...
—¡Virgen!, ¿hasta eso?, dijo Eufrosina, pues ¿qué no tienes cocinera? ¡Aunque fuera ya! —Sí tengo, pero quiero que Linarte coma a su paladar,(63) no al de la cocinera, y como nadie conoce su gusto ni su modo mejor que yo, de ahí es que yo misma le sazone la comida; mas como iba diciendo, luego que acabo este gran trabajo, me lavo las manos y me vuelvo al estrado con mi costura hasta la una, hora en que por lo regular viene mi esposo de la calle; platica un rato o se divierte un poco con su niña mientras ponen la mesa, y vamos a comer. Acabada la comida, reposamos un rato hasta las tres o poco más; él suele irse, y yo me pongo en el estrado rodeada de mi familia, o con el bastidor,(64) o con la almohadilla hasta las cuatro y media que van por mi hija; luego que ésta viene, rezamos el rosario, y les leo algo del Catecismo, a mi hija, a Tulitas(a) y a las mozas, pues porque ya sabes que es obligación precisa de los amos el enseñar la doctrina a sus criados; en esto dan las oraciones, se van a sus quehaceres, las niñas a jugar, y yo a guardar mi ropa. A esta hora viene Linarte, tomamos chocolate, y unas veces nos ponemos a platicar, otras me entretengo en(65) tocar mi clave, o me voy a tu casa, y alguna vez al Coliseo, o a alguna visita, según estoy de humor, en cuyas diversiones me entretengo hasta las diez o poco más, hora en que cenamos y nos recogemos muy contentos.
Con este método de vida, ni yo acabo mi salud, ni los pobres sirvientes se molestan; porque ya tú ves que es una grande imprudencia de aquellos amos que, después de hacer trabajar a sus criados todo el día, los tienen en vela hasta las quinientas de la noche, [en](66) que llegan a sus casas del juego, de la tertulia o la visita. En fin, con este método de vida verás que me sobra lugar para leer cuanto quiero.
—Pues tienes una vida angelical, hermana, dijo Eufrosina, dichosa tú [...](67) si te salvas; pero la verdad, yo no te la codicio; porque ese trato no es para una señora decente sino para las rotitas(68) de casa de vecindad, y no para todas, sino para aquellas pobres hipócritas que se hacen muy virtuosas, muy recogidas y muy mujeres de su casa, no por voluntad sino por fuerza. No van al Coliseo porque no tienen con qué pagar el palco o el asiento, ni se presentan en los paseos públicos ni en los bailes porque les sobra vanidad y les falta coche y el lujo que desean para competir con nosotras; pero tú, que eres media(69) mística, ya sabes que esto no es mujerío ni virtud, sino mucha soberbia y vanidad; y después de todo, niña, semejante vida, ocupación y encierro, no se queda para una señora de tu clase.
—¿Quién dice que no?, replicó el coronel, pues qué ¿las señoras decentes gozan alguna prerrogativa o privilegio para no cumplir con las obligaciones de su estado? ¿La buena cuna o las riquezas pueden alguna vez servirnos de razón para substraernos de la ley general, que nos prescribe, sin distinción de clases, llenar nuestros deberes dignamente? Yo por cierto tengo entendido lo contrario. La nobleza, la fina educación, los puestos elevados, las riquezas y todas las ventajas que proporcionan la naturaleza y la fortuna, tan lejos están de eximirnos del cumplimiento de las leyes, que antes bien nos someten a su yugo con más imperio; porque el que más ha recibido, más debe; y así las señoritas, que han recibido unos buenos principios y que se distinguen por su clase del común del vulgo, deben comportarse siempre mejor que los vulgares sin jamás alegar las preeminencias que gozan para faltar a sus obligaciones; pues como dije, sus mismas distinciones las estrechan para obrar con más arreglo y escrupolosidad que los demás.
