CAPÍTULO III


En el que se descubre la causa de la visita de Eufrosina,
que fue un sentimiento que tenía de su cuñado,
y la satisfacción que éste le dio


Almorzando estábamos, cuando doña Eufrosina entró con su marido, muy cuidadosa, al parecer, por la salud del coronel; pero a poco rato no pudo disimular el motivo verdadero de su visita, y así le dijo: —Muy bien conocí, hermano, que usted anoche no tenía otra enfermedad que su maldito genio hipocondríaco y escrupuloso. ¡Caramba, que es usted fatal!, me hizo usted desesperar y me desairó como acostumbra, no consintiendo que bailara Pudenciana un valsecito, y esto sólo porque era empeño mío y se habían interesado al efecto aquellos caballeritos. Sí, por eso fue, por eso; porque decir que no sabe bailar valse(1) Pudenciana, es negar la luz del día; y a más de eso,(2) que semejante muela(3) se les podía encajar a los demás; pero no a mí, que estoy cansada de verla bailar con Pomposita; pero ya se ve que usted lo hará porque se críe su hija recatada, aunque en esto de buena crianza nada le va a deber a la mía, porque yo y su padre también sabemos lo que se hace, y al fin es una grosería que una mujer no sepa bailar cuanto se usa, ni que por ser zonza(4) desaire a los que en una concurrencia la conviden. Yo por mí, hermano, ya me guardaré de suplicarle a usted nada en una publicidad, pues ya(5)tengo mucha experiencia de que siempre se empeña en que quede mal.

—No es para tanto, hermana, dijo el coronel; usted no debe sentirse porque no bailara valse(6) Pudenciana. En verdad que se lo tengo prohibido, y me parece que con razón. Soy su padre y tengo cuanta autoridad necesito para impedirlo todo aquello que me parezca mal.

No por esto pretendo que la educación que yo le doy a mi hija sea norma por la que se sigan los demás. Cada uno es dueño de su casa y padre de sus hijos, y obrará como le pareciere. El mundo se compone de opiniones.

—¡Vaya, vaya!, eso es tirar la piedra y esconder la mano, decía doña Eufrosina; a usted no le acomodan los bailes porque ya es viejo... sí, por eso, y no quisiera que ninguno bailara; pues yo he oído decir que los bailes son buenos y en todo el mundo se baila, y yo y Pomposa hemos de bailar sobre el diablo. ¡Quedábamos bien con meternos a recolectas tan temprano! Mi hija está en la flor de su edad; y cuando yo no pueda bailar por vieja, no he de embarazar que baile la muchacha, que eso fuera ser(7) como el perro del hortelano.(8) A más de que hasta en los conventos de frailes y monjas bailan de cuando en cuando, ¡vea usted por qué no hemos de bailar nosotras que estamos en el mundo y todavía se nos menea un pie!

—Dice usted muy bien hermana, prosiguió el coronel; pero no ha dicho sino lo que yo, esto es: que todos piensan con su cabeza y cada uno hará en su casa lo que le pareciere.

No por esto crea usted que aborrezco toda clase de bailes por mi humor tétrico ni por mi edad madura, más viejo que yo era Sócrates(9) cuando comenzó a tomar las primeras lecciones de baile, y no perdió nada de su filosofía por esta afición.

No ignoro que el origen del baile casi se pierde en su misma antigüedad, y esta diversión ha sido universal en todo el mundo, aun entre las naciones bárbaras. Ella ha tenido parte en los cultos religiosos, en los enlaces de bodas, [y](10) en las particulares festividades de la paz y hasta entre los horrores mismos de la guerra.

Por tanto, pretender desterrar una diversión tan generalmente recibida sería un absurdo antisocial, porque el baile en sí es indiferente, y sólo malo o bueno según el uso que de él se haga, y conforme el espíritu conque se baile. Santo fue el baile de David delante de la(11) Arca,(12) y maldito el de los israelitas alrededor del becerro;(13) pero ¡cuán diverso fue el espíritu de estos bailadores!

