
CAPÍTULO I
En el que se trata de la historia de Irene(1)(2)
No todos han de ser disgustos en esta vida; algunos ratos se han de consagrar a la alegría, y más cuando hay quien nos atise como doña Eufrosina, que se empeñó con Welstér, pasados los días del luto, para que tuviera un día de diversión en su casa.
El inglés,(3) que era muy político, no quiso que se pensara de él que era misántropo ni mezquino, y así, dispuso el día de frasca(4) que apetecía Eufrosina, porque muchas veces los hombres hacen algunas cosas contra su gusto por condescender con ajenos respetos.
En efecto, se citó este día deseado de Eufrosina y sus amigas, convidando Welstér a unos por ceremonia y a otros por amistad, como lo hacen todos en tales casos.
Entre los convidados por amistad fueron el señor Labín, el coronel y su familia, el cura don Jaime y otros. Carlotita se presentó ese día con todo aquel lujo que le correspondía en su clase, sin degenerar en profano, porque no era necesaria la indecencia en las mujeres bien nacidas para parecer más hermosas de lo que son; mas para parecer coquetillas les es indispensable el descoco y la desnudez.
Jacobo Welstér era muy fino y poseía la ciencia del mundo; ciencia útil y necesaria a todos, pero que no todos saben manifestar. Él y su esposa recibieron y trataron a sus convidados con la mayor atención y generosidad, sin particularizarse con ninguno donde pudieran ser notados del común de los concurrentes.
En esto me dieron una lección apreciable de sociedad, y me proporcionaron un lugar para mormurar a aquellas gentes que, cuando tienen una diversión en su casa, hacen distinciones groseras entre los convidados, dedicándose a obsequiar a los más ricos con visible desprecio de los que no lo son, aunque éstos sean sus antiguos amigos y a quienes han merecido más cariño y más favores.
Estas cuitadas personas, todas se atrojan, y no sabiendo cómo cumplir con las leyes de la adulación y de la amistad, faltan a las sagradas que ésta prescribe, por llenar las viles que aquélla impone.
Ordinariamente a los amigos y parientes se deja sin lugar en la mesa, sin contestación, y si se ofrece, sin comer, por obsequiar a las personas de cumplimiento. La disculpa con que palian su ingratitud y su falta de ciencia de mundo, es harto ridícula. Perdona, mi alma, dicen las mujeres a sus amigas o parientas, perdona que no esté contigo, ya ves que está ahí el conde o el marqués, el canónigo o el cura fulano, y tú me has de dispensar porque eres de casa.
A sombra de esta fingida confianza, tienen las visitas pobres que sufrir mil groserías y desprecios, hasta llegar a comer sobras, después que las convidan. La prudencia les alabo.
El americano Welstér y su esposa habían aprendido con escritura la buena crianza, y así a nadie señalaron. Sabían muy bien las dos reglas de política que se deben observar en estos lances, y así no quedaron mal ni notados de ninguno. Las reglas dichas, a mi parecer, son las siguientes:
[1ª. No convidar más personas que las que puedan colocarse en la mesa destinada al convite, con su correspondiente cubierto, dejando algunos lugares vacíos para las que se introducen de parte del señor Coladilla(5) sin ser llamadas, y a proporción de los platillos que se han de servir, sin dejar a las criadas muertas de hambre en el día del banquete.](6)
2ª. No particularizarse con ninguno, sino hacer a todos igual aprecio en el público [y tenerles iguales consideraciones.](7)
Se encierran en dos estos preceptos, y es fácil su cumplimiento en queriendo que se verifique.
Welstér y su esposa los observaron. Ningún convidado comió fuera de la mesa, y en lo restante del día apenas se sentaron los señores Jacobo por un lado, Carlota por otro, un rato con esta familia y otro rato con aquélla; con todos conversaban, a todos divertían, y nadie tuvo ocasión para quejarse.
A la noche siguió el baile, y todos se divirtieron sin emulaciones ni etiqueta.