—Pues bien, dijo Eufrosina, sea de eso lo que fuere, lo cierto es que ni usted ni yo hemos nacido para reformar el mundo. Así lo hallamos y así lo hemos de dejar. ¿Qué nos importa que las gentes anden de pies o de cabeza? Al fin no hemos de dar cuentas a Dios de nadie, ¿para qué nos hemos de meter en camisa de once varas?
A más de que no es tan bravo el león como lo pintan;(70) pues quiero decir: no debe ser mi vida tan descarriada como usted la supone, pues si eso fuera, no tuvieran tantas la misma vida que yo, y algo mejor; pero ya ve usted cuántas señoritas hay que no emplean el tiempo sino en componerse, pasear y divertirse; y hacen bien de gozar de la vida, y de tratarse como quienes son, si no ¿en qué se han de distinguir de las rotas y pingajosas(71) de casa de vecindad como ya he dicho?
—¡Válgame Dios hermana, dijo el coronel, y cuántas equivocaciones padece usted! Acaso porque hay, en efecto, muchas señoritas lujosas y paseadoras que todo el tiempo de su vida, o a lo menos los días floridos de su juventud, los consagran a la moda, a la disipación y a la fruslería, abandonando sus más precisas obligaciones, ¿cree usted que se halla disculpada de algún modo la que las imita? De ninguna manera, hermana: la multitud de viciosos jamás ha justificado el vicio. No porque hay muchos ebrios y ladrones, tendremos por lícito el robo o la embriaguez. Nuestra naturaleza corrompida por la culpa, siempre se inclina a satisfacer nuestras pasiones, atropellando con la ley y la razón, y ésta es la causa de que los perversos y abandonados tengan tantos imitadores; pero esto, ya digo, se hace atropellando la ley y la razón, pues siempre que queremos escuchar el poderoso grito de la conciencia, tenemos los auxilios necesarios para no delinquir, y unos de estos auxilios son los buenos ejemplos de otros, que no queremos seguir.
El apóstol san Pablo(72) decía que sentía en sí dos leyes, la del espíritu y la de la carne; ésta enferma y corrompida que lo inclinaba al mal; y aquél sano y pronto para inspirarle el bien. Todos sentimos las mismas leyes; pero obedecemos la material que lisonjea nuestros sentidos y apetitos, no queremos sufrir la contradicción que hace el espíritu a la carne; y así, con desprecio de aquél, adulamos ésta, aun conociendo que hacemos mal; porque a nadie se le oculta su delito, y acosados del temor que se sigue a la infracción de la ley, ¿qué hacemos? Buscamos pretextos y disculpas, que aunque engañosamente, nos consuelen y tranquilicen.
Una de estas disculpas, y quizás la más frecuente o la que tenemos más a mano, es la multitud de infractores que se nos presentan a la vista. Entonces nuestro amor propio, diestrísimo adulador, nos persuade o que no hacemos mal, o que nuestro proceder no es el peor, cuando hay tantos que obran lo mismo que nosotros, pero esta disculpa es tan capciosa y frívola que no nos penetra el interior, porque al instante se nos vienen a la memoria otra multitud de individuos, cuyos buenos ejemplos y arreglada conducta destruye nuestra sofistería, y reprende nuestros excesos.
Por ejemplo, es constante que en México, así como en toda ciudad populosa, hay una multitud(73) de señoras que, ocupadas o consagradas del todo al lujo, a la bulla, a la disipación y a peores cosas, se desentienden del cuidado de sus obligaciones, abandonando su casa, sacrificando al marido, corrompiendo a sus hijos, escandalizando a los criados, y olvidándose enteramente de que son esposas, madres y amas de sus casas. Es cierto, repito, que, por desgracia, abundan estos ejemplares; pero también es evidente que no faltan otras muchas señoras modestas en su traje, fieles a sus esposos, atentas en(74) la educación de sus hijos y familia, hacendosas en su casa, económicas de su hacienda, y enteramente muy cristianas y escrupulosas observadoras de todas sus obligaciones.
