CAPÍTULO V
En el que sigue la santidad de Pomposa,
y su heroica resolución de ser ermitaña
Había dado Pomposa en que era santa, y que para hacer milagros no le faltaba sino vivir en el yermo. La vieja beata con sus elogios y cuentos la alucinaba más cada día; nuestra devota visionaria, que no necesitaba mucha espuela, creyó que el demonio, temeroso de la guerra que ella le había de hacer en el desierto, se empeñaba en eludir sus buenas intenciones. Y así, resuelta a vencer al enemigo a toda costa, se decía: ¿qué te detiene, Pomposa, qué te asusta, qué te acobarda para no caminar por donde las delicadas Rosalías y Genovevas? El enemigo de las almas se opone a tus santas intenciones, es verdad; pero no sabes que, como dice san Pedro, el demonio es un león que ruge y da vueltas alrededor de nosotros buscando a quien tragarse, si no se le resiste con la fe ¿pues a qué esperas, desgraciada? Resistencia, resistencia es lo que ahora conviene y no otra cosa.
¿Qué me detiene para ser ermitaña? Todo lo tengo: cilicios, disciplinas, cerdas, [santo](1) Cristo, novenas, libros devotos, ampolleta y calavera. Estoy prevenida de todo como las vírgenes prudentes, estote parati(2) [estad prevenidos],(3) pues ¿qué hago aquí envuelta en las delicias del siglo y expuesta a mancillar mi virtud enmedio de los peligros de este mundo falaz y lisonjero? No, ya no más dilación, ya no más temores, ya no más debilidad; esto es hecho: el sacrificio prometido a mi esposo es necesario consumarlo, él no será más terrible que el de Isaac, ni más funesto que el de Jepté. Yo me voy al desierto en esta misma noche. ¡A Dios, mundo engañoso y miserable, a Dios placeres venenosos, gustos acibarados, compañías y amistades perniciosas, a Dios para siempre!

Dicho esto, tomó la pluma, escribió un papel y lo dejó sobre su almohada. Todo lo tenía listo; pero le acongojaba sobre manera acordarse que le faltaba saco, porque le parecía cosa muy extraña vivir en los páramos con túnico de moda; pero como no hay dificultad que no se venza en estos casos, se acordó de una carpeta vieja verde que estaba arrinconada en un ropero; inmediatamente la marcó por saco y, diciendo y haciendo, se encerró en su cuarto, y del modo que pudo hizo un túnico bastante pesado y ridículo; previno su cajita y a la noche, aprovechando un descuido de su madre y de las criadas, se desnudó de su ordinaria ropa, la dobló y la dejó sobre la cama, se vistió el saco verde, se soltó el pelo, se puso al cuello un crucifijo y en la cabeza una corona de flores de papel, tomó su cajita bajo del brazo y se marchó para la calle con tan buena suerte que de ninguno de su casa fue sentida.
Por fortuna la noche estaba obscura, los faroles unos opacos y otros apagados, y las calles inmediatas a su casa poco transitadas de gente, con lo que le fue fácil alejarse lo bastante hasta llegar a la pulquería que llaman de Los loquitos; allí se ocultó mientras entraba más la noche y, cuando ya serían como las once(4) de ella y no había por las calles sino tal cual patrulla y uno que otro guarda en su puesto, llena de miedo siguió su camino hacia la garita de San Cosme,(5) [por donde, merced a una graciosa aventura que proporcionó la contingencia], salió a pesar del centinela, que en aquel tiempo guardaba el puesto con bastante escrupolosidad.
Es el caso que, en una accesoria de las casas contiguas a la garita, había muerto ese mismo día, y estaba tendida en un petate con cuatro velas, una muchacha que, como es costumbre con las doncellas, tenía su palma y corona de flores, esparcidas muchas de éstas sobre la mortaja.
Los soldados de la numerosa guardia que cubría entonces aquel punto, ociosos todo el día, lo pasaban en las pulquerías y tabernas o accesorias de las inmediaciones, donde contando sus aventuras y refiriendo sus fazañas en las batallas que habían dado a los franceses en España, pues que por la mayor parte eran de gachupines(6) las tropas que destinaban a estos puestos, tenían embelesadas a las mujeres, que con la boca abierta escuchaban tantos prodigios de valor y sucesos tan variados, pagando su admiración con el bocadito a la hora de comer y con irse dejando seducir las muchachas, que no tenían a menos rendirse a los héroes a quienes se habían rendido las numerosas y aguerridas huestes de Napoleón Bonaparte.
