CAPÍTULO IX
En el que se da razón de una extraña aventura
que le sucedió a Pomposita
Nadie debe extrañar que en lo que sigue de esta verdadera historia falten algunos personajes conocidos, y se presenten otros nuevos. Esto es general en el discurso de la vida: conocemos y tratamos a muchos sujetos en diversos tiempos y lugares; pero de éstos, unos se enojan, otros se van, otros se mueren, y de unos sabemos su paradero y de otros no, al tiempo que vamos adquiriendo nuevos conocimientos de personas que sustituyen el lugar de los ausentes. Con que si esto es general, el lector, por cosquilloso(1) que sea, nos permitirá que continuemos la relación de los sucesos de Pomposa y de su buena madre.
Ésta era alegre y la hija no era triste. Resucitaron sus antiguas amistades, y convocaron(2) otras. Las diversiones, tertulias, paseos y frascas(3) eran continuas. Los trescientos cincuenta pesos que dieron por el hilo de perlas, y ellas creían serían eternos, porque nunca habían conocido la economía, se iban disminuyendo por la posta;(4) pero los cortejos se aumentaban. Era preciso obsequiarlos con café, chocolate, aguardiente, pulque(5) y envueltitos,(6) según la hora y el gusto de los caballeros. Doña Eufrosina siempre fue obsequiosa y liberal, y no quisiera parecer pobre ni por todo el oro del mundo.
Con tal franqueza no sólo se acabó el dinerito, sino que fueron a visitar el Montepío(7) y las tiendas varias alhajitas, túnicos(8) y tápalos(9) del uso necesario.
La necesidad con su cara de diablo o de suegra,(10) que todo es uno, se iba acercando mucho, y tanto, que ya subía las escaleras de la casa. No es necesario ponderar la aflicción de estas buenas señoras: ella crecía a proporción que las escaseces, y ya estaban para ahorcarse, cuando una niña, amiga íntima de Pomposa, que había aprendido con escritura el arte de la coquetería, la salvó, aunque a caro precio, enseñándola unas máximas ciertamente dignas de las señoronas de su clase.
Quisiera omitir su relación, pero se me hace escrúpulo porque puede ser muy útil a los hombres su noticia.
Reduciánse las dichas máximas a veinte, y eran éstas:
1. Aprecia al que tenga dinero, sea quien fuera.
2. Al que tenga más, hazle más aprecio, de modo que tu estimación se mida por el caudal de tu cortejo.
3. Escasea tus favores y procura siempre venderlos caros.
4. Fíngete celosa unas veces y otras simple, según te convenga.
5. No desprecies ningún obsequio, sea el que fuere.
6. A los mezquinos pídeles sin vergüenza.
7. A los que no den nada, échalos de tu casa, porque hacen mala obra sin provecho.
8. Engaña al que sea bobo y se deje.
9. Aprovéchate del primer ímpetu del que te quiera.
10. No creas a ningún amante, aunque haga por ti los mayores sacrificios y finezas.
11. No te apasiones ni pienses en casarte con pobre: únete primero con un negro, un gálico(11) o un hereje, pues todos éstos y mayores defectos son disimulables con la plata.
12. Mírate al espejo cuando te compongas y ensáyate a hablar, despreciar, favorecer y dar esperanzas con los ojos.
13. Aprecia tu mérito más que el de todo mundo.
14. Sé desdeñosa unas veces y otras franca, según las ocasiones y los sujetos con quienes trates.
15. Date a deseo y olerás a poleo, a toronjil y a rosa.(12)
16. Recluta cuantos adoradores puedas y procura sacar ventaja de todos.
17. Ofréceles a todos y no cumplas a ninguno.
18. Desconfía de todos, y guárdate no por honor sino por necesidad.
19. Vístete con lujo aunque no comas.
20. En todas tus correrías amorosas ten por último fin el interés.
Tan bellas máximas no podían menos que agradar mucho a Pomposita. En efecto, las aprendió de memoria y las practicaba al pie de la letra. Dentro de pocos días comenzó a percibir el fruto de su aplicación.
Lo primero que hizo fue darles su retiro a los pobretes y mezquinos, como gente inútil y pesada. A todos los demás los pelaba con bastante sagacidad. Cuando veía un cintillo, un pañuelo u otra cosita que le agradaba, comenzaba a alabárselo a su dueño delante de otros con tanta repetición que lo obligaba a decirla: "sírvase usted de ello, señorita", y entonces, después de una ligera resistencia, lo tomaba, y con un mil gracias, quedaba pagada la tal cosa.
