ANATOMÍA O DISECCIÓN MORAL DE ALGUNAS CALAVERAS, 
ESCRITA POR EL PENSADOR MEXICANO(1)

 

 

Ocupado seriamente en la obrita que estoy dando a la luz con el título de La Quijotita y su prima,(2) por estar ya comprometido con el público respetable y con los señores sub[s]criptores, en nada menos pensaba, el 26 del último octubre, que en escribir este papelucho. Pero encontrándome un amigo de confianza me preguntó: "¿qué tenemos para muertos?, ¿qué cosita nos da usted para esos días?" Yo le dije que nada, pues harto tenía que impender en licencias, censuras y cuidado de costo e impresión, de la cual quién sabe cómo saldría.

Ésa es flojera, me contestó. Para todo habrá tiempo en queriendo. Vaya, trabaje usted algo para darnos nuestra ofrenda como siempre, pues ya estamos ensañados a leer alguna cosita de usted en estos días, y a fe que el papel costeará su impresión y podrá usted dejar para la tumbita. Pues ya veremos lo que hago, le dije y me despedí.

Aquella noche me recogí, pensando que quizá me diría bien aquel buen amigo, y así me propuse escribir algo; pero no sabía por dónde comenzar ese algo porque ya hemos formado Causas a la muerte y al diablo(3) en tales días; hemos visto Pleitos de calaveras(4) y el año pasado, Calaveras andando,(a) que hasta ahora no se sientan. Conque así no discurría yo de qué modo nuevo diría cosas viejas. Motivo fue éste que me hizo pensar en abandonar mi propósito y tratar de divertirme en estas noches, como uno de tantos, a cuenta de los difuntos en las plazas y portales de esta magnífica ciudad.

Abrigué tan bien este pensamiento, y me quedé dormido con él de tan buena gana, que apenas cerré los párpados o me los cerró el sueño, cuando me pareció estar en la Plaza de Armas la noche de finados, contemplando la bella simetría y disposición de sus calles entoldadas, lo bien colocados de los asientos, lo hermoso de su iluminación, lo curioso de las bombillas y cornucopias, y la multitud de frutas y dulces exquisitamente colocados para despertar el apetito de los golosos, a favor de los desaforados, ridículos y extravagantes gritos de sus dueños, de los que cada uno quisiera sacar en esa noche el principal(5) y las utilidades.

Pero lo que más robaba mi atención era el majestuoso paseo que formaban alrededor de la estatua ecuestre(6) un sinfín de señores y señoras de todas clases: grandes, medianos y pequeños (si es que éstos merecen señorío) entre cuya alegre confusión se dejaban ver alternativamente mil objetos: unos agradables, otros enfadosos, muchos, especiales y no pocos demasiado ridículos. Cerca de un ilustre caballero, que iba envuelto de su capa, pasaban tres o cuatro tunantes estirados, haciendo mil travesuras, por no decir llanezas, con las señoras que veían solas. En medio de un grupo de hijas de Venus, cuya hermosura y brillantez entretenía los ojos más confusos, se mezclaban dos o tres hijas de... sus madres, serían precisamente, dando mil risadas, haciendo señas y gritando con sus ademanes: aquí vamos... Pero, ¿para qué me he de cansar en querer analizar cuanto yo vi, si era tanto y tan atropelladamente, que más me parecía estar mirando las figuras de una linterna mágica que personas reales y verdaderas que pasaban delante de mis ojos.

Los objetos eran tan extraños, y se variaban con tanta prontitud a mi vista, como los juguetes de los anteojos del día.

Fácil es concebir que en este teatro estaría sumamente distraído; pero ¡ay de mí!, que cuando estaba más enajenado divirtiéndome, a mi parecer honestamente, he aquí que se me pone delante un mondado esqueleto, más feo que el mismo Lucifer, con su acerada guadaña en una mano, y, afianzándome con la otra por un brazo, con una ronca y espantosa voz me dijo: —¿Hasta cuándo tienes de entretenerte en bagatelas? ¿Qué te crees inmortal o me juzgas muy lejos de tu lado? ¿No adviertes que éste es el día pavoroso y terrible, día de luto, de llanto y de ceniza? ¿No oyes cómo el clamor de las campanas te avisa que murieron tus padres, tus amigos y tus deudos? ¿No te ves por todas partes rodeado de la sombra de la muerte, aun en los objetos del pueril apetito? ¿Qué ves sino canillas, calaveras, piras, tumbas y cadáveres?(b) ¿Y con tan seguros como fúnebres recuerdos estás con tal tranquilidad, y divirtiéndote tan plácidamente como si no te hubieras de morir?

