CAPÍTULO IX

 

Discurre el coronel sobre el estado religioso,
y comienza a instruir a su hija acerca del matrimonio


Don Rodrigo, que de todo procuraba sacar partido para la instrucción y aprovechamiento de Pudenciana, cuando estuvieron juntos en la mesa, dirigiéndose al padre don Jaime, le dijo: —¿Qué le parece a usted, señor cura, de la extraña historia de Carlota?

—Qué me ha de parecer, respondió el prudente eclesiástico, sino que la mano del Señor ha andado entre todos sus actores; pues ha sido una grande felicidad que haya rematado de esta suerte. ¿Qué fuera de Carlota si hubiera profesado sin vocación? Su vida sería muy infeliz, y su muerte quién sabe cómo. Welstér acaso hubiera prevaricado, creyendo que la religión católica sostiene estos abusos. Por otra parte, ya que Carlota por fin no profesó, Adelaida pudo haber muerto entre las propias manos de su padre, que ya la ahorcaba, no pudiendo el señor Labín favorecerla solo, porque yo, como viejo débil, apenas hacía cosa de provecho y, por último, don Tadeo pudo haber muerto en su demencia, en cuyo caso se hubiera condenado sin remedio. Nada de esto sucedió, y todas estas desventuras se excusaron por unos caminos poco comunes; con que vea usted si anduvo en esto la mano del Todopoderoso.

—Así fue en efecto, dijo el coronel: yo de todos me alegro; pero más de que hubiera muerto don Tadeo como cristiano y de que no hubiera profesado Carlotita. El estado de la castidad(1) es el más perfecto, quién lo duda; pero no es siempre el más seguro. La clausura perpetua, el voto de pobreza y de obediencia, son como la castidad, de consejo evangélico, no de precepto; por tanto, la vida religiosa(2) no se debe abrazar sino con verdadera vocación, conociendo muy bien lo que es y a lo que obliga, y consultando nuestras fuerzas. El que no sufre sobre sus hombros el peso de dos arrobas, menos sufrirá el de seis, y si se las echa acuestas con imprudencia, caerá en tierra sin poderse mover por más que quiera.

Así es en lo espiritual. Si apenas puede Palmira cumplir los diez preceptos del Decálogo, ¿cómo se atreve a cargarse de otros cuatro más, que son los votos?

Antes de tomar el hábito debía toda niña entender que no es lo mismo ser monja, que religiosa. Para lo primero basta con vestir el hábito y cumplir, aunque sea a fuerza, con lo material de las reglas; para lo segundo, es necesario saber desprenderse del todo de su propia voluntad, renunciar de corazón y para siempre el mundo y sus placeres, y no perder un instante sin aspirar a la verdadera perfección.

Esto es muy fácil decirlo; pero no es así para cumplirse. ¿Cuántas muchachas entran a los conventos, toman el hábito y profesan, llevadas de un fervor mundano, que ellas juzgaban vocación? ¿Cuántas ignoran qué cosa es ni a qué obliga el voto de castidad? ¿Cuántas lo hacen sin estar en edad para saber cuál es su vicio opuesto? ¿Cuántas se retiran a los monasterios porque el mundo las desecha, o por no perder el dote o lugar que se proporciona, o tal vez por fines menos honestos, como por no sufrir los desprecios de algún hombre querido e inconstante? ¿Y cuántas, por último, profesan por carecer de la resolución necesaria para oponerse a la perversa voluntad de sus padres, como iba a suceder a Carlotita?

Todo esto es demasiado cierto, y no son pocos los ejemplares que tenemos de monjas desesperadas con su estado, ni son menos los recursos hechos a Roma en solicitud de secularizarse. Ahora mismo viven en esta capital algunas que lo han conseguido, y todos las conocen.

El estado de religión, vuelvo a decir, que(3) es el más perfecto, y por lo mismo el más agradable a Dios; pero por razón de su mayor gravamen, no es el más seguro para muchos. Pruébese el hombre a sí mismo, dice san Pablo;(4) examine cada uno su vocación, su espíritu, sus inclinaciones, su fervor, el fin que lo lleva al claustro y las obligaciones respectivas que le impone el nuevo estado que pretende abrazar, y si después de un examen serio, detenido y consultado, hallare que le conviene, abrácelo enhorabuena; pero si lo hace sin estas condiciones, abrirá después los ojos, reconocerá sus pocas fuerzas, advertirá que no son bastantes para soportar el grave peso que se impuso, y cuando reflexione que no hay remedio para eximirse de él, entonces llorará su imprudencia, trabajará sin fruto y se precipitará a la desesperación, especialmente si es mujer.