Bailar por alegría, bailar conservando las leyes del honor y la modestia, es buen bailar; no hay quien lo condene. Los reyes, los hombres más juiciosos y timoratos han autorizado esta diversión no sólo asistiendo, sino dando ellos mismos unos bailes suntuosísimos. Tales fueron los que dio Catalina de Médicis a los reyes de España, el memorable que dieron los padres del Concilio de Trento(14) en esta ciudad a Felipe II, año de 1562, y el muy distinguido que dio Luis XII en la de Milán, rompiendo el [baile el](15) mismo monarca, y danzando en él los cardenales de San Severiano y de Narbona.(16)

Estos bailes y todos los que sean arreglados son loables, y pueden frecuentarse sin riesgo; pero no son todos así seguramente. Yo asistiré y llevaré a mi hija a los que me parezcan tales, acordándome que el sabio Blanchard dice que: "en cuanto a saber bailar es un ornamento que es bueno procurarse, porque sería llevar el rigorismo muy lejos impedir absolutamente el baile a las personas de(17) mundo, y no se puede condenar sino el abuso de él".(18) Pero en virtud del parecer de este autor, y por las obligaciones que me impone la religión, sé que no debo llevarla a ciertos bailes que comienzan con ceremonia y etiqueta, y acaban en manoseo y retozo. Esto haré yo; pero no me opondré a que usted y los demás hagan lo que quisieren.

Calló el coronel, y doña Eufrosina, no pudiendo sufrir más esta reprensión, varió de plática, y a poco rato se despidió con su marido.

A pocos días encontré a Tulitas, la ahijada del coronel; pero en un estado tan infeliz que no la conocía, porque estaba muy sucia, trapienta, descolorida, flaca y enmarañada. La pobre me habló, y en un instante me contó sus desgracias, y cómo había estado en la cárcel y acababa de salir del hospital y [que](19) estaba arrimada en casa de una vieja que había sido amiga de su madre. Yo me compadecí de ella, la socorrí con lo que pude y me despedí.

Le conté este pasaje al coronel delante de doña Matilde y de su niña, y me dijo: —No te admires. Tal es, casi siempre, el paradero de las jóvenes bonitas que no se saben apreciar ni conservar su honor con constancia. El mundo las seduce, las halaga y las lisonjea por unos días; pero al fin las abandona con infamia en los brazos de la miseria y de vejez harto infeliz.

Después que corren alegremente un poco de tiempo pisando flores por el camino de la prostitución, después que marchitan su juventud con los placeres, bailes, fiestas y bureos,(20) cuando menos lo piensan, se hallan despreciadas de sus adoradores, hechas el juguete de todos, y encuentran en el hospital o la cárcel los mejores lugares en que llorar el fruto de su mal apreciada libertad. Gertrudis me compadece, pero tiene mil compañeras dignas de la misma compasión. Ya se ve que esta muchacha no se hubiera perdido si no hubiera sido por su madre. ¿Le preguntaste por ella?

—Sí le pregunté. Me dijo que había muerto, y añadió muchos sentimientos de su conducta. "Dios la haya perdonado, me dijo, ¡ojalá no me hubiera concebido en sus entrañas! Ella me hizo existir en el mundo, pero también me hizo infeliz en él. ¿Qué gana tenía yo de haber perdido mi crédito ni haber pasado lo que sólo Dios sabe? Muy bien estaba yo en casa de mi padrino, tu tutor; nada me faltaba a su lado, y sobre todo estaba yo con honra y frecuentando los Santos Sacramentos, como tú lo veías. Tal vez allí me hubiera yo casado, y no que mi madre, Dios se lo perdone, por la maldita codicia me vendió al infame don Gervasio, y de ahí se originó toda mi ruina, de la que no me repararé en la vida". Diciendo esto comenzó a llorar amargamente; yo me consterné lo bastante, le di alguna cosilla y me despedí, como ya dije.

