CAPÍTULO I

 

En el que continúa el coronel instruyendo
a su hija
 acerca del matrimonio(1)(2)

 

 

 

 

Así como el labrador arroja sobre la tierra fértil su semilla, complacido con la esperanza de recibir frutos sazonados y abundantes, así el coronel no regateaba a su hija sus instrucciones, asegurado de que su dócil corazón las recibía con la misma bella disposición que recibe el campo las primeras lluvias del verano. De suerte que tanto gusto tenía el coronel en enseñar a su hija, como ésta en recibir sus instrucciones.(3)

Un día, estando todos conversando sobremesa, se tocó el punto de la malicia de los hombres, que engañan con apariencias de verdad. Al momento se acordó Pudenciana de una promesa que le había hecho su padre, y le dijo: —Papá, el día que nos convidaron para las honras de Pamela me dijiste que me darías algunas reglas para conocer a los hombres, las que me serían muy útiles en el discurso de mi vida. Se han pasado ya algunos días y no me has dicho nada: sin duda que se te ha olvidado; pero ahora te lo acuerdo porque no quiero quedarme sin saber esas reglas.

—Haces muy bien de querer saberlas, le contestó su padre, y ahora mismo te cumpliré mi promesa; pero ya te acuerdas que te he dicho que es empresa muy dificultosa el señalar estas reglas por el estudio que los hombres ponen en disfrazarse, y que sólo un largo trato con ellos puede quitarles las máscaras y manifestárnoslos tales como ellos son, pero esta prueba, aunque es la mejor, no es la más segura para una niña recatada que debe huir todo trato y familiaridad con los hombres mientras no salga de la patria potestad para el estado del matrimonio.

En esta inteligencia, las reglas que te daré serán comunes y sencillas, y por lo mismo fáciles de aplicarlas cuando quieras. Atiende: en cuatro clases puedes dividir a los hombres, y en efecto me parece que no se dividen en más ni en menos, sino que cualquier hombre entra en alguna de ellas precisamente.

 

(4) Clase. Hombres de buen corazón y mala cabeza.

2ª Hombres de buena cabeza y mal corazón.

3ª Hombres de mal corazón y mala cabeza.

4ª Hombres de buena cabeza y buen corazón.

 

Analizaremos estas clases, dándote algunas señales de cada una, para que conozcas los hombres, según a la que pertenezcan.


Primera clase: Hombres de buen corazón y mala cabeza

 

A esta clase pertenecen aquellos cuyo corazón está dispuesto a hacer bien; pero muchas veces hacen mal por ignorancia, creyendo que obran con arreglo a la justicia. Su corazón está animado de deseos de acertar; pero su entendimiento, atolondrado(5) o falto de la instrucción necesaria, concibe el mal como bien, y de aquí se sigue que a cada paso incurren en los errores que quieren evitar. Esta clase de hombres(6) son malos para superiores porque, como se encaprichan, siguen el error, y apenas alguna vez y con mucha dificultad se logra que varíen de dictamen, sujetándose a un consejo prudente. Son malos estos hombres, como he dicho; pero son malos sin voluntad de serlo, sino por ignorancia, y por lo mismo merecen alguna disculpa. Peores son los de la


Segunda clase: Hombres de buena cabeza y mal corazón

 

Éstos son aquellos que tienen bastante talento e instrucción; pero al mismo tiempo un corazón emponzoñado y muy a propósito para cometer un delito siempre que conciben que de él les puede resultar alguna satisfacción o conveniencia. Por lo general estos hombres son egoístas, intrigantes, interesables y perversos. Ninguna disculpa merecen, ni en el tribunal de su conciencia misma, que incesantemente los acusa y les reprende su proceder inicuo. Éstos son malos para superiores, para compañeros, para amigos y para todo.


Tercera clase: Hombres de mal corazón y mala cabeza

 

Éstos son los monstruos más intolerables de la especie humana. Necios y con pésimas inclinaciones, apenas harán un bien por accidente, siendo lo peor la gran dificultad que tienen de enmendarse, pues ciegos y contentos con su torpe ignorancia, están casi físicamente impedidos de conocer su triste situación. Dije casipara excusarles la disculpa moral, si la quisieran alegar. El hombre siempre tiene el camino abierto para salir del error como quiera; pero los que están bien hallados con él, jamás preguntan si aciertan o yerran, por más que les remuerda su conciencia; y he aquí la ignorancia que no tiene disculpa porque se puede vencer si se quiere. Mas estos necios y perversos de que hablo no tienen ni quieren tener otro maestro que su capricho. De consiguiente, como necios adoptan las más destestables ideas, y como perversos las ejecutan siempre que pueden, y Dios nos libre de estar sujetos a esta clase de malvados con poder.


Cuarta clase: Hombres de buen corazón y buena cabeza

 

Ningunas alabanzas serán desmedidas para alabar a(7) los que corresponden a esta clase. Por el contrario de los anteriores, siempre piensan bien y obran mejor. Su entendimiento dócil e ilustrado les hace conocer la maldad y la virtud, y su voluntad bien dirigida los incita a detestar aquélla y abrazar ésta; y ¿quién dudará que semejantes hombres son buenos para todo: amigos verdaderos, vasallos fieles, esposos amantes, padres tiernos y ciudadanos útiles a cuantos tienen la dicha de tratarlos? Estos hombres, dignos siempre de la memoria de los buenos, ni se envanecen con las honras, ni se ensoberbecen con el oro, ni abusan del poder cuando lo tienen.  En estos casos, cuando su mérito los eleva o los engrandece su fortuna, entonces es cuando brillan más sus talentos y se perciben dulcemente sus bondades, lo mismo que cuando el astro luminoso del día se eleva sobre nuestras cabezas, no para incendiarnos con sus rayos, sino para derramar sobre nosotros sus influencias benéficas y necesarias.

