CAPÍTULO IX

Refiere el cura los versos, y se trata sobre la profanidad 
de las  mujeresy el modo con que puede 
ser lícito en ellas el adorno


—Ciertamente, señores, dijo el cura, que habrá fastidiado a ustedes el sermón; pero como yo(1) estoy hecho a predicar, se me olvidó que estaba en una mesa; bien que no me arrepiento de lo dicho, porque, como estoy seguro de la religiosidad de ustedes, conozco que la omisión de dar gracias no es efecto de impiedad, sino por seguir la moda hasta en esto; aunque también estoy seguro de que desde hoy será otra cosa; y así, variando de asunto, oiga usted señorita cómo se expresó la madre Juana Inés en defensa de su sexo, y con qué gracia reprende a los hombres que hablan mal de las mujeres, después que las seducen. Dice así:

 

Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón,
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis:
   
Si con ansia sin igual
solicitáis su desdén,
¿por qué queréis que obren bien
si las incitáis al mal?
   
Combatís su resistencia
y luego, con gravedad,
decís que fue liviandad
lo que hizo la diligencia.
   
Parecer quiere el denuedo
de vuestro parecer loco,
al niño que pone el coco
y luego le tiene miedo.
   
Queréis, con presunción necia,
hallar a la que buscáis,
para pretendida, Thais,(a)
y en la posesión, Lucrecia.(b)
  
 ¿Qué humor puede ser más raro
que el que, falto de consejo,
él mismo empaña el espejo,
y siente que no esté claro?
  
Con el favor y el desdén
tenéis condición igual,
quejándoos si os tratan mal,
burlándoos, si os quieren bien.
  
Opinión, ninguna gana;
pues la que más se recata,
si no os admite, es ingrata,
y si os admite, es liviana.
  
Siempre tan necios andáis,
que, con desigual nivel,
a una culpáis por cruel
y a otra por fácil culpáis.
   
¿Pues cómo ha de estar templada
la que vuestro amor pretende,
si la que es ingrata, ofende,
y la que es fácil, enfada?
   
Mas, entre el enfado y pena
que vuestro gusto refiere,
bien haya la que no os quiere,
y quejaos en hora buena.
   
Dan vuestras amantes penas
a sus libertades alas,
y después de hacerlas malas,
las queréis hallar muy buenas.
   
¿Cuál mayor culpa ha tenido
en una pasión errada:
la que cae de rogada
o el que ruega de caído?
   
¿O cuál es más de culpar,
aunque cualquiera mal haga:
la que peca por la paga,
o el que paga por pecar?
   
Pues ¿ para qué os espantáis
de la culpa que tenéis?
Queredlas cual las hacéis
o hacedlas cual las buscáis.
   
Dejar de solicitar,
y después, con más razón,
acusaréis la afición
de la que os(2) fuere a rogar.
   
Bien con muchas armas fundo
que lidia vuestra arrogancia,
pues en promesa e instancia
juntáis diablo, carne y mundo.

 

Todos aplaudieron los versos, especialmente las señoras; pero el licenciado, en un tono burlón, dijo: —No hay duda en(3) que están buenos los versos que ha dicho el señor cura; pero con su licencia, son mejores unos que yo sé y dicen así:

 

    Cierto artífice pintó
una lucha en que valiente
un hombre tan solamente
a un horrible león venció.
 
Otro león que el cuadro vio,
sin preguntar por su autor,
en tono despreciador
dijo: bien se echa de ver
que es pintar como querer,
y no fue león el pintor.
 

¿Qué tal, no está la fabulita que ni mandada a hacer? Ya se ve como del numen del dulce Samaniego.(4)

—Bien, dijo don Dionisio; ¿pero a qué viene aquí la fabulita? —Claro está a lo que viene, contestó el licenciado, se echa de ver que no fue hombre sino mujer la autora de las estrofas que ha referido el señor cura; y así escribió a su favor, y acaso sin la mayor noticia en la materia, como que era una religiosa enclaustrada en un monasterio, y no una mujer del mundo. En atención a esto, no fue mucho que manejara la pluma tan a favor de su sexo, porque no fue león el pintor, y así ella pintó a los hombres y disculpó a las mujeres como quiso. Si hubiera sido hombre el autor de los versos, hubieran éstos salido a favor de los hombres, y se vieran pintadas las mujeres en ellos con unos colores nada ventajosos.

