A varias equivocaciones que, por lo respectivo a Guanajuato,
se leen en el número 13 del Conductor Eléctrico
Ya que a todos es permitido hacer sus observaciones y dar sus quejas al tribunal del público por la vía de la imprenta, y ya que por medio de la misma se ha divulgado que tanto las autoridades eclesiásticas0 como civiles de aquella capital de provincia enmudecieron al escuchar las restricciones que puso el reverendo padre fray J. C. al hacer el juramento de cumplir nuestra augusta ley fundamental, no parecerá extraño que a unas y a otras se les haga justicia, cuando es llegado el tiempo de que se administre sin reserva, y que todo el mundo sepa, que ni les fue indiferente aquel pasaje, ni se impuso bien de sus pormenores el que lo comunicó, o tuvo miras particulares en no relatarlo con la exactitud y escrúpulo que se merece la delicadeza de la materia.
Bueno es que se trate de todas; que con perfecta firmeza pueda cada uno comunicar sus ideas; que se multipliquen extraordinariamente los papeles; que por medio de ellos se destierren las preocupaciones; que se declame contra los abusos; que los pueblos se instruyan y adquieran conocimientos capaces de precaucionarse del veneno que se introduce por los hipócritas y mal contentos; que las ciencias empiecen a tomar sin dificultad ni impedimento un esplendor libre y nuevo; que el gobierno proteja cuanto sea benéfico, útil y provechoso a los súbditos de una monarquía, que a costa de sacrificios extraordinarios ha adquirido luces nada comunes; que los superiores, magistrados y jueces puedan siempre ser advertidos por sus debilidades y omisiones, en el exacto y fiel desempeño de sus más justos deberes; y que las prensas, por último, se fatiguen con tan laudables objetos, hasta poner de manifiesto cuanto en el reino entero se palpa, se nota y ejecuta; pero todo esto y mucho más, es preciso verificarlo con ciertas medidas de seguridad, de prudencia y de moderación, que no claudiquen por algún lado, particularmente por el de la certeza en los hechos.
Los que son injustos, despóticos, contrarios a las buenas costumbres, a las leyes y al bien general, ya se ve que es demasiado conveniente darlos a luz para que, conociendo los unos sus derechos y los otros sus errores, se reclamen aquéllos y se enmienden éstos; pero que se imputen culpas, deferencias y cobardías por suposiciones o informes obscuros, incompletos, obrepticios y subrepticios, no puede llevarlos a bien un sistema moderado, equitativo y tanto más digno de estimación y aprecio, cuanto que protegiendo al individuo en sus propiedades, en su honor, en su persona y hasta en el último abatimiento de fortuna, o en su misma nada, es consiguiente que favorezca a la inocencia, a las autoridades que se manejan con decoro y rectitud y a las que no son omisas sino en el caso de figurar los que les ocurren desnudos de las circunstancias que intervinieron en los mismos.
Como el primero que se comunicó en el periódico que se cita va a trasmitirse de población en población; como en muchas no faltará quienes por carácter, entusiasmo o intereses desconocidos sindiquen una taciturnidad cual se atribuye a los diversos cuerpos que representan tanto en lo eclesiástico como en lo secular a Guanajuato, y como no la hubo ni en los unos ni en los otros, es ajeno de toda sana razón que el silencio confirme lo que se escribió en carta de 24 junio último, acaso por granjearse la benevolencia de un individuo o por deprimir a otro, y muy ajeno que el Ayuntamiento, curas, prelados de las religiones, administradores de rentas, de la hacienda nacional y diputados del importante cuerpo de la minería y comercio, sufran la crítica que no se merecen y la que motiva una narración falta de verdad.
Ésta en nada se alteró por lo respectivo a las limitaciones o modificaciones del juramento, ni a la firmeza momentánea de aquel religioso; mas no es cierto que todos enmudecieran al escuchar sus protestas, ni que sólo el benemérito comandante de las armas tomase la voz, cuando al primero que se le oyó fue al señor intendente, pues sin demora expuso, con solidez y muy a tiempo, que el grandioso Congreso Nacional de 1812 —sobre haber empezado sus deliberaciones en el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo y Espíritu Santo, autor supremo legislador de la sociedad; de haber establecido que la religión de la nación española es y será perpetuamente la católica, apostólica, romana, única verdadera, y de haber prohibido el ejercicio de cualesquiera otra— cuidó de los imprescriptibles derechos del señor don Fernando VII, declarando sagrada e inviolable su persona y que no está sujeta a responsabilidad. De donde después de este discurso dijo aquel jefe militar lo que debía; mas nunca porque fuera el único capaz de advertirlo, ni de tachar u oponerse al modo y términos propuestos por el reverendo padre fray J. C., sino porque estaba sentado, siguiendo la costumbre, o mejor, abuso, de sus antecesores, al lado derecho del señor presidente, quien con otros muchos trató allí mismo de persuadir al prelado resistente de sus errores, hasta manifestarle que el no haber leído la Constitución, a cuya disculpa se acogía, era un refugio que en vez de ponerlo a cubierto, lo condenaba, en especial cuando eran muy sabidos los debates y resultados funestos que al cabo de tantos como precedieron tuvo el ilustrísimo señor obispo de Orense.