—Repito, continuó el coronel, que es digna de mucha lástima Gertrudis. La frase con que ella culpa a su madre es bien adecuada. Por la codicia venden muchas a sus hijas y las hacen desgraciadas toda su vida; [y](21) con razón éstas les(22) hacen después semejantes honras. Si las muchachas que se abandonan por su gusto, se hacen(23) acreedoras al desprecio universal, ¿de qué execraciones no serán dignas las madres impías que trafican vilmente con sus hijas?

En esto estábamos, cuando entró el ranchero Pascual muy contento a avisar al coronel cómo para el inmediato domingo estaba prevenida la boda de Culás. Don Rodrigo recibió la noticia con agrado, y le dijo que el sábado estuviese en México con ocho caballos buenos, porque quería ir la familia de su cuñado. Pascual ofreció hacerlo así, y dejando muchas memorias a su ama, se fue para su rancho.

—Me gusta este Pascual, decía el coronel, por hombre de bien y candoroso. Sin embargo de que la malicia ha extendido su imperio por todas partes, se encuentran entre estos pobres rústicos algunas almas tan sencillas y algunos corazones tan limpios, que es preciso amarlos luego que tratan. Por lo común no conocen el disimulo, la mentira, ni la vanidad, y esto los hace recomendables para toda gente sensata. Ellos es verdad que ignoran la finura, cumplimientos y faramallas de las ciudades, pero en cambio poseen muchas virtudes morales y cristianas con las que pasan, en su estado, una vida feliz, y al fin aseguran la eterna. Por esto dice san Agustín que los indoctos arrebatan el cielo. ¡Es una lástima que se eduquen tan groseramente y que se instruyan tan poco en su religión. ¡Si muchos de éstos tuvieran mejores conocimientos de Dios, de sus atributos y perfecciones, de la naturaleza en común y de la suya propia, serían menos idiotas, [y](24) mejores padres y maridos, y darían a sus virtudes más brillo y elevación, conservando las que poseen y adquiriendo las que no conocen.

—¿Pero en qué está, dije yo, que a pesar de la naturaleza buena inclinación de estas gentes, las vemos algunas veces cometer unos delitos enormísimos, y los advertimos incurrir en unas boberías casi increíbles, especialmente los indios, en los que se notan unos defectos tan comunes y generales que no parece sino que pasan por herencia de padres a hijos? Porque los indios son mezquinos, rudos, embusteros, supersticiosos, desconfiados, y muchos borrachos y ladrones. ¿En qué estará esto, quisiera yo saber? Porque no comprendo por qué en cada clase de gentes sobresale cierta clase de vicios, que parece que le son privativos. En los ciudadanos veo resaltar la intriga, la falsedad, la adulación, la vanidad, la soberbia y el orgullo, si son ricos,(a) si son pobres, los veo holgazanes, descuidados, atrevidos, sin vergüenza,(25) necios y abandonados a los vicios más torpes. En los payos o gente rústica veo que sobresale la barbarie, el despilfarro, la grosería y la superstición. En los indios lo que ya tengo dicho, y así discurriendo por las demás clases del Estado.

—Hijo mío, tu duda es curiosa e interesante, dijo el coronel; yo no sé si te la podré satisfacer. El clima, las costumbres, las leyes y la religión del país donde se nace influyen poderosamente para formar el carácter de los hombres. Entiendo por carácter aquel apego y entusiasmo con que cada nación conserva los modales que le enseñaron sus mayores o que ha ido adquiriendo en el discurso de los tiempos. La primera educación que recibimos también influye mucho para formarnos el espíritu y para diferenciar nuestro carácter de aquellos que no la recibieron igual.

Concebida la verdad de estos principios, naturalmente se viene en conocimiento del motivo porque son tan varios los caracteres de los hombres, no sólo considerados de nación a nación, sino también de provincia a provincia dentro de un mismo reino.

