ADVERTENCIAS NECESARIAS PARA LA ELECCIÓN

DE DIPUTADOS DEL FUTURO CONGRESO(1)

 

 

Si a un ciudadano libre le es lícito exponer sus opiniones políticas en favor de la patria, desde luego yo podré exponer las mías acerca de las próximas elecciones de diputados para el futuro Congreso, pues el negocio es de la mayor importancia en los principios. Si acertare en algo, gloria a Dios; y si fueren impracticables mis proyectos, con desecharlos se compone todo.

Es menester conocer que las elecciones, según el formulario español, ni son libres ni populares; no libres, porque el pueblo va ligado a elegir no según su voluntad, sino según la fórmula que le prescribe la Constitución. Tampoco son populares, porque los diputados no son elegidos inmediatamente por el pueblo, sino por los electores de partido, elegidos por los de parroquia, y éstos por los compromisarios, que son los únicos electos inmediatamente por el pueblo.(2)

De semejante jerigonza de elegidos y más reelegidos, se sigue necesariamente que la voluntad general se va perdiendo en la particular de compromisarios y electores; de que resulta que, realmente, bajo tal fórmula, las elecciones pueden muy bien llamarse nulas, porque los representantes no lo son de la voluntad del pueblo sino de la de sus electores. Esto es tan cierto, que mil veces vimos que el pueblo estaba muy satisfecho con la elección que había hecho de sus compromisarios, y después renegaba de los diputados que salían, y conocía el pueblo con el nombre de chaquetas.(3)

Así que el pueblo advirtió el ningún influjo que tenía para que salieran diputados a su gusto, por la falta de libertad que tenían para elegirlos, y así que advirtieron que su elección de compromisarios era un mero ceremonial, que nada influía en su felicidad, vio con el mayor desprecio las convocatorias últimas, y los aparatos para recibir los votos se quedaban solos o concurridos por cuatro sencillos, que iban más por curiosidad que por otros fines.

Sería pues de desear que el pueblo mismo, en masa, eligiera sus representantes; así como elegía sus compromisarios, previniéndole el gobierno anticipadamente las cualidades que debían tener aquéllos, y así serían las elecciones libres, populares, y a satisfacción de la nación.

No debería ser requisito necesario para ser diputado ser rico, ni tener empleo ni fortuna brillante. El dinero y los puestos muchas veces hacen malvados a los hombres, y los obligan a obrar contra sus mismos sentimientos, por conservarlos.

Así es que lo principal, que había de resaltar en los sujetos que fueran dignos de la confianza del pueblo, era el talento, la virtud y el amor a la patria, y estas recomendables circunstancias suplirían con usura la falta de representación y de fortuna.

Por lo ordinario, el pueblo jamás se equivoca en conocer los sujetos que poseen estas bellas cualidades, y muy bien conoce y distingue al servil del liberal, al sabio del ignorante, y al virtuoso del corrompido egoísta.

Sólo una traba podría poner el gobierno a esta libertad de elegir, y era que no se eligieran muchos diputados eclesiásticos, sino cuando más uno por provincia. De esta manera, la nación no carecería de aquellos eclesiásticos sabios, liberales y patriotas, que ciertamente con sus luces serían de mucho provecho a la patria; y al mismo tiempo, el Congreso no se convertiría en concilio, con notabilísimo perjuicio de los pueblos; porque, hablemos claro, en el estado eclesiástico hay muchos individuos beneméritos, muy estimables por sus circunstancias, así como todos son muy respetables por la dignidad de su carácter; sin embargo, jamás convendrá que la primera legislación sea obra de los eclesiásticos, porque los intereses del clero están en oposición con los del pueblo. Este no es ya un problema, sino un axioma político de que no duda ningún publicista. Ningún pueblo, legislado y gobernado por ecleciásticos, puede ser libre ni feliz. La teocracia fue buena para los tiempos de Moisés, cuando Dios hablaba cada día al pueblo por medio de sus intérpretes, y confirmaba su palabra con una repetición continua de milagros. En el día, en que Dios ya no se explica tan claramente, ni los milagros son tan comunes, los hombres obran y se gobiernan por los principios de la sana razón, y de los derechos natural y de gentes; y éstos les hacen conocer, que, para ser felices, deben ser legislados y gobernados por hombres cuyos intereses sean comunes a las grandes masas de los pueblos, y que para desempeñar bien tal ministerio, no son los más a propósito los individuos que pertenecen a clases privilegiadas como el clero.

A la nación americana, exhausta por ahora de recursos, le conviene en buena política y economía, ahorrar sus gastos para que, después de satisfechas sus primeras necesidades, le sobre anualmente un fondo respetable, así para oponerse a los enemigos exteriores, cuando los haya, como para promover la felicidad y bienestar de sus individuos.

Esto es bien claro, y nadie duda que de ningún ahogo saldremos si el gobierno sólo cuenta con la entrada que gasta en sueldos anualmente, pues, en este caso, la nación jamás prosperará. Con dinero se componen los caminos, se abren canales,(a)se fomentan las ciencias, artes, comercio, minas, agricultura, etcétera. Este fomento destierra la pobreza, de consiguiente atrae extranjeros, facilita matrimonios, aumenta la población, destierra la holgazanería, madre común del vicio y la prostitución, y hace verdaderamente una nación grandiosa, opulenta y feliz.