Efectivamente, en este caso poco trabajo costaría al poeta probar que las mujeres siempre tienen la culpa de que las seduzcan los hombres. Ellas dan la materia y los hombres disponen la forma. ¿Qué importa que no rueguen descaradamente, que las seduzcan o enamoren, si lo dan a entender con sobrada claridad?

Ustedes, señores, habrán advertido el modo con que las pateras de nuestra tierra llaman a los marchantes(5) en las esquinas. Aquí hay pato grande, dicen, venga usted mi alma: aquí hay pato grande con tortillas con chile.(6) Venga usted. Las almuerceras(7) obran de distinto modo en la apariencia; pero aunque no llaman con la boca a los que pasan, provocan su apetito con más arte, poniendo en sus puertas las cazuelas de sus almuerzos o meriendas, muy olorosas y compuestas con ramilletes de rábanos y lechugas.

Así son las mujeres que quieren o captar la benevolencia de los hombres o arrancarles el dinero. Todas llaman; la diferencia está en el modo. Las coquetillas infelices se paran en las puertas de sus accesorias, o pasean de noche por los portales y lugares acostumbrados, acompañadas de un muchacho o criada trapientos, con los que van diciendo: Esta casa se alquila. ¿Quién no advierte el espíritu de estas pobres?, pues éstas son las pateras.

Las no infelices no se valen de estos arbitrios vergonzosos, pero sí de otros que no les van en zaga en la substancia. Tal es la profanidad en el vestir, la libertad en el hablar, y aquella estudiada afectación de todas sus operaciones. ¿A qué fin, sino para provocar a los hombres, con esas medias de(8) color de carne, esas transparencias de los puntos con que se descubren las espaldas, esos descotes(9)que hacen saltar los pechos desnudos, esos contoneos al andar, esos melindres y monadas al reír, al saludar y al hablar; en una palabra, ese conato tan escrupuloso para parecer bien y hacerse amable de nosotros?(10) ¿No es verdad que estas tales se parecen bien a nuestras almuerceras, que aunque no llaman a los hombres con la boca, los provocan con su diligencia y compostura? En efecto, las mujeres pobres gritan su deseo, y las no pobres lo dan a entender; pero todas lo venden  su pato,(11) como dicen las indias.

Desengañémonos, señores: siempre los hombres han buscado la disculpa de sus extravíos en las mujeres, y éstas en aquéllos; pero lo cierto es que tan malos son unos como otros;(12) mas por lo que toca al punto de seducción, ellas son peores que ellos, porque si los hombres las seducen, es porque las mujeres se dejan seducir, y no sólo les facilitan el camino, sino que los incitan a ello, y casi se los ruegan, como le he probado; y últimamente, si no hubiera tantas mujeres descocadas, no habría tantos hombres atrevidos.

Dejó de hablar el licenciado, y Eufrosina, disimulando mal la incomodidad que tenía, dijo: —¿Qué le parece a usted señor cura, y qué buen concepto debemos las mujeres al maldito Nariguetas? Para él no hay una buena, ni sabe hacer distinción de estados, clases ni condiciones. A todas mide con una misma vara. La casada [honrada],(13) la doncella virtuosa, la viuda honesta, la señora decente, son lo mismo que las abandonadas de la calle. Vamos, que esto es una picardía intolerable, y sólo usted señor licenciado Narices se puede producir de esta manera. Si yo no creyera que hablaba de chanza(14) y sólo por hacernos enojar, diría que era usted un temerario y un malcriado, pues aunque fuera verdad cuanto dice, debería no decirlo delante de unas señoras que lo entienden. Esto es falta de política y buena crianza. Ni mi lacayo se produciría de ese modo.