En esta inteligencia, no es extraño que los payos, los pobres y los indios tengan un carácter diferente o unas diferentes inclinaciones respecto de los ciudadanos, ricos e instruidos. La educación y los principios de éstos son diversos de los de aquéllos; por consiguiente, debe ser diverso el carácter de unos y de otros. Esto nada tiene de raro.

Busquemos en la educación el origen de los vicios y de las virtudes de los hombres, y no nos será difícil encontrarlo. Mientras la educación sea burda y abandonada, los hombres serán groseros y se inclinarán a los vicios más torpes. En el estado natural, cuando el hombre, abandonado a sus pasiones, sin religión, sin leyes ni gobierno, sin seguridad y sin cultura, vagueaba por los montes o ya oprimiendo al desvalido, o huyendo del más fuerte, ¿qué eran sino unos bárbaros, que tan pronto se engreían con el más criminal despotismo, como se encorvaban bajo la esclavitud más vil? De cualquier modo deshonraban la humanidad, ya tiranizando a los infelices, y ya sirviendo de infames instrumentos para que los poderosos satisfacieran sus caprichos.

En medio de este caos(26) y(27) progresivamente apareció la religión, se reunieron en sociedades, se juraron las leyes, se establecieron los gobiernos, y mira aquí al hombre convertido de asesino en filántropo, de ladrón en custodio de los intereses de sus semejantes, de holgazán en laborioso y, últimamente, de salvaje temible en ciudadano provechoso.

Tal ha sido la suerte de los pueblos, y tal es y será la de todos los individuos de la especie humana. Según la sociedad en que se críen, la educación que reciban y las costumbres que vean practicar, así saldrán ellos, como he dicho.

El pobre ranchero, el infeliz indio, el plebeyo abandonado, que ignora la religión que dice que(28) profesa, que no conoce la justicia de las leyes, ni advierte la gravedad de los delitos que comete y, a más de esto, se ha criado enmedio de una familia soez, educado con los pésimos ejemplos de unos padres viciosos e ignorantes, ¿qué podrá ser sino un inculto barbaján, y acaso un vicioso perdurable? Sin advertir la mutua conveniencia que nos resulta de sujetarnos a las leyes civiles, sin saber cuánto nos obligan las eternas, sin probar jamás los dulces frutos de las ciencias, y sin noticia de lo que es probidad, honor y vergüenza ¿qué puede ser, repito, un hombre de éstos, sino un necio, un mal padre, un peor marido y un pésimo individuo de la especie humana?

Tú me preguntas que(29) a quién le toca poner el remedio sobre estas cosas y velar acerca de la buena educación de estas gentes, y yo no me detendré para decirte que al gobierno. Los reyes en primer lugar, y en segundo los que tienen(30)sus veces son los que tienen esta sagrada obligación conforme el sagrado texto: "Te ha constituido Dios, dice el Eclesiástico,(b) superior de estos individuos? Pues ten cuidado de ellos". Rectorem te posuerunt?... curam illorum habe.(31)

Nuestros soberanos, penetrados bien de este principio, han querido siempre desempeñar este divino precepto. Las repetidas y piadosas órdenes, que en todos tiempos han expedido para que se establezcan escuelas en todos los pueblos, las academias que han erigido en este y en el otro continente, los colegios que han recibido bajo su patronato real, los premios que han querido se consagren al mérito, etcétera, etcétera, son pruebas nada equívocas de que no(32) han tratado sino(33)de desterrar de entre sus vasallos la holgazanería y la ignorancia, y de consiguiente la miseria y el vicio, detestando como reyes católicos aquel inicuo axioma del falso político Machiavelo,(34) que decía ser conveniente a las metrópolis mantener sus colonias pobres y estúpidas, como si la indigencia y la barbarie fueran más poderosas para sujetar a los hombres a la razón, que no la mediocridad, y la doctrina o enseñanza.

