CAPÍTULO III

 

En el que se refiere la conversación de las dos niñas,
y se descubren los formidables espectros 

que asustaron a la tímida Quijotita



Muy inquieta estaba Pudenciana mientras asistió a la conversación de sus mayores, rabiaba por builir(1) a Pomposa acerca de la nueva(2) vida que había entablado; pero aunque gustaba de oírla delirar, la temía un poco, porque Pomposa no era boba y había leído mucho, aunque sin orden ni elección; pero le sobraba labia para aturdir a los menos avisados; y así me nombró por su defensor in pectore, y cuando se fueron las dos solas, me hizo seña que la siguiera. Yo cumplí su gusto con prontitud, porque tenía complacencia en oír las producciones de Pomposa.

Luego que estuvimos solos, dijo Pudenciana a su prima: —¿Conque, niña, cuéntame, ¿cómo te ha ido de espantos?(3) —Fatalmente hermana, ¿cómo quieres que me vaya? ¿Te parece cosa de juguete ver al diablo? Ya se ve que no, ¿pero que tú lo viste? —Toma si lo vi, y todo entero. —¡Ay, qué feo será! —Endemoniado, niña. Míralo tú con su cabeza de cochino, sus cuernos de toro, sus zancas de chivo y su rabo de mono. —Muy despacio lo estuviste mirando, según la descripción que me haces. —Apenas lo vi en un abrir y cerrar de ojos; porque luego luego me envolví la cabeza y comencé(4) a gritar a papá con todas mis fuerzas; pero en aquel instante se me quedó en la imaginación su abominable figura del modo que te la he pintado. —Ya se ve, prima, y como tú eres viva, fue fácil que se te quedara en la imaginación, y más que, según nos contó tía María, lo viste otra noche. —¡Ay, niña! ¡Ojalá y no lo hubiera visto!, y luego para rematar la cosa, ya te contarían lo de los golpes que oí en mi cabecera, que no sé cómo no me he vuelto loca del susto. —Y con razón, niña, decía Pudenciana; pero mira: esos golpes tal vez los darían en la vecindad de atrás. —Qué vecindad ni que nada, si la pared de esa recámara cae al patio del mesón, donde no hay gente, ni puede haberla, y mucho menos a tal hora. —Pues siendo así, prima, ¿a qué podremos atribuir esos espantos? —Ay, hermana de mi alma, ¿a qué los hemos de atribuir sino a avisos y particulares inspiraciones del cielo? Así lo juzgó mamá y yo también.

—Puede ser así, decía Pudenciana, y eso creo que se conoce mejor por los efectos, según dice mi padre. —Pues si en eso se conoce, avisos han sido y muy seguros, porque ha sido tal el susto que hemos llevado, que ya no queremos prestarnos a los alborotos del mundo. Mi madre y yo nos hemos ido a confesar; las tertulias de casa se han suspendido, y yo he reformado mi traje y mi vida enteramente.

—Yo me alegro, hermana, de esa mudanza de costumbres tan repentina. Lo que le has de pedir a Dios es la perseverancia, porque suelen algunas conversiones como la tuya ser sólo llamaradas de petate,(5) que tan pronto se encienden como se apagan. —Así serán; pero la mía no es de ésas, gracias a Dios. Cada día me siento más robusta para seguir el camino de la virtud. ¿Mas quién no lo ha de seguir al considerar que esta triste vida no es otra cosa sino una cadena de desgracias que nos rodea por todas partes? ¿Qué son los placeres del mundo sino aparentes bujerías(6) que nos deslumbran para no ver las eternas verdades? Las mayores satisfacciones que tú y yo podemos apetecer en nuestra edad, ¿qué son sino unos encantos tan lisonjeros como vanos? Es verdad que sus apariencias son brillantes, pero su resplandor es de oropel, sin una gota de sólido valor; y si no, advierte, Pudenciana, si todos los dones de la naturaleza y la fortuna, reunidos en una sola persona, serán capaces de proporcionarle aquella sólida felicidad a que aspira su corazón, si éste no se halla tranquilizado con la gracia.

Todo lo tuvo Salomón: juventud, hermosura, salud, riquezas, talento, poder y una multitud de bellezas que lo adoraba[n].(7) ¿Quién debía juzgarse más feliz entre los mortales? Todos lo tenían por tal, menos él mismo, que registraba su corazón y, hallándolo desabrido en el centro de los placeres, hubo de conocer que todos ellos eran vanidad de vanidades,(8) tormentos y aflicción del(9) espíritu.

Pues si esto pasó a Salomón, ¿qué deberé yo esperar, cuando estoy tan distante de verme en el colmo de la dicha en que él se vio? ¿No es preciso que conozca lo que es el mundo, cuáles sus deleites, cuáles sus esperanzas y cuál el premio que se prepara a sus secuaces?