—No, no hay que atufarse,(15) caballera, decía con mucha sorna el abogado, yo no barro con todas las mujeres. Sé que las hay muy virtuosas, honestas y ejemplares; pero se pueden perder entre las que no lo son, en fuerza de su escaso número, si se ponen en comparación. Hablo solamente de las descocadas,(16)profanas y provocativas. Si aquí no hay ninguna que lo sea, como yo lo creo, no hay para qué enojarse, pues yo no cito ejemplares señalados. En una palabra, entren todas, y luego salgan las que yo no he metido; pero estoy seguro que nada he dicho que no lo demuestre la experiencia. ¿Qué dice usted señor cura?

—¿Qué he de decir?, respondió el cura, sino que, haciendo la distinción debida, y la protesta que acaba usted de hacer de que no habla en general, sino sólo de las mujeres que con sus trajes o acciones poco honestas incitan a los hombres, dice muy bien; pero advierta usted que tampoco a estas(17) mujeres defiende la madre Juana Inés en los versos que escribió y yo he dicho, sino a las timoratas y recatadas, que son seducidas dentro de los muros de su misma honestidad. Bien se colige de sus mismas palabras que éste fue su espíritu, y no el de defender la liviandad de muchas de su sexo. Oiga usted sus palabras otra vez.

 

Combatís su resistencia

y luego, con gravedad,

decís que fue livianda

lo que hizo la diligencia.

 

Bien claro está que nuestra monja habló en pro de aquellas que hacen resistenciaa la seducción, y no de las que convidan a ella. ¿A éstas quién las ha de defender, cuando se hacen objetos de abominación para Dios y para los hombres? Hablo especialmente de las mismas que usted ha hablado, esto es, de las muy profanas y escandalosas.

El Espíritu Santo aconseja que se huya de las mujeres compuestas con demasiado lujo, y que no se entretengan con ellas, porque han sido muchas veces el escollo de la inocencia.(c)

La verdadera virtud o el mérito verdadero, dice un luterano convertido, saca su lustre de sí mismo y no busca un realce en el oro y en la plata, que sólo es estimado entre las mujeres, los tontos y el vulgo, el cual ordinariamente juzga del individuo por la profanidad o adorno de su traje.

—Pero, señor cura, decía Eufrosina, ¿qué todas hemos de vestirnos con hábitos de capuchinas o enaguas de jerguetilla?(18) —De ninguna manera, respondía el párroco, en toda sociedad hay variedad de clases, y en cada clase debe guardarse el orden que le toca, pues saliendo de él se hace cualquiera singular.

Tan extraño y ridículo sería en un capitán de milicia traer una capilla de fraile, como en un fraile lampazos(19) de capitán. Esto quiere decir que cada uno debe vestirse según su estado y condición, y por eso dice aquel refrán vulgar: Vístese como te llamas. No se ha de vestir la secular como la monja, ni la casada como la viuda, ni la joven como la vieja, ni la señora como la plebeya, ni la ama como su criada, ni nadie con el(20) traje que no le pertenece. Esto sería un desorden y una asombrosa confusión.

En esta inteligencia, yo no estoy mal con la decencia respectiva a cada clase de personas, ni con la misma moda. Declamar contra ella en lo general más es un capricho de la ignorancia que un celo por la virtud. Moda no es otra cosa que el uso de esto o de lo(21) otro nuevamente introducido entre los hombres. Hay modas útiles, las hay indiferentes y las hay malas. Éstas son y deben ser reprobadas por todo hombre sensato; las primeras deben seguirse; y las indiferentes pueden o no adaptarse, según el gusto de cada uno. Por ejemplo, ¿quién negará que el túnico en las mujeres y el pantalón en los hombres, a más del adorno, proporcionan comodidad y economía? Luego esta moda es útil, y debe admitirse entre las personas de buen gusto sin el menor escrúpulo.

Ahora que el túnico(22) se(23) ataque(24) por detrás o por delante, que el pantalón sea de casimir o de punto, es una cosa indiferente porque puede ser o no ser, según el gusto de cada uno, y de que sea así o asado(25) no se sigue ningún reato(26) moral.

