CAPÍTULO V
Largo pero muy interesante
Hallé a Tremendo paseándose frente del cementerio de San Lázaro; su vista, su cuerpazo, sus grandes bigotes y la soledad del campo me infundieron tanto temor que las rodillas se me doblaban, y más de dos veces estuve por volver la grupa; pero él me había visto y mi honor no debía quedar mal puesto en su opinión.
Con esta consideración y, acordándome que a los atrevidos favorece la fortuna,(1)que quien da primero da dos veces y que toda la valentía que para estos casos se requiere es resolverse a morir o matar a su enemigo al primer golpe, me acerqué a Tremendo con mi sable desnudo, y a distancia de doce pasos le dije: —Defiéndete, cobarde, porque va sobre ti todo el infierno.
El fuerte grito con que pronuncié estas palabras, el denuedo con que corrí a embestirle, los muchos tajos, reveses y estocadas que le tiré sin regla, la ninguna destreza que él tenía en el manejo de su arma y mi atrevida resolución para morir, impusieron a Tremendo de tal modo que ya no trataba de ofenderme, sino de defenderse solamente.
—Sosiégate, chico, me decía, sosiégate; si todo ha sido broma por verte y conocer tu valor, pero yo soy tu amigo y no quiero reñir con seriedad.
Por éstas sus expresiones advertí que me había reconocido alguna superioridad sobre su sable; pero acordándome que donde las dan las toman, y que a veces el miedo acosado hace pródigos de valor, como lo acababa de hacer conmigo, me resolví a ceder; pues ya mi honor quedaba en su lugar y el formidable Tremendo se me daba a partido.(2)
Me retiré tres pasos atrás, y con un tono harto grave le dije: —Yo dejo de reñir porque me protestas tu amistad; pero para otro día no te chancees(3) con tanto peligro de tu vida.
Tremendo me ratificó de nuevo su cariño; los dos juramos sobre nuestras espadas no decir a nadie lo que había pasado; envainamos los sables, nos abrazamos estrechamente, nos besamos en los carrillos y nos fuimos al café muy contentos. En esto paró nuestro terrible desafío.
En el camino le conté lo que había dicho Modesto acerca de los duelos, y cómo están desaforados los militares y caballeros de órdenes que desafiaren, admitieren el desafío o intervinieren en él de cualquier modo, con la pena de aleves y perdimiento de todos sus bienes; y que si tenía efecto el desafío, aunque no haya riña, muerte o herida, con tal que se verifique que han salido al campo a batirse, sean castigados,sin remisión alguna, con pena de muerte.
—Todo esto sabía yo, me respondió Tremendo; y por eso quise excusar la riña sin herirte, si no, ¡voto a Cristo!, que en la salida que hiciste sobre la izquierda te pude haber tirado la cabeza sobre las astas de Capricornio; pero soy tu amigo, tengo mucho honor, y sólo te desafié por una chanza y por experimentar si eras muchacho de valor. Ahora que sé que lo tienes, seré tu amigo eterno, y a los dos juntos no nos acobardarán todas las furias del infierno desatadas en contra nuestra. Pero te advierto que tu amistad no la dediques sino a mí, a Precioso, a Tarabilla, a Tronera y a otros semejantes; y de ningún modo a Modesto, a Prudencio, a Constante, a Moderato, ni a otros oficiales hipócritas y monos(4) de que por desgracia abunda nuestro regimiento.
Estos jóvenes tontos y alucinados por los frailes te predicarán como unos misioneros apostólicos, llenarán tu cabeza de ideas sombrías y pensamientos fúnebres; pero no seas bobo: acompáñale con mozos festivos y corrientes como yo, si es que quieres(5) pasarte una vida alegre y sin tormentos.
Entretenidos con estos santos coloquios, llegamos al café. Luego que nuestros camaradas nos vieron, manifestaron su alegría, porque como presenciaron el desafío y no nos habían visto en la tarde, creyeron que ya nos habíamos hecho pedazos en el campo.
Nos preguntaron por el éxito de nuestro duelo, y respondió Tremendo que todo no había pasado de una chanza, porque jamás tuvo intención de reñir conmigo a sangre fría. Todos se mostraron gustosos por el buen remate del desafío, y después de tomar café, nos separamos.