Qué dice usted: ¿no es verdad que hay muchas señoras de éstas en México? ¿No conoce usted alguna de ellas? ¿Pues cómo no se acuerda de sus ejemplos para seguirlos, y sólo me cita en su abono el extraviado proceder de las demás? Conque, hermanita,(75) no hay disculpa. Es preciso confesar que obramos mal por nuestro gusto, sin atenernos a que otras obran lo mismo que nosotros, pues tenemos ejemplos en contrario, que debemos(76) imitar.
Calló el coronel, y Eufrosina con una risita burlona le dijo: -¿Sabe usted hermano lo que estaba yo pensando? —¿Qué cosa? —Que usted erró la vocación de medio a medio. Sí señor, usted no debía haber sido militar ni casado, porque para capuchino o misionero no tiene precio. No hay remedio, usted debía "andar con un púlpito en las manos diciendo lindezas por esos mundos de Dios",(77) como opinaba Sancho(78) de su buen amo.
¡Vea usted qué taco o qué sermón tan largo me ha echado! La lástima es que yo estoy empedernida, y todo se me resbala. Estos sermones son buenos para la zonza de Matilde, pero para mí es lo mismo que escribir en el agua y predicar en desierto.
Sí hermano, yo nací muy señora; me he criado con regalo;(79) heredé alguna cosita de mis padres; y, por fin, he tenido la fortuna de haberme casado con un hombre de proporciones, y muchacho del día. ¡Bendito sea Dios que me libró de un viejo, regañón y mezquino! No lo digo por usted; pero, ¡Jesús!, ya me hubiera yo ahorcado. En fin, hermano, ¿ustedes gustan de ir al Coliseo, que ya es hora? —Hermana, muchas gracias. —Pues a Dios.
Diciendo esto se fue Eufrosina, y Matilde, llena de enojo contra ella, dijo a su marido: —¿Ya lo ves?, yo me alegro; sí, yo me alegro de que te haya faltado al respeto la loca de mi hermana. En parte dice bien: si no hemos nacido para reformar el mundo, ni tenemos que dar a Dios cuentas por otro, ¿para qué es cansarnos en persuadir que obran bien o mal? Allá se los(80) haya. La verdad [es que](81) me ha incomodado mucho Eufrosina por tonta y majadera;(82) pero conozco que tú has tenido la culpa en ponerte a disputar con ella.
—Mira, dijo el coronel, todos estamos obligados a coadyuvar al bien de nuestros semejantes a proporción de nuestras luces. Tú bien sabes que es obra de misericordia y muchas veces de justicia dar buen consejo al que lo ha menester, y según esto, cuando vemos que un semejante nuestro padece un error grosero, por el cual se le siguen o se le pueden seguir graves perjuicios, y tenemos(83) facilidad de darle un buen consejo, estamos en obligación de dárselo y de sacarlo de su error, siquiera por caridad; y esto aun cuando presumamos que por entonces no lo admitirá o se burlará de él, porque no sabemos si aquel consejo despreciado, acaso será una semilla que en otro tiempo fructifique.
En este caso está tú hermana. Ahora se burla de mis razones; pero, tal vez mañana o por un revés de la fortuna o por la experiencia que se adquiere con la edad, podrá abrir los ojos y aprovecharse de lo que ahora desprecia.
Por esto he aventurado la conversación que oíste, de lo que no me pesa, ni menos me resiento de su burleta, pues la pobre procede como una muchacha atolondrada(84) y sin una cuerda reflexión. Si todos pensaran como ella, si todos dijeran: así hallamos el mundo, así lo hemos de dejar, y ninguno tendrá la gloria de reformarlo, en este caso, ni los oradores hubieran esforzado su elocuencia, ni los escritores sus luces para corregir o contener los vicios, ¡desgraciados de los hombres! Ociosos fueran los púlpitos y los libros: nada se hubiera adelantado en las ciencias, en las artes, en la moral, en la política, ni en cosa alguna; pero como los sabios no han sido de ese necio modo de pensar, se han afanado para no dejar sepultados los talentos que les confió la Providencia y para hacerlos útiles en beneficio de sus semejantes.