Pero si el pantalón es de un género transparente, si está tan ajustado al cuerpo que de a legua se conoce que es hombre el que lo trae, si el túnico es(27) tan delgado y estrecho que al dar el paso se deja ver la pierna, si el corpiño es tan pequeño y muy escotado que descubre los brazos, pechos y espalda, entonces ya ésta es moda obscena, escandalosa y abominable, y por tanto digna de reprobarse por toda persona de virtud. Lo mismo puede decirse de las más de(28) las modas. No el uso, el abuso que se hace de ellas, es la(29) que las convierte en pecaminosas e ilícitas. Dije que de las más, y no de todas, porque hay algunas que son malas en sí, y no tienen por donde cohonestarse.(30)

Los antiguos corsés que han substituido a las [antiguas](31) cotillas son un ejemplo de esta verdad. El uso de ellos es una moda harto perjudicial, y no tiene con qué disculparse(32) su maldad. Yo no soy tan temerario que me atreva a decir que se use para elevar los pechos y hacerlos saltar como naturalmente fuera del escote del túnico. Dios me libre de ser tan malicioso. Allá se lo(33) hayan las señoras, pues cada una sabrá el santo fin con que se sujeta a esta mortificación; pero en lo físico es innegable que es un(34) tormento demasiado pernicioso a la salud desde que se pone hasta que se quita. He observado que algunas señoras, espetadas(35) en estos malditos cinchos, no tienen libertad para moverse... ¡poco he dicho! No son árbitras ni de comer a gusto, porque temen, y con razón, que el volumen del alimento las oprima más, o les reviente el corsé; y así, el día que se lo ponen, ayunan a su pesar y sin ningún mérito; y ya se ve que esta moda no puede calificarse de buena ni útil de ninguna manera.

El célebre Buffon(36) condena las cotillas, los corsés y todos aquellos vestidos dolorosos que, con el vano pretexto de formar el talle, estorban la respiración, impiden que la sangre circule con libertad, y causan más incomodidades y deformidades de las que precaven.

Aun sería menos perjudicial esta moda si generalmente se usara con más prudencia; pero me dicen, y no lo dudo mucho, que hay señoras a quienes el cochero o lacayo atacan el corsé; ya se deja entender que esta diligencia se hace para que esté muy apretado, y siendo esto así, no es extraño que muchas se hayan enfermado por este uso, capaz de matar con su continuación a cualquiera señora delicada.

Bastante conocen esta verdad, y temen sofocarse si se quitan de repente los tales corsés, y por eso tienen buen cuidado de que se los aflojen poco a poco. Muy bien hecho; pero ¿no fuera mejor ahorrarse de esas incomodidades y esos riesgos? Sígase enhorabuena la moda cuando sea útil e inocente; mas no nos constituyamos unos partidarios tenaces de todo uso nuevo, solamente porque es nuevo, por más que estemos convencidos de que puede acarrearnos muchos perjuicios físicos o morales. Esto no es ser modistas,(37) sino esclavos serviles de las modas.

—Pues, según eso, señor cura, decía Eufrosina, bien puedo yo seguir las modas sin cargo de conciencia. —Las útiles y honestas, sí, señora; las que no lo sean, no. —¿Y con qué regla mediré yo esa utilidad e inocencia? —¡Oh, señora!, respondió el cura: ahí está toda la dificultad de la materia.

Cuando no queremos sujetar nuestro amor propio a la razón, sino seguir sus naturales impresiones, entonces confundimos fácilmente lo útil y honesto con lo agradable. Todo lo que halaga tenemos por útil e inocente, a lo menos en aquellas cosas que no son enormemente criminales o expresamente prohibidas por la ley; y ésta es la causa de que frecuentemente se apelliden virtudes a nuestros sentidos y lisonjea nuestras pasiones, nos agrada y lo(38) los vicios.(39) Por esto el espadachín provocativo se tiene por valiente, el avaro por económico, el pródigo por liberal y la mujer profana por inocente partidaria de la moda.(40)

La prudencia, señora, la prudencia es la mejor regla que nos debe servir para conocer cuando una cosa es útil y honesta, y cuando sea solamente deleitable, y este conocimiento no es difícil de adquirirse en(41) haciendo a un ladito el amor propio.

