CAPÍTULO IV
Dase razón del fin de la campaña de Tremendo;
desafía éste a Catrín, y se trata sobre los duelos
Con los sables levantados en el aire quedaron nuestros dos bravos campeones en el capítulo pasado; pero no los tuvieron ociosos mucho tiempo. Tremendo tiró un furioso tajo sobre la cabeza de Modesto, quien le hizo un quite muy diestro, pero desgraciado para mí, porque el sable se deslizó sobre mi hombro izquierdo, y no dejó de lastimarme; yo me irrité como debía, y acordándome de las lecciones que me habían dado mis amigos sobre que no me dejara de nadie, que vengara cualquiera ofensa, por leve que fuese, y que no disculpara la más ligera falta que contra mi respetable persona se cometiera; acordándome, digo, de éstas y otras máximas morales, tan bellas y seguras como las dichas, me encendí en rabia, y como poco acostumbrado al uso del sable, se me olvidó echar mano a él, y, afianzando el vaso de aguardiente que tenía delante, lo arrojé a la cara de Tremendo; pero tuvo la fortuna de que se le quebró en el botón del sombrero, y se le introdujo algún licor en los ojos. Entonces dos veces ciego con la cólera y con el alcohol, se enfureció terriblemente y comenzó a tirar tajos y reveses al montón que Dios crió;(1) pero tantos, tan seguidos y sin orden, que a todos nos puso en cuidado aquel maldito loco.
El alboroto fue terrible; los vasos, escudillas,(2) botellas, mesas y demás muebles del café andaban rodando por el suelo, y nosotros harto hacíamos en defendernos con las sillas. Los pobres dueños de la casa estaban divididos en sus opiniones: unos querían pedir auxilio al cuerpo de guardia inmediato, y otros se oponían porque no les tocara la peor parte.
Los gritos, golpes, bulla y algazara eran insufribles, hasta que por fortuna dos compañeros tuvieron lugar de afianzar por los brazos a Tremendo; entonces le quitaron el sable, le metieron a lo más interior de la casa y trataron todos de serenarse, lo que no se pudo conseguir, porque Tremendo toda la furia que tenía con Modesto la volvió contra mí, y echando votos y maldiciones me maltrató a su placer, y concluyó jurando vengarse a fe de caballero y satisfacer el ultraje de su honor con la espada en la mano: —Para lo cual, si tu nacimiento es noble, me decía, y si eres tan valiente en el campo, cuerpo a cuerpo, como en los cafés, rodeado de tus amigos, a las cuatro de esta tarde te espero solo con mi sable en el cementerio de San Lázaro;(3) sé que no irás porque eres un cobarde; pero con tu miedo me daré por satisfecho, mi honor quedará con lustre, y tú pasarás por un infame entre los camaradas. Diciendo esto, se marchó sin esperar respuesta.
Todos se miraban con atención y con la misma me veían a la cara. Yo conocí cuánto significaba su admiración y su silencio; y aunque es verdad, como que me he de morir, que yo le tenía bastante miedo a Tremendo, y que le hubiera dado todo lo que tenía en el bolsillo porque no me hubiera desafiado, me avergoncé de haber callado; y haciendo de tripas corazón, les dije: —No hay cuidado, amigos, no hay cuidado; está admitido el duelo, a la tarde nos batiremos en el campo. ¿Qué se dijera de don Catrín Fachenda si en el primer lance público de honor que se le ofrece manifestara cobardía? No, de ninguna manera huiré la cara al peligro. Bueno no fuera que un militar, que no debe temer una fila entera de enemigos, tuviera miedo a un patarato(4) hablador como Tremendo. Dos brazos tiene él como yo, un sable llevará tan bueno como el mío, y no ha de dejar a guardar su corazón en su casa, como ni yo tampoco.
Puede matarme y yo también puedo matarlo a él, que será lo más seguro. Ya le tengo lástima, porque si le acierto el primer tajo así como el vasazo de aguardiente, bien puede ver dónde lo entierran.
No dejaron algunos de reírse de mis bravatas; pero todos apoyaron mi determinación de admitir el duelo, y yo conocí que me consideraron por hombre valiente, de honor y de resolución, menos Modesto, quien me dijo: —Vamos, amiguito, déjese usted de locuras y quijotadas. Hacer un desafío y admitirlo no prueba el más mínimo valor. Se hacen por venganza, y se admiten por soberbia.