—¡Ay, papá!, dijo Pudenciana, ¿quiénes son esos hombres tan generosos y tan grandes a quienes no trastorna el oro ni el poder? Yo quisiera conocerlos para alabarlos sin cesar; pero pienso que me moriré con el deseo, porque sólo tú eres tan bueno como los que has pintado.

—Esa alabanza en otra boca me parecería irónica, porque a la verdad no la merezco, dijo el coronel; mas en la tuya la estimo demasiado, porque sé que te la dicta el mucho amor que me tienes, que es el que te hace formar un concepto tan ventajoso de tu padre. Yo te agradezco tu cariño, y procuraré no desmentir tu corazón, aunque es bien que entiendas que ni tengo la bondad que piensas, ni aun cuando la tuviera sería el único. Hay muchos hombres buenos, hija mía, sembrados sobre la faz de la tierra; pero es difícil conocerlos, y aunque hay muchos, la infinidad de perversos e hipócritas con quienes se hallan confundidos o engastados, los hace parecer muy pocos y también muy raros en el mundo.

Tampoco debes olvidar que por desgracia el mérito y la virtud las más veces o no se conoce, o se arrincona, o se persigue.(8) Así que no es mucho que los hombres que poseen estas recomendables circunstancias no estén siempre ni todos en disposición de comunicar a sus semejantes los efectos de su entendimiento y probidad; y ves aquí un motivo poderoso para que estos hombres ilustrados y benéficos nos parezcan menos de los que son en realidad. En el cielo hay muchas estrellas y no las vemos todas, o porque una distancia enorme las hace inaccesibles a nuestra vista, o porque algunas nubes nos interceptan sus luces.

—Todo eso lo siento mucho, dijo Pudenciana, por cuanto dificulta el conocimiento de semejantes genios bienhechores. ¡Ojalá supiera yo algunas señas inequívocas con que poder distinguirlos de los demás!

—Bien conozco, prosiguió el coronel, la sinceridad de tu deseo, el que es muy justo, y si Dios te destina para casada, ¡cuánto apreciaría que encontrases un hombre de esta clase! Tú quisieras lo mismo, es natural, por eso anhelas por algunas señas particulares para el caso. Yo quiero complacerte, dándote una sola, muy sencilla, pero inequívoca, y ésta es la sólida y verdadera virtud. El hombre que la posee es el verdadero hombre de bien, y de consiguiente el que,(9) cumpliendo exactamente con las obligaciones que le impone su estado, se hace útil y apreciable en cualquier(10) clase que ocupa(11) en la sociedad.

—Pero, papá, hay tantos hipócritas con quienes un hombre de éstos se confunda, que me parece una empresa muy ardua el distinguirlo. —Es, en efecto, difícil distinguir al malvado hipócrita del verdadero virtuoso; pero no es imposible, en teniendo idea de lo que es hipocresía y de lo que es virtud. Hipocresía es el fingimiento o la máscara del bien obrar, y la virtud es el constante ejercicio de este bien obrar.

Te parecerá quizá que esta definición dice poco; pero no, hija: en ella sola te doy el termómetro más infalible para distinguir al hipócrita del virtuoso. El primero puede aparentar virtud, y engañar o alucinar a los que no saben qué es virtud, ni en qué consiste, pero no puede ser constante en este fingimiento. Semejantes a algunas mujeres zonzas(12) que pretenden pasar plaza de garbosas, fingiendo otro andar del que tienen por naturaleza, y a poco rato se les olvida y vuelven a su antiguo trote o pasito cansado, así son los hipócritas, que por un momento fingen piedad, castidad, humildad y, si se quiere, todas las virtudes, mas esta escena no dura mucho; no, no hayas miedo que te engañen si tú los observas despacio.

No duran más los intervalos [de cordura] de un loco que las apariencias de virtud en un hipócrita. A poco de fingir lo que quieren, se les olvida y manifiestan su ordinario modo de proceder.

No así el virtuoso verdadero, el legítimo hombre de bien y bueno de cabeza y corazón. Éste, como acostumbrado al bien obrar, es constante en el ejercicio de la virtud. Esta constancia es el mejor garante que tienen los hombres de su hombría de bien, y el saber observarla es el medio mejor para distinguir al hipócrita del virtuoso.

—Papá, dijo Pudenciana, ¿quién no te ha de entender si te explicas con tanta claridad? Pero para mejor entenderte quisiera que me dijeras en qué consiste la verdadera virtud, pues mientras no lo sepa, no podré observar cuál es el más completo y verdadero virtuoso.

