A UNOS LOS MATA EL VALOR,
Y A OTROS LOS DEFIENDE EL MIEDO(1)
No hay que abatirse,
noble cuadrilla
valemos mucho
por más que digan.(2)
Hay genios tan apocados y cobardes que todo les asusta, siempre andan haciendo predicciones funestas y sacando tristes consecuencias de los principios errados que se fingen.
En el día abunda la cosecha de estos miedosos, que parece que no van a las Cortes sino para espantarse; no hay papel político ministerial que no los asuste, no hay gaceta ni noticia de ultramar que no los sobresalte; y de la heroica resolución del señor Dávila en sostener a toda costa el castillo de Veracruz,(3) tiemblan y dan diente con diente.(4)
Yo, a Dios gracias, tengo una alma muy grande, nada me arredra ni estremece, estoy muy asegurado de nuestro valor, ilustración y amor patrio; y así me río de todo.
Estamos en el empeño de buscar emperador, aunque no tengamos imperio. Nuestro gobierno debe ser monárquico porque así es fuerza, y ya que no podemos vivir sin tener un rey al frente, es necesario que lo busquemos de la calle, aunque en nuestra casa no falta quien desempeñe el papel a las mil maravillas; y este rey ha de ser de la casa de Borbón, a quien tenemos tan contenta.
Es verdad que puede salirnos la cuenta tan mal como a los israelitas cuando con tanto empeño le pedían rey a Samuel; pero prescindamos de reflexiones tristes, y clamemos a España: constitue nobis regem, ut iudicet nos.(5) Danos un rey constitucional que nos juzgue.
Es verdad que no faltan melancólicos que teman, no sé con qué fundamento, que tal vez el primer rey o sus descendientes pueden cansarse de la moderación o pupilaje de las Cortes, y, el día que quiera y pueda, acabará con el Congreso a farolazos, así como se acabó el primero de España. Pero estos temores no tienen fundamento. No hay duda en que el emperador constitucional mandará las armas, dará los empleos y tendrá el poder ejecutivo; mas éstas son niñerías, ¿qué hombre rodeado de bayonetas y aduladores será capaz de abusar de este poder entre los resplandores del trono? Ninguno, porque en esta vida nadie ha abusado del poder ni de la majestad, y eso que nos cuentan de reyes déspotas y tiranos, son cuentos de vieja, son cocos, brujas y duendes que no existen.
Así es que debemos deponer todo temor y clamar con los israelitas: Nequaquam: rex [enim] erit super nos.(a) De ninguna manera temeremos, nada nos hará variar de resolución: hemos de tener rey sobre nosotros, super nos, esto es, que nos domine, que nos subyugue, que se enseñoree sobre nosotros; y nos saldremos con nuestro intento, a pesar de todos cuantos cobardes nos pronostiquen fatalidades, porquevalemos mucho por más que digan.
Es verdad que hasta el 7 de diciembre último no tenía ni tantitas ganas el señor don Fernando VII de admitir los Tratados de Córdoba y Plan de Iguala,(6) pues manda prevenir al jefe de La Habana que "ha entendido que para la extensión de un tratado que se dice hecho en Nueva España, entre el general don Juan O'Donojú(7) y el disidente don Agustín de Iturbide,(8) con fecha de 24 de agosto último,(9) se ha supuesto que el primero se hallaba facultado para ello por el gobierno; y su majestad, deseando desvanecer esta falsísima suposición, me manda decir a vuestra excelencia que no ha dado a O'Donojú, ni a otro alguno, facultad para transigir ni celebrar convenios en que pudiera estipularse o reconocerse la independencia de provincia alguna de ultramar; pues el rey y las Cortes se ocupan en la actualidad (y era buen tiempo) del importante punto de la pacificación de todas ellas."
También es verdad que "los escritores de Madrid alarman al gobierno con sus plumas para que haga punto de honor nacional la reconquista de este suelo... Al general Dávila se le previene mantenga la fortaleza a toda costa; y para más entusiasmo, las cubiertas de los pliegos que se le dirigen, se rotulan: 'al único y valiente general de Nueva España'. La Habana tiene orden de ministrarle todos los auxilios que pida." (Gaceta de México del jueves 18 de marzo).(10)
Es verdad que todo esto manifiesta que el rey, lejos de admitir la corona como ofrecida graciosamente por la nación, la juzga usurpada, y no se pierde de vista el momento de recuperarla.