No consiste el honor en la punta de la espada,(5) sino en lo bien ordenada de las costumbres. Más valor se necesita para perdonar una injuria, que para vengarla;(6)esto todo el mundo lo conoce y lo admira, y la historia nos conserva millares de ejemplos que comprueban esta clase de verdadero heroísmo.
Cualquier alma noble se enternece al oír la generosidad con que José en Egipto perdonó a sus pérfidos hermanos que de muchacho le vendieron a unos mercaderes por esclavo.(7) Mayor parece David cuando perdona a su enemigo Saúl la vida que cuando camina a vengarse de la bárbara grosería del marido de Abigail.(8)Alejandro, César, Marco Aurelio y otros lloraron por la muerte de sus capitales enemigos,(9) sintiendo los dos últimos el no haber tenido la gloria de perdonarlos. Echaban en cara al emperador Teodosio el Joven, que era muy humano con sus enemigos; y él respondió: "En verdad que lejos de hacer morir a mis enemigos vivos, quisiera resucitar a los muertos."(10) ¡Qué respuesta tan propia de un emperador, digno de serlo!
Sería cansaros, amigos, y cargar yo con la nota de un pedante que pretende vomitar de una vez toda su erudición, si dijera aquí todos los sucesos ilustres de esta clase que se me vienen a la memoria: baste repetir que el perdonar una injuria es más glorioso que el vengarla. Por eso dice Dios por Salomón: "El hombre pacífico es mejor que el valiente y animoso; y el que dueño de sí mismo sabe dominar su corazón, vale más que el conquistador de las ciudades."(11)
El vencer un hombre a su enemigo puede consistir en una contingencia, que después se atribuye a valor, habilidad o fortuna; pero el vencerse a sí mismo prueba sin duda un uso recto de la razón, un gran fondo de virtud y una alma noble. En ninguna ocasión lucen mejor estos vencimientos que cuando se perdonan las injurias; entonces sí, entonces se conoce la superioridad de una alma grande. Por esto decía el conocido y célebre Descartes: "Cuando me hacen una injuria, procuro elevar mi alma tan alto, que la ofensa no llegue hasta a mí."(12) Según esto, ¡qué grande no fue el elogio que Cicerón hizo de César cuando dijo que "nada olvidaba sino los agravios que le hacían!" Esta sola expresión en boca del orador romano nos retrata la bondad de aquel grande hombre.
Al contrario, el vengativo manifiesta de a legua su vileza y la ruindad de su corazón; verdad que conocieron los gentiles no ilustrados con las luces del Evangelio. "El querer vengarse, decía Juvenal, es la seña inequívoca de un ánimo débil y de una alma pequeña."(13)
Por lo común los espadachines y duelistas no son sino los más malvados y groseros de todo el mundo. Ignorantes de lo que es el verdadero honor, pretenden acogerse a él para vengarse y satisfacer su excesiva soberbia; y si en cualquier ciudadano es abominable este ruin carácter, lo es aún más en un militar, en quien se debe suponer que no ignora lo que es honor verdadero ni las leyes de la buena educación que nos prescriben ser atentos, afables y prudentes con todos.
Con razón Teodorico escribía a sus militares pendencieros: "Volved vuestras armas contra el enemigo, y no os sirváis de ellas los unos contra los otros. Jamás unas querellas poco importantes en sí mismas os conduzcan a excesos reprensibles. Someteos a la justicia que hace la felicidad universal. Dejad el acero cuando el Estado no tiene enemigos, pues es un gran crimen levantar la mano contra los ciudadanos por cuya defensa sería glorioso exponer la vida."
Yo, compañeros, conozco que tal vez os habrá disgustado mi larga arenga; pero dispensadme, pues todos mis esfuerzos se dirigen a que el caballero don Catrín prescinda, como debe, del duelo para que está citado y que viva en la inteligencia de que nada pierde por esto del buen concepto que se merece entre nosotros.
—Eso no puede ser, dije yo, porque será pasar por un cobarde y un infame en la opinión de Tremendo.
—Lo contrario será si usted admite el desafío, me contestó Modesto; en tal caso sí será usted un infame por las leyes y un excomulgado por la Iglesia, que negará aun un lugar sagrado a su cadáver si muriese en el desafío.
Como militar nuevo aún no habrá visto usted la real pragmática sobre este punto; pero por fortuna tengo en el bolsillo el tomo tercero de las Ordenanzas militares(14)donde se halla, y se la he de leer a usted toda, aunque no quiera, para que no alegue ignorancia ni me culpe si yo lo denuncio, caso de que persista en su intención de admitir el desafío que le han hecho. Oiga usted.