Los excelentísimos señores virreyes han cumplido por su parte las disposiciones de los reyes, publicando sus órdenes y haciéndolas valer en lo posible. Pues si esto ha sido así, dirás: ¿en qué consiste que en el reino haya tanto holgazán, ignorante y vicioso como se ve? No sé si atinaré con la respuesta, pero escucha: no siempre depende de las primeras voluntades el que se cumplan sus benéficas intenciones. Ni los reyes, ni los virreyes, ni los magistrados, ni cualesquiera superiores son como Dios que con un solo acto hace cumplir su voluntad por sí, sin necesidad de ajeno auxilio. Todos los hombres somos muy miserables y limitados, siempre estamos dependientes unos de otros y necesitamos valernos de los demás para verificar muchas veces nuestros designios. He aquí la resolución del problema.

Los reyes han querido que sus vasallos se instruyan y se eduquen rectamente, para esto han mandado se establezcan y fomenten escuelas en todas partes; sus vicegerentes(35) han comunicado las reales órdenes a los jueces y curas de los pueblos, como que éstos son los agentes inmediatos y a quienes corresponde llenar las benéficas intenciones del soberano. Y bien, ¿se cumplen en todas sus partes y cómo debía ser? Los resultados dicen que no, por más que los subdelegados y párrocos digan que hacen cuanto pueden.

No ignoro que algunos de éstos se desvelan y se afanan porque los indios de sus pueblos reciban la instrucción más conveniente y proporcionada a su capacidad; pero también sé que no son los más, y por esta verdad responde la estupidez de los indios de casi todas las provincias del reino.

Ni(36) solamente en los pueblos se lamenta este descuido en la primera educación de los pobres. En las ciudades y en la capital misma no se observa mejor con corta diferencia. ¿No ves la multitud de muchachos trapientos y haraganes que vagan todo el día por las calles? ¿No te encuentras a cada paso con unas tropas(37)de vagamundos que andan jugando a los clavitos(38) y al picado(39) en las esquinas y plazuelas, sin más aparente ocupación que vender billetes? ¿No te ha escandalizado al ver pedir limosna unas criaturas de cuatro y de cinco años? Pues esto qué prueba sino que tienen unos padres indolentes y unos curas que tal vez ignoran que tienen semejante clase infeliz de feligreses.

Después que yo veo la abundancia de muchachos(40) perdularios que sobrecargan con su peso [a] la sociedad, no me hace fuerza ver unos hombres borrachos tirados en las calles como unas bestias, ni me admira que haya tantos ladrones y viciosos arrastrando una cadena, sufriendo unos azotes afrentosos o pagando en el último suplicio sus delitos. Nada de esto me admira, porque es consiguiente a la abandonada educación que recibieron, y sería un delirio esperar frutos sazonados de semillas ruines.

Ya vez aquí descubierto el origen de los vicios que especialmente notas entre la gente pobre e ignorante, y ves cómo no bastan(41) a impedirlo las más sanas providencias de los reyes ni las eficaces diligencias de los que gobiernan en su nombre. Los ojos que miran de cerca a sus pueblos y las manos que están destinadas para repartirles el pan de la doctrina, son los que deben cooperar a esta grande obra.

Para ella no basta que haya escuelas en los pueblos ni en las feligresías. Se necesitan indispensablemente dos cosas, y faltando una de ellas, las escuelas valdrán tanto como nada. Es, pues, preciso que haya escuelas, pero que estén encargadas a maestros idóneos no sólo para enseñar el Catecismo y las primeras letras a los muchachos, sino también buenas costumbres. ¿Mas, qué se podrá esperar de unos maestros, como yo los he visto, no sólo ignorantes, sino también viciosos? Alguno he conocido que desde la mañana hasta la tarde estaba enviando por aguardiente. Todo el día borracho, ¿qué podría enseñar a sus discípulos?, y ¿qué aprovechados saldrían éstos con un ejemplo semejante?

No es raro hallar en los pueblos esta clase de individuos, ni es difícil encontrar sujetos de probidad e instrucción que desempeñen el título de maestros a satisfacción de los curas, pero dotándolas regularmente; mas querer hallar hombres instruidos y a propósito, que se sujeten a esta fastidiosa tarea por veinte o catorce reales semanarios, es imposible.

