CAPÍTULO III
En el que refiere cómo se hizo cadete;
las advertencias de su tío el cura y la campaña de Tremendo
Nada se dificulta conseguir en habiendo monedas y nobleza, yo lo vi conmigo palpablemente. Mi padre entabló su solicitud por mí, presentando mis ejecutorias de hidalguía y de nobleza, y los recomendables méritos de mis abuelos, que habían sido conquistadores, con lo que en dos por tres cátenme aquí con mis licencias necesarias para incorporarme en la milicia.
En efecto, a los cuatro días ya estaba hecho mi famoso uniforme, y el domingo siguiente me lo puse con mucho gusto mío, de mis padres, de mis amigos y parientes, menos del cura, que como acostumbrado a tratar sólo con los mazorrales(1) de su curato, era opuestísimo al brillo de la corte y al lujo de los caballeros; y así estaba muy mal con mi nuevo empleo, y no era eso lo peor, sino que trató de indisponer a mi padre hasta el último día; mas no lo consiguió: yo me puse los cordones, y esa noche hubo en casa un magnífico baile.
Todos me dieron mil abrazos y parabienes, y entre los brindis que se repetían a mi salud, me decían que parecía yo un capitán general, con lo que me hacían conocer mi mérito con solidez.
Solamente el cura, el santo cura que Dios haya perdonado, era mi continuo tormento. Así que se concluyó la función, me dijo: —Soy tu tío; te amo sin fingimiento; deseo tu bien; estás en una carrera en que puedes conseguirlo si eres hombre de arreglada conducta; pero temo mucho que no es el deseo de servir al rey ni a tu patria el que te ha conducido a este destino, sino el amor al libertinaje. Si así fuere, sábete que si hay militares pícaros, hay jefes honrados que los hagan cumplir con sus deberes, o los desechen con ignominia en caso grave; que si sales tan mal soldado como estudiante, lograrás iguales aplausos, recomendaciones y aprecios; y por último, sábete que aunque logres ser un libertino tolerado, a la hora, de tu muerte encontrarás un juez Supremo e inexorable que castigará tus crímenes con una eternidad de penas. Dios te haga un santo; que pases buena noche. Éste fue el parabién que me dio el cura y yo le quedé tan agradecido como obligado, pues me dejó confundido su última amenaza.
Sin embargo, al otro día fui a buscar a mis amigos, a quienes hallé en un café, y luego que me vieron, me instaron para que tomara aguardiente, favor que yo admití de buena gana.
Durante el brindis, no quedó mujer conocida de México cuya honra no sirviera de limpiadientes a mis camaradas, entre los que estaba un don Tarabilla, mozo de veinte años, hablador como él solo y catrín completo, esto es, hombre decente y de muy bellas circunstancias. Sin ayuda de nadie divertía una tertulia una noche entera, y nadie hablaba cuando él comenzaba a platicar, y aunque tenía el prurito de quitar créditos, nadie se lo notaba, por el chiste y la generalidad con que lo hacía.
En esta ocasión me acuerdo que dijo que ninguno de nosotros podía jurar que era hijo de su padre, y añadió: —Yo por mí, a lo menos, no me aventuraré jamás a creer ni a asegurar tal cosa. Mi madre es joven y bonita, su marido es viejo y pobre; ustedes dirán si yo podré jurar que fue mi padre; pero ¿qué me importa? Él me sostiene, mi madre es mujer, y es fuerza perdonarle sus fragilidades.
Quien de este modo hablaba de sí mismo, ¿cómo hablaría de los demás? En menos de media hora hizo pedazos el honor de diez doncellas conocidas, destrozó el crédito de seis casadas, echó por tierra la buena opinión de veinte comerciantes y trilló la fama de cuatro graves religiosos, nada menos que prelados; y si la conversación dura más, las togas, las prebendas, el bastón y el báculo de México quedan hechos harina debajo de su lengua. ¡Tanta era su volubilidad, tanta su gracia!
Yo no podía menos que acordarme de lo que el cura me había dicho la noche anterior; y así, confuso, recargado sobre la mesa, con la mano en la frente y la botella delante, decía dentro de mí: No hay remedio, una conversación como ésta, en la que no hay un crédito seguro, ni puede ser agradable a Dios ni provechosa a los hombres. Tanto el hablar como el oír con gusto estas mordacidades, no puede menos que ser malo, pues se tira y se coopera contra el próximo, lo que es una falta de caridad; y nuestra religión nos asegura que el que no ama a sus semejantes como a sí, no cumple con la ley; el que no cumple con la ley, peca; el que peca con gusto, conocimiento y constancia, se obstina; el que se obstina, vive mal; el que vive mal, muere mal casi siempre; el que muere mal, se condena, y el que se condena padecerá sin fin. ¡Válgame Dios! Esto fue lo que anoche quiso decirme el cura.