Don Felipe, etcétera (aquí nos encajó toda la cédula al pie de la letra), y luego prosiguió.
No puede estar más clara la benéfica intención del legislador en beneficio de la humanidad. Ni sólo en España se ha hecho abominable la maldita costumbre de los duelos, nacida desde tiempos atrás entre las naciones bárbaras y feroces del norte. Gustavo Adolfo,(15) su primer conquistador, el que trató de reducir a aquellas gentes a la mejor civilización, en el siglo XVI, sabiendo que los duelos comenzaban a hacer destrozos en su ejército, los prohibió con pena de muerte. Sucedió, dice el abate Blanchard,(16) que dos de sus principales oficiales se desafiaron y pidieron al rey licencia para batirse cuerpo a cuerpo. El rey al pronto se indignó de la proposición; pero sin embargo consintió en ella, añadiendo que quería ser testigo del duelo. Fue a él con un pequeño cuerpo de infantería que colocó alrededor de los dos valientes, diciéndoles: Vamos; firme, señores; combatid ahora mismo hasta que uno de vosotros dos caiga muerto. A seguida hizo llamar al verdugo del ejército, y le dijo: al instante que muera uno de los dos, córtale al otro la cabeza delante de mí. Esto bastó para que, reconociendo ambos su soberbia necedad, implorasen el perdón del rey, reconciliándose para siempre y dando con este ejemplar una lección tan eficaz en la Suecia, que desde entonces no se oyó hablar más de los duelos en el ejército.
—¡Cáspita en la sentencia!, dijo Tarabilla; ése era el juego del ganapierde, pues en riñendo, los dos morían; mas no se puede negar que la intención del rey fue buena, pues no quiso que muriera ninguno.
Con esto se concluyó nuestra sesión, porque dieron las dos de la tarde y cada uno nos despedimos para irnos a comer a nuestras casas.
Yo llegué a la mía; comí con inquietud, porque cuanto dijo Modesto lo tuve por un efecto de cobardía, y resuelto a admitir el duelo, apenas me tiré en la cama un corto rato para pasar la siesta y sin dormirme, pues estaba pendiente del reloj.
Dieron las tres y media y al instante me levanté, tomé mi sable, marché para San Lázaro, encontré con Tremendo, reñimos y quedamos amigos, como veréis en el capítulo que sigue.
(1) montón que Dios crió. Sin comedimiento, sin mesura.
(2) escudillas. Vasijas o platos de forma de una media esfera que se usan comúnmente para servir la sopa o el caldo.
(3) cementerio de San Lázaro. Adjunto al hospital para leprosos fundado en el siglo XVI. Ubicado en el actual barrio de San Lázaro. Ahí fue enterrado Fernández de Lizardi en 1827.
(4) patarato. O pataratero: el que usa pataratas, demostración afectada y ridícula en la conversación. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(5) Mucho de lo que se aduce aquí respecto a los duelos fue sacado del capítulo XIX ("Soyez homme d'honneur") de L'ecole des moeurs del abate Blanchard: Escuela de costumbres o reflexiones morales e históricas sobre las máximas de la sabiduría. Obra útil a toda clase de personas, trad. de Ignacio García Malo, secretario patriarcal de las Indias y del Vicariato de los Reales Ejércitos, Madrid, Imprenta de Villalpando, 1797.
(6) Más valor se necesita para perdonar una injuria que para vengarla. Tomado del tomo II de la obra de Blanchard. San Gregorio dijo: "Es más glorioso y honroso escapar a una injuria callándose, que vencerla contestando."
(7) Este párrafo está tomado casi textualmente de la obra de Blanchard antes mencionada, t. II.
(8) Lo mismo sucede con esta alusión a David.
(9) Alejandro derrotó a Darío en Iso. Esta alusión Fernández de Lizardi gustaba de traerla a colación. En las Conversaciones del Payo y el Sacristán, t. I, núm. 25, dice: "porque todos somos hombres y debemos amarnos como hermanos y llorar sobre la sangre del enemigo como sobre la nuestra. Ésta no sólo es virtud cristiana sino natural; por eso Alejandro lloró sobre el cadáver de Darío." Cf. José Joaquín Fernández de Lizardi, Obras V-Periódicos, p. 267.
(10) Cita textual de la obra de Blanchard, t. II.
(14) Ordenanzas militares. El título completo es Colección general de ordenanzas militares. 10 vols.