Ya yo supongo que la verdadera virtud no consiste en rezar muchas novenas, en andar con la cabeza inclinada al suelo, con los ojos bajos, ni el semblante mustio, ni en otras exterioridades de que hacen tanto caudal los hipócritas e idiotas; pero no me acuerdo en qué consiste la virtud verdadera, y ciertamente que tú me lo has dicho otras veces. —Sí te lo he dicho; mas nuestra memoria es harto débil y se te ha olvidado esto como otras cosas; pero atiende. Preguntaba una vez un joven a Jesucristo que ¿qué haría para salvarse? "Guarda los Mandamientos", le contestó nuestro Divino Maestro. "¿Y para ser perfecto?": "Si quieres ser perfecto, vende tus bienes, dalos a los pobres, toma tu cruz, y sígueme".(13) He aquí en dos palabras explicado por la sabiduría eterna en qué consiste la virtud verdadera y la perfección cristiana de ella misma. El que guardare, exacta y constantemente los Mandamientos del Señor, será verdaderamente virtuoso, y el que, a más de esta indispensable observancia, tuviere la heroica resolución de desprenderse de todos los intereses temporales y de conformar en todo su voluntad con la de Dios, ése será no sólo virtuoso y arreglado, sino justo y perfecto en cuanto cabe en el estado de viador en esta miserable vida. Los que faltasen a aquella observancia y a aquel despego total de las cosas humanas, serán solamente unos hipócritas de virtud y santidad, por más exterioridades y gazmoñerías(14) de que se valgan. Alucinarán alguna vez a los que juzgan de las cosas con ligereza; pero nunca a los que, como tú, saben ya en qué consiste la virtud y cuáles son las señas que convienen a los verdaderamente virtuosos.

—De manera, papá, decía Pudenciana, que siendo lo mismo ser virtuoso que hombre(15) de bien, ninguno que no guarde los preceptos del Decálogo en todas sus partes puede ser virtuoso, [y](16) de consiguiente ni hombre de bien o, como se dice, hombre de honor. Eso ¿qué duda tiene? —Ya se ve; pero yo he oído decir que entre los gentiles ha habido y aun hay entre los moros y protestantes de otras comuniones diferentes de la nuestra, muchos hombres de bien, y tales que sus conductas pudieran(17) avergonzar las de(18) muchos católicos relajados. Esto me hace creer o que es falso que haya habido tales hombres de bien en el mundo sin ser cristianos, o que, si los ha habido, puede haberlos sin guardar los diez preceptos dichos, pues los protestantes y moros no los guardan; y entonces sale de ahí que para ser hombre de bien no es menester guardar los Mandamientos. —Así debería ser si no fuera tu raciocinio equivocado; pero has de saber, hija mía, que aunque es indudable que entre los gentiles, moros y otros que no han conocido ni adoptan nuestra religión ha habido y hay muchos hombres de bien, todos éstos han guardado y guardan escrupulosamente los preceptos del Decálogo. —¿Pero, papá, cómo los pueden guardar si no lo saben? —Ésa es la equivocación, hija mía; pero(19) has de saber que todos los hombres nacen con el conocimiento de esta ley impresa en el alma, y de consiguiente ligados a su observancia.

—Según eso, papá, ¿aunque Dios no hubiera dado a Moisés los diez preceptos en el monte Sinaí, todos sabríamos cuáles eran y que los debíamos cumplir? —Sí, hija mía. —Entonces ¿todos los que precedieron a Moisés nacieron con este conocimiento y obligación? —No tiene duda, y de consiguiente todos los que no gozaron en el seno de Abraham del fruto de la redención del género humano, fueron infractores de estos preceptos con cierto conocimiento de ellos. —Pues la verdad, papá, hablemos de otra cosa, porque ésas son muchas honduras para mí, y no soy capaz de comprender cómo podrá un hombre saber lo que no le han enseñado. —No hay cosa más fácil. Atiende.

Todas las naciones del mundo, sin exceptuar las bárbaras o salvajes, de unánime consentimiento en todos los siglos, han convenido en que hay un solo Dios, esto es, un Ser Supremo, Autor de la Naturaleza y de quien dimana todo el bien a las criaturas. Sin ninguna revelación conoce el hombre, por bárbaro que sea, que no se hizo a sí mismo y que no tiene virtud o poder para hacer producir ninguna cosa de la nada; conoce también que es superior con mucho a los astros, a los brutos, a las plantas y a todas las criaturas que lo rodean, y de aquí deduce, aunque no quiera, la existencia de un ser soberano, independiente y autor de cuanto mira, porque... así se explica el más rústico en su interior cuando se detiene a contemplar estas verdades: si yo que soy la criatura más perfecta en la naturaleza, según que me lo manifiesta la superioridad que tengo sobre sus demás seres, ni puedo hacerme a mí mismo, ni puedo criar un gusanillo, ni un átomo de arena, menos hará otro tanto el caballo ni el monte, el pájaro ni el río, ni ninguna otra cosa de cuantas me son inferiores en inteligencia y en poder. Luego, algún ser hay superior a mí y a todo cuanto existe, pues fue bastante a hacernos existir. Este Criador es un Autor benéfico, pues él me dio los ojos con que miro la hermosura del campo y de los cielos, el paladar con que gusto la dulzura de las frutas, el olfato con que percibo el aroma de las flores, el oído con que escucho la melodía de los pájaros, y una particular inteligencia con que me proporciono las comodidades de la vida y me resguardo de las intemperies y peligros con más acierto y ventajas que las aves, los brutos y peces. Éste ser soberano es acreedor no sólo a mis respetos y gratitud, sino también a mi temor, pues siendo tan poderoso y tan señor,(20) me podrá deshacer con la facilidad que me hizo, si yo lo disgustare alguna vez.