Como las diez de la noche serían cuando estando bailando Carlota unas cuadrillas,(8) entró una señora vestida de negro con el velo echado en la cara y un bulto bajó el brazo, la cual, habiéndose detenido un corto rato en la puerta de la sala, luego que observó que Carlota no tenía que figurar en el baile, entró apresurada, la tomó de un brazo, le habló dos palabras, y se fueron a la recámara, ocupando otra señorita el lugar de Carlota.
Todos hicieron alto en esta novedad; pero ninguno fue en su seguimiento. A poco rato salió Carlota sola y continuó el baile hasta su conclusión, que fue a las dos de la mañana, sin que nadie supiera quién era la tapada, pero el lector es fuerza que lo sepa.
Al día siguiente fue Welstér a casa del coronel, a tiempo que iba a almorzar con su familia; lo recibieron todos con expresión y le dieron asiento en la mesa para que los acompañara en el almuerzo.
Durante éste le dijo doña Matilde: —¿Por fin, quién fue la tapadita de anoche, que cierto que nos dio algo en qué pensar su silencio, la hora y el extraño traje en que entró? —Aventuras, señorita, aventuras respondió Welstér; sobre esta vengo a consultar al señor coronel. El caso es éste:(9) la tapada es una joven de diez y ocho años, nada fea y bien nacida, según dice; se llama Irene, fue muy amiga de mi mujer en el convento, donde la pusieron sus padres para ver si olvidaba a un joven llamado don Jacinto, con quien ella quiere casarse. En efecto, después de seis meses de encierro, Irene fingió tan bien que ya había prescindido de su amor que, engañado su padre, la sacó y la llevó a su casa muy contento.
Ocho días hace aún que ignoraba(10) Irene por qué motivo la habían sacado del convento; pero su padre la libertó(11) muy presto de esta duda, diciéndole que le tenía ajustado un ventajoso casamiento, del que jamás tendría que arrepentirse, pues el novio la quería mucho y era muy rico. Irene preguntó que(12) quién era, y se le respondió que don Cosme Santibáñez. Irene conocía bien al dicho don Cosme, como que visitaba su casa con frecuencia; y así, luego que oyó nombrar al sujeto a quien la destinaban, se contristó y no se determinó a hablar una palabra, porque temía el carácter furioso de su padre, quien no se metió por entonces en inquirir su voluntad, sino que lo dio todo por hecho y la dejó sola.
La pobre Irene inmediatamente procuró instruir a su amante de la resolución de su padre, y don Jacinto le contestó que si ella lo amaba deveras, no se casaría con don Cosme, ni con un príncipe, pues para contraer matrimonio deben estar acordes las voluntades de los contrayentes; y así que si ella quería mantenerse firme y cumplirle la palabra que le ha(13) dado de ser suya, no se casaría con otro aunque la matasen; pero que si se dejaba deslumbrar del interés y tenía intenciones o deseos de ser rica, en este caso excusado era que le avisara, pues podía hacer lo que le estuviera mejor mas que(14) a él le costase la vida el perderla.
Irene recibió esta carta con la pena que se puede considerar, y resolvió no casarse con nadie, a no ser con don Jacinto, y mucho menos con don Cosme, pues dice que es un viejo, payo, muy barbaján, grosero y celoso; pero como tiene dos buenas haciendas, ha alucinado no sólo a su padre, sino a su madre y a su hermano prometiéndoles a todos una ventajosa mudanza de fortuna luego que se verifiquen sus bodas. Con esto, todos están interesados en que se case Irene con él; y aun cuando ella no [sic] manifestaba una declarada repugnancia, todos ellos(15) no dejaban(16) de persuadirla a que verificara con gusto el enlace, de suerte que la infeliz Irene no tenía en su casa otra persona con quien desahogarse sino con una vieja que la crió llamada nana Felipa. Con esta pobre lloraba y se quejaba amargamente.
Mientras esto pasaba, su padre no perdía tiempo para agitar el casamiento, como que tenía dinero a su disposición. Irene, que es muy cobarde a lo que entiendo, y teme mucho a su padre y al hermano, no hallaba modo cómo decirles que no quería casarse, y nana Felipa le aconsejó que se valiera de su confesor.