Ea, pues, hombre necio y descuidado, ven conmigo a las obscuras sombras del olvido para que te diviertas con más fruto.

Diciendo esto, me arrebató y, sacándome a toda prisa por entre todos, caminamos con tanta rapidez que en menos de un instante dio conmigo en el cementerio o camposanto que vulgarmente llaman del Caballete,(7) y cuando yo pensaba que allí sería el término de la jornada, me metió en una sepultura y, caminando a lo más profundo de la tierra, me hallé de repente en una horrible caverna, alumbrada por una triste y débil luz, cuyo origen no pude percibir.

Aquí el furioso esqueleto, templando un poco su voz desapacible, me dijo: —Siéntate, hijo, y descansa, y no te admires de que te trate así, pues todo vivo es hijo de la muerte. Vosotros los mortales me tenéis tanto horror porque vivís sin reconoceros por míos y porque no sabéis estar prevenidos para esperarme. En este caso os turba mi venida y soy a vuestros ojos espantosa. Me comparáis a un ladrón que se entra en vuestra casa sin avisaros, y, si os cojo en pecado, sin duda soy la cosa más pésima y abominable.

Pero si al contrario os familiarizáis con mi memoria, y os prevenís para recibirme cuando el Autor de la vida me envíe por la vuestra, entonces, lejos de temerme como ministra ejecutora de un juez inexorable, me veréis acercar a vuestro lecho como una buena amiga que viene a desatar vuestro espíritu de las prisiones del cuerpo para hacerlo volar a su Criador. En este caso os pareceré preciosa y agradable, porque así lo es para el Señor la muerte de los justos.

Te digo esto porque te he visto venir todo temblando y envuelto entre el temor y desconfianza. Aprovecha, pus, esta visita ideal que te hago; ensáyate a recibirme; mas deveras, porque he de volver a visitarte como a todos. Prevente para que no te coja descuidado en realidad, como te he sorprendido en apariencia, y vive seguro de que, observando estos consejos, tú me recibirás con alegría.

La alma se me volvió al cuerpo con el estilo amable de la muerte y, recobrado un poco de mi pasado temor, le dije: —Señora, todo esto está muy bueno; pero, ¿a qué fin me ha traído usted a estos sótanos espantosos?, ¿cuál es la diversión que me ofreció allá en la Plaza de Armas?

—Presto lo verás, me contestó. ¿No adviertes que en medio de esta gruta está una mesa prevenida? Pues ahí se va a hacer una disección anatómica-moral de algunos cráneos humanos, cuyas almas están en las cavernas de Plutón.

Diciendo esto salieron un sinnúmero de diablos, haciendo una gran bulla y cargados de costales llenos de calaveras que vaciaban en cuanto se acer[ca]ban a la mesa.

Acabada esta operación, fueron saliendo otros diablos más respetables que debían ser, o en efecto eran, los facultativos destinados para la dicha disección, porque iban prevenidos de sierras, pinzas y torniquetes.

Luego que llegaron, hicieron una profunda reverencia a la muerte, como captando su beneplácito para ejecutar su oficio sobre aquellas osamentas que correspondían a su jurisdicción.

Habido que fue el mortal permiso, hicieron llevar a la mesa diez o doce cráneos, y tomando uno de ellos un diablillo chato y colituerto, lo afianzó con un instrumento a modo de tenaza, y otros dos diablos lo aserraron por medio diestramente. Pero no bien rompieron el duro hueso, cuando se abrió como granada y salió de aquella tan limitada cavidad un viento tan impetuoso que tiró las restantes calaveras al suelo, llevándose de encuentro a los diabólicos facultativos.

El diablo chato, luego que pudo, se levantó y dijo: —Señores, esta calavera fue de un rico altanero y por eso estaba tan llena de soberbia y vanidad. No me admira que sea tal aire tan furioso, pues en vida del difunto yo fui su tentador y no había diablo que se pudiera averiguar con él cuando comenzaba a soplar pesos, genealogías, títulos y ejecutorias. No siendo lo peor estas locas vanidades, sino la ninguna caridad que tenía con sus prójimos y, particularmente, con los que le eran inferiores. Pero ya su espíritu queda bien seguro a disposición de nuestro príncipe, su maestro. Tiremos esta loca calavera, y venga otra.

