CAPÍTULO IV

En el que se trata una materia entretenida


No es muy común lograr por esposas mujeres dóciles, ni maridos prudentes y sensatos, ya sea porque no se merecen unos a otros, o ya porque no se saben escoger. El espíritu Santo dice que la mujer buena se dará al hombre por sus buenas obras.(1) Sin duda las tenía en(2) su abono el coronel, pues mereció lograr una mujer tan dócil como Matilde, la que lo escuchaba con tanto gusto, que siempre aprendía y aprovechaba las lecciones morales que aquél [la daba, adoptando las máximas que trataba de inspirarle].(3) Para ella era un oráculo su marido; y ya se ve que él no desmerecía tal concepto, pues no se contentaba con decirla lo que era bueno o malo, sino que procuraba convencer su entendimiento con la razón y la experiencia, y para asegurarse de que ella no accedía a su parecer por ceremonia, sino por convencimiento, la enseñó desde el principio a que le propusiera las objeciones que encontrara en cualquier asunto para desvanecerlas. Matilde lo hacía así, y de este modo tenían unas conferencias divertidas.

No quedó muy satisfecha de la inferioridad de las mujeres respecto de los hombres, según vimos en el capítulo anterior, y así no tardó en tocar el mismo punto a su marido.

Una ocasión le dijo: —Aunque el otro día me dijiste tantas cosas para probarme que las. mujeres somos inferiores a los hombres, yo[, a](4) la verdad, no lo entiendo bien, porque veo practicar por éstos lo contrario de lo que debía ser, en caso de que fuéramos tan inferiores como dices.

Todos los hombres y en todas ocasiones nos han respetado y respetan de tal manera, que nos convencen ciertamente de que son inferiores a nosotras. En este particular soy hasta ahora de la opinión de mi hermana. Ciertamente no haré alarde de esta superioridad que me concede mi sexo, o sea la culta moda, como ella dice; mas no por eso dejaré de conocer que somos algo más de lo que tú quieres persuadirme que somos.

Tú me dices muchas cosas, que me convencen un poco de que me dices bien;(5)pero veo que los hombres practican con nosotras unas acciones no sólo comedidas y atentas, sino humildes y serviles, las que no harían, si no estuvieran penetrados de nuestra natural superioridad. En la calle, en los paseos, en los estrados, en los templos y en todas partes nos significan sus rendimientos de modo que parecen nuestros criados o vasallos. Yo, la verdad, quisiera que los que comen pan y cobran mi salario se portaran como los hombres con las mujeres. ¡Oh!, en tal caso, ¡qué servida estuviera de mis criados!

Estos rendimientos no los puedes negar. Si un hombre va por la calle con una dama, la da el mejor lugar y la presenta su brazo; si lo visita, la baja [de](6) la escalera; si sube al coche, es la primera, la da la mano y el asiento superior; si está en la mesa, la sirve los platos y la copa; si entra en un baile, se levanta, la cede su lugar y él se queda en pie; si juega, ella alza y es preferida antes que el hombre; si entra en el templo, la da el agua bendita; si alguno la ultraja, la defiende; si se le cae algo de la mano, se apresura a levantárselo; si ella se enfurece y lo maltrata, lo disimula; si levanta contra él la mano enardecida alguna vez, no sabe el hombre vengarse sino con un(7) humilde sufrimiento... En fin, en todas partes manifiesta el hombre ser inferior a la mujer. ¿No es esto una verdad? ¿Conque cómo he de creer que no tenemos tal superioridad sólo porque tú lo dices, y porque no somos generales en la guerra, ni ministros o magistrados en la paz? Vaya, hazme ver cómo está eso, para que me desengañes, si es un error la opinión de mi hermana que yo admito.

