CAPÍTULO II

 

Describe la figura de su tío el cura, y da razón de lo que conversó
con él 
y con su amigo Precioso, y sus resultas



¡Qué cierto es que si no hubiera entremetidos en las familias, andaría todo con más orden!; pero estos comedidos consejeros muchas veces llevan a las casas la discordia.

Mi buen tío era el cura de Jalatlaco,(1) que habréis oído nombrar varias ocasiones en este reino. Se apuraba por lo que no debía, y aun los cuidados más ajenos lo tenían macilento y extenuado; ¿qué sería cuando juzgaba que el mal recaía inmediatamente sobre alguno de sus parientes? ¡Dios de mi alma! Entonces todo era para él sustos, temores y congojas; no había consejo que no diera, ni diligencia que no practicara, para evitar que sintiera el mal que amenazaba. Algunas veces se salía con la suya a fuerza de regaños y sermones; pero en otras, que eran las más, predicaba en desierto, y todo se quedaba como siempre.

Así le sucedió conmigo. Un día... pero os pintaré primero su figura, para que conozcáis cuán diferentes serían sus pensamientos de los míos, porque si por el fruto se conoce el árbol, por el exterior suele conocerse el carácter de los hombres.

Era, pues, mi buen tío un clérigo viejo como de sesenta años de edad, alto, flaco, descolorido, de un rostro venerable y de un mirar serio y apacible; los años habían emblanquecido sus cabellos, y sus estudios y enfermedades, consumiendo su salud, despoblaron de dientes sus encías, llenaron de arrugas el cutis de su cara y opacaron la vista de sus ojos que eran azules y se guarecían debajo de una hermosa pestaña y grande ceja; sin embargo, en su espaciosa frente se leía la serenidad de una buena conciencia, si es que las buenas conciencias se pintan en las frentes anchas y desmedidas calvas; sus discursos eran concertados, y las palabras con que los profería eran dulces y a veces ásperas, como lo fueron siempre para mí; su traje siempre fue trazado por la modestia y humildad propia del carácter que tenía; sus manos con su corazón estaban abiertas al indigente, y todo lo que le rindió su curato lo invirtió en el socorro de sus pobres feligreses, con cuyas circunstancias se hizo generalmente amable de cuantos le trataron, menos de mí, que a la verdad no lo tragaba(2) porque, a título de mi tío y de que me quería mucho, era mi constante pedagogo, mi fiscal vigilante y mi perpetuo regañón. ¡Pobre de mí si no hubiera sido por mis amantes padres!: me consume sin duda el señor cura y me convierte en un misántropo aborrecible o en un anacoreta repentino; pero mis padres, que santa gloria hayan, me amaban más que el tío, y me libraban con modo de su impertinencia. Más valía un no quiero de mi boca, dicho con resolución a mi madre, que veinte sermones de mi tío; ella y mi padre, inmediatamente que me veían disgustado, condescendían con mi voluntad y trataban de serenarme. Esto es saber cumplir con las obligaciones de padres de familia; así se crían los hijos y así salen ellos capaces de honrar su memoria eternamente.

Un día, iba diciendo, me llamó a solas el pesado tío, y me dijo: —Catrín, ¿por qué no quieres continuar tus estudios? Mal o bien, ya has comenzado la carrera de las letras; pero nadie se corona ni alcanza el lauro si no llega al término prescrito. Es verdad que los estudios son fastidiosos al principio; pero no es menos cierto que sus frutos son demasiado dulces e indefectiblemente se perciben. Conque ¿por qué no quieres continuar?

—Señor, le contesté, porque estoy satisfecho de la inutilidad de las ciencias, de lo mal que se premia a los sabios, y porque ya sé lo necesario con el estudio que he tenido y la varia lectura a que me he dedicado. —¿Cómo es eso?, decía el cura, explícate, ¿qué casta de varia lectura ha sido ésa? Porque si es igual a tus ponderados estudios, seguramente que nada puede aprovecharte.