Yo, prima mía, estoy convencida de estas verdades, y no quiero hacerme ya sorda a los divinos llamamientos. Los de estas noches han sido muy eficaces y sobrenaturales para ser desatendidos; y así, a lo que aspiro es a resarcir de alguna manera tanto tiempo como he perdido disipada con las bagatelas del mundo; y como al paso que temo el infierno y quiero entablar una vida cristiana, conozco cuán difícil puede ser esto en mi edad y enmedio de las concurrencias del siglo, estoy pensando separarme de él enteramente.

—¿Y de qué modo has pensado esa separación?, decía Pudenciana. —En eso está mi duda, eso es en lo que yo vacilo, contestó Pomposa. Dos caminos se me ofrecen para retirarme del mundo, y en los dos hallo mil dificultades que vencer. El monasterio y el yermo son seguramente dos asilos contra los peligros de una sociedad corrompida como la nuestra; pero se necesita mucha madurez en la elección.

Los conventos son sin duda unos planteles de virtud; pero en éstos hay muchas personas enclaustradas, no todas con vocación, no todas por su gusto, no todas perfectas y todas humanas, miserables y con pasiones que a cada instante se revelan. De esto se sigue que son como indispensables algunos chismes, rivalidades, envidias, disgustos y otros defectos que, si no impiden el llegar a la perfección alguna vez, detiene[n] ciertamente a quien desea llegar pronto a semejante estado. Es muy difícil esclavituar la voluntad al gusto de los superiores, y más difícil conformar el propio genio con el ajeno, hacerse a todos los pareceres sin hipocresía, condescender con diversas opiniones sin delinquir contra la ley y luchar contra nuestros naturales sentimientos.

Cuando no haya otra cosa en los claustros, yo sé bien que no faltan estos crisoles en que afinar una virtud perfecta, pues donde hay muchas monjas, niñas y mozas o criadas de servicio, hay sociedad, y donde hay sociedad hay peligro. En conclusión: en los conventos hay su mundo, y en un(10) mundo, cualquiera que sea, hay mil riesgos, que son los que pretendo yo evitar.

Por tanto, estoy por decidirme por el yermo, y me parece que mi vocación es de ermitaña.

—Pero ¿qué, tendrás valor para ser ermitaña?, decía Pudenciana. —Y ¿por qué no?, contestaba Pomposa; es cierto que a los principios me espantará la soledad del campo, el triste ruido de los árboles, especialmente por la noche; me será desagradable hasta lo sumo la dureza de las peñas, lo insípido de las yerbas, lo obscuro de los valles, el rugido de los leones y la ninguna compañía de los mortales; sin contar con lo extraño que le será a este ruin cuerpo carecer de todas las comodidades que ha disfrutado como son del gusto de su paladar, el abrigo y lujo de sus carnes, la molicie de su cama y la carencia de todos sus acostumbrados pasatiempos.

¿Cuál debe ser, prima mía, el sentimiento que experimentará mi espíritu al separarse para siempre de papá, de mamá, de mis tíos, de ti, de mis amigas, y... (no te escandalices) de mis finos adoradores? ¡Oh!, la separación de estos dulces y estrechísimos objetos de mi amor ha de ser el sacrificio más costoso que pueda hacer mi voluntad al Ser Supremo; pero ¿qué no se debe hacer por conseguir el cielo? Y así yo, desde esta hora, ermitaña me llamo y no otra cosa.

—Pero ¿que tendrás valor para emprender un género de vida semejante? —Y ¿por qué no? ¿Soy yo de otra masa que fue santa Rosalía?(11) No por cierto; esta ilustre doncella era más joven, más tierna y delicada que tu prima; y tuvo bastante valor para salirse sola de su casa, abandonar el mundo y retirarse a la cueva de Quisquina, ¿por qué, pues, no tendré yo igual intrepidez para imitarla? —Es verdad, decía Pudenciana; pero esa princesa fue una heroína, y no todos tienen una misma firmeza ni una misma vocación ni auxilios. Mi papá dice que todos estamos expuestos a equivocarnos con nuestras opiniones, y que en las mujeres los fervorosos y repentinos impulsos de devoción no suelen ser sino viarazas(12) y efectos de una oculta soberbia refinada con la que se creen capaces de hacer lo más grande y mejor que han hecho los santos inspirados particularmente por Dios; pero que en la realidad, muchas acciones de sus siervos son más para admiradas que para seguidas, y yo creo que la resolución de santa Rosalía en salirse de su casa, es una de ellas, y tú no debes imitarla sin una inspiración particular, y con permiso de tu confesor. ¿Ya se los has consultado? —Yo no, para qué. Si tengo o no esas inspiraciones, yo lo sé. El confesor tal vez las dudará y me impedirá poner en ejecución mis designios, o porque no los crea justificados, o porque no tenga el mismo fervor con que yo me siento animada; y así, si me resolviere, yo sabré qué he de hacer cuando sea tiempo. Pero dime, ¿cuántos caballos tiene mi tío en su casa? —Dos y el macho del mozo, respondió Pudenciana; mas por qué esa pregunta. —Ya lo sabrás; y entretanto que Dios dispone lo que ha de ser de mí, te encargo mucho y a usted también (me decía a mí) que reserven esto con el secreto conveniente, y tú, hermana, no tengas cuidado de tu prima, que ni será la primera mujer que habite en soledades ni que se familiarice en ellas con los ángeles. —¡Ay!, pues qué, Pomposita, tú tienes esperanzas de familiarizarte con los ángeles. —Y por qué no, si mi virtud se perfecciona, qué embarazo tendrán los espíritus celestiales para bajar a consolarme y confortarme en las asperezas de mi retiro; ¡oh, con qué alegría no escucharé, tendida sobre la verde yerba, los himnos y motetes(13) que me cantarán los encendidos serafines, y con cuánto regocijo y humildad...!