He aquí, hija mía, el modo con que han pensado todos los hombres acerca de la deidad suprema; por este convencimiento en todas partes han tributado cultos y homenajes al Autor de la Naturaleza. Es verdad que han errado en el modo de tributarlos, pero no en el fin. La ignorancia y la soberbia los ha precipitado en mil abismos de delirios. El hombre incapaz de conocerse a sí, ha pretendido conocer a su Criador, por esto(21) unos lo han adorado en el sol, otros en el fuego, éstos en un buey, aquéllos en un cocodrilo y finalmente lo han querido hallar entre los materiales objetos que les presentaba la naturaleza. De aquí nació la turba de gentiles idólatras que siempre anduvo a tientas buscando la deidad inaccesible; pero siempre reconociendo este Autor soberano, Dios de dioses y objeto único de sus cultos y adoraciones.

Apenas hubo hombres cuando hubo religión. Ésta fue desarrollándose a proporción que se aumentó la población del mundo. Al necesario conocimiento de Dios siguió el culto exterior: se instituyeron sacrificios y ministros que los ofrecieran con el pueblo; se erigieron aras y templos, se inventaron fiestas y solemnidades; se reconocieron los templos como lugares propios para orar y como asilos para refugiarse en ellos de las persecuciones inminentes; se inventaron rogativas para aplacar el celestial enojo; se compusieron himnos y cánticos para alabar a Dios en todos tiempos, se admitió el juramento(22) como sagrado y como el sello de la verdad; de consiguiente, se castigó al perjuro como sacrílego; se dedicaron días particulares para el culto, y en todas partes fue adorado, aunque entre tinieblas, el augusto nombre del Señor, y reconocido su poder.

Hasta aquí ya ves cómo todas las naciones han convenido en que hay un Dios solo y único, autor de cuanto existe; en que este Dios es poderoso, benéfico y temible; en que, por lo mismo, es acreedor a que lo amemos sobre todo, a que no profanemos su nombre santo y a que le consagremos nuestros cultos y adoraciones. ¿Y quién les ha enseñado a los hombres estas sublimes verdades? Dios mismo, dice el real profeta: tú, Señor, has impreso en nuestros corazones la luz de tu Divinidad. Signatum en super nos lumen vultus tui, Domine.(23)

Éstos son los tres preceptos que pertenecen al honor de Dios. Los otros siete que pertenecen al provecho del prójimo también se los enseñó la naturaleza dirigida por Dios bajo de esta sencillísima idea: no hagas a tus semejantes el mal que no quisieras(24) recibir de ellos, quod tibi non vis, alteri non facias.(25)

Según este principio de derecho natural, y sin más luz, conocieron los hombres que no les era lícito dañar a nadie ni en la honra, ni en la hacienda, ni en la vida. Por tanto, luego que se reunieron en sociedades, formaron sus códigos y señalaron penas contra los injustos agresores, no dejando en parte alguna sin castigo el robo, el adulterio, el homicidio y los demás crímenes que se cometían con notable perjuicio de los hombres.

Éstos, guiados por la naturaleza dirigida por su Autor, no sólo conocieron que no debían perjudicarse, sino también socorrerse mutuamente en sus desgracias; pues así como cada uno se reconocía con cierto derecho para reclamar los auxilios de sus semejantes en caso de necesidad, así también conocía en sí cierta obligación de ayudar a sus iguales en el mismo caso, y de aquí tuvieron origen las leyes justas, los establecimientos naturales, ¿qué novedad nos puede causar un Arístides, un Marco Aurelio, un Sócrates, un Tito y otros mil hombres de bien, esto es, hombres de conducta arreglada y corazón benéfico, que entre los errores del paganismo se distinguieron del común de sus coetáneos, derramando sus luces y prodigando beneficios a sus semejantes? Tales fueron muchos de estos grandes hombres que los pueblos, reconocidos a sus bondades, se tomaron la libertad de divinizarlos después de su muerte, creyendo que no llenaban de otro modo las sagradas leyes de la gratitud, y persuadidos a que un hombre bienhechor o era Dios o no desmerecía el serlo. ¡Tanto es el amor y respeto que se granjea la beneficencia cuando recae sobre un corazón agradecido!

Pero lo que hace a nuestro intento es que estos hombres, amados de los pueblos, no lo fueron por otra cosa sino porque respetaron a sus dioses, obraron con arreglo a la justicia, y lejos de ofender a sus semejantes, los llenaron de beneficios. Esto es en nuestra religión amar a Dios sobre todo y al prójimo como a nosotros mismos, y esto también es, en cierto modo, guardar los preceptos del Decálogo sin noticia quizá de los profetas ni Escrituras,(a) pues antes que Dios en el Sinaí grabara sus preceptos en unas piedras para dárselos a Moisés, ya lo había impreso naturalmente en los corazones de los hombres, según te lo he manifestado, y de esto debes necesariamente deducir que si hubo entre los paganos algunos hombres de honor, sólo fueron los que tributaron el debido culto a la deidad, los que jamás dañaron a sus semejantes, los que beneficiaron a los desgraciados y, en dos palabras, los que amaron a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismos. De otro modo no serían ni podrían ser hombres de bien, sino unos fantasmas de bondad.