Lo hizo así Irene, y el buen sacerdote hizo también cuanto estaba de su parte, tanto para embarazar que se casara con don Cosme, cuanto para que el padre diera su permiso para que se enlazara con don Jacinto; pero todo fue en vano, porque don Lucas, que así se llama el padre de Irene, es un poco peor que mi difundo suegro.
El confesor de Irene le hizo ver que no debía ni podía violentar la voluntad de su hija a abrazar un estado que le era repugnante, ni ligarse con un hombre a quien no tenía la más mínima inclinación, que el don Jacinto era un mozo bien nacido que lo conocía mucho y a sus padres, que era muy hombre de bien y si no tenía el caudal que don Cosme, no le faltaría a su hija lo preciso, pues tenía en una de las oficinas reales de esta ciudad destino decente y con(17) escala, que para ella,(18) que era una niña pobre, no estaba desigual el casamiento, que era mejor dejar a las hijas casarse a su gusto que no exponerlas a hacerse infelices toda su vida y, de camino, a los hombres con quienes las(19) unen. En fin, el buen sacerdote le dijo cuanto pudo; pero, como he dicho, todas sus diligencias fueron vanas, porque don Lucas estaba inexorable. Decía que nadie sabía más que él lo que le importaba a su hija, pues al fin era su padre: que era excusado lo persuadieran a que la dejase casar con el pelado de don Jacinto porque tenía a su favor la pragmática sanción publicada en Madrid en 27 de marzo de 1776, según la cual no se casaría sino con quien él quisiera mientras no estuviese habilitada de la edad, y que si se casara sin su consentimiento, ayudada de algunos que la quieran(20) favorecer, anularía el matrimonio, pues como era su padre tenía facultad para todo.
El eclesiástico lo(21) procuró sacar de estos errores, diciéndole que el espíritu de la ley era sujetar a los hijos para que no abusasen de su libertad en conocido perjuicio suyo; pero no ampliar sin límites la autoridad de los padres, permitiéndoles se opusieran a los honestos enlaces de sus hijos sólo por codicia, venganza u otros fines tan indignos como éstos, que el ser éste el espíritu de la ley se prueba con ella misma, pues deja a los hijos en absoluta libertad para que contraigan matrimonio con quien quieran y sin necesidad de la licencia de sus padres, luego que han llegado a cierta edad en que se consideran con suficientes conocimientos y experiencia, y que también era un error creer que el matrimonio celebrado en cualquier tiempo sin el permiso paternal era nulo, pues contra los que tal dijeran había fulminado una terrible excomunión el santo Concilio de Trento en la sesión 24 del capítulo I.(22)
Ninguna de éstas ni otras razones del eclesiástico sirvieron para otra cosa sino para irritar al encaprichado don Lucas, y el confesor, viendo que nada conseguía, se despidió.
Inmediatamente el malvado padre, consultando con don Cosme, con su mujer, con su hijo y con todos, menos con Irene, trató de apresurar el casamiento.
Para esto, luego que se fue el confesor, salió también a la calle con el mayor disimulo, y a la una del día volvió y, encerrándose con Irene, le dijo: —Parece que tú no has escarmentado con el convento, aún te inclina mucho ese pelagatos de don Jacinto, y repugnas casarte con el honrado don Cosme, con un hombre macizo, de experiencia, que te quiere mucho y nos puede hacer felices a todos, porque es muy rico y tiene dinero que le sobra. Si vieras lo que te ha prevenido para darte de donas el día que des el sí, te espantarías. Un ropero te tiene todo de ropa nueva, de última moda y hecha a tu medida, porque con tiempo se ha pedido a tu madre, camisas, túnicos, medias y hasta zapatos tuyos. Por lo que toca a alhajas, no tienen número, pues a más de las de sus difuntas mujeres, que ha tenido dos, te ha comprado muchas del día y de valor. Fuera de esto, me ha prometido dotarte en seis mil pesos, por si muriere sin hijos; habilitarme con cuatro mil para que yo los gire en lo que quiera, sin tomar él nada de las utilidades, y poner a tu hermano de administrador de una de sus haciendas con un(23) buen partido.
