APOLOGÍA(a)
Sábado 12 de febrero de 1814(1)
al papel titulado: Auto de Inquisición, etcétera
Señor Inquisidor de los tamalitos queretanos: palabra y perdone si no fuere tan suave como usted quisiera. Usted me ha hecho un auto inquisitorial a lo eclesiástico; yo le voy a hacer un proceso criminal a lo secular. Toro fuera.
En la página 3 y primera de los disparates de usted, trata de vindicarse de la nota de grosero de que lo acusé en mi Suplemento por sus personalidades, y no pudiendo responder (como no podrá en su vida) con solidez a una objeción tan juiciosa y tan cierta y tan bien admitida de los sabios, echa por el atajo de la bufonada diciendo que son "niñerías"; que las ha usado "con buena intención, para darme materia de responderle" y, por último, se escuda con que lo han hecho así "buenos críticos", y alega la autoridad del padre Isla(2) que "llamó cojo a Carmona", y con esta salva y apoyos tan justos y fundados se desata usted en un diluvio de nuevas injurias, personalidades y facetadas ajenas, no digo de un señor inquisidor de mazapán, pero hasta de una tomatera de la plaza.
No se necesita leer sino la primera página del indecente papel de usted para concebir la grandeza de su alma, su fina educación y sus no vulgares talentos. Analicemos. ¿Quién le ha dicho a usted que son niñerías el burlarse de nadie ni injuriarlo? Son groserías, ordinarieces propias de quien sólo ha tratado con cocheros o taberneros, y ajenas siempre de un hombre del carácter de usted y que presume de sabio. Sepa usted que este estilo está reprobado por los verdaderamente tales. Lea usted sobre esto el Kempis de los literatos, Las dolencias de la crítica, el Apologista Universal(3) y otros; y si éstos no han llegado a noticia de usted lea a lo menos las fábulas de Iriarte, que son comunes a doce reales; me parece que se venden en la librería de Benavente, y encontrará la horma de su zapato en la foja 34, que le encargué leyera, y dice en la adfabulación que:
Cuando en las obras del sabio
no encuentra defectos
contra la persona, cargos
suele hacer el necio.
Advierta usted que tan no son niñerías estos insultos, que tenemos una ley antigua contra cualquiera que injurie a otro públicamente. Sepa también que aunque hayan usado de este estilo soez algunos autores como Isla, no por eso se justifica, pues nadie se indemniza de su defecto con alegar que lo ha cometido otro más noble, más sabio ni más santo. ¡Qué locura fuera querer justificar el adulterio con David, la idolatría con Salomón y la negación de Cristo con san Pedro! Pues así es en usted un disparate querer indemnizarse de sus personalidades con la autoridad de Isla y otros, que cuando hayan sido buenos críticos, no han dejado de ser buenos mal criados.
Advierta usted también que para llenar dos o más pliegos de papel de estas boberas no se necesita talento ni sabidurías; con una poquita de pasión y otra poquita de ordinariez se hace todo el gasto por completo; sin embargo de que lo lasta la opinión como ha sucedido con usted, por lo que hará muy bien de ocultar su nombre como hasta aquí, aunque ya lo conocemos por el estilo cocheruno.
Dice usted que lo hizo "con buena intención, para darme materia para que respondiese algo, creyendo sus razones tan sólidas y agigantadas que yo no sería capaz de responderlas". Yo también, con muy buena intención, digo a usted que es un vano, orgulloso, zafio, ignorante, presumido de sabio, impolítico y de un pedantismo intolerable; y todo esto se lo digo a usted con buena intención, y es deseando su enmienda en lo venidero, para que o cuelgue su pluma en el más obscuro rincón de la caballeriza, o cuando la tome sea para criticar con solidez o para contestar con juicio y urbanidad; y de camino le agradezco la materia que me ha dado, aunque con menos tengo para vomitar hasta los entresijos. A más de esto, estoy bien satisfecho de las innumerables e inmundas llagas de la ignorancia y malevolencia que afectan el débil entendimiento de usted y su depravado corazón, y sé que aun cuando usted trate de escribir con juicio, no podrá menos que llenar sus pliegos de materia; pero de una materia asquerosa, pútrida y pestilente, por lo que puede usted excusarse de decírmelo, pues mi enfermo y delicado estómago no necesita otra prueba para convencerse de esta verdad que acercarse a los papeles de usted. Pasemos a otra cosa.
