[CAJONCITO 5°]

NO ES SEÑOR EL QUE NACE SINO EL QUE LO SABE SER
O FÁBULA DE LOS MONOS

 

Martes 26 de septiembre de 1815(1)

 

Un monillo engreído

se salió de su casa bien vestido,

y con miras fatales

al amo le llevó catorce reales.

Anduvo ceca y meca

hasta llegar por fin a la Huasteca,

donde diz que a montones

hay monos y monitas a millones.

Luego que éstos miraron

un mono tan planchado, se espantaron

creyendo que aquel traje

calificaba a un mono personaje;

y sin más experiencia,

grande le tributaron reverencia.

Nuestro mono decente

mirando que le da constantemente

acatamientos tales

toda aquella caterva de animales,

se creyó con entono

que si era mono, era un señor don mono,

y en mucho diferente

de toda la demás monaica gente.

Aumentó sus errores

una caterva vil de aduladores,

que siempre lo rodeaban

y sus mayores vicios alababan

con el mayor empeño y energía.

Con esto nuestro mono de día en día

se volvió más vicioso,

altanero, soberbio y orgulloso.

A nadie respetaba,

y a todo mono, altivo maltrataba;

causando maravilla

ver que todos le hincaban la rodilla,

porque temían del mono majadero

el influjo fatal de su dinero.

En medio de esta pompa y gloria vana,

una cierta mañana

un mono viejo, ya de vivir harto,

se introdujo en su cuarto

y con muy serio tono

así le dijo al insolente mono:

—Has de saber que al mundo

debo ser un filósofo profundo.

Lo tengo examinado,

he vivido treinta años y he notado,

con una observación no interrumpida,

que en esta triste vida

habéis con infinitos

pululado una clase de monitos

pícaros, altaneros,

más que Luzbel soberbios, crueles, fieros,

a quienes sirve sólo la riqueza

para ultrajar a la naturaleza

que se ve despreciada

y bajo vuestras patas ultrajada.

Apenas se presenta

un mono como tú, cuando lamenta

el pobre su desprecio

por un mono, aunque rico, mono necio;

mono a quien la fortuna

quizá sacó de una bastarda cuna;

mono que aunque lujoso,

es un vil prostituido, es un vicioso;

y cuando no lo fuera,

considerar debiera

que en este mundo triste

mono es el pobre y el que rico viste.

¿Pues por qué tú, so mono y muy remono,

nos miras con entono,

y nos haces mil fieros

sólo porque nos ves pobres y en cueros?

No pasas de un maleta

con tu rica montera y tu chaqueta.

Eres un mono rico;

bien, y con todo ¿pasarás de un mico?

Dime, con tus haberes y adelantos

¿qué eres al fin, al fin?, uno de tantos.

¿Pues por qué, patarato, vil y necio,

nos miras con desprecio?

Reserva tu altivez y sobreceño

para aquellos villanos cuyo empeño

estriba en adularte

sólo por tener parte

en tus ricos haberes;

pero eres tonto, sí; sabe que lo eres,

pues sus adoraciones

a ti no son, que son a tus doblones.

Sí, necio, majadero,

todo ese acatamiento, a tu dinero

darán los viles; aunque más los ajen

lo mismo que al borrico de la imagen;

mas cuando tu tontera

con todo esto se exalte, considera

que cuando el mono tonto se te humilla,

el sabio no te dobla la rodilla,

antes burla y desprecia

tu loca vanidad y altivez necia,

y el pobre a quien maltrata

tu orgullo sólo fiando de tu plata,

si vengarse no puede en ocasiones

te atesta y te consume a maldiciones.

Así, pues, te aconsejo

como mono de mundo y mono viejo

que adviertas que la suerte

es varia, y que mañana podrás verte,

oye lo que te digo,

miserable también, pobre y mendigo,

y entonces tu lacería y triste pena

no moverá la compasión ajena.

Sé, pues, mono piadoso,

cortés, afable, humilde y cariñoso.

Goza de tu dinero,

pero no seas grosero

ni altivo con el pobre,

pues aunque más te sobre

te debes acordar por varios modos

que eres un triste mono como todos.

Sé afable, cortesano,

padre del infeliz, amigo, hermano.

No escondas tus doblones;

compra con ellos gratos corazones,

que éste es comercio activo y oportuno,

pues Júpiter nos da ciento por uno.

Hazlo así, y yo te juro por mi vida

que será tu memoria bendecida.

Dijo el viejo y calló, y el mono rico,

abriendo entonces su fruncido hocico,

tus lecciones, le dice, me entretienen,

pero no me convienen,

porque yo soy un bruto.