Dótense bien estas plazas y sobrará quién las ocupe dignamente. Si se me preguntara ¿que de qué fondos debían salir estas dotaciones?, yo dijera que de las cajas de comunidad de los indios y de las particulares de los comerciantes y hacendados de sus pueblos, pues a todos alcanzaba el beneficio de la buena educación de los muchachos.

No es esto tan difícil como parece. Si los señores párrocos persuadieran a los indios las ventajas que resultarían a ellos y a sus hijos de la buena educación que éstos les dieran, si les hicieran ver que era más grato a Dios y provechoso a ellos que educasen bien a sus hijos que no que gastasen su dinero en fiestecitas, ni en vestidos de soldados en la Semana Santa, en comedias, loas, retos(42) y otras frioleras inútiles, cuando no perniciosas a ellos mismos, seguramente recibirían los paternales consejos de sus curas, porque el indio, en concibiendo qué le interesa alguna cosa, se presta a ella a costa de los mayores sacrificios, y abrazada por ellos esta idea, franquearían sus arcas, y se hallaría con qué dotar maestros hábiles que gobernasen sus escuelas, que es la primera condición que se requiere para la buena educación de los pueblos.

La segunda no es menos importante, y consiste en celar que los muchachos vayan a ellas, porque si no, ¿de qué servirán los buenos maestros? Esto me parece menos difícil que lo primero, en queriendo que lo sea los que mandan en los pueblos? ¿Qué dificultad hay para saber cuántos muchachos hay en un pueblo? ¿Por qué no se podrán llamar por lista todos los días como se hace con los soldados? Faltando alguno, ¿qué teología se necesita para averiguar en quién consistió la falta, si en el muchacho o en su padre, ni para castigar irremisiblemente al culpado? Y por último, ¿qué no pudieran hacer el maestro y el gobernador, auxiliados por el subdelegado y el cura? Seguramente se conseguiría el fin y se llenarían muy en breve las intenciones de nuestros benéficos monarcas.

Lo mismo y con más facilidad se podría hacer en las ciudades. Y ves aquí, según me parece, realizado el plan de educación general en dos palabras que hasta hoy tenemos en un pie lamentablemente: buenos maestros que enseñen y mucho cuidado para que los muchachos aprendan. Si por fortuna a este cuidado se juntara algún amor del bien público de parte de los párrocos y jueces, y procuraran animar a la juventud con algunos premios y cariñosas distinciones, entonces yo aseguro que no muy lejos, dentro de diez años, se harían demasiado perceptibles las ventajas.

Pero yo me he distraído mucho en esta conversación, que quizá te habrá enfadado por prolija, aunque tú has tenido la culpa por haberme tocado en un punto que siempre he visto con el mayor interés y compasión. Son ya las doce, y se me había olvidado que tengo que ir a casa del marqués.

Yo le di las gracias por la confianza que me dispensaba, asegurándole que lejos de fastidiarme su conversación, siempre me era demasiado agradable por la instrucción que en ella recibía. Con esto se despidió el coronel, yo entre a parlar(43)un rato con doña Matildita y su niña, y a poco me despedí también.

 


(1)  2ª, 3ª y 4ª: "vals".

(2)  3ª y 4ª omiten "eso".

(3)  muela. Mentira.

(4)  zonza. Cf. nota 27 al cap. V.

(5)  4ª omite "ya".

(6)  2ª, 3ª y 4ª: "vals".

(7)  4ª omite "ser".

(8)  perro del hortelano. "El perro del hortelano, que ni come las berzas, ni las dexa comer. Refrán que reprehende al que ni se aprovecha de las cosas, ni dexa que los otros aprovechen de ellas." Cf. Diccionario de autoridades.