En la página 4 no hay más [que] de paja; en la 5, paja también; en la 6, dice usted que "tiene título de arquitecto expedido en toda forma por la Real Academia, el que ha pasado ya por la vista de los del gremio, bancos de Flandes, estrecho de Gibraltar", y no sé si entre los etcéteras que siguen quiso usted decir que el título y su dueño pasaron también por el rastro y por las jaulas de San Hipólito; pero respondo a usted lo primero: que nadie se lo pregunta; lo segundo: que no basta que usted lo diga mientras no se firme y el público se asegure de su verdad, y lo tercero, que cuando así sea, los títulos no dan sabiduría ni la prueban, porque se consiguen de mil modos, y así como no basta tener título de doctor para ser sabio, así tampoco basta tenerlo de arquitecto para ser hábil en la facultad; y a otra cosa.
En el párrafo que sigue, dice usted que "doy a entender que no se me esconde la repugnancia natural que habría en colocar" las cosas propias de un lugar en otro en que serían impropias(b) y que "de aquí infiero, a su parecer" (es decir, infiere a su antojo de usted y según le da gana que infiera) "que soy un gran voto en materia de arquitectura y en todo cuanto existe, y usted deduce" (de sólo su parecer) "que soy un gran perillán,(4) un gran mentecato" y otros dictados corteses, oportunos y muy propios del carácter de usted.
Este párrafo como todos, manifiesta de a legua la ignorancia de usted, que no pudiendo desenredarse de aquella burleta que le hice en la página 2 del Suplemento(5) que ha incomodado a usted por aquel gran notición que nos dio en su Diario del 11 de enero, diciéndonos que "hay adornos bellísimos en sí, que estarían mal acomodados en ciertas partes", como si esta verdad no se metiera por los ojos sin el aviso de usted; no pudiendo, repito, salvar el reproche que le hice diciendo que ya lo sabíamos, salta llenándome de improperios, y asegurando que de este conocimiento infiero (pues, porque a usted se le puso en el cerviguillo,(6) que eso indica su expresión a mi parecer) ser un gran voto en materia de arquitectura, etcétera. Yo no podía inferir este desatino del simple conocimiento de un defecto; y así, el parecer de usted fue aventurado y torpísimo, porque, como he dicho, la razón faculta a todo el mundo para juzgar bien o mal de las cosas, según que lo merecen, y para eso no se necesita ser facultativo, y sería una locura el inferirlo, como lo es en usted el parecerle que lo inferí. Juana va a tomar una casa, y advierte que la sala no tiene lugar de estrado, la recámara carece de un rincón abrigado para cama, el comedor es muy pequeño, la asistencia es airosa con las ventanas al norte, etcétera; éstos son defectos del arquitecto que dispuso mal la casa: Juana los conoce, y no por este conocimiento deberá usted ni nadie decir que presume de arquitecto; o más claro: una vieja advierte que un manteo y un sombrero de canal estarían muy mal colocados en el lomo y cabeza de un burro, y no por eso dirá usted que la vieja infiere de este conocimiento que es un gran voto en materias eclesiásticas.
La impertinencia con que usted añade en el mismo párrafo que "hay cosas que están al alcance de cualquiera, y suele haber otras que necesitan especial inteligencia para calificarlas", está desvanecida con decirle a usted que los defectos que he criticado a la Catedral son de los que están al alcance de cualquiera, y no necesitan especial inteligencia para conocerlos; y así no ha hecho usted más que trabajar a mi favor; y si no, dígame usted, ¿qué especial inteligencia se necesita para conocer que la Catedral es un templo opaco, triste y desaseado, incomparable con lo alegre y curioso de la santa Casa Profesa?(c) (7) ¿Qué arquitectura es menester para advertir que sus capillas se parecen en lo lóbrego a la cueva de Montesinos? ¿Qué delicadeza se requiere para notar que sus altares de los Reyes, del Perdón, de las más capillas y el Ciprés son una montonada de leña dorada, llenos de una porción de figuras, unas grandes y otras chicas, cuya multitud causa una confusión desagradable? ¿Qué finura es menester para fastidiarse del maque de mugre que ennegrece sus columnas, etcétera? pues éstos son los defectos que he notado, y para cuya calificación basta tener ojos en la cara, haber visto cosas mejores en su línea, haber leído algo y saber hacer comparación entre lo bueno y lo malo, lo regular y lo excelente.