Conque ya ves que estas fortunas no se proporcionan todos los días, que si esta coyuntura se pierde, no se ofrecerá otra en(24) toda la vida, y que tú puedes hacernos felices a todos con sólo que olvides al picarillo(25) de Jacinto y te cases con don Cosme.
Si yo te pidiera que ayunaras a pan y agua cuatro meses, que te desollares a azotes, que te sacaras las muelas o que te dejaras matar, harías muy bien de no obedecerme, porque éstos serían unos sacrificios muy costosos; pero que te cases con don Cosme, ¿qué dificultad hay en ello, qué inconveniente, qué imposible? Es verdad que él ya es viejo; pero debajo de la barba cana vive la mujer honrada.(26)Es un payo tonto; pero tú no le has de querer para que te predique, sino para que te dé gusto. A más de que por lo mismo que es viejo, debes casarte con él de buena gana, porque en cuatro días se muere, [y](27) poca guerra te dará, y como tú le sepas hacer la barba,(28) te dejará heredera de todo cuanto tiene, que es bastante para hacernos ricos a todos, y entonces(29) ¡cátate ahí!, que quedas muchacha, bonita y con dinero, y te casarás con quien te diera gana. Conque ¿qué dices hija mía, te casas con don Cosme porque ya está todo prevenido?
—Papá, dijo Irene, yo no aprecio el dinero más que mi gusto, y si usted me pregunta la verdad, yo con quien quiero casarme es con don Jacinto, y por él despreciaré a un rey. —¿Eso me dices a mí, mocosa, perra, atrevida, malcriada, insolente?, le respondió don Lucas, pues oye: ya yo tengo empeñada mi palabra. Te has de casar con don Cosme o se ha de llevar el diablo toda mi casa. Ya me conoces, ¡eh!, ya me conoces. Conmigo no se juega. No pienses que yo soy como el pazguate del padre de la monja (lo decía por mi suegro) que se volvió loco, se murió y no hizo nada. No, yo no soy tan para poco. A mí me ahorcarán, pero ni(30) me moriré de pesadumbre, ni será por nada, sino por algo. Mira, ¿ya ves este puñal nuevecito?, pues lo he comprado hoy para matarte si no me obedeces ciegamente; esta tarde ha de venir el cura a tomarte el dicho y yo he de estar presente. Conque resuélvete o le dices que es tu gusto casarte con don Cosme, o ya puedes hacer actos de contrición, porque esta tarde mueres a mis manos. Diciendo esto, se salió del cuarto o aposento.
Ya se deja entender el conflicto de esta infeliz muchacha. Comió por ceremonia. A la tarde, a cosa de las cuatro, llegó el cura de la respectiva parroquia con un notario, llamaron a Irene, salió la triste forzada, y parado su padre detrás de ella, metida la mano en el faldón de la levita, mirándola con ojos centelleantes, la obligó a decir que(31) sí, [y a decir que](32) era su voluntad casarse con don Cosme. Su mano trémula firmó su sacrificio y se concluyó aquel acto terrible.
Al día siguiente llevaron a su casa las donas que según ella dice, son de costo; pero las recibió con demasiada frialdad, y sobre esto la riñeron sus padres y su indigno hermano.
Esto fue el viernes; el sábado le dijo su padre que ya estaba conseguida la dispensa que llaman(33) de vanas, que es de amonestaciones o publicatas, que el domingo sería la boda o la dada de manos,(34) como suelen decir. ¿Cómo se quedaría Irene con esta nueva? Fácil es inferirlo.
Llegó el domingo. En la mañana fue a verla el novio, y fue la primera(35) vez que le habló de amores; pero esto a presencia de todos sus tiranos. El paso sería de los más célebres. La muchacha lo cuenta con mucha gracia, porque dice que don Cosme es en efecto un macho cargado de plata; un vejancón(36) muy rústico, criado en las Batuecas(37) y lleno de ignorancia y de engrandecimiento con su dinero, circunstancias que lo hacen ridículo y odioso hasta lo sumo.
Irene sufrió una hora de penitencia con estar hablando con él, la angustia de su corazón era mucha; no sabía cómo escaparse del próximo peligro que la amenazaba, ni tenía de quién fiarse sino de nana Felipa para avisar a su amante que en aquella noche debían verificarse sus desgraciadas bodas; pero aun de nana Felipa desconfiaba, porque dice que es muy tonta y muy escrupulosa.