Para las que entran a los monasterios con verdadera vocación todo es suave, todo llevadero, todo fácil. La castidad es una virtud angelical, la obediencia un sacrificio humilde y la reclausura(5) un asilo contra los peligros del mundo.

No así para aquellas que entran por alguno de los motivos que he indicado. Para éstas la castidad forzada que guardan sin ser vírgenes en cuanto al espíritu, es un martirio, la obediencia una esclavitud, la pobreza una miseria y la clausura una prisión insoportable. ¿Cuál será la vida de estas mujeres infelices? No es mucho que algunas se hayan desesperado con tal vida. El doctor don José Boneta,(6) en su librito titulado Gritos del infierno, hablando sobre esto, refiere de aquella monja que, estando para morir, preguntó al confesor: —Padresi me muero, ¿dejaré de ser monja? —Sí hija, respondió el confesor, y la miserable al instante comenzó a acelerarse la muerte, apretándose el cuello con las manos. ¿Cuál sería la vida de esta monja desesperada, dejándonos tan malas señales en su muerte?

Todos los estados necesitan tiempo y madurez para elegirlos, y especial vocación de Dios para abrazarlos; pero entre una casada y una monja, que haya errado la(7)vocación, encuentro yo notable diferencia. La casada que no consultó bien su elección, y se halla ligada con un hombre que le da mala vida, tiene aún dos esperanzas que la consuelan: una es el divorcio que protegen las leyes y los cánones, en ciertos casos, y otra es que muera el marido. En el primer caso se substrae de su dominio, se separa de su compañía y se libra de su tirano cruel; y en el segundo, se rompe el vínculo en lo absoluto, y queda libre para siempre.

La monja no es así: si no tiene un derecho muy claro que alegar(8) para anular la profesión, y dinero suficiente para dirigir a Roma su negocio, lo que no se facilita sino de tarde en tarde, bien puede creer que no tiene remedio sino es a costa de su vida, que es lo mismo que no tenerlo.

No por esto se crea que yo pretendo malquistar el estado religioso. Estoy muy lejos de tal extravagancia. A nadie, ni a mi propia hija, disuadiré en ningún tiempo de que sea monja. Sé que el santo Concilio(9) excomulga igualmente a los que violentan o persuaden a las mujeres a ser monjas, como a los que sin justa causa, impidieren de algún modo el santo deseo que tengan de tomar el hábito o de hacer la profesión las vírgenes u otras mujeres; pero, por lo que toca a Pudenciana, la instruiré en lo que es cada estado, y cuáles son sus respectivos deberes; le diré que en la casa del Padre Celestial hay muchas habitaciones, que son diversos los caminos por donde el Señor llama a sus siervos, que lo más perfecto es lo mejor; pero no lo más seguro para todos, y, según esto, el estado de castidad es el mejor en lo general; pero si prudentemente considera que no lo puede observar como se debe, mejor es que se case. Éste es el consejo del apóstol: Más vale casarse que abrasarse.(10)

Aquí concluyó su discurso el coronel, y Pudenciana lo escuchó con bastante atención, que era lo que su padre pretendía. El eclesiástico apoyó, como era regular, la solidez de sus razones, y después de haber acabado de comer, nos levantamos de la mesa.

Pocos días después, estando doña Matilde sentada en el estrado, haciendo una labor con Pudenciana, se levantó ésta a buscar no sé qué cosa, y al volver, dijo su madre: —¡Qué larga se va poniendo esta muchacha! El coronel tomó de estas palabras ocasión para dar una oportuna leccioncita a Pudenciana, diciéndole: —En efecto, hija, ya estás bien grande. El tamaño de tu cuerpo señala tus años y me avisa que debo ya darte las instrucciones correspondientes a tu edad.

Jamás me has hablado de monjío, ni yo exigiré de ti tal cosa. Has presenciado la historia de Carlota, y me oíste discurrir el otro día acerca de la perfección que se requiere [para](11) profesar en la vida religiosa. Si ésta no es de tu(12) vocación, no hayas miedo que yo te la persuada; pero si lo es, concurriré con mucho gusto al logro de tus santos deseos. Conque ¿qué dices? ¿Quieres ser monja? —Hasta ahora, papá, la verdad, no lo pienso, respondió Pudenciana, y prosiguió su padre: —Pues eso es lo que me agrada, que me hables la verdad. Pero supuesto que no quieres ser monja, tal vez te agradará el matrimonio; ¿no es así..? Vamos, no te pongas colorada, no hay para qué.