A este punto llegaba el delirio de Pomposa, cuando una criada entró a avisarnos que era hora de cenar y los señores nos esperaban en la mesa. Con este motivo se deshizo nuestra tertulia y fuimos todos al comedor.

Durante la cena, movió el coronel la conversación sobre los espantos anteriores. Todos los de la casa los afirmaron, asegurando que habían sido sobrenaturales, y según como los pintó la pobre beata. El bueno de don Dionisio, aunque decía no haber visto nada, con todo esto, no tenía valor para negar lo que afirmaban su mujer y su hija.

Así que se desahogaron a su gusto y contaron las patrañas que tenían en la cabeza, el coronel con mucha flema les dijo: —Ya ven ustedes todo eso, pues no hay nada. Todo no ha de pasar de alguna causa natural, que no se ha podido averiguar, o acaso serán efectos de la acalorada fantasía de mi sobrina. —Tío, usted me dispense, dijo Pomposa; pero yo puedo jurar que vi al diablo con estos mismos ojos con que veo a cuantos están aquí. —Yo no lo dudo, hija, mas tú sabes cuánto nos engañan los sentidos. Con estos mismos ojos ves los montes azules, una vara derecha torcida en el agua, el sol del tamaño de una tortera o comal grande y las estrellas como unos pequeños diamantes, y sin embargo [de](14) que así ves todo[s](15) esto[s objetos],(16) nada es como lo ves, sino enteramente distinto. Con que nada seguro es el testimonio de tus ojos, si es el único que tienes que alegar para que yo te crea.

Hija mía y usted hermana no se engañen ni fomenten ese espíritu espantadizo y asombrado.(17) Nuestros sentidos nos fingen los objetos distintos de lo que son en sí muchas veces, y nuestra fantasía nos alucina sin sentir. Ésta, más que los moldes, ha impreso, ¡cuántas veces!, milagros falsos y revelaciones apócrifas, de los cuales muchos están condenados por la santa Iglesia, y otras todavía dudosas sin merecer su aprobación canónica. Las revelaciones de la madre Ágreda(18) son unas de ellas.

Nuestra alma, encarcelada en la materia, padece cómo el cuerpo sus dolencias, y tal vez son sus enfermedades inconcebibles e incurables como las de éste. Quién creerá que un general valiente, que no temía un gran número de enemigos, patrocinados de la formidable artillería, temblase a la prensencia de un ratón. Quién se persuadirá a que el célebre Tasso, hombre instruido, ingenioso y uno de los talentos que honró(19) la Italia, creyese que se le aparecía un espíritu sabio que lo ilustraba. A quén le cabrá en el juicio que el gran Pascal se persuadiese muchas ocasiones [de](20) que a su lado estaba un precipicio y, con tal vehemencia, que aseguraba la silla y hacía poner tablones y otras cosas para no caer. Volvía en sí cuando sus amigos curaban con sus reflexiones su delirio; pero, dejándolo, a poco volvía con el mismo. Nadie creería estas extravagancias de estos(21) sabios, si no las refirieran autores tan calificados de veraces entre los literatos como son Blanchard y Muratori. Pues si unos hombres ilustrados, eruditos, estudiosos, se dejaron preocupar de su imaginación tan fuertemente que llegaron a ridiculizarse algunas veces, qué mucho será que ustedes se engañen o los engañe la(22) misma fantasía.

—Estos señores se engañarían, decía Eufrosina; pero mi hija no se engañó; en la segunda noche me parece que le vi los cuernos al enemigo. —No se preocupe usted, hermana, contestaba mi tutor: ni usted ni ella le han visto cuernos, ni cola ni nada. Todo eso es histérico, hipocondría o delirios, y no otra cosa.

Don Dionisio siempre hacía el papel de mirón en estas escenas: no hablaba una palabra, fuérase por su poca instrucción, o por su mucha prudencia para no contradecir a su mujer; pero esta vez no pudo disimular, habló y dijo: —Ello es hermano, que algo podrá ser de lo que usted dice; pero esta ocasión creo que no, y me fundo en que las dos aseguran una misma cosa, y no es posible que la madre y la hija se histericaran ni deliraran a un mismo tiempo. —Pues, señor don Dionisio, dijo el coronel, si ése es todo el fundamento que usted tiene, haga cuenta que nada vale, porque no hay una razón que la sostenga. No sólo es posible sino muy natural que una señora pusilánime y preocupada como mi hermana se intimidara y se persuadiera a(23) que ve a los espectros que aseguraba ver mi sobrina. Ésta se espantó, gritó y conmovió el espíritu asombradizo de su madre, la que, predispuesta a creer en los diablos [y] muertos nos visitan cuando se les antoja, no dudó de la verdad de Pomposita, ni se detuvo a examinar la causa de su espanto, sino que llena del mismo susto, sólo trató de socorrerla, y tal vez en su fantasía se pintó algo de lo que dice.