Hecha esta diligencia, ¿se le ocultará a ninguna mujer que todo exceso degenera en vicio? ¿Ignorará que toda profanidad es un exceso de la moda o lo que se llama lujo sobresaliente? ¿Y no sabrá que este exceso no puede menos que traer funestas consecuencias, ya por el escándalo que ocasiona a los que lo notan, y ya porque con(42) estos gastos superfluos se arruinan a los padres o maridos? Es imposible, porque a nadie se ocultan estas verdades.

Pues ya tiene usted señora, en pocas palabras, la regla con que conocer hasta qué punto puede seguir la moda. Vístase conforme a su estado, pero sin disipar lo necesario ni arruinar a su familia. Adórnese enhorabuena según su clase; pero sin ser profana ni escandalosa. Atavíese como una señora decente; pero nunca como las transparentes coquetillas, y entonces puede creer que entra en las modas con seguridad de conciencia.

Oiga usted, por último, lo que el sabio Blanchard(43) dice sobre esto, para que viva más tranquila y para que vea que nuestra religión no es un espantajo aterrorizador, ni un tirano que nos impide el uso de los bienes que el Criador nos dispensó con tanta liberalidad, sino una buena madre que nos enseña, nos corrige y sujeta para que no abusemos de aquellos mismos bienes con ofensa de Dios, con perjuicio del prójimo y daño nuestro.

"¡Cuántos pesares dice Blanchard, se prepara uno cuando no quiere aprender el secreto de medir su gasto con su persona! La causa más ordinaria de la ruina de muchas personas es que arreglan su gasto según su estado, y no según sus medios; según su ambición, y no según sus riquezas. El lujo, hijo del deleite y de la vanidad, conduce a la pobreza por unos caminos brillantes y agradables; pero son solamente los locos los que lo siguen.

"Una especie de lujo moderado entra en las miras de la naturaleza que ha derramado, así en la tierra como en los cielos, una magnificencia igual a su grandeza; pues no ha prodigado tantos beneficios a los hombres para prohibirles su uso. Pero lo que la razón nos prohíbe es un lujo excesivo o dañoso, es todo goce superfluo que no está prescrito, ni por lo que es justo conceder a su calidad, ni por lo que exige el uso legítimo de la nación en donde se vive, y cuya modificación no puede dejar de merecer la aprobación de las gentes sensatas.

"¿De qué sirve a las mujeres el exceso ridículo de adornos, la loca pasión de modas y novedades, que cuestan tan caras y pasan tan pronto?

"Yo sé que la sabiduría permite seguir las modas, que no son sino indiferentes, y que no ofenden las costumbres ni desarreglan la hacienda. Aunque las modas no sean lo más frecuentemente sino hijas de la inconstancia y el capricho, las personas más sabias se ven algunas veces obligadas a conformarse y someterse a ellas, por no parecer ridículas.

 

"La moda es un tirano peligroso,

del cual nada nos libra, y es forzoso

a su gusto y capricho acomodarse.

 

Pero siendo preciso sujetarse

a las leyes que impone locamente,

el sabio, como piensa rectamente,

nunca el primero es para seguirlas,

ni el último en dejarlas u omitirlas.

 

"Si es permitido a ciertas condiciones el llevar vestidos ricos y magníficos, es más glorioso y estimable el quedarse un poco inferior a su estado. La modestia y el pudor serán siempre para las mujeres el más bello ornamento y el más noble adorno."

De lo dicho inferirá usted, señora, la diferencia que hay entre una moda racional y la profanidad escandalosa, entre la decencia correspondiente a cada persona y el excesivo lujo; y según este conocimiento, tomará el camino más seguro.