Yo te confieso ingenuamente que no me hallo con un acopio de talentos sublimes y brillantes; pero, sin embargo, deseo emplear el escaso(85) que tengo en el mismo objeto, pues sé que al que se le dieron cinco se le pedirá cuenta de cinco, y al que le tocó uno solo, se le tomará residencia de este uno; y por esta razón procuro(86)desengañar a tu hermana de los errores en que vive, creyendo que así lo debo hacer, y que quizá algún día le serán de provecho mis avisos. Si se burlare de ellos, si no los estimare en nada, ella cogerá el fruto de su error; pero yo habré hecho cuanto puedo por su bien.
—Ya estamos, dijo Matilde, en que cuando mi entendimiento no quede perfectamente convencido con lo que me dices, o tenga alguna duda, te la he de proponer con franqueza. En esta inteligencia, no puedo menos que decirte que me hace mucha fuerza(87) no sólo que disputes con mi hermana, sabiendo quién es, sino que ahora sostengas que hiciste bien, y que lo debes hacer, cuando otras veces me has dicho que es bobería disputar con ella ni con ninguna(88) persona obstinadamente necia, pues no se saca ni se puede sacar ningún partido ventajoso de tales disputas. Esto tú me lo has dicho, y no ha mucho que tácitamente me concediste que no habías hecho bien de empeñarte en la disputa del cigarro. Conque dime ¿cómo está esto?(89)
—Fácilmente saldrás de la duda, respondió el coronel, y advertirás que no me contradigo. Atiende: no es lo mismo disputar que aconsejar, aunque se puede disputar sobre un consejo, y aconsejar en cualquier disputa;(90) pero esto se entiende con prudencia. Disputar es ventilar o defender uno su opinión contra otra, con razones, no con palabras sin substancia, pues en este caso ya no será disputa sino algarabía; y como los necios porfían, casi siempre sin razón y sin saber lo que porfían, sino que quieren sostener su opinión porque sí y porque no, de ahí es que será una imprudencia el ponerse a disputar con un necio.
Fuera de esto, hay disputas tan frívolas e impertinentes que no es cordura mezclarse en ellas. La del cigarro fue una de éstas. ¿Qué importa que tu hermana tenga por un exceso de mala crianza el que una niña chupe(91) un cigarro? Nada seguramente; y así debí haber omitido la disputa, como impertinente para mí, y como frívola en sí misma.
Otras disputas hay sobre cosas tan evidentes que el sostenerlas con ardor contra un necio es la mayor locura e insensatez, como si yo quisiera defender que mi levita es azul, contra un ciego que defendiera que era verde.
De esta clase suelen ser y son muchas disputas que merecen despreciarse por los cuerdos, y de éstas son de las que te tengo hablado; pero hay otras en que por necesidad, por caridad y por justicia no sólo debemos ingerirnos, sino sostener nuestra opinión con el mayor empeño. Así al inocente le es lícito defenderse con energía de la calumnia, al católico le es permitido defender su religión, al letrado su parte en justicia, al buen amigo el honor de otro amigo que vacila en una lengua mordaz o equivocada, y a cada uno sus derechos cuanto pueda. Ningún empeño, ninguna diligencia, está demás en estas ocasiones; y ya bien entenderás que no te he hablado de este género de disputas.
El consejo es de diferente naturaleza, aunque muchas veces concurra al mismo fin que la disputa [más](92) bien sostenida; porque el consejo es el parecer que se da o se debe dar siempre por el bien de otro, desnudo de todo vil interés, y regularmente seguro. Si yo aconsejo verbigracia a tu hermana que no castigue a su hija con crueldad y que no la consienta con melindre, es por su bien. No tengo en ello ningún particular interés, y mi consejo es de los más seguros. ¿Me has entendido? ¿Estás satisfecha de que no hay contradicción entre dar un buen consejo y huir una disputa impertinente?
