CAPÍTULO IX
Escucha y admite unos malditos consejos de un amigo;
se hace más libertino, y lo echan con agua caliente
de la casa del conde de Tebas
—Se echa de ver, Catrín, que eres un necio, me decía mi buen amigo; sí, eres un alucinado, un novicio en nuestra orden y un recluta bisoño en nuestras respetables compañías. ¡Vaya, ni digas que eres de la ilustre raza de los catrines, ni que has corrido el mundo en parte alguna! Yo sí, yo sí tengo razón de espantarme al ver tan asustado a un joven que ha sido colegial, militar, jugador y tunante, sólo por una aprensión que debe despreciarse por cualquier espíritu fuerte e ilustrado como el nuestro.
El viejo rancio de tu tío te acosó a sermones, y por eso aún crees que te los echa después de muerto. Tú eres un tontazo y te espantas como los niños con el coco;(1)pero anímate, amigo, ensánchate; desprecia esas ilusiones del miedo; sábete que los muertos no hablan y que en tu triste fantasía, agitada por tu miseria, se forman esos espectros de papel.
Mira, Catrín, nuestra vida no es más que un juego; nuestra existencia corta y sujeta a las molestias, sin que haya reposo ni felicidad más allá de su término; ningún muerto ha vuelto a la tierra a traernos pruebas de la inmortalidad. Nosotros hemos salido de la nada y volveremos a la nada; nuestro cuerpo se convertirá en ceniza y nuestro espíritu se perderá en los aires; nuestra vida pasará como una nube y desaparecerá como el vapor, disuelto por los rayos del sol. Nuestro nombre se borrará de la memoria de los hombres y ninguno se acordará de nuestras obras. Gocemos de todos los placeres que están en nuestro poder; sírvanos de bebida el vino más delicado; respiremos el olor de los perfumes; coronémonos de rosas antes que se marchiten; no haya objeto agradable libre de nuestra lujuria, y dejemos por todas partes las señales de nuestra alegría; oprimamos al pobre; despojemos a la viuda; no respetemos las canas de los viejos; sea nuestra fuerza la regla de nuestra justicia; no guardemos los días de fiesta consagrados al Señor; exterminemos en especial al hombre justo, cuyo aspecto, nos es insoportable.(a)
—Ésas son palabras mayores, le dije; ¿no ves que siguiendo esas máximas nos haremos aborrecibles a todo el mundo? —¡Qué tonto eres, Catrín, qué bárbaro!, me respondió. Es verdad que nos detestarán; ¿pero quiénes?, cuatro hipócritas alucinados de éstos que se dicen timoratos; mas en cambio nos amarán todos nuestros compañeros y compañeras las catrinas, gente moza, útil, alegre y liberal.
Ya se ve, tú eres un pobre aprendiz de la verdadera catrinería, y por eso te escandalizas de cualquier cosa; ¿qué más dijeras si supieras de memoria y practicaras los famosos mandamientos de Maquiavelo? Entonces o te tapabas las orejas, o te decidías a ser un político consumado. Yo, desde que los observo, me paso buena vida, tengo muchos amigos y me hacen aprecio en cualquier parte.
Ya me parece que estás rabiando por saberlos; escúchalos para tu felicidad y aprovechamiento.
1°. En lo exterior trata a todos con agrado, aunque no ames a ninguno.
2°. Sé muy liberal en dar honores y títulos a todos, y alaba a cualquiera.
3°. Si lograres un buen empleo, sirve en él sólo a los poderosos.
4°. Aúlla con los lobos. Esto es, acomódate a seguir el carácter del que te convenga, aunque sea en lo más criminal.
5°. Si oyeres que alguno miente en favor tuyo, confirma su mentira con la cabeza.
6°. Si has hecho algo que no te importe decir, niégalo.
7°. Escribe las injurias que te hagan en pedernal, y los beneficios en polvo.
8°. A quien trates de engañar, engáñale hasta el fin, pues para nada necesitas su amistad.
9°. Promete mucho y cumple poco.
10°. Sé siempre tu prójimo tú mismo, y no tengas cuidado de los demás.