Al momento aserraron otra y salió una porción de onzas de oro y entre ellas un corazón duro como un diamante. Al instante dijo el que presidía: —Que me enmielen si esta calavera no es de algún avariento condenado. Todo el dinero que éstos tienen, no está en sus cofres, sino en sus cabezas, pues la idea que forman de tener muchos pesos es la que los alimenta y halaga más que el propio dinero, que de nada les sirve. ¡Gente necia que se condena mortificando sus apetitos sin mérito, sino sólo por una mezquindad criminal! Y gente cruel que no se lastimará de una desgracia ni socorrerá la miseria más grave como tenga que echar mano al bolsillo. Ea, arrojen esa indigna calavera con su dinero y duro corazón, mientras que su alma pida al pobre Lázaro mitigue sus ardores con la gota de agua que le destile de su dedo.(8)

Subieron otra calavera y, habiéndola aserrado, la encontraron llena de papeles sellados, escrituras, citaciones, informes, pareceres,(9) testamentos, codicillos, memoriales, alegatos, transacciones, sumarias, procesos y, en una palabra, una porción de autos e instrumentos que los mismos diablos no entendían. Entonces uno de ellos dijo: —Esta calavera parece protocolo. No puede menos sino ser de algún abogado, relator, procurador, agente, escribano o de alguna persona de esta clase. Yo, la verdad, no pu[e]do definir de quién será.

—No importa, dijo el presidente, todos los que comen de la pluma, siempre que usan mal de ella, se vuelven aves de rapiña. Vuelan alegres mientras viven y, al fin, vienen a parar a estos lugares. Sea de quien se fuere esa calavera lo que no tiene duda es que su dueño no fue justo, ni usó de su empleo rectamente, como otros de su mismo ejercicio. Tiradla, y otra.

Aserraron otra, y al ver lo que salió, echaron los demonios a correr, porque salió una porción de novenas, medallas, cruces, rosarios, escapularios y camándulas. Yo que vi que por todos aquellos lugares no parecía un diablo, me levanté y a toda prisa fui y recogí las cruces, estampas y demás acosas de éstas que había tiradas, porque no me pareció bien que estuvieran entre tan inicua canalla. Hemos de estar en que yo ya no me acordaba de la muerte, teniéndola tan cerca. ¡Tan presto se borra su memoria!

Volvime a mi lugar, contento de haber hecho alguna acción de piedad; y, a poco, salieron los diablos como acechando y, cuando vieron que ya no había por allí los objetos que los asustaron tan deveras, tomando la calavera en las manos advirtieron que tenía lengua. Pero, ¡qué lengua! Una lengua dividida en dos, muy cortante como espada de dos filos, y empapada en el venenoso licor de las serpientes.

—Ya está conocida esta buena alhaja, dijo un diablo viejo y cachazudo, esta calavera fue de algún condenado o condenada hipócrita, de éstos que rezan todo el día, oyen misas, visitan el circular,(10) confiesan y comulgan, y no dejan honra a vida. Ya los mortales se alegraran que no hubiera más diablos que nosotros. Seguramente les haríamos menos mal que el que se hacen mutuamente, y no por falta de ganas nuestras, sino porque nuestra libertad está coartada a disposición del Criador, y el hombre, como dueño de su albedrío, hace cuando quiere el mal que puede con más facilidad que los espíritus infernales.

Abrieron otra calavera y salió de ella un hedor tan insufrible que aun los demonios, estando acostumbrados a estos sahumerios, tuvieron que taparse las narices. ¿Qué tal sería? Por fin, allá como pudieron, todos mareados, arrojando los entresijos y con el histérico en las trompas, se acercaron a ver lo que hedía tanto. Pero, ¿qué había de ser? Una porción de ungüentos, aguas, aceites, esencias y drogas corrompidas que apestaron todo el infierno.