Dejó de hablar el eclesiástico, y tomando palabra el coronel, añadió: —Cierto que el señor cura se ha explicado con bastante solidez, y su doctrina nada deja que desear en la materia; pero yo quisiera que las señoras mujeres, que son tan aficionadas a la excesiva compostura, advirtieran que, prescindiendo, si es que se puede prescindir, de los fundamentos morales que condenan el demasiado lujo, hay aun otra razón muy suficiente para contenerlas en los límites de lo honesto y obligarlas a no singularizarse ni [en](44) el traje, ni [en](45) el andar, bailar, conversar, etcétera.

Saben muy bien que es un axioma incontestable el que dijo el señor licenciado de que si no hubiera tanta mujer liviana, no habría tanto hombre atrevido; pero también saben que no es menos cierto que no siempre basta a las mujeres su honestidad y recato para dejar de ser seducidas.

Hay hombres tan atrevidos y procaces que, cuando tratan de llevar al cabo su pasión o su capricho,(46) atropellan fácilmente con la autoridad de los padres, con los respetos del marido, y aun se atreven mil veces a atacar la inocencia en los mismos santuarios de la virtud. ¡Cuántas niñas han salido de las clausuras a prostituirse por no haber podido impedir las paredes de los conventos y colegios la seducción del insolente malicioso!

Para esta clase de hombres no basta a las mujeres ser honestas, es necesario que manifiesten su recato en su traje y en sus acciones en todas partes, si no quieren poner su honor en equilibrio.

Con sólo que uno de éstos vea a una joven demasiado compuesta, afectando el paso, haciendo muecas y trayendo el abanico en continuo movimiento, tiene cuanto su temeridad necesita para confundirla con la mujer liviana, aunque sea la doncella más juiciosa, o la casada más honesta.

Lo peor es que muchas veces no para en esto todo el mal. Quiero decir: no se contentan con tenerlas por coquetas, sino que lo aseguran así a sus amigos, jactándose falsamente de haber conseguido de ellas muchos triunfos. ¿Qué se sigue de aquí?, que aquella pobre niña pierda el crédito entre los demás, porque de boca en boca pasa por una fácil, y por esta mala fama, si es doncella, tal vez pierde un ventajoso casamiento, y si es casada, acaso se turba la paz del matrimonio por una inesperada casualidad. Bien conocen las mujeres que esto no es una ponderación, sino una verdad innegable: saben que abunda esta clase de hombres habladores, a quienes distinguen con el vulgar adjetivo de alabanciosos.(47)

Ellos hacen mal, ¿quién lo duda?, pero si las señoritas se vistieran con menos profanidad, ellos no se atreverían(48) tan fácilmente a disfamarlas,(49) pues es cierto que la mujer honesta casi siempre enfrena(50) la lengua y el arrojo del hombre libertino.

Conque cuando el temor de Dios y el amor del prójimo no estimulara a cualquiera mujer a presentarse con modestia en el público, su amor propio la debía persuadir a ello, considerando que los hombres de que hablamos, por el traje, infieren la conducta de la mujer y sin más datos, despedazan su honor alegremente.

"Nada se debe temer tanto en las mujeres como la vanidad, dice un autor muy respetable.(d) Los caminos que conducen a los hombres a la gloria(e) y autoridad, les están cerrados, y así aspiran a distinguirse por las gracias del cuerpo y por(51)ciertas exterioridades del espíritu. De aquí nace aquella conversación dulce y atractiva, aquel grande aprecio de la(52) hermosura y gracias exteriores, y la demasiada afición a los vestidos y demás adornos del cuerpo. Una peineta, un lazo, un túnico,(f) la elección de un color, un rizo un poco más alto o más bajo, son para ellas negocios importantes.

"Este exceso va tomando cada día más fuerza: el amor mudable de las mujeres, la afición a los vestidos, la pasión a las modas, juntas con el amor a la novedad, tienen para con ellas tanto poder que llegan a trastornar las clases y a corromper las costumbres. Desde que se vive sin regla en trajes y muebles, se vive también casi sin distinción de personas...