Lo que decimos de los antiguos gentiles, hemos de asegurar de los modernos protestantes. Hay entre ellos y ha habido muchos naturalmente virtuosos, y cuyos escritos nos manifiestan que poseyeron unas conciencias timoratas y unos corazones llenos de beneficencia.(b)

Es verdad que como separados del seno de la verdadera religión, fuera del cual nadie puede salvarse, hicieron sus virtudes infructuosas para sí mismos. Aisladas sus buenas acciones en el orden natural, desnudas de fe y de caridad, no pasaron de virtudes morales; de consiguiente, no fueron meritorias ante Dios. Si se abstuvieron de cometer el mal y obraron el bien, no fue en primer lugar por complacer a Dios como el católico virtuoso, sino porque naturalmente les era odioso el vicio y por la satisfacción que experimentaban cuando hacían algunas obras buenas, y tal vez por lisonjearse con la brillante reputación que éstas les granjeaban. Sin embargo, la memoria de estos hombres no hubiera pasado a la posteridad con elogio sino hubieran tenido y cultivado estas virtudes, ni éstas hubieran resplandecido en ellos en tanto grado sino hubieran cumplido exactamente los siete preceptos del Decálogo que pertenecen al prójimo y los tres divinos que pertenecen al culto del Ser Supremo.

Si esto es así, es necesario confesar que ni pudo ni puede haber hombres de bien en el mundo sino arreglándose a la pauta de estos preceptos divinos. La digresión ha sido larga; pero yo la he juzgado importante para ti.

—¡Y cómo que lo ha sido, papá!, dijo Pudenciana; yo, antes de ahora, pensaba que todos los que no eran católicos eran sacrílegos, vengativos, avaros, crueles; en una palabra, libertinos y viciosos hasta el extremo.

Pensaba también que los que nacieron antes de la venida del Mesías no tuvieron ni pudieron tener ninguna idea acerca de la deidad Suprema, y se me había olvidado que ya me habías dicho que muchos paganos sabios, aunque en lo exterior fingían creer la pluralidad de dioses que veneraba el pueblo, en lo interior conocían que era un delirio admitir un poder divino repartido entre muchos soberanos y reyezuelos celestiales.

Por último, pensaba yo que se podía ser verdadero hombre de bien en el mundo sin sujetarse a la santa ley que nos gobierna, pero ya veo que el que aspire a este título de honor ha de guardar estos diez preceptos; menos no hay tal hombría de bien, ni tal honor en ninguno. Yo te doy las gracias, papá, por tus buenos documentos, y te suplico que me des otras señas más claras para distinguir a los hombres honrados de los que fingen serlo; pues ya tú ves que no es fácil andarles a todos a los alcances para ver si guardan o no los Mandamientos, y sería muy oportuno una señecita(26) reservada para conocer al pícaro y libertarse de él. ¡Oh, cuánto valiera esta piedra de toque para elegir un buen marido! Pues, digo, allá a las que piensen en casarse.

—Y a ti también te serviría si pensares en eso alguna vez, dijo el coronel, pero aunque ya sé cuál es [la] seña segura que tú quieres, temo decírtela porque no vayas a querer experimentarla por ti misma. —¡Ay papá!, pues si es seguro, ¿qué riesgo hay que se experimente? —En que se experimente no hay riesgo; en que no se salga bien en la prueba está el riesgo. —¿Tan contingente es la victoria? —Sí, tan contingente, y más hecha por una joven inexperta y acaso ciega con la pasión del amor. —¿Pero las pasiones no se pueden sujetar a la razón? [.](27)—Sí, pero no siempre, y mucho menos cuando no tenemos testigos de nuestras debilidades. —¿Según eso, la prueba de que usted(28) me hablase(29) debe hacerse a solas con los hombres para calificar su honradez? —Que se debe no diré; pero sí que la soledad la facilita sin equivocación. —Ya me desespero por saber qué prueba es esa tan arriesgada por una parte, y por otra tan segura. —Y yo ya conozco lo que se(30)ha excitado tu curiosidad. Voy a satisfacértela. Has de saber...

—Señores, corran sus mercedes, que se ha caído de la escalera la señora beata y se ha medio matado. El furioso grito que dio la criada cuando entró con esta noticia, deshizo la conversación. Todos nos levantamos apresurados, especialmente doña Matilde, que había estado en ella como de palo, gustando de la instrucción de su marido; pero como en cualquier desgracia nos sorprende, y más cuando recae en nuestros deudos o amigos, no fue mucho que ésta fuese la primera en levantarse y salir corriendo a favorecer a su tía.

Tan presto lo hizo que, cuando nosotros llegamos a la escalera, ya había levantado a la dolorida beata y la subía apoyada en su brazo.

No fue cosa de cuidado el golpe, pues sólo se lastimó ligeramente una rodilla.

Luego que entró a la sala, se sentó, se le dio una poca de agua fría por el susto, y unos bizcochitos con un traguito de vino por la debilidad, con cuyos auxilios se restableció la enferma en un instante y se volvió risa la memoria de la caída.