—Lo estoy, dijo Matilde, te he entendido perfectamente, y ¿cómo no te he de entender, si explicas con tanta claridad lo que me enseñas? Pero ya que me he instruido, voy a que te traigan tu gala.(93)—¿Qué cosa? —Tu chocolate, pues es hora de que lo tomemos. —Ya vuelvo. Aquí concluyó esta sesión, y también el capítulo sexto.
(2) melindres. Afectación de finura y delicadeza en palabras, acciones y ademanes.
(5) dengues. Cf. nota 11 al Pról.
(8) Alude a sir Walter Raleigh.
(10) campestre. Se bailaban después de los minuets. Práctica inglesa y, según Rousseau, también francesa. A lo largo del siglo XVIII, por lo menos cada editor británico de música publicaba una colección anual de tonadas de danza campestres formada de veinticuatro piezas. Cf. The Oxford Companion to Music, 9ª ed.; London University Press, 1955, p. 260.
(11) boleras. Baile al son del bolero. Aire español, de compás ternario y movimiento reposado.
(12) 2ª y 3ª: unas "cuadrillas" alemandado. En una nota de El Periquillo Sarnientose apunta: "en las contradanzas y valses, que no son otra cosa sino lo que antes se llamaba alemanda. La diferencia está en que aquella se bailaba despacio, y ésta retozando de prisa..." Cf. José Joaquín Fernández de Lizardi, El Periquillo Sarniento, Pról. de Jefferson Rea Spell, 4ª ed., México, Porrúa, 1962 (Col. Sepan Cuántos., 1), p. 100.
(14) diantre. Eufemismo por diablo.
(15) aire de taco. Equivale a "darse taco" o ser "estirado", orgulloso. Tal vez procede de ser apretado y tieso como un taco.
(16) despulsado. Me he quedado sin pulso, me he desvivido.
(17) Blanchard. Cf. nota 75 al cap. II.
(18) 2ª omite "su". 3ª y 4ª: "la".
(19) no faltaba más, sino meterme a beata fuera de tiempo. "No faltaba más" es una expresión muy usada para rechazar una proposición o pretensión por absurda u ofensiva. Meterse a beata fuera de tiempo significa hacer una cosa absurda contra la voluntad o fuera de tiempo.
(20) zonza. Cf. nota 27 al cap. V.
(21) camandulera. Hipócrita, astuta, disimulada y embustera.
(22) más pobre que Amán. Quizá equivale a "Más pobre que Adán". La confusión de nombres pudiera proceder de la ignorancia de Eufrosina.
(24) sonaja. Extensión a las personas del nombre vulgar de un pajarillo de la familia de los fringílidos, que también se llama matraca por lo escandaloso. Cf. Santamaría, Dic. mej., por otro lado, sonaja es el juguete que en el interior tiene piedrecitas o algún otro material para hacer ruido. Así pues, se trata de una persona alegre y ruidosa.
(25) perrito de todas bodas. "Se llama al entremetido y que se inxiere en las fiestas y concursos a disfrutar el júbilo, y gozar el entremetimiento." Cf. Diccionario de autoridades.
(26) gazmoñería. Fingimiento o afectación de modestia, devoción o delicadeza.
(27) mucha barba le quieres hacer. "Hacer la barba" es adular, generalmente para conseguir algo.
(29) produces. Expresarse, manifestarse.
(32) moza de veinte reales. Poca cosa.
(33) tabardillos. Tabardillo es una enfermedad febril, aguda y grave, acompañada de perturbación del sistema nervioso y de alteración de la sangre. También es tifo o insolación.
(34) Fenelón. Cf. nota 76 al cap. I.
