[CAJONCITO 4°]
DISCÚTESE SOBRE LO QUE SE LLAMA FORTUNA
DE PÍCAROS, Y EN QUÉ CONSISTE ÉSTA
entre
CLAUDIO Y BENITO
Sábado 16 de septiembre de 1815(1)
CLAUDIO
¿Has visto qué lujoso
se nos ha presentado aquel ocioso
de don Espiridión en un instante,
siendo sólo un tunante?
Y yo que me desvelo y que me afano,
para comer escasamente gano.
¡Oh desdicha importuna!
Sólo al indigno ayuda la fortuna.
BENITO
Claudio amigo, no he visto
al tal Espiridión, y juro a Cristo,
que de ello me holgaría;
porque fue el otro día
a casa de la buena de mi madre,
que por desgracia lo hizo su compadre,
la contó dos mentiras
y le estafó tres onzas... ¡qué! ¿Te admiras?,
pues créeme, Claudio amigo,
que dicho y hecho fue como te digo.
Como él ha estado fuera
de esta ciudad, no sé de qué manera
la vida pasará, ni si es tunante;
pero, tú me lo dices y adelante;
mas si es así, modera tú la saña,
pues ésa no es fortuna, sino maña.
CLAUDIO
Que es así no lo dudes: él no ha sido
sino toda su vida un gran perdido,
un truhán, un chocarrero,
ocioso, jugador y trapacero.
Él come bien, y viste desde luego,
sin más que andar de un juego en otro juego;
siempre de coca bebe;
a nadie presta un real, y a todos debe;
mantiene moza y casa,
y, en fin, alegremente él se la pasa
sin ser útil de nada en este mundo.
Yo, amigo, me confundo;
Yo no sé cómo es esto;
porque yo sudo, afano, me molesto,
y no puedo medrar en cosa alguna.
El pícaro nomás tiene fortuna.
BENITO
Siendo así, ya se ve
cuál es el talismán que el tal posee,
para poder vivir a sus anchuras,
que son trapazas, robos y locuras.
Quien esto hace no es mucho
que sea tan habiloso y aguilucho
que estafara a mi madre;
es capaz de estafar al santo padre,
si proporción tuviera,
pues no escrupulizara ni temiera;
y así no me sorprehendo
al oír su suerte, no, pues bien entiendo
que si a él y a ti parece deliciosa,
es fugaz, arriesgada y desastrosa.
Advierte, Claudio, tu opinión te engaña,
porque ésta no es fortuna, sino maña.
CLAUDIO
Te atiendo de hito en hito;
pero no me persuades, mi Benito.
A la que llamo yo fortuna buena,
llama tú maña, o bien marimorena,
ingenio, habilidad o arte famosa.
Lo cierto es que esta cosa
(yo veré lo que dices),
a los que la poseen, hace felices;
y el que carece de ella, de contado
suele ser en el mundo desdichado.
Ya tú ves que es bonita
y muy honrada mi hija Poncianita,
de manos muy curiosa,
trabajadora, humilde y virtuosa,
tanto, que aunque ella sabe
bailar no mal, y toca bien el clave,
nunca jamás me quiebra la cabeza
por lucir en un baile su destreza;
pues aun con estas prendas no ha tenido
hasta hoy quién de ella quiera ser marido;
cuando la hija de Juan, aquella loca
cuya hermosura es poca,
cuyas gracias, nomás ser meneadora,
hoy como una señora
terrible lujo ostenta
y cual una marquesa se presenta
en cualquiera paseo,
calle, tertulia, baile o Coliseo.
Ella gasta dinero a troche moche,
y tiene casa, criados, y hasta coche.
¿Dime si no he de creer que el tuno o tuna
es sólo a quien ayuda la fortuna?
BENITO
Te equivocas, amigo,
la verdad es nomás lo que te digo.
Sabes con evidencia
que la alta Providencia,
árbitra de los bienes y los males,
es la que los reparte a los mortales,
según que les conviene.
Y por este orden tiene
Juan gran talento; Pedro muy somero;
miserias Pablo; Nicolás dinero;
ordinariez Manuel; José nobleza;
Hilario gran destreza
para tirar la espada
o para cuanto emprende; y para nada
le da el naipe a Miguele
aunque a todo se aplique y se desvele.
Por el mismo orden vemos que Juanita
es graciosa y bonita;
y al mismo tiempo es fea
y llena de frialdad la pobre Andrea.
Esta repartición y diferencia
aciertos son de la alta Providencia.
A ella debe el mortal sus adelantos,
y ella es la que permite sus quebrantos,
siempre para su bien y su provecho.
Yo te contemplo, Claudio, satisfecho
de esta verdad, pues crees con fe sincera
que es la fortuna una gentil quimera.
Pero si tú reparas que el vicioso
suele ser más dichoso
y hallarse más medrado,
cuando el hombre de bien, el pobre honrado,
y la joven virtuosa,
una vida toleran fatigosa,
no tienes que turbarte;
esto más que fortuna es el vil arte
con que al hombre bondoso
sorprehender sabe el tuno malicioso.
Éste cuando a atacarte se resuelve
arroja la vergüenza de su cara;
al más grande desaire se prepara,
y armado de este escudo y de esta lanza
al primero que encuentra se abalanza:
lo ataca, lo acomete, y si no pega,
va en busca de otro y otro, hasta que llega
con alguno que el chasco no esperaba
y a éste de medio a medio se la clava.
No con distinta treta
tiene dinero la procaz coqueta,
que abandonando la honra y el recato
trafica siempre en perdidoso trato,
y mientras que disfruta
tal y tal proporción; aunque de p...
todo el pueblo la note,
seguro está se turbe ni alborote,
pues como tenga plata, coche y cama,
¿qué conque todos corten en su fama?
No así el hombre de bien ni el pobre honrado,
porque siempre es cuitado,
tolera su pobreza
sin atreverse a hacer una vileza;
su pundonor lo enfrena y embaraza
darse a la adulación y la trapaza:
cualquier desprecio al pobre lo sonroja,
y así jamás se arroja
a la casa del rico
para valer, como otros, por su pico,
ni ofrece adoraciones
a cresos, epicuros, ni nerones,
que pagan paniaguados
por verse lisonjeados,
y encuentran muchos... ¡oh virtud del oro!,
que sus vicios aplauden con decoro.
Ni la doncella honesta
fácilmente se presta
al mancebo lascivo;
antes con ceño esquivo
triunfar de la virtud y su hermosura;
y perece más bien en la indigencia
que no manchar honrada su conciencia.
¿Ya ves, Claudio querido,
en lo que ha consistido
que inexorable aflija
la cruel miseria, a ti y a tu pobre hija?
Si envidias la fortuna
del pícaro y coqueta, una por una
imitad sus maldades,
y habrá felicidades
que durarán bien poco,
pues nada dura en este mundo loco;
mas cuando seas feliz hasta la muerte
por este medio, Claudio amigo, advierte
que saldrá tu cadáver de la cama
sin virtud, sin honor, quietud, ni fama.
CLAUDIO
Pues, amigo Benito, yo más quiero
ser un pobre infeliz, un limosnero
con mi hija y mi Cecilia,
y perecer con toda mi familia,
que comprar conveniencia
a costa de mi honor y mi conciencia
pues desde hoy sé que sólo el hombre honrado
es en cualquiera suerte afortunado.
(1) Impreso en la Oficina de doña María Fernández Jáuregui.