—Lo es en efecto, le dijo el coronel; y es un error origen de otros muchos, que conspiran a hacer infelices a las mujeres que lo adoptan. Verdaderamente ellas son dignas del aprecio y estimación del hombre culto, y este aprecio hace que les tribute su respeto y que les ceda en muchas ocasiones la preferencia que a él le toca; mas estos respetos y atenciones debe recibirlos la mujer juiciosa, o sea(8) como un premio debido a su virtud, o como un efecto de la generosidad de los hombres debidos a su soberanía por ser mujer.

En virtud de esto, no debes creer que todos los hombres y en todos tiempos las han tributado sus respectos, como dijiste. Lo contrario: siempre han hecho las mujeres en el mundo el papel ya de señoras y ya de esclavas de los hombres, a proporción del capricho de éstos y de las costumbres de los países que han habitado. Monsieur Tomás,(9) en la pintura que hace de las mujeres, corrobora esta verdad con unos términos tan claros y precisos que yo no me atrevo a substituirlos, ni menos quiero, compendiando ni disfrazando sus razones, usurpar la gloria que se merece este célebre francés; y así te referiré [algunos de](10) sus párrafos al pie de la letra.

"Si examinamos, dice, los países y los siglos, veremos casi en todas partes adornadas(11) las mujeres y oprimidas en todos tiempos. Nunca dejó perder el(12)hombre la menor ocasión de abusar de su fuerza; antes bien se prevaleció siempre de la debilidad de su sexo, prestándole al mismo paso homenaje a su belleza, y haciéndose a un tiempo su esclavo y su tirano. Parece que la misma naturaleza al formar unos entes tan dóciles y blandos de corazón, se ocupó más en sus gracias que en sus dichas; pues rodeadas por todas partes las mujeres de angustias y temores, entran por mitad a sufrir nuestras miserias, y se ven sujetas a otras muchas que les son particulares. A nadie pueden dar la vida sin exponerse a perder la suya propia, y cada achaque periódico que experimentan, altera su salud y amenaza sus días; su belleza se ve acosada de mil crueles enfermedades; y cuando se ven libres de este accidente, al paso que el tiempo se la marchita, las va también consumiendo cada día: entonces no les queda más protección y auxilio que el triste derecho de la compasión, y el recurso a los recuerdos de una memoria agradecida.

"Hasta la misma sociedad les aumenta los males de la naturaleza: más de la mitad del globo está llena de hombres rústicos y salvajes, entre quienes las mujeres son infelices en extremo. El hombre rústico, que apenas conoce sino lo físico del amor, feroz e indolente al mismo tiempo, activo por necesidad, pero inclinado al ocio por una pasión casi insuperable, ignorando asimismo todas aquellas ideas morales que suavizan el imperio de la fuerza, considerada como única ley de la naturaleza por la ferocidad de sus costumbres, manda despóticamente a unas criaturas que, haciéndolas iguales suyas la razón, las sujeta, no obstante, por su debilidad y flaqueza. Las mujeres son entre los indios(a) lo que eran los ilotas entre los de Esparta; esto es, un pueblo vencido y obligado a trabajar para los vencedores. De aquí nacía que en las orillas del Orinoco, movidas las madres de compasión, solían matar a sus hijas luego que nacían, creyendo que esta compasión bárbara era una especie de obligación.

"Entre los orientales vemos otra especie de despotismo y de imperio, es a saber, la clausura y esclavitud casera de las mujeres, autorizada por la costumbre y consagrada(13) por las leyes. En Turquía, Persia, Mogol, Japón y en el vasto imperio de la China, vive una mitad del género humano oprimida por la otra, naciendo el exceso de semejante opresión del mismo amor excesivo. Toda el Asia está llena de prisiones, donde la beldad esclava espera siempre los caprichos de un dueño o tirano, y donde una multitud de mujeres juntas no tiene más sentidos ni voluntad que la de un hombre solo, sus triunfos no son sino instantáneos; pero sus competencias, odios y furores son el ejercicio de cada día. Allí se ven precisadas a pagar su misma esclavitud con el más tierno amor, o bien, lo que aun es mayor tormento, con la imagen de un amor que no tienen; allí el despotismo de mayor vituperio las somete a unos monstruos, que no perteneciendo a ningún sexo, deshonran los dos a un tiempo;(b) allí finalmente, no sirve su educación sino a envilecerlas; sus virtudes son forzadas, sus satisfacciones tristes e involuntarias, y después de algunos años se hallan con una vejez larga y horrorosa.