Otras veces con un si yo tuviera, así que tenga, días ha que estoy deseando y otras frasecillas semejantes, les arrancaba a los mis señores lo que podía.
También habían ensayado a su criada para que cuando fuesen ciertos y determinados señores, entrase ella a vender lo que le diera. La criada hacía el papel muy bien, porque entraba con un tápalo de seda, por ejemplo, de los que no le habían visto aquellos sujetos a Pomposa, y decía: Señorita, vea usted qué chulo(13)tápalo vende doña fulana, y tan barato. A esto se seguía ver el tápalo, alabarlo mucho y preguntar por el precio; entonces respondía la criada que seis u ocho pesos pedían por él. —Es dado, decía Pomposa; pero no tengo dinero por ahora; si lo tuviera, no me quedara sin él, pues lo menos que valen estos tápalos son veinte y cinco pesos. Entonces no faltaba un garboso que metiera mano a la bolsa y diera el dinero de contado. De esta manera se vendía Pomposa sus friolerillas cuatro o cinco veces.
Así pasaron algunos meses muy alegres a costa de los bobones que se sacrificaban a competencia, deseando cada uno ser el poseedor de aquella belleza encantadora.
Como el pleito que tuvieron no fue conmigo, jamás me negaron la entrada a su casa; antes les agradaba, porque juzgaban que yo daría noticia al coronel de sus bonanzas. Ello es que con este pasaporte yo tenía lugar para observar de cerca todas sus gracias.
Pomposa y Eufrosina, cada una por su parte, procuraban sostenerse. Aquélla con sus ardides y ésta con el disimulo. Yo no he visto prudencia igual a la de la buena de(14) Eufrosina. Por lo ordinario dejaba sola a su hija en el estrado charlando con sus enamorados, y ya se debe inferir que no hablarían de sermones ni jubileos. Otras veces los veía tan separados de su hija que entre los cortejantes y ella no cabía un alfiler, y otras, la veía(15) retozar con los jovencitos con tanta familiaridad como si fueran sus maridos. A Eufrosina, sin embargo, nada la espantaba: de todo se reía, y cuando mucho, solía decir a su hija: —Sosiégate, niña, no seas tan juguetona, ¿qué dirán los señores? A este tiempo todos la disculpaban con su corta edad, y la señora quedaba muy contenta y satisfecha. ¡Ah qué madres!
Yo me admiraba al ver como tan íntima familiaridad entre ellos y ella no producía algún desaguisado funesto para Pomposa; pero es cierto que unas pasiones destruyen o enfrenan otras. Ella se defendía no por virtud sino por vanidad.
No faltaban entre los visitantes algunos hombres de bien y acomodados que propusieron ventajosos casamientos a Pomposa, mas ella todos los despreció porque tenía firme vocación de ser marquesa, y por entonces no la pasaba mal con su modito; pero ¿qué cosa es permanente en esta vida?
Al cabo de cinco o seis meses de esta buena vida, fueron todos los cortejantes desengañándose de que Pomposa no pensaba sino en estafar o ser marquesa; y enfadados de su locura y mala fe, se fueron despidiendo poco a poco, hasta que no quedó en la casa más visita que un triste meritorio de oficina.
Ya se deja entender que luego que tocó retirada aquella tropa auxiliar, el ejército enemigo, la cruel necesidad, se fue acercando a marchas forzadas a la casa de Pomposa.
Se volvieron a empeñar las prendecitas, a contraer drogas, a darle plazos y más plazos al casero, y a experimentarse las indigencias que al principio; y no hubiera sido esto tan fatal, si no hubiera sido más; pero, por desgracia, el maldito meritorio, el más zonzo,(16) el más pobrete y despreciable, como se quedó solo en la casa, se hizo el objeto de todas las atenciones y confianzas de Eufrosina y Pomposita.
Él aparentaba un amor intenso y una compasión entrañable a una familia tan decente, honrada y digna de ser protegida por un príncipe. ¡Cuántas veces este picarón mezcló sus lágrimas con las de Pomposa al escuchar sus infortunios y desgracias! La simple muchacha creía sus fingimientos y le manifestaba su gratitud con expresión; él aprovechó estos funestos instantes y apretó el cerco hasta rendir aquella fortaleza.
La madre, tan engañada como la hija, y por otra parte, asegurada de su alto modo de pensar, jamás creyó lo que pudiera suceder, y así les permitía unas confianzas desmedidas y les proporcionaba más lugar del que se había menester.