A la objeción que hice a usted sobre haber dicho sin instrucción que era yo natural de Tepotzotlán, responde con mil facetadas y sarcasmos que no merecen contestación.
La página 7 está también llena de letras que dicen mucho y nada prueban. Dice usted en ella: "¿Cuántas veces vemos a los mejores aforadores andar perplejos... para decidirse sobre algunas especies de licores?" ¿Qué quiere decir esto? Que andarán dudosos alguna vez sobre si este vino es nuevo o es añejo, si es de Burdeos o de San Lucas. Yo no me metería en esa calificación, porque carezco de inteligencia; pero sí le diré a usted qué vino es dulce, cuál cascarrón, cuál bueno y cual torcido, y para esto no se necesita ser aforador: basta tener paladar.
En la página 8 se halla en una barcina de paja encajada una cita de Blair(8) con más violencia que una estaca a fuerza de mazo. No es menester más que leerla para conocer su incongruencia con el asunto que tratamos; ella se reduce a decir que "el ejercicio es la fuente principal de donde se deriva la mejora de nuestras facultades, y que se realza el gusto por el ejercicio frecuente y la atención prolija a los objetos". Con decir que el curso hace maestros se hubiera dicho más breve; pero ¿a qué viene eso? ¿He negado esa verdad? Si yo hubiera dicho que usted algún día podría escribir un papel juicioso, tendría razón para traer a Blair de las mechas, y decirme: que no podía ser eso, pues su ejercicio era echar a perder cuanto escribe, y que según Blair, mientras más días lo ha de hacer peor; pero ya entiendo que ese pito vino violéticamente para darnos a entender que ha visto ese autor.
En las páginas 9 y 10 se responde a las insinuaciones que hice sobre las mejoras que apeteciera en Catedral con una chorrera de rufianadas y una impropia aplicación de la descripción que hace el Evangelista de la Jerusalén celestial, para ridiculizar mis deseos, diciendo que "no puedo hablar mal de los quereres de usted y de usted sí de los míos". ¡Qué tontera! ¿Quién le ha dicho a usted que no puedo hablar mal de sus sandeces y frescas ironías! De lo que no puedo ni debo hablar mal es de la descripción del santo apóstol, pero de la impropiedad con que usted le trae ¿por qué no?
San Juan pinta una ciudad celestial, no un templo; tan lejos está de esto, que dice que allí no vio templo ninguno: et templum non vidi in ea; dice que en las puertas estaban doce ángeles; pero como no era el Evangelista arquitecto titulado ni inquisidor de a cuatro por cuartilla, se le pasó leernos si los ángeles estaban vivos o muertos, de cuya duda usted nos saca completamente, diciéndonos que los quisiera vivos para que no pensásemos que los ángeles eran algunos párvulos recién difuntos a quienes llama la piedad angelitos; pero tema usted por sus gracias lo mismo que allí dice el santo, esto es, que en esa ciudad no entrará ninguno que hable mentiras, Non intrabis in eam... abominationem faciens et mendiarium.
¿Ya ve usted cómo puedo hablar mal de sus impropiedades, y casquinadas?, añadiendo que lo que yo quisiera en Catedral es posible, y lo que usted dice que quisiera no lo es.
En la página 11, respondiendo usted a la objeción que le hice por la prueba de bondad que nos alegó en favor de la Catedral, diciendo que costó un millón y qué sé yo cuántos pesos, canta una palinodia graciosa, y dice: "digo que el gran costo de una obra, es muy cierto, no es una prueba total de su bondad" (eso es lo que yo le dije a usted), y añade que lo que es de "congruencia parcial"; ¡distinción peripatética! Pudiera urgirla; pero pase porque se alarga esto y porque cuando la conceda no puedo conceder nada en mi daño; porque eso fue lo que dije en mi Suplemento que "la profusión de los costos no puede jamás probar bondad ni delicadeza en las obras porque aquélla puede provenir de mil causas extrínsecas al mérito intrínseco de lo trabajado". Verbigracia, la munificiencia del autor, la escasez de artífices, la mala fe de los directores, la impericia de los artesanos, la precisión del tiempo, la tierra en que se hace la obra, etcétera, etcétera. En todos estos casos se gastará mucho, y el excesivo gasto no probará delicadeza ni bondad ni parcialmente. Levante usted ésa.
