Ensayo

La escritura soterrada y una vida de ficción

 

Rodrigo Jardón Herrera

Posgrado en Letras

Universidad Nacional Autónoma de México

 

En 2016 fue publicada, en la colección “Pequeños Grandes Ensayos” de la UNAM, una antología de Italo Svevo: La corrupción del alma. Los textos que la componen son los satélites que giran en la órbita de La conciencia de Zeno, de 1923, la novela más importante del escritor italiano. Para dar las coordenadas de la obra sveviana tomemos un fragmento de El espacio literario de Maurice Blanchot, que en virtud de su carácter narrativo puede ilustrar la trayectoria de una vida que se volcó por entero a la literatura:

Un hombre tiene un lápiz y quiere dejarlo, pero, sin embargo, su mano no lo deja: al contrario, lejos de abrirse, se cierra. La otra mano interviene con más éxito, pero entonces vemos que la mano que podríamos llamar enferma esboza un lento movimiento e intenta alcanzar el objeto que se aleja. Lo extraño es la lentitud de ese movimiento. La mano se mueve en un tiempo poco humano, un tiempo que ni es el de la acción posible ni el de la esperanza, sino más bien la sombra del tiempo; ella misma, sombra de una mano que se desliza irrealmente hacia un objeto convertido en su sombra (Blanchot, 2012: 18-19).

Esta es la historia de una obsesión, de una enfermedad que va a perseguir a un hombre hasta el punto de querer borrar su vida. La pulsión que describe con tanto cuidado Blanchot trata sobre la lucha por dejar de escribir y no poder hacerlo; trata sobre un destino particular de la literatura de inicios del siglo XX.

La reciente edición por la UNAM

Ettore Schmitz pudo disfrutar en la vejez de la fama que añoró desde su juventud. La publicación de su tercera novela le permitió pasar a la historia con el nombre de Italo Svevo. Una vida (1892) y Senectud (1898) pasan desapercibidas en su ambiente cultural y quedan en el olvido por largo tiempo. Los más de veinte años que separan estos trabajos de La consciencia de Zeno fueron, sin duda, una larga y atormentada espera. No obstante, como lo ha remarcado Mario Lavagetto, nuestro autor supo sacar provecho de su desventura. Sus últimos cinco años de vida los dedicó por entero a la creación de un mito personal. Cultivó con especial dedicación la personalidad y la existencia de su alter ego. Esta estrategia fue tan meticulosa que toda su vida y su obra están repletas de engañosas correspondencias. Sus protagonistas novelescos, Alfonso Nitti, Emilio Brentani y Zeno Cosini son sombras de un sujeto falso, Italo Svevo, y, al mismo tiempo, son las proyecciones de una vida de ficción, los rastros de ese misterio que se llamó Ettore Schmitz. De los años previos a su muerte quedan una buena cantidad de cartas en las que narra sus vidas imaginarias. Una de las más completas es de 1927, año previo a la muerte de nuestro autor:

He aquí en pocas palabras mi biografía: nací en Trieste en 1861. Mi abuelo fue un alemán, un empleado de Austria en Treviso. Mi abuela y mi madre, por el contrario, fueron italianas. A los doce años me enviaron a Alemania a un instituto técnico comercial donde estudié bastante poco. Sin embargo, allá me enamoré de la literatura y conocí a los clásicos alemanes. A los 17 años ingresé a la Scuola Commerciale Superiore Revoltella en Trieste; lugar donde encontré mi italianidad. Comencé a trabajar en un banco a los 19 años. La parte de mi novela Una vida en la que hablo del banco y de la Biblioteca Civica Attilio Hortis es verdaderamente autobiográfica. A los treinta y seis años tuve la suerte de empezar a formar parte de la empresa industrial donde todavía laboro. Hasta el inicio de la guerra estuve muy ocupado, especialmente dirigiendo a los obreros de mi empresa en Trieste, Murano y Londres. Debido al absoluto fracaso de Una vida y de Senectud decidí renunciar a la literatura que, evidentemente, atenuaba mi capacidad de comerciante; y las pocas horas libres las dediqué al violín, todo con tal de impedirme pensar mi sueño literario. La guerra, mientras duró, arruinó mis negocios, y fue ciertamente gracias a ese largo reposo que en 1919 decidí escribir La consciencia de Zeno, que publiqué en 1923. (Svevo, 1987: 911; las traducciones de los textos originalmente en italiano son mías).

A partir de la historia que nos ofrece de sí mismo, queda explícito que su personaje escribía muy poco. De hecho, los largos veinte años sin publicar hablan de una vida sin literatura. Estatua y pintura mural del escritor en TriesteEsas jornadas laboriosas y grises sólo están acompañadas, según él, de un elemento “artístico”: tocar el violín. Sin embargo, esta aparente ausencia de escritura es una flagrante mentira. Muchas décadas después de su muerte, cuando se dan a conocer sus obras completas, dirigidas por Mario Lavagetto, descubrimos que incluso desde antes de publicar Una vida la escritura ya era una obsesión para el señor Schmitz. En su lucha de poco más de cuarenta años con la palabra, este hombre realizó una gran cantidad de cuentos, obras de teatro, ensayos y artículos periodísticos. Todos los textos de La corrupción del alma pertenecen a esa constelación de la escritura soterrada del escritor triestino.

