AUSENTE EL EMPERADOR, MÉXICO QUEDA MEJOR(1)
Lo dicho, dicho. México está mejor, y más feliz, estando fuera de él su emperador. Los caudales están más seguros, la religión más sostenida, los pobres más socorridos, la justicia mejor distribuida y la pública tranquilidad más afianzada. Faltando de nuestra compañía Agustín I,(2) disfrutaremos esas felicidades que no podemos prometernos estando aquí.
La razón es demasiado clara. En México es verdad que no cesa de trabajar por la felicidad común; empero, una vez sistemado [sic] el gobierno, hay muchos sujetos beneméritos que se encarguen de todos los ramos de su administración y los desempeñen a las mil maravillas. Solamente el e[n]ja[m]bre de pretendientes extrañará muy mucho(3) a su majestad, no por él, sino por la falta que hace su firma en los decretos favorables.
Los demás ciudadanos cierto es que lo sentirán por su persona, especialmente los que tienen el honor de tratarlo; pero el común del pueblo siempre queda servido con las autoridades que están con el encargo de administrar justicia y conservar el orden.
Pero en cambio de esta ausencia temporal, en la que nada va a perder su majestad, ¿cuántos beneficios generales van a resultar a la nación? Por epílogo de todos ellos, o en resumen y compendio, ha de venir a salir la completa y segura pacificación con la España por medio de convenios políticos.
Ya conocemos que a fuerza de armas, según dicen los inteligentes, es imposible rendir el castillo de San Juan de Ulúa:(4) es necesario para esto, un sitio largo y rigoroso por tierra y un bloqueo igual por mar.
El sitio es fácil, pero el bloqueo no porque no hay armada, y aun cuando contáramos con una escuadrilla, ésta ni puede hacer daño al castillo ni resistir sus fuegos; lo más que pudiera hacer sería interceptar su comunicación con los buques de ultramar; mas ni aun esto es posible; ya porque no pudiera sostenerse contra una caravana de la isla de Cuba, surtida de buques mayores y con artillería de mayor calibre; ya porque nunca sería capaz de acercarse a los fuegos del castillo, y ya porque los vientos no la dejarían guardar por mucho tiempo una posición firme, sino que la embatirían de una a otra parte.
De que se sigue que por ahora, si no es imposible, a lo menos es muy difícil hacernos del castillo a pura fuerza. Cuando yo estaba menos instruido, dije en un papel que sería bueno bombearlo desde Veractuz(5) (donde nunca he estado); me dicen que no alcanzan las bombas, y además, que éstas no imponen a una fortaleza si no se abre en brecha y se toma por asalto; en esta inteligencia digo que si el castillo está construido a prueba de bomba, como debe estarlo, usar de esta arma es echarle guindas a la tarasca,(6) porque no le ofenderán. Asaltarlo por tierra es imposible, y por mar muy difícil; luego, tomar por fuerza el castillo de San Juan de Ulúa será empresa más ardua que las de Escipión y Aníbal.
Sin embargo, es muy de esperar que el castillo quede por nosotros, una vez que el emperador tome empeño en que así sea. No todo se vence con plomo, fierro, pólvora ni bayonetas; la política, la sagacidad y la viveza consiguen a las veces más que la fuerza. El general Lemour(7) y sus camaradas y los soldados han de conocer que su empresa es caballeresca; que allí no hacen más que estar aislados, padeciendo mil privaciones, convertidos en unos presidarios de honor, luchando con un clima perjudicial a su salud, sin esperanza de una reconquista; pues tal pensamiento sería quimérico, y lo peor de todo, embarazando con tan vana confianza la unión amistosa y el comercio que debemos tener con la España, nación siempre digna de nuestra gratitud y respeto.
Todas estas ventajas y desventajas pueden ganar y ahorrar el general Lemour y sus compañeros, resultándonos a nosotros más tranquilidad y provecho, y todas ellas las va a conseguir el emperador con su viaje: viaje feliz para las dos naciones, sin el que acaso no se lograrían. Véase, si aunque México carezca de su presencia por unos días, no afianzará por ella su seguridad.
Así lo desea por el honor de su majestad, por el de la patria y por la amistad de ambas naciones
(1) México, Imprenta de don Joaquín Fernández, 1822.
(2) Agustín de Iturbide. Cf. nota 7 a De don Servilio al clamor...
(3) muy mucho. Cf. nota 16 a El Pensador llama a juicio...
(4) castillo de San Juan de Ulúa. Después de la capitulación de las fortalezas de San Diego y Perote, "no quedaban sometidos al gobierno español más que el puerto de Veracruz, con su fortaleza de San Juan de Ulúa, la cual por algún tiempo logró sostenerse merced a los auxilios que de La Habana recibía y a la falta de los elementos marítimos de guerra con qué poder atacarla o reducirla. El general Dávila, que mandaba las fuerzas españolas y ocupaba la ciudad, entró en comunicación con Santa Anna, por medio del Coronel Rincón, nombrado al efecto. En estas circunstancias, el consulado de Veracruz, previendo que desalojada la plaza quedaría expuesta a las contingencias de una ocupación violenta o de un levantamiento en ella misma, procuró obtener del jefe español seguridades sobre personas y propiedades, pues se sospechaba que al entregarse o abandonarse la ciudad se cometieran algunos desafueros, y sobre todo se temía la hostilidad del castillo apenas un kilómetro distante de sus muros. Dávila había prometido arreglar con Santa Anna la entrega de la plaza; esto no obstante, había concedido el plan de trasladarse con su fuerza a Ulúa, llevándose los cañones de mayor calibre, todas las municiones y existencias de dinero disponible en las cajas reales, dejando inutilizado el material de guerra que no se pudiera aprovechar. Así fue que, a las doce de la noche del 26, el jefe español, seguido de la poca tropa que tenía, trasladóse al castillo, enviado de paso al ayuntamiento una comunicación, en la que le autorizaba para tratar con los jefes independientes que vivaqueaban cerca del puerto. Hallábase en él, como se ha dicho, don Manuel Rincón, encargado de arreglar y estipular lo conveniente para la entrega de la plaza: esta casualidad favoreció al ayuntamiento, que, sorprendido de la conducta de Dávila y temeroso de los desórdenes que pudieran ocurrir, desde luego nombró a Rincón encomendándole el gobierno de la ciudad, expuesta desde ese momento a las hostilidades del castillo de Ulúa, que Dávila se propuso sostener a todo trance, conservándolo como punto de apoyo a las fuerzas que pudiera España enviar para recobro de sus perdidos dominios." Enrique de Olavarría y Ferrari y Juan de Dios Arias, México a través de los siglos. México independiente 1821-1855, 15a. ed., México, Editorial Cumbre, 1979, t. IV, p. 19.
(5) Cincuenta preguntas de El Pensador a quien quiera responderlas, México; Imprenta Imperial de D. Alejandro Valdés, 1821. Nos extraña que insista en el asunto de la destrucción de Ulúa desde Veracruz en un folleto posterior, a saber:Noticias interesantes de Veracruz.
(6) echarle guindas a la tarasca, y completándolo: a ver cómo las masca. Frase figurativa y familiar que expresa la dificultad o inutilidad de un esfuerzo que se hace; e irónicamente indica también la facilidad con que uno vence cualquier dificultad.
(7) Lemour. Cf. nota 11 a Oración de los criollos...
(8) Después de la firma del autor viene un "Pronóstico" en verso, que fue editado en Obras I, op. cit, p 268.