No me hace fuerza que haya tanta credulidad acerca de estos espantajos. Las malditas viejas con sus cuentos y patrañas acobardan a los niños, llenan sus cabezas de imágenes funestas y sombrías, y los acostumbran, aun cuando tratan de divertirlos, a creer todo lo maravilloso a lo divino y a lo humano. Esto es contándoles consejos(24) y ejemplos falsos. ¿Qué mucho es que estos niños cuando grandes crean con la mayor firmeza todas las boberías que aprendió su fantasía desde tiernos? Mucho cuidado tuve en apartar de Pudenciana estas viejas cuentistas y dañosas. Qué sé yo si me habrá valido. —No hay peor desgracia que llegar a vieja, señor don Rodrigo, dijo tía María muy enojada; mire usted que tema tiene con las viejas... —Yo no lo digo por usted señora. —No, ni lo diría usted porque yo, aunque soy vieja, ni soy embustera ni soy tonta. Sé muy bien dónde me aprieta el zapato, y cuando cuento alguna cosa de espantos, o los he leído, o los he visto, o me los han contado personas muy justas y fidedignas; pero usted nada cree. Yo no he visto hombre más incrédulo:(25) con razón dudo yo si será cristiano de deveras.(26)

—Sí, [lo soy](27) por la gracia de nuestro señor Jesucristo, respondió riéndose el coronel, soy cristiano; pero no muy bobo para creer cualquier(28) cosa. Estoy reñido con mil preocupaciones que corren bien recibidas en el vulgo, y los espantos son unas de ellas. —¿Pues que no hay espantos, en resumidas cuentas? —Sí los hay y muchos. El espanto no es sino una perturbación del ánimo que induce al temor más o menos violento, y no hay ni un solo hombre que no se espante alguna vez, por valiente y despreocupado que sea. La diferencia es que el hombre de esta clase refrena su temor y hace lugar a la reflexión sobre la causa que lo espanta en el mismo acto del susto, de lo que se sigue el desengaño, su serenidad y la mayor dificultad que tiene para espantarse otra ocasión con el mismo objetivo y en iguales circunstancias.

No así el preocupado cobarde; éste se espanta cada rato, porque sin examinar la cosa que lo asusta, suelta la rienda a la pasión del temor, y entonces o huye despavorido, o se rinde a un desmayo, o tal vez a la muerte, si su corazón es muy chico y la apariencia del espanto muy grande.

En todos estos casos se le cierra la puerta al desengaño; el espantado queda tenazmente persuadido a que fue realidad lo que vio, y de aquí resulta que se vuelve incurable y más espantadizo cada día. Vean ustedes lo importante que es a los principios hacernos fuerza para examinar la causa que nos espanta.

—Ése es el cuento, decía la beata, que nos pudiéramos detener en el instante que nos asustamos. ¿Quién había de tener esa paciencia? Entonces era señal de que uno no se asustaba. —Pues señora, el que se enseña a tener esa paciencia, aprende a no asustarse, porque llega a saber por experiencia propia que casi todos los espantos son efectos de nuestra imaginación dirigida por la ignorancia. —¡Ah! ¿Conque sólo los tontos se espantan? —A lo menos son los más expuestos a espantarse, y las más veces con frioleras.

—En dos palabras, hermano, decía doña Eufrosina, usted lo que quiere es hacernos creer que apenas hay milagros, y que los muertos y el demonio jamás se aparecen a los hombres. ¿No es esto? —No tanto hermana; pero muy cerca está usted de adivinarme. Dios es poderoso para hacer muchos milagros. Los ha hecho, hace y hará hasta el fin del mundo; pero no sin necesidad, a nuestro antojo, ni siempre que los apetecemos. El demonio y los cuerpos de los difuntos se han representado a la vista de hombres; pero muy raras veces, y fuera de las que nos aseguran las Sagradas Letras, que son bien pocas, y de las que la Iglesia califica por ciertas, que no son muchas, las demás las tengo por patrañas y cuentos de viejas.

—Y dale con las viejas, señor coronel, decía la beata, ¿qué les habrá usted visto a las viejas? Pues lo cierto es que usted ya no es muchacho, y tan burros hay entre las viejas como entre los viejos. —Esto está en opiniones, mi señora; mas esto no es del caso. Yo voy a ver si consigo convencer a ustedes en favor de mi opinión, para que no sean tan espantadizas. Diga usted el que cree fácilmente la multitud de espantos que se cuentan y se leen, no puede menos que ser un sacrílego, porque se forma un concepto muy injurioso a la deidad suprema, o cuando no lo culpemos tan severamente, es menester asegurar que es un tonto de primera clase... ¡Vaya!, no hay que arrugar las cejas. Atienda usted.