¿Qué te parece?, ¿te han escandalizado estos preceptos? —No mucho, contesté, porque aunque dichos sorprenden, practicados se disfrazan; yo los más los observo con cuidado, y tengo advertido que casi todos nuestros compañeros los guardan al pie de la letra. Mas ahora traigo a la memoria que siendo colegial entré una noche al aposento de mi catedrático, y mientras que salía de su recámara leí en latín ese mismo decálogo en un libro en cuarto que tenía abierto sobre de su mesa, y al fin decía no sé que santo Padre, Si vis ad infernum ingredi, serva haec mandata. Si quieres irte a los infiernos, guarda estos mandamientcs. He aquí lo que no me gusta mucho.
—Siempre insistes en tu fanatismo, me contestó. Tontonote: ¿dónde has visto el infierno ni los diablos para que lo creas tan a puño cerrado? Cumple estos preceptos, sigue mis máximas y verás cómo varía tu suerte.
Supón, sí, te doy de barato, que haya tal eternidad, tal infierno, ¿qué se puede perder con que al fin te lleve el diablo? ¿Será[s] el primero que se condena? Pues en tal caso, ya que nos hemos de condenar, que sea a gusto; y si nos lleva el diablo, que sea, como dicen por ahí, en buen caballo, esto es, divirtiéndonos, holgándonos y pasándonos una videta alegre. ¿Habrá mayor satisfacción que entrar al infierno lucios,(2) frescos, ricos, cantando, bailando y rodeados de diez o doce muchachas? Conque anda, Catrín, sigue mis consejos y ríete de todo como yo.
¿Quién no había de sucumbir a tan solidísimas razones? Desde luego le di muchas gracias a mi sabio amigo, y propuse conformarme con sus saludables consejos; y según mi propósito, desde aquel día comencé a observar exactamente el decálogo, especialmente el cuarto precepto, haciéndome al genio de todos cuantos podían serme útiles; de manera que dentro de pocos días era yo cristiano con los cristianos; calvinista, luterano, arriano,(3) etcétera, con los de aquellas sectas; ladrón con el ladrón; ebrio con el borracho; impío con el inmoral, y mono(4) con todos.
Ya supondréis, amados catrines y compañeros míos, que con semejante conducta me granjeé muchos amigos, a cuya costa pasé muy buenos ratos, como también unas pesadumbres endiabladas, porque así como bebía y comía y paseaba de balde algunas veces, otras me veía aporreado, encarcelado o fugitivo sin haber yo tenido la culpa de las riñas ni prisiones directamente, sino mis amigos. Ya se ve, yo sostenía todos sus caprichos, fueran justos o injustos, y con esto sus enemigos me aporreaban como a su compañero, y los jueces me castigaban como a cómplice.
Si hubiera de referiros por menor todas las aventuras de mi vida, sin duda que se entretendría vuestra atención; pero he ofrecido limitarme a un solo tomo, y así es preciso abreviar, y contraerme a las épocas más memorables. Continuemos.
Como con las lecciones de mi amigo y mentor me ilustré tanto, y me animé a tratar de cualquier materia por encrespada que fuera, una noche fui con un amigo a casa del conde de Tebas (porque los catrines son tan nobles que en todas las casas caben), y allí, después de la tertulia, se pusieron a merendar, y habiendo conversado de diferentes asuntos, vino a caer la conversación sobre la verdad de la religión católica.
Todos los concurrentes eran fanáticos; no había espíritu más fuerte que el mío. Hablaron con mucho respeto del dogma, de la revelación y tradición, y al fin de todo, remataron diciendo que la ilustración de este siglo consiste en el libertinaje, cuyas consecuencias son la corrupción de las costumbres y el error en las verdades más inconcusas.
—Hablando de esto, dijo el capellán, hay una clase de catrines, quiero decir, jóvenes, tal vez bien nacidos y decentes en ropa; pero ociosos, ignorantes, inmorales y fachendas,(5) llenos de vicios, que no contentos con ser pícaros, quisieran que todos fueran como ellos. Estos bribones inducen con sus indignas conversaciones a la gente sencilla e incauta y la disponen a ser tan malos como ellos.
Apenas oí yo citar a los catrines de fachendas, cuyo apellido he tenido la dicha de heredar, cuando volví por su honor y dije: —Padrecito, modérese usted: los catrines son nobles, cristianos, caballeros y doctos; saben muy bien lo que hablan; muchos fanáticos los culpan sin motivo.