Dos años viví contento, aprendiendo mil primores de mis amigos, Tremendo y compañeros. Sus máximas para mí eran el Evangelio, y sus ejemplos la pauta por donde reglaba mis costumbres.
En pocos días me dediqué a ser marcial, a divertirme con las hembras y los naipes, a no dejarme sobajar de nadie, fuera quien fuera, a hablar con libertad sobre asuntos de Estado y de religión, a hacerme de dinero a toda costa y a otras cosas como éstas, que en realidad son utilísimas a todo militar como yo.
Los oficiales Modesto, Justo, Moderato y otros fanáticos alucinados como ellos, me molían(6) cada instante con sus sermones importunos, en los que me decían que las máximas que yo adoptaba y las costumbres que trataba de imitar eran erróneas y escandalosas; que con el tiempo no sería sino un libertino, jugador, provocativo, estafador, desvergonzado, atrevido y blasfemo; que viera que cuanto mayores grados tuviera en el servicio del rey, tantas mayores obligaciones tenía de ser buen caballero y buen cristiano, pues lo que en el soldado raso se castiga con prisión o baquetas,(7) en el cadete u oficial se debe castigar con pena más grave, pues en éste se deben suponer mejores principios, mayor ilustración y, de consiguiente, más honor y más obligación.
Estas y otras mil cosas me decían, y las contrarias mis amigos. Éstos me repetían que eran simplezas, hipocresías y faramallas. —Ríe con los que ríen, me decía Tarabilla; ¿acaso las leyes del magistrado, las reglas del fraile y los estatutos de las cofradías son lo mismo que las ordenanzas militares? No lo creas aunque te lo juren. El militar, así como en el traje, se debe diferenciar en proceder del letrado, del fraile, del oficinista, del labrador, del artesano, del comerciante, del eclesiástico y de toda clase de paisano. ¿Habrá gusto como seducir una casada, engañar a una doncella, dar cuchilladas a un fanático, burlarse de la justicia de uno de éstos que se dicen arreglados, pegar un petardo a un avariento, mofarse de un hipócrita y hablar con magisterio aun de lo que no entendemos? Vaya, Catrín, tú tienes poco mundo y no conoces el siglo ilustrado en que vives. Ríete, ríete una y mil veces de las necedades de algunos oficiales compañeros míos que procuran con sus boberías hacerte monje capuchino con cordones en el hombro. Es verdad que en el regimiento todos los quieren, que sus jefes los aprecian, que los paisanos tontos los admiten en sus casas y que ellos están envanecidos con estos obsequios aparentes; pero en realidad ¿qué son sino unos serviles complacedores del gusto de los santuchos y moralistas rígidos? Pero tú, amigo, no, no te repliegues en tan estrechos límites; ensánchate, expláyate, diviértete al modo de los que llaman libertinos: no haya muchacha que no sea víctima de tu conquista; no haya bolsa segura de tus ardides; no haya virtud libre de tu fuerza, ni religión ni ley que no atropelle tu lengua, ayudada de tu ilustradísimo talento, y entonces serás el honor de los catrines y la gloria de tu país.
Como mi corazón siempre ha sido muy dócil, aproveché estas lecciones grandemente. Di de mano a los importunos predicadores, me entregué del todo a los placeres, y me pasé dos años... ¡Ah qué dos años!, los más alegres que se pueden imaginar.
Dentro de pocos días, gracias a los saludables consejos y edificantes ejemplos de mis amigos, dentro de pocos días ya echaba yo un voto y veinte desvergüenzas con el mayor desembarazo, me burlaba de la religión y sus ministros; y el jugar mal, quitar un crédito y hacer otras cosillas de éstas, me parecían ligerezas, puntos de honor y urgencias de la necesidad.
Si el primer año de esos dos fue bueno, el segundo fue inmejorable, porque a sus principios se le puso a mi padre en la cabeza la majadería(8) de morirse, y se salió con ella, mi madre no tuvo valor para quedarse sola, y dentro de un mes le fue a [a]compañar al camposanto.
Increíble es el gusto que yo tuve el verme libre de ese par de viejos regañones, que aunque es verdad que me querían mucho y jamás se oponían a mis ideas, sin embargo no sé qué contrapeso me hacían con su encierro y caras arrugadas. Es verdad que algunas malas lenguas dijeron que yo los había matado a pesadumbres; pero fue una calumnia de gente maliciosa, pues yo siempre he sido hombre de bien, como habéis visto y seguiréis viendo en el discurso de mi vida.