Si tuviera usted un hijo pequeñito, ¿se pondría de propósito a espantarlo sabiendo que le había de resultar de esto un gran mal? —Seguramente no. —Menos permitiera usted que los criados de su casa lo espantaran. —Ya se ve que no, ¿cómo se los había de permitir? —¿Y se persuade usted a que habrá algún padre que así lo haga? —Es cosa que no puedo creer, porque semejante crueldad es ajena del amor de padre. —Pues ahora(29) bien, yo pienso que usted hermana vive entendida en que Dios nos ama infinitamente más que el padre más tierno a sus hijos. —Así lo debo creer precisamente, y lo creo en efecto. —Pues ahora se halla usted en el estrecho de confesar que el que cree esa multitud de espantos de demonios y apariciones de muertos que se cuentan entre el vulgo, o es un necio que da entrada libre en su cabeza a estas farándulas, sin hacer el uso más mínimo de su razón, o es un impío que juzga a Dios capaz de cometer con sus criaturas la crueldad que no cometería un mortal miserable con sus hijos. ¿Qué dice usted? —Cierto que no sé qué responder; pero yo nunca he pensado de Dios de esa manera, ni he tenido lugar, cuando me han espantado, para hacer esas reflexiones. —Así lo creo, y en no hacerlas consiste la facilidad de espantarse y creer prodigios sobrenaturales a cada paso, a pesar de las verdades que sabemos de rutina. Usted sabe que Dios la ama infinitamente; pero cuando se asusta, no se acuerda para nada de este amor, ni hace justicia a su inmensa bondad y misericordia.

Sabe usted también que el Ser Supremo no hace milagros sin necesidad; pero ignora que para que el demonio o un muerto se aparezca, es necesario que haga Dios dos milagros cuando menos: uno el de formar la apariencia de cuerpo sin materia, y el otro que resista este objeto terrible un espíritu tímido como el nuestro sin desamparar el cuerpo. Con esta ignorancia no es mucho que usted se preste a creer con la mayor facilidad todo lo que le cuenten acerca de esto, ni que, acostumbrada a semejante modo de juzgar, se asuste y se sorprenda con cualquier ruido, con cualquiera sombra extraña.

—Pero, hermano, yo mil veces he leído y oído decir que los difuntos se han aparecido, especialmente a las almas buenas, para pedirles que hagan sufragios por ellos, y ya usted ve que estas apariciones han sido con necesidad, y se deben tener por verdaderas.

—Ya dije, hermana, de todos esos casos yo creeré los que la santa Iglesia haya aprobado por seguros, que son muy raros; los demás téngolos por ilusiones de gentes melancólicas, pues no hallo un adarme de necesidad para que un muerto se aparezca a los vivos para pedir que manden decir una misa por su alma, que restituyan lo que él usurpó, que saquen dinero enterrado, ni que hagan otros encarguitos de esta clase.

Además de esto, ¿no ha tenido usted alguna vez la consideración para advertir que todos los espantos de que hablamos se cuentan acaecidos en lugares lóbregos, sombríos, obscuros, de noche, a determinadas horas, cuando no tiene compañía el espantado, y casi siempre sin más fruto que el terror que deja [en](30) el ánimo? Pues todas estas ridículas circunstancias no prueban otra cosa sino que todos los espantos son efectos de la cobardía e ignorancia de las gentes crédulas y espantadizas.

¿Acaso el Señor de los ejércitos respetará o temerá a los miserables mortales para no presentar a su vista los objetos con que los asusta, cuando se hallan acompañados? ¿Le infundirá algún miramiento la presencia del sol o de la luz? ¿O serán bastantes para detener sus designios las horas iluminadas por el día? Fuera un absurdo el pensar tan dependiente y limitado a todo un Dios. Pues semejante reflexión sería muy suficiente para calmar el terror en los espíritus demasiados febles.

En efecto, si Dios quisiera que viésemos al demonio o a un muerto, como dicen, fuérase para nuestra corrección, para nuestro castigo o para alguno de sus inexcrutables designios; ¿no lo veríamos en la mitad del día, y aunque estuviésemos rodeados de un ejército? Seguramente, porque ¿quién se opondrá a la voluntad del Todopoderoso?

Muy acompañado estaba el sacrílego rey Baltasar,(31) brindando en un suntuoso banquete en los vasos sagrados que su padre Nabucodonosor había robado del templo de Jerusalén, rodeado de sus mujeres y concubinas y de mil convidados, cuando apareció una espantosa mano que escribió en la pared estas terribles palabras: Mane, Thecel, Phares.