Sin embargo, atropelló con todo, y con muchas lágrimas y cuatro escuditos de oro de a dos pesos, le suplicó le(38) llevase a don Jacinto un papel mientras comían, y que no se volviese sin respuesta. El oro todo lo vence.(39) La vieja llevó el papel, y después de [la] siesta entregó a Irene la respuesta de don Jacinto, que se reducía a decirle que desde las siete de la noche estaría un coche parado en la esquina, y él en un zaguán de enfrente de su casa, con otro compañero, que si se resolvía a no casarse, que hiciera por salirse y que, estando en la calle, verían entre los dos qué se hacía.
Trabajo le costó a Irene resolverse a una fuga tan inconsiderada; pero el tiempo corría, amaba a [don](40) Jacinto, aborrecía al novio viejo y ya le parecía que la casaban con él en esa noche; y así, ya cerca el toque de las oraciones, se determinó a salirse de su casa. Hizo un lío con alguna ropa, y(41) guardó sus alhajitas y lo escondió [todo](42) debajo de la escalera.
A esa hora llegó el peluquero, la peinó muy bien y su madre la compuso como novia con el mejor túnico y las mejores alhajas que le había comprado el viejo, quien dice que andaba a muy contento, rasurado y hablador.
Don Lucas no cabía en sí de gusto, la madre y el hermano estaban locos, los criados entraban y salían, previniendo el refresco, y la novia hizo tan bien el papel de que estaba muy alegre, que los engañó a todos completamente.
Pendientes estaban los viejos y ella del reloj. Los viejos deseaban que dieran las siete, a cuya hora esperaban al cura, e Irene las deseaba también para marcharse. Cada rato preguntaba a su padre qué hora era, y éste decía a don Cosme: —¿Qué le parece a usted, amigo, ya no ve la señorita la hora de que den las siete? Vaya, vaya, todo ha salido como se apetecía.
Apenas dio la primera campanada de las siete, se asomó ella al balcón, vio el coche en la esquina, conoció a su amante, y aprovechando un momento favorable, que le proporcionaron unas señoritas que llegaron de visita, bajó corriendo, se vistió el túnico y la mantilla negra y se salió para la calle.
Al salir dice que entró el cura y otros señores; le dieron las buenas noches y pasaron de largo. Asegura Irene que de su casa a la esquina donde estaba el coche se le hizo una legua y cada instante pensaba que iba su padre detrás de ella y la mataba.
En fin, entre estos sustos llegaron al coche, subió y se alejaron de su casa a todo trote. Su querido Jacinto la procuró serenar y la obsequió del mejor modo aunque ella nada quiso tomar.
En andar calles se les fue la noche sin atreverse don Jacinto a llevarla a ninguna casa de sus conocidos, por no exponerla a que se(43) hablara de su honor. Ella tampoco quería ir a ninguna casa de sus conocimientos, porque temía que se lo avisaran a su padre. Con esta irresolución pasaron por casa a las diez de la noche, oyeron música, se informaron de que había baile, y preguntando que(44) quién vivía allí, les dijeron que la monja, o la Carlota, la mujer del inglés. Al instante se acordó Irene de su amiga y compañera y le dijo a don Jacinto que en ninguna parte se juzgaba más segura porque Carlotita la quería mucho y era de muy buen corazón, y que a más de esto su padre no podía presumir que estuviera allí porque no la conocía sino por el nombre. Con esto se despidió de su amante, subió la escalera, se detuvo en la puerta de la sala para ver a Carlota, y luego que la conoció, se acercó a ella y se entraron las dos a la recámara como vieron ustedes. Ésta es la aventura de la tapada. Ahora pregunto, señor coronel, ¿qué deberé hacer en este caso?