Algunas alhajitas, ropa y muebles me dejaron mis padres, y como cosa de quinientos pesos en moneda corriente, lo que jamás agradecí, pues no teniendo arbitrio para llevárselo, era preciso que se lo dejaran a su buen hijo.
Luego que pasaron los nueve días se convirtió mi casa en una Arcadia. Todos mis amigos y mis parientes los catrines me visitaban a porfía; los almuerzos y juegos eran frecuentes; las tertulias eran la diversión favorita de todas las noches; a ellas concurrían mis camaradas, así militares como paisanos, y un enjambre de muchachas corrientes y marciales, de las cuales las más eran de título, aunque no de Castilla; pero en fin, cantaban, bailaban y nos divertían a nuestro antojo.
Se deja entender que yo erogaba los más de los gastos ordinarios; y aunque veía que se arrancaba por la posta,(9) no se me daba cuidado, porque mis amigos decían que yo era muy liberal y generoso, que lo que me faltaba era dinero; pero que tenía unas partidas excelentes.
En medio de estas alabanzas se me arrancó de cuajo, y por friolera de cuatro o cinco meses que debía de arrendamiento, se presentó el casero al coronel y logró que le desocupara la casa con lo que cesó de una vez la diversión.
Un gollorín y un baúl viejo fueron los únicos muebles que saqué, porque los demás, que eran pocos y malos, se quedaron por la deuda. Yo me refugié a la casa de Tarabilla, que era una viviendita en casa de vecindad.
Desde esta época comenzaron mis trabajos, porque ni él ni yo teníamos blanca.(10) El pan de cada día era lo que menos trabajo nos costaba buscar, porque teníamos muchas visitas, y en unas almorzábamos, en otras comíamos, y cenábamos en otras, tomando café algunas veces con los amigos, pero el lujo necesario a nuestra clase, y que no podíamos sostener, nos era el tormento más insoportable, especialmente para mí, que no contaba sino con once pesos de sueldo, que no alcanzaba con ellos ni para botas.
En medio de esta consternación vi en un balcón una muchacha como de diez y nueve años, flaca, descolorida, con dos dientes menos, de nariz roma y con una verruga junto al ojo izquierdo del tamaño de un garbanzo grande.
Como estaba muy decente y en una gran casa, la saludé por ver lo que salía, y ella me correspondió con agrado.
No me fue su cariño muy lisonjero por su mala figura; pero contándole a mi compañero el lance, me dijo: —Ya tomaras el que esa muchacha te quisiera; tu felicidad en ese caso sería bien segura; porque esa fea es hija de don Abundo, viejo muy rico, y desde que nació la está dotando su padre con mil pesos anuales, de manera que tiene tantos miles cuantos años. Ya apetecieras que se casara contigo, aunque tuviera cincuenta años, pues llevaría a tu lado cincuenta mil pesos. Sin embargo, diez y nueve o veinte mil no son tercios de paja;(11) y así tírale seguido, y no seas bobo.
Animado yo con tan favorables noticias, me dediqué a cortejarla sin recelo. Mis paseos por su calle eran frecuentes, y ella siempre correspondía mis salutaciones con agrado.
Llegué a escribirla,(12) y también me escribió; tal cual vez le envié con una criada unas naranjas, un pañuelo de uvas y otros regalos semejantes, porque no podía hacerlos mejores; ella los admitía con cariño y me los correspondía con liberalidad. Una ocasión me envió un bulto de estopilla(13) y otra una caja de polvos de oro.
Semejante proceder me enamoraba más cada día, y ya contaba yo con la polla en el plato.(14) Es cierto que su mal cuerpo y peor cara me eran repugnantes, pero ¿qué no se debe disimular (decía yo a mi casaca) por veinte mil duros? Con mil o dos mil pesos dándole cuanto gusto quiera, la entierro en un año y me quedan libres diez y ocho.
Con este pensamiento le traté de boda, y ella me dijo que estaba corriente;(15)pero que hablara a su padre sobre ello por medio de una persona de respeto.
Demasiado conocimiento tenía yo de mi mérito para valerme de embajadores que echaran a perder mi negocio; y así yo mismo fui a su casa y, cara a cara le dije a su padre mis santas intenciones.