—¡Qué horror! ¿Y qué hizo el rey al ver la formidable mano? —Qué había de hacer, se asustó de manera que se le inmutó el semblante, las rodillas le temblaban y se tocaban una contra otra. Su pavor se aumentó cuando el joven Daniel le descifró las tales palabras, diciéndole que en pena de sus idolatrías y sacrilegios moriría, y su reino sería entregado en poder de(32) sus enemigos. Todo se cumplió según la exposición del profeta: Baltasar murió esa misma noche, y los persas y medos se aposesionaron de su reino.

¿Ya ven ustedes qué caso tan terrible?, pues Dios, para cumplir su voluntad entonces no tuvo que esperar que estuviera el rey solo, ni en un lugar obscuro ni sombrío, ni que diera el reloj las doce de la noche. Al instante que quiso, se cumplió su decreto soberano, como se cumplirá eternamente. Conque debemos hacernos cargo de todas estas razones para no ser tan fáciles de creer la multitud de espantos que nos cuentan; y cuando ustedes gusten vamos a recogernos, porque ya las muchachas están durmiéndose.

Se levantaron todos de la mesa, y el coronel con su familia se retiró a la recámara donde habían asustado a Pomposa; pero antes previno que todas las cosas se pusieran en su lugar y como siempre se habían puesto, que él había ido con deseos positivos de ver al diablo, [y](33) que estuviesen todos dispuestos para levantarse cuando los llamara, porque no excusaría esta diligencia si el pobre diablo tenía la bondad de visitarlo aquella noche y satisfacer su curiosidad como deseaba. Con esto se fueron las dos familias a sus respectivas recámaras.

Don Dionisio se estuvo despierto,(34) platicando, acerca de la instrucción de su concuño con su mujer y con la buena(35) beata, que decía: —Aquí donde ustedes me ven, estoy muerta de miedo, porque el coronel no dejará de hacer una de las suyas. Yo no las tengo todas conmigo, y si este hombre no es hereje, o brujo o cosa que lo valga, no hay ley en puercos rosillos.(36) Sí, Dios me lo perdone; pero gente que no cree en milagros, que no tiene miedo al diablo, y que se incomoda [saliendo](37) de su casa sólo por venirlo a ver, no puede ser nada bueno.

Así se entretenía esta familia, mientras el coronel se divertía con la suya, ponderando la sencillez de don Dionisio en creer, lo mismo que Eufrosina y Pomposa, que había ésta visto al demonio. —Todo esto, añadía, es efecto de una educación abandonada a la ignorancia. Si desde niño hubieran persuadido a tu cuñado que todos esos espantos son cuentos de viejas, ahora, lejos de darles crédito, hubiera convencido de su falsedad a su mujer y a su hija.

Pudenciana amenizó la conversación de sus padres, refiriéndoles por menor la fervorosa conversión de su prima y lo decidida que estaba a ser ermitaña, harto confiaba en que la visitarían los ángeles.

Se reían los señores alegremente con este chiste, cuando, como a la hora de haberse acostado, dijo el coronel a su esposa: —¿Ves, hija, la sombra que se acaba de ver en aquella pared? Pues, sin duda, ésa fue a la que puso nombre de diablo Pomposita.

Doña Matilde y su hija se incorporaron en la cama, y vieron, en efecto, la dicha sombra no sin algún sustillo, porque hacía una figura bien extraña y se movía de cuando en cuando. —¿Y qué será papá?, preguntó Pudenciana. —Eso es lo que hemos de examinar. Esténse ahí quietas: yo me levantaré... Vamos, ya está analizada la causa de este espanto. Es bastante natural, lo mismo que yo la esperaba. Aguárdenme. Voy a llamar a esos buenos señores para que la vean.

Sin perder tiempo se dirigió mi tutor a la recámara de don Dionisio, y oyéndolo hablar con su mujer, le dijo: —¡Vaya, hermano, levántese usted con los demás y vengan a ver al diablo despacio, que ya nos hizo el favor de venir!

Al oír esto, enmudeció don Dionisio, tembló Eufrosina, Pomposa estuvo a pique de desmayarse y la tía María se persinaba sin cesar; pero por fin se levantaron todos a las repetidas instancias del coronel, quien iba por delante y los demás lo seguían con pasos detenidos.

Llegaron a la recámara donde esperaban muy tranquilos Matilde y su hija. ¿Es este el diablo que viste, Pomposita?, preguntó don Rodrigo. —Sí, dijo ésta, toda temblando. —Pues no te asustes: salgamos a esta sala y verás al enemigo malo no en sombra, sino en su mismo cuerpo.

Se resistía Pomposa y la beata la detenía estirándola del túnico para que no saliera; hasta que, tomándola su tío de la mano, la sacó rodeada de todos los suyos, y poniéndola frente a un trípode, donde se ponía la aguamanil, y sobre el cual estaba echado un gato descomunal, le dijo: —He aquí, cobarde sobrina, el ridículo espectro que te ha espantado. Míralo, desengáñate, límpiate bien los ojos. Si quitas la veladora de este lugar y la pones aquí, ya no verás esta figura sino otra diferente... A la prueba... ¿ves ahora lo que antes? —No, tío, ya varió la sombra enteramente de figura. —Pongamos la luz donde estaba, y quitemos el gato. ¿Ves ahora sólo la sombra del trípode, banco o como llamas este mueble? —Es verdad. —Pues ya ves patente el engaño de tus ojos y el equívoco de tu imaginación acalorada.

