ADVERTENCIAS A LAS CALAVERAS DE LOS SEÑORES
DIPUTADOS PARA EL FUTURO CONGRESO(1)
Por medio de la chanza
festiva y lisonjera,
las verdades más duras
nuestros oídos penetran
¿Y quién ha dicho que no tienen los señores diputados sus calaveras(2) como todo hijo de vecino? ¿Si será este título alarmante? ¡Dios nos libre que los representantes de la nación no tengan cabeza, o que las tengan muy chicas o redondas. Perdidos somos en tal caso!
Yo los supongo por su mayor parte provistos de buenas cabezas y de consiguiente de calaveras que contienen una masa que se llama cerebro en el que está no sé qué maquinita denominada cerebelo llena de innumerables celditas donde dizque el alma coloca las ideas intelectuales con la misma curiosidad que las abejas ponen sus mieles en sus respectivas casitas; y así muchos señores diputados tendrán buen surtimiento de ideas de patriotismo, de libertad, de derecho público, de ilustración, de economía, de despreocupación, de república, de federalismo, y de cuanto se necesita para desempeñar la confianza de sus provincias a su entera satisfacción.
Otros tendrán sus casitas llenas de familia de don Antonio,(3) de frailecitos, de escrúpulos y fanatismos, de jesuitas, de temor sobre reformas eclesiásticas, y no faltará quien traiga sus inquisidorcitos, su centralismo y supresión de libertad de imprenta. Como los primeros sean más que los segundos, ganamos; si es al contrario, erraron capítulo(4) las provincias en sus elecciones, y nos quedaremos cantando la Victoria del Perico.(5)
Sería una adulación muy grosera decir que todos los ciudadanos diputados son sabios, patriotas y verdaderamente liberales. Eso no puede ser, de todo ha de haber; pues así varían los hombres en opiniones como en caras.
Por tanto, creo que no será inútil hacer algunas ligeras advertencias en beneficio de la patria, dirigidas a sus honradas calaveras para que las depositen en algunas casillas del cerebelo, haciendo de ellas el uso que convenga a su tiempo.
Primera advertencia. Dos clases de diputados podemos distinguir: unos que hablan,otros que callan, o porque carecen de instrucción o porque no tienen el don de la palabra; pero todos votan, porque para esto no se necesita ni lengua ni cabeza; en teniendo piernas para pararse y posaderas para oprimir la silla, tenemos un diputado a la moda excelente.
Desde los principios en que comenzó a obrar el Congreso(6) expirante advertí que era escandalosa la facilidad y frecuencia con que se salían del salón los diputados, a veces en número tan considerable, que quizá se llegó a extrañar por el presidente; y esto ocurría al tiempo que se discutían materias de gravedad. Ya finalizándose la discusión, iban entrando sus señorías, y sin haberse impuesto de las razones de los contendientes, daban o no su voto según el partido o el capricho y no según la razón ni la justicia.
Esto no deben hacer ni los diputados que no hablan, pues un solo diputado, sin hablar una palabra, con pararse o estarse sentado fuera del orden, o con no estar presente al tiempo de la votación, puede hacer un daño terrible a la nación, pues puede dar su voto a una ley injusta, o negárselo a una justa; y sólo por su falta puede sancionarse una ley sangrienta. Los ejemplos ponen las cosas en su verdadero punto de vista.