"En aquellos países templados, donde los ardores más remisos dejan a los deseos mayor confianza en las virtudes, no han sido privadas las mujeres de su libertad; pero la severa legislación las ha colocado, en casi todas las cosas, bajo la dependencia. Al principio fueron condenadas al retiro, y separadas tanto de las diversiones como de los negocios; después quisieron los hombres insultar su razón mediante una larga tutela. En unos climas se ven ultrajadas por la poligamia, la cual les concede por compañeras perpetuas sus mismas competidoras y concurrentes; en otros, están sujetas a los indisolubles lazos, que comúnmente unen para siempre la dulzura con el desabrimiento y la ternura con el odio. En aquellos países donde son más dichosas deben no obstante reprimir sus deseos, y se ven oprimidas en lo que mira a disponer de sus bienes, vense privadas de su misma voluntad por las leyes, y esclavas de la opinión que las domina con imperio, se les imputa a delito aun la apariencia misma; háyanse rodeadas por todas partes de unos jueces, que son a un tiempo sus seductores y tiranos, y preparándoles o disponiéndoles sus defectos, se los castiga con la deshonra, y se usurpan el derecho de mortificarlas con las sospechas. Tal es, poco más o menos, la suerte de las mujeres en todo el orbe. Los hombres son con ellas indiferentes o tiranos según los climas y edades; unas veces la opresión es fría y tranquila, como es la del orgullo, otras es violenta y terrible, cual es la de los celos; de suerte que cuando no son amadas no son nada, y cuando son adoradas están expuestas a mil tormentos; y así tienen que temer igualmente tanto el amor como la indiferencia. Por fin, parece que la naturaleza las ha colocado en las tres partes de la tierra entre el menosprecio y la infelicidad.

"Sin embargo, es preciso confesar que no todos los hombres fueron igualmente injustos, pues en algunos países se tributaron públicos respetos a las mujeres: las artes les han levantado monumentos y la elocuencia ha celebrado sus virtudes."

Hasta aquí monsieur Tomás a nuestro intento; y ya ves, según esta pintura, que las mujeres, lejos de haber disfrutado generalmente los gajes de aquella soberanía a que se consideran acreedoras, casi siempre, ya más ya menos, han sido el juguete de los hombres a proporción de sus caprichos, costumbres, climas, religión y gobierno.

—Todo está bueno, contestaba Matilde; pero, no dudando de la verdad de ese autor, quisiera saber en qué somos las mujeres inferiores a los hombres, porque ciertamente, si lo somos tanto, no puede haber mayor infelicidad que ser mujer, y una infelicidad tanto más dura cuanto que caemos en ella sin culpa nuestra, pues no está en nuestra mano elegir sexo.

—La inferioridad de la mujer respecto al hombre, respondía el coronel, no consiste en otra cosa que en la debilidad de su constitución física, es decir, en cuanto al cuerpo; pero en cuanto al espíritu en nada son inferiores a los hombres, pues no siendo la alma hombre ni mujer, se sigue que en la porción espiritual sois en todo iguales a nosotros.

Es verdad que en las mujeres se notan algunos vicios, como también virtudes, que parece que les son peculiares, o a lo menos, se dejan conocer en ellas con más frecuencia que en los hombres. Por ejemplo: parece que las mujeres son naturalmente más compasivas, más tiernas y sujetas a su religión que los hombres. La santa Iglesia las honra y distingue llamándolas el sexo devoto. Así también parecen más inclinadas al engaño, a la simulación, a la ira y a la venganza, con lo(14) que se pudiera probar, en caso de ser esto una verdad demostrada, que la alma de las mujeres tenía alguna diferencia de la nuestra; mas no es así, como te lo haré ver.

