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CAPÍTULO I(1)

 

En el que hace la apología de su obra, y da razón
de su patria, padres, nacimiento y primera educación



Sería yo el hombre más indolente, y me haría acreedor a las execraciones del universo, si privara a mis compañeros y amigos de este precioso librito, en cuya composición me he alambicado los sesos, apurando mis no vulgares talentos, mi vasta erudición y mi estilo sublime y sentencioso.

No, no se gloriará en lo de adelante mi compañero y amigo El Periquillo Sarniento(2) de que su obra halló tan buena acogida en este reino, porque la mía, descargada de episodios inoportunos, de digresiones fastidiosas, de moralidades cansadas,(3) y reducida a un solo tomito en octavo, se hará desde luego más apreciable y más legible: andará no sólo de mano en mano, de faltriquera(4) en faltriquera y de almohadilla en almohadilla, sino de ciudad en ciudad, de reino en reino, de nación en nación, y no parará sino después de que se hayan hecho de ella mil y mil impresiones en los cuatro ángulos de la Tierra.

Sí, amigos catrines,(5)  y compañeros míos, esta obra famosa correrá... dije mal, volará en las alas de su fama por todas las partes de la Tierra habitada y aun de la inhabitada; se imprimirá en los idiomas español, inglés, francés, alemán, italiano, arábigo, tártaro, etcétera; y todo hijo de Adán, sin exceptuar uno solo, al oír el sonoroso y apacible nombre de don Catrín, su único, su eruditísimo autor, rendirá la cerviz y confesará su mérito recomendable.(6)

¿Y cómo no ha de ser así, cuando el objeto que me propongo es de los más interesantes y los medios de los más sólidos y eficaces? El objeto es aumentar el número de los catrines; y el medio, proponerles mi vida por modelo... He aquí en dos palabras todo lo que el lector deseará saber acerca de los designios que he tenido para escribir mi vida: pero ¿qué vida?, la de un caballero ilustre por su cuna, sapientísimo por sus letras, opulento por sus riquezas, ejemplar por su conducta y héroe por todos sus cuatro costados: pero basta de exordio, operibus credite.Atended.

Nací, para ejemplo y honra vuestra, en esta opulenta y populosa ciudad por los años de 1790 o 91, de manera que cuando escribo mi vida tendré de treinta a treinta y un años, edad florida, y en la que no se debían esperar unos frutos de literatura y moralidad tan maduros como los vais a ver en el discurso de esta obrita. Pero como cada siglo suele producir un héroe, me tocó a mí ser el prodigio del siglo diez y ocho en que nací, como digo, de padres tan ilustres como el César, tan buenos y condescendentes como yo los hubiera apetecido aun antes de existir y tan cabales catrines que en nada desmerezco su linaje.

Mis padres, pues, limpios de toda mala raza y también de toda riqueza, ¡propensión de los hombres de mérito!, me educaron según los educaron a ellos, y yo salí igualmente aprovechado.

Aunque os digo que mis padres fueron pobres, no os significo que fueron miserables. Mi madre llevó en dote al lado de mi padre dos muchachos y tres mil pesos; los dos muchachos, hijos clandestinos de un título, y los tres mil pesos hijos también suyos, pues se los regaló para que los mantuviera. Mi padre todo lo sabía; pero ¿cómo no había de disimular dos muchachos plateados con tres mil patacones(7) de las Indias? Desde aquí os manifiesto lo ilustre de mi cuna, el mérito de mamá y el honor acrisolado de mi padre; pero no quiero gloriarme de estas cosas: los árboles genealógicos que adornan los brillantes libros de mis ejecutorias y los puestos que ocuparon mis beneméritos ascendientes en las dos lucidísimas carreras de las armas y las letras, me pondrán, usque in aeternum, a cubierto de las notas de vano y sospechoso cuando os aseguro a fe de caballero don Catrín que soy noble, ilustre y distinguido por activa, por pasiva y por impersonal.

