[CAJONCITO 2°]
LA ASUNCIÓN GLORIOSA DE MARÍA SANTÍSIMA
A LOS CIELOS
Martes 15 de agosto de 1815(1)
Sentimiento de la naturaleza y gozo del Cielo
en el tránsito de la Santísima Virgen(a)
Entre negros capuces
melancólico el sol
oculta su arrebol,
cubre su clara faz,
Porque esconde sus luces
en su ocaso precioso
otro sol más hermoso,
la Reina de la paz.
La luna se ha vestido
de un sangriento sayal.
¿Quién al bello fanal
le quitó su lucir?
El eclipse ha sentido
con pena exhorbitante
de luna más brillante
que está para morir.
La Tierra se estremece
y toda conmovida
se muestra muy sentida
y ostenta gran dolor.
Porque ve que fallece,
porque mira que expira,
porque se le retira
su consuelo y su honor.
Con tristes alaridos
las montaraces fieras,
las aves vocingleras
con lúgubre cantar.
Prorrumpen en sentidos
ayes que el aire peina,
cuando su dulce Reina
está para expirar.
El augusto senado
con un llanto deshecho
riega el fúnebre lecho
de la Maestra sin par;
Y todo atribulado,
al mirarla morir,
no hace más que gemir,
no hace más que llorar.
El Cielo solamente
entapiza hoy su sala,
sólo él se viste de gala,
y aumenta su esplendor.
Porque mira luciente
en trono de topacio
a la que el real palacio
deseó con tanto ardor.
SONETO
Murió la Reina de los querubines
entre cantos de coros celestiales
con una muerte tal, que a ser mortales,
la podrían envidiar los serafines.
Mas su cuerpo no queda en los confines
de este mundo, depósito de males;
sus despojos, sus miembros virginales
no los debéis poseer, mortales ruines.
El empíreo la pide toda entera,
restitúyele, oh Tierra, su tesoro;
sola es de él digna la celeste esfera.
Entre tanto suspende el triste lloro,
que en el Cielo la tienes medianera,
sentada en tronos de zafiros y oro.
Sin embargo de que conozco lo mal que parece un retazo de tela ordinaria junto a otro fino, por no mezclar en este papel ninguna cosa profana, he puesto las siguientes octavas que me ha dictado la solemnidad del día.
BREVE CARTA QUE LA IGLESIA SANTA DIRIGE A JESUCRISTO,
NUESTRA VIDA, POR MANOS DE LA EMPERATRIZ DE LOS CIELOS
I
Por manos, gran Señor, de esa Criatura
que a los empíreos sube en este día,
llena toda de gracia y hermosura
como la sola y singular MARÍA.
Por manos de esa VIRGEN siempre pura,
de ángeles y hombres reina y alegría,
que al Cielo admira y que a la Tierra encanta,
esta carta os envía la Iglesia santa.
II
Acuérdate, JESÚS, que porque cuadre
al hombre pecador, tú, descendiste
lleno de amor, del seno de tu Padre,
y nuestra humilde carne te vestiste
en las entrañas de la Virgen madre,
y hablando de nosotros la dijiste,
muriendo entre baldones muy prolijos:
-ahí tienes, madre, ahí tienes a tus hijos.
III
¿Pues con cuánta confianza, Dios piadoso,
nos postraremos a tus plantas reales
rogándote nos mires bondadoso;
que aplaques tu rigor, y que los males
que nos envía tu brazo poderoso
se vuelvan bendiciones celestiales?
La Iglesia santa de tu amor lo espera,
y más siendo MARÍA la medianera.
IV
Y tú, divina NIÑA, tú, que subes
a coronarte universal Señora
sobre los rosicleres de esas nubes;
tú, que hoy te elevas como blanca aurora
a ser emperatriz de los querubes
y del pobre mortal que aquí te adora,
allá desde tu gloria que admiramos
mira benigna a los que a ti clamamos.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(a) Para que la crítica más delicada no escrupulice sobre hallar en un periódico que no ofrece sino frioleras, estas poesías sagradas, debemos advertir que hacemos distinción entre frioleras y travejos despreciables e indecentes.
Por frioleras se entienden cosas de poco valor; mas no cosas inservibles o despreciables, que éstas pertenecen a la basura. Así es que llamamos friolera a un dedal, a un canutero [mango de la pluma de escribir], a una cuchara de plata, a un fistol, a una novenita, a un real, etcétera; y sin embargo, no juzgamos despreciable nada de esto de por sí; y del mismo modo que una alacena donde se guardan estas pequeñeces, por sola esta razón, no fuera indigno depósito de un rico brillante, de un hilo de perlas singular, de una famosa repetición, y ni aun de un breviario, una biblia y una custodia; así tampoco este periódico por su título desmerece que se estampen en él algunas cosas sagradas, y más si están colocadas en sus cajoncitos separados. Los presentes versitos son hijos legítimos del padre Sartorio, cuyo nombre hace su elogio, y satisfechos en esto, daremos al público cuantas obritas lleguen a nuestras manos de este benemérito orador.