(9)  "Saboreó con deleite aquella soledad. Nadie le perturbaba. Nadie le observaba cuando se quitaba la túnica —no llevaba manto—, y ejecutaba aquellos extraños pasos de baile, desnudo, descalzo, como un oso, en honor de Apolo. Era parte de un culto a la belleza que, en un principio, guardó tímidamente para sí. Después, fue envalentonándose. Asistió a la escuela de música de Como, para perfeccionarse en los ritmos de la danza y en el arte de tocar la cítara. Entre aquellos jóvenes esbeltos, cimbreantes, de estrechas caderas y de finos rostros, verdadero bello sexo de Atenas, aquella figura barrigona de fauno, con un rostro de rasgos irregulares y demasiado anchos, casi sin cuello y con un cuerpo pesadote y desmañado, era una manifiesta incongruencia. A veces, aquella involuntaria contradicción desesperaba a Como, el profesor. Y a menudo azotó con su bastón al torpe discípulo. Mucho después —Sócrates era ya conocido en toda la ciudad—, Ameipsias, el autor de farsas y comedias, dijo con burda malicia que había presenciado con sus propios ojos cómo el gran hombre se dejaba zurrar de modo implacable." Cf. René Krauss, La vida pública y privada de Sócrates, Buenos Aires, Edit. Sudamericana, s. a., p. 46.

(10)  Añadido en 4ª.

(11)  3ª y 4ª: "del".

(12)  Cf. 2 S. 6, 15.

(13)  Cf. Ex., 32.

(14)  La mayoría de noticias sobre este Concilio las toma de la Historia del Concilio de Trento de Pallavicino.

(15)  Añadido en 4ª.

(16)  Juan de Orleans fue cardenal de Narbona de 1503 a 1533.

(17)  3ª y 4ª: "del"

(18)  Blanchard, op. cit., t. IV, pp. 279-280. La cita dice: "En cuanto al baile; éste es un ornamento [...] abuso de él; pues es de la clase de los ejercicios propios a los jóvenes de uno y otro sexo..."

(19)  Añadido en 3ª y 4ª.

(20)  bureos. Cf. nota 48 al cap. II.

(21)  Añadido en 4ª.

(22)  4ª: "las".

(23)  4ª omite desde "después" hasta "se hacen".

(24)  Añadido en 3ª y 4ª.

(a)  Todo esto se entiende con la respectiva restricción pues no se puede hablar general. Muchos ricos habrá [2ª: habrán] con estos vicios y más, y muchos pobres con otros, y algunos sin vicio notable, etcétera. En todo cabe la excepción.

(25)  4ª: "sinvergüenzas".

(26)  2ª y 4ª: "estos casos".

(27)  2ª y 4ª omiten "y".

(28)  3ª y 4ª omiten "que".

(29)  3ª y 4ª omiten "que".

(30)  4ª: "hacen".

(b)  Ecclesiástico 31, 1 y 2. [32, 1-2: "¿Te has puesto de presidente? No te engrías. Sé entre los otros como uno de ellos. Cuídate de ellos y luego siéntate." En 18, 20 se apunta: "Antes de juzgar examínate a ti mismo, y al tiempo del veredicto hallarás perdón."]

(31)  4ª omite el texto latino.

(32)  4ª omite "no".

(33)  2ª y 4ª omiten "sino".

(34)  4ª: "Maquiavelo".

(35)  2ª y 4ª: "vicerregentes".

(36)  2ª y 4ª: "no".

(37)  2ª, 3ª y 4ª: "una tropa".

(38)  clavitos. Sólo sabemos que en el juego de la rayuela los centavos que se usan se llaman clavos.

(39)  picado. Actualmente más conocido como tope y cuarta o tope y palmo. Se tiran unas monedas contra la pared, y el que acierta a hacer caer la suya un palmo o menos de la del otro, gana la moneda.

(40)  2ª, 3ª y 4ª: "muchos".

(41)  2ª: "basta".

(42) retos. Suponemos que era una especie de competencias en verso o refranes versificados.

(43)  parlar. Charlar.