No teniendo qué replicar con una demostración tan evidente, callaron todos, menos Eufrosina, que deseosa de sostener su opinión, dijo: —Es verdad que la sombra del aguamanil hacía en la pared una figura endemoniada; pero ¿qué diremos de los golpes que se oyen en la recamarita? —Vamos allá, los oiremos y examinaremos la causa.

Fuimos en efecto, y no tardamos en oírlos. A nadie quedó la menor duda de ellos. El coronel por una ventana inmediata se asomó a registrar la pared por defuera; pero como estaba la noche muy obscura, no sacó por entonces otra cosa sino confusiones, pues ciertamente la pared estaba muy alta y nadie podía tocarla por aquel lugar.

Cuando Eufrosina, don Dionisio y Pomposa advirtieron la perplejidad de don Rodrigo, cantaron su triunfo con el mayor orgullo. —Hermano, contra la experiencia no vale nada la filosofía más cabilosa, decía don Dionisio, ¡vaya!, ¿a ver a qué causa sobrenatural podemos atribuir estos toques? —Si es gana, continuaba la tía María, sobre que negar los espantos, es negar que hay estrellas en el cielo. Nada tienes que esperar para desengañarte, Eufrosina. —Ya se ve que no. Aquí espantan y mucho que espantan. Me mudara yo mañana, en cuanto Dios amanezca,(38) aunque sea al Hospicio de Pobres,(39) si no hallo casa. Tú, Dionisio, si no quieres, quédate aquí con tus criadas, que yo me iré con mi hija y con mi tía. —Sí, mamá, hará usted muy bien, porque ya acá se han anidado los espectros, duendes, fantasmas y vampiros. Dios nos avisa y es menester no hacernos sordos a sus voces.

—Vamos, señores, dijo el coronel, todas esas son palabras al aire que nada valen. Yo insisto en que estos golpes no proceden sino de [su](40) causa natural, por más que ahora, por la obscuridad de la noche, no pueda señalarla; pero hermano, hagamos un convenio, si usted quiere. —¿Cuál es? —Éste: si mañana les hago ver el origen de estos golpes y el remedio para que no se vuelvan a oír, como no se oirán en efecto en la noche que sigue, pierde usted doce pesos que enviarán a los pobres enfermos del Hospital de San Juan de Dios;(41) y si no la puedo señalar, costeo el traspaso de la casa que tomen, el transporte de los muebles y el reemplazo de los que se quebraren en la mudada. ¿Qué dice usted? Una apuesta que proporcionaba tantas ventajas se admitió desde luego por don Dionisio, y nos fuimos a recoger.

Al día siguiente se levantó bien temprano el coronel, fue a la ventana, y no tardó en averiguar que la causa de los golpes era una armazón vieja de palo, que en algún tiempo fue farol, y por su inutilidad se quedó abandonada y pendiente de un pie de gallo en la pared que había tenido corredor alguna vez y correspondía a la recamarita de doña Eufrosina.

Este horrible vampiro, cuando lo movía el más ligero viento, golpeaba sobre la pared y azoraba a cuantos tenían la desgracia de escucharlo, habiendo sido la primera nuestra ilustrada Pomposita con la ocasión que se dijo de haber puesto su cama en aquella pieza por huir del diabligato injerto en aguamanil.

Luego que don Dionisio y su familia se levantaron, los llevó el coronel a la ventana, les mostró el duende fatal, suplió las veces del aire, sacudiéndolo con una caña larga y haciendo que oyeran los golpes que habían escuchado por la noche; y últimamente, lo arrancó del palo, cayó al suelo y les aseguró a las señoras que vencido aquel fiero vestigio(42) y su maldito compañero el gatidiablo, ya no volverían a espantarlas en aquella casa; y así que se dejasen de pensar en mudadas, en las que siempre se pierde algo, se rompen los muebles y se incomodan los dueños.

Después de algunas objeciones triviales que hizo doña Eufrosina, y a cuyas soluciones dadas por el coronel no pudo responder, saltó el bueno de don Dionisio con una dificultad que no se debía esperar de su talento. —Bien está, hermano, dijo, que no haya duendes, ni se aparezcan los muertos ni los diablos; pero usted no me negará que hay fantasmas, que eran los lémures(43) de los antiguos. Estos avechuchos nocturnos existen, sin duda, entre nosotros, y la misma santa Iglesia pide a Dios que nos libre de ellos. —¿Dónde, don Dionisio, dónde ha leído usted esas peticiones? —¿Cómo dónde? En un himno que comienza: Te lucis ante terminum, dice después procul recedant(44) somniaet noctium phantasmata.(45)Apárte[n]se(46) lejos de nosotros los malos sueños y las fantasmas de la noche. De esto se sigue muy bien que hay los(47) tales fantasmas.