Entre las impertinencias de la página 12, dice usted que "no fundó el mayor respeto de los templos en la mayor obscuridad, sino en la moderada". Esta distinción la hace usted para iludir(9) la fuerza de la objeción que le hice; pues no le ha de valer; ahora le niego redondamente que el mayor respeto consista en la obscuridad ni moderada ni sin moderar, y ahí dejo a usted a ver cómo lo prueba.
En la página 13, queriendo satisfacer a la objeción que le hice de que todos los lugares son oportunos para hablar con Dios, dice usted "que no todos lo son tanto". Se le vuelve a negar a usted este segundo disparate; todos los lugares son oportunos para hablar con Dios de una misma manera con tal que la alma se halle dispuesta. ¿Qué lugar de más aflicción que la cruz? Allí oró Dimas. ¿Cuál más bullicioso que el campo donde apedrearon a san Esteban, y allí oró y pidió por sus enemigos? ¿Dónde más alboroto que en unas bodas? Y en ellas oró María Santísima...; pero ¿qué nos cansamos? A campo raso han orado infinitos mártires y anacoretas. Es verdad que la iglesia es propiamente casa de oración; pero como usted es tan teólogo como arquitecto, no advierte que hay dos clases de oraciones: una exterior, que se llama vocal; otra interior, que se llama mental; para la primera es más propia la iglesia; para la segunda el retrete; sin decir por esto que en la iglesia no se pueda orar mentalmente, ni vocalmente en un rincón de la casa; todo se puede hacer en ambas partes, porque ninguna de ellas tiene privilegio exclusivo; pero la iglesia está destinada principalmente para la oración vocal, por eso en ella hay cantos, música y adornos, para excitar la devoción de los fieles a las alabanzas del Señor; y por eso también en las santas escuelas se cierran las ventanas y se esconden las luces para evitar toda distracción a los hermanos; pero ¿cuándo se hace eso? a la hora de la oración mental, en cuyo caso hace la capilla el oficio de un oculto retrete.
En la misma página trae usted de los cabellos un texto por el que dice Dios: "Yo guiaré la alma a la soledad y la hablaré al corazón". Esto lo trae usted para responder en favor de la lobreguez de Catedral, de que se ha declarado patrono, pero lo trae usted neciamente; si fuera lo mismo soledad que obscuridad había usted quedado bien, o si dijera el texto ducam eam in obscuritatem; pero dice in solitudinem, y nada tiene que ver lo uno con lo otro. Esta soledad no la ha de entender usted precisamente por los desiertos, sino por la separación del corazón de los bullicios y comercios del mundo, y esto se verifica cuando la alma, correspondiendo a los auxilios eficaces de la gracia, prescinde del mundo y sólo está atenta a la voluntad de su Criador, y esta soledad puede darse y se da dentro del mismo mundo. ¿Dónde están las religiosas capuchinas, brígidas, teresas, etcétera, etcétera? ¿No están dentro del mismo México? ¿Y no hablará con ellas ese texto?