No se puede negar la dependencia recíproca que tiene el cuerpo del espíritu, y éste de aquél; quiero decir, somos compuestos de dos naturalezas(15) enteramente distintas, cuales son la material y la espiritual; como las dos están tan íntimamente unidas, cualquiera de las dos influye en su compañera de un modo tan continuo como maravilloso. Apenas se enferma el cuerpo, cuando se resiente la alma y se entristece, y ves aquí, que la tristeza de la alma no la origina otra cosa que la enfermedad o daño que padece la porción material del cuerpo. Por el contrario, recibe el hombre una fuerte cólera, una pesadumbre muy vehemente, las cuales son pasiones a que está sujeto el espíritu, y al instante, sin que ninguna cosa material toque el cuerpo, éste se(16) enferma, padece, y a ocasiones es tan terrible la alteración de la máquina, que se desorganiza todo el mecanismo de la vida y muere el paciente en el momento.

En esta inteligencia, dicen muchos sabios, que la causa de que en las mujeres se adviertan estos vicios o aquellas virtudes con más frecuencia que en los hombres, no es otra que la diversa organización de sus cuerpos; y así deducen, por ejemplo, que si la mujer es más tímida que el hombre, es porque su constitución física es más débil.

Yo convendré con esta opinión de buena gana; pero limitándola a ciertas y determinadas circunstancias, y jamás concediendo la extensión y generalidad que algunos han pretendido. Yo permitiré sin repugnancia que la alteración del cuerpo de la mujer influya algunas veces poderosamente en su espíritu, ya se considere esta alteración natural, o ya casual por una enfermedad que la predisponga, y si se quiere, que la precipite a cometer algunos excesos, que o no cometería un hombre, o quizá los cometería con menos facilidad; mas no concederé que la(17) alma de la mujer, siempre que quiera hacer buen uso de la razón, no tenga bastantes fuerzas para vencerse sobre la particular influencia de su cuerpo. Si esto no fuera una verdad inconcusa, las mujeres serían en lo general menos responsables que los hombres ante Dios del desarreglo de su conducta moral, teniendo por absoluta disculpa el ser mujeres; lo que no es así pues a todos obliga la ley, y todos tenemos a proporción los auxilios necesarios para observarla.

Bien conozco que ésta es una materia, que por lo(18) seria, acaso te será fastidiosa; pero si la escuchas y la masticas con atención, te facilitará muchos principios para que no incurras en mil groseros errores en que incurren muchas mujeres, sólo por no querer instruirse en ellos.

—De ninguna manera me disgusto de tus conversaciones, decía Matilde, y sería una necia y una(19) mal agradecida si a modo de lechuza me incomodara con la luz sólo porque mis ojos no estaban acostumbrados a verla. Lo contrario, yo me engolosino en escucharte, y siento no comprender cuanto me dices; pero por eso te pregunto, y en prueba de ello, quiero que con algún ejemplo me confirmes en las dos cosas que me has dicho. La primera: que una enfermedad o la natural constitución o formación(20) del cuerpo de las mujeres influye algunas veces en ellas, de modo que cometen algunos y determinados excesos con más frecuencia que los hombres, y la segunda, que a pesar de la natural o accidental influencia del cuerpo de la mujer sobre su espíritu, puede ésta, haciendo buen uso de su razón, vencerse y no hacer aquello a que la instiga la organización natural o la particular enfermedad de su cuerpo. Yo no comprendo cómo pueda ser eso, y quisiera oír una prueba de esta verdad.

—No sabes cuánto gusto me das, respondía el coronel, cuando me hablas con esa claridad, pues el que, después de oír propone dudas y hace preguntas, da a entender que escuchó con cuidado y se penetró de la conversación. Así pues, tú has entendido bien cuanto he dicho; pero te hace fuerza como la alma de la mujer por sí misma, con sólo el auxilio de la razón, pueda vencer aquellas instigaciones violentas, a cuyo cumplimiento se siente como obligada por la inmediata influencia de su cuerpo. Para acceder a esta opinión me pides un ejemplo: solicitud muy justa, pues los ejemplos valen para convencer el entendimiento, mejor que(21) las teorías más elocuentes.