El trabajo hemerográfico y filológico de Nunzia Palmieri y Federico Bertoni, que acompaña la edición de Lavagetto, da cuenta de lo elusiva que puede llegar a ser esta obra. Su exhaustiva investigación ofrece las pistas para guiarnos en el laberinto de una existencia que fue cuidadosamente encubierta con el velo de la ficción. El único testimonio que no pudo alterar Svevo es un diario redactado por su hermano menor. En éste se indica que nuestro escritor vivió sus primeros años de formación literaria entre 1880 y 1886: un periodo de lecturas frenéticas que lo conducirán a la creación de su segunda personalidad. En esos años inicia su colaboración en un periódico triestino, L’Independente, donde aparecen sus primeras incursiones en la crítica, sobre todo teatral. Al igual que el resto de su obra, los artículos dan cuenta de su conflicto con la publicación. Dedicarse a la literatura y no tener retribuciones económicas ni sociales fueron razones de peso para que nuestro escritor creara a Italo Svevo. Como lo explica Lavagetto, “el trabajo con la palabra se presenta como violencia, anomalía, culpa en una sociedad en la que las esferas de acción están rigurosamente calculadas y delimitadas. Un producto que nace del juego, a través de una actividad meramente gratuita, viola –por definición –las leyes de un mundo dominado por la producción de mercancías” (Lavagetto, 1996: 17). Es decir, se trata de una personalidad que queda escindida desde el inicio debido a la completa falta de reconocimiento. El ocultamiento de su nombre es la estrategia que le permite sepultar los “días verdaderos”; así logra volverse testigo de una carrera literaria que, a pesar de perseguirlo, puede contemplar con cierta distancia. Finalmente, en el caso de Svevo:

Elegir el silencio es exactamente todo lo contrario a una protesta en contra de la sociedad y en contra la mercantilización del producto estético; en su gesto no hay ninguna “generosidad”, ningún sentido de revuelta. Pero, justamente, por esta razón el “escándalo” del arte resulta todavía más evidente. El hombre de negocios triestino Ettore Schmitz relega a las sombras a Italo Svevo, que continúa su propia existencia de forma clandestina, “más acá de la literatura”, con diarios, cuentos, comedias que nacen en su “trastienda” y que están destinadas para su “recámara”, escritos siempre con la conmovedora mala fe de quien cede a un vicio prohibido y tiene la consciencia explícita de violar un contrato. (Lavagetto, 1996: 18-19).

Para que el destino del señor Schmitz se torne literario en vida tiene lugar un encuentro crucial y que sólo puede adjudicarse al azar. Debido a su trabajo nuestro escritor busca aprender inglés. En 1907 conoce a un joven de Irlanda que tiene algunos años viviendo en el completo anonimato en Trieste: James Joyce. Este talentoso enseñante se convierte inmediatamente en el interlocutor ideal de la personalidad oculta de Schmitz. El italiano le regala a su amigo sus dos novelas que nunca tuvieron una segunda edición. Goza desmesuradamente de los halagos y los comentarios entusiastas que Joyce le prodiga; percibe en esas palabras la promesa de una vida para la literatura.

El texto cardinal de la antología La corrupción del alma es “Sobre el sentimiento en el arte” (1887). A pesar de que Lavagetto lo considera un trabajo incompleto y no sistemático, yo aventuro que en este ensayo ya se encuentra el germen de la poética de Italo Svevo. De hecho, es de particular interés tener en cuenta que su redacción es previa a su primera novela. El núcleo temático de éste se basa en una disertación sobre la diferencia de la ignorancia en el ámbito científico y el artístico. Nos propone que “el ignorante es un excluido de la ciencia, un muerto; en el arte, por el contrario, su palabra también puede tener un valor; siempre es importante. El ignorante en el arte puede pertenecer a la familia artística; de hecho, casi siempre pertenece a ésta” (Svevo, 2016: 44).Svevo basa su crítica hacia el positivismo con el argumento de que el pensamiento de la ciencia no es connatural a la intuición del ser humano. Enumera una serie de ejemplos para demostrar que para habituarse al arte y sentirlo, sólo es necesario que una persona asista a algunas representaciones teatrales, que vea algunos cuadros y esculturas, que escuche algunas obras musicales o que lea algunos poemas; en cambio, considera que sin una educación previa no puede haber ningún tipo de compresión sobre los experimentos y las teorías científicas. Plantea que cualquiera de estas experiencias, para una persona sin conocimientos, inevitablemente producirá estupefacción y malentendidos: “creerá que se trató de un milagro o de una divinidad, como lo hicieron nuestros ancestros frente al relámpago” (Svevo, 2016: 43).