Cuando el tunante conoció que la debilidad de Pomposa no podía dejar de descubrirse, hizo lo que acostumbran sus semejantes: dio la(17) [media](18) vuelta y no le volvieron a ver la cara.
Eufrosina no sabía a qué atribuir aquel retiro que sentía verdaderamente, y más cuando se informó y supo que ya no estaba en la oficina en donde había comenzado su carrera. Pomposa bien presumía lo que podía ser; pero procuraba disimular su sentimiento lo posible.
No tuvo igual prudencia la naturaleza. De día en día se explicaba con más claridad, causando ansias terribles a Pomposa. Ésta no pudo menos que descubrirse con una de sus buenas amigas, quien le dijo: —No te apures, niña, para todo hay remedio; yo te traeré una bebida con que te cures en un día esa obstrucción.
La oferta no pudo ser más criminal; pero Pomposa se amaba mucho; conoció cuánto valía el honor de una mujer, después de haberlo perdido; quiso a lo menos substraerse de la pública nota y ya que no tuvo vergüenza para ser madre, la tuvo para mostrarse tal. Ahogó en su corazón los sentimientos de la naturaleza, se hizo desentendida al terrible grito de su conciencia y, acumulando un delito a otro, bebió el infernal licor con mucho gusto. Mas fuérase por la robustez de su salud, o por la ineficacia de la bebida, no correspondió el éxito a su deseo, sino que le hizo buen provecho. Entonces ella ocurrió a su caritativa amiga, quien prometió sacarla del cuidado.
En efecto, a la mañana siguiente le llevó un frasquito y en él unas cuantas cucharadas no sé de qué brebaje condenado. Mandó que tomase dos a las diez del día, dos a las cuatro de la tarde y dos a las nueve de la noche, asegurándole que si al día siguiente no estaba buena y sana, era su última voluntad que la ahorcaran. ¡Tan cierta estaba esta maldita consejera de la eficacia de su licor!
La inconsiderada Pomposa, deseando desembarazarse prontamente del mal que la afligía, se hizo cargo que si seis cucharadas .repartidas habían de obrar en veinte y cuatro horas, tomadas juntas obrarían lo mismo en mucho menos tiempo; engañada con este falso argumento, se bebió casi todo el frasquito de una vez. Ignoraba la ilustradísima Pomposa que una misma droga, o llámese medicamento de la botica, puede ser remedio o veneno según fuere la dosis en que se tome; pero esta ocasión lo experimentó bien a su costa.
A la media hora comenzó a sentir unos retortijones terribles que procuró disimular; pero como se aumentaban por instantes, no pudo disimularlos con igual entereza. Los dolores terribles, la hemorragia, las nauseas, la convulsión y síncopes fueron tales que pusieron a su madre en el mayor cuidado. Se llamó al médico, y éste, que no era lerdo, conoció la causa y así se lo dijo a Pomposita en un descuido de su madre. —Señorita, le decía, usted me asegura que es doncella; pero los efectos que veo me aseguran que no lo es, y aun conozco la causa de su mal.
—¡Oh, señor doctor!, dijo Pomposa, usted es El hombre feliz del padre Almeida,(19)pues conoce la causa de mi mal.
El médico se sorprendió con tan inesperada erudición; pero deseando instruirse a fondo de todo cuanto le interesaba, trató de que doña Eufrosina le diera lugar, y como no era tonto lo supo hacer con disimulo.
En estos intermedios le dijo a la enferma: —Usted ha querido sanar de una vez, y ha tomado algún veneno activo; dígame cuál es porque le importa.
Entonces ella sacó de debajo de la almohada el frasquito con lo poco que le había quedado, y se lo dio al médico. Éste lo olió, lo probó y falló que, tomado en semejante dosis, era un legítimo veneno que obraba como tal, aunque no con la prontitud del arsénico.
En fin, a fuerza de leche, vomitivos, emolientes y confortativos consiguió sacarla del peligro, sin poder impedir el efecto, y lo peor de todo fue que doña Eufrosina lo advirtió, porque como no había muchas criadas, y Pomposa contaba ya cuatro meses de enferma, salió el mal y lo vio su madre.
En aquel instante disimuló; pero apenas se alivió Pomposa, cuando se lo dijo y la comenzó a tratar con la mayor dureza negándola su mesa, su conversación y añadiendo a este trato los mayores denuestos e improperios. De tal y cual no le bajaba un punto, y no satisfecha con aspereza semejante, dio en ponerle las manos con frecuencia.