"Este fausto arruina las familias y a la ruina de las familias se sigue la corrupción de las costumbres... Ésta es la causa de extinguirse insensiblemente(53) el honor, la fe, la probidad y el amor natural, hasta entre los parientes más cercanos.

"Todos estos males provienen de la autoridad que las mujeres se han tomado, o que algunos hombres lisonjeros les han dado, de decidir sobre las modas...

"Procúrese, pues, dar a entender a las mujeres desde niñas cuánto más apreciable es la distinción que se logra por el camino de una buena conducta, que la que se consigue por un buen peinado, un buen vestido o cualquiera otro adorno del cuerpo...

"Yo bien sé que, según las costumbres de nuestro siglo, sería una ridiculez el persuadir a las mujeres jóvenes que vistiesen el traje de la antigüedad; pero podrán, sin alguna singularidad, tomar el gusto de la simplicidad de vestidos, siempre noble, agradable y conforme a las costumbres cristianas. De este modo, conformándose en el exterior con los usos de nuestros tiempos, sabrían, a lo menos, juzgar con justicia de su ridiculez; ellas se sujetarían a la moda, pero la mirarían como una esclavitud, y sólo la seguirían en lo que no pudieran evitar...

"Entre(54) todo es necesario tener un grande horror a la desnudez de pechos y a todas las demás indecencias del cuerpo. Aun cuando se cometan estas faltas sin alguna intención o pasión desordenada, no deja de ser una vanidad culpable y perjudicial, causada de un excesivo deseo de agradar. Esta vanidad, culpable ante Dios y los hombres, es prueba de una conducta escandalosa y contagiosa al prójimo. Este ciego deseo de agradar, de ningún modo conviene a una alma cristiana, que debe mirar como una especie de idolatría todo lo que la aleja del amor a su Criador y del desprecio de las criaturas. ¿Qué se pretende cuando se quiere agradar por estos caminos? ¿No es el excitar las pasiones de los hombres? ¿No pasan demasiado adelante, por poco que se les alumbre? ¿Acaso está en poder de las mujeres el refrenarlos cuando pasan más allá de lo justo? ¿A quién, pues, se deben imputar los excesos? Prepara la mujer con su indecencia un veneno sutil, y lo vierte sobre los que la miran. ¿Cómo se podrá juzgar inocente?"

Hasta aquí este sabio moralista; pero concluyamos esta conversación, que acaso ya fastidiará por lo larga, aunque ha sido demasiado interesante. ¡Ojalá y en todas partes se reflexionara con atención sobre estas verdades! Tal vez algunas familias se libertarían(55) de[l](56) deshonor y la miseria.

Finalizó su discurso el coronel y, después de haber hablado cada uno de los concurrentes un poco sobre lo que quiso, se desbarató la asamblea.

 


(1)  2ª, 3ª y 4ª omiten "yo".

(a)  Una pública ramera.

(b)  Una romana tan honrada que se mató por no sufrir su honor ultrajado por la fuerza.

(2)  2ª, 3ª y 4ª: "no".

(3)  3ª y 4ª: "de".

(4)  Se trata de "El león vencido por el hombre".

(5)  marchantes. Actualmente tanto el que vende cuanto el que compra se llaman mutuamente marchantes.

(6)  tortillas con chile. Tortilla es la masa de maíz en forma de círculo, cosida en el comal, que sirve de pan. A veces se hace de trigo y se llama tortilla de harina. Chile es el ají o pimiento de América. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(7)  almuerceras. Mujeres del pueblo que, en las puertas de tiendas, zaguanes o accesorias, ponen cazuelas con algunas viandas y aun las preparan ahí mismo. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(8)  2ª omite "de".

(9)  1ª, 2ª y 3ª decían "desgotes". Corregimos de acuerdo con la 4ª. Descotes es la forma castiza de escotes.

(10)  3ª y 4ª: "hacérsenos amables".

(11)  4ª: "so pato".

(12)  3ª y 4ª: "otras".

(13)  Añadido en 4ª.

(14)  chanza. Cf. nota 4 al cap. VIII.

(15)  atufarse. Enfadarse.