El coronel desengañó a don Dionisio advirtiéndole que los(48) fantasmas de que hablaba el himno eran de los(49) que se forman en nuestra mente y que podían ser pecaminosos,(50) que éstos pueden muy bien representarse entre sueños y excitar tal vez, aun habiendo despertado, malos pensamientos; como si a Pedro durmiendo se le representa la imagen de su enemigo (que es un verdadero(51) fantasma), sueña que riñe con él y lo vence, y después de despierto se complace en esta soñada venganza. En(52) este caso y muchos semejantes,(53) los fantasmas o figuras pintadas vivamente en la imaginación del que duerme(54) pueden ser causas(55) de que las pasiones se exalten y que despierto peque. Por esta razón pide la Iglesia a Dios que nos libre de estas representaciones peligrosas que, por cuanto se forman en nuestra fantasía, se llaman fantasmas.  Con esto se concluyó la cuestión de los espantos y nos despedimos, dejando un poco tranquilizadas a las señoras, y un tanto convencidas de que el miedo y la ignorancia son los que asustan a los vulgares cada rato, y no el diablo ni los pobres muertos a quienes les levantan innumerables falsos testimonios.

 


(1)  3ª y 4ª: "bullir".

(2)  4ª: "buena".

(3)  3ª y 4ª: "espanto".

(4)  4ª: "empecé".

(5)  llamarada de petate. Algo que es de poca duración, pasajero y de poca monta. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(6)  3ª y 4ª: "bujías".

(7)  3ª y 4ª: "adornaban".

(8)  "Palabras del Predicador, hijo de David, rey de Jerusalén. Vanidad de vanidades, dijo el Predicador; vanidad de vanidades, todo vanidad." Ec. 1, 2.

(9)  4ª: "de".

(10)  4ª: "el".

(11)  santa Rosalía de Palermo (¿?-1160). Estuvo sola en el Monte Peregrino, cerca de Palermo, más de veinte años. Era descendiente de Carlo Magno.

(12)  viarazas. Flujo del vientre, diarrea.

(13)  motetes. Breve composición musical para cantar en las iglesias.

(14)  Añadido en 4ª.

(15)  Añadido en 4ª.

(16)  Añadido en 4ª.

(17)  3ª y 4ª: "asombradizo".

(18) María de Jesús de Ágreda (1602-1665). Mística española cuyo apellido paterno era Coronel. Abadesa del convento de la Inmaculada Concepción de Ágreda, su villa natal. Fue acusada y procesada por el Tribunal de la Inquisición por profesar doctrina herética; pero fue absuelta. Su obra más importante es: La mística Ciudad de Dios o historia de la Reina de los Ángeles, relato novelado de la vida de María.

(19)  4ª: "honraron".

(20)  Añadido en 4ª.

(21)  4ª: "tales".

(22)  3ª y 4ª: "su".

(23)  4ª: "de".

(24)  3ª y 4ª: "cuentos".

(25)  4ª añade "y".

(26)  3ª y 4ª: "de veras".

(27)  Añadido en 4ª.

(28)  3ª y 4ª: "cualquiera".

(29)  4ª omite "ahora".

(30)  Añadido en 4ª.

(31) Baltasar. Rey de Babilonia, hijo de Nabucodonosor. Profanó los vasos sagrados del templo de Jerusalén. Aparece citado en el libro de Daniel.

(32)  4ª: "entregado a".

(33)  Añadido en 4ª.

(34)  3ª: "despierto".

(35)  4ª omite "buena".

(36)  no hay ley en puercos rosillos. Expresión que Fernández de Lizardi empleó con cierta frecuencia. Realmente no sabemos el motivo de la fama adquirida por esta clase puercos de color rojo claro.

(37)  Añadido en 4ª.

(38) en cuanto Dios amanezca. También se conoce "amanecerá Dios y medraremos." Expresión que se usa para diferir a otro día la resolución o ejecución de una cosa.

(39)  Hospicio de Pobres. Estuvo situado en la actual avenida Juárez esquina con la calle de Balderas.

(40)  Añadido en 4ª.

(41)  Hospital de San Juan de Dios. Los hermanos de San Juan de Dios ocuparon el antiguo Hospital de los Desamparados (1606); el pueblo olvidó el nombre y lo llamó Hospital de San Juan de Dios.

(42)  4ª: "vestiglo".

(43)  lémures. Genios malignos entre los romanos y etruscos.

(44)  2ª decía "recedat", corregimos de acuerdo con la 3ª y 4ª.

(45)  2ª decía "phantasmara", corregimos de acuerdo con la 3ª y 4ª.

(46)  Añadido en 3ª y 4ª.

(47)  3ª omite "los", 4ª: "las".

(48)  3ª y 4ª: "las".

(49) 4ª: "las".

(50)  4ª: "pecaminosas".

(51)  4ª: "una verdadera".

(52)  3ª y 4ª omiten "en".

(53)  4ª: "este caso explican cuáles son".

(54)  4ª añade "que".

(55)  3ª: "causa".