Esa tarde, como siempre, se introdujeron en la casa de la muerta algunos soldados, y entre ellos un gallego desmoralizado que no gustaba malgastar sus monedas en la vinatería, pues aunque aficionado a los sacrificios de Baco, jamás gastaba lo suyo y la pasaba con las largas libaciones a que lo convidaban sus camaradas, que lo querían por su genio rasgado y servicial.
Éste, entre varias chocarrerías con que divertía a sus compañeros a costa de la difunta, se dejó decir: —¿Doncella? Sábelo Dios y ella... Como ser Santiajo de Jalicia, que he visto entrar en esta casa unos reverendos más rollizos que los jatos y comadrejas de su convento.
Un lego fernandino español, que en un rincón de la accesoria estaba hincado rezando por la difunta (la que solía quitar la cuartilla a cualquiera cosa para dársela de limosna cuando le presentaba la alcancía y el santo escapulario), al oír las demasías del soldado se levantó, y con voz campanuda le dijo: —De mortuis nibil nisi bene, paisano. Ya juzgados de Dios, el hombre debe suspender el juicio y dejar a los muertos que descansen en paz, no diciéndose de ellos sino cosas buenas. Yo os podría contar mil sucesos espantosos que han pasado a los poco respetuosos con los muertos, a quienes ha costado el juicio y aun la vida su imprudente manejo y el mal uso de su lengua.
—Vos, padre, contestó el gallego, tal ves seréis él primer doliente y por eso defendéis a la difunta.
—¡Blasfemo!, exclamó el lego, ¿ese respeto tienes al santo hábito que visto? A no ser por el servicio que prestas a la buena causa, yo te delataría a la Santa Inquisición,(7) que te pondría a buen recaudo; pero no desconfío de que a tus solas y en el silencio de la noche te se representará la difunta a quien infamas y te hará arrepentir de tus demencias.
Los soldados escuchaban el diálogo algo conmovidos, y la conversación roló después refiriendo cada uno los cuentos que sabían de muertos, de espantos, apariciones y demonios, sin olvidarse por supuesto del diablo, que se aparecía y aporreaba muchas noches al centinela de la sala del crimen en Palacio,(8) donde para perpetua memoria quedaban en la pared las señales de los tiros que habían dejado ir los centinelas en el acto de tan terrible lucha.
En estas conversaciones pasaron el tiempo que siguió después de que salieron de la accesoria de la muerta, hasta después del toque de las oraciones, que llamaron por su turno a los que debían hacer su cuarto de centinela, después de alzarse el puente levadizo y de cerrarse las puertas.
En la principal fue donde le tocó a nuestro gallego, que por las pláticas anteriores tenía la fantasía llena de espectros y fantasmas, de muertos y diablos aparecidos. En la soledad y obscuridad de la noche cada sombra le parecía un demonio, y cada ruido, por ligero que fuese, creía que lo ocasionaban los pasos lentos y mesurados de algún difunto que venía a vengar a su compañera, la que estaba tendida en la accesoria, o tal vez ella misma, según le había profetizado el lego, amenazándolo para el tiempo silencioso de la noche.
Él, para distraerse, comenzaba a cantar la jota u otro de los sonecitos que eran familiares a sus camaradas; pero ninguno acababa, porque a pesar de sus esfuerzos no se borraban de su imaginación los espantos y amenazas del fraile.
Pasando entre el susto y la congoja la mayor parte de las dos horas que debía durar su cuarto, y sin atreverse a llamar a alguno de sus camaradas, porque no conociesen su miedo y lo tildasen de cobarde, siendo para lo sucesivo blanco de sus groseras burlas.
Estaba ya para concluirse su tiempo, cuando dieron las nueve, hora en que, bajándose el puente levadizo, se dejaban pasar las gentes que viniendo fuera de cortadura se habían demorado en la ciudad por sus negocios y tenían que retirarse a sus casas. Se hizo como siempre, y el gallego tuvo unos momentos de distracción con los que pasaban, olvidándose de los espantos; pero después de un cuarto de hora que ya nadie transitaba por allí, a pesar de no haberse levantado aún el puente, ¿cuál sería su sorpresa y espanto al ver que se le acercaba a pasos lentos una mujer vestida, según le pareció, de su mortaja, con un santo Cristo colgado al cuello, y su corona de flores ajadas y deslucidas, como podían distinguirse a los pálidos rayos de la luna que comenzaba a salir? Le temblaban las rodillas, y siguiendo para él la aparición, sin vacilar sus imperturbables movimientos, llegó a la puerta y pasó junto al centinela, que no pudiendo sufrir más, ofuscado su entendimiento y desfallecidas fuerzas, cayó al suelo sin articular más que con voz debilitada y temblorosa: —¿Quién... vive...?