Pomposita no estaba acostumbrada a estos regalos y así, no teniendo más abrigo que sus tíos, se fue un día a su casa; contó cuanto le había pasado; el coronel la escuchó con caritativa compasión y la acogió con lástima.
Eufrosina disimuló al principio la fuga de su hija, sabiendo dónde estaba; pero como le hacía falta, la extrañaba, porque hay muchas madres que se atienen a sus hijas para comer y tratan de recogerlas aunque les quiten el bien que tienen,(20)porque en no teniendo carne el anzuelo, no cae el pez. Ellas son los anzuelos, sus hijas la carne, [y] los peces los hombres que bobamente se dejan engañar.
Ello es que la buena madre fue a casa del coronel para sacar a su hija. Ni ésta quería irse, ni aquél que se fuera;(21) pero fueron tantos los retobos(22) y necedades de Eufrosina, que don Rodrigo, no pudiéndolos sufrir, consintió en que se la llevara; pero antes le dijo:(23) —Que se vaya la muchacha enhorabuena, mas tenga usted entendido que va a ser enteramente infeliz y usted antes que ella tiene la culpa. Ya la hizo desgraciada en lo privado con su mala educación, perverso ejemplo y criminal consentimiento, y ahora quiere servirse de ella como de un medio indigno y criminal para vivir. ¡Pobre muchacha! Ella va a prostituirse al lado de su madre y a vivir como una mercenaria de su cuerpo. ¡Cuántas fueran menos infelices si no tuvieran semejantes madres!
No quiso aguantar más doña Eufrosina; y así, haciendo un dengue colérico,(24) le respondió: —Hermano, yo no vine a que me prediquen, sino a llevarme a mi hija, ¿qué le importa(25) a usted ella ni yo? ¿Ha de dar usted cuenta a Dios de nosotras? Pues déjenos que nos lleve el diablo. Conque vístete muchacha y vámonos antes que me acabe de enfadar.
El coronel, sin hablar otra palabra, la dejó charlando. Pomposa se vistió, se entró a despedir de sus tíos y se fue con su buena madre.
(1) cosquilloso. Delicado, puntilloso.
(3) frascas. Cf. nota 45 al cap. VII.
(4) por la posta. Con prontitud.
(5) pulque. Bebida que se obtiene del aguamiel fermentada. Es decir, del jugo del maguey.
(6) envueltitos. Tortilla de maíz guisada.
(7) Montepío. A imitación del fundado en Madrid en 1702 por el presbítero Francisco Piquer, Pedro Romero de Terreros, primer conde de Regla, fundó en México (1775) el Montepío o Monte de Piedad, en el antiguo colegio de jesuitas de San Pedro. El Montepío prestaba durante seis meses sobre prendas y una limosna voluntaria por las almas del purgatorio.
(8) túnicos. Cf. nota 67 al cap. II.
(9) tápalos. Cf. nota 68 al cap. II.
(10) la necesidad con su cara de diablo o de suegra. Es más usado el refrán "La necesidad tiene cara de hereje": La necesidad tiene cara desagradable o mala cara.
(11) gálico. Cf. nota 26 al cap. I.
(12) date a deseo y olerás a poleo, a toronjil y a rosa. Se emplea "Date a deseo y olerás a poleo." Refrán con que se estimula el mérito, para que no se prodigue vanamente. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(13) chulo. Cf. nota 51 al cap. II
(16) zonzo. Cf. nota 27 al cap. V.
(19) Teodoro Almeida (1772-1804). Religioso portugués, miembro fundador de la Real Academia de Ciencias. Autor de: Armonía de la razón y de la filosofía natural (o y la religión), Tesoro de paciencia escondido en las llagas de Jesús, Recreaciones filosóficasy el poema moral al que alude Fernández de Lizardi, El hombre feliz independiente del mundo y de la fortuna (Lisboa, 1779; conocemos tres traducciones publicadas en Madrid: por Joseph F. Monserrate y Urbina, por Benito Estaún de Riol y por Francisco Vázquez). En el artículo "Carta y discurso sobre filosofía de las costumbres. Concluye la sexta carta" escrita por Juan M. Wenceslao de la Barquera en el Diario de México, t. I, núm. 79 (México, 18 de diciembre de 1805), p. 345, se recomienda la lectura de Almeida: "Si al paso que rige la voluntad, se quiere ejercitar el ingenio: la Armonía de la razón y la religión del padre Almeyda es una obra inimitable, en los colegios establecería yo sus doctrinas, para el tiempo que se destina a la ética."
(22) retobos. Cf. nota 48 al cap. I.