Por eso te voy a demostrar con un caso que nos refiere la historia, entre otros muchos, cuán poderosamente influyen las particulares afecciones del cuerpo de la mujer sobre su espíritu, y cuánta virtud tenga éste, ayudado de la razón, para dominar el poderío de aquella influencia.

Todos los médicos saben que las mujeres en el tiempo de la pubertad están sujetas a padecer una enfermedad terrible que se conoce con el nombre de furor uterino, el cual es un delirio o frenesí que las hace cometer, por obra o por palabra, mil excesos vergonzosos y repugnantes a toda persona honesta y recatada. La medicina tiene un remedio fácil para curar esta enfermedad; mas nuestra religión católica justamente lo prohíbe, y es ilícito,(22) permitiendo siempre que lo substituya el legítimo matrimonio.

Plutarco en su obra de las Mujeres ilustres,(23) alabando al natural pudor de la mujer, refiere que en la ciudad de Mileto las doncellas acometidas de esta enfermedad o locura que te he dicho se mataban a sí mismas, y eran tan repetidos estos suicidios que el Senado, no pudiendo contenerlos, mandó por ley expresa que la que de esta suerte se matase fuera paseada desnuda y expuesta en la plaza más pública. ¡Eficaz remedio! Esto sólo bastó para contenerlas, y las que despreciaban su propia vida, no atreviéndose a despreciar su pudor, se abstuvieron de sacrificarse a la desesperación. Sin duda la vergüenza las volvió en sí y las hizo entrar por el camino de la recta razón.

Ya ves con este ejemplo probado el poder del cuerpo enfermo de la mujer sobre su espíritu, y el poder de éste obrando con razón sobre la influencia de su cuerpo. El hecho merece todo crédito por respeto al autor que lo refiere; pero si nos fuera permitido citar otros ejemplos semejantes, ¿cuántas milesianas halláramos entre nosotros que, acosadas de la misma dolencia, saben refrenar su pasión, moderar su apetito y sujetar su inclinación, hasta el extremo de perder la vida, antes que faltar a las leyes del decoro? Acaso ya me has entendido y está tu entendimiento satisfecho.

—Sí está, dijo Matilde; pero del mismo modo quiere estarlo en muchas otras cosas, y así habrás de sufrir que te pregunte.

—Pregunta cuanto quieras, decía su esposo, que yo tengo sobrada paciencia para escucharte, y mucho gusto en responder a tus preguntas.

—Pues oye, proseguía Matilde; ya entiendo que las mujeres nacimos sujetas a los hombres con una dependencia forzosa, que aunque dictada por la naturaleza y autorizada por las leyes, no nos es indecorosa como dices; pero ahora pregunto: ¿por qué los hombres por la mayor parte nos han tratado con tanta altanería y nos han sujetado a sus caprichos, valiéndose sólo de nuestra natural debilidad, a pesar de conocer que somos iguales a ellos en el alma?