El matrimonio es un Sacramento santificado por el mismo Jesucristo. En él se puede servir a Dios como en cualquier otro estado elegido con verdadera vocación, y si la tuya es para el matrimonio, yo contribuiré al logro de tus deseos, pues pueden ser tan santos como los de la religiosa más perfecta,(13) si se reducen a servir a Dios en ese estado; mas para que seas buena casada, es preciso que sepas qué cosa es el matrimonio, [y](14) cómo se ha de contraer para acertarlo,(15) cuáles son las obligaciones que impone y cómo las ha de desempeñar una mujer cristiana.

Pero antes, hija mía, te voy a dar un consejo muy útil, de cuya observancia depende toda tu felicidad. "Ahora que tu infancia ha pasado, no nos mires solamente como tus padres, sino como tus más antiguos, tus más fieles y tus mejores amigos, a quienes ciertamente la vida es menos apreciable que tu bienestar, a quienes no les falta experiencia ni los conocimientos necesarios para darte en cada ocasión los mejores consejos.

"Con este convencimiento, abre tu corazón a tu padre y a tu madre sin ninguna reserva; deposita en nuestro seno todos tus pensamientos, tus sentimientos, tus deseos; nada nos ocultes, ni aun tus faltas y flaquezas, bien persuadida de que nunca abusaremos de tu confianza filial, que nunca contestaremos a tu franqueza con amargura ni severidad, sino siempre con una ternura verdaderamente paternal, y que dirigiremos tus pasos con tanta bondad como celo."(a)

¿Has entendido, hija? —Sí, papá. —Creo que no me has entendido bien. Te lo diré más claro.  Ya tienes quince años, o cerca de ellos, posees algunas habilidades que te recomiendan, y si no tienes una hermosura peregrina, a lo menos tu cara no carece de gracia y atractivo. Debo también advertirte que vas a entrar en un mundo nuevo que no conoces, y así es necesario que te ponga el farol en la mano para que no tropieces entre sus innumerables precipicios.

Ya no eres la misma que ahora tres años. Tu naturaleza te lo avisa. El movimiento de la naturaleza influye mucho en tu estado actual, y de las novedades que siente tu cuerpo, se debe inferir qué es lo que sentirá tu espíritu.

En efecto, tú te adviertes agitada de unas nuevas inclinaciones, y éstas se aumentarán a proporción de lo que los hombres las fomenten. Si, hija mía: los hombres ya seduciendo tu virtud con artificios, o ya con alabando tu mérito con sencillez, procurarán inclinar tu voluntad a su favor. Por todas partes se verá asaltada tu inocencia y combatido tu pudor sin advertirlo.  Las calles, los zaguanes, los paseos, las casas y los mismos templos serán para ti otros tantos lugares en que pueda peligrar tu honestidad, con los repetidos asaltos que le dará el libertinaje de un corrompido seductor. ¿Y qué deberemos hacer para asegurarte de esos asaltos? Fácil es la respuesta: tu madre deberá cuidarte sin cesar, yo aconsejarte con prudencia y tú seguir con mucha docilidad mis consejos.

El primero que te doy es el que ya escuchaste. Míranos no sólo como a tus padres, sino como a tus mejores amigos y los más interesados en tu bien. En esta inteligencia, deposita en nuestros pechos tu confianza, ábrenos tu corazón, nada nos reserves, ni tus más ocultos pensamientos, satisfecha de que te hemos de atender con dulzura y te hemos de aconsejar con amistad.

Llegará tiempo en que las criadas, el aguador, tus amigas, tus parientas mismas serán los viles(16) agentes del que solicite tus favores. ¡Infeliz de ti si más que de nosotros te fiares de ellos! En tal caso tú pensarás que lisonjean tu gusto y que son acreedores a tu reconocimiento, y engañada con este falso juicio, les descubrirás tus secretos y pondrás en sus manos tu opinión, y entonces a Dios honra, a Dios crédito, a Dios reputación. De boca en boca no quedará uno que ignore tus flaquezas si, lo que Dios no quiera, tuvieres la desgracia de cometerlas.