Se compone el Congreso, verbigracia, de ciento y veinte diputados; tratase de la pena capital; unos quieren que ésta se quite enteramente, otros que se amplíe hasta sobre el ladrón que no mata, y otros que no se quite del todo ni se amplíe, sino que se limite a dos delitos, al de lesa nación en primer grado, y al asesinato alevoso. He aquí discutiéndose estas tres opiniones con calor. Quedan convencidos los de la primera de que no conviene que se quite del todo, pues si habiendo pena de muerte en ciertos delitos, no faltan delincuentes ¿cómo faltará cuando sepan que por más crímenes que cometan tienen segura la vida, y con ella la esperanza de substraerse del castigo, y más si son ricos, si tienen representación, conexiones, hijas y mujeres hermosas? ¡Infeliz del pueblo donde no se castigue ningún delito con pena capital! Ni sus gobiernos, ni los ciudadanos están seguros de ser asesinados impunemente. Entonces desplegarían los criminales todo el furor que les inspira la venganza. Desechada, por tanto, la proposición, quedan en pie las otras dos, a saber: si conviene que se amplíe la pena capital, o que se limite a los dos casos que propongo. Ambas proposiciones tienen fuertes razones en pro y en contra. Divídese el Congreso en dos partidos; llégase la votación; por la ampliación de la pena, se levantan sesenta diputados, y por la limitación se quedan sentados cincuenta y nueve. He aquí ganada la votación para sancionar una ley sangrienta e injusta que va a exponer a los ciudadanos a las manos de los verdugos por leves delitos, y acaso por ninguno; y ¿por qué?, porque el sesenta estaba fumando en la antesala. Si hubiera estado presente, según sus buenos sentimientos, hubiera empatado la votación, se hubiera vuelto a discutir la materia con más energía y se habría establecido una ley justa. Tanto daño así puede hacer un solo vocal cuando no sabe su obligación. Son hombres, es verdad, todo está dicho; pero para hacer aguas(7) no se necesitaba un cuarto de hora.
Soy tan escrupuloso en esta materia que sólo para esta precisa diligencia quisiera que faltara un diputado del salón tres minutos, y vuelta al palo. Si fuera posible que les pusieran sus borcelanas(8) bajo sus sillas, mejor; pues todavía en tres minutos pueden dejar de oír una razón la más fundamental para decidirse en pro o en contra de una ley que va a aliviar u oprimir a la nación.
¿Qué diré cuando he visto salirse los diputados de dos en tres, faltar trece o catorce?, (¡qué bien los he contado!), ¿y a qué, a desahogarse, a chupar...(9) No, señores: no se cumple así con el honorífico y delicado encargo de representantes de la nación. Deben ser de palo, no fumar, no desahogarse; el mejor desahogo es corresponder a la confianza que han hecho de vosotros vuestras provincias.
Segunda advertencia. Aunque oigáis decir que componéis el Soberano Congreso de la Nación, entended que vosotros ni separados ni juntos sois soberanos. La soberanía es indivisible e inenajenable. Se dice Soberano Congreso por alegoría, o si queréis para daros dignidad y autorizaros, como diciendo que sois los apoderados o representantes dependientes de la Soberana Nación Mexicana, y siendo el Congreso de estos individuos la reunión de estos ilustres apoderados de la soberana señora, se le dice Soberano, aunque no lo sea; así como a mi mujer le dicen La Pensadora, a la mujer del virrey la virreina, a 1a mujer del general la generala, y ellas en la realidad no son lo que se les dice.
La soberanía de una nación no es otra cosa que la expresión de la voluntad general; como ésta no puede hacerla simultáneamente, la defiere [sic] a sus comisionados para que la expliquen por ella. Si mil hombres me piden una, cosa a gritos, oiré gritos, mas no los entenderé; pero si me la piden por una comisión, bajo sus firmas, los entenderé bien. Tal es la nación, tal la soberanía, tales sus representantes y sus poderes. Cuanto hagan fuera de estos límites es injusto, y de consiguiente nulo.
Cada Estado tiene su respectiva soberanía, así como tiene su respectiva voluntad; el diputado que opina contra la voluntad de su provincia, la hace traición. Sólo en un caso puede oponerse, y es cuando de esta oposición resulte el bien general de la patria. Entonces no sólo cumple como diputado de su provincia, sino como buen patriota en general.