Esto se hace con dinero; sin él, nada; luego las primeras atenciones de los legisladores deben contraerse a enriquecer al erario, para hacer feliz a la patria, porque oraciones elocuentes, bellos proyectos, detenidas discusiones en el salón, sin otra cosa, nunca pasarán de meras teorías, muy lindas para divertir a los concurrentes a las galerías, pero muy estériles y muy nada para el objeto principal, que debe ser el beneficio general de la nación.

Siendo esto innegable, es de creer que los representantes del pueblo tratarán de economizar gastos para aumentar fondos, sin gravar a sus comitentes, pues ya se sabe que si los gastos exceden a las rentas, aquéllos no se cubren, la nación se extenúa, nada florece, y todo va de mal en peor.

Pues bien, para economizar estos gastos, es necesario sisar algo de las cuantiosas rentas innecesarias que se absorbe el clero, y no son los clérigos los que han de decretar estos ahorros.

¿Cómo un obispo ha de proponer que se disminuyan las cuartas episcopales y que se queden sujetos a una renta de seis mil pesos(4) anuales, que no los contó ni san Pedro, y fue el primer papa de la Iglesia católica?

¿Cómo un canónigo ha de consentir que se arreglen los diezmos para el fomento de los labradores, que se encargue de su administración el gobierno civil, y que según mueran los canónigos, se vayan suprimiendo estas plazas inútiles a la Iglesia y perjudiciales al Estado?

¿Cómo ha de opinar un cura que conviene que a los párrocos se les señale una dotación correspondiente al número de sus feligreses y a la renta de su obispo, para que así los pueblos estén mejor asistidos y libres de la eterna contribución a los curas,(5) a que nacen sujetos según nuestras presentes instituciones?

Como, por un orden de la naturaleza corrompida, a nadie nos acomoda desprendernos de los privilegios o excepciones que gozamos, por absurdos e injustos que sean, se debe creer que un Congreso aconciliado muy lejos de convenir en estas reformas declamaría contra ellas citaría a millares de textos de la Escritura y santos padres, y concilios y cánones hechos por eclesiásticos como ellos, y en este caso, si su número era mayor que el de los seglares, se ganaría por ellos la votación, y nada avanzaría la nación.

Muy bien conozco que es ardua empresa chocar [sic] contra las preocupaciones religiosas, respetadas por trescientos años en un pueblo levítico; pero, ¿acaso por este temor no se debe comenzar alguna vez? ¡Desgraciados de los pueblos si sus abusos fueran inviolables!, el error, la esclavitud, la miseria serían el fruto de tan criminal tolerancia.

Cuanto más envejecidos, cuanto más santificados aparezcan los abusos, tanto más temibles y ominosos son para el pueblo, y por lo mismo más dignos de ser destruidos por la raíz. Estas empresas están destinadas en la serie de los siglos para los grandes hombres, cuyos superiores talentos saben arrostrar toda errada opinión, llevando al cabo sus benéficas intenciones. José II en Alemania, Napoleón en Francia y las Cortes de Cádiz en España, lucharon contra los abusos introducidos en la disciplina eclesiástica, y el fanatismo de los pueblos, y lo cierto es que los sumos pontífices autorizaron las reformas.(6) ¿Por qué, pues, nuestros diputados no podrán conseguir igual permiso, siendo iguales los males que se padecen, y los bienes que debe esperar la nación de su exterminio?

No faltarán muchos eclesiásticos que, arrebatados de un celo indiscreto, declamarán altamente contra mí, llamándome impío, hereje, antieclesiástico, etcétera. Ya estoy cansado de oírme apellidar con semejantes títulos; mas no me hará fuerza. Este género de despique no es nuevo. Así han llamado siempre a los promovedores de estas reformas. Al mismo Jesucristo llamaban los fariseos cismático, endemoniado, sedicioso y traidor; ¿y por qué?, porque les reprendía su hipocresía, supersticiones y ambición. ¿Qué extraño será que los hombres se apoden unos a todos por semejantes causas?

Ciertamente que no declamará contra mí ningún eclesiástico verdaderamente virtuoso, sabio, ni amante de la patria, sino los más relajados, los sabios del siglo décimo y los egoístas, cuya patria y religión consiste en su interés particular; mas mil de éstos no valen nada delante del voto que dé a mi favor un solo eclesiástico digno de serlo, como... Pero no me es lícito nombrar a ninguno de muchos eclesiásticos, virtuosos sin hipocresía y sabios sin preocupación, que conocen estas verdades; y a pesar de la injustísima e ilegal excomunión que el señor Flores(7) fulminó contra mí, me honran con su amistad, y me saludan y comunican públicamente, muy distantes de otros eclesiásticos mis antiguos amigos, que me niegan la salutación, o porque son muy ignorantes e hipócritas, o porque, después que me confiesan la justicia en lo privado, se hacen que no me conocen en lo público por temor de no caer en la desgracia del provisor, de que no los suspenda y carezcan del peso de la misa. ¡Qué hombres! ¡Qué vergüenza!