Mas, volviendo al asunto de mi historia, digo que por la ceguedad de la fortuna nací, a lo menos, con tal cual decencia y proporciones, las que sirvieron para que mi primera educación hubiera sido brillante.

No había en mi casa tesoros, pero sí las monedas necesarias para criarme, como se me crió, con el mayor chiqueo.(8) Nada se me negaba de cuanto yo quería, todo se me alababa, aunque les causara disgusto a las visitas. A la edad de doce años, los criados andaban debajo de mis pies, y mis padres tenían que suplicarme muchas veces el que yo no los reconviniera con enojo: ¡tanta era su virtud, tal su prudencia y tan grande el amor que me tenían!

Por contemporizar con un tío cura, eterno pegoste(9) y mi declarado enemigo, ab ineunte aetate,(10) o desde mis primeros años, me pusieron en la escuela o, por mejor decir, en las escuelas, pues varié a lo menos como catorce, porque en unas descalabraba a los muchachos, en otras me ponía con el maestro, en éstas retozaba todo el día, en aquéllas faltaba cuatro o cinco a la semana; y en éstas y las otras aprendí a leer; la doctrina cristiana según el Catecismo de Ripalda;(11) a contar alguna cosa y a escribir mal, porque yo me tenía por rico y mis amigos los catrines me decían que era muy indecente para los nobles tan bien educados como yo el tener una letra gallarda ni conocer los groseros signos de la estrafalaria ortografía. Yo no necesitaba tan buenos consejos para huir las necias preocupaciones de éstos que se dicen sensatos, y así procuré leer y contar mal, y escribir peor.

¿Qué se me da, amados catrines, parientes, amigos y compañeros míos, qué se me da, repito, de leer así o asado, de sumar veinte y once son treinta y seis, y de escribir el cura de Tacubaya(12) salió a casar conejos? Dícenme que esto es un disparate; que los curas no casan conejos sino hombres racionales; que cazar con zsignifica en nuestro idioma castellano matar o coger algún animal con alguna arma o ardid, y casar con s es lo mismo que autorizar la liga que el hombre y la mujer se echan al contraer el respetable y santo Sacramento del matrimonio. ¿Qué se me da, vuelvo a deciros, de éstas y semejantes importunas reconvenciones? Nada a la verdad, nada seguramente, porque yo he tratado y visto murmurar a muchos ricos que escribían de los perros; pero a vueltas de estas murmuraciones los veía adular y recomendar por los más hábiles pendolistas(13) del universo; lo que me hace creer, queridos míos, que todo el mérito y habilidad del hombre consiste en saber adquirir y conservar el fruto de los cerros de América.

Tan aprovechado como os digo salí de la escuela, y mis padres me pusieron en el colegio para que estudiara, porque decían los buenos señores que un don Catrín no debía aprender ningún oficio, pues eso sería envilecerse; y así que estudiara en todo caso para que algún día fuera ministro de Estado o por lo menos patriarca de las Indias.

Yo en ese tiempo era más humilde o tenía menos conocimiento de mi mérito, y así no pensaba en honras ni vanidades, sino en jugar todo el día, en divertirme y pasarme buena vida.

Los maestros impertinentes me reñían y me obligaban a estudiar algunos ratos, y en éstos... ¡lo que es un talento agigantado!, en estos cortos ratos que estudié a fuerza, aprendí la gramática de Nebrija y toda la latinidad de Cicerón en dos por tres; pero con tal felicidad, que era la alegría de mis condiscípulos y la emulación de mis cansados preceptores. Aquéllos reían siempre que yo construía un verso de Virgilio o de Horacio, y éstos se rebanaban las tripas de envidia al oírme hacer régimen de una oración, porque yo les hacía ver a cada paso lo limitado de sus talentos y lo excesivo del mío.