Bien sea porque a prevención hubiese preparado su fusil, o por el golpe, se disparó un tiro que alarmó a toda la guardia, e inmediatamente acudieron todos los soldados en tropel a su socorro, sin haberse dilatado más tiempo que el necesario para tomar sus armas; pero ya Pomposita en el traje de ermitaña, que era la visión o la muerta que se le figuró al centinela, había pasado el puente, y acelerado tanto el paso desde que oyó tan inmediato tiro del fusil que, a la sombra de los edificios y de los árboles, no fue observada por los soldados, que sin duda la habrían encontrado si la hubiesen seguido; pero no dando otra razón el centinela postrado en el suelo, sino que se le había aparecido la muerta de la accesoria, unos soldados asombrados creyeron que esta aparición era la profetizada por el lego fernandino, y otros, menos crédulos, atribuían la especie a la imaginación y falta de valor del camarada, a quien dirigían más de una satirilla.
Relevado el centinela, lo llevaron sus compañeros para que se desengañase a la accesoria del velorio, y estaba allí tendida la doncella difunta sin dar muestras de haberse levantado para nada. A su vista volvieron a turbarse los sentidos del gallego, y jurando por Santiago que era la misma que se les había aparecido en el foso, se cayó privado, y al día siguiente, según después se supo, lo llevaron con fiebre al Hospital de San Andrés.(9)
Libre ya la Quijotita ermitaña del temor de que la persiguiesen, tomó la dirección al rumbo de Chapultepec,(10) [sin acordarse que allí había otro grueso destacamento que, no sólo le impediría la entrada en el bosque, sino que poniendo los soldados a riesgo su honor y virtud, la mandarían seguramente a la calle de la Canoa,(11) o a buen componer a su casa, con lo que se habrían frustrado sus deseos, dando fin a sus aventuras.
Cuando había caminado más de una hora le ocurrieron todas estas reflexiones, y mudando de rumbo se echó a andar por esos campos de Dios, hasta que, después de cuatro horas largas de viaje, cayendo y levantando, se encontró en una barranca llena de maleza, que dividía las peladas lomas de un páramo desierto, donde a la luz de la luna no distinguió ni choza ni jacal que le indicase ser habitado de los hombres. Y habiendo elegido el lugar más lleno de matorrales donde había unos cuantos árboles que la defendiesen de la inclemencia de las estaciones, desfallecida](12) y fatigada de tanto andar, se tiró al pie de un árbol,(13) y allí sola, triste, cansada, muerta de hambre y llena de pavor que le infundía la lóbrega perspectiva del campo a tales horas, se entregó a las más melancólicas meditaciones. Allí lloró y maldijo mil veces su inconsideración; allí se arrepintió de su imprudencia; allí propuso volverse a otro día a la casa paterna como otro [hijo] pródigo; pero allí también reprendió su cobardía y falta de firmeza; allí atribuyó al demonio los efectos de la naturaleza; allí se avergonzó de su inconstancia, y allí, por último, determinó morir entre las fieras del campo, antes que dar que decir a los que sabían que ya a aquella hora era ermitaña y verdadera sierva de Dios.
Absorta con estas imaginaciones, el fuerte sueño(14) se apoderó de sus miembros; y contra su voluntad, se quedó dormida; pero dejémosla en esta violenta quietud, mientras volvemos a la casa de sus padres y los vemos envueltos en la mayor aflicción buscando a su hija,(15) la que creció cuando, después de registrar su cuarto, sólo hallaron toda su ropa bien doblada, el ropero intacto y una carta sobre la almohada que decía: "Padres y señores míos: vuestra hija se aparta de vosotros para seguir al Crucificado; mi vocación es de ermitaña, yo debo seguirla; sé que con esto os desagrado; pero ¿qué importa si con esto agrado a mi esposo? Diréis que os desprecio; mas no importa que lo digáis si es por esta causa; escrito está que el que no desprecia o aborrece a su padre y a su madre por el Señor, no será digno de Él; y así yo, sin aborreceros ni despreciaros, os dejo, os olvido y os abandono. Con el espíritu con que el casto José dejó la capa en manos de su corrompida seductora, así os dejo. A Dios, padres míos: obrad con justicia hasta la celeste Sión, donde nos daremos el ósculo sagrado de la paz. Su amante hija
Pomposa Langaruto."