Sabemos que Guadalajara(10) está decidida por el federalismo;(11) viene el diputado de Jalisco,(12) y en el Congreso se encuentra con que el tal sistema no conviene, porque las demás provincias quieren centralismo cerrado, y están dispuestas a sepultar en sus ruinas a Jalisco. He aquí el caso en que el sabio diputado de Guadalajara debe dar su voto en contra de su provincia, al parecer; pero en realidad a su favor y al de la patria. A su favor porque le va a excusar su ruina; al de la patria, porque docilitada Jalisco, se ahorra la anarquía y se economiza la sangre de todos. Donde hay fuerza, derecho se pierde, dice un refrán, y dice mal: el derecho jamás se pierde, pero se obstruye; y es prudencia disimular el quebranto del derecho antes que abandonarlo con la vida.
Tercera advertencia. No se crean los diputados que todo lo saben, que no necesitan de luces de nadie, que sólo lo que ellos discurren es lo más acertado. Tal vanidad es dañosa y trascendental a la nación.
Non omnia possumus omnes.(13) No todos somos capaces de entenderlo todo; no nos debemos hacer esclavos de nuestras opiniones; éstas son nuestras hijas, y todo padre quiere a su hijo aunque sea tuerto o corcovado, pero su amor ni le da el ojo que le falta, ni le quita la corcova que le sobra.
El gobierno español, siendo tan déspota y orgulloso, admitió varios proyectos míos,(14) y esto es público; el gobierno americano quizá lo imitará. He propuesto que se haga de fuerzas navales para rendir el castillo de Ulúa;(15) que saque dinero de las platas de los templos (en clase de prestadas); que reasuma la administración de los diezmos; que haga contrabando la moneda troquelada con los bustos de Fernando VII (y todo rey de España) y de Agustín I, y se fundan las campanas para que se haga de millones en un mes.(16) Aún el gobierno no me hace formal: ¡quiera Dios que no sea tarde cuando quiera aprovechar estos recursos! Tal vez admitidos mis proyectos, abundará el erario en dinero dentro de poco tiempo; tendremos buques en la mar y recursos en la tierra; se rendirá el castillo y se salvará la patria del próximo peligro en que está. Nuestro gobierno no se desacreditará por probar los proyectos de un ciudadano sin representación. ¿Valdrá más que muera el enfermo en las manos de un médico de coche, que no que lo cure una vieja aunque no sea bachillera en artes, ni haya cursado la cátedra de método medendi(17) en la Nacional y Pontificia Universidad?(18) La salud de la patria es la suprema ley.
Pensad así, señores diputados: oíd a los hombres y respetad sus opiniones, sean las que fueren. Acaso en el folleto más insulso y entre mil disparates hallaréis un rayo de luz que os ilumine, así como el armador de buzos,(a) a entre mil conchas vacías y algunas con perlitas despreciables que llaman mostacilla, suele hallar en la más tosca una preciosa margarita. Leed todos los impresos con cuidado. Esto os importa, y desconfiad siempre de vuestras luces. Somos finitos, limitados, ignorantes y vanos. Cuidado con la vanidad y la confianza propia.
Cuarta advertencia. Es preciso que los nuevos diputados se declaren protectores de la libertad de imprenta, y luego luego alcen el entredicho ilegal que le ha puesto el señor Molinos del Campo.(19)
Esto debe ocupar toda su atención antes que todo. Solamente los déspotas odian la libertad de imprenta, así como el ladrón aborrece la luz porque descubre su maldad. Este jefe político ha infringido las leyes prohibiendo que se pregonen y vendan libremente los impresos.(20) Sólo en México puede haberse sufrido en el tiempo de la libertad tal prohibición.
No se atrevió este jefe a prohibir in totum la libertad de imprenta, porque temió las luces del siglo aun en un pueblo tan dócil y sufrido; pero le puso una traba brusca muy suficiente a sofocarla. No le cortó los pies, lo que hizo fue engrillarla para que no anduviera.