Es verdad que el rey y la nación española con su consentimiento en Cortes han anulado, con la solemnidad necesaria, los Tratados de Córdoba y Plan de Iguala, porque no es otra cosa decir que el benemérito O'Donojú obró contra su voluntad y la de la nación, y que contrató con un disidente, esto es, con un rebelde, con uninsurgente traidor; tales epítetos se tributan en España al heroico libertador de su patria.
Es verdad que con sólo esto quedamos absueltos de culpa y pena para tener por de ningún valor, en esta parte, el Plan de Iguala y Tratados de Córdoba. De consiguiente, del juramento respectivo, pues no obliga un contrato ilegítimo e injusto (así lo ha calificado una de las partes), y mucho menos cuando uno de los contratantes no lo admite.
Es verdad que nos hallamos libres ante Dios y ante los hombres para constituirnos en el gobierno que más nos acomode; y si queremos emperador, dentro de casa tenemos quien merezca serlo dignamente, a quien elegir con justicia y quien nos agradecerá su exaltación.
Todo es verdad; pero no queremos sino que venga a dominarnos un señor Borbón, pésele o no le pese, pésele o no, a la España y a la América. Los Tratados de Córdoba se han de cumplir sea como fuere, mañana se discutirá esta cuestión en el Congreso, se extenderá la acta [sic] más solemne de la invitación al trono mexicano, se enviarán a la Península sus diputados o plenipotenciarios para que persuadan a venir al señor don Fernando VII, y si no quiere, para que le suplique interponga sus respetos con alguno de los señores infantes, y si estos príncipes no quieren, que le ruegue de nuestra parte a cualquiera de sus augustos descendientes; y si ni éstos quieren, que se pongan carteles en la Europa, a ver quién tiene la heroicidad necesaria para admitir el enorme peso de la corona del Imperio mexicano; y si con todo esto todos nos hicieren el desaire, enviaremos doscientos millones de soldados bravos como Hércules, con cuatrocientos mil cañones de artillería, arrancaremos de su solio al monarca que nos parezca, lo conduciremos a nuestro vasto, rico, sabio, opulento Imperio (aquí es menester sacar los nueves), lo sentaremos en nuestro trono, y nos gobernará por bien o por mal. Ello es que hemos de tener rey como los israelitas, y ha de ser de Europa y nunca mexicano, porque esa sería una afrenta para una nación tan culta como la nuestra. Sí, mandar en nuestra casa uno de nuestra familia sería un desdoro de nuestra ilustración. Eso que se quede para los bárbaros griegas y romanos, para los necios ingleses y españoles, para los rústicos alemanes y franceses, para los impolíticos americanos del norte, para nuestros paisanos los otros americanos de Quito, Lima, Buenos Aires, etcétera. En fin, para todos los ignorantes de la Europa, Asia, África y América, excepto nuestro Septentrión. Mande cada uno en su casa, si así creen ser felices, que nosotras no lo podemos ser si no nos domina un príncipe de Europa, y nos saldremos con ello, porque valemos mucho por más que digan.
Es verdad que once años de guerra y trescientos de saqueo nos han dejado por puertas:(11) que no tenemos población, ni industria, ni ejército, ni marina, ni fortaleza, ni minas, ni comercio, ni agricultura, ni ilustración verdadera, ni virtudes cívicas ni nada de cuanto es simpliciter(12) necesario para establecer un imperio; pero eso, ¿qué importa? Lo estableceremos a pesar del mundo. Nuestro monarca se llamará emperador aunque no tenga un reyezuelo feudatario ni un palmo de tierra fuera de la América. Esas condiciones para titularse emperador eran antiguallas de los viejotes que nos precedieron. Hoy no hacemos alto en esas menudencias. Estamos acostumbrados a ver capitanes sin compañía, títulos sin vínculo, casados sin mujer, y padres sin hijos. ¿Qué nuevo nos será ver reyes sin vasallos y emperadores sin reinos feudatarios? No, señor, imperiales hemos de ser, pese a quien pesare, y más que al emperador se le señale ración de hambre, porque no hay dinero para mantener su necesario fausto, pero ni para pagar en el día a la poca tropa que tenemos. Ésas son bagatelas. Digan los miserables criticastros que ésas son paradojas. Nosotras sabemos lo que hacemos y sobre todo valemos mucho por más que digan.