Me decían, por ejemplo, que ego, mei no tenía vocativo, y yo les decía que era fácil ponérselo y necesario el que lo tuviera, pues no teniendo vocativo, no se podrá poner en latín esta oración: ¡Oh yo, el más infeliz de los nacidos!, y poniéndole el vocativo ego, diremos: 0 ego infelicior natorum!, y ya está vencida esta dificultad, y se podrán vencer así iguales injusticias y mezquindades de los dramáticos antiguos.

La oposición que hice a toda gramática fue de lo más lucido; ni uno hubo que no se tendiera de risa al oírme construir aquel trilladísimo verso de Virgilio:

Tityre, tu patulae recubans sub tegmine fagi,(14) que volví al castellano de este modo: Tu recubans, tú amarrarás; Tityre, a los títeres; patulae, de las patas; fagi, con una faja; sub tegmine, bajo de ciertos términos. Todos se reían, celebrando, ya se ve, mi habilidad; pero los maestros se ponían colorados, y aun me querían comer con los ojos desde sus sillas; ¡tanta era la envidia que los agitaba! Pero en fin, yo recogí mis galas, mis padres quedaron muy contentos y me pusieron a estudiar filosofía.

En esta facultad salí tan aprovechado como en gramática. A los dos meses ya argüía yo en bárbara(15) que era un pasmo, y tenía un ergo tan retumbante, que hacía estremecer las robustas columnas del colegio, siempre con asombro de mis condiscípulos y bastante envidia de mis maestros.

Una ocasión, arguyendo con un rancio peripatético que defendía la existencia de cierto animal llamado entre sus antiguos patronos ente de razón, después de varias cosas que le dije, añadí este silogismo concluyente: Si per alicujus actus eficeretur(16) entis ratio, maxime per huic: per huic non; ergo per nullius.

Las mesas y bancas de la clase resonaron con el palmoteo de los colegiales, que ya con su desentonada risa no dejaron proseguir el argumento. El sustentante me dio un apretado abrazo y medio real de carita,(17) diciéndome: —Tenga usted el gusto de que es más fácil concebir un ente de razón, que poner otro silogismo en un latín tan crespo y elegante. Todos me aplaudieron, todos me celebraron ese día, y no faltó quien escribiera el silogismo con letras de oro y lo pusiera sobre las puertas de la aula con este mote: Ad perpetuam rei memoriam, et ad nostri Catrinis gloriam;que resuelto a romance quería decir: Para gloria de la memoria de la historia latinoria del ilustrísimo Catrín, que es de los nuestros catrines. ¿Qué os parece, amigos y compañeros? ¿No os admira mi habilidad en tan pocos años? ¿No os espanta mi fama tan temprana? ¿No os ejemplariza mi conducta? Pues imitadme y lograréis iguales aplausos.

Así pasaron los dos años y medio del curso de artes, en los que tuve el alto honor de haber curseado(18) la Universidad y el colegio con enteras aprobaciones de mis catedráticos y concolegas.(19)

Al cabo de este tiempo, por parecerme poco premio, no quise obtener el primer lugar in rectum que me ofrecían y me contenté con el grado de bachiller, que le costó a mi padre treinta y tantos pesos, me parece; y aun éste lo admití porque ya sabía yo cuán necesario es ser bachiller en artes para adquirir los grados de licenciado, doctor y maestro; y como ser bachiller en artes es conditio sine qua non, me fue preciso bachillerear contra mi gusto.

Sin embargo, con mi gran título y diez ocho años a cuestas, me divertía en las vacaciones que tuve, pasando el tiempo con mis compañeros y amigos, que eran muchos, y tan instruidos y tan buenos como yo.

Así que al tío cura le pareció que ya perdía demasiado tiempo, instó a mis padres para que me volvieran a soterrar en el colegio a estudiar facultad mayor; pero les dijo que consultaran con mi inclinación para que se procediera con acierto.