Tan embebecido estaba yo en estas tristes consideraciones, que ni atendí a lo que platicaban mis amigos. Mi abstracción fue notable en tanto grado, que un don... qué sé yo cómo se llamaba, le decían don Tremendo, oficial del regimiento N, la(2)notó y me reconvino. Yo le dije lo que me había pasado la noche anterior con mi tío, y que el temor que me había infundido su arenga era la causa de mi confusión.
Una burleta general fue la salva de mi respuesta; todos se rieron a carcajadas, y el camarada Tremendo acabó de excitar su alegría diciendo: —¡Valiente mona tenemos por compañero de armas! Hombre del diablo, ¿Por qué no pretendiste el velo de capuchina antes que los cordones de cadete, o a lo menos el asador de la cocina de un convento de frailes, ya que eres tan pacato,(3) y escrupuloso? Vaya, vaya, se conoce que eres un pazguate de más de marca.(4) Mírate ahí, muchacho, no muy feo, con cuatro reales(5) en el bolsillo y unos cordones en el hombro, y espantándose por dos chismes que te contó tu tío. Pues, tu tío, un clerizonte viejo, fanático y majadero a prueba de bomba, a quien yo hubiera echado al perico(6)tiempos hace; mas él te ha sabido infundir un terror pánico(7) desmedido, acobardando tu espíritu con cuentos de viejas y palabras que nada significan. Vamos, chico, vamos; paséate con nosotros alegremente, brinda con los que beben, juega, enamora, riñe y solázate con quien sabe pasear, beber, jugar, enamorar, reñir y solazarse. Mañana serás un triste retirado; la vejez habrá robado las gracias de tu juventud, y la alegría huirá veinte leguas en torno de tu habitación, y entonces sentirás no haber aprovechado estos momentos lisonjeros que te ofrece tu presente estado.
Desengáñate, Catrín; paséate, huélgate, juega, enamora, tente en lo que eres, esto es, entiende que el ser militar, aun en la clase de soldado raso, es más que ser empleado, togado ni sacerdote. El oficial del rey es más que todo el mundo: todos lo deben respetar, y él a ninguno; las leyes civiles no se hicieron para los militares, infringirlas en ti será, a lo más, una delicadeza si observas las ordenanzas y vistes con tal cual lujo; todos los bienes, y aún las mujeres son comunes en tiempo de guerra, y en el de paz se hacen de guerra, echando mano al sable por cualquier cosa; y así olvídate de esas palabras con que te espantó el viejo tonto de tu tío y pasa buena vida. Muerte, eternidad y honor son fantasmas, son cocos(8) con que se asustan los muchachos. Muerte dicen; pero ¿quién temerá la muerte, cuando el morir es un tributo debido a la naturaleza? Muere el hombre, lo mismo que el perro, el gato y aun el árbol, y así nada particular tiene la muerte de los hombres. Eternidad,¿quién la ha visto, quién ha hablado con un santo ni con un condenado? Esto es quimera. Honor, ésta es una palabra elástica que cada uno le da la extensión que quiere. Punto de honor es combatir al enemigo hasta perder la vida en la campaña, y punto de honor es asesinar al indefenso, robarle sus bienes y abusar de la inocencia de sus hijas. Esto lo has visto; la gracia está en saber pintar las acciones y dictar los partes, y teniendo la habilidad de engañar a los jefes, tú pasarás por un militar sabio, valeroso y prudente.
Conque vuelve por tu honor entre los camaradas; sé corriente, franco, marcial y para todo; pues si te metes a místico y escrupuloso, serás la irrisión mía, de Precioso, de Tarabilla y, en fin, hasta de Modesto, que ya lo vez que parece que no sabe quebrar un plato.
Este Modesto era un joven oficial que había estado oyendo la conversación de Tremendo con mucho silencio; pero lo rompió a este tiempo, y dijo con bastante seriedad: —¿Oyes, Tremendo?, el cadete nuevo tiene mucha razón para confundirse al oír una plática tan escandalosa como la que sostuvo Tarabilla, y la tendrá mayor si se hace cargo de los desatinos que has dicho, y cuya malicia tú mismo ignoras; pero yo que aunque joven y militar no soy de la raza de los catrines y tremendos, debo decirle que hace muy bien en abrigar los cristianos y honrados sentimientos que le ha inspirado el bueno de su tío. Sí, amigo don Catrín, entienda usted que la carrera militar no es el camino real de los infiernos. Un cadete, un oficial, es un caballero, y si no lo es por su cuna, ya el rey lo hizo por sus méritos o porque fue de su agrado; pero no es caballero ni lo parecerá jamás el truhán, el libertino, el impío, el fachenda ni el baladrón. No, amigo; la carrera militar es muy ilustre; sus ordenanzas y sus leyes muy justas; y el rey ni debe, ni quiere, ni puede autorizar entre sus soldados el robo, el asesinato, el estupro, el sacrilegio, la provocación, la trampa, la fachenda, la soberbia ni el libertinaje, como por desgracia creen muchos de mis compañeros degradados. No señor, el oficial que tiene el honor de militar bajo las banderas del rey, debe ser atento, comedido, bien criado, humano, religioso y de una conducta de legítimo caballero.