Así que estuvo confortada y del todo serena, le dijo doña Matilde: —Pero tía, ¿qué negocio trajo usted hoy a casa que venía o tan distraída o tan de prisa(31) que se cayó de la escalera? —¡Ay mi alma!, un asunto de suma importancia, cual es avisarles los grandes cuidados de Eufrosina y de Pomposa, que como ustedes no han parecido por allá desde el día de las honras de Pamela, no han sabido nada. —¿Pues qué ha sucedido, tía? —¡Qué ha de suceder, sino que desde la noche de las honras espantan en la casa! Si la perrita hubiera sido gente, yo dijera que andaba en penas; pero no lo puedo decir porque al fin Pamela no era gente ni lo soñó en su vida, aunque no le faltaba más que hablar. —Pero, señora, ¿qué clase de espantos son ésos? —Terribles, don Rodrigo, sí, terribles. Sobre que han andado buscando casa todos estos días, y dice Eufrosina que de hoy a mañana se muda, mas que(32)sea a una accesoria o a una casa de vecindad. —¿Tan grandes son los espantos? —Sí, señor. ¿Le parece a usted poco que en la noche de las honras viera Pomposita al diablo? —¡Al diablo! —Sí, señor, al diablo, al mismito diablo vio la pobre muchacha. —¿Y qué señas dice que tenía? —Cómo qué señas. —Tenía su cara muy fea, sus cuernos, su cola y sus zancas largas. ¿Y en dónde lo vio? —¿Cómo en dónde?, en su recámara, como a las dos horas de haberse acostado. —Pero, díganos usted, doña María, ¿qué bebió más vino después que nos despedimos? —Que vino había de beber. Ni lo volvió a probar. —¿Y en qué paró el espanto? ¿cómo se deshizo la visión? —Porque a los gritos de ella dispertaron todos y se levantaron para acompañarla. —¡Válgate Dios por [los](33) espantos! ¿Y lo ha vuelto a ver otra noche? —Sí, señor, a la segunda noche lo volvió a ver más grande y más feo que la primera. A sus gritos y los de la criada que la acompañaba entraron mi sobrina y su marido en su recámara, y se desapareció el enemigo. A la tercera noche ya no tuvo valor Pomposita para dormir allí. —Con razón, dijo doña Matilde, yo tampoco hubiera dormido; pero ¿qué hizo? —Se fue a dormir a la asistencia, y allí también la persigue el maldito. —¿Es posible? —Como te lo digo, niña. A las doce de la noche le empezaron a tocar la pared de la cabecera, y no decir que sea san Pascual Bailón(34) que le avisa que está cercana su muerte, porque ella jamás ha querido ser su devota por no oír esos toquidos; y así ¿quién puede ser sino el duende, que ha cogido a cargo a la infeliz muchacha?

—Así es, dijo el coronel; el diablo son los duendes. ¡Pobre de mi sobrina! —Vea usted si tienen razón de quererse mudar. —Ya se ve que la tiene, y sobrada. Esto de ver al diablo en cuerpo y alma y oír golpes en la cabecera no es cosa de juguete. ¿Y qué dice Pomposita de esas cosas, y su madre también? —¿Qué han de decir, sino que son avisos del Cielo?, y ya las dos han resuelto mudar de vida. —Eso siempre es muy bueno; pero si el diablo hubiera sabido lo que había de suceder, no se mete en espantarlas, porque no le tiene cuenta que se convierta ninguna alma; mas al pobre no le dio esto por las narices,(35) y se ha llevado un buen chasco.(36)

—Noramala para él, decía la beata; yo me alegro de que se haya pegado esa burla. —Cuénteme usted, tía, prosiguió Pudenciana, y ¿qué cosas(37) ha hecho mi prima al principio de su conversión? Pues lo pregunto para cuando yo me convierta. —¿Qué ha de hacer niña? Las dos se han ido a confesar, y ya Eufrosina no quiere tertulias, ya despidieron al maestro de baile, Pomposita ha tirado todas las esencias de olor y ha guardado sus peinetas y alambres con que se componía la cabeza. —¡Ay tía!, no me lo diga usted. ¿A tanto ha llegado? —Sí, mi alma. Si tú la vieras, no la conocerías, porque está tu prima de lo vivo a lo pintado. Ha compuesto sus túnicos; ha comprado zapatos negros, y todo el día se está suspirando, mirando un santo Cristo y leyendo la vida devota de santa Rosalía, y según yo barrunto, puede esto venir a parar en que sea monja Teresa. En fin, desde las noches de los espantos, una Pomposa llevaron y otra trajeron; pero, aunque ya no la espantan, ella no entrara aquellas piezas [a]sí la mataran, y no dejan de buscar la casa.

—Muy bien hecho, decía don Rodrigo; pero si usted vuelve hoy a verlas, dígale a mi hermana y a don Dionisio que digo yo que no aceleren demasiado por mudarse; que a la noche iré allá con mi mujer y Pudenciana; que me pongan la cama en el mismo lugar donde estaba la de Pomposita... —¡Ay!, señor don Rodrigo, ¿y para qué quiere usted hacer eso? —Para ver al diablo, porque no he visto uno en mi vida, sino pintados, y pues en casa de mi hermana se deja ver tan a lo vivo, no es de perder semejante espectáculo. —¡Por cierto que quiere usted ir a bonita comedia! —Le parece a usted que será poca diversión ver una cosa invisible. —Usted creo que no lo cree señor coronel. —Cómo no: lo creo tanto como creer que hay hechizos, brujas, vistas que hacen daño, muertos que se aparecen, fantasmas, dinero enterrado que avisa de noche dónde está, con su luz opaca y lisonjera, y otras cosillas de este mismo tejido. —¿Pues qué dirá usted que no hay nada de eso? —Sí, lo mismo que el diablo que le apareció a mi sobrina.

—Pues ya ve usted que sí, decía la beata, y si estas cosas no fueran verdad, no se leyeran en los libros impresos con letras de molde y con las licencias necesarias, ni se oyeran asegurar por personas muy sabias y muy cristianas. —¡Ah, señora!, si se quemaran todos los malos libros, y se enmudecieran todas las lenguas ignorantes, acreditadas de sabias entre los muchos, ¡cuántos errores se cortarían de raíz!