Me admira cómo es liberal el señor Molinos, cuando se ha declarado enemigo de la libertad de imprenta. Catorce o más soldados tiene destinados para que persigan a los muchachos y los cateen y manden al Hospicio por el término de seis meses,(21)por el gravísimo, por el nefando delito de vender un impreso... ¡Jesús mío! ¿Este señor es liberal? El que me impide publicar mis ideas políticas en beneficio de la patria, no puede ser liberal aunque lo jure. Se podría desafiar ante la soberanía representativa del futuro Congreso al ciudadano coronel Molinos del Campo, y convencerlo de que con todas sus leyes viejas ha quebrantado una nueva, a saber: la sagrada de libertad de imprenta, y ha atacado la propiedad del ciudadano. Como tales en ese caso, nada nos deberíamos: nuestras razones habían de ser las únicas armas que hubiéramos de esgrimir en la palestra, y el Congreso y el público sentenciarían a favor del que mejor probara. ¿A que no admitía tal desafío el señor Molinos?, pero ¿a que tampoco sostiene que es justa su prohibición por las prensas?
Yo no temería sostener mi opinión contra la del señor Molinos; pero considerándolo como ciudadano, como racional, como hombre libre o liberal, como jefe armado, ¿quién diablos se ha de poner con su excelencia? Si luego que lea este papel, manda seis soldados a mi casa, me zampa en una bartolina y a la noche me hace dar garrote, asunto concluido, él ganó. Esta conclusión no se replica. Yo también, si fuera déspota y tuviera diez mil hombres, pudiera hacer que el mismo señor Molinos saliera gritando los papeles por las calles en medio de seis soldados o que muriera si no me obedecía. Ésta es la ley de la fuerza, injusta, pero eficaz.
Alerta señores diputados: la libertad de la imprenta es el freno del despotismo, el único canal de la ilustración y el bajel más seguro conque podéis salvar a la patria del peligro en que está de naufragar.
Dejad, por tanto, que los escritores hablen cuanto quieran con toda libertad, y que publiquen sus ideas como puedan, que esto está en el área de la ley. Si los autores abusan de esta libertad induciendo al público a la rebelión contra el gobierno establecido, penas hay que los castiguen y escarmienten; si los vendedores viejos o muchachos que no tienen más arbitrio para comer (y más en este tiempo) que vender papeles, se hallan jugando en las calles al picado(22)alburitos,(23) etcétera, o emborrachándose en las tabernas, castíguense como vagos y mal entretenidos; pero si sólo se ocupan en vender impresos, respétense, como se respetan a los que venden a gritos fruta, mantequilla, carbón, orejones, melcocha, petates,(24) billetes, calendarios, etcétera, etcétera. Todos estos venden su propiedad a gritos impunemente.(25) ¿Por qué sólo se ha de castigar al que vende papeles que ilustran al pueblo o acusan a los infractores de la ley? Bien podrán entonces los tristes muchachos parafrasear el versito de la comedia de La vida es sueño y decir:
¿No gritaron los demás?,
pues si los demás gritaron,
¿qué privilegio gozaron
Si la libertad de imprenta sólo ha de ser para adular a los jueces y tener al pueblo hecho un bruto, y si la opinión general ha de estallar en las cabezas de dos fiscales tontos o sabios, íntegros o aduladores, pícaros u honrados, suprímase del todo. En tal caso no se expondrán los escritores. Proteja, pues, el Soberano Congreso la libertad de imprenta y suprima su presente Junta llamada por antífrasis Protectora,(27) porque de nada sirve. Es como el portero a quien pago porque cuide de mi casa y ve con ojos helados que entran los ladrones, que me amarran, que me roban y él ni siquiera da una voz. ¡Qué buen portero! Así la dicha Junta ve que el señor Molinos ataca la libertad de imprenta con más animosidad que Apodaca(28) y Novella,(29) y sólo da un grito muy débil y de puro cumplimiento al Congreso que acaba, y donde estaba el apoyo del señor Molinos (¿quién lo había de creer de un Bustamante(30) y de un Marín?).(b) Aun ese grito fue de pordiosero, pidiendo que el señor Molinos propusiera los arbitrios que estimara justos para conciliar la libertad de imprenta con su gusto. Ni el señor Congreso ni el señor Molinos hicieron nada, ni la Junta tampoco. Se le debía decir: señor maestro, los muchachos no hacen caso de usted ni usted de ellos, y la cosa se quedó en tal estado. El Congreso conoció que la Junta era débil; la desairó, no le hizo aprecio, y ella se hincó de rodillas y adoró a don Antonio. ¡Qué Junta!, ¡qué protección!, siento que esté en ella un amigo mío sabio y liberal; pero que salve su voto por un impreso, que lo hará muy bueno.