El perro viejo me oyó con harta calma, y me dijo: —Amigo, es verdad que yo le agradezco a usted mucho que ame a mi hija con el extremo que me ha pintado; pero ¿ya la ha visto bien? Es feicita; y si yo que soy su padre lo conozco, ¿cómo usted no lo ha de conocer?
La naturaleza le negó sus gracias, pero la fortuna la ha dotado de bienes. Algunos pesos tiene para subsistir sin casarse, y aun para hacerse tolerable a un buen marido, si fuere de su vocación el matrimonio.
Si está de Dios que usted lo sea, lo será sin duda alguna; pero es menester que no sea muy pronto, sino que ambos dejen pasar algún mas tiempo para examinar bien su vocación.
Con estas palabritas me despidió el viejo, diciéndome que volviese al fin de un mes a saber qué había pensado su hija. Yo me desesperé; pero me fue preciso condescender.
Entre tanto, supe que se informó despacio de quién era yo y cuál mi conducta, la que no le acomodó, porque cuando volví a verlo me recibió con desagrado y redondamente me dijo que no daría su hija a ningún hombre de mis circunstancias, porque no pensaba en hacerla infeliz.
Me incomodé bastante con tan agria repuesta, no debida a un caballero de mis prendas; propuse vengarme de don Abundo hurtándole la hija; propuse a ésta la fuga; la admitió; concertamos el plan y, en la noche destinada para el robo, me entré a la casa, me metí dentro de un coche que estaba en el patio y envié a avisar a Sinforosa, que así se llamaba la chata.
A pocos minutos bajó ella con un baulito de alhajas y dinero, al que sólo tuve el gusto de tomarle el peso. Ya estaba conmigo en el coche, esperando la mejor coyuntura para marcharnos, cuando he aquí que sin saber cómo, se nos presenta el maldito viejo con una pistola en una mano, acompañado de un dependiente que llevaba un farol con harta luz.
Cada uno tomó un estribo del coche; el viejo miró a su hija con ojos de serpiente pisada, y le dijo al cajero: —Llévese usted a esta loca allá arriba y haga lo que le he mandado. Al punto bajó la triste chata llorando y se fue con el dependiente.
Luego que el viejo se quedó solo conmigo, me dijo: —Salga de ahí el pícaro seductor; vaya, salga. Yo no tenía ni tantitas ganas de salir; no sé dónde se me encendieron mis bríos. El diablo del viejo conoció mis pocas ganas de reñir y, aprovechándose de lo que le pareció temor, me afianzó del pañuelo, me dio dos o tres estrujones, me arrancó de la almohada y me hizo salir del coche a gatas y todo desaliñado.
Yo, al verme maltratar de un viejo como aquel, quise echar mano a mi espada; pero ¡qué fuerzas tenía el achicharronado(16) señor! Apenas lo advirtió, cuando me dio tan soberbio tirón que me arrrojó a sus pies contra mi voluntad. Entonces le dije: —Advierta usted, amigo, que no me trate tan mal, porque yo soy un señor cadete que ya huelo a abanderado, y soy a más de esto, el caballero don Catrín, hombre noble y muy ilustre por todos mis cuatro lados; y si ahora respeto sus canas, mañana revolveré mis ejecutorias y mis árboles genealógicos, y verá usted quién soy, y que lo puedo perder con más facilidad que un albur a la puerta.(17)
Algo se intimidó el perro viejo, si no es que me dejó porque se cansó de darme de patadas. Lo cierto es que me soltó diciéndome: —Váyase enhoramala el tuno, bribonazo, sinvergüenza: qué caballero ha de ser ni qué talega. Si fuera noble, no obrara con vileza; pero ya me dijo quién es; sí, don Catrín, ya, ya sé quiénes son los catrines. Márchase de aquí, quítese de mi vista antes que le exprima esta pistola.
Yo, por evitar cuestiones, me salí, y a mi compañero no le quise contar un lance tan vergonzoso, porque no había de creer que mi poco enojo había sido efecto de mi grande prudencia, sino de mi mucha cobardía, y era muy regular que se espantara al ver que quien no había temido a Tremendo con su espada, temiera a un viejo chocho(18) despreciable.
Sin embargo de mi silencio, yo en mi interior juré vengarme de él y llevar, en caso necesario, una compañía de granaderos para el efecto.