—Porque los hombres, respondía el coronel, que así lo han hecho, los más han sido unos bárbaros, que o no han escuchado o han despreciado los clamores de la naturaleza, y desentendiéndose de estos innatos sentimientos se han sabido aprovechar de la imbecilidad de las mujeres para oprimirlas; y entiende que bajo el nombre de bárbaros no señalo solamente a aquellos gentiles paganos, que sin idea de verdadera religión, justicia ni sociedad, han procedido de este modo bárbaro, ultrajando aquellos dignos aunque febles objetos, que por otro lado apetecían; no hija: todo hombre que se vale de la flaqueza de la mujer para ofenderla y maltratarla, es un bárbaro y un pícaro, por más que se llame cristiano y civilizado entre nosotros. ¡Cuántos de éstos conoces! Yo ni calumnio ni desacredito al vecino Ramiro: su esposa es tu amiga y mil veces se ha quejado contigo del tirano proceder de su marido. Aunque ella no te hubiera revelado sus desdichas, a mí y a ti nos son bastante públicas. Sabemos que el marido está entretenido, que cuanto adquiere es para su dama, que a sus hijos y mujer legítima los tiene desnudos y muertos de hambre, que jamás les hace el más mínimo cariño y agasajo, y que después de este indigno proceder, por la más mínima friolera la riñe, la golpea y la obliga a quejarse con nosotros a cada instante. ¡Cuántas veces ha venido la infeliz mujer a pedirte un trapo con qué cubrirse y un bocadito con que alimentar a sus criaturas! Su marido es un español, un cristiano, un bien nacido, y como dicen, un hombre decente, ¿y diremos que éste cumple con las obligaciones de un noble, de un católico y de un hombre de bien, criado en la culta sociedad? De ningún modo. Éste es un pícaro, un vil, un infame, un irreligioso y bárbaro, pues abusa de la bondad y debilidad de su esposa para hacerla infeliz hasta lo sumo. ¿No le basta al hombre abandonado ser infiel a su mujer y descuidarse con sus hijos? ¿No le basta ser mal marido y ser mal padre? ¿Aun es preciso que se constituya un verdugo y un tirano cruel y déspota sobre unos entes miserables que no pueden hacerle resistencia? Pues, hija, de estos maridos y padres inicuos se ven a miles cada día entre nosotros. Los jueces, las cárceles, los presidios, las calles y las casas son testigos de esta verdad. ¡Antes deje yo de existir que me cuente en semejante número! Conoce pues, hija mía, que los hombres en todas partes y en todos tiempos han oprimido a las mujeres porque son ellas débiles, no porque ellos hayan obrado ni obren con justicia; pero esperen y teman que aquel Ser Soberano, que es justo y recto por esencia, algún día tomará en ellos una cruda venganza de los injustos agravios que han inferido a unas criaturas suyas, que tal vez no han tenido otro delito para sufrirlos que ser de una constitución más débil, porque Dios, que lo puede todo, es el que se reserva la venganza del que no puede nada.

De todo lo expuesto debes deducir, en primer lugar, que la mujer es inferior al hombre en cuanto al cuerpo; pero igual en todo a él en el espíritu. Una señorita no podrá levantar del suelo un tercio de seis u ocho arrobas(24) de peso, que un arriero alza con la mayor ligereza sobre el lomo de una mula; pero será capaz de penetrarse de una pasión amorosa y honesta, de derramar lágrimas de ternura sobre un infeliz y de ejecutar los actos más piadosos de virtud, quizá con más verdad y más sensibilidad que el mismo arriero, cuyo espíritu, aunque igual en la substancia, tal vez no está adornado de los mismos sentimientos, o no los posee en igual grado.

En segundo lugar, debes advertir que sólo los salvajes en los montes, y los necios y pícaros en las ciudades, desprecian, escarnecen y maltratan a las mujeres sólo porque lo son, y porque no tienen suficiente vigor a(25) resistirlos; pero el hombre civilizado y que conoce las leyes de la humanidad y del honor jamás abusa de su debilidad para ultrajarla; antes bien las aprecia, las honra y las defiende de los insultos que les infieren los malvados. Las leyes civiles decididamente las protegen.

Finalmente debes(26) entender, y no es en(27) vano repetirlo, que si los hombres las han separado de la guerra y del manejo de los negocios públicos, no es esto un efecto de desprecio, sino de respeto a su débil constitución, y para(28) reservarlas para aquellos objetos a cuya conservación la naturaleza privativamente las destina.

—Yo quedo convencida, dijo Matilde, de que somos inferiores a los hombres por la debilidad de nuestro cuerpo, pero iguales a ellos por la naturaleza de nuestras almas, y a veces superiores a muchos por los dotes del espíritu.