(1) S/[edit. ni] año. Aparentemente es del 2 de noviembre de 1823, día en que se componen versos por el día de muertos. Con ese motivo, Lizardi escribió en 1813 "El pleito de las calaveras" (lº de nov.), en El Pensador Mexicano, t. II, Obras III, op. cit., pp. 321-329; también Revolución furiosa de las calaveras (2 [nov. de] 1822).
(2) calavera. "Verso festivo que a guisa de epitafio de una persona, se publica por lo común en series, para el día de difuntos, en noviembre". Santamaría, Dic. mej.
(3) don Antonio. Cf. nota 14 a La victoria del perico.
(4) erraron capítulo. Perdieron.
(5) La victoria del perico. Es el título de un folleto de este año, en donde Lizardi relata esa anécdota.
(6) Congreso. Cf. nota 36 a Segundo sueño...., 2 a Sentencia contra el emperador... y 3 a Aunque haya un nuevo Congreso...
(7) hacer aguas. O de las aguas. Mear, orinar. Común entre muchachos de escuela. Santamaría, Dic. mej.
(8) borcelana o bacinica. Orinal. Santamaría, Dic. mej.
(9) chupar. Antiguamente era fumar. Beber o embriagarse, por extensión; la última acepción es muy usada todavía. Santamaría, Dic. mej.
(10) Guadalajara. Capital del estado de Jalisco. Cf. nota 19 a Felicitación y reflexiones...
(11) Cf. nota b a Sexto ataque...
(12) Jalisco. Cf. nota 6 a Preguntitas sueltas...
(13) Virgilio, citado por Jamín: "no todos los hombres nacen con disposiciones propias a todo género de ocupación literaria". El fruto de mis lecturas, op. cit., p. 251.
(14) En El Pensador Mexicano, t. III, núm 11(5 mayo 1814), Fernández de Lizardi escribió lo siguiente: "yo fui el primero que trató sobre la libertad del pan, libertad por la cual hoy tienen qué comer muchas familias [en "La voz del pueblo", "Erre que erre", "Gloria a Dios", "Pensamiento extraordinario de cosas extraordinarísimas" (Suplementos a El Pensador Mexicano, t. I); en el "Diálogo entre el tío Toribio y Juanillo, su sobrino" (El Pensador Mexicano, t. II, núm. 6), "Suplemento a El Pensador" (El Pensador Mexicano, t. II); Obras III, op. cit., pp. 127-128, 129-131, 136, 137-140, 188 y 339-345. También en: Alacena de Frioleras, núm. 26, y en Cajoncitos de la Alacena, 9°; Obras IV, op. cit., pp. 153-159 y 217-218]. Yo fui quien desde una prisión declamé contra la gabela que tenían sobre sí los zapateros y demás artesanos a la sombra del ángel de semana santa, y lograron verse eximidos de ella. Yo fui quien en ese mismo papel reproché las trabas que tenían los artesanos con los exámenes y veedores, y en el día ya se ven libres de ellas [en "Diálogo fingido de cosas ciertas entre una muchacha y tata Pablo", en El Pensador Mexicano, t. I, núm. 13; Obras III,op. cit., pp. 114-118]. Yo fui quien desde el principio de la pasada epidemia escribí sobre la fundación de lazaretos suburbios, y sobre que los cadáveres de los apestados no se enterraran en las iglesias ni dentro de la ciudad: vi adoptado el proyecto, y quizá esta política y liberal providencia excusó la muerte