¿Qué mal hace un catrín en vestir con decencia, sea como fuere, en no trabajar como los plebeyos, en jugar lo suyo o lo ajeno, en enamorar a cuantas puede, en subsistir de cuenta de otros, en holgarse, divertirse y vivir en los cafés, tertulias y billares? ¿Acaso esto o mucho de esto no lo hacen otros mil, aunque no tengan el honor de ser catrines?
Ahora, ¿Por qué se han de calificar de impíos e irreligiosos sólo porque jamás se confiesan, porque no respetan a los sacerdotes ni los templos, porque no se arrodillan al Viático ni en el tiempo de la misa, porque no se tocan el sombrero al toque del Ave María, ni por otras frioleras semejantes?
Si se murmura de su poca instrucción, es una maledicencia o declarada envidia; ¿qué más puede saber un caballero catrín que servir a una señorita el cubierto, bailar unas boleras(6) o un valse, barajar un albur, jugar un tresillo,(7) peinarse y componerse, hablar con denuedo y arrogancia sobre cuanto se ofrezca, y hacer otras cosas que no digo porque ustedes no crean que los pondero?
Su utilidad es demasiado conocida en los estrados, en los cafés, fondas, billares, portales y paseos. Conque no hay que hablar tan mal de los catrines, cuando son más ilustrados y provechosos que otros muchos.
—Ni qué responder me ha dejado usted amiguito, dijo el capellán; usted solo y sin tormento ha confesado quiénes son los catrines, cuáles sus ocupaciones, cuán admirable es su instrucción y qué digno del aprecio público el fruto de sus tareas.
—Por lo que hace a mí, añadió el conde, yo le estimaré que no vuelva usted a poner un pie en mi casa. Mucho siento que me haya hecho esta única visita, y que nos haya dicho quién es tan sin rebozo. No, no quiero que honren mi mesa semejantes caballeros, que me instruyan tales maestros, ni que me edifiquen tan calificados católicos; y así, pues, se ha concluido la merienda, tome usted su sombrero y déjenos en paz. Todos los concurrentes, luego que oyeron producirse al conde de este modo, fuérase por adularle o por lo que ustedes quieran, comenzaron a maltratarme, hasta los criados; casi a empellones me echaron de la sala, y un lacayo maldito por poco me hace rodar las escaleras; y no contentos con hacerme sufrir tales baldones,(8) sin acordarse de la nobleza de mi casa, ya al salir a la calle me echaron una olla de agua hirviendo, con lo que me pusieron cual se deja entender.
Quise subir a que me dieran justa satisfacción de tal agravio; pero me contuvo el verme solo (porque el amigo mío me desamparó y se puso de parte del conde) y advertir que todos estaban irritados. Pensé con prudencia, y me retiré mal bañado y jurando a fe de caballero vengarme en cuanto tuviera proporción.
Llegué a mi cuarto, dormí como siempre, sequé mi ropa al día siguiente y me levanté adivinando en dónde y cómo lo pasaría. Era ese día, por cierto, 25 de julio.
Encontré un amigo, quien me llevó a la fiesta de Santiago,(9) acompañado de una señorita de no malos bigotes,(10) y estando almorzando sucedió lo que vais a saber en el capítulo siguiente.
(1) coco. Cf. nota 8 al cap. III.
(a) Tal es el idioma de los impíos descrito en las Sagradas Letras (Sapientia 2 yPsalmos 78); pero los que pensaron de esta manera erraron. Su malicia los cegó.
(b) Nicolás Maquiavelo, astuto escribano de Florencia, y después un falso político de Francia, escribió a sus sectarios este maldito decálogo, que trae Alberto Magno en el prefacio de su obra titulada Bonus politicus, etcétera.
(3) arriano. Hereje sectario de Arrio, quien enseñaba que el Hijo de Dios no es consustancial con el Padre.
(4) mono. Cf. nota 4 al cap. V.
(5) fachendas. Vanidosos, jactanciosos.
(6) boleras. Baile al son del bolero.
(7) tresillo. Juego de naipes.
(8) baldones. Descréditos, deshonras.
(9) fiesta de Santiago. El 25 de julio en la Plaza de Santiago Tlatelolco.