—En verdad que no es muy fácil la respuesta, caballero Welstér, contestó don Rodrigo; por todas partes se presentan dificultades. Si usted la tiene en su casa, hay el riesgo de que lo sepa su padre, y que no sólo le acarree a usted mil incomodidades, sino de que lo comprometa a un lance de honor, porque él es un necio atrevido, y usted no ha de consentir que la saque de su casa con tropelía. Si usted se la entrega a él llanamente, es lo mismo que entregársela al verdugo. Si se le da parte al juez eclesiástico, dirá que no tiene que ver en eso, y si al juez real, puede mandar que la entregue usted a su padre o que se ponga en un depósito a su disposición, y de todos modos queda expuestísima la muchacha entre sus padres, su hermano y el tal don Cosme, pues todos conspiran a su ruina. ¡Válgate Dios por padres crueles, y a qué peligros exponen a sus hijas! ¿No ha consultado usted con nuestro amigo Labín?
—Se lo consulté, respondió Jacobo; [y](45) él es de parecer que la tenga yo en casa unos días, mientras se ve cómo se pone en un convento de orden del juez, sin intervención de su padre; pero no debe [de](46) estar muy seguro de su parecer, pues él mismo me envió acá a consultar con usted.
—Pues yo [me](47) suscribo a la opinión del señor Labín; pero sólo quisiera que se acelerara ese paso porque importa mucho que el ingreso de Irene al convento sea muy pronto.
En esto(48) quedaron, y Welstér se despidió para buscar a Labín y dar traza de asegurar a Irene.
A poco rato llegó Pomposita en coche, acompañada de la recamarera, a ver a su prima con no sé qué pretexto. El coronel, al verla sola, le dijo: —¿Qué no hay otra persona en tu casa de más respeto que te acompañe? ¿Es fuerza que la recamarera sea tu custodio? ¿O es la que le merece más confianza a tu madre? ¡Qué cosas!
Se conoció que se enfadó un poco don Rodrigo porque a poco tomó el sombrero y se salió para la calle.
Doña Matilde hizo que le dieran de almorzar a su sobrina, y se fue a hacer una labor que tenía entre manos, dejando a las dos niñas en la sala.
Llevaron el almuerzo a Pomposita y, mientras estaba almorzando, la criada se sentó junto a ella en un mismo canapé. Pudenciana notó bien esta familiaridad y la comenzó a ver con atención. Pomposa advirtió que su prima estaba incomodándose con esto, y le dijo a la recamarera: —Levántate, hija, que para servirme la mesa no es menester que te sientes. —Ora sí, niña: ¿de cuándo acá son esas monerías? ¿Qué es la primera vez que me siento con usted? —No, no es la primera vez que te doy licencia de que te sientes; pero eso no lo has de hacer en las visitas, ni delante de la gente, porque dirán que todas somos unas, y has de advertir que yo soy tu ama y tu mi criada, para que me trates con respeto.
—¡Ay niña!, ¡qué soberbia ha amanecido usted ahora! La verdad que esas son muchas quijotadas. —Mira Manuela, que no seas tan grosera ni malcriada porque... —¿Por qué niña? —Porque te haré escupir las muelas a bofetadas. —¿A mí? Si pues cuándo... era menester que tuviera yo las manos amarradas para dejarme dar de usted.
Iba Pomposa a levantarse con el tenedor en la mano, hecha un veneno contra su altanera criada, pero Pudenciana la contuvo, y levantándose ella, se encaró a la moza, y con la seriedad que pudiera proceder una señora de edad, le dijo: —¿Qué es esto, insolente, atrevida? ¿Qué no ves con quién hablas, ni dónde estás? ¡Oh!, márchate pronto para fuera, antes que llame yo a mamá y te mande echar a palos de mi casa, llanota, malcriada, indecente. —Señorita yo no me meto con su mercé,(49) decía Manuela. —Ni te metieras,(50) ¿pues cómo yo te había de sufrir esas picardías ni esos retobos que no se lo avisara a mi papá y salieras de mi casa bien castigada? Sobre todo, yo no quiero conversaciones contigo. Múdate a la cocina si quieres esperar a tu ama, o vete noramala de una vez, que yo le avisaré a mi tía que te he echado. —Sí, sí me iré, decía llorando Manuela; pero así que me paguen lo que me deben, que no había de ver la niña sino lo que yo les aguanto y lo que hago por ella; pero yo le avisaré a la señora y a[l] señor y... —Vamos Manuela, cállate la boca, decía Pomposita; ¿para qué eso?, ya sabes que yo y mi mamá te queremos mucho; pero no me gusta que delante de las gentes te propases conmigo. Con esto se contentó la criada y se salió al corredor a esperar a su ama.