Visto que un ejemplar tan idéntico surtía efectos contrarios al que se propuso el diputado que lo recordó; que nada pudo un digno eclesiástico de su misma orden; que a las reflexiones de otro, se agolpaban otras; que mientras más discurrían los asistentes, más y más inexorable se veía al religioso; que por su tenacidad pidieron muchos testimonios del hecho, mejor por reducirlo que por perjudicarlo; y visto que el pueblo, puesto al frente, podía entrar en cuentas y atribuir a otro principio una dilación tan extraordinaria respecto de la sencillez del acto, accedió el señor intendente a aquel ocurso, sin perjuicio de las providencias que le correspondían, y por las cuales a las dos horas de disuelta la junta hubo de solicitar otra nueva el reverendo padre, no con el pretexto de ignorar lo que se sanciona en la inmortal Carta constitucional; sino con el de confesar su inadvertencia, como la confesó, dando así un testimonio inequívoco de su religiosidad y con el de ponerse a cubierto de las resultas que ya empezaba a sentir y eran consiguientes a la misma.
Esto ni más ni menos es con pureza lo que pasó en la Sala de Acuerdos de Guanajuato, al jurarse en ella el incomparable Código de nuestra libertad civil; esto lo que lejos de denigrar a las autoridades les hará honor; esto lo que influye para creer que el que comunicó la noticia, o no se interiorizó en las menudas circunstancias del lance, o se propuso algún fin muy particular en omitir lo que tanto importaba; y esto es lo que es preciso que circule por todas partes, para que se entienda que las corporaciones que se han envuelto en la historia, se comportaron con la entereza que les es característica, y que muy en ocasión hicieron lo posible por evitar un escándalo, cuando no les eran desconocidos los que podían seguirse disuelta la junta.
No asistió a ella uno siquiera como subalterno del comandante militar, pues que nada tenían que hacer allí, ni es costumbre que se unan al Ayuntamiento sino es en las asistencias públicas o de iglesia; resultando de todos que el que no es fiel en los accidentes, menos lo será en la substancia, y menos todavía habiéndose escrito la especie propuesta con designios acaso poco patrióticos y muy otros a los que se propuso el autor del papel que se imprimió.
Si éste sale al cabo de las mil y quinientas es porque el que lo produce aguardaba que alguno de los interesados o literatos de esta capital se tomara el trabajo de manifestar la verdad de lo acaecido en la propia, con motivo de la junta celebrada para jurar la sabia Constitución, que hace hoy nuestra felicidad; es porque el que lo produce, conociendo la torpeza de su pluma y sus bien escasas luces, procuró que otras más que regulares se tomaran el trabajo de volver por las corporaciones de un país que ve con afecto y predilección; y es, en fin, porque a esto obliga la gratitud que profesa al primer mineral del reino; porque parece que todos se han conjurado en despreciarlo, empezando de mayor a menor hasta dar con su extraña, y porque mirando que hay quien publique los hechos tal cual sucedieron, sean más cautos en lo sucesivo los que comunican noticias que tienen trascendencia a personas de dignidad y concepto público.
Ojalá que esté siempre unido, conserve el entusiasmo español y no desmaye jamás del heroísmo infatigable con que ha sabido conciliar la paz y su libertad; ojalá que conociendo los límites que a ésta prescriben la virtud y las leyes, se sujete gustoso a las sancionadas y que se sancionaren en lo futuro, respetando al altar, al trono y a las autoridades que emanan del mismo; y ojalá que en ambos modos no se conozca otro lenguaje, otro sistema ni otra política que la que resulta de una bien cimentada confraternidad, de una concordia inalterable, y de una ilustración capaz de perpetuarse en los fastos y de la historia, de comunicarse a la más remota posteridad. Guanajuato, 16 de agosto de 1820.
(1) Imprenta de don Mariano Ontiveros, año de 1820. [16 de agosto].