—Nada menos que eso, les respondí; he leído una enciclopedia entera, el Quijotede Cervantes,(3) el Gil Blas,(4) Las veladas de la quinta,(5) El viajero universal,(6) elTeatro crítico,(7) el Viaje al Parnaso(8) y un celemín de comedias y entremeses. —Por cierto que has leído mucho y bueno para creerte un sabio consumado; pero sábete, para tu confusión, que no pasas de un necio presumido, que aumentarás con tus pedanterías el número de los sabios aparentes o eruditos a la violeta. ¿Qué es eso de que las ciencias son inútiles? ¿Qué me puedes decir acerca de esto que yo no sepa? Dirásme, sí, que las ciencias son muy difíciles de adquirirse, aun después de un estudio dilatado, porque toda la vida del hombre, aunque pase de cien años, no basta a comprender un solo ramo de las ciencias en toda su extensión. Sólo Dios es el omniscio universal o el ser a quien nada se le esconde; pero el hombre finito y limitado apenas llega, al cabo de mil afanes, a saber algo más de lo que ignora el resto de sus semejantes. De manera que yo convendré contigo en confesar que no hay, ni ha habido, ni habrá sobre la faz de la tierra un solo hombre completamente sabio en teología, jurisprudencia, medicina, química, astronomía ni en ninguna otra facultad de las que conocemos y entendemos; mas esto lo que prueba es que el hombre es limitado por más que haga; pero no que es imposible subir a la cumbre de las ciencias, y mucho menos que éstas sean inútiles en sí.

¿Qué más dirías si supieras que a mediados del siglo pasado el filósofo de Ginebra, el gran Juan Santiago [sic] Rousseau, escribió un discurso probando en él que las ciencias se oponían a la práctica de las virtudes y engendraban en sus profesores una inclinación hacia los vicios, cuyo discurso premió la academia de Dijon en Francia?(9) Entonces tú, como tan mal instruido, creerías haber parado al sol en su carrera; pero no, hijo mío: este gran talento abusó de él para probar una paradoja ridícula. Él quiso probar en este discurso que las ciencias eran perniciosas, después que había recomendado su provecho, después que les tomó el sabor y logró hacer su nombre inmortal por ellas mismas. A tanto llega la vanidad del hombre. Rousseau defendió con su elocuencia un delirio que él mismo condenaba dentro de su corazón; y esta elocuencia fue tan grande que alucinó a los sabios de una academia respetable, en términos de adjudicarse premio por lo que merecía desaires; pero esto mismo prueba hasta dónde puede llegar la utilidad de las ciencias, pues si el arte de decir hace recomendable lo necio, ¿qué será si se aplica a lo útil y provechoso?

Dirásme también, como ya lo dijiste, que la suerte de los sabios es infeliz, y que por uno que premia el mundo, hay mil a quienes abate o persigue; pero esto no depende de las ciencias, sino del trastorno de las ideas, y de otras cosas que tú no entenderás aunque te las explique; mas sin embargo de esto, el sabio jamás deja de percibir en sí mismo el fruto de sus tareas. El hombre ignorante, aunque sea rico, no puede comprar con ningún oro las satisfacciones que puede gozar el sabio, aun en medio de su desgracia. El primero tendrá quien le adule para extraerle algo de lo que esconde; pero el segundo tendrá quien le aprecie, quien le ame y alabe con relación a su mérito real y no a otra cosa. Últimamente, el necio se llamará dichoso mientras sea rico; el sabio lo será realmente en medio de la desgracia si junta la ilustración y la virtud. Por esto dijo sabiamente Cicerón que: "todos los placeres de la vida ni son propios de todos los tiempos, ni de todas las edades y lugares; pero las letras son el alimento de la juventud y la alegría de la vejez; ellas nos suministran brillantez en la prosperidad y sirven de recurso y consuelo en la adversidad."(10) De aquí debes inferir que jamás son inútiles las ciencias; que los sabios siempre perciben el fruto de sus tareas, y que si quieres lograr tú alguno, es necesario que continúes lo comenzado. Esto te digo por tu bien; haz lo que quieras, que ya eres grande. Diciendo esto el buen cura se marchó sin esperar respuesta, dejándome bien amostazado(11) con su sermón impertinente.

Yo, por disipar un poco el mal rato, tomé mi capa y me fui a comunicar mis cuitas con un íntimo amigo que tenía, llamado Precioso, joven no sólo fino, sino afiligranado, de una erudición asombrosa, de unas costumbres ejemplares y cortado enteramente a mi medida.

Cuando entré a su casa, estaba sentado frente a su tocador, dándose color en las mejillas con no sé qué menjurje. Luego que me vio, me hizo los cumplimientos necesarios y me preguntó por el motivo de mi visita. Yo le dije todo lo pasado, añadiendo: —Ya ves, amigo, que la carrera de las letras es larga, fastidiosa y poco segura para vivir en este reino; si pienso en colocarme de meritorio en una oficina, tal vez, al cabo de servir de balde cinco o seis años, y cuando vaque una plaza de empleado en la que yo deba colar, se aparece un don Fulano cargado de recomendaciones, me lo encajan encima y me quedo en la calle; o cuando esto no sea, mi forma de letra es tan corriente que es imposible la entiendan si no son los boticarios viejos; motivo justo para que no piense en ser oficinista. Si se me presenta el comercio como un giro acomodado para vivir, lo abandono por indecente a la nobleza de mi cuna, pues ya tú ves que un don Catrín no debe aspirar a ser trapero, ni mucho menos a embutirse tras de una taberna o tras de un mostrador de aceite y vinagre. Pensar en irme a acomodar de administrador de alguna hacienda de campo es quimera, pues a más de que no tengo instrucción en eso, el oficio de labrador se queda para los indios, gañanes y otras gentes como éstas sin principios; conque yo no sé qué carrera emprender que me proporcione dinero, honor y poco trabajo.