Tales eran mis intenciones aún al día siguiente; pero como muchas se frustran, se frustraron las mías en un instante.
A las ocho de la mañana, hora en que aún no pensaba en levantarme de la cama, tocó la puerta un soldado ordenanza, le abrió mi compañero, entró y me dijo que el coronel me esperaba dentro de media hora.
Yo, creyendo que me quería hacer saber mi nuevo ascenso de alférez, me vestí muy contento y fui a verlo.
Me recibió con una cara de vinagre y me dijo: —Qué, usted ha pensado que el ser militar es lo mismo que ser un pícaro declarado, sin freno, sin ley y sin rey? Ya no puedo sufrir las repetidas quejas que me dan de su mala conducta, y tengo hechas con usted cuantas diligencias me ha dictado mi obligación.
Todo ha sido en vano; usted, lejos de reformarse, de asistir a las academias y asambleas, de separarse de los malos amigos y de portarse como un oficial de honor, no ha hecho sino abusar de mi prudencia, escandalizar a los buenos, exceder en tunante a los malos, y mañana me pervertirá a los más arreglados.
Bien se acuerda usted del pasaje de anoche: no quiero referírselo porque yo mismo me avergüenzo; pero tampoco quiero que permanezca en mi regimiento un bicho tan insolente y atrevido como usted; y así, dentro de tres días, solicite su licencia absoluta; y si no lo hace, se expone a un bochorno y a salir del regimiento con todo deshonor. Conque haga usted lo que quiera, y vaya con Dios. Diciendo esto tomó su sombrero y su bastón y se marchó para la calle, dejándome con la palabra en la boca.
Lleno de confusión me salí de su casa y me fui para la mía. Consulté mis cuidados con mis amigos y todos me aconsejaron que pidiera mi licencia, porque si no el coronel me desairaría y me cogería a cargo hasta echarme, conforme a ordenanza, por vicioso e incorregible.
Me fue muy pesado allanarme a tomar este consejo; pero conociendo que si quería me salía del regimiento, y si no me echaban, adopté el partido de salirme antes que otra cosa sucediera.
Con esta determinación solicité mi licencia, la que se me facilitó muy pronto, y cátenme ustedes de paisano; transformación que no me agradaba ni tantito; pero ya no había más remedio que conformarme con mi suerte y continuar mi carrera según se proporcionara.
Así lo hice, y así lo veréis en el discurso de esta grande, sublime y verdadera historia.
(1) Adagio latino: Audaces fortuna juvat, timidosque repellit. Citado en Nicolás Jamin, El fruto de mis lecturas. Madrid, por don Plácido Barco López, 1795, p. 257.
(2) daba a partido. Dar a partido es ceder, rendirse.
(3) chancees. Usar chanzas. Chanza. Dicho festivo y gracioso. Broma.
(4) monos. Envanecidos, presumidos.
(6) molían. Me molestaban, me importunaban.
(7) baquetas. Golpes dados con una vara delgada o barrita de hierro que sirve para atacar las armas de fuego.
(8) majadería. Acción propia del majadero (grosero, persona que importuna).
(9) por la posta. Con prontitud.
(11) no son tercios de paja. No son fardos de paja, es decir, no son cualquier cosa.
(12) escribirla. Ocasionalmente Fernández de Lizardi empleaba el laísmo.
(13) bulto de estopilla. Suponemos que alude a un hilado de estopilla: parte más fina que la estopa que queda en el rastrillo al pasar por él una segunda vez el cáñamo.
(14) ya contaba yo con la polla en el plato. Ya tenía a la muchacha en mi haber, ya la había conquistado.
(15) corriente. Corriente es lo que se admite sin dificultad.
(16) achicharronado. Arrugado. Viene de chicharrón: trozo de gordura con piel de cerdo, frito en su propia pringue. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(17) albur a la puerta. Albur: en el juego del monte, las dos primeras cartas que saca el banquero. Puerta es la primera carta. Con una o dos barajas corrientes se sientan alrededor de una mesa el que haga de banquero y los puntos. El banquero baraja una de ellas y la da a cortar, y en seguida, sacando por debajo de la baceta, pone la primera carta que le sale, teniendo la baraja vuelta, su derecha, y la segunda, que también saca por debajo de la baceta, a su izquierda (el albur).
(18) chocho. Que chochea: que tiene debilitadas sus facultades mentales a causa de la vejez.