Es verdad que en La Habana se está haciendo un cuartel general de tropas capituladas, de emigrados y de gente comprada (así lo he oído decir), con el santo objeto de sorprendernos a la más leve desunión que haya entre nosotros y el gobierno, para lo que está muy bien dispuesto el señor Dávila(13) en el castillo de San Juan de Ulúa(14) con cuantos amigos del país se le han reunido.(15)
Es verdad que mientras tengamos el tal castillo en poder de españoles estamos tan seguros como mamón en boca de perro,(16) como en baúl sin tapa, y como el que duerme muy seguro de ladrones dejándose la puerta abierta.(17)
Es verdad que el castillo es un parapeto para proteger los desembarcos, que muy cómodamente se pueden hacer por diferentes puntos de la costa que no están fortificados, y que el día que menos pensemos podremos hallarnos con un desembarco simultáneo de quince o veinte mil hombres que nos darán en qué entender cuando no nos hagan humillar para siempre.
Es verdad que dentro de nuestro decantado Imperio contaremos, en ese caso, con tres ejércitos terribles que servirán de auxiliares a los extranjeros, y son: los europeos independientes sin su gusto;(b) los americanos que se creen agraviados por el actual gobierno, y una multitud de fanáticos que harán que la religión haga papel en esta escena a fuerza, pues, en tocando al pesebre del caballo de don Bernardo,(c) todos son herejes, enemigos de Dios, del Estado, del rey, de la patria y de la Iglesia... ¡Ah, qué hipocritones! Quemada me tienen la sangre.(18)
¿Pero qué importarán tales amagos? Dejemos quieto al señor Dávila en su castillo, desentendámonos del cuidado de nuestras costas, embotemos los filos de las bayonetas,(d) disminuyamos nuestra población cristianamente,(e) dejemos que prefiera la confianza a la justicia, y durmamos tranquilos mientras que nos despierta el ruido del cañón; pero en ese caso, ¿qué nos importará? A un grito del gobierno se reunirán todos los desertores, se acobardarán nuestros enemigos interiores, se infundirá el espíritu público en todos los habitantes del Imperio en un momento, aglomeraremos innumerables huestes aguerridas, que sostendrán todos los ricos sin ocultar un peso, y entonces iremos, pelearemos y venceremos muy fácilmente, aunque vengan cien mil millones de enemigos. No, sino vengan a combatir al pobladísimo, ilustradísimo y opulentísimo Imperio mexicano, y veremos cómo salen, porque nosotros sin gente, sin cultura, sin recurso y sin nada valemos mucho por más que digan.
Es verdad que todo esto es una ironía que se debe entender al revés para que se remedien los males que amenazan a la patria.
Es verdad que yo la amo mucho y que si por decir estas verdades me aborrecen muchos y trazan mi exterminio, yo quedaré contento y satisfecho de que obro en justicia y que yo solo valgo mucho por más que digan.
México, 31 de marzo de 1822.
El Pensador.
(1) México, Oficina de Betancourt, 1822.
(2) Iriarte, "El Naturalista y las Lagartijas." Cf. Poesías, op. cit., p. 77. Lizardi citó estos versos de Iriarte en el "Suplemento extraordinario a El Pensador Mexicano", tomo III (26 ene., 1814), y en otro suplemento al mismo, intitulado "Sobre una ridiculeza como decir: Sobre el diálogo fingido entre don Justo, don Cándido y don Yucundo, como el presente entre tío Toribio y Juanillo." (21 mar., 1814) Obras III, op. cit., pp. 499-505 y 537-539.