El prudente lector considerará cuál sería el sentimiento de los padres de esta niña, cuáles sus temores y cuántas las diligencias que harían por su hallazgo; pero todo fue en vano, pues aunque los criados corrieron por las calles de la ciudad, aunque los mismos viejos anduvieron por las casas de sus conocimientos y empeñaron a los guardas con promesas, todo fue inútil: Pomposita dormía tranquilamente enmedio del bosque(16) y sobre la dura tierra, lo mismo que en su casa y sobre una mullida cama. ¡Tanta es la fuerza del sueño en una joven!
Aún siguiera durmiendo, si no se levantara por su desgracia una violenta tempestad, a cuyos repetidos truenos despertó nuestra devota ermitaña con bastante susto, el que se aumentaba a proporción que menudeaban los relámpagos, mezclados con algunos rayos, que en aquellos bosques(17) resonaban terriblemente.
Mas hasta aquí sólo el ruido infundía pavor a Pomposita; pero cuando siguió un fuertísimo aguacero y no tenía en(18) dónde refugiarse, decayó(19) su ánimo en la más funesta languidez.
Sin embargo, su locura la sugirió recursos para sostenerse enmedio de su temor. Creyó que su virtud era bastante para hacer que la tempestad se serenara; y así abriendo su caja, sacó sus cilicios y una disciplina de pita:(20) se puso aquellos muy poco apretados porque no se reventaran las cintas, y se dio unos cuantos disciplinazos suavemente y sobre el saco verde, que no se quitó por la honestidad tan necesaria en aquel lugar y a tales horas.
Su fervorosa penitencia fue tan eficaz, en su concepto, que a poco rato se despejó el cielo de nubes, cesó la tempestad y volvieron a parecer las estrellas aun con más brillantez(21) que al principio de la noche. Entonces, delirando con mayor vehemencia, atribuyó el natural desahogo de las nubes a un milagro patente, hecho por los influjos de su espantosa penitencia, y después que cantó no sé qué cosa en acción de gracias al Criador, se postró sobre la cajita con intención de orar por si experimentaba algunos éxtasis o deliquios divinos.
Pero estando en esta postura, cuando hacía su composición de lugar, oyó... ¡Válgame Dios y lo que oyó!, oyó que la calavera que estaba(22) en la cajita se movía palpablemente, según su frase, y(23) no sólo se movía, sino que chillaba de cuando en cuando.
El cabello se le erizó a nuestra nueva visionaria, la sangre se heló y circulaba en sus venas con mucha lentitud, sus miembros se laxaron, faltó en sus piernas la firmeza para sostener su máquina desfallecida, y repitiendo la calavera sus vueltas y chillidos, se abatió su espíritu del todo y cayó al suelo privada de sentido.
Así permaneció hasta las cinco de la mañana, hora en que pasó junto a ella un indio carbonero, acompañado de un muchacho y con una mula cargada de carbón que llevaban(24) a vender a México. Al ver a la aturdida ermitaña tirada en el suelo, empapada, con su saco verde, el pelo suelto y la disciplina en la mano, se sorprendieron, creyendo que estaba muerta, y ya trataban de pasarse de largo; pero la buena fisonomía de Pomposa obligó al indio viejo a verla de cerca, y entonces, advirtiendo que respiraba, se compadeció de ella y, apretándola el estómago lo mejor que pudo, la hizo volver en sí.
Apenas abrió los ojos Pomposita, cuando, creyendo que los dos tiznados carboneros eran algunos ángeles que habían bajado de los cielos a socorrerla, clavó la vista en la tierra, se arrodilló, cruzó las manos sobre el pecho, y con una voz muy descaecida les decía: —Paraninfos sagrados, soberanas inteligencias, que en alas de los mansos cefirillos habéis descendido del Olimpo para restituirme a(25) la tranquilidad antigua: yo me postro ante vuestra faz resplandeciente, os doy gracias y os suplico, no me desamparéis en mi corta peregrinación, pues temo que en estos páramos me sorprenda la muerte cuando menos lo piense, como asalta el fascineroso ladrón a los descuidados caminantes.