a algunos centenares de personas [en "Propuestas benéficas en obsequio de la humanidad" y en "Las porfías de El Pensador"; Obras X, op. cit., pp. 95-101 y 135-147; también en "Gritos o lamentos que los pobres enfermos del Hospital de San Lázaro dirigen a sus hermanos los pudientes de esta capital", en Alacena de Frioleras, núm. 10; Obras IV,op. cit., 61-65. Yo fui quien declaré guerra a los monopolistas de carbón, y tuvimos el gusto de ver que la bondad del excelentísimo señor don Félix Calleja se sirviera hacer revocar el anterior Bando contrario, y mandar quitar todos los estancos de carbón, con lo que al instante lo vimos abaratar, hasta el día [cf. nota 33a Otra afeitada... al licenciado...]. Yo fui quien propuse en beneficio público, la [moneda]tlaquearia general, o a lo menos común a cada provincia, tratando de atrancar de los tenderos la soberana posesión en que están de acuñar moneda, porque éste es peculiar privilegio de los monarcas [en "La ciega y su muchachita", Suplemento a El Pensador Mexicano, t. II; cf. Obras III, op. cit., pp. 359-361]. Obras III, op. cit., p. 453.
(15) Cf. nota 12 a Oración de los criollos... Ahí aparece la nómina de los folletos en donde Fernández de Lizardi trató este tema; debe agregarse el título de otro folleto: Noticias interesantes de Veracruz.
(16) Esto lo escribió Lizardi en su Ataque al castillo..., en el Quinto ataque... yen elSexto ataque...
(17) En El Pensador Mexicano, t. II, núm. 18, Fernández de Lizardi escribió: "No hay un colegio donde se enseñe medicina. Esta ciencia tan interesante a la humanidad sólo se aprende (si se aprende) en los cortos ratos que se cursan las cátedras de prima, vísperas y methodo medendi en la Universidad". Obras III, op. cit., p. 268.
(18) Universidad. Cf. nota 49 a Carta cuarta... La creación de la Universidad se debió a la Real Cédula expedida por Felipe II, de 21 de septiembre de 1551. La fundación y los privilegios fueron confirmados en 1555, por el papa; poco después recibió el título de Pontificia.
(a) Armadores se llamaban en el antiguo gobierno los que pagándole un tanto, sacaban licencia para coger con buzos la perla en el mar del sur. Los he visto en Zihuatanejo, Papanoa [Zihuatanejo y Papanoa. Cf. notas 11 y 10 a Quinto ataque..., respectivamente] y otros puertos. Sacan multitud de conchas, ¡tantas!, que cerradas valen a dos reales docena [reales, cf. nota 19 a El cucharero y su compadre...]. Las más que sacan son inútiles, porque no tienen nada. Tal licencia era mala policía. La pesca de perla debe permitirse de diez en diez años, y sacar sólo la concha grande, y entonces será más rica. La vaquita que matan de dos años no da leche.
(19) Cf. nota 23 a Ataque al castillo...
(20) Cf. nota 17 a Ataque al castillo...
(21) Hospicio de Pobres. Fundado en 1774. Estaba en la calle de Calvario (hoy cuarto tramo de Avenida Juárez).
(22) picado. Juego de niños que la Academia describe con el nombre de palmo. Santamaría.