Quedo también entendida de que esta debilidad no es un motivo para que nos insulten y desprecien, sino más bien una recomendación para que el hombre culto nos compadezca y estime en todos casos. Todo esto está entendido; pero dime: ¿esta debilidad de que se valen el salvaje grosero y el ciudadano pícaro para oprimirnos como dices es de tal jerarquía que por sola ella muchos hombres de nuestros países no sólo nos estimen y respeten, sino que se nos humillen y casi nos adoren en lo público? ¿Tan buenos son los hombres de mi tierra?, ¿tan compasivos, atentos y rendidos?, ¿tanto es el privilegio que concede a la mujer la debilidad de su sexo, que por otra parte la hace inferior al hombre? ¡Oh, si los hombres obran con sinceridad con(29) nosotras, feliz es nuestra inferioridad, y dichosa la débil constitución de nuestro cuerpo!

Iba el coronel a responder la graciosa ironía de su mujer, cuando lo embarazó un accidente, que sabrá el lector en el capítulo que sigue.

 


(1)  "La mujer virtuosa es una excelente herencia: ésta es la de los que temen a Dios, y será dada a un hombre por sus buenas acciones. Que sean ricos o pobres tendrán el corazón contento, y la alegría estará siempre en sus semblantes." "Pars bona, mulier bonain parte timentium Deum, etcétera. Eccles. 26." Blanchard, Escuela de las costumbres, t. I, p. 235.

(2)  4ª omite "en".

(3)  Añadido en 4ª. 1ª, 2ª y 3ª dicen: "trataba de inspirarla".

(4)  Añadido en 4ª.

(5)  4ª: "muchas cosas, un poco de lo que me dices me quieres persuadir".

(6)  Añadido en 4ª.

(7)  4ª omite "un".

(8)  3ª y 4ª omiten "sea".

(9)  Antonio Leonardo Tomas o Thomas (1732-1785). Literato francés y miembro de la Academia Francesa. Su poema "Jumonville" ganó cinco veces el premio de elocuencia de la Academia Francesa. También recibió el premio de poesía por su Oda al tiempo. Asimismo escribió: Elogio a Marco Aurelio, Ensayo sobre los elogios, Ensayo acerca de las mujeres (obra a que alude Fernández de Lizardi), Cartas y la Petreida (o el zar Pedro el Grande).

(10)  Añadido en 4ª.

(11)  4ª: "adoradas".

(12)  4ª omite "el".

(a)  Habla el autor de los indios bárbaros y salvajes: bien que nadie lo desmentiría si dijese que entre las naciones cultas europeas hay hombres que imitan a los indios, y a veces por caminos más vergonzosos; pero de esto se hablará en su lugar.

(13)  4ª: "sagrada".

(b)  Habla de los eunucos o esclavos castrados que las guardan.

(14)  2ª, 3ª y 4ª: "la".

(15)  4ª: "substancias".

(16)  4ª omite "se".

(17)  4ª: "el".

(18)  4ª omite "lo".

(19)  4ª omite "una".

(20)  4ª: "conformación".

(21)  3ª y 4ª omiten "que".

(22)  4ª: "la religión católica justisímamente lo prohíbe como ilícito".

(23)  En Los tratados, cap. "Sobre las mujeres", sección "Milesias", Plutarco escribe: "Súbitamente se vieron poseídas de un vivo deseo de morir, y de unas ganas furiosas de ahorcarse... Por fin, a propuesta de un hombre de buen juicio, fue decretado que cuantas jóvenes se ahorcasen serían llevadas desnudas a la hoguera cruzando la plaza pública. El decreto se puso en práctica... acabó con tal manía de suicidio. Dio además una prueba de excelente naturaleza y de virtud el temor a la infamia que representaba." Trad., pról. y notas de Juan B. Bergua, Madrid, Ediciones Ibéricas, s. a., p. 87.

(24)  arrobas. Cada arroba equivale a once kilos y medio aproximadamente.

(25)  4ª: "para".

(26)  3ª: "deben".

(27)  4ª omite "en".

(28)  4ª: "por".

(29)  2ª, 3ª y 4ª: "como".