Svevo organiza todo el ensayo a partir de la idea de que sentir es completamente lo opuesto de razonar. La ciencia es la actividad humana que, a sus ojos, hace más evidente esta diferencia abismal. Bajo su perspectiva el arte es universal porque “el sentimiento, por naturaleza, es mudo” (Svevo, 2016: 49). Una obra puede conmover porque no desarrolla la comprobación de una tesis; todo lo contrario, para Svevo este tipo de discurso genera respuestas que se circunscriben a la esfera de los afectos. De allí que gran parte de este ensayo sea un ataque a los “literatos” que categóricamente –afirmará– se dedican a la crítica parasitaria. Éstos representan a sus ojos una intromisión directa del positivismo en el mundo del arte, porque con sus interpretaciones se limitan a defender una postura particular y que ya ha sido razonada con antelación sin importar el contenido de la obra que abordan. En estos detalles se atisba una problemática de mayor calado y que está presente en varias obras a caballo entre el siglo XIX y el siglo XX: las fisuras que existen entre la representación y lo representado, entre las palabras y las cosas. Svevo plantea que: “un error dicho siempre es mayor que un error pensado. Con el solo hecho de vestirlo con palabras, un pensamiento se convierte en sistema. Más allá de expresar, la palabra confiere importancia y, por esta razón, pudimos aseverar que nuestro carácter se forma más con base en lo que decimos, que en lo que pensamos” (Svevo, 2016: 53). Es decir, la palabra también funciona como una suerte de enmascaramiento de lo real. El arte es para Svevo un medio a través del cual esto se vuelve patente y cuyo sentido, por lo tanto, no puede ser enunciado. Por esta razón, nos pregunta Svevo: “¿no sería una ventaja habituarse a juzgar menos y sentir más?” (Svevo, 2016: 57).

Nuestro crítico diletante pareciera cuestionar su propia actividad de análisis en un ensayo oculto. La estrategia de las trasposiciones, podemos conjeturar, le sirve como laboratorio creativo. Debido a esto es muy interesante que en el ensayo afirme: “Es obvio que el crítico nato de la más alta calidad es el megalómano. Con gusto sueña que fue él quien realizó las obras bellas que afronta y por eso muestra un interés enérgico. Es gracias al sueño de haber hecho él mismo estas obras que busca comprender su estructura, pero en ese esfuerzo su sentimiento se afina” (Svevo, 2016: 65). Esta afirmación puede volverse una pista a la luz del resto de la obra sveviana: la suplantación de personalidades también puede ser una estrategia cognoscitiva para “afinar el sentimiento”, para la construcción de las obras del provenir. Su desconfianza hacia el lenguaje termina por borrar la vida de Ettore y Lavagetto agrega: “alterando a posteriori la fisonomía de su hombre de negocios y manipulando su historia, Svevo lo somete a una lógica literaria, lo trata como uno de sus personajes […] Ettore Schmitz estaba, en cuanto proyecto, nutrido de literatura: nutrido desde el origen e incapaz de expiar el destino que lo había acompañado desde el nacimiento” (Lavagetto, 1996: 34).

Para escapar de la razón, que se vive como desgarramiento, inventa existencias en las que está prohibida la palabra. Permanecer en la esfera del sentimiento puede ser agobiante, pero es la garantía de un silencio que, como el propio Svevo plantea, supera por mucho a los fantasmas de la razón. La paradoja, sugiere Blanchot, es que “El dominio consiste, entonces, en el poder dejar de escribir, de interrumpir lo que se escribe, entregando sus derechos y su decisión al instante” (Blanchot, 2012: 21). Esfuerzo vano, como lo fue para Robert Musil, Marcel Proust y Franz Kafka. Para estos hombres escribir fue una enfermedad que los acompañó día a día: esa pulsión solamente pudo curarse con la muerte. Incapaces de soltar el lápiz, se volvieron una sombra de la literatura.

Bibliografía

  • Blanchot, Maurice. El espacio literario. Trad. Vicky Palant y Jorge Jinkis. Barcelona: Paidós, 2012.
  • Lavagetto, Mario. L’impiegato Schmitz e altri saggi su Svevo. Torino: Einaudi, 1996.
  • Svevo, Italo, La corrupción del alma. Presentación de Diego Antonio Mejía Estévez. Traducción de Rodrigo Jardón Herrera y Diego Antonio Mejía Estévez. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2016.
  • Svevo, Italo, Zeno. Ed. Mario Lavagetto. Torino: Einaudi, 1987 [edición castellana La conciencia de Zeno. Trad. Carlos Manzano de Frutos. Madrid: Penguin Random House, 2017 (Debolsillo)].