(23) albur. En el juego del monte, las dos primeras cartas que saca el banquero. Con una o dos barajas corrientes se sientan alrededor de una mesa el que hace de banquero y los puntos. El banquero baraja una de ellas y la da a cortar. En seguida, sacando por debajo de la baceta, pone la primera carta que sale, teniendo la baraja vuelta, a su derecha, y la segunda, que también saca por debajo de la baceta, a su izquierda (el albur).
(24) petate. Cf. nota 4 a Desvergüenzas y excomuniones...
(25) "Pero si el bullicio de coches y carretas, si el caracolear de caballos, si el ir y venir de mercaderes ambulantes, que con roncas o chillonas voces pregonaban a todas horas del día, frutas, dulces, nieve y toda clase de golosinas y baratijas, incomodaba a los vecinos estantes y habitantes de la ciudad de México el año 1810, la noche con su manto negro y estrellado o con la gasa transparente de la luna, no los dejaba tranquilos en apacibilidad silenciosa". Luis González Obregón, La vida de México en 1810, op. cit., p. 10.
(26) Fernández de Lizardi cambió dos palabras. Los versos de Calderón de la Barca son los siguientes: "¿No nacieron los demás? / Pues si los demás nacieron / ¿qué privilegios tuvieron / que yo no gocé jamás?" Escena segunda de la jornada primera de La vida es sueño.
(27) Junta protectora de imprenta. Cf. nota 11 a La victoria del perico.
(28) Juan Ruiz de Apodaca. Cf. nota 11 a Barbero rapa Barbero... Este virrey había suspendido la libertad de imprenta por Bando publicado el 5 de junio de 1821. "La diputación provincial, el ayuntamiento, la Junta de censura y el Colegio de abogados tuvieron la entereza de aconsejarle que desistiera de ese propósito; pero el tribunal de justicia (antigua Audiencia), el Consulado, el cabildo eclesiástico y los subinspectores de artillería e ingenieros lo aprobaron con aplauso, como que en estas corporaciones dominaban casi exclusivamente los españoles, y éstos eran los que más se distinguían por su espíritu estrecho y rencoroso. Apodaca mandó observar las leyes y disposiciones anteriores que limitaban el uso de la imprenta; dictó también órdenes severas a fin de impedir la circulación de los impresos y noticias de los ejércitos independientes". México a través de los siglos. La guerra de independencia, escrita por D. Julio Zárate, 15ª ed., México, Editorial Cumbre, 1979, t. III, p. 712.
(29) Francisco Novella. Era subinspector en el gobierno de Ruiz de Apodaca; los oficiales de algunos cuerpos de tropas españolas, descontentos con este virrey, a cuyos desaciertos atribuían la decadencia de la causa realista, lo depusieron el 5 de julio de 1821, y le dieron el mando a don Francisco Novella.
(30) Carlos [Ma. de] Bustamante. Cf. notas 6 a Lo que escribe... y 26 a Otra afeitada...
(b) Estos señores fueron los que más declamaron contra la publicación de los impresos por medio de pregones. El señor Marín [José Mariano Marín fue diputado por Puebla en el Primer y Segundo Congresos. "Todo cambió con la entrada del ejército: los diputados que estaban en Puebla llegaron con él: no temieron ya asistir a las sesiones los que se habían retirado a los lugares inmediatos, y pudo decirse que en la de 29 de marzo fue cuando se instaló el Congreso, habiéndose reunido aquéllos en número de ciento y tres; presidióla el mismo don José Mariano Marín, que presidía también el día de la disolución, y aunque propuso que se procediese a elegir presidente, el Congreso declaró que debiendo considerarse el cuerpo legítimamente subsistente y en el mismo punto en que se hallaba el 31 de octubre, el presidente actual debía concluir el mes para que había sido nombrado, que terminaba e124 del siguiente". Lucas Alamán, Historia de México, op. cit., t. V, p. 565 hizo en el salón una pública súplica al señor Molinos para el caso, y al punto fue atendida su oración.