La multitud de milagros y espantos apócrifos que se hallan esparcidos en los libros, y defendidos como verdades inconcusas por personas que parecen sabias, son los que han abierto la puerta a infinitos errores, abusos, vana confianza, fanatismo y supersticiones en que el vulgo de todas clases se halla empapado, no sólo en nuestro reino, sino en todo el mundo, pues en todas partes cuecen habas.(38)

Lo más sensible es que los que con una piedad falsa han querido hacer valer la religión con estas patrañas, no han conseguido otra cosa que hacerla terrible para los propios y ridícula para los extraños.

Nuestra religión, con la santidad de su instituto, con la solidez de sus pruebas, con la excelencia de su dogma y justificada moral, brilla sin necesidad de falsos espejuelos ni oropeles.

El Ser Supremo, para hacerse temer de los malvados, no necesita del demonio, ni de hacer títeres espantosos, dando a cada instante cuerpos aéreos a los espíritus infernales; ni para hacerse amar y prodigarnos sus beneficios, está todos los días invirtiendo el orden que prescribió a la naturaleza. El creer lo primero es figurarnos una deidad mezquina, y el esperar y pedir lo segundo, es tentar a Dios; esto es, querer hacer prueba de su poder, lo cual es un insulto sacrílego a su omnipotencia.

—Pues usted dirá lo que quiera, decía la beata; pero de que hay espantos los hay. En vida de la señora mi madre, que era yo muchacha, había en México un hervidero de duendes y fantasmas, que no era dable, y yo me acuerdo que recién muerta su merced, la vi dos noches palpablemente al entrar en la recámara donde murió, y una vez oí que me llamó y me dijo muy claro: "María, María". Pues esto a mí me pasó, no me lo contaron, y la vi con estos ojos que se han de comer la tierra. Lo mismo digo de los milagros, que cada día se ven a millares. ¿No ve usted cuántas muletas y piecesitas(39) de plata y de cera están en los altares de algunos santos?, ¿quiere usted más prueba? ¿Y, por fin, no se acuerda usted del milagro tan patente que pasó habrá doce o trece años con Pomposita cuando se cayó del balcón y no recibió el más mínimo daño sino el susto? Pues todo esto no lo puede usted negar, porque lo vio con sus mismos ojos.

—Es verdad, contestó el coronel, yo lo vi, o si no lo vi, me lo contaron; pero(40)fue cierto que la niña cayó del balcón y quedó ilesa: pero eso fue casualidad, no milagro; milagro hubiera sido que se le hubiera hecho pedazos el casco(41) en la lana; pero que no se matara una criatura de tan poco peso al caer de un balcón no muy alto sobre un montón de lana blanda y esponjada, no puede ser milagro, mas que así lo llame usted desde ahora hasta el fin de sus días. Fue casualidad que hallara prevenido en el suelo tan buen colchón, y cayendo en él, fue cosa muy natural que no se matara ni se rompiera la cabeza. Ahí me las den todas.(42)

—¿Conque no fue milagro? —No, señora, no fue milagro. —Pues sí, señor, fue milagro y muy milagro que lo hizo nuestra señora de la Soledad de Santa Cruz, señor san Agustín y mi madre santa Rosa de Lima, a quien yo invoqué, aunque tan mala y pecadora. —La creencia de usted es piadosa, pero el hecho no fue cierto, porque ni esos santos hicieron tal milagro, ni pudieran hacerlo. —¡Ay Jesús! ¿Qué es lo que usted dice? No pudieran esos santos hacer ese milagro?

—No, señora, ni otro ninguno. —¡Ay!, ¡qué es lo que oigo! ¿Ni la santísima Virgen que está en el cielo puede hacer un milagro? —No, ni la misma emperatriz sagrada. —Has oído, Matildita,(43) qué herejía tan grande ha dicho tu marido, ¡Jesús sea aquí, ave María Purísima...! —No se espante usted, tía, que no ha dicho Linarte ninguna blasfemia. —Ya se ve que no.  Mi papá es muy cristiano, añadió Pudencianita; y la venerable beata, llena del espanto más pánico o infundado, preguntaba. —¿Pues qué, también ustedes son de su opinión? También ustedes aseguran que ni los santos ni la Virgen María hacen milagros? —De fuerza lo hemos de asegurar así, cuando nos lo enseña la Iglesia. —¡La Iglesia! ¡Qué testimonio! ¡Alabado sea el Santísimo Sacramento del Altar! Ya todos los de esta casa son herejes. Es menester delatarlos. Ellos son mis parientes; pero no tiene remedio, de aquí derechito a la Inquisición.(44) Sí, sí, que los quemen. Primero es la alma.

—No se dé usted tanta prisa, señora, decía el coronel con mucha paz; no vaya usted a incomodar con esos chismes a los inquisidores, porque le dirán que es una tonta y que no sabe los principios de su religión. Aprenda usted primero, y luego nos irá a acusar al tribunal que quiera.

—Yo no contesto con descomulgados, y esa descomunión es de participantes; sí, de participantes, y yo no me quiero salar,(45) me tapo las orejas y(46) me voy de esta casa condenada.  No en balde me caí de la escalera al entrar; pero ahora lo verán, herejotes, se han de acordar de mí...