Pero si reservándote de todo el mundo, te descubrieres únicamente con tus padres, entonces ¿cuánta será la diferencia? ¿Con qué amor no(17) te enseñaré a conocer los artificios de los hombres? ¿Cómo no me valdré de mi experiencia, dándote lecciones oportunas para que te burles de las asechanzas que te quiera poner un libertino seductor? ¿Con qué cuidado no(18) te libertaré de los peligros? ¿Con qué prolijidad no(19) te evitaré las ocasiones que a ellos te puedan inducir? Y si algún día tú llegares a amar a algún hombre de bien, merecedor de tu virtud,(20)¿con cuánto gusto me prestaré a realizar tus(21) intenciones, si éstas fueren unirte con él en el estado santo del matrimonio? ¡Dichosa tú, hija mía, si cooperares por tu parte a que se verifiquen mis deseos! Éstos no son ni pueden ser otros sino los de tu verdadera felicidad. A ella he aspirado toda mi vida, y que seas feliz será mi único conato, hasta que la muerte cierre mis ojos para siempre.

Pudenciana abrazó a su padre y le besó la mano enternecida, dándole las debidas gracias por sus paternales consejos, y prometiéndole seguirlos ciegamente, pues estaba convencida de que se encaminaban a su bien.

Entonces el coronel le dio su bendición y la envió a la cocina, diciéndole que quería cenar aquella noche un bocadito de su mano. Pudenciana fue a hacerlo muy contenta, y luego que se retiró, prosiguió don Rodrigo hablando con su esposa de este modo: —¿Ya oíste el consejo que le(22) acabo de dar a Pudenciana?, pues tú necesitas de otros dos que no son de menos importancia.

El primero es que le abras los ojos a tu hija. No, no me mires, ni te asustes sin acabarme de oír. Las muchachas cuando entran en la pubertad no son lo mismo que en la niñez. Esto lo entiendes. Luego que llegan a esa edad entran a(23) un mundo nuevo. Pasiones, inclinaciones, sensaciones, deseos, apetitos, ocasiones y peligros, todo es nuevo para ellas. Si al fermento de su sangre, si al trastorno de sus nuevas ideas, unidos a su poca experiencia, se junta una suma ignorancia acerca de lo que puede pasarles en el mundo, están muy expuestas a perderse, o lo que es lo mismo, a perder su virginidad con desventajas, porque malguardará una alhaja el que no sabe lo que vale.

Por tanto, es conveniente que le expliques con modo y con prudencia qué cosa es ser virgen o doncella. Hazle ver qué gran virtud es en una niña el recato, como señal segura de su virginidad corporal. Dile en qué consiste esta virginidad, cómo se puede perder y cómo se conserva; adviértele que perdida una vez no se restaura el honor sino mal, tarde y pocas veces; haz que se llene de temor cuando sepa que de su conservación depende el honor de las mujeres en el estado de doncellas, y que cuando se pierde, no se pierde sola, sino juntamente con la honra y la opinión; instrúyela en los artificios de que se valen los hombres para seducir a las incautas, siendo el más trillado y [el](24) más antiguo el proponerles un ventajoso casamiento; aconséjale que a nadie de éstos crea ni corresponda sin darnos parte de cuanto le pasare; dile que los hombres que parecen más rendidos y apasionados son los más sagaces seductores, y(25) los clarines que publican la debilidad de la mujer que encuentran fácil a sus antojos; enséñale que lo que los hombres de bien aprecian más en una mujer para casarse con ella es el recato y su integridad corporal; declárale que los hombres de honor se conducen con mucha medida cuando solicitan una niña para esposa; dile que la que llega al tálamo sin su virginidad, ignorándolo el marido, se expone a pasar una vida amarga e infeliz, pues a la menor queja o incomodidad que haya, le estregará en la cara su anterior licenciosa conducta, avergonzándola a cada instante, desconfiando siempre de su fidelidad y mirándola con una indiferencia que en breve llega a ser un aborrecimiento declarado; repítele una, dos y tres veces en qué consiste el mérito y honor de una niña doncella; explícale más claro qué cosa es la virginidad, qué gran presea(26) y cuánto le conviene conservarla; y por último, dile que para esto debe, en primer lugar, huir todas las ocasiones de familiarizarse sola con los hombres, sean de la clase o condición que fueren, e insiste en que nos descubra su pecho con la confianza más sincera.