En la página 14 dice que para sostener más mis disparates refiero unas palabras de san Mateo con las que exhorta a que oremos a nuestro Padre en lo escondido, queriendo se entienda ese lugar precisamente del recogimiento interior del corazón, y no del exterior de los parajes. Las palabras de san Mateo que le cité son éstas: "Tú, cuando orares, entra en tu retrete y cerrada la puerta ora a tu Padre en lo oculto." Añadí que este lugar es nuestro corazón, no la exterioridad de los parajes, y usted señor inquisidor chabacano, muy satisfecho de haberme quinado,(10) trae la exposición de Cornelio Alapide(11) en su contra. ¡Ésta sí es gracia, trabajar y abrir los libros para sostener mis opiniones! Ya se ve que usted puso la cita en latín, que acaso no entiende. Dice así Alapide sobre las palabras del santo Evangelista: Hic sensus, este sentido (el que yo adopté, de que por lugar oculto se ha de entender el recogimiento interior del espíritu), este sentido, dice, es propio y verdadero; ¿quiere usted más clara la exposición en favor mío y contra su opinión sigue Alapide pero es más bien simbólico y místico que literal: Sed simbolicus potius, et misticus quam literalis. Esto corrobora mi opinión, lejos de destruirla. Añade, porque nada embaraza para que aquí propiamente se reciba, como suena esta voz retrete: nihil enim vetat cubiculum hic proprie, ut sonat accipi. Eso es lo que yo digo, que en todas partes pueden proporcionarse los lugares ocultos, si el corazón está para ello. Lo explican más las palabras que siguen, cualquier lugar secreto significa lo mismo que retrete: Per cubiculum autem a pari quembis locum secretum significat. Pero entiende (continúa) cuán necesario es recoger el espíritu para que únicamente se dedique a solo Dios: Sed intellige quantum opus est ad... mentem colligendam ut tota uni Deo intendat. Advierta usted que tanto el Evangelista como el expositor, hablan de un lugar secreto, no obscuro, que es el asunto de la cuestión; y advierta también que lo que dice el último es que el lugar secreto es propio para recoger el espíritu, no el cuerpo, que es lo que yo le he dicho. El espíritu asistido de la gracia se puede recoger en todas partes. Del difunto señor doctor de la Peña y Brizula(12) se cuenta que cuando, por razón de ser protomédico, asistía pro tribunali a las corridas de toros de esta ciudad, estaba durante ellas con los ojos cerrados y en una perfecta oración en medio de semejante bullicio; y solía estar tan abstraído que algunas veces era menester que los señores, sus compañeros, le tiraran de la ropa, cuando se acababa la función, para irse. El señor doctor Jove,(13) que aún vive, puede saber algo de esto, como su contemporáneo y testigo ocular; pero sin necesitar de este ejemplar, ¿no tenemos muchos de santos que se han elevado en medio de las calles, plazas y concurrencias? Con que quedamos en que todos los lugares son oportunos para hablar con Dios, y que los lugares ocultos, y no los obscuros, lo son más para la oración mental, que es lo que dice Alapide: presertim in oratione privata; pero no los lugares tristes, opacos, ni desaseados.
Conque ha quedado usted fresco con su auto.(d) No solo no satisfizo mis primeras objeciones, sino que las autoridades que citó en su favor, le han salido en su contra. ¿Y tendrá usted cara para volver a ensuciar las prensas y quedar tan mal públicamente? Es menester que sea usted muy sinvergüenza.
Ha sido tan mal recibido el miserable papelucho, que el lunes mismo que salió, estando yo en el puesto de la Gaceta, llegó uno renegando de él y dándolo por un real; el cajero de la alacena le dijo, que no se lo tomaba ni en medio real; con esto se fue el hombre desesperado, con intención de quemarlo o darlo a alguna vieja para envolver pollos en el asador; pero ¿cómo ha de ser, amigo? Paciencia y barajar. Si le han sobrado muchas manos de papel, haga por salir de ellas lo más pronto, vendiéndolas en el parque de artillería, plaza o boticas; ellos la pagarán a real y medio; pero peor es perderlo todo.
La cuchufleta con que usted concluye es de lo más gracioso. Dice usted que si después de haber leído su papasal resollare yo todavía, espera usted (pues, no lo asegura) acabarme de sofocar (ofrecimiento de verdugo, ¡Dios me libre de usted!) por mi último disparatado Suplemento. ¡Qué orgullo! ¡Qué calificación! ¡Qué esperanza! ¡Qué amenaza! Ya se ve, siempre la soberbia del corazón ha seguido a la ignorancia del espíritu. ¿Qué había usted de sofocar, señor pedante, si creo no sabe ni resumir un silogismo? Con razones sólidas, dudo mucho me tape usted el resuello; con desvergüenzas, personalidades y groserías, no lo dudo; es menester cederle a usted el campo de batalla, rendirle el pórrigo,(14) y confesar que cuando no sea su pluma bastante a batirse con la mía (débil) con energía y solidez, esto y mucho con disparates y groserías, en las que no soy capaz de descalzarlo; pues, repito, que en esto puede usted ser mi maestro.