El pobre indio, que no entendió de estos despropósitos sino las últimas palabras de ladrón, muerte y caminantes, creyó que nuestra beata o había perdido el juicio, o pensaba que él era ladrón, que la quería matar y que por esto se había hincado a suplicarle que la dejase viva; y así para satisfacerla le decía: —Amo lagrón, magre,amo lagrón; que era decirle en un mal castellano y mexicano: no soy ladrón, madre, no soy ladrón. Pero como Pomposa no sabía que amo en el idioma mexicano quiere decir no, creyó que el carbonero decía que amaba a los ladrones, y arrebatada de su ardiente caridad después de haber vuelto en sí de su primer adisparatado juicio, y conociendo que eran carboneros los que le parecieron ángeles les decía: —No, hijos, no améis a los ladrones porque os pervertiréis y seréis unos de ellos: cum(26)perverso perverteris.
Los indios al oír esta jerga, se acabaron de persuadir a que la tal niña estaba loca, y así trataron de llevarla a su casa, que estaba a la salida de la barranca, lo que no les fue difícil conseguir.
En el jacal o triste choza del indio estaba su mujer haciendo el desayuno que acostumbran, cuando entró el carbonero, su hijo y la ridícula ermitaña. La india, luego que la vio, quiso correr, pensando que era muerta, fantasma o cosa mala, [como sucedió al centinela de la garita de San Cosme],(27) pero su marido la contuvo diciéndole en su idioma que no temiera, que aquella pobre muchacha era una loquita que había encontrado en el camino [y] que la cuidara, pues no se quedarían sin premio, respecto a que en aquella caja algo tenía; con esto se sosegó la india y la comenzó a agasajar en cuanto pudo.
Lo primero que hizo fue desnudarla de la ropa mojada, vestirla un quesquémel(28) y huepile(29) de su uso que estaban llenos de mugre y hechos pedazos; pero por fin estaban secos. Ya se deja entender qué figura haría Pomposa tan extraña hasta a sus mismos ojos, mas la necesidad a todo nos sujeta.
Luego que estuvo vestida de india y su ropa puesta a asolear, se sentó con los carboneros y su patrona juntó al tlecuile(30) y recibió de muy buena gana un jarro de atole y dos tortillas que le dieron, lo que depositó en su estómago sin ningún asco. Tal era el hambre que tenía.
Pero no tuvo igual conformidad para sobrellevar el nuevo traje mucho tiempo, porque cada rato se rascaba no sin motivo y sacaba la mano habilitada de lo que no quisiera. Tanta guerra le dieron las imprudentes sabandijas que, apenas se medio secó su ropa, cuando se la puso húmeda y se acostó a dormir en un rincón. Los carboneros se fueron a vender su carbón y la india se puso a tejer un ceñidor.(31)
Mientras esto pasaba en el jacal,(32) doña Eufrosina estaba como se puede considerar con la pérdida de su hija: En toda la noche no durmió, y luego que salió el sol tomó la pluma y escribió una porción de rotulones.
Ya los iba a mandar poner en las esquinas, cuando entró el coronel y leyó que decían así ni más ni menos: "Quién hubiere hallado una niña bonita como de quince años que se extravió anoche como a las diez(33) de su casa y se fue en camisa y naguas blancas, ocurra a entregarla a mi casa y le daré un buen hallazgo."(34)
El coronel embarazó que se fijarán unos rotulones tan ridículos que podían interpretar los maliciosos contra el honor de su sobrina; consoló a su cuñada y le dictó las mejores providencias para buscarla.
Entretanto, nuestra visionaria, a causa del aguacero que había recibido y de la humedad que absorbió su cuerpo con la ropa mojada, se enfermó de fiebre y(35)gravemente. Ese día no comió, a la noche se le encendió la calentura en términos que deliraba. Los indios se compadecían de ella; pero enmedio de su lástima abrieron la cajita, pensando hallar alguna cosa de provecho; pero(36) los infelices se consternaron mucho al ver lo despreciable que encerraba y se llenaron(37) de risa al ver que saltó por encima de todos un ratón. Este bicho era el que por un agujero que tenía la caja vieja se metió en ella; de ésta se pasó a la calavera donde chillaba y la movía, y así causó tal espanto a Pomposita. Éste fue el parto de la calavera como en otro tiempo el de los montes:(38) un ridículo ratón. Casi todos los espantos tienen iguales principios.