Esto es por lo que respecta a su bien moral; por lo que toca al físico, permítele que cuando se ofrezca, oiga hablar de las pasiones y gravámenes que son consiguientes a su sexo; déjala que sepa cómo se debe conducir una mujer en las diferentes épocas de su vida; de qué cosas se debe precaver, cuáles debe observar en obsequio de la conservación de su salud y del(27) bien de sus hijos y familia; hazle ver que una mujer enferma por su descuido y desarreglo, hace una mala madre para sus hijos, una esposa de bastante gravamen al(28) marido y un eterno fastidio de su casa. Todo esto debes enseñar a tu hija en esta edad, y esto será abrirle los ojos con provecho.

Es una ridícula preocupación la de muchas madres que, con pretexto de no abrirles los ojos a las niñas, las crían con tal encogimiento y con tal ignorancia que ni saben qué es ser doncellas ni casadas, madres ni esposas. Esto no llamo yo recato sino groserísima tontera. ¡Cuántas pobres muchachas han dejado de ser vírgenes sin saber lo que han perdido, ni las funestas resultas de esta pérdida! ¡Cuántas se han hecho enfermas toda su vida por no saber manejarse en los tiempos de sus enfermedades periódicas! ¡Y cuántas se casan sin saber qué obligaciones contraen en tal estado!

Lejos de ti, hija mía, semejantes absurdas preocupaciones que apadrina la ignorancia con nombre de virtud y de recato. No, no consiste la virtud en ser estúpidos ni en ignorar lo que nos conviene saber, consiste en la sencillez del corazón y en la exacta observancia de los preceptos de la ley. El mismo Jesucristo nos dice: Sed sencillos como las palomas y avisados como las serpientes.(29) ¿Y cómo será una niña cauta enmedio de la ceguedad? ¿Ni cómo se guardará de los peligros en que fluctúa su espíritu, su honor y su salud, si no tiene más luz que las tinieblas de una educación supersticiosa e ignorante?

No basta sólo(30) que instruyas a tu hija de los peligros que la cercan, es necesario que le evites todas las ocasiones en que los pueda hallar. Al hidrópico es menester quitarle el agua de delante, sin contentarse con decirle que le hace daño. Esto ya él muy bien lo sabe; y he aquí el segundo importante consejo que debes observar en la presente educación de Pudenciana.  Ningún cuidado, ninguna vigilancia ni precaución está por(31) demás(32) en su presente edad.

—¿Pero no la cuido yo?, dijo Matilde: ¿qué quieres que la traiga como llavero? —Sí,, señora, sí, decía el coronel; no debe apartarse de tus ojos un instante. En la calle, en la casa, en las visitas, en el templo, en todas partes ha de ser su custodio(33) tu presencia. Si al ojo del amo engorda el caballo,(34) al ojo de la madre se conserva la honestidad de la hija. Siempre las niñas han estado expuestas a una misma enfermedad, y siempre se les ha ordenado el mismo remedio de precaución.(35) San Gerónimo,(36) que conocía bien el mundo, instruyendo a una señora llamada Leta(37) en el modo con que debía criar a su hija Paula,(38) le dice: "No la dejéis jamás ir a parte alguna, si no fuere en vuestra compañía, y ni a visitar las capillas de los mártires ni a las iglesias vaya sin su madre. No consientas tampoco que se ría y burle con ella ningún mancebo, ni de los que traen copete, y cuando hubieres de velar o trasnochar para celebrar la fiesta de algún santo,(b) hágalo nuestra doncellita de tal modo que no se aparte de su madre, ni aun por espacio de una pulgada." Hasta aquí el santo doctor a nuestro intento.

Su autoridad es muy recomendable; pero sin comparación lo es más la del Espíritu Santo, quien dice en las Sagradas Letras:(c) Si tienes hijos, enséñalos, corrígelos desde niños; si tienes hijas, guárdales sus cuerpos, esto es, su virtud, su virginidad. ¿Y cómo cumplirá con esta obligación la madre abandonada que permite que la hija ya grande salga sola a la calle, o cuando más con una criada o una amiga; que se esté sola, si se ofrece, en el estrado(39) charlando y aun retozando con el caballerito cortejante; que con pretexto de visita se aparte de su madre dos, tres o más días; que a título de pobre, salga a la tienda y a hacer otros mandados; o lo que es peor que todo, a pedir prestado a algún hombre un peso o dos? Pues todo esto se ve, y no se quedan ocultas las resultas. Lo más gracioso es que muchas madres de éstas, después que ellas mismas permiten a sus hijas cuanta libertad apetecen, se asustan y se escandalizan así que las muchachas traen a sus casas el fruto del abandono con que las tratan. Entonces son las lágrimas, los gritos, los regaños y los golpes. Golpes que más bien los merecen ellas que sus hijas, porque son la causa original de su ruina. Ello es cierto que si no hubiera tantas madres descuidadas, no hubiera tantas hijas prostituidas.