(3) Después de las capitulaciones de las fortalezas de San Diego y Perote, "no quedaban sometidos al gobierno español más que el puerto de Veracruz, con su fortaleza de San Juan de Ulúa, la cual por algún tiempo logró sostenerse, merced a los auxilios que de La Habana recibía y a la falta de elementos marítimos de guerra con que poder atacarla y reducirla. El general Dávila, que mandaba las fuerzas españolas y ocupaba la ciudad, entró en comunicación con Santa Anna, por medio del coronel Rincón, nombrado al efecto. En estas circunstancias, el consulado de Veracruz, previendo que desalojada la plaza quedaría expuesta a las contingencias de una ocupación violenta o de un levantamiento en ella misma, procuró obtener del jefe español seguridades sobre personas y propiedades, pues se sospechaba que al entregarse o abandonarse la ciudad se cometieran algunos desafueros, y sobre todo se temía la hostilidad del castillo apenas un kilómetro distante de sus muros. Dávila había prometido arreglar con Santa Anna la entrega de la plaza; esto no obstante, había concebido el plan de trasladarse con su fuerza a Ulúa, llevándose los cañones de mayor calibre, todas las municiones y existencias de dinero disponible en las cajas reales, dejando inutilizado el material de guerra que no se pudiera aprovechar. Así fue que, a las doce de la noche del 26 de octubre [1821], el jefe español, seguido de la poca tropa que tenía, trasladóse al castillo, enviando de paso al ayuntamiento una comunicación, en la que le autorizaba para tratar con los jefes independientes que vivaqueaban cerca del puerto. Hallábase en él, como se ha dicho, don Manuel Rincón, encargado de arreglar y estipular lo conveniente para la entrega de la plaza: esta casualidad favoreció al ayuntamiento, que, sorprendido de la conducta de Dávila y temeroso de los desórdenes que pudieran ocurrir, desde luego nombró a Rincón gobernador interino, y levantó una acta de adhesión a la independencia. A poco tiempo se presentó Santa Anna, comandante general de la provincia, y ratificó el nombramiento de Rincón encomendándole el gobierno de la ciudad, expuesta desde ese momento a las hostilidades del castillo de Ulúa, que Dávila se propuso sostener a todo trance, conservándolo como punto de apoyo a las fuerzas que pudiera España enviar para recobro de sus perdidos dominios. Esfuerzo generoso que revelaba toda la energía del carácter español, pero estéril en sus resultados." México a través de los siglos. México independiente 1821-1855, escrito por Enrique de Olavarría y Juan de Dios Arias, 15ª ed., México, Editorial Cumbre [1979], t. IV, p. 19.
(4) dar diente con diente. Tener excesivo miedo.
(5) Constitúyenos un rey que nos gobierne. 1 S. 8, 5.
(a) libro 1 de los Reyes, capítulo 8 [No, no; ha de haber rey sobre nosotros. 1 S. 8, 19].
(6) Tratados de Córdoba. Cf. nota 6 a El Pensador Mexicano al excelentísimo... Plan de Iguala. Cf. nota 19 a Ideas políticas... 2. En sesión de Cortes fueron propuestas las adiciones siguientes al dictamen de la comisión encargada del despacho de los asuntos de ultramar: "1ª Que las Cortes declaren que el llamado Tratado de Córdoba, celebrado entre el general O'Donojú y el jefe de los disidentes de Nueva España don Agustín de Iturbide, lo mismo que otro cualquiera acto o estipulación relativo al reconocimiento de la independencia mexicana por dicho general, son ilegítimos y nulos en sus efectos para el Gobierno español y sus súbditos. 2ª Que el Gobierno español, por medio de una declaración a los demás con quienes esté en relaciones amistosas, les manifieste que la nación española mirará en cualquiera época como una violación de los tratados, el reconocimiento parcial o absoluto de la independencia de las provincias españolas de Ultramar, entretanto que no se hayan finalizado las disensiones que existen entre algunas de ellas y la Metrópoli, con todo lo demás que pueda convenir para acreditar a los gobiernos extranjeros que la España no ha renunciado hasta ahora a ninguno de los derechos que le corresponden en aquellos países." México a través de los siglos, op. cit., t. IV, p. 61.
(7) Juan de O'Donojú. Cf. nota 2 a Pésame que El Pensador...
(8) Agustín de Iturbide. Cf. notas 2 y 6 a Contestación de El Pensador... y 32 aChamorro y Dominiquín. Segundo diálogo...
(9) De 1821. Se trata de la fecha en que fueron firmados los Tratados de Córdoba.
(10) Los datos son exactos, menos la fecha: Gaceta Imperial de México, t. II, núm. 13 (28 mar., 1822).
(11) por puertas. Quedar en tanta necesidad y pobreza que se hace necesario llegar al extremo de pedir limosna.
(12) simpliciter. Única, solamente; simplemente.
(13) José Dávila. Cf. nota 20 a Cincuenta preguntas...
(14) castillo de San Juan de Ulúa. Cf. nota 21 a Cincuenta preguntas...
(15) Iturbide había escrito en sus Memorias: "En esta época el imperio estaba tranquilo, y el gobierno se ocupaba activamente en consolidar la prosperidad pública. Todas nuestras disensiones interiores habían cesado. Nos quedaba únicamente obtener el castillo de San Juan de Ulúa, único punto que permanecía todavía en poder de los españoles y que dominaba la plaza de Veracruz. La guarnición de este castillo era reforzada frecuentemente por tropas de La Habana, y con motivo de la proximidad de la isla de Cuba ofrecía todas las ventajas posibles a un enemigo exterior." Citado por Lorenzo de Zavala en Umbral de la independencia,México, Empresas Editoriales, 1949 (El Liberalismo Mexicano en Pensamiento y en Acción, 12), p. 190.