—¡Vaya noramala!, dijo el colituerto, la calavera de ese condenado boticario que nos ha dado tan mal rato. Ya, ya me acuerdo de él. No pocos enfermos perecieron por sus miserias y descuido. Tengo presente que una vez un aprendiz quería tirar un bote de ungüento amarillo corrompido, y él se opuso, diciendo: "No señor, no sea usted desperdiciado. Lo que se puede, se vende; y lo que no, se da a los pobres a las ocho de la noche, por las benditas ánimas, que al fin es obra de caridad". Ya se deja entender cuánta tendría él; pero por eso nos está acompañando para siempre.

Iban a desfundar otra calavera, cuando un diablo maldito reparó en mí, me desconoció, y de un salto se puso junto al presidente, avisándole del nuevo huésped.

Al instante me llevaron los diablos a la mesa, y el colituerto me dijo: —Pues has sido tan atrevido que te has metido aquí sin que te llamen y has visto disecar las calaveras, ahora verás analizar la tuya.

Decir esto, querer arrancarme aquel demonio la cabeza de los hombros, y despertar yo del susto, fue todo uno.

 

 


(1) Se hallará en la Oficina de don Mariano Ontiveros [cf.  nota 1 a La igualdad en los oficios] y puestos de la Gaceta [Cf. nota 7 a la Prevención de El Pensador], por un real [Cf. nota 11 a Consulta que un payo hizo]. Es de 1818.

(2) La Quijotita y su prima. La primera edición es de 1818, Oficina de don Mariano Ontiveros, dos volúmenes; la segunda es de México, Imprenta de Altamirano, 1831-1832; la tercera es de México, Imprenta de Mariano Arévalo, 1836. Y la cuarta es de México, Librería de Recio y Altamirano, 1842.

(3) La Breve y sumaria causa formada por la muerte y al diablo por la Verdad y ante escribano público del martes 1 de noviembre de 1814 (anunciado también en laGaceta del Gobierno de México número 649, noviembre 1 de 1814) corresponde al número 13 del tomo III de El Pensador Mexicano.

(4) El pleito de las calaveras del lunes 1 de noviembre de 1813 corresponde a uno de los suplementos de El Pensador Mexicano. El siguiente folleto no lo hemos podido conseguir.

(a) Con estos títulos han salido a luz otros papeles míos en semejantes días.

(5) principal. Cf. nota 26 a El muerto y el sacristán.

(6) estatua ecuestre. De Carlos IV, conocida como El Caballito. La hizo Manuel Tolsá por instrucciones del virrey marqués de Branciforte. El 9 de diciembre de 1803, siendo virrey Iturrigaray, fue instalada en la Plaza de Armas o Zócalo. En 1822 estuvo en la Universidad. En 1852 fue trasladada a la Plaza de la Reforma conocida como El Caballito. En 1978 fue trasladada a la calle de Tacuba, en la Plaza Manuel Tolsá, frente al Palacio de Minería.

(b) Alude a las figuras de dulce que representan estas cosas.

(7) Caballete. José María Marroquí refiere: "Llámase así un amplio terreno erizado que sirve hoy de muladar y antes sirvió de camposanto. Está situado al lado de acá de la acequia que se conserva al lado Sur de la ciudad en lo más lejano del barrio de San Salvador el Verde [Plazuela que aún conserva su nombre y tiene acceso por 5 de Febrero y por Fray Servando Teresa de Mier.] Triste es la historia de este lugar: fue un barrio de la parcialidad de San Juan, llamado Xiutenco o Xuhuitongo, regularmente poblado hasta fines de 1736 en que la desoladora epidemia de Matlazáhuatl le acabó casi por completo. La epidemia continuó en los cuatro primeros meses del año siguiente, y no siendo ya bastantes los templos ni camposantos en diversos rumbos de la ciudad, uno de ellos es éste; de suerte que en realidad, sin hipérbole, la epidemia dejó convertido el barrio en camposanto." Cf.La ciudad de México, México, Tipografía y Litografía "La Europea" de J. Aguilar Vera y Compañía, t. II, p. 5.

(8) "Y levantado la voz dijo [el rico:] Padre Abraham, compadécete de mí, para que mojando la punta de su dedo en agua, me refresque la lengua, pues me abraso en estas llamas." Lc. 16, 24.

(9) pareceres. Parecer es "Dictámen, voto o sentencia que se dá o lleva en cualquier materia." Cf. Dic. de autoridades.

(10) circular. En México, entre beatas, el ejercicio religioso de las cuarenta horas, porque se va circulando de iglesia en iglesia. Cf. Santamaría, Dic. mej.