(35) Antonio Arbiol y Díez (1651-1726). Franciscano español. Calificador de la Inquisición de Aragón y examinador sinodal del arzobispado de Zaragoza. Escribió varias obras morales y religiosas: Desengaños místicos a las almas detenidas o engañadas en el camino de la perfección y La religiosa instruida. Los datos bibliográficos del libro que Fernández de Lizardi cita son: La familia regulada, con doctrina de la Sagrada Escritura, y santos padres de la Iglesia católica, para todos los que regularmente componen una casa seglar; a fin de que cada uno en su estado, y en su grado sirva a Dios Nuestro Señor con toda perfección, y salve su alma, Barcelona, Joseph Texido, s. a. Tenemos el dato de una edición de 1713.
(36) Joaquín Enrique Campé (1746-1818). Pedagogo alemán. Escribió la obra que cita Fernández de Lizardi así como Pequeña biblioteca para los niños y Robinsón de los jóvenes.
(37) madama de Monteignon. Francisca d'Aubigné (o d'Aubigni), marquesa de Maintenon (1635-1719). Educó a los hijos de Luis XIV y de madame de Montespan. Se casó en secreto con Luis XIV en 1684. Contribuyó a la revocación del Edicto de Nantes e impuso a la corte una gran austeridad. Escribió varias Lettres. "Si las famosas cartas de Mme. de Sevigné demuestran una visión más amplia y preocupaciones más profundas, las de Mme. de Maintenon nos muestran un conocimiento más firme y más profundo de la naturaleza humana, una verdadera directora de almas." Cf. Enciclopedia de la literatura, recopilada bajo la dirección de Benjamín Jarnés, México, Editora Central, S. A., s. a., t. IV, p. 281.
(38) La mujer feliz dependiente del mundo y de la fortuna. Poema, su autor el Filósofo Incógnito 3 vols. Madrid, 1786. El título recuerda el de la obra del cura portugués Theodoro de Almeida El hombre feliz independiente del mundo y de la fortuna que apareció en Lisboa en 1779 y de la cual se hicieron tres traducciones españolas. Suponemos que el título de la obra del Filósofo Incógnito debe decir "independientemente"; sin embargo los datos obtenidos registran "dependiente".
(40) María de Zayas y Montemayor (1590-1661). Escritora española. Autora de poesías y comedias. Debe su fama a las Novelas amorosas y exemplares, cuya segunda parte se titula Novelas y saraos. Se trata de novelas cortas de carácter picaresco.
(41) Quizá se aluda a las llamadas obras festivas.
(42) Aventuras de Gil Blas. Historia de Gil Blas de Santillana, novela de Alain-René Lesage (1668-1747).
(43) Pamela. Alude a la Pamela Andrews o la virtud recompensada, novela epistolar de Samuel Richardson publicada en Madrid.
(44) Eusebio. Obra de Pedro de Montegnon (1745-1824). Jesuita que después colgó los hábitos. El Eusebio es representante de la novela filosófica. Apareció en 1786 y fue denunciada a la Inquisición. Narra la historia de un matrimonio cuáquero que recoge a un niño español superviviente de un naufragio en Norteamérica. Este niño, Eusebio, tiene un temperamento religioso que su preceptor, Hardyl, estimula cuanto puede. Eusebio pasa por una crisis de escepticismo y finalmente se incorpora a la Iglesia gracias a las confesiones que le hace Hardyl antes de morir.
(45) Novelas sin las vocales. Conocemos la edición Novelas antiguas de peregrinos ingenios españoles (sin vocales), Madrid, Imprenta de Diego Valero, 1871.
(46) Clara Harlowe de Samuel Richardson, trad. del inglés al francés por M. Tourneur y del francés al castellano por Joseph Marcos Gutiérrez, Madrid, 1794-1796, II vols.
(47) Diana enamorada. Sólo conocemos La Diana, novela pastoril de Jorge de Montemayor.
(48) Atala. Novela de Chateaubriand sobre la vida indígena en América del Norte.
(49) Alejo en su casita. Sólo se conoce la comedia de Moreto titulada La vida de san Alejo.