Ese Suplemento, que a usted parece disparado, lo ha hecho sudar para su respuesta, y ni la dio, ni la dará en su vida, porque tiene muchos y agudos colmillos. Por tanto, oiga usted la sentencia que le ha salido en mi secretaría.
SENTENCIA
Habiendo visto y revisto los enormes desatinos, argumentos que el derecho llama contra producentem, ordinarieces, sarcasmos, y boberas que incluye el auto macarrónico del Arquitecto, fallamos que debíamos mandar y mandamos que su infeliz autor imprimis nos manifieste el título de arquitecto que dice tiene, lo cual, según noticias, es falso, y ni siquiera lo tiene de albañil. Aliunde: le mandamos, pena de santa obediencia, no emplee su pluma en lo adelante sino en escribir versitos en el Diario, dedicándolos a Deidamia, Clori, Artemisa o a quien se le antoje. Tertio: que si el diablo lo tentare a responder este papel, lo haga con gracia, solidez y urbanidad, sin desatarse en personalidades y chocarrerías con las que se ha desconceptuado y dado a conocer su insuficiencia en materia de literatura. Postremo: que cuando más, invierta en sus diabluras un pliego de papel para no ser tan gravoso a los ignorantes que tengan la desgracia de comprarlo, entendiendo que de no obedecer estos comedidos mandatos, le parará el perjuicio que haya lugar entrando en esto el descubrirlo con su mismo nombre y apellido, y señas inequívocas de su nombre, casa y estado. Esto sí es sofocar; a más de la multa que le impondrán los impresores y almaceneros de papel en el desembolso que sufrirá irremisiblemente en la pérdida de cada impresión, pues ningún semiinstruido querrá cooperar a costear tan ridículo trabajo. Dado en nuestro palacio de casa de vecindad, a 2 de febrero de 1814.
El Pensador
(a) Sin embargo de que ésta es una crítica severa, el Arquitecto llama a esta clase de escritos apologías, porque no sabe distinguir entre apologías y censuras; pero si así con sus apologías, le lisonjearemos el gusto.
(1) Imprenta de doña María Fernández de Jáuregui.
(2) padre Isla. Padre José Francisco de Isla (1703-1781).
(3) El Apologista Universal. Obra periódica. Madrid, Imprenta Real y Librería del Castillo, julio de 1786 a 1788, XVI números en 8º. Sempere y Guarimos sospechaba que el autor de estos opúsculos era fray Pedro Centeno. Fueron muy leídos, particularmente por sus polémicas con J. Pablo Forner.
(b) No le explica usted tan bien; pero le hago el favor de aclararlo en obsequio del público.
(4) perillán. Persona pícara, astuta.
(5) Suplemento del lunes 17 de enero de 1814.
(6) cerviguillo. Parte exterior de la cerviz, especialmente cuando es abultada.
(c) Ya no le he de citar el convento de Jesús María porque no vuelva a decir que quiero ser monja de allá; le cito la Profesa porque es más fácil que sea filipense.
(7) santa casa Profesa. Cerraba la calle de Cinco de Mayo.
(8) Blair. Puede ser referencia a Hugo Blair (1718-1800). Pastor presbiteriano escocés. Sus sermones fueron traducidos a todos los idiomas europeos.
(9) iludir. Cf. Suplemento extraordinario al t. II, nota 2.
(10) quinado. Vino o líquido que se prepara con quina y se usa como medicamento.
(11) Cornelio Alapide. Cornelio A. Lapide o Cornelis Cornelissen Van Den Steen (1567-1637). Exegeta jesuita belga. Famoso por sus comentarios a todos los libros del canon católico de las Escrituras, los únicos libros que quedaron sin su comentario fueron el de Job y los Salmos.
(12) Señor doctor de la Peña y Brizula. Juan José de la Peña y Brizuela (¿-1789). Médico mexicano, catedrático sustituto de prima y medicina (1757-1760). Miembro del Protomedicato.
(13) señor doctor Jove. José García y Jove. Catedrático de prima y medicina. Presidente del Real Protomedicato de la Nueva España.
(d) Cuya respuesta hubiera salido antes a luz, si no hubiera mediado ciertas ocurrencias, que no son del caso referir.
(14) rendir el pórrigo. Reconocer la primacía o superioridad de otro, por medio de una especie de confesión. Cf. Santamaría, Dic. mej.