Por tanto, y salvado el respeto debido a los sabios, repito mi opinión de que si la patria quiere ser feliz, debe elegir en masa y al primer golpe a sus representantes con toda libertad, limitándose mucho en la elección de eclesiásticos; y como puede ser que en alguna provincia sean elegidos cinco o seis, se le dará la representación al que reúna más sufragios o votos, pues éste ciertamente será el mejor.

Ninguna pasión, sino el deseo del mejor bien de mi patria, me dicta este papel. Si a ella le pareciere mal, el primero que lo detesta es

México, 16 de febrero de 1823.


El Pensador.

 

 


(1) México, Imprenta del Autor, 1823.

(2) "Capítulo II. Del nombramiento de diputados de Cortes. Art. 34. Para la elección de diputados de Cortes, se celebrarán juntas electorales de parroquia, de partido y de provincia."

"Capítulo III. De las juntas electorales de parroquia. Art. 35. Las juntas electorales de parroquia se compondrán de todos los ciudadanos avecindados y residentes en el territorio de la parroquia respectiva, entre los que se comprenden los eclesiásticos seculares." ''Art. 38. En las juntas de parroquia se nombrará por cada doscientos vecinos un elector parroquial. Art. 39. Si el número de vecinos de la parroquia excediese de trescientos, aunque no llegue a los cuatrocientos, se nombrarán dos electores; y si excediese de quinientos aunque no llegue a seiscientos, se nombrarán tres, y así progresivamente. Art. 40. En las parroquias cuyo número de vecinos llegue a doscientos, con tal que tengan ciento cincuenta, se nombrará ya un elector, y en aquellas que no haya este número, se reunirán los vecinos a los de otra inmediata para nombrar el elector o los electores que le correspondan. Art. 41. La junta parroquial elegirá, a pluralidad de votos, once compromisarios, para que estos nombren el elector parroquial." Felipe Tena Ramírez,Leyes fundamentales de Méxicoop. cit., p. 65.

(3) chaquetas. Cf. nota 17 a Oración de los criollos...

(a) ¡Ojalá se abriera un canal en el Istmo de Panamá, y se unieran el mar del Sur y el océano! ¡Cuántas ventajas ofrece este proyecto! Pero ésta es obra de potencias ricas, en cuyo número [no] podemos entrar ["El primero que atravesó el istmo de Panamá fue Vasco Núñez de Balboa, en el año de 1513. Desde esta época memorable en la historia de los descubrimientos geográficos, se ha hablado siempre del proyecto de un canal; y sin embargo, hoy día, después de 300 años, no existe ni la nivelación del terreno, ni una determinación exacta de la situación de Panamá y de Portobelo." "En 1802 y 1803, hallándose el comercio español incomodado en todas partes por los corsarios ingleses, se hizo pasar una gran parte del cacao por el reino de Nueva España, llevándolo a embarcar a Veracruz para Cádiz. De modo que se prefirió al peligro de aquella otra larga navegación, y la dificultad de subir contra la corriente a lo largo de las costas de Perú y Chile, la travesía de Guayaquil a Acapulco, y un camino por tierra de 135 leguas desde Acapulco a Veracruz. Este ejemplo manifiesta, que si es mucha la dificultad que ofrece la construcción de un canal de travesía del istmo de Panamá o del de Coatzacoalco, a causa de las muchas esclusas que serían necesarias, el comercio de América ganaría inmensamente haciendo buenas calzadas desde Tehuantepec hasta el embarcadero de la Cruz, y desde Panamá a Portobelo." Alejandro Humboldt, Ensayo político sobre el reino de la Nueva España, estudio preliminar, revisión del texto, cotejos, notas y anexos de Juan A. Ortega y Medina, 2a. ed., México, Editorial Porrúa, 1973 ("Sepan Cuantos...", 39), pp. 11 y 15].

(4) pesos. Cf. nota 8 a El cucharero político...

(5) Sobre las ideas reformistas de Fernández de Lizardi véase su "Constitución política de una república imaginaria" en el número 20 del tomo II de lasConversaciones del Payo y el Sacristán en Obras Vop. cit., pp. 466-472.

(6) La Patente de tolerancia de José II recoge las reformas que él implantó, entre las que destaca la ruptura del clero local con el papado y su dependencia del monarca. Napoleón despojó a Pío VII de la soberanía temporal. El 8 de febrero de 1813 las Cortes de Cádiz aprobaron un proyecto sobre los conventos que impedía pedir limosna para restaurarlos; no permitía la conservación o restablecimiento de aquéllos que tuvieran menos de doce individuos, prohibía que en cada pueblo hubiera más de uno del mismo instituto y que se establecieran nuevos conventos y se diesen nuevos hábitos hasta la resolución del expediente general, cuyo decreto, encaminado a disminuir las ordenes religiosas, fue rechazado por la Regencia.

(7) Cf. nota 2 El Pensador al público.