Así que esta estuvo sola, le dijo Pudenciana: —Estoy muy admirada; no te conozco, ¿es posible que tú no sólo hayas aguantado las perradas de esa grosera, sino que la hayas contemplado y dándole tanta satisfacción? ¿Tú, que te vanaglorias de no dejarte de ninguno, y que hasta con mi tía te pones a tú por tú cuando se ofrece, te has abatido tanto a una sirvienta de porra? Vaya, si me lo hubieran contado, hubiera dicho que eran mentiras.
—Tienes razón de extrañarlo, dijo Pomposa; pero sábete que no sólo yo le aguanto, sino también mamá. Yo le sufro sus retobos por cierta cosa y mi mamá porque le debe seis meses de salario.
—¡Qué cosas de mi tía!, ¡qué olvido!, no puede ser otra cosa, porque no le falta dinero. —Ya se ve que no, mi papá le da para todo, pero no le alcanza y se ve muy apurada hasta para completar el gasto de la semana. Como tiene tantos bailecitos... —Yo soy una mocosa; pero no hiciera ninguna fiestecita por no verme apurada y sobre todo porque no hablaran los sirvientes. Pero, niña, por eso sufre mi tía los retobos de Manuela, ¿y tú por qué?
—¡Ay niña!, porque mira... pero ¿estamos solas?, no hay nadie que nos oiga. —No, Pomposita, di lo que quieras que estamos seguras de que ninguno escuche lo que hablamos. —Pues oye, entre las visitas de mi casa y entre mis muchos enamorados, me llenó el ojo(51) y supo avasallar mi corazón un oficialillo(52) de milicias en términos que hube de corresponder a sus instancias. Ello es verdad que el muchacho es muy bueno mozo y muy fino. No me pesa de quererlo; pero tengo miedo porque más de dos veces he estado para comprometerme. —Será para casarte, ¿no es verdad? —Nada de eso. ¿Yo me había de comprometer a casarme con un triste capitán? No digo ni con un brigadier. Si fuera con un marqués rico, tal vez... —Muy alto piensas, hermana; pero no queriendo casarte con ese capitán que te pretende, no sé en qué estaría tu comprometimiento, pues una niña de tu estado y de tu clase no puede comprometerse con un hombre a otra cosa que a ser su mujer. —Pues yo me he visto comprometida a otra cosa sin que haya sido para eso. Ya se ve, tales han sido los riesgos. Mira tú que una noche me estuvo platicando con él en el descanso de la escalera... Otra vez. —Cállate, niña, ¿y es posible que te expongas a esos riesgos? ¿Qué no te ha visto mi tía? ¿No lo sabe? —No, niña, ni lo permita Dios. ¿Sabes quién me ha valido mucho? Manuela, porque ella ha estado al cuidado para avisarme. —¡Ah!, pues por eso(53) tú le sufres sus picardías: porque no te acuse. —Ya se ve que sí, por eso la aguanto; si no, cómo ella había de alzar los ojos para verme. Pero no te admires de esto. ¿Acaso yo seré la primera niña doncella que tolere a sus criadas porque ha tenido la debilidad de fiarse de ellas? —Ya se ve que no serás la primera ni la última que les tenga miedo, ni que pierda el crédito por su causa.
¿Qué puede hacer una criada vil, que se emplea en estos oficios, sino callar las flaquezas de sus amos(54) mientras éstas les tapen la boca con dádivas; pero el día que les dejen de dar o que no estén de humor para sufrirles sus retobos y llanezas, entonces las descubrirán no sólo(55) con sus madres, sino con cuantas(56) puedan, porque entre la gente sin principios no tiene límite la venganza.