(16)  2ª y 4ª: "descaradas". Descocadas. Quienes muestran demasiado descaro.

(17)   3ª y 4ª: "esas".

(c)  Ecclesiastés, cap. 9.

(18) enaguas de jerguetilla. Zaya que se usa encima de la ropa interior hecha de tela delgada de seda o de lana, o mezcla de una y otra que se parece en su tejido a la jerga: pieza de paño que se aplica entre otras dos, llamadas bajeras, sobre el lomo de las cabalgaduras. Cf.  Santamaría, Dic. mej.

(19)  lampazos. Manchas que aparecen en la cara, en el cuerpo o en la ropa  Por ende, fraile manchado.

(20)  2ª, 3ª y 4ª omiten "el".

(21)  2ª omite "lo". 3ª: "o aquello". 4ª: "u aquello".

(22)  túnico. Cf.  nota 67 al cap. II.

(23)  2ª y 4ª omiten "se".

(24)  ataque. Atar, abrochar, ceñir al cuerpo.

(25)  Así o asado. Variante de "así o asá".

(26)  reato. Obligación que queda a expiar la pena correspondiente al pecado, aún después de perdonado.

(27)  2ª: "está".

(28)  2ª omite "más de". 3ª y 4ª: "de todas".

(29)  3ª y 4ª: "lo".

(30)  cohonestarse. Dar visos de buena a una acción o tratar de excusarla con pretextos o fingimientos.

(31)  Añadido en 4ª.

(32)  3ª y 4ª: "disculpar".

(33)  2ª y 4ª: "la". 3ª: "las".

(34)  2ª y 4ª omiten "un".

(35)  espetadas. Encajadas, afianzadas.

(36)  "Mr. de Buffon condena igualmente las cotillas y todos aquellos vestidos dolorosos que, con el vano pretexto de formar el talle, estorban la respiración, impiden que la sangre circule por las venas, y causan a los niños más incomodidades y deformaciones de las que precaven. Como un tierno arbolillo, del cual se ha atado el tronco y quitado el jugo, enferman y no crecen sino débilmente: sus músculos no adquieren aquella agilidad, aquella fuerza y aquel vigor que distinguen tan felizmente aquellos en quienes el arte no ha sofocado a la naturaleza. Si estas crueles invenciones no sirven las más de las veces, sino de impedir el aprovechar y crecer, ¿por qué se deben sufrir?" Blanchard, op. cit., t. IV, pp. 160-161.

(37)  4ª: "modista".

(38)  2ª y 4ª omiten "lo".

(39)  2ª: "se apelliden a las virtudes, vicios". 4ª: "se tengan por virtudes a los vicios".

(40)  2ª y 4ª: "del lujo".

(41)  4ª omite "en".

(42)  4ª: "en".

(43)  Blanchard. Cf. nota 75 al cap. II.

(44)  Añadido en 3ª y 4ª.

(45)  Añadido en 3ª y 4ª.

(46)  1ª, 2ª y 3ª: "caprillo". Corregimos de acuerdo con la 4ª.

(47) alabanciosos. Jactanciosos.

(48)  4ª: "atrevieran".

(49)  3ª y 4ª: "difamarlas".

(50)  enfrena. Contiene.

(d) El señor Fenelón en su Educación de las hijas [Cf. nota 76 al cap. II].

(e) A la gloria mundana, que consisten en el poder, autoridad o fama. Esta advertencia es inútil para los sensatos; pero como los libros andan en manos de todos, no queremos que algún ignorante crea que a las mujeres les están cerrados los caminos que conducen a la gloria o bienaventuranza eterna.

(51)  4ª omite "por".

(52)  3ª y 4ª: omiten "la".

(f)   He sustituido esta voz a la de bata, que dice el autor, porque sin alterar el sentido, realza la persuasión por ser el túnico traje del día.

(53)  3ª y 4ª: "incesantemente".

(54)  4ª: "sobre".

(55)  2ª, 3ª y 4ª: "librarían".

(56)  Añadido en 2ª, 3ª y 4ª.