(50) Soledades de la vida y desengaños del mundo. Colección de novelas cortas de Cristóbal Lozano.
(51) Don Quijote de la Mancha. Posiblemente la edición de Madrid en cinco volúmenes, 1797-1798.
(52) celemín. Medida antigua de capacidad. Suponemos que equivalía a 4 o 5 litros de granos. Por extensión, gran cantidad de.
(54) mistiquerías. Melindres, gazmoñerías. Cf. Martín Alonso, Enciclopedia del idioma. Diccionario histórico y moderno de la lengua española (siglos XII al XX), etimológico, tecnológico, regional e hispanoamericano, Madrid, Aguilar, 1958.
(56) se está haciendo de la casa de la virgen. Haciéndose el bobo. Cf. Santamaría,Dic. mej.
(57) Alameda. Las calles que la rodeaban recibían el nombre de San Juan de Dios y Santa Veracruz, hoy Avenida Hidalgo; Corpus Christi, actualmente parte de la Avenida Juárez; calle del Mirador, ubicada hacia donde está hoy la pérgola de la Alameda, y la de San Diego. Actualmente la rodean: Avenida Hidalgo, Avenida Juárez, Ángela Peralta y Doctor Mora.
(58) Parián. Mercado que se estableció en la Plaza de Armas de México. Se terminó en 1696. Se incendió en 1829, pero siguió funcionando hasta que fue demolido por orden de Santa-Anna en1843. Ocupaba un cuadrilátero en el ángulo suroeste de la plaza citada.
(60) Coliseo. Desde su estreno en 1753, fue el teatro principal de la capital. Se le llamó Coliseo Nuevo, Teatro de México y Teatro Principal. Estaba en la calle de Coliseo Nuevo, ahora tercera de Bolívar. Se incendió en 1931.
(61) amiga. Cf. nota 45 al cap. II.
(62) 2ª, 3ª y 4ª omiten "se ofrecen".
(63) coma a su paladar. Metafóricamente se toma por el gusto, apetito o deseo de cualquier cosa. Cf. Diccionario de autoridades.
(64) bastidor. Armazón generalmente rectangular en que se atiranta un lienzo para pintar o bordar una tela.
(a) Esta Tulitas era la niña Gertrudis que sirvió de aya a Pudenciana en su infancia, y de la [4ª omite "la"] que se habló al principio de la historia.
(68) rotitas. Roto se llamaba al petimetre, pisaverde o individuo sin quehacer ni dinero que se viste bien a fuerza de trampas y picardías. Rota es la señorita o señora de clase media que vive o aparenta vivir como si fuera rica. Cf. SantamaríaDic. mej.
(70) no es tan bravo el león como lo pintan. "Refrán con que se da a entender que la aspereza de alguna persona, o la dificultad de algún negocio, no es tanta como se ponderaba." Cf. Diccionario de autoridades. En El Periquillo Sarniento, Fernández de Lizardi emplea "No ser tan perverso como se le creía."
(71) pingajosas. Haraposas o harapientas.
(77) La 4ª ed. es la que pone comillas a la cita.
(78) En la Segunda Parte, capítulo XX, don Quijote dice: "Dígote, Sancho, que si como tienes buen natural tuvieras discreción, pudieras tomas un púlpito en la mano e irte por ese mundo predicando lindezas." Y en la Segunda Parte, capítulo XXII, Sancho dice: "Este mi amo, cuando yo hablo cosas de meollo y de sustancia, suele decir que podría yo tomar un púlpito en las manos e irme por ese mundo adelante predicando lindezas; y yo digo de él que cuando comienza a enhilar sentencias y a dar consejos, no sólo puede tomar un púlpito en las manos, sino dos en cada dedo, y andarse por esas plazas..."
(82) majadera. Cf. nota 69 al cap. II.
(83) 2ª, 3ª y 4ª: "y teniendo".
(87) me hace mucha fuerza. Hacer fuerza es una locución verbal que significa sorprender e impresionar.