Yo tenía muy poca o ninguna gana de continuar una carrera tan pesada como la de las letras, por dos poderosísimas razones: la primera, por no sufrir la envidia que los maestros me tenían al ver cómo descollaban(20) mis talentos; y la segunda, porque ya me consideraba bastante instruido con el estudio que tenía hecho para disputar de cualquier ciencia con el mismo Salomón.

Resuelto de esta manera, le dije a mi padre que no quería continuar en los estudios, porque las ciencias no eran sino unas charlatanerías importunas que no proporcionaban a los hombres sino aflicciones de espíritu, quebraderos de cabeza y ningún premio; pues para un medio sabio que cogía el fruto de sus tareas literarias al cabo de los años mil, había novecientos arrinconados en el olvido y la miseria.

Mi padre tenía talento; pero como reconocía muchas ventajas en el mío, se encogió de hombros, como quien se sorprende, y no hizo más sino trasladar la respuesta a la noticia de mi pesado tío el cura, con quien, por esta causa, tuve una molesta disertación, como veréis en el capítulo que sigue.

 


(1)  Las variantes en la portada de la 2ª edición son: Don Catrín de la Fachenda por El Pensador Mexicano. Vida y hechos del famoso caballero don Catrín de la Fachenda, México, 1843, Antonio Díaz.

(2)  El Periquillo Sarniento apareció por primera vez en 1816.

(3)  Efectivamente El Periquillo y La Quijotita abundan más en digresiones moralizantes.

(4)  faltriquera. "La bolsa que trahe para guardar algunas cosas, embebida y cosida en las basquiñas y briales de las mugéres, á un lado y á otro, y en los lados de los calzónes de los hombres, á distinción de los que se ponen en ellos un poco mas adelante, y en las casacas y chupas para el mismo efecto, que se llaman Bolsillos." Cf. Dic. autoridades

(5)  catrines. Tipo social que, a pesar de su pobreza, hacía gala de vestirse bien y a la moda. También eran conocidos como currutacos, petimetres y lechuguinos.

(6)  Contrasta la pedantería de que hace gala Catrín con la modestia con que Fernández de Lizardi presentaba sus obras a nombre propio.

(7)  patacones. Moneda antigua de plata de peso de una onza, y cortada con tijeras.

(8)  chiqueo. Mimo, halago.

(9)  pegoste. O pegostre, por pegote. Cf. Santamaría, Dic. mej.

(10)  2ª: "oetate".

(11)  Jerónimo de Ripalda (1534-1618). Sacerdote jesuita español. Explicó la doctrina cristiana a los niños. Su Catecismo fue empleado en las escuelas de América y en España. En México fue adoptado por disposición de varios Concilios nacionales, especialmente por el Concilio III Mexicano.

(12)  Tacubaya. Actualmente parte del Distirio Federal. En tiempo de Fernández de Lizardi un pueblo que distaba de la ciudad de México unas site mil varas. Cf.Diccionario universal de historia y geografía, México, Escalante, 1854, vol. V, p. 1008.

(13)   pendolistas. Calígrafos.

(14)  Égloga I de Virgilio: Tityre, tu patulae recubans sub tegmine fagi siluestrem musam meditaris auena. "¡Oh Títiro!, tú, recostado bajo la copa de la extendida haya, ejercitas la música silvestre con la delicada zampoña—" Cf. Églogas y Geórgica, trad., pról. y notas de José Velasco García, Buenos Aires, Glem, 1943, p. 11.

(15)  bárbara. Primera figura del silogismo. Ejemplo: Todos los hombres son mortales; Sócrates es hombre, luego es mortal.

(16)  2ª: "aficeretur".

(17)  medio real de carita. Hubo dos monedas con valor de medio real. Una de oro, acuñada en 1801 llevaba la efigie de Carlos IV; otra, de plata, acuñada en 1810 con la efigie de Fernando VII.

(18)  2ª: "cursar".

(19)  concolega. El que es del mismo colegio que otro.

(20)  2ª: "desarrollaban".