Bien haya mi papá que me aconseja que yo le dé cuenta de cuanto me pasare, sea lo que fuere. —¿Hasta de tus enamorados?, preguntaba Pomposa. —Sí, hasta de eso; ¡ay niña!, ¿cuándo mi papá ni mi mamá habían de permitirme tal cosa? Dirán que eso era perderles el respeto. —Más se lo pierdes(57) valiéndote de esa criada, y más te expones, porque si tú hubieras tenido el permiso que yo, es verdad que no(58) le hubieras hablado a solas al capitán, pero tampoco te hubieras expuesto como dices.
Fuera de esto, para que las amas, sean las que fueren, tengan boca para sus criadas, es menester que éstas no les sepan nada, que no tengan rabo que pisarles,(59) porque de otra suerte, las mozas tienen a las amas como los cocheros a las mulas, sujetas del fiador(60) y cada día se insolentan más, porque están seguras de que les han de aguantar, por tal de que no descubran sus defectos.
Pepa la Gómez me contó el otro día que una amiga suya le aguanta a una costurera que tiene treinta mil porquerías, retobos y robillos de cuando en cuando. Su marido cada rato le dice que la eche; pero ella no se atreve ni a regañarla, antes es una vergüenza ver el abatimiento con que la sufre, y ¿por qué? Porque la tal costurera es la depositaria de sus secretos, la criada de su mayor confianza y la que la acompaña a la casa de un señor, y el día que lo sepa el marido, tal vez la matará, y hará bien, porque no se casó para ser mala; pero ya ves qué lindo motivo tiene esa señora para ejercitar la paciencia con su criada. Yo, por mí, te aseguro que he de hacer cuanto pueda por manejarme toda mi vida con honor, por tal de que mis criadas, cuando las tenga, no se suban sobre mí por el mal ejemplo que les de.
Pomposita se avergonzó con la prudente reprensión de su prima y no teniendo qué decirle, varió conversación y a poco rato se despidió de ella y de su tía.
(1) No figuraba este encabezado. Fue introducido por razones de coherencia.
(2) Para ver las variaciones de tomos y capítulos en las ediciones subsecuentes, consúltese el índice final. A partir de este capítulo la edición empleada es la segunda.
(4) frasca. Cf. nota 45 al cap. VII.
(5) Coladilla. Personaje imaginario cuyo nombre se deriva del verbo colarse: introducirse sin ser llamado. Cf. Santamaría, Dic. mej.
(6) En este párrafo tomamos como base la 4ª por que su texto es más explicito. 2ª y 3ª dicen: "No convidar más personas, sino a proporción del número de cubiertos que pueden poner, con veinte más por los entremetidos, y sin dejar a los criados muertos de hambre en el día del banquete."
(10) 4ª: "hace que aun ignoraba..."
(22) 4ª omite "en la" y "del". En 3ª desde "Santo Concilio" hasta "capítulo I" aparece en nota de pie de página.
(25) picarillo. "Lo mismo que Pícaro, aunque con más energia". Cf. Diccionario de autoridades.
(26) debajo de la barba cana vive la mujer honrada. Es más conocida la forma: "Bajo de la barba cana, vive la mujer honrada", significando que la respetabilidad es segura salvaguarda de la mujer. Cf. Darío Rubio, Refranes, proverbios, dichos y dicharachos mexicanos, México, s. e., 1937.
(28) hacer la barba. Cf nota 27 al cap. VI.
(34) dada de manos. Frase en desuso.
(36) vejancón. Aumentativo de viejo: es un hombre muy viejo.
(37) Batuecas. Valle español entre Salamanca y Cáceres. También existió una congregación con este nombre en el municipio de Puruándiro, Michoacán.
(39) El oro todo lo vence. Equivale a "El dinero todo lo puede".
(49) mercé. Cf. nota 1 al cap. V.
(51) llenó el ojo. "Henchir" o "llenar el ojo" es una "Phrase con que se dá á entender que alguna cosa ha contentado mucho, por parecer perfecta y aventajada en su especie." Cf. Diccionario de autoridades.
(53) 3ª y 4ª omiten "pues por eso".
(59) rabo que pisarles. También se usa "Tienen cola que pisarles": tienen culpa que se les puede echar en cara.
(60) fiador. Correa que lleva la caballería de la mano a la parte de fuera, desde la guarnición a la cama del freno.