Aquí llegaba el coronel, cuando entró Pudenciana avisando que ya estaba la cena. El coronel mandó poner la mesa, y se fue a cenar con su familia.

 


(1)  2ª: "caridad". 4ª: "estado religioso".

(2)  4ª: "monástica".

(3)  3ª y 4ª omiten "que".

(4)  "Haced experiencia de vosotros mismos si estáis en la fe, contrastaos a vosotros mismos. ¿O no reconocéis en vosotros mismos que Cristo Jesús está en vosotros? A no ser que estéis descalificados." 2 Co., 13, 5.

(5)  3ª y 4ª: "clausura".

(6)  José Boneta (1638-1714). Sacerdote y teólogo español. La obra que cita Fernández de Lizardi tiene como título completo Gritos del infierno para despertar el mundo. Zaragoza. 1705. Del mismo tema habla Fernández de Lizardi en El Periquillo Sarniento, t. III, cap. V y en Las Conversaciones del Payo y el Sacristán, t. I, núm. 16.

(7)  3ª y 4ª omiten "la".

(8)  2ª, 3ª y 4ª omiten "que alegar".

(9)  santo Concilio. Cf. nota 48 al cap. VII el t. II.

(10)  1 Cor., 7, 9. "Y si no tienen don de continencia, cásense; que mejor es casarse que quemarse." Del mismo tema habla en 1 Ti., 5, 14.

(11)  Añadido en 4ª.

(12)  2ª omite "tu".

(13)  4ª: "como la de entrar en la religión más perfecta".

(14)  Añadido en 4ª.

(15)  2ª y 3ª: "para hacerlo". 4ª: "como te has de manejar para contraerlo".

(a)  El coronel acaso tomó estas palabras de La Eufemia del célebre alemán Campé [Cf. nota 36 al cap. VI].

(16)  4ª omite "viles".

(17)  4ª omite "no".

(18)  4ª omite "no".

(19)  4ª omite "no".

(20)  4ª: "que te merezca".

(21)  4ª: "sus".

(22)  3ª y 4ª omiten "le".

(23)  4ª: "en".

(24)  Añadido en 4ª.

(25)  4ª omite "y".

(26)  4ª: "lo inestimable que es la presea de la virginidad".

(27)  4ª omite "del".

(28)  4ª: "para el".

(29)  Mt. 16, 5. "He aquí, yo os envío como ovejas en medio de lobos: sed pues prudentes como serpientes, y sencillos como palomas".

(30)  3ª y 4ª omiten "solo".

(31)  4ª omite "por".

(32)  4ª: "de más".

(33)  4ª: "custodia".

(34)  al ojo del amo engorda el caballo. Cf. nota 35 al cap. XI.

(35)  2ª: "preocupación".

(36)  san Gerónimo. Cf. nota 65 al cap. I.

(37)  Leta. Cf. nota 37 al cap. V del t. II.

(38)  Paula. Cf. nota 39 al cap. V del t. II.

(b)  En la primitiva Iglesia acostumbraban los fieles celebrar a los santos mártires en los templos, empleando en ellos toda la noche de las vísperas en cánticos y alabanzas. A este desvelo se llamaba vigilia, la que en el día se ha conmutado por los pontífices en ayunos y abstinencia de carnes. [4ª añade y varía el texto a partir de la palabra "vigilia", así: "pero por los abusos y desórdenes que se cometían después que se fue enfriando el primer fervor del cristianismo, está reducida en el día al ayuno y abstinencia de carnes, exceptuándose solamente el de la Natividad de nuestro señor Jesucristo en la que se cantan los maitines y se celebran misas a media noche.]

(c)  Ecclesiástico, cap. 7, 25 y 26. [Son los versículos 23 y 24: "¿Tienes hijos? Corrígelos y cásalos cuando son jóvenes. ¿Tienes hijas? Vigila su cuerpo y no les pongas rostro halagüeño."]

(39)  estrado. Lugar en que las señoras recibían a las visitas.