—En muy poca agua te ahogas, me contestó Precioso. ¿Hay cosa más fácil que ser militar? ¿Pues por qué no piensas en ello? La carrera no puede ser más lucida; en ella se trabaja poco y se pasea mucho, y el rey paga siempre a proporción del grado que se obtiene. —Es verdad, le dije, me acomoda tu dictamen; pero hay una suma dificultad que vencer, y es que yo... pues, no soy cobarde; pero como no estoy acostumbrado a pleitos ni pendencias, me parece que no sé cómo me he de presentar en campaña al frente del enemigo. No, no soy capaz de derramar la sangre de mis semejantes, ni menos de exponerme a que se derrame la mía; soy muy sensible.

—Ya te entiendo, me respondió Precioso; tú serás muy sensible o muy miedoso; pero yo te juro que como escapes de las primeras escaramuzas, tú perderás el miedo y la sensibilidad muy en breve; todo es hacerse. Conque anda, empeña a tu padre en que te ponga los cordones de mi propio regimiento, y verás qué videta nos raspamos.(12)

Las sanas doctrinas de mis amigos tenían mucho ascendiente sobre mi corazón. Al momento adopté el parecer de Precioso y me volví a mi casa loco de contento, resuelto a ser cadete a toda costa.

No me costó mucho trabajo, pues aunque al principio se resistía mi padre, alegando que estaba pobre y que no podía sostenerme con el decoro conveniente a la clase distinguida de cadete, yo insté, porfié y reñí por último con mi madre, la que, por no verme encolerizado, me ofreció que obligaría a mi padre a darme gusto más que se quedaran sin colchón.

No fueron vanas las promesas, porque mi madre hizo tanto, que al día siguiente ya mi padre mudó de parecer y me preguntó que de qué regimiento quería ser cadete; y habiendo sabido que del mismo de donde lo era don Precioso, me aseguró que dentro de ocho días me pondría los cordones. Así se verificó, según os voy a contar en capítulo separado.(13)

 


(1)  Jalatlaco. Aldea situada al suroeste del Distirito Federal, en el adyacente distrito de Tenango, Estado de México.

(2)  no lo tragaba. No lo soportaba, no lo toleraba.

(3)  Don Quijote de la Mancha. Posiblemente la edición de Madrid en cinco volúmenes, 1797-1798.

(4)  Aventuras de Gil BlasHistoria de Gil Blas de Santillana, novela de Alin-René Lesage (1668-1747).

(5) Las veladas de la Quinta. De la condesa Genlis. El título original es Les viellèes au Chateau ou Cours de morale à l'usage des enfants, París, 1784. Obra traducida por Fernando Guilmán o Guillemán y editada en Madrid en 1788, 3 vols.

(6) El viajero universal o noticia del mundo antiguo y nuevo, 42 vols., los 26 primeros volúmenes de esta obra los redactó el abate Joseph la Porte. El título original es Le voyage français, ou Connaissance de l'ancien et du nouveau monde, París, 1765-1795. Fue traducida por P. E. P. y editada en Madrid 1796-1801 en 38 volúmenes y 4 volúmenes de suplemento.

(7) Teatro crítico univesal, de Benito Jerónimo Feijoo, Madrid, 1726-1739, 8 volúmenes.

(8)  Viaje del Parnaso. Poema en ocho cantos (1614) de Miguel de Cervantes Saavedra.

(9)  Discurso de Juan Jacobo Rousseau de 1750 en el que trató de probar que las ciencias y las artes han contribuido a la corrupción de las costumbres. Feijoo lo refutó en la Carta XVII del t. IV de sus Cartas eruditas, y en México lo hizo fray Christóbal Mariano Conche en su "Oración vindicativa del honor de las letras y de los literatos."

(10)  Alusión a un pasaje de la oración Pro Arquías de Marco Tulio Cicerón.

(11)  amostazado. Irritado, enfadado.

(12)  2ª: "rapamos".

(13)  2ª: "capítulo tercero".