Los indios socorrieron a su peregrina según pudieron esa noche, pues no porque eran indios les faltaban los sentimientos de caridad.
Al día siguiente, por una dicha de Pomposa, llamaron de la casa de doña Eufrosina al piadoso carbonero, y éste, por un efecto de comedimiento, les preguntó qué remedio sería bueno para una niña de razón(a) que estaba loca y con calentura.
La novedad de la pregunta excitó la curiosidad de Eufrosina para indagar del carbonero tantas cosas, que al fin averiguó que la enferma era su hija.
Entonces hizo poner el coche, se fue con el carbonero [con dirección a las lomas de Tacubaya](39) y(40) encontró a su hija, como se dirá en el capítulo que sigue.
(5) garita de san Cosme. En las cercanías de lo que fue el cine Cosmos, entre el sexto y el octavo cuartel del mapa de García Conde. Es decir, estaba en la Tlaxpana, en la Ribera de San Cosme y en la orilla del río Consulado. Hoy calles de Melchor Ocampo y Calzada México-Tacuba.
(6) gachupines. Ya en 1810 gachupín era sinónimo, más o menos despectivo, de español. Actualmente continúa usándose como despectivo cuando se quiere herir y otras veces significando persona venida de España.
(7) Inquisición. Cf. nota 45 al cap. I del t. IV.
(8) Palacio. En la Plaza Mayor o Zócalo.
(9) Hospital de San Andrés. Por una peste de viruelas fue convertido en hospital el edificio del antiguo colegio de San Andrés de los jesuitas y que había sido clausurado en 1767 por la expulsión de éstos. Estaba situado al frente del Colegio de Minería, en el sitio ocupado hoy por el Palacio de Comunicaciones.
(10) Chapultepec. Actualmente enclavado dentro de la Ciudad de México. Fue habitado por toltecas y por aztecas. Ahí estuvo la casa de campo de varios gobernantes.
(11) Canoa. Desde fines del siglo XVIII hasta fin del siglo pasado, la calle de la Canoa era la de Donceles, entre las de Factor y Manrique (hoy Allende y República de Chile). A media cuadra, en el lado sur, estaba el Hospital del Divino Salvador, llamado de las locas. Ese edificio restaurado, frente al Teatro Iris, es ahora de la Secretaría de Salubridad y Asistencia.
(12) Añadido en 4ª. En 2ª y 3ª sólo decía: "salió por ella, quién sabe cómo; pero al fin, después de caminar toda la noche, aquí cayendo y allí levantando, llegó al bosque de Chapultepec".
(14) 4ª: "sueño irresistible".
(15) 4ª: "y los vemos buscando a su hija, envueltos en la mayor aflicción".
(20) disciplina de pita. Instrumento que sirve para azotar, hecho de una planta con espinas en el margen y en la punta.
(21) 4ª: "aun más brillantes".
(26) 2ª decía "cuan", corregimos de acuerdo con 3ª y 4ª.
(28) 4ª: "quisquémel". Quesquémel. Por quisquemél o quismémil. Cierta pieza de vestir de las mujeres a modo de capotito con abertura para la cabeza, cuyas faldas cubren los hombros y la espalda. Sin mangas. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(29) 4ª: "huepili". Huepile. Ambas formas son variantes de huipil, camisa sin mangas, escotada, larga hasta las caderas y ancha. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(30) 4ª: "tlequil". Tlecuile. De tlecuille: hogar, una hornilla formado con tres piedras sobre las que se coloca el comal. En el espacio que dejan las piedras se coloca la leña o el carbón.
(31) ceñidor. Cf. nota 21 al cap. II del t. II.
(32) jacal. De xacalli. Choza, bohío, casa de paja, cañaveral o carrizo.
(34) hallazgo. Remuneración o regalo que se da a una persona por haber hallado una cosa y por restituirla a su dueño.
(38) parto... de los montes. Cualquier resultado insignificante y ridículo cuando se esperaba grande e importante.
(a) Así distinguen muchos injustamente a los indios de los españoles, llamando a éstos gente de razón como si aquéllos no la tuvieran.