(16) "Es en su mano el dinero, / mamón en boca de perro. Se dice del gastador, del manirroto; del que cualquiera que sea la cantidad de dinero que tenga, acaba con ella en un santiamén." Darío Rubio, Refranes, proverbios y dichos..., op. cit., p. 202.
(17) Conocemos dos refranes parecidos: Quien deja abierto su arcón, convida al ladrón; refrán que Rodríguez Marín consigna en Más de 21.000 refranes castellanos, .op. cit., p. 400. Puerta abierta, al santo tienta, es lo mismo que la ocasión hace al ladrón.
(b) No podemos negar, sin ser ingratos, que tenemos muchos europeos honrados que nos aman y han tomado parte en nuestra causa; pero serían los primeros que perecieran a manos de sus dichos paisanos.
(c) Esta frase entiéndanla los malos eclesiásticos [en el año de 1821 hubo un folleto anónimo, El caballo rusio de don Bernardo (México, Oficina de los ciudadanos militares D. Joaquín y D. Bernardo de Miramón, 1821), que respondía a otro de Lizardi, del mismo año: Papeles contra sermones. Aquel decía así: "Señor Pensador: Pocos días hace que salió un arrogante papel de usted criticando ciertas proposiciones de un reverendo predicador, y después de decir mucho, y muy bueno, hace mención de los sueldos de los obispos, de los salarios de los canónigos y otras cosillas que, aunque hermosean su párrafo, pueden acarrearle a usted las resultas que experimentó un aldeano. Voy a referir el caso. Cuando una persona dé crédito sentado que en un lugar muy inmediato a Goatemala vivía un viejo labrador, cuyo gusto lo fincaba en ensillar buenos caballos. Entre ellos mantenía un rusio de la mejor presencia y que se llevaba las atenciones de todos los vecinos. Uno de éstos se empeñó tanto en que lo vendiera don Bernardo, que por último vino a conseguirlo después de un inmenso trabajo. A el tiempo de celebrarse el contrato, una de las cosas que más recomendaba el vendedor era la mansedumbre en su rusio, y para acreditarle le manoseó la cabeza, el lomo, las manos, los pies, la barriga, cola y lo demás, y con esto quedó tan enamorado nuestro aldeano que dio por el rusio cuanto dinero le pidieron. Montado en él este nuevo dueño llegó a su casa, y a presencia de sus parientes y amigos lo paseó, lo correó, lo acometió y procuró darle todo el valimiento que pudo; en seguida se apeó y quiso como el viejo acreditar su mansedumbre con un prolijo manoseo, hizo con él cuanto el primero, y nuestro rusio se mantuvo sosegado como antes. Lo entró a su pesebre, y aquí se acabó su decantada mansedumbre, porque queriendo el aldeano llegar a la cebada que comía, con dientes, manos y pies le acreditó en breve, cuánto le incomodaban esas chanzas. Corría la voz de lo sucedido, y el vecindario, llevado de la novedad, se agolpó en la casa de el paciente. Sus deudos apellidaban engañoso el trato y pretendían rendirlo apelando a una manía inventada en el rusio. El socarrón de don Bernardo oyó con ánimo sereno los alegatos de sus competidores, y después de haberlos sosegado les contestó con la siguiente décima: Aunque el caballo sea manso / y sosegado el pollino, / defienden tanto el pesebre / como el hombre su bolsillo. / Éste todo lo tolera, / de nada forma caudal, / mas en llegando a tocar / en su bolsa el fuerte nudo, / hay se acabó el disimulo, / el sufrir y prudenciar. Con esto concluyó su razonamiento el buen anciano, dejando a el comprador en un eterno rabiadero, y a nosotros una saludable advertencia para no tocar tan a cara descubierta los caudales ajenos. Hable usted cuanto quiera, señor Pensador, mas a el tratar de sueldos, sa1arios, granjerías simoniacas y otras cosas en este género, o ve usted cómo se escuda o lo traerán a las vueltas, más que a el comprador del rusio de don Bernardo. Con tiento, señor Pensador, no nos dé usted una pesadumbre. Es largo el crucero y lígeros los galgos."]
(18) quemar a uno la sangre. Molestar a uno hasta encolerizarlo o violentarlo. Santamaría, Dic. mej.