Diciendo estas y otras simplezas, se salió de la sala la buena vieja. Matilde y Pudenciana muy apuradas querían detenerla, y la primera decía a su marido: —Déjame ir a detener a mi tía, no vaya a hacer una tontera. Es verdad que no le harán aprecio; pero en quita, pon y desembaraza, se nos puede seguir algún extravío, y cuando no sea otro que las hablillas de los que ignoran la realidad del caso, son de temer y se deben evitar. —Déjala que vaya con Dios. No hagas aprecio de eso, ni tengas cuidado. ¿Acaso los jueces son ignorantes, ni pueden proceder con tropelía? Ellos en la delación conocerán la ignorancia de la madre beata, y cuando les quede alguna duda, luego que me oigan, se satisfacerán(47) de la pureza de mi proposición. —Es verdad; pero ¿qué gana tienes de esas contestaciones? ¿Ya lo ves? Delante de los muy ignorantes y virtuosos fanáticos no se puede hablar nada, porque todo lo entienden mal y lo interpretan peor.

Mientras que el coronel y doña Matilde hablaban estas cosas, se marchó la necia beata, y nosotros no dejamos de quedar con algún cuidado, que no se nos quitó hasta la tarde, como verá el lector en el capítulo que sigue.

 


(1)  Encabezado incluido por razones de unidad.

(2)  Para las variaciones de tomos y capítulos, véase el índice final.

(3)  4ª: "lecciones".

(4)  3ª y 4ª: "primera", "segunda", "tercera" y "cuarta".

(5)  atolondrado. Cf. nota 84 al cap. VI.

(6)  4ª: "estos hombres".

(7)  4ª: "en obsequio de".

(8)  4ª: "conocen, arrinconan, persiguen".

(9)  3ª y 4ª omiten "el que".

(10)  3ª y 4ª: "cualquiera".

(11)  4ª: "a que pertenezca".

(12)  zonzas. Cf. nota 27 al cap. V.

(13)  "Dícele Jesús: Si quieres ser perfecto, anda, vende lo que tienes y dalo o los pobres, y tendrás tesoro en el cielo; y ven, sígueme." Mt. 19, 2; Lc. 16, 9; Hch. 2, 45.

(14)  gazmoñería. Cf. nota 26 al cap. VI.

(15)  3ª y 4ª: "hombres".

(16)  Añadido en 3ª y 4ª.

(17)  4ª: "su conducta pudiera".

(18)  4ª: "a".

(19)  4ª: "porque".

(20)  4ª: "absoluto".

(21)  3ª y 4ª: "eso".

(22)  2ª y 3ª decían "fundamento", corregimos de acuerdo con la 4ª.

(23)  3ª y 4ª omiten la cita latina.

(24)  3ª y 4ª: "quisieres".

(25) Mt. 7, 12. Precepto que Fernández de Lizardi también cita en el Correo Semanario de México, núm. 19.

(a)  Aunque los fenicios, griegos y romanos forjaron sus fábulas sobre los libros de Moisés, muchos [que] existieron antes que él, y [4ª omite "y"] otros después, ni noticia tuvieron de sus escritos.

(b)  Las obras de los célebres ingleses Young y Hearvey [Gabriel Harvey (1545-1630), hijo de un cordelero en Saffron Walden. Fue educado en el Christ's Collage en Cambridge. Como miembro del Pembroke Hall llegó a relacionarse con Spencer, sobre quien ejerció alguna influencia literaria. Publicó en 1579 versos satíricos que fueron ofensivos a la corte. Atacó a Robert Green en sus Foure Letters, editadas en 1592. Escribió Pierce's Supererogation y Trimming of Thomas Neshe (1593 y 1597) contra Nashe. Ambos contendientes fueron silenciados por la autoridad. Sus obras en inglés (también escribió de retórica en latín), incluyendo como correspondencia con Spencer, fueron editadas por el doctor Grosart. Harvey trató, junto con otros, de introducir la métrica clásica, y se autonombraba padre del hexámetro inglés] no ahorran de amontonar nombres de protestantes en cuyos escritos brilla, como los dos primeros, la moral más sana y arreglada al Evangelio de Jesucristo [Omitida en 4ª].

(26)  3ª: "señorita". 4ª: "señalita".

(27)  Añadido en 3ª.

(28)  4ª omite "usted".

(29)  3ª y 4ª: "habla".

(30)  3ª y 4ª omiten "se".

(31)  3ª y 4ª: "de priesa".

(32)  4ª: "aunque".

(33)  Añadido en 4ª.

(34)  san Pascual Bailón (1540?-1592). Lego franciscano español.

(35)  no le dio esto por las narices. Equivale a "ni se las olió", ni sospechó una cosa.

(36)  chasco. Cf. nota 3 a las Advertencias Preliminares.

(37)  4ª omite "cosas".

(38)  en todas partes cuecen habas. Significa que en cualquier lugar se dan situaciones parecidas.

(39)  3ª y 4ª: "piecesitos".

(40)  4ª omite "pero".

(41)  casco. La cabeza. También se dice el coco o la torre.

(42)  ahí me las den todas. También se emplea "así me las den todas": ojalá todo fuera tan sencillo.

(43)  3ª y 4ª: "Matilde".

(44)  Inquisición. Existió de hecho desde 1522; pero se estableció formalmente desde 1571.

(45)  salar. Quemarse, quedar mal.

(46)  4ª omite "y".

(47)  3ª y 4ª: "satisfarán".