Es verdad, dijo el viejo, no disputo,

y la moral más santa

a un mono dirigida no adelanta.

Pésame haber gastado mi saliva;

pésame cuanto escriba

sobre esto mismo con diversos tonos,

si nomás lo han de leer los meros monos.

Pero porque te asombres

yo daré mis lecciones a los hombres;

aunque ¡ay de mí, que logro conocellos

y obran como los monos los más de ellos.

 

AMPLIFICACIÓN

Insufrible cosa es la altivez de muchos que porque tienen catorce reales, o visten decentemente, como nuestro mono, o tienen algún empleo visible y de honor, miran a los pobres con sumo desprecio y los tratan con un aire de majestad intolerable, pues si les hacen el alto honor de hablarles es poco y gruñido, y si los ven es sobre el hombro.

¡Qué mucho! Si tengo experimentado que hasta los mulatos cocheros, lacayos, porteros, fregonas, y otras miserables criaturas semejantes, participan del orgullo de sus amos, de modo que el infeliz que por necesidad tiene que concurrir a una casa de éstas, de alto bordo ha de prodigar sumisiones y sufrir descortesías desde que pisa los umbrales, y comienza a hablar con la canalla de los criados.

Las casas de los grandes, dice el célebre Jamín(2) citando a Juvenal, las casas de los grandes comúnmente están llenas de criados altivos e insolentes. El orgullo de los domésticos crece a proporción de la grandeza del amo. El lacayo de un duque o de un marqués se cree mayor que el que lo es de un caballero, y el de éste se prefiere al criado de un labrador.(a) Parece que los criados participan de la grandeza de sus amos.

Maxima quoque domus servis est plena superbis.

JUVENAL, Sátira 5

Hasta aquí el erudito Padre. Es cierto que no todos los ricos son soberbios ni orgullosos; hay bastantes que son muy humanos, afables y corteses, y las casas de estos señores se conocen por casas de unos héroes(b) desde que se saluda a los criados, pues éstos bien doctrinados con el buen ejemplo de sus amos, saben guardarle a todos la atención y respeto que les corresponde, y granjearle al mismo tiempo a sus amos con este manejo el honor que se merecen por su cortés y dulce trato.

Un exterior brillante se consigue con el mérito, con la cuna o con el dinero, pero jamás pasa de exterior. Figurémonos a un rico, de éstos que se parecen al monito de la fábula, náufrago y desnudo sobre una playa tan incógnita para él, como él para sus habitantes. En este caso pregunto ¿se manejará allí con el orgullo y altivez que en su casa? ¿Tratará a aquellos naturales con la soberbia y desprecio que en México, verbigracia, trataba a sus criados, a sus dependientes y a todo género de pobre? ¡Ah, no! Entonces se acabaría el despotismo, la altanería y la vanidad, y en su lugar usaría la mayor modestia y sumisión.

Esto prueba que la soberbia de muchos ricos sólo estriba en el vestido, en los catorce reales, y en el exterior; y que la humillación que exigen de los pobres es sólo porque lo son. Lo primero es tontera, y lo segundo tiranía, pues si en el caso del náufrago quisieran ser acogidos y tratados de todo el mundo con afabilidad y dulzura, ¿por qué no tratan de la misma manera a los pobres que náufragos de la fortuna arriban a sus casas como al puerto?

Ricos de los que yo hablo, sabed que por fuerza tolera el pobre vuestra altivez; pero la murmura y os detesta como que sabe que todos somos monos, y que el tener o no tener, el estar más arriba o más abajo es una casualidad de la ciega fortuna que reparte sus favores, tal vez, a los que menos los merecen.

La afabilidad y la atención no cuestan dinero, ni nada perderéis por usar estas virtudes con los pobres. Lo contrario, os compraréis con ellas el respeto, amor, gratitud y benevolencia de cuantos os conozcan, y los pobres os llenarán de bendiciones.

 


(1) Imprenta de doña María Fernández [de] Jáuregui.

(2) Jamín. Cf. Alacena de Frioleras, nota 3 y d al número 12.

(a) Esto era en Francia, aquí es un poco peor. El criado de un comerciante, de un médico, de un abogado o de otro que tenga cuatro tlacos [octava parte del real columnario, o mitad de la antigua cartilla. Moneda ínfima que se usó mucho en el país en la época colonial y aun algún tiempo después, por valor liberatorio de centavo y medio. Cf. Santamaría, Dic. mej.] tiene más soberbia que un marqués, si su amo la tiene de barón.

(b) A lo menos yo por tales tengo a los ricos afables y bien criados con los pobres, será porque conozco a pocos de éstos.