Ninguna licencia le permite a usted el rey para ultrajar al paisano de paz, para atropellar su honor ni el de su familia, para hacer una estafa, ni para ser desvergonzado ni provocativo espadachín. Sépase usted, amigo, que cuando comete estos delitos, sus cordones, sus charreteras, sus galones ni sus bordados le servirán de otra cosa sino de hacerlo más abominable a los ojos de los sabios, de los virtuosos, de sus jefes y de todo el mundo, porque todo el mundo se resiente de la conducta de un pícaro, por más que tenga la fortuna de pasar por un señor; en tal caso, sus superiores le desairan, sus iguales le abominan y sus inferiores le maldicen.
Si cualquiera se hace aborrecible con estos vicios, ¿qué será si a ellos añade el ser un blasfemo y un impío que se produzca escandalosamente contra nuestra católica religión, religión la más santa, única verdadera y justificada? ¿No basta ser infractores de la ley? ¿Es menester destruir el dogma, burlarse de los misterios y hacer una descarada irrisión de lo más sagrado a título de bufones, de necios y de libertinos?
—Si por mí lo dices, contestó Tremendo muy enojado, si por mí lo dices, so botarate,(9) hipocritón, mira cómo te explicas, porque a mí... pues, ni san Pedro me ha hecho quedar mal en esta vida. Ya me conoces, chico: cuenta con la boca, porque yo no aguanto pulgas;(10) y por vida del gorro de Pilatos que, si me enfado, del primer tajo te he de enviar a buscar el mondongo(11) y la asadura más allá de la región del aire.
Todos se rieron, como era regular, de la arrogancia de Tremendo; pero Modesto, bastante serio le dijo: —Anda a pasearte, fanfarrón, ¿qué piensas que me amedrentas con tus baladronadas?(12) Estoy seguro de que los más matones son los más cobardes... —Eso no, voto a Cristo, dijo Tremendo; el cobarde y hablador tú lo eres, y te lo sostengo de este modo...
Diciendo y haciendo sacó el sable, y Modesto más ligero que una pluma, sacó también el suyo y se puso en estado de defensa... Pero dejémoslos con los sables en las manos, reservando la noticia del fin de su reñidísima campaña para el capítulo que sigue, pues éste ya va muy largo, y el prudente lector tendrá ganas de fumar, de tomar un polvo,(13) toser o estornudar, y no será razón impedirle que tome un poco de resuello.
(1) mazorrales. Groseros, torpes.
(3) pacato. Hombre apocado, temeroso, o que finje serlo. También hombre pacífico y tranquilo.
(4) de más de marca. Cervantes emplea "de más de la marca" en el libro I, cap. 22 del Quijote: "señor ladrón de más de la marca sino quiere que le haga callar, mal que le pese".
(5) real. Moneda de plata equivalente a veinticinco céntimos.
(6) echado al perico. Equivalente a mandar a la porra, ignorar.
(7) terror pánico. Se decía temor o terror pánico. En la antigüedad pánico era un adjetivo. Luego esta construcción significa un "terror terrible".
(8) cocos. "Personificación de la enfermedad para designar a un ser fantástico con que se asusta a los niños. Apócope de coliscle: enfermedad." Cf. Cecilio A. Robelo,Diccionario de aztequismos, o jardín de las raíces aztecas, palabras del idioma náhuatl, azteca o mexicano introducidas al idioma castellano bajo diversas formas (Contribuciones al diccionario nacional), México, Ediciones Fuente Cultural, s. a., p. 362.
(9) botarate. Alocado, informal.
(10) cuenta con la boca, porque yo no aguanto pulgas. Bravata de presuntuoso, que quiere decir: cuidado con lo que dices porque no me dejo molestar.
(11) mondongo. Intestino y panza de las reses de matadero.
(12) balandronadas. Fanfarronadas, valentonadas.
(13) tomar un polvo. Tomar rapé. El sentido